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sábado, 16 de mayo de 2026

Del poeta Jorge Manrique al poeta cubano Sergio García Zamora en Paredes de Nava

Iglesia de San Juan

 El pasado fin de semana tuve la ocasión de visitar la población palentina de Paredes de Nava gracias a una Residencia literaria que organizó la profesora de escritura creativa y psiquiatra Mari Ángeles Jiménez, que lleva más de treinta años impartiendo cursos de escritura en Valladolid. Una experiencia realmente interesante, pues es la primera vez que visito Paredes (espero que no sea la última) y acudo a una Residencia literaria, en verdad instructiva y divertida (espero también que no sea la última), porque en Paredes de Nava -la tierra natal del poeta Jorge Manrique- nos dimos cita unas veinte personas para compartir la palabra escrita, además de comidas, visitas y demás. A uno, la verdad, le entusiasma andar a su aire, a su libre albedrío, pero me gustó esta vivencia de fin de semana porque tuve también la oportunidad de conocer a gente que no conocía, y estar con alguna gente ya conocida, como el caso de Mari Ángeles, la amiga Geles o Chelo, personas con buenas ideas, que escriben muy bien, todas ellas, todos ellos. 


Un gran placer compartir con Isabel (todo un descubrimiento), Geles, Fernando, Chelo, Lucía, Mariano (psiquiatra como Mari Ángeles Jiménez), Maite, Pablo, Toñi, Olga, Cristina, entre otros, esta Residencia literaria en este espacio cereal de Tierra de Campos. Y por supuesto una maravilla conocer al poeta cubano Sergio García Zamora, que nos obsequió con una clase magistral acerca del Romancero gitano, obra por la que siento devoción (por su musicalidad, sus sinestesias...), centrada en el poema La casada infiel, un poema narrativo escrito con sensualidad, con imágenes sensoriales; encima pudimos asistir a un recital teatralizado/musicalizado sobre el Romancero gitano en el Centro de Artes Escénicas de Paredes de Nava. 

Vista desde Aula de Poesía

El poeta cubano de Santa Clara Sergio García Zamora, que ha ganado varios premios de poesía en España, entre ellos el Loewe a la creación joven con El frío de vivir, el Gabriel Celaya con Diario de un buen recluso, el Blas de Otero con La canción del crucificado, o el premio Jorge Manrique con Los uniformes, vive desde hace unos tres años en Paredes de Nava, donde se siente muy a gusto con su mujer, sus dos hijas y su Aula de Poesía. Un pueblo cosmopolita cuya gente lo ha acogido con los brazos abiertos (gracias por supuesto a su alcalde), según él, porque en este espacio de Tierra de Campos -con el flamante Centro de Artes Escénicas construido en el antiguo convento de San Francisco del siglo XV-, viven cubanos, colombianos, mexicanos, venezolanos, ucranianos, entre otros. 
https://cuenya.blogspot.com/2023/07/santa-clara-la-ciudad-del-che.html


Santa Eulalia

Con cercanía, Sergio abrió su alma para contarnos sus peripecias en Cuba, que ahora está a la deriva, qué pena, la salida de la isla caribeña y su llegada a Madrid, para vivir durante un tiempo en la capital de España hasta que se le acabaron los recursos económicos. Realmente difícil, hasta que logró instalarse a Paredes de Nava, donde ha encontrado su lugar en el mundo, sin tener que renunciar a ser poeta y profesor de escritura, por eso se siente feliz con su Aula de Poesía, con sus talleres literarios. 

El poeta Sergio García Zamora

El Aula de Poesía, promovida por el Ayuntamiento de Paredes, está orientada al desarrollo de la creación literaria, así como a la dinamización cultural de la cuna de Jorge Manrique. 

Junto a la Casa de los títeres (a la que al final sólo pude arrojarle un vistazo) y el Centro de Artes Escénicas, el Aula de la Poesía es un espacio acogedor, con fotos de diversos literatos (Lorca, Octavio Paz, Borges, Kafka, Rimbaud, Baudelaire, Alejandra Pizarnik, Whitman, Pessoa, Miguel Hernández, César Vallejo, Antonio Machado, Rosalía de Castro, Quevedo, Lope de Vega, San Juan de la Cruz, Santa Teresa de Jesús..., referentes en todo caso para Sergio García Zamora y también para quien esto escribe), que nos acogió hospitalario a quienes compartimos el pasado finde literario en la localidad de Paredes de Nava, que en otros siglos fue un importante núcleo de población, rivalizando en importancia con la propia capital de Palencia, que queda a unos veinte kilómetros de distancia. No en vano, Paredes de Nava cuenta con casas blasonadas, entre las que se hallan la casa Dueñas y la casa Nájera, y es tierra de ilustres personajes como el ya mencionado Jorge Manrique, autor de Coplas a la muerte de su padre. 

Plaza Mayor de Paredes

«Cómo se pasa la vida, cómo se viene la muerte tan callando. Cuán presto se va el placer… Partimos cuando nacemos… y llegamos al tiempo que fenecemos», escribió Jorge Manrique en Coplas por la muerte de su padre, una de las obras más influyentes de la literatura española. A través de este magistral poema elegíaco, de profunda hondura filosófica y gran belleza estilística, el autor nos invita a reflexionar sobre la inevitabilidad de la muerte y la fugacidad de lo terrenal.
Además de gran poeta, Jorge Manrique fue también un guerrero que participó en diversas batallas en defensa de la causa de Isabel I de Castilla. Su padre, Rodrigo Manrique, figuró entre los nobles más destacados de su tiempo y adquirió el señorío de Paredes de Nava poco antes de mediados del siglo XV. Precisamente en esta villa palentina nació, hacia mediados de aquel tiempo, Pedro Berruguete, cuyas obras pueden admirarse tanto en la Iglesia de Santa Eulalia como en el Museo del Prado. Su hijo, Alonso Berruguete, nacido también en Paredes de Nava, siguió sus pasos y llegó a convertirse en uno de los escultores más importantes del Renacimiento español.

Al igual que hiciera su padre, Pedro Berruguete, Alonso Berruguete viajó también a Italia para completar su formación artística. Residió en Florencia, donde entró en contacto con el ambiente artístico de figuras de la talla de Leonardo da Vinci y, especialmente, Miguel Ángel. Algunos historiadores lo consideran uno de los grandes introductores de Miguel Ángel en España.

Las obras de Alonso Berruguete pueden contemplarse hoy en el Museo Nacional de Escultura, en la Galería Uffizi y en numerosos retablos repartidos por iglesias y catedrales del antiguo reino de Castilla.


En la Plaza de España de Paredes de Nava encontramos a Jorge Manrique inmortalizado en una escultura de bronce y piedra, sentado junto a sus versos, al abrigo de la Iglesia de Santa Eulalia, cuya esbelta torre mudéjar culmina en un vistoso chapitel cubierto de azulejos esmaltados. La plaza, el templo y el monumento al poeta forman uno de los conjuntos más atractivos para quien visita la villa.


La Iglesia de Santa Eulalia, que bien podría pasar por una catedral, sobresale por su imponente torre y por la armoniosa mezcla de estilos románico, gótico y mudéjar. Su interior alberga obras de Pedro Berruguete y conserva una costilla de Santiago el Apóstol, todo un misterio que quizá podría resolver Iker Jiménez.

Además de sus iglesias y conventos, de sus obras de arte y de sus personajes ilustres, el visitante puede acercarse al Canal de Castilla, una gran obra de ingeniería hidráulica iniciada en el siglo XVIII con el propósito de comunicar las ciudades del interior de Castilla con los puertos del norte peninsular.

Junto al primer embarcadero del canal se levantaron las Casas del Rey, donde se almacenaba y distribuía buena parte del cereal producido en la comarca de Tierra de Campos. En las proximidades se alza también la llamada Ermita del Canal, cuyo interior permanece hoy abandonado.

Esto, entre alguna cosa más, me dio por escribir durante mi estancia literaria en Paredes de Nava: 


Como en un sueño, siento que me embarco en un viaje a través del canal de Castilla, porque viajar es sentir, sentirlo todo de todas las maneras.

Como en un sueño, navego al interior de mí mismo, mientras contemplo extasiado la llanura, que se abre inmensa como un espejismo de imágenes que flotaran sobre el horizonte, con una luz que parece curvarse al cruzar la atmósfera, al atravesar un aire transparente, el cual logro acariciar con la mirada.


Como en un sueño, siento el olor a tierra, a humedad, a cereal, incluso a pan de trigo recién horneado, y esos aromas me trasladan a otra dimensión, a un tiempo suspendido, donde se posan las cigüeñas, que acaban por elevarme al cielo, desde donde vuelvo a mirar la realidad, el mundo, con ojos de asombro cual si se tratara de la primera vez.

Como en un sueño, me dejo fluir, a través del canal de Castilla, con su color en movimiento, acaso con una ilusión visual, donde por instantes se refleja luminoso el cielo, con la serenidad de un tiempo con sabor a pan de trigo recién horneado.

Como en un sueño, consigo alcanzar y sentir el mar desde esta Tierra de Campos.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Hamnet

Escena IV 

HAMLET, OFELIA

Hamlet: Ser, o no ser, ésa es la cuestión. ¿Cuál es más digna acción del ánimo, sufrir los tiros penetrantes de la fortuna injusta, u oponer los brazos a este torrente de calamidades, y darlas fin con atrevida resistencia? Morir es dormir. ¿No más? ¿Y por un sueño, diremos, las aflicciones se acabaron y los dolores sin número, patrimonio de nuestra débil naturaleza?... Morir es dormir... y tal vez soñar… el considerar que sueños podrán ocurrir en el silencio del sepulcro, cuando hayamos abandonado este despojo mortal, es razón harto poderosa para detenernos. Esta es la consideración que hace nuestra infelicidad tan larga. ¿Quién, si esto no fuese, aguantaría la lentitud de los tribunales, la insolencia de los empleados, las tropelías que recibe pacífico el mérito de los hombres más indignos, las angustias de un mal pagado amor, las injurias y quebrantos de la edad, la violencia de los tiranos, el desprecio de los soberbios?... ¿Quién podría tolerar tanta opresión, sudando, gimiendo bajo el peso de una vida molesta si no fuese que el temor de que existe alguna cosa más allá de la Muerte (aquel país desconocido de cuyos límites ningún caminante torna) nos embaraza en dudas y nos hace sufrir los males que nos cercan; antes que ir a buscar otros de que no tenemos seguro conocimiento? Esta previsión nos hace a todos cobardes, así la natural tintura del valor se debilita con los barnices pálidos de la prudencia, las empresas de mayor importancia por esta sola consideración mudan camino, no se ejecutan y se reducen a designios vanos... (Shakespeare, Hamlet)

El visionado de Hamnet, por segunda vez ayer mismo en Cines La Dehesa de Ponferrada, me ha permitido volver a leer Hamlet, de Shakespeare, que es uno de los mejores dramaturgos de todos los tiempos, aunque algunos críticos dicen que sus obras no fueron escritas por él, o fueron escritas por varios autores. 

Sea como fuere, el cine tiene la virtud, también, de adentrarnos en la literatura, y la literatura en el cine, en un camino de ida y vuelta donde todos los que amamos, tanto el cine como la literatura, salimos enriquecidos.

El propio personaje de Hamlet, en la obra de Shakespeare, nos habla de nuestra débil naturaleza. Y la película Hamnet, de la directora china Chloé Zhao, que ya nos obsequió en su día con la maravillosa Nomadland (acerca de una mujer interpretada por la gran actriz MacDormand, que, tras perder su trabajo y a su marido, decide viajar en furgoneta por el Oeste de Estados Unidos, con banda sonora original de Ludovico Einaudi), nos adentra en la fragilidad humana a través de la historia de Shakespeare y su familia, una historia inspirada en la novela de Maggie O'Farrell (con guion de esta escritora y la propia directora, nominado al Óscar), que se sitúa en una época donde la vida estaba expuesta a la enfermedad, la pérdida, la ausencia. Y esa vulnerabilidad se nos muestra a través de silencios prolongados, miradas perdidas, cuerpos que ocupan el mismo espacio, pero ya no comparten el mismo tiempo emocional. Una fragilidad corporal y afectiva que se nos enseña a través de lo efímero, de los vínculos familiares que se rompen ante el dolor, el que sufre Shakespeare y su mujer (también sus hijas) por el fallecimiento del hijo (Hamnet). 

Conmovedora resulta la escena en la que vemos cómo enferma Judith, la hermana gemela de Hamnet, entonces su hermano intenta ayudarla, permanece cerca de ella, la cuida, comparte el mismo espacio, el mismo aire, y acaba enfermando él y recuperándose ella. Algo que me hace recordar la película La milla verde, donde vemos cómo el personaje de John Coffey absorbe las enfermedades y el sufrimiento de otras personas tragando el mal y luego expulsando/vomitando unas partículas oscuras por la boca. Cada vez que cura a alguien, él se queda más debilitado y cargado con ese dolor. El aliento representa cercanía, amor y vulnerabilidad. En ambas historias se emplea la respiración y la proximidad como símbolo de vínculo profundo entre personas.

Tras la muerte del niño, Agnes (la mujer de Shakespeare, Anne en la vida real) siente un dolor inmenso (porque además su marido no está presente cuando fallece, algo que ella le reprocha), mientras que Shakespeare parece sublimar su dolor a través del teatro, del arte. No obstante, también lo vemos sufrir mucho. Ante el fallecimiento de un hijo (algo antinatural, porque lo natural es que los hijos asistan a la muerte de los padres, aunque también se sienta dolor), uno puede hacer como Shakespeare, convertir la tragedia personal en materia literaria a través de Hamlet, o bien como hace Umbral en Mortal y rosa, después de la muerte de su hijo Pincho por leucemia https://cuenya.blogspot.com/2009/07/mortal-y-rosa.html, aunque las palabras no sean suficientes para sublimar tanto dolor. 

En la película vemos a Agnes y su hermano que viajan a Londres (donde está Shakespeare) para asistir a la representación de Hamlet en The Globe. En el escenario Agnes ve a su hijo transformado en el príncipe Hamlet, de forma que el niño fallecido reaparece en palabras, gestos, en memoria encarnada. Entonces, Agnes comprende que esa obra es una forma de duelo de Shakespeare, su manera de nombrar lo innombrable. Un final estremecedor porque el dolor se transforma. El hijo ya no está, pero tampoco ha desaparecido del todo. El matrimonio, roto por el dolor, encuentra un modo de reconciliarse. El plano final del rostro de Agnes, lleno de tristeza, de lágrimas, resulta sobrecogedor. Nos emociona profundamente porque acaba esbozando una sonrisa, indicativo de que se reconcilia con su marido, con el gran amor que se tienen, que se había roto por la pérdida del hijo. 

The Globe-Londres. Foto: Cuenya

El teatro (The Globe Theatre de Londres, recreado en estudio con un montón de extras y un diseño visual cuidado) se convierte en un espacio donde vida y muerte coexisten. El final conecta de forma potente con el núcleo de Hamlet: “morir es dormir… tal vez soñar”, porque sugiere que el arte es, tal vez, ese sueño donde los muertos siguen hablándonos, como ocurre con los personajes de Rulfo. https://cuenya.blogspot.com/2018/03/rulfo-o-el-mexico-profundo.html

El final de Hamnet tiene una fuerza audiovisual extraordinaria a través de la reconciliación emocional con la pérdida. El tiempo se dilata, de modo que nos duele también a nosotros como espectadores (todos hemos perdido algo, a alguien, el dolor nunca se borra, podemos recordarlo, escribirlo). Vemos físicamente al actor que encarna a Hamlet, lo que hace más directa la identificación con Hamnet (en realidad, Hamnet y Hamlet es el mismo nombre, como se nos dice al inicio de la película), y además entra en escena la música minimalista de Max Richter (nominada al Óscar), con motivos simples que se repiten con variaciones, creando una tensión emocional continua. Como si la música se quedara en el umbral entre la vida, el sueño y la ausencia, como si el duelo nos atravesara físicamente. Cabe recordar que Max Richter interpretó durante años composiciones de músicos como Arvo Pärt, Philip Glass, Brian Eno o Steve Reich. https://cuenya.blogspot.com/2012/06/philip-glass.html

Al principio, la iluminación del teatro dentro del teatro es natural. Pero, a medida que Agnes fija la mirada en el escenario (todo transcurre en su portentosa mirada), la luz se vuelve más tenue, más focalizada en la figura de Hamlet, como si todo lo demás desapareciera, el actor que interpreta a Hamnet aparece también como Hamlet, en ocasiones hay un uso de movimiento casi coreográfico (influido por el teatro físico), donde los gestos se repiten o se ralentizan, como si el hijo y el personaje coexistieran en el mismo cuerpo. Estamos viendo presente y pasado superpuestos. El duelo continúa, pero ya no es sólo ausencia, sino presencia. Hamnet se convierte en un fantasma que habita la memoria emocional de sus padres. Da la impresión de que el arte pudiera sostener lo que la vida misma no puede hacer. Y eso lo logra Chloé Zhao con la dirección actoral de Paul Mescal, que encarna a Shakespeare de un físico, haciendo mucho con poco, incluida la ausencia de colores en su vestimenta, la ganadora del Óscar a la mejor actriz Jessie Buckley (Agnes), con su actuación desgarradora, además de la estupenda Emily Watson (Mary, la madre de Shakespeare), Jacobi Jupe (Hamnet), Noah Jupe (Hamlet), ambos hermanos en la vida real, las hijas de Shakespeare y Agnes, o Joe Alwyn (Bartholomew, hermano de Agnes), que aportan emotividad al reparto. No en vano, la película fue nominada a la mejor dirección de casting. 

Asimismo, fue nominada al Óscar al mejor diseño de producción, que es el departamento encargado de construir el aspecto visual, estético de la película (la dirección artística, iluminación, atrezzo, incluso el vestuario), que recrea la época de Shakespeare, de modo que cada espacio, desde las casas hasta los objetos cotidianos, incluso el bosque, reflejan el estado interior de los personajes. La mayor parte de esta película fue filmada en Gales para recrear el ambiente de Stratford-upon-Avon, la ciudad natal de Shakespeare. 


A través de la arquitectura, los objetos y la naturaleza sentimos, como espectadores, que también habitamos ese espacio y esa época.
La dirección artística dialoga con la fotografía a través de colores apagados, terrosos, naturales (ocres, marrones, grises, verdes), escenarios exteriores e interiores iluminados con luz natural. La dirección de fotografía, a cargo del polaco Łukasz Żal, apuesta por la iluminación orgánica, evitando la luz artificial. Muchas escenas de interior parecen iluminadas sólo por velas (con reminiscencias a la preciosista película Barry Lyndon, de Kubrick), ventanas o fuego, en busca de una luz que emerge de la propia escena, reforzando el realismo emocional. 

La iluminación con velas evoca asimismo la estética del Barroco, creando un contraste marcado entre luces y sombras, lo que remite al tenebrismo de pintores como Caravaggio o su discípulo Georges de La Tour. En sus obras, la fuente de luz suele ser visible dentro de la escena, generando una atmósfera íntima y dramática similar a la que transmite Hamnet. Además, esta iluminación es narrativa porque concentra la atención en los rostros y gestos de los personajes, y sugiere la sensación de fragilidad que mencionaba al inicio. Cada encuadre parece compuesto como si fuera una pintura. En ese sentido, usa la iluminación con velas para ambientar la época y  construir una experiencia visual cercana a la contemplación pictórica. La iluminación de exteriores mantiene la misma intención estética que los interiores, adaptada a la luz natural, con una luz suave y difusa. Muchas escenas exteriores parecen rodadas bajo cielos cubiertos o luz filtrada, lo crea una atmósfera melancólica. La luz envuelve a los personajes, integrándolos en el entorno, como ocurre en las atmósferas creadas por paisajistas ingleses, donde el paisaje tiene un gran fuerza emocional. 


Żal construye imágenes de interiores que recuerdan a cuadros de bodegones, caracterizados por el uso de luces laterales intensas y sombras profundas, con una estética táctil. Aunque se trata de un cine naturalista, también nos muestra una dimensión poética del duelo, con un ritmo pausado y énfasis en lo sensorial y lo íntimo.

Me atrevería a decir que hay una influencia evidente en la composición de planos del pintor Johannes Vermeer https://cuenya.blogspot.com/2017/08/vermeer-de-delft.html, sobre todo en los interiores, en cómo se organiza la luz y el espacio. Vermeer es famoso por iluminar desde ventanas laterales. Y eHamnet la luz entra casi siempre desde ventanas laterales. No baña todo el espacio, sino que crea gradaciones suaves. Hay una búsqueda similar de calidad táctil de la imagen en esos planos, de esos encuadres, que parecen detener el tiempo. En ocasiones se emplean encuadres simétricos y frontales que recuerdan a una puesta en escena teatral.

El diseño de vestuario, que también fue nominado al Óscar, refleja la evolución emocional de los personajes. Las vestimentas de Agnes y Shakespeare están diseñados para expresar sus estados emocionales y su conexión con el entorno. "Agnes es el corazón palpitante de la historia... como si bombeara sangre y vitalidad... un volcán de energía", según la diseñadora de vestuario, Turzanska. Agnes perece que emergiera del bosque como una aparición (se da a entender que podría ser una hechicera) vestida con una tela roja. "El rojo como sangre fresca y palpitante". El punto de inflexión es la muerte de su hijo Hamnet, entonces vemos a Agnes vestida con falda de color ciruela, "con la cicatriz que permanece". Al final de la película Agnes recupera su vestido rojo, cerrándose el círculo.  Por su parte, la vestimenta de Shakespeare es, según su diseñadora, monocromática, como en escala de grises, en blanco y negro. El aspecto más reseñable en cuanto a vestuario de Shakespeare aparece al final de la película, cuando lo vemos en el escenario con Hamlet (aparece dando un recital de interpretación extraordinaria, al estilo de Stanislavski o Actors Studio) con la arcilla agrietada del fantasma. 

Los genios cinematográficos Spielberg y Sam Mendes son los productores ejecutivos de Hamnet, los cuales apoyaron a la directora Zhao en la adaptación cinematográfica de la novela de O'Farrell, facilitaron recursos de producción y contribuyeron a la distribución y promoción de esta dolorosa y bella historia.

martes, 5 de mayo de 2026

Valladolid, bajo un cielo inmenso y protector, azul y castellano

 El Pisuerga, a su paso por Valladolid, lleva entero el sol de mediodía, como dijera el poeta Jorge Guillén, con el edificio duque de Lerma reflejado en el agua como estampa inolvidable, recortada en la ribera, con una presencia monumental que transformara el paisaje en memoria emocional.


El río, con su playa fluvial hecha con arena de la costa cántabra, lleva consigo la luz de la ciudad bajo un cielo inmenso y protector, azul y castellano, una luz que fluye con la belleza del sol de mediodía.

El río Pisuerga, afluente del río Duero, nos habla del flujo del tiempo, la fertilidad y el misterio de la vida, como escenario de romances y leyendas, habida cuenta de que Valladolid es una ciudad de letras, donde nacieron, entre otros, Zorrilla (con su casa-museo), Rosa Chacel* (con una escultura en la plaza del Poniente y un busto en Campo Grande), Delibes** o Guillén (con la escultura Jorge Guillén y niños botando barcos de papel, situada en el estanque central de la plaza del Poniente), y, coincidiendo con la época en que la ciudad fue sede de la corte española (principios del siglo XVII), también Cervantes y Quevedo vivieron en esta urbe bajo el reinado de Felipe III (el hijo de Felipe II y Ana de Austria) y su valido el duque de Lerma.

*Rosa Chacel, figura destacada de la Generación del 27, es la autora de Memorias de Leticia Valle, novela que fue llevada al cine por el ya desaparecido director Miguel Ángel Rivas, con Emma Suárez en el papel protagonista. Tuve ocasión de tratar a Rivas durante mi etapa en la Escuela de Cine de Ponferrada, donde coincidimos en aquellos años de principios del dos mil.

**La huella de Miguel Delibes en Valladolid, ciudad que impregna algunas de sus obras, sigue viva a través de distintos espacios vinculados a su memoria, entre los cuales están las casas en las que residió a lo largo de su vida, repartidas por la ciudad, así como la escultura que lo recuerda en la céntrica plaza de Zorrilla, junto a la entrada a Campo Grande, obra que lo representa paseando, la cual se ha convertido en punto de referencia para los devotos de su obra. A esto podría añadirse la ruta de El Hereje, un recorrido literario e histórico basado en su novela homónima, que nos traslada al siglo XVI a través de los pasos de su protagonista por lugares emblemáticos como la plaza de San Pablo, la plaza Mayor y la plaza de Zorrilla.
San Pablo


Cervantes, que escribió sobre las bellas riberas del Pisuerga en La Galatea, vivió con su familia en una casa en la calle del Rastro, vivienda que se conserva y es ahora museo. Su casa estaba cerca del Hospital de la Resurrección, que le sirvió para ambientar su novela ejemplar El coloquio de los perros. Por su parte, Quevedo estudiaba en la Universidad de Valladolid, frecuentaba la vida cortesana, las tabernas de la época y componía sus primeros poemas que imitaban o parodiaban los de Góngora.  
Palacio Pimentel


Respecto a tabernas o tascas con solera, que tanto me atraen, me gusta Vinos Merino, regentado por un tipo llamado Jose, que cuenta con una excelente cocina casera.

Felipe II

Aunque no soy dado a hablar de monarcas ni soy experto en historia (ni en historia ni en nada), sí me llama la atención la figura controvertida a la vez que interesante del rey Felipe II, que nació precisamente en Valladolid, en concreto en el Palacio de Pimentel, un edificio renacentista del siglo XV -con una singular ventana plateresca-, que es sede actual de la Diputación provincial, situada en la plaza de San Pablo, considerada centro monumental de la ciudad, donde también se halla una joya de la arquitectura de Valladolid, la iglesia de San Pablo.

El reinado de Felipe II marcó el apogeo de la monarquía hispánica, convirtiéndola en un imperio donde "nunca se ponía el sol", también con la unión ibérica o dinástica con Portugal.
La ciudad de Valladolid fue un escenario esencial en los inicios de su reinado antes del traslado de la corte a Madrid, donde impulsó la construcción del monasterio de El Escorial, centro de su gobierno y lugar en el que estableció su residencia, donde está enterrado.
San Gregorio
Resulta sorprendente la fachada plateresca de la iglesia de San Pablo en Valladolid, que es similar a un retablo de piedra. De estilo gótico isabelino y plateresco -según los entendidos-, este emblemático monumento se halla en la plaza de San Pablo.
En esta zona monumental puede visitarse asimismo el colegio de San Gregorio, que es sede principal del museo nacional de escultura, también de estilo gótico isabelino, con otra fachada impresionante, que recuerda, como la de San Pablo, a un retablo de piedra, decorada con elementos góticos, platerescos, figuras humanas, escudos reales... cual si se tratara de la fachada de la Universidad de Salamanca, pues en vez de una rana, puede verse un caracol, eso sí, con la ayuda de una oriunda, que además es buena amiga.

La provincia vallisoletana es también esa Tierra de Campos, o tierra mal bautizada, como nos dijera el gran Jesús Torbado, esa tierra ocre, de cielos infinitos, acariciadores, esa Castilla llana, monumental, de horizontes que quitan el hipo.
Castillo de Fuensaldaña


Fuensaldaña

En esta ocasión tengo el gusto de visitar Fuensaldaña, cuyo topónimo parece remitir a una fuente, un pueblo situado a pocos kilómetros del centro de la capital, cercano a los montes Torozos, en medio de una planicie de lomas suaves y campos de cereal y viñedos, con sus bodegas excavadas en la tierra y su espectacular castillo medieval. Llama poderosamente la atención esta fortaleza señorial castellana, de planta cuadrada con torres en las esquinas y torre del homenaje dominante. Del siglo XIII, aunque reformada en el siglo XV. A mediados de los años ochenta, hasta principios de los dos mil, fue sede de las Cortes de Castilla y León. Este castillo es como el faro patrimonial de la comarca del Cigales, conocida por sus vinos. No en vano, Fuensaldaña pertenece a la Denominación de Origen Cigales, una zona ligada al clarete, que es una mezcla de uvas tintas y blancas.
Iglesia de Santiago, Cigales


Cigales

Cigales, al norte de la ciudad de Valladolid, en la comarca de la campiña del Pisuerga, es una villa histórica reconocida como la "cuna del clarete", Denominación de Origen Cigales. Con una gran tradición vitivinícola (se remota al siglo X), bodegas subterráneas y la iglesia de Santiago Apóstol o "catedral del vino", que resulta impresionante. Los vinos de Cigales tuvieron fama durante el periodo de instauración de la corte de Felipe III en Valladolid a comienzos del siglo XVII. Y siguen teniendo fama.

Simancas

A orillas del río Pisuerga, en lo alto de una loma, con vistas a la campiña vallisoletana, se halla Simancas, uno de los lugares con más historia de esta provincia.
En la infancia, que es la matria/patria de las ilusiones, uno sueña con castillos como símbolo de algo grande. Y el castillo de Simancas, con su puente de entrada estratégica, sus murallas almenadas y sus torreones defensivos, es una fortaleza histórica impactante, próxima a la capital, construida en el siglo XV sobre los restos de una antigua fortificación medieval.  
Castillo de Simancas

Fue utilizada como prisión de Estado. Bajo el reinado de Carlos I el edificio se convirtió en Archivo General del Reino, el más antiguo archivo oficial de la corona de Castilla, conocido en la actualidad como Archivo General de Simancas, organismo dependiente del Ministerio de Cultura de España, con la distinción de Patrimonio de la Humanidad en 2017, dentro de su categoría Memoria del mundo, por parte de la Unesco. Es el archivo más importante de España y un referente a nivel internacional en la conservación y gestión de documentos históricos. 


Casa-museo de Colón

Antes de despedirme de Valladolid, visito la casa Colón, pues en esta ciudad falleció el 20 de mayo de 1506, en concreto en el convento de San Francisco, este famoso navegante y descubridor del nuevo mundo. El museo de Colón, que además es sede del centro cultural y casa del americanismo (con una estupenda colección precolombina de la América prehispánica), se construyó a imagen del palacio en el que residió el hijo, Diego Colón, en Santo Domingo. Precisamente, sus restos fueron enviados a la catedral de Santo Domingo, porque su deseo era ser enterrado en el Nuevo Mundo. Y después de algunos vaivenes, sus huesos reposan en la catedral de Sevilla, donde se halla su mausoleo. 
Hasta aquí llega este mi viaje semanasantino a Valladolid.