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lunes, 20 de julio de 2020

Física y poesía (Feynman o Geoffrey Hill)

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Dicen que una pareja contemplaba absorta las estrellas brillantes del cielo de julio. «Soy uno de los primeros ─dijo uno─ que saben por qué resplandecen; se debe a las radiaciones ocurridas en el núcleo de sus átomos de hidrógeno ionizados hace tiempo». La acompañante se sintió algo decepcionada; hubiera preferido escuchar que unos delicados seres alados estaban encendiendo velas allí durante la noche o que los astros emitían unas señales parpadeantes en las que se hallaba un mensaje que deberían interpretar antes del amanecer.
¿Acaso la verdad no es bella? Leo en estos días Seis piezas fáciles. La física explicada por un genio, reedición actual de la obra clásica que Ricard P. Feynman (1918-1988) diera a la luz en 1963. No he estudiado ciencias naturales, pero me gusta de vez en cuando sumergirme en alguno de sus libros, aunque no entienda todo lo que explican. Pero me resulta hermoso, al igual que me sucede con la poesía cuando no la entiendo, por ejemplo la de Geoffrey Hill (1932-2016), recientemente editada reunida ─«Indeseable pudiste haber sido, intocable / no eras. Ni olvidado / ni pasado por alto en el momento correcto […] / Septiembre engorda en las viñas. Las rosas / se descascaran desde las paredes. El humo / de fuegos inofensivos llega hasta mis ojos. / Esto es demasiado. Esto es más que suficiente»─. No necesito inferir la secuencialidad.
Me fío. Sé que estoy en lo alto del monte contemplando la extensión boscosa que se entiende por la ladera, los meandros del río adivinado en el valle, el viento que golpea suave en las mejillas, los colores diversos de la tarde, las mariposas blancas y siena que aparecen y desaparecen, el milano a lo lejos, la gente que se afana ahí en la cosecha, la gente que se mata allí en las favelas… Y alguien me lo explica a su manera, con sus palabras, y yo sé que son verdaderas.

martes, 7 de marzo de 2017

Música del Cosmos

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La música es el placer que experimenta la mente humana de contar [con números] sin ser consciente de que está contando (Gottfried Leibniz)
A estas alturas ya he renunciado a comprender los mecanismos internos de la teoría de la relatividad general y los de la mecánica cuántica. Tampoco es que me deprima. La mayoría de gente científica no las dominan en su totalidad y mucho menos son capaces de explicarlas. Ahora tratan de integrarlas en diversas teorías, la más conocida es la de las cuerdas, que presenta un mundo de partículas en continua vibración (con más de una decena de dimensiones); o en la de la gravedad cuántica de lazos, que postula que el espacio mismo es una trama de bucles; o en la de conjuntos causales, en la que la estructura del espacio se contempla como la arena de una playa. Pero a pesar de este desistimiento, continúan atrayéndome obras de divulgación científica.
Esta vez he picado en El jazz de la física, de Stephon Alexander, negro del Bronx que relata su peripecia hacia la ciencia y el jazz. La pulsión científica que siente no deja de estar tocada, en el entorno del barrio, por los múltiples encuentros que tiene con la música, vía de escape y posibilidad de esquivar al determinismo de la pobreza y la violencia. Dotado de intuición y de inteligencia, la existencia le abre puertas en los caminos que va tomando, a veces sin destinos de primera vista. Su propósito es dar con la fórmula que explique la estructura del universo, la expansión y contracción de las galaxias. Bajo la sospecha de que tienen una estructura musical –¿dónde se esconde esa fórmula (sencilla) matemática que lo muestre?–, que suenan con ritmo, cadencia, armonía, tonalidad o improvisación. Pitágoras y su música de las esferas no deja de estar presente en las Cosmologías actuales.

Además de una portentosa capacidad matemática, Alexander se vale de la improvisación y de las analogías. En su apoyo viene Einstein (que tocaba el piano) cuando explica la formulación de la teoría de la relatividad: «Se me ocurrió por intuición, y la música fue la fuerza que la impulsó. Mi descubrimiento fue el resultado de la percepción musical». Por aquí pasan John Coltrane, Margaret Geller, Brian Eno o Richard Feynman. Agradable compañía.
[Salud. En espera de que la vida transcurra por sus cursos].

viernes, 19 de febrero de 2016

Casualidades (haikus en ondas gravitacionales)

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De vez en cuando me viene la impresión de que hay actividades o disciplinas más útiles a la humanidad que las que yo suelo tener entre manos: literarias, de investigación histórica, de movimientos sociales, etc. Es esa sensación de que si tuviera una nueva vida la emplearía en aprender física o matemáticas, empeñándome en estudios que ayudaran a comprender el universo y en tecnologías que pudieran aliviar las duras condiciones de existencia de mucha de la gente que habita nuestro planeta.
Y en esas andaba estos días, así que me había imbuido en uno de los libros de José Manuel Sánchez Ron, El mundo después de la revolución. La Física de la segunda mitad del siglo XX (Pasado&Presente, 2014). No es propiamente científico, sino de historia de la ciencia, además de que sus explicaciones de Física se complementan con las que proporciona sobre las motivaciones políticas y desarrollo tecnológico que les acompañan, lo que ayuda a comprender este revolucionario fenómeno en una perspectiva amplia. No muestra, pues, la aridez de textos más profundos sobre el tema, pero, aún así, no logro entender todas sus páginas, para lo que necesitaría mayor tiempo y referencias. No obstante, disfruto leyéndolo. Me siento cercano a las mentes que conciben estas fórmulas, intentando el progreso, rompiendo barreras a lo establecido, a lo que se nos muestra impenetrable.
Pues bien, mientras consideraba la vida de Milton Humason, que comenzó trabajando de mulero en el observatorio de Monte Wilson y terminó calibrando (con Hubble) la magnitud de las nebulosas allá por 1930; y mientras leía las aportaciones de E. Orlando Lawrence en la construcción de ciclones o aceleradores de partículas, se me ocurrió elaborar la entrada anterior, la de los haiku y, curiosamente, las Gemelas del Sur -gracias- me indicaron que en la bitácora en la que participan, Versoscalados, habían colocado unos haikus del físico teórico John Archibald Wheeler (1911-2008) sobre la teoría de la relatividad, acompañado del vídeo Pixel – extraits de Adrien M y Claire B.
Son las ondas gravitacionales humanas que mantienen algo de felicidad entre la mediocridad pública.

lunes, 23 de febrero de 2015

La inmortalidad de Shoshana Spinoza

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La novela de Gabi Gleichmann, El elixir de la inmortalidad (2012), a pesar de que le ha gozado de notable éxito, no nos resulta algo excepcional desde la literatura, recurrente en demasía a lugares comunes, a situaciones estereotipadas; tal vez en la cultura nórdica, donde se crea la obra, no se tomen así los trucos que aquí nos parecen tales.
No obstante, las más de seiscientas páginas que la componen resultan de un valor muy apreciable cuando la adjetivamos y pasa a ser novela histórica, pues contiene un caudal de datos sobre personalidades de 37 generaciones a lo largo de casi un milenio correspondientes a la familia judía Spinoza, sobrada de gente consagrada a la medicina, las matemáticas, la filosofía o la física. Una estirpe que sale de Espinosa (más tarde de los Monteros), Burgos, en el siglo XII, cuando Baruj, hijo del rabino, marcha de su casa hacia Lisboa convirtiéndose en Baruj de Espinosa, llegando a ser médico del monarca Alfonso Enríquez.
Además del reconocido filósofo Baruch o Benito o Benjamín (1632-1677), nacido en Amsterdam, a esta estirpe pertenece Shoshana Spinoza, notable física, que se atrevió a cuestionar las teorías de Newton, cuyos Principia ya leía en la pubertad; a esa edad hablaba seis idiomas fluidamente y, poco después, traducía dramas griegos al francés, uno de los cuales ‒Antígona, de Sófocles‒ se representó en la Comédie-Française a instancias de Voltaire, el cual, por una serie de curiosas circunstancias (entre  ellas la muerte de su padre, Héctor, coautor de un libro sobre la masturbación en la Atenas clásica, que se vendió profusamente) se había convertido en tutor de la niña, en su palacio de Ferney; por entonces escribe a la madre de esta: «tiene un gran talento, un latín que agradaría a Cicerón y un griego que sonaría hermoso en el Areópago. Lo único que es de lamentar es su pertenencia al género femenino».
Dice Gleichmann que Shoshana estaba perdidamente enamorada de Voltaire, pero que este la rechazó al llevarle mucha edad, por lo que ella se quitó la vida en enero 1769; tres años después se realizó una fiesta de fuegos artificiales para celebrar la aceptación de la física, a título póstumo, como miembro de la Academia de Ciencias de Bolonia, la universidad más antigua de Europa.

[Ilustración: Mujer en azul leyendo una carta, de Alirio Palacios].