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lunes, 8 de marzo de 2021

No quedan flores por las que llorar


 

Intentarlo con una película de Charlie Kaufman es toda una experiencia, y hay que estar muy dispuesto a abandonarse, dejarse engullir por la presencia que realmente importa, que no es la nuestra, sino la suya. Sus películas son extremadamente sencillas, apenas un balbuceo, una onomatopeya, un accidente. Es tan sólo cuando aparecemos nosotros que se vuelven complejas. El espectador como invasor, colonizador no invitado a un espectáculo que se desarrolla muy lejos de nosotros. Es por ello que intentarlo es tan agobiante, y ese parpadeo se torne una ecuación cósmica, una palabra dicha por casualidad parece como si dios hubiese decidido abrir el pico por primera y última vez. Si debo achacarle una sola cosa a I'M THINKING OF ENDING THINGS, no sería su lentitud, ni su hipérbole de la desgracia. Ni siquiera que parezca un cruce entre Lynch y Andersson, quedando claramente por debajo de ambos. Lo único que me irrita de este maravilloso besito en la mejilla al "yo", es, efectivamente, que descubre sus cartas demasiado pronto, y ni siquiera se toma la molestia de voltearse (aunque sea perezosamente) en su cantadísimo final (y no es una metáfora). Aun así, es un film que merece ser visto, discutido, deshuesado y puesto en valor como debiera; porque técnicamente es el trabajo más depurado de Kaufman, y por el estupendo trabajo de sus protagonistas, Jesse Plemons y Jessie Buckley, que confirma mis augurios. Ahora bien, me permito recomendarles un film mucho mejor, y que arriesga también más, partiendo de una premisa similar, como es PROVIDENCE, de Alain Resnais.
Saludos.

viernes, 8 de abril de 2016

El demiurgo compasivo



La película que debió ganar el oscar a mejor animación no era de Disney, ni de Pixar, ni tampoco otro ejercicio de estilo Ghibli. No, porque ANOMALISA, de no estar hecha en stop motion, sería uno de los títulos más importantes del año, una película tan simple como profunda, tan seria como hilarante, y tan clásica como novedosa. Una nueva vuelta de tuerca de Charlie Kaufman sobre la crisis de identidad del hombre moderno y las incertidumbres, en ocasiones insalvables, de la mediana edad. Hay un poco de SYNECDOCHE... como de CÓMO SER JOHN MALKOVICH, y aunque siete años han pasado del debut como realizador de Kaufman, ANOMALISA parece una especie de spin off de la misma, menos oscura quizás, pero igualmente atormentada y paranoica. Su protagonista es Michael Stone, un tipo que se gana la vida dando conferencias motivacionales en las que ni siquiera él mismo cree; cuando se encuentra en Cincinnati para dar una de estas conferencias todo cambia, o a lo mejor todo se vuelve extrañamente idéntico. Todo el mundo es igual, con la misma cara y la misma voz monótona y gris, repitiendo palabras sin significado real, aunque puede que sean las mismas palabras huecas que él escribe en cada libro. Así, Kaufman filma un homenaje a la diferencia, al horror de vernos a nosotros mismos mezclados, batidos en el mejunje llamado "gente", sin posibilidad de optar a ningún tipo de singularidad. Sería una temeridad por mi parte desvelar más de un guion brillantemente derrotista, apoyado en una animación sorprendentemente realista y un trabajo de voces espectacular a cargo de Jennifer Jason Leigh, Tom Noonan y David Thewlis. Una para él, otra para ella y otra... para el resto de la humanidad...
Brillante.
Saludos.

domingo, 17 de octubre de 2010

Películas para después del Prozac #7



En fin, queridos indéfilos, no quedaba otra para culminar este intimidante serial que terminarlo con el film depresivo por excelencia; y ese dudoso privilegio lo ostenta una curiosísima película, a la que podríamos dedicar cien entradas para no entender nada, igual que resumirla perfectamente en seis o siete líneas. Sí, porque SYNECDOCHE, NEW YORK puede definirse como un proyecto megalómano de espíritu minimalista... aunque suene raro, aunque nos irrite su cansina autocomplacencia de la misma forma en que nos fascina su interminable, inabarcable juego de espejos. Pero el personalísimo debut en la dirección del guionista habitual de los proyectos de Spike Jonze o Michel Gondry (¿de quién eran realmente esos proyectos?), es también el más inmisericorde retrato, visto en una pantalla, de una personalidad ultradepresiva e hipocondríaca hasta la náusea. Por un lado está el imposible proyecto de Caden Cotard (tremebunda recreación de Philip Seymour Hoffman), atrapado en una vida que lo zarandea como el pelele que es, por recrear en una escena primero su propia vida, pero el desafío de Cotard/Kaufman comienza cuando es consciente de que es no se puede imitar a la realidad, lo que irá aumentando la supuesta obra con nuevos integrantes, los mismos que van apareciendo en la vida de Cotard, que, aparte de su intratable hipocondría, es abandonado por su mujer (Catherine Keener), mientras se debate entre una serie de amantes a cual más diferente. Y, sin embargo, la oratoria formal propuesta por Kaufman no es más que la superficie más externa de este profundo relato que es casi una radiografía sobre un estado de ánimo, quizá la infelicidad crónica. El caos en la vida de Cotard crece y la "obra", cuya realización alcanzará más de dos décadas, se irá convirtiendo en un monstruo de infinitas cabezas donde ya no bastará con los personajes iniciales, sino que habrá sustitutos/reflejos de los mismos, y sustitutos de los sustitutos, etc...
SYNECDOCHE, NEW YORK es tan ingeniosa en su concepto como banal en muchas de sus soluciones, y Kaufman no demuestra poder superar su faceta como guionista con la de director, lo que da como resultado de gran irregularidad, que comienza como una especie de comedia sofisticada y progresivamente se va oscureciendo, hasta alcanzar, en su tramo final, una oscuridad insondable y sin posibilidad de redención. Un final tan triste como bello, y que eleva sensiblemente la calidad general de un film irregular y fascinante, al que difícilmente podríamos buscar un igual, tal y como Caden Cotard comprueba de primera mano que nada es sustituible en la vida real sin destruir por completo su verdadera esencia. Nada.
Saludos con pastillita.
... ¿Y todo esto lo ha hecho usted solo?...
No, necesité estar rodeado de siete mil millones de personas...

¡Cuidao con mis primos!