Mostrando entradas con la etiqueta Colegio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Colegio. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de febrero de 2015

MI PRIMER CONTACTO CON LA OBRA DE ANTONIO HERNÁNDEZ PALACIOS



CORRÍA el mes de septiembre del año 1975. Un servidor frisaba las diez primaveras e iba a comenzar el 4º año de la antigua EGB (Educación General Básica), siguiendo el plan de estudios regulado por la Ley General de Educación, impulsada por el ministro José Luis Villar Palasí y aprobada el 4 de agosto de 1970. Septiembre me gustaba porque era aquel mes en el que se compraban los libros que íbamos a utilizar en el cole durante todo el año. En aquellos tiempos no había tantos problemas para conseguir los textos escolares como parece haber hoy día, o, al menos, yo no los recuerdo especialmente conflictivos, y eso que se compraban muy poco antes de empezar las clases. Yo, el mayor de tres hermanos, siempre los tuve nuevecitos, así es que era una gozada preparar el material escolar para el curso que entraba. Recuerdo que siempre me llamaron especialmente la atención los libros de literatura y, sobre todo, los de Historia (es decir, los de Humanidades), que hojeaba con delectación y examinando con bastante detalle todas las imágenes que los ilustraban. Circunstancia premonitoria que, con toda seguridad, explica el por qué terminé estudiando Historia y convirtiéndome en algo tan inútil y poco práctico como es un medievalista especializado en historia del Cristianismo. En fin, pero de todo tiene que haber en la viña del Señor...



En mi colegio —uno más de los muchos privados (y luego concertado) que había en la provincia de Madrid por aquellos años— se utilizaban los libros de Editorial Anaya. Ésta aún no se había convertido en el todopoderoso grupo empresarial posterior —que habría de absorber a otras editoriales como Tecnos, Biblograf, Eudema, Alianza, etc.—, pero ya se contaba entre las más importantes del país, habiéndose especializado en la publicación de libros escolares o de texto. Dentro de sus colecciones destacó, por aquellos años, la titulada "Mundo Nuevo", una serie de libros para la iniciación a la lectura que incluían actividades y estaban profusamente ilustrados. Es bastante recordado entre todos ellos, y dejó una profunda huella en quienes lo utilizamos, el correspondiente al primer curso de EGB, que incluía la historia de las botas aventureras Charolín y Mediasuela. Su comienzo, que se quedó grabado como a fuego en mi memoria y nunca he olvidado, era como sigue: "Charolín y Mediasuela son dos botitas gemelas".



Pues bien, fue en un libro de lecturas parecido a éste, concretamente en el del cuarto curso, donde por vez primera en mi vida tuve la ocasión de ver y admirar el arte de Antonio Hernández Palacios. Se trataba de una pequeña selección de páginas de la primera historia de Manos Kelly, en concreto el episodio en que el protagonista narra sus recuerdos sobre el asalto al fortín de El Álamo por parte de las tropas mejicanas dirigidas por el general López de Santa Ana. ¿Se acuerdan? Sí, efectivamente, esas que Antonio coloreó en tonos azulados para dar la sensación de que lo contado estaba ocurriendo en tiempo pasado. Un recurso narrativo bien eficaz y en el que el dibujante madrileño demostró ser un verdadero maestro (1).



Recuerdo que la visión y lectura de dichas páginas me impresionaron de una manera muy especial, dejando en mi memoria una marca imborrable y la convicción clara de que Hernández Palacios era uno los mejores dibujantes que yo había visto hasta ese momento. Aunque en aquellos tempranos años de mi existencia, cuando los gustos de un servidor aún estaban poco definidos, tampoco podía afirmar que fuera mi historietista favorito. Y, de hecho, tras ese primer hallazgo y antes de reencontrarme con él de manera definitiva tiempo después, iba a seguir leyendo una enorme cantidad de tebeos —Bruguera a mogollón, El Guerrero del Antifaz, Roberto Alcázar y Pedrín, El Cachorro, El Inspector Dan, Tintín, Astérix, El Capitán Trueno, El Jabato, Buru Lan, algo de Spiderman y Batman, etc.— que poco o nada tenían que ver con lo que había realizado (y seguía haciendo por entonces) el maestro madrileño. Entre medias algún número suelto de Trinca (donde, francamente, no recuerdo haber visto nada de Antonio), una sola lectura de un álbum de Mac Coy (no me acuerdo de cuál) y poca cosa más. Tengan en cuenta, por otro lado, que a un servidor lo publicado por Doncel le pilló aún bastante pequeño y que, encima, eran productos algo caretes y, por ende, complicados de conseguir: 25 pts el primer número de la revista Trinca y 100 pts los álbumes recopilatorios, frente a las 8, 10 o 12 pts de un Mortadelo, un DDT, un Super Pulgarcito, un Jabato Color, un Capitán Trueno Color, un Cachorro, un Inspector Dan, o las 40 pts de un álbum de la Colección Olé.

Los años 60-70: época de verdadero esplendor para las revistas infantiles


Tuvieron que pasar casi diez años tras el descubrimiento de su obra para que se produjera el verdadero reencuentro definitivo y el estrechamiento de una relación autor/lector que no se ha roto desde entonces, con la fortuna, como colofón, de haber conocido personalmente a Antonio en 1984. Pero un año antes se había producido el mencionado reencuentro con el artista, a raíz de un artículo bastante completo (firmado por Luis Conde y Jorge Riobóo) que El País publicó en su suplemento dominical, correspondiente al 10 de abril de 1983. Estaba dedicado a la Historia en los cómics y, más específicamente, al gran auge experimentado por el medio a raíz del desarrollo autonómico en nuestro país, que había favorecido la publicación de decenas y decenas de tebeos dedicados a las historias de las distintas regiones y comunidades españolas. Pues bien, de todos los dibujantes que podrían haber sido elegidos para opinar de manera específica sobre el tema escogieron, lógicamente, a Antonio, puesto que a esas alturas de su carrera ya había adquirido un gran prestigio como autor especializado en trabajos de tipo histórico. Su protagonismo resultaba patente ya en la misma portada de El País Semanal, que habían decidido ilustrar con una impresionante plancha del álbum Roncesvalles. Luego, en el interior, el artículo incluía algunas imágenes más de este mismo trabajo, así como continuas referencias a Antonio y a la totalidad de su obra. Pero lo más importante se hallaba en las dos últimas páginas, donde se ofrecía una entrevista del maestro y se le reconocía como auténtico "especialista" del género.



Aquel artículo, el recuerdo de mi primer encuentro con las páginas de Manos Kelly en el libro de lecturas de 4º de EGB (que, milagrosamente, aún conservaba) y los deseos fervientes de dedicarme a esto de la historieta —que llevaban un tiempo apretando con mucha fuerza— me pusieron de nuevo sobre la senda de la obra de Hernández Palacios y me llevaron a conocer al dibujante personalmente apenas un año después (en 1984), como ya he relatado más de una vez en este mismo blog (alguna de ellas con bastante detalle). Desde entonces, y hasta el día de hoy, mi "historia" de amor con Antonio Hernández Palacios —si se me permite la expresión— y su grandiosa obra es algo que no ha hecho sino consolidarse con el tiempo. Y así seguirá siendo por muchos años más... (espero).

Bueno, y ahora las páginas que me hicieron conocer al maestro. ¡Cómo no iban a resultar impactantes para un niño de diez años!












----------------------------------------
(1) Los responsables de Anaya debieron de firmar por aquellos años un acuerdo con Editorial Doncel para reproducir en sus libros de texto material que había aparecido publicado previamente en Trinca, porque no sólo se publicaron estas páginas del Manos Kelly, sino que también recuerdo haber leído unas cuantas de la serie Los guerrilleros, firmada por Bernet Toledano (dibujo) y Andrade (guión). Planchas que, por cierto, también causaron en mí una impresión muy positiva. ¡Y es que Trinca fue mucha Trinca!