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martes, 28 de diciembre de 2021

Oposiciones a amigo del alma


 

El segundo Goya de Verónica Forqué fue consecutivo, en LA VIDA ALEGRE, de Fernando Colomo. Una película que el tiempo no ha tratado tan mal como cabría presuponer, dado su descarado carácter de "españolada" oportunista. En mitad de la fiebre del "póntelo, pónselo", a Colomo se le ocurrió organizar una comedia de enredos muy enredados, con el telón de fondo de una clínica especializada en enfermedades venéreas; justo en los estertores de la movida, e introduciendo sin ambages una sociedad que cambió la improvisación carnavalesca por la celebración del arribismo económico. Y curiosamente funciona, porque es el terreno en el que su director siempre se ha movido con soltura, el de la anarquía compositiva, o cómo introducir elementos aparentemente deslavazados, cuando cada escena está perfectamente meditada y conscientemente estructurada. Forqué se entiende a las mil maravillas con Antonio Resines, y su matrimonio es la puerta de entrada a multitud de secundarios, que trufan a toda velocidad la narración de chispazos, casi gags. 34 años después, nos puede chirriar su frivolidad impertinente, aunque no seríamos justos, porque hoy día parece imposible que la mujer de un alto cargo del Ministerio de Sanidad se codee con putas y heroinómanos, y mucho menos que lo haga con bondad genuina. Sí, es muy estrafalaria, pero desde luego no es nada cínica.
Saludos.

sábado, 9 de enero de 2010

Como de la familia

Hubo un tiempo, no hace mucho, en que este país encontró y practicó en abundancia su propia comedia bastarda; una comedia perfectamente deudora de las animaladas del régimen, las mismas que lógicamente desembocaron en el "destape" y dieron como fruto la que hoy nos ocupa, desde principios de los ochenta hasta bien entrados los noventa. Eran productos reconocibles, con actores reconocibles y tramas reconocibles; nada de comerse el coco más de lo preciso, aún no nos creíamos que vivíamos en democracia. Asimismo, fueron un puñado de directores los que mamaron directamente de este tipo de cine y fueron responsables de sus títulos más emblemáticos; nombres que están en mente de todos, probablemente capitaneados (aunque no quiera) por Pedro Almodóvar y donde si tuviera que quedarme con uno ése sería Fernando Colomo. Quizá porque siempre ha tenido una saludable falta de pretensiones y luego porque sus comedias, aparentemente ligeras, siempre acababan con un regustillo amargo que te dejaba una extraña sonrisa en la cara. Uno de los grandes éxitos de Colomo fue la adaptación de una obra de teatro muy de moda años antes escrita por José Luis Alonso de Santos y donde fue decisiva la inestimable aportación en el guión de Joaquín Oristrell. BAJARSE AL MORO es un título de lo más explícito que narra las vicisitudes de un grupo de jóvenes de la época que vive de trapicheos con la droga y tiene como punto de reunión un pequeño piso del centro de Madrid. En el más puro estilo sainetesco, Colomo mezcla y revuelve cuanto puede a camellos, policías, jovencitas en busca del despertar sexual y demás fauna urbana, y tiene momentos de deliciosa ingenuidad junto a otros de oscura ternura, consciente de que eran los últimos momentos de una generación desorientada y vapuleada, a la que nadie había enseñado a vivir. En BAJARSE AL MORO descubrimos a una chica llamada Aitana Sánchez-Gijón, a un magnífico actor llamado Juan Echanove, nos enamoramos de la sonrisa de Verónica Forqué y empezamos a decirle adiós a Antonio Banderas para nunca jamás. Y es que como cantaba Rafael Amador, "Pasa la vida"...
Saludos por los tejados.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!