En las inmediaciones de El Pardo, integrados en el cinturón verde que oxigena la zona norte de Madrid, nos encontramos con los espléndidos Jardines de la Quinta del Duque de Arco. Este enclave constituye un auténtico capricho arquitectónico y botánico, una joya de traza barroca que sobrevive como fiel reflejo de la gran tradición del paisajismo español de la época, donde la geometría y la naturaleza se funden en perfecta armonía.
La perspectiva de este paisaje ha sido tomada desde la zona elevada de la finca. A mis espaldas queda el palacio, una sobria construcción cuadrada que domina el terreno y actúa como vigía de todo el conjunto. Desde esta posición privilegiada, el espectador disfruta de una visión global y panorámica de los alrededores, permitiendo apreciar la cuidada disposición de las especies arboladas que abrazan y dan cobijo a la estancia.
En lo pictórico, se trata de un paisaje ejecutado con pincelada suelta y vibrante, bañado por luces cálidas que buscan capturar la esencia de este rincón madrileño. Es un lugar que permanece, de algún modo, oculto al gran público, ajeno al bullicio de la capital; esa discreción es precisamente la que le otorga su encanto nostálgico y especial. La Quinta, además de su diseño ornamental, conserva su alma agrícola: mientras en la parte alta predominan los robustos huertos de olivos, la zona baja se suaviza con la presencia de almendros y otras especies que enriquecen la diversidad cromática del entorno.
-Pintor Alejandro Cabeza