domingo, 15 de septiembre de 2019

Crete Senesi … quizás uno de los más bellos lugares del mundo


Todavía recordaba cuando había oído por primera vez ese extraño nombre, Crete Senesi. Fue ya hace algunos años cuando su amigo Julio le dijo que había estado en uno de los lugares más bellos que había visto en su vida. Claro que, ese viejo amigo acostumbraba a darse de bruces con el lugar más bello de la tierra cada vez que viajaba; así que Norte no le hizo mucho caso en ese momento y un recuerdo vago, … como un aroma sutil que se evoca pero que no se identifica, quedó flotando en su memoria, … hasta que, de improviso, ese recuerdo se avivó mientras revisaba la ruta en automóvil que tendría que hacer al día siguiente.
Tenía que viajar de Siena a Arezzo, así que cuando consultó la ruta en el navegador, algo le llamó de inmediato la atención, era sin duda el extraño pero evocador nombre del lugar del que le habían hablado años antes.
Porque Crete Sinesi es el nombre de una zona de la Toscana repleta de suaves colinas tapizadas de hermosos campos y tupidos bosquetes que conforman un bello mosaico cromático. Tierras de labor serpenteadas por ondulantes caminos bordeados de cipreses y salpicados por pequeñas localidades como Buonconvento, Asciano o Monteroni d´Arbia. Es la imagen más conocida de la región que, en primavera y buena parte del verano conforman esas bellas estampas toscanas que nos dejan atónitos.
Pero es quizás durante el invierno cuando a Norte le parece más bello. Tal vez la pobreza del suelo constituido por arcillas sienesas con su característica coloración grisácea que solo permite el cultivo de cereales de forraje y girasoles, o quizás el manejo que los habitantes de la zona han realizado durante cientos de años, han dado como resultado uno de los más bellos lugares del mundo, … y quizás su amigo Julio tuviese razón.







viernes, 22 de junio de 2018

Lucca, il grande sconosciuto


Nada más llegar a la rotonda, una señal lo invitó a dejar su coche en uno de los aparcamientos que se repartían en la parte externa de la muralla… y, lejos de molestarle, a Norte se le dibujó una sonrisa en su rostro. Que el tráfico estuviese restringido era una buena señal, un signo de que los ciudadanos de esa ciudad se tomaban muy en serio el concepto del buen vivir y que, además, lo practicaban en su vida diaria.

Y es que estar situada en una esquina de la Toscana, a un paso de adversarias tan poderosas como Pisa, Florencia o Siena, era todo un reto para una pequeña ciudad como Lucca; un desafío con el que sus habitantes han aprendido a convivir a lo largo de su historia.


Nada más atravesar su muralla, Norte comenzó a comprender el secreto de Lucca, esa gran desconocida. Para él, su mayor atractivo residía sin duda en su armonía,… ese tipo de ciudad en la que se respira bienestar y satisfacción.

Un corto paseo por sus estrechas callejuelas le sirvió para adentrarse en aquella pequeña ciudad de apenas 80.000 habitantes y disfrutar de ese precario pero bello equilibrio que solo logran aquellos lugares que se mantienen en la eterna encrucijada entre el campo y la ciudad.

Una ciudad rodeada de suaves colinas toscanas repletas de cipreses, vides y olivos que se prolongan hasta integrarse dócilmente en los jardines que bordean todo el perímetro de la muralla para, finalmente, en una suave transición, dar paso al área urbana de traza medieval, sosegada y tranquila, repleta de pequeñas plazas, palacios e iglesias, donde la impronta renacentista reclama todo el protagonismo.


En aquella ciudad habían dejado su huella etruscos, celtas y, sobre todo, romanos, en una sucesión cronológica que forjó un modo de ser y de vivir.

Quizás por esa razón, o tal vez porqué Lucca fue una república independiente durante más de 500 años, o posiblemente debido a sus hijos ilustres   ̶ allí nacieron Giacomo Puccini o Luigi Boccherini ̶   lo cierto es que Norte enseguida pudo comprobar que era una ciudad de gustos y maneras refinadas. No en vano sus habitantes, comerciaron con la seda rivalizando con las ciudades más poderosas de la época y sus comerciantes construyeron sus moradas, en forma de villas fascinantes, en plena campiña, a las afueras de la ciudad.


̶  ¡Uf!  ̶ exclamó de pronto Norte. La fachada de la catedral de San Martino apareció ante él. Como si se tratara de un cofre con su tapa profusamente taraceada, la ornamentada fachada del Duomo, una magnífica muestra del románico-pisano, destacaba sobre la sencillez de las calles y los edificios que lo rodeaban. Era sin duda un desvergonzado desafío al Duomo di Siena o a la mismísima Santa María del Fiore en Florencia, una provocación que solo lugares como Lucca pueden permitirse.

Y lo cierto es que una sucesión de plazas e iglesias aguardaba a Norte,… así que cuando se topó con la Iglesia de San Frediano, con su sencilla fachada de bloques de mármol blanco que fueron aprovechados del anfiteatro romano, no se sorprendió cuando descubrió el mosaico dorado del siglo XIII que remataba la portada. Una elegante y personalísima muestra del románico de Lucca.


Y por fin, manteniendo el desafío a las bellísimas obras de arte que acumula la región Toscana, una de las iglesias más fascinantes de la región, San Michele in Foro, construída en el siglo VII sobre las ruinas del antiguo foro romano, destacaba por su fachada rindiendo un bello homenaje a la naturaleza por su rica decoración de plantas y animales.


Y de nuevo la osadía,… la temeridad. Nada más ver la Torre Guinigi, Norte recordó a Steven Pinker,… profesor en el Harvard College, según el cual el arte es producto no solo de un simple placer estético, sino también de la adaptación evolutiva de los humanos para construirlos y, como no, de la aspiración a un estatus social.

Conocía la historia de la curiosa Torre del siglo XIV, coronada de siete robles; la más alta y bella de Lucca para mayor honor y gloria de la poderosa familia Guinigi. Y Norte sonrió socarronamente, … ya que, aunque Pisa posee una de las Torres más bellas y famosas de la Toscana,…. no es menos cierto que ninguna otra ciudad puede presumir de poseer una torre medieval rematada en un pequeño bosque. Desde luego no podía menos que dar la razón al investigador canadiense sobre la valoración que los humanos hacemos del arte.


Pero Lucca es un lugar donde, además se come bien. Y uno se regocija haciéndolo con los cinco sentidos. Así que cuando atravesó la puerta oriental y se encontró con la Plaza del Anfiteatro que, ¡cómo no!, mantiene el óvalo del antiguo anfiteatro romano del siglo I, Norte supo que había llegado el momento de sentarse e imitarlos,… practicando el buen vivir. Así que buscó una mesa a la sombra y comprobó la hora en su teléfono,… era el momento de tomarse un cappuccino y acompañarlo con buccellato di Lucca,… un dulce que nada tenía que envidar al Panforte sienés ni a la Schiacciata alla Fiorentina.

jueves, 5 de abril de 2018

Gradara: entre la leyenda y la historia




A medida que la sinuosa carretera lo acercaba y el conjunto iba ganado protagonismo, a Norte se le fue dibujando una sonrisa en su rostro.

«Italia nunca defrauda»  ̶ pensó mientras intentaba recordar el sin fin de pequeños pueblos con los que se había topado cada vez que viajaba a aquel país. Daba igual la región en la que se moviese o la época del año que fuese. Tras el meandro de un río, en medio de una llanura o en lo alto de una colina, siempre había esperándolo un hermoso lugar cuya historia se enzarzaba en las brumas del tiempo. Y Gradara, en la región de Las Marcas, no era una excepción.


Durante la Edad Media y el Renacimiento sus murallas habían sido testigo de alianzas y desencuentros entre las familias más poderosas de la península italiana y el papado. Allí dejaron su huella los Sforza, los Montefeltro, los Borgia, los Medici o los Della Rovere,… pero especialmente los Malatesta.

Porqué los Malatesta, además de ser los responsables, allá por los siglos XIII y XIV, de la construcción del castillo y del doble anillo de murallas que todavía hoy en día protege al hermoso burgo, fueron los protagonistas de un pasaje de la historia que rivaliza con uno de los dramas de amor más famosos del mundo de la literatura.


Fue entonces cuando recordó que, tras sus muros, Paolo Malatesta y Francesca de Rímini fueron arrastrados por el torbellino infernal del amor prohibido. Un matrimonio de estado que obligó a una jovencísima Francesca a contraer matrimonio con el hermano equivocado, … con Gianciotto, apodado “el cojo”.

Norte elevó su ceja izquierda al tiempo que en sus labios se dibujaba una sutil mueca que recordaba a una sonrisa. Quizás su malformación física había ayudado a que los caprichos del destino llevaran a Francesca a los brazos de su hermano Paolo; a un amor tan secreto como trágico.

No fue más que una cuestión de tiempo que el desventurado marido descubriese la infidelidad y les diese muerte en el acto, víctima de un ataque de celos. Todo un drama que Dante Alighieri plasmó en el Canto quinto del Infierno, “El viento infernal: los prisioneros del amor carnal”, en la Divina Comedia.


Son las tragedias que rivalizan, son los Maletesta y los Capuleto, es Verona y Gradara, son Romeo y Julieta, son Francesca y Piero, es William Shakespeare y Dante Alighieri,…. es el arquetipo de amantes desventurados.


Es la fortaleza que sigue vigilante, coronando un hermoso paisaje de verdes colinas y olivos. Es  la Rocca de Gradara.

viernes, 27 de octubre de 2017

Las aguas de la felicidad


Por fin el cielo pareció aclararse y pequeños retazos azules asomaron aquí y allá entre las nubes todavía amenazantes tras la tormenta. Sobre ese hermoso telón de fondo, los restos de las termas de Caracalla, con sus grandes bóvedas desplomadas y enormes muros derruidos de ladrillo, destacaban sobre el horizonte.


Norte elevó su ceja izquierda mientras pensaba que no podía haber elegido mejor momento para visitarlas. Apenas había turistas y el otoño se hacía notar, coloreando las hojas de las frondosas que salpicaban el recinto de hermosas tonalidades rojizas y amarillentas. Y dominando el paisaje, con sus formas rotundas y su intenso color verde, los Pinus pinea y los Cupressus sempervirens, los mismos que se podían encontrar bordeando la Via Appia Antica.


Norte aspiró profundamente el aire límpido tras la tormenta, cargado de los aromas acres y penetrantes de las coníferas y el inconfundible olor a tierra mojada. Si algo le había gustado siempre de la “ciudad eterna” era precisamente esa “conexión” de la vegetación con el patrimonio arqueológico y en las Termas de Caracalla, más que en ningún otro lugar, se daba esa circunstancia.


Cerró los ojos para visualizar aquellos muros, ahora devastados por el paso del tiempo, y revestidos en tiempos pasados por hermosos mármoles blancos de Carrara; para deleitarse con los fascinantes mosaicos de formas geométricas del que antaño fue el gimnasio o para asombrarse con el lujoso decorado de estatuas, columnas y mosaicos; unas termas donde más de 1.600 romanos podían disfrutar a un tiempo de las aguas de la felicidad.


Fue la expresión máxima de la búsqueda del bienestar, de la paz física e interior que estaba al alcance de cualquier ciudadano. Allí se citaban los romanos para hablar y relajarse. Era un placentero paseo por las aguas de la felicidad. Baños que alternaban agua caliente en el caldarium, tibia en el tepidiarum y fría en el frigidarium, para más tarde pasarse por el gimnasio antes de abandonarse al ritual del masaje.


viernes, 13 de octubre de 2017

Entre el cielo y la tierra


«Quizás no sea lo más cerca del cielo que uno pueda estar pero sí lo más cerca del cielo que uno se puede sentir»   ̶ pensó Norte nada más traspasar el dintel de la puerta en la que remataban las tortuosas escaleras de caracol que lo condujeron a los techos de la catedral de Milán.


Allá abajo, cientos de liliputienses transitan atareados en torno a ella. Y allá arriba, meciéndose con suavidad sobre el abismo, …un bosque de agujas, gárgolas, contrafuertes y estatuas surgió ante él.





A medida que Norte ascendía, sintió una sensación cercana a volar,... era como si pudiese elevarse sobre aquellos pináculos que parecían sostener el firmamento y sobrevolarlo surcando los cielos.








Desde aquella majestuosa maraña tejida en piedra, la ciudad continua latiendo a su alrededor, rendida a sus pies.




Todo a la sombra de la representación hermosamente bella de la Madonnina, reinando entre el cielo y la tierra.


sábado, 10 de diciembre de 2016

Sobre el abismo, mejor volar que andar


A medida que su vehículo ascendía por la carretera que serpenteaba a través de los campos nevados, Norte comprendió que había sido un acierto acercarse a San Leo; un pequeño burgo medieval que le habían recomendado visitar en la Emilia Romagna.

Desde la distancia el imponente peñasco rocoso, iluminado por la fría luz de invierno, acentuaba todavía más los muros de la inexpugnable fortaleza que se elevaban en un equilibrio imposible sobre el abismo a más de 500 metros de altitud, dominando el valle del Marecchia, un territorio preñado de acontecimientos históricos que harían enmudecer a la mismísima Rímini.


Nada más atravesar el arco de entrada al burgo, Norte se dio de bruces con una hermosa localidad digna de ser uno de los “borghi piu' belli d'Italia”. Tal como le había adelantado Marchelo, el locuaz recepcionista que le había informado en su hotel de Rímini, la pintoresca comuna, aparte de su calles de trazado medieval, contaba con la Rocca, una impresionante fortaleza, la Catedral, una Iglesia parroquial (pieve) y algunos palacios renacentistas como el Palacio Mediceo, residencia de los Condes Severini-Nardini  o el Palacio Della Rovere. 


Aparcó su automóvil en la plaza presidida por uno de los monumentos más emblemáticos de San Leo. En ese instante, los últimos rayos de sol incidían sobre la fortaleza que la familia Montefeltro mandó reformar en el siglo XV, transformándola en uno de los edificios militares renacentistas más hermosos de toda Italia, y que por conquistarla lucharon Malatesta o César Borgia.

Localizada en lo más alto de una colina rocosa, en 1631 se transformó en prisión hasta principios del siglo XX y fue famosa precisamente porque en ella, Giuseppe Balsamo más conocido como el Conde de Cagliostro, fue encarcelado por la Inquisición hasta su muerte por herejía. Cortesano en las cortes de Luis XV y Luis XVI de Francia este carismático, tramposo y bohemio personaje que tenía fama de alquimista,  rivalizó con Casanova en sus conquistas, con quien dicen competía, y también se le consideraba un sanador de enfermedades incurables además de su capacidad para hacerse invisible.


Caminó por las calles desiertas, disfrutando del bello atardecer que aquel día invernal le había regalado, hasta dar con la Catedral, un admirable ejemplo de templo románico-lombardo y una de las más bellas iglesias románicas que se conservan en Italia.


Junto a ella, una alta torre-campanario de origen bizantino, era el único resto que, junto con el Duomo, permanecía de la antigua ciudad sacra que allá por el siglo XII estaba conformado además por el Palacio Episcopal, la residencia de los Canónicos y posiblemente el Baptisterio.


A pesar del frío intenso, volvió sobre sus pasos,  para admirar la pieve de Nuestra Señora de la Asunción, la iglesia más antigua de San Leo y de toda la región; en ella se daba esa bella fusión entre arte, historia y leyenda que tanto entusiasmaba a Norte.


Porqué según la tradición, Leone, un cortador de piedra de origen dálmata que trabajó en Rímini, fue el constructor de la Iglesia y fundador de la comunidad de San Leo, favoreciendo la difusión del cristianismo por la región que concluiría con la creación de la diócesis de Moltefeltro y  él su primer obispo.


Y es que lo que realmente le despertó el interés a Norte fueron la historia y las leyendas que rodean este lugar y que, a lo largo de la historia, se vieron enriquecidas por visitantes ilustres como San Francisco de Asís o la mención expresa al lugar que aparece una de las obras maestras de la literatura italiana. Porque Dante Alighieri cita este a este lugar en uno de sus versos del cuarto canto de La Divina Comedia: “Cuando vayas a San Leo, mejor vuela que no andes”… posiblemente en referencia a la situación privilegiada que desde lo alto del Mons Feretrius tiene San Leo.


sábado, 21 de mayo de 2016

Bologna “la rossa”


Era la segunda vez que visitaba aquella ciudad y Norte no acababa de entender qué podía encontrar de fascinante Francesca en Bologna. Para él era ruidosa hasta la irritación, con un tráfico anárquico que por momentos convertía lo que debería ser un agradable paseo en una peligrosa aventura, y cuya limpieza dejaba bastante que desear. Para colmo, tampoco su arquitectura le parecía especialmente atractiva, quizás por ello jamás sintió una especial predilección por la capital de la Emilia Romagna.

Para ella, sin embargo, Bologna era una ciudad hermosa y llena de magia, repleta de estudiantes que le daban un ambiente especial a sus calles, y quizás tenía mucho que ver el hecho de que Francesca había estudiado y vivido allí.

- ¡La Fontana di Nettuno! –exclamó de pronto, arrastrándolo literalmente hacia la monumental fuente– Es uno de los símbolos de la ciudad y es tradición entre los estudiantes el día de su graduación, venir a celebrarlo  rompiendo una botella de prosecco.

A medida que se acercaban, Norte pudo observar la fuente con detenimiento. La había visto en su anterior viaje y no le había llamado su atención; es más, su opinión sobre ella no era especialmente buena.


- También es tradición entre los estudiantes dar dos vueltas alrededor de la fuente en el sentido contrario a las agujas del reloj cuando tienen que presentarse a un examen importante –continuó Francesca cada vez más animada.

Norte sonrió nada ver las náyades, en una postura no muy decorosa, cabalgando sobre delfines que decoraban las cuatro esquinas inferiores de la fuente y amenazando a los resignados viandantes con unos ridículos chorros de agua pulverizada que salían de sus pechos. Un poco más arriba, en el nivel medio y a los pies de Neptuno, cuatro querubines gordinflones se empeñaban con perseverancia obsesiva en apretar unos peces hasta producir otros tantos surtidores de agua. Y finalmente, presidiendo el conjunto, un hercúleo Neptuno de Giambologna.

- La gente de Bologna adora este lugar; es como si fuese su “punto de encuentro” –prosiguió Francesca-. Esta fuente es toda una referencia para la ciudad; aquí se citan los boloñeses y se encuentran las parejas de enamorados; yo misma he esperado muchas veces en esas escaleras a compañeros de facultad.

A mediodía un agradable sol de invierno hacía más cálida la espera a quienes aguardaban; así que buscaron acomodo entre los jóvenes sentados en los escalones que daban acceso a la fuente y se dejaron estar un rato, en silencio, contemplando la Plaza Mayor y el Palazzo del Podestá y su esbelta Torre del Arengo, disfrutando de la tibieza del astro rey.


- ¿Qué es lo que realmente te gusta de Bologna?  –preguntó de pronto Norte– Si te he de ser sincero a mí no me atrae especialmente. Es posible que me llamasen la atención las torres medievales de sus palazzos, pero reconocerás que el conjunto de San Gimignano es mucho más espectacular. Si algún lugar se merece el calificativo de “el Manhattan medieval” no es precisamente Bologna, ¿no te parece?


- En realidad –contestó Francesca tras unos segundos de reflexión– no se trata solo de su patrimonio arquitectónico, es algo que va más allá. Cada rincón de esta ciudad me trae cientos de recuerdos. Aquí pasé una de las épocas con más trascendencia en mi vida y he conocido a muchos de mis mejores amigos. Recorrí una y mil veces sus calles porticadas. Y aquí me he formado académicamente. Es por eso que no sabría decirte nada en concreto y, por el contrario, podría detallarte cada uno de los cientos de lugares de los que guardo algún recuerdo. Y eso que la mia memoria non è molto buona.


Fue entonces cuando Norte comprendió por qué Bologna fascinaba a Francesca. De lo que realmente estaba enamorada era de las vivencias, de los momentos que atesoraba en su memoria y que jamás la abandonarían. Para ella aquella ciudad destilaba recuerdos que hacían que Bologna ocupase un lugar privilegiado en su corazón.

En realidad a él le ocurría algo parecido. Había viajado a muchos lugares y en su inmensa mayoría los recordaba con agrado; incluso podía rememorar muchos momentos vividos, situaciones que, de alguna manera, le habían impactado. Por ejemplo, todavía podía evocar con absoluta nitidez el día que descubrió el escriba sentado en el Museo de Louvre; aquella pequeña estatua policromada, de poco más de medio metro, que representaba un escriba en posición sedante con las piernas cruzadas y que enseguida le transportó a su época de estudiante.

Como ese tenía innumerables recuerdos pero, sin embargo, lo que realmente valoraba eran aquellos momentos únicos e irrepetibles. Momentos vividos, quizás en lugares que para muchos eran infinitamente más modestos. Y entonces cayó en la cuenta que no eran solo lugares sino también emociones. 


Y, justo cuando el sol de la tarde comenzaba a precipitarse sobre el horizonte,  Francesca le propuso perderse por las calles de una ciudad a punto de convertirse en Bologna “la rossa”. Y Norte no necesitó preguntarle por qué se la llamaba así; enseguida comenzó a deleitarse con el color rojizo de sus fachadas, de sus edificios y de sus tejados,… y quizás Norte comenzó a ver aquella ciudad con otros ojos.