Consideramos el plagio, posiblemente, como la actividad más denostada en literatura. Su comprobación, o sospecha (a veces maledicente, es cierto), marca una trayectoria creadora. Pero… ¡es tan tentador, sobre todo ahora, cortar y pegar! (hasta hace poco se hacía con tijera y pegamento, siendo después el/a copista, quien se encargaba de presentar unitariamente el texto). Hay plagios comprensibles: ¿cómo puede ser original todos los días una persona que tiene que atender múltiples compromisos? No damos para tanto. Otros, son de riesgo: quienes utilizan el trabajo de negros (y son más de los que parecen) corren el peligro de que a alguno se les pague más desde otro lado o, simplemente, que esté poco inspirado en esos días.
Cosa distinta al plagio, a decir de quienes entienden, es el intertexto. La conexión de los párrafos de una obra con los de otra. La utilización consciente de elementos de un texto en otro, retocándolos mínimamente, con el fin de subrayar aspectos comunes. En cierto modo, resulta una variable (antecedente) del hipertexto. Conlleva, por parte de quien lo realiza, la connotación de quererse deudor/a de alguien con autoridad reconocida; la humildad de quien admira; el atrevimiento de quien toma. Inviste.
Un intertexto magistral nos lo ofrece Aleixandre –nuestro poeta Nobel– en el comienzo de una égogla de Nacimiento último:
Pájaros, las caricias de vuestras alas puras
no me podrán quitar la entristecida
memoria
Lo cual nos recuerda de inmediato al modernista Rubén Darío:
Cisnes, los abanicos de vuestras alas frescas
del que Aleixandre se sirve aquí para mostrarnos, ya en el inicio, la equivalencia entre pájaros, cisnes y poetas. Con el fin, seguidamente, de evocar el célebre encabalgamiento de Garcilaso:
No me podrán quitar el dolorido
sentir
con el que Aleixandre certifica la naturaleza del poema, la églogla.
¿Hay quien dé más? Y para que no se diga que lo nuestro es plagio, remitimos al artículo del entendido Ricardo Senabre, «Del intertexto al plagio» (El Cultural, 9-15 mayo 2001).