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lunes, 5 de noviembre de 2012

EL CANIBALISMO DE LAS JAIBAS




La amé, como ningún hombre en el mundo, en la historia del mundo, como ningún hombre jamás volverá a amar a una mujer. Así la amé. Me enamoré de ella a tal punto de no pensar en nada más que en ella el día entero, en ella pensaba al levantarme y al partir a mi trabajo, en ella, al acostarme, con ella soñaba e incluso en las tardes de domingo, cuando me sentaba en el sofá de siempre a leer un buen libro, la imaginaba en cada personaje femenino, en cada página la pensaba, me distraía fantaseando, imaginándonos paseando de la mano en las ciudades en que se desarrollaba la historia, y debía retroceder páginas y páginas para volver a concentrarme en el relato y volver a fantasear, a perder el hilo, a pensarla, porque la amaba y no podía sacármela de la cabeza, porque la amé como nunca volveré a amar a nadie, porque se convirtió en mi vida de tanto que la amaba y porque ya ni mi vida me importaba cuando pensaba en ella.

Así la amé. Por eso la odiaba. Y la amé y la odié más cuando la tuve, cuando se hizo alcanzable, cuando me ofreció la oportunidad de ser feliz. Porque sólo con ella podría haber sido feliz, sólo esa oportunidad tendría en la vida de serlo, lo sabía. Lo supe entonces, cuando me dijo que ella también me amaba, lo supe porque jamás me había sentido tan feliz, lo supe y lo sabré por siempre, porque nunca volveré a ser feliz, nunca tendré otra oportunidad, nunca amaré a alguien tanto como a ella la amé.

Yo también podría haberla hecho feliz. Nunca se lo dije, porque la odiaba. Pero lo sé. Podría haberla hecho feliz, inmensamente, como me dijo un día que lo era cuando estaba conmigo. Así de feliz podría haberla hecho todos los días del resto de nuestras vidas. Pero no nací para eso. No nací para amar, menos para ser feliz. Definitivamente no para hacer feliz a alguien más. Y por eso la odiaba.

Nunca pude decírselo, que la odiaba, jamás. No me atreví. Que la amaba, sí, se lo dije muchas veces, cada vez que lo sentí, que me nació, y fueron muchas, cada vez que pude se lo dije. Creo, de hecho, que fue lo que más le dije. Y era cierto, tan cierto como que la odiaba, precisamente por amarla, pero no se lo dije. Ni siquiera se lo demostré. Sólo le demostré mi amor, con besos, con abrazos, con regalos, con paseos eternos en el parque, en la playa, con noches intensas de amor y de promesas, así se lo demostré, con la intensidad con que la odiaba la amé tantas veces que la convencí de que la amaba y la hice amarme tanto como la odiaba yo.

Fueron los días más felices de mi vida. ¡Oh, cuánto la odié!, la odiaba cuando se iba, cuando me dejaba solo, pensando en ella, la odiaba en cada llamada que no contestaba, en cada llamada de ella que no llegaba, la odiaba en sus fotos, en esas fotos en que se veía feliz sola, feliz conmigo, cuando me acompañaba, en cada llamada mía que contestaba, en cada llamada de ella, la odiaba. La odiaba cada vez que le decía que la amaba y cada vez que ella me lo decía. La odiaba, como nunca he odiado a nadie ni volveré a odiar, porque nos amamos, la odié.

Era un ángel. Hermosa, la mujer más hermosa que he visto en mi vida, la más simpática, la más graciosa, la más amable, la más inteligente, la más apasionada. Su piel, ¡ah!, su piel era la más tersa que nunca he visto, la más suave, su aroma era una delicia, como su boca, como sus besos, como sus ojos era perfecta. Perfectamente odiable.

Nunca debió amarme. Ese fue su peor error. Nadie se lo advirtió, tampoco yo. No tenía por qué, después de todo la odiaba. No tanto por amarla como por amarme ella. La amé y la odié conjuntamente y sin confundir jamás el amor y el odio, dos sentimientos que nacieron juntos y avanzaron sin toparse como las líneas de los rieles, así crecieron ambos y murieron ambos, cada uno por su lado, como debía ser con nosotros, porque ella me amaba y yo la odiaba, la odiaba y la amaba a la vez, por eso no podía ser, y porque no podía ser la odiaba, la odiaba por amarme y porque me amaba y por odiarla también la odiaba y tal vez por lo mismo la amaba.

Lo nuestro nunca debió ser. Jamás, porque siempre debió terminar así, como terminó. Estábamos destinados ambos a amarnos y yo, además, a odiarla y hacer terminar esto así, como terminó, porque lo nuestro estaba destinado a terminar así, no podía ser y a la vez debía ser para que terminara así, como terminó. Fue un error que nunca debió cometer pero que cometió porque debía ser así, amarme, odiarla, amarla, todo fue un cruel error del destino cruel que quiso que erráramos porque así debía ser, para que terminara así.

Así, como terminó, esa noche calurosa de principios de Enero, de una luna llena tan bella que podría haber hecho arrepentirme de odiarla, una noche tan estrellada que podía haberme hecho claudicar, como casi lo hizo cuando nos besamos en la cubierta, en medio de la inmensidad del mar, el mar inmenso que no es un lugar porque es infinito, de ese mar profundo cuyas profundidades jamás conoceremos. Ahí, perdidos en la nada, pensé por un instante en desertar, cuando acariciaba su cabello, cuando me sonreía, allí, acostados sobre la cubierta, cuando la miré a los ojos y vi en ellos el reflejo del cielo estrellado, ahí, en ese instante, pensé amarla para siempre, odiarla para siempre, hacerla feliz y ser feliz a la vez con ella para siempre en nuestro amor y mi odio infinitos.

Pero no lo hice, no renuncié, porque así debía ser, porque así debía terminar. Esa noche calurosa de principios de Enero debía terminar y terminó de hecho porque así debía ser. Esa noche feliz y terrible, terriblemente feliz y felizmente terrible, en que la llevé al mar para amarla como un loco y como un loco odiarla y hacer terminar esta locura de amores y odio como debía terminar esa noche calurosa de Enero en que nos perdimos en la inmensidad del mar, en medio de una noche de luna llena y cielo estrellado.

Esa noche terminó. Linda noche esa. Una linda noche con un final horrible porque así debía ser, un horrible final debía tener esa linda noche, tan linda noche esa que sólo la belleza de ella podía opacar esa belleza nocturna que debía ser escenario de un horrible final, porque así debía ser, así debía terminar esa linda noche en que nos perdimos para embriagarnos, para amarnos, para embriagarnos de amor y perdernos en la noche. Allí la llevé, al mar, la subí al yate más lindo que encontré en el muelle, uno de esos motorizados que hasta velas tenía, un yate grande y elegante con pretensiones de velero, pretensiones de refugio romántico en una noche horriblemente hermosa con pretensiones de ser perfecta.

Pretensiones era todo lo que teníamos, sólo eso y nada más. Siempre fue así. Ella pretendió hacerme feliz y enamorarme perdidamente y para siempre y hacerme feliz para siempre y para siempre amarme perdidamente. Y casi lo logró. Casi, porque nunca supo que la odiaba, la odiaba por amarme y por amarla la odiaba y por pretender enamorarme y por lograr enamorarme y por enamorarse de mí y pretender enamorarla y por hacerme pretender enamorarme la odiaba y la amaba y porque esto debía terminar así, como terminó, la odiaba también.

Y la amé y la odié esa noche como nunca antes había amado y odiado. Esa noche, cuando pasé por ella, cuando toqué a su puerta y ella la abrió y me sonrió, cuando la vi más hermosa que nunca, más feliz que nunca, cuando se abalanzó sobre mí y me besó el cuello la amé, y la odié.

Le había dicho que esa noche sería perfecta, le había pedido que se pusiera ese perfecto y largo vestido negro ajustado que la hacía ver perfecta de tan perfecto que le quedaba. Le había dicho que tenía algo que decirle, que tenía una propuesta que hacerle. Le había regalado ese collar de perlas que ella adoró, y que junto a ese vestido negro la hacía ver perfecta, perfectamente hermosa, la mujer más hermosa en la noche más hermosa camino al destino más horrible que un hombre que odia puede planear, que un hombre que ama puede jamás imaginar sin desgarrarse el alma de dolor, de un dolor infinito como infinito era mi amor y mi odio, como infinito es el mar y el cielo estrellado que se reflejaba en él esa noche en que todo terminó, como debía terminar.

Me pidió pastel de jaibas. ¡Pastel de jaibas!, le ofrecí lo que quisiera y ella eligió pastel de jaibas. Reí. Siempre reía con sus respuestas, tan inesperadas, tan ingeniosas, llenas de ternura llegaban a ser sus respuestas de niña, dulces, rayando en lo inocente, tan linda era, tan linda, cuánto la amé, ¡cuánto!, cuánto la odié.

Creo que ese día fue el día en que más la pensé. Casi no pude dormir la noche anterior de tanto pensarla. Me levanté feliz. Felizmente enamorado. Enamoradamente lleno de odio me levanté ese día, el último, el día final, el día del final, del final horrible que tuvo la noche de ese día porque así debía ser.

Salí temprano a recoger mi traje a la tintorería, sonriendo, tan feliz estaba que la chica que me atendió sospechó de inmediato que esa noche andaría en plan de romanticismo. Hubiera sabido ella la causa verdadera de mi felicidad. Hubiera sabido ella, ellas, la causa. No lo sabían, no podían saberlo, no debía ser así porque así debía ser, así de ese otro modo, debía ser, es el destino, porque debía terminar así, como terminó.

Retiré también la sortija en la joyería. Una sortija bella y elegante que otra chica, la de la joyería, me ayudó a escoger luego de haberle descrito cómo era ella, mi amada, mi odiada. La mandé a grabar con nuestras iniciales. Con la fecha, bajo nuestras iniciales. Con dos corazones a cada costado de nuestras iniciales, sobre la fecha. Dos corazones, uno lleno de amor y otro lleno de odio. Eso, claro, no lo sabía la chica de la joyería. No podía saberlo, porque así debía ser.

Así debía ser y así fue. Con sortija y todo. Efímera sortija que haría feliz a su dueña un instante efímero. Unos segundos fugaces. Así debía ser. Porque si sólo la amara no hubiera sido así, hubiera sido una sortija eterna que hubiera hecho feliz eternamente a la enamoradiza descendencia de nuestro eterno y feliz amor. Si sólo la odiara no habría existido siquiera una sortija. Pero la amaba y la odiaba y por eso hubo sortija, aunque fuera fugaz. Así debía ser.

Así debía ser, y así fue. Pasé por el restaurant antes de pasar por ella. Retiré los platos de pastel de jaibas en sus envoltorios herméticos y pedí unos pares de pinzas, pinzas de jaibas para adornar los platos, para poner tal vez la sortija en una de ellas, “esta sortija” le dije a la chica del restaurant, que me felicitó y me regaló una botella más de vino, tres botellas me llevé ese día, “si no le cabe en la pinza la puede poner en el corcho” me dijo, “o en la copa” le dije, “eso es muy peligroso” me dijo, “puede ponerla en una vela, mire esta vela, se la regalo, enciéndala cuando llegue el momento, haga como que se le olvidó encenderla antes, sorpréndala, tal vez no se dé cuenta de inmediato, actúe naturalmente, no le diga, para que sea sorpresa, porque en la copa es peligroso, no queremos que la noche termine mal” me dijo, “que algo salga mal” me dijo, “no querrá enviudar antes de casarse” me dijo. Supiera ella.

Y pasé también a revisar el yate antes de pasar por ella. Allí el dueño me esperaba, con la llave en las manos. Acababa de limpiarlo y estaba perfecto, me hizo unas indicaciones y me ayudó a preparar la cubierta para que todo estuviera listo. A él también le mostré la sortija, y también me felicitó. Me mostró un tabique que sobresalía en el tallado del timón y me aconsejó dejarla ahí, dijo que era romántico, que ya otros lo habían hecho, llevarla al timón, decirle que condijera un rato, tomar sus manos, llevarlas al tabique. Se lo agradecí.

Antes de pasar por ella guardé la sortija en mi bolsillo. Ya todo estaba planeado como debía ser. Eran casi las nueve. Puse un disco de Julio Iglesias en el auto, porque sabía que le gustaba. ¡Julio Iglesias!, me lo dijo una noche en que le pregunté cuál era su cantante favorito, y reí. Esas respuestas suyas, tan linda que era.

Ella no sabía dónde íbamos, era sorpresa, y se sorprendió, gratamente, cuando llegamos al muelle. Me dijo que era la embarcación más linda que había visto en su vida y probablemente así fuera, porque era perfecta. Todo era perfecto en esa noche perfecta, todo. Ni en mis mejores fantasías, ni en las mejores, y vaya que fantaseé desde que supe cómo debía terminar lo nuestro, ni en las horas eternas en que planeé los detalles, y vaya que pasé horas planeándolos, ni en mis tantos sueños impacientes por esa noche, nunca, había imaginado tanta perfección.  

Todo era perfecto esa noche, la misma noche, era perfecta. Ella era perfecta, vestía perfectamente, olía perfectamente, caminaba y sonreía perfectamente. Perfectamente caía su cabello sobre sus hombros perfectos. Perfecta. Perfectamente odiable era ella esa noche y por eso la amé en cada instante, en cada momento la amé, en cada segundo de esa noche terrible. 

La llevé al timón, tomé sus manos y le besé el cuello y le enseñé lo que hace minutos había aprendido, como si fuera un experto le enseñé, así, como debía ser, mientras reíamos y nos perdíamos en la inmensidad de la noche, en la inmensidad del mar, en la inmensidad de nuestro amor y mi odio en esa noche inmensamente feliz, perfectamente infeliz, terriblemente inmensa en el odio y en el amor.

Allí, lejos de todo, en medio de la nada, allí como debía ser nos detuvimos para comer, para acostarnos en la cubierta a comer pastel de jaibas y beber vino, para acariciarnos mientras veíamos el cielo estrellado, en el vaivén constante del alta mar, allí como flotando en las nubes derrochamos amor esa noche, esa noche perfecta, allí la amé, allí nos amamos y la odié, por última vez.

Me dijo que era la luna más bella que había visto jamás. La más bella, sin duda. Me lo dijo mirando al cielo mientras yo la miraba a los ojos, me lo dijo mientras le acariciaba el cabello, me lo dijo sonriendo mientras yo observaba el reflejo de la luna en sus ojos, el reflejo del perfecto cielo estrellado reflejado en sus ojos, mejor reflejado en ellos que en el mar inmenso, tan inmenso y tan profundo que ni siquiera es un lugar, un lugar como sí lo eran sus ojos, inmensos y profundos cuando reflejaban la luna, el cielo estrellado de esa noche perfecta.

Eso me dijo, eso y no alcanzó casi a terminar de decirlo cuando me abalancé a ella para darle el beso más tierno que he dado, que daré en lo que me resta de vida, el beso más lindo, el más dulce y más lleno de amor que nunca una pareja de enamorados habrá dado jamás. ¡Oh, qué beso!, el beso más sincero que he dado, el más sincero que he recibido en mi vida, el más hermoso beso de la mujer más hermosa. Un beso perfecto, tan perfecto que me hizo dudar. Dudé de todo en ese instante mágico en que mis labios sintieron los suyos, como tantas otras veces los sintieron pero nunca como en ese beso, en ese beso maravilloso que me hizo dudar de todo, de todo menos de amarla dudé en ese instante sublime y embriagante en que la besé.

Pero fue sólo un instante, sólo un momento, lo que duró el beso y nada más dudé, porque así debía ser, así debía terminar y no podía dudar, por eso la tomé de la mano y la llevé a la proa, todo debía salir perfecto y ese era el momento, el momento perfecto. Me arrodillé ante ella y saqué la sortija. Se llevó las manos a la boca sorprendida, emocionada, rió mientras se secaba un par de lágrimas, ¡oh, hubiera sabido ella cuán extasiado estaba yo en ese momento, cuánto latía mi corazón al sentir cercano el final, el final que debía ser!

Ella no dudó. Ni un instante dudó ella, me dio el sí de inmediato y de inmediato me levanté yo para poner la sortija en su dedo, en su dedo perfecto de su mano perfecta, perfectamente suave era su mano perfecta que tomé con fuerza en ese momento, antes de abalanzarme sobre ella nuevamente para besarla, besarla otra vez apasionadamente, besarla con furia, lleno de odio la besé por última vez mientras sostenía con fuerza su brazo, con fuerza la sostuve y la solté con fuerza cuando la empujé al agua, cuando la dejé caer a su suerte en medio de la inmensidad del océano, lejos de la ciudad, iluminados sólo por la luna y el cielo estrellado de esa noche perfecta en que nos amamos y la odié, en esa noche terrible en que todo terminó como debía terminar.

Así como terminó, así debía terminar. Así debía ser. Ella debía caer al mar, sumergirse unos segundos y salir a la superficie confundida, pensar que había sido un accidente, reír, imaginar que saltaría también, imaginar que era todo un juego, debía ser así, debía costarle mantenerse a flote, moverse dentro de ese largo y ajustado vestido negro que le quedaba perfecto, debía sentir frio, llamarme,  gritar que no era gracioso, así fue, como debía ser, perfectamente debía salir todo como era el plan, el cruel plan del destino. Debía ser así, debía gritar mi nombre, suplicar que la ayudara mientras yo la miraba indiferente desde el yate, así debía terminar, desesperarse poco a poco, tragar agua, mover sus brazos cada vez más torpemente, gritar, gritar inútilmente pidiendo auxilio mientras se hundía y salía a flote cada vez con más dificultad, gritar inútilmente en medio de la nada, en medio de la inmensidad del océano en que se perdían sus gritos, confundidos con el sonido del motor del yate que encendí cuando vi que todo salía como debía salir, como debía ser, que esa noche terminaba como debía terminar, con esa seguridad la dejé atrás, gritando mi nombre la dejé cuando avancé a toda velocidad hacia las luces lejanas de la ciudad, porque así debía ser.

Así debía terminar. Porque nunca debió comenzar, debía terminar así. Porque no se puede amar tanto a una mujer, porque no se puede odiar tanto, porque odiar y amar tanto no se puede, lo nuestro nunca debió ser. Porque no se puede pensar en alguien el día entero incluso cuando se lee un libro, porque no nací para amar ni para ser feliz y menos para hacer feliz a alguien más debía terminar así, como terminó.

Y terminó. Al fin terminó. Ya no está y por eso no puedo amarla ya, ni odiarla ya. Se fue para siempre y nunca volverá. No tengo siquiera un lugar para llorarla y por eso no la lloro. Ha pasado un año en el que no he derramado una sola lágrima por ella, un año en el que nadie ha derramado una lágrima por ella, porque no la han encontrado, y nunca la han buscado tampoco hasta donde he sabido y he querido saber. Tal vez algún día lo hagan. Siempre fue volátil y creo que no tenía quién la extrañara, nadie más que yo, y yo no la extraño, no tengo siquiera un lugar para extrañarla. No he vuelto a navegar y aunque lo hiciera, nunca podré encontrar el lugar exacto en que se perdió. El mar es inmenso y por lo mismo no es un lugar. No para mí, que siempre me ha gustado la precisión, la perfección, la exactitud, y un lugar es un punto exacto, determinable en coordenadas, ubicable entre paralelos y meridianos, relacionable con algo, un punto único y reconocible como no existen en la inmensidad del océano.

Y ya no la pienso. Al menos no como antes. La última vez que soñé con ella la soñé siendo devorada por jaibas. Un sueño perturbador que no me perturbó. Me dejó pensando, debo reconocerlo, desde hace meses me dejó pensando ese sueño, pero no pensándola sino pensando en el sueño y no por ella ni por perturbador sino por curioso. Es curioso el hecho de que fueran jaibas las que se la comieran, curioso básicamente porque esa noche comimos jaibas, lo único, de hecho, que comimos esa noche, que comió ella, fueron jaibas. Y si las jaibas se la comen, comen finalmente jaibas. El canibalismo de las jaibas, eso me dejó pensando.

Y tanto he pensado en eso que hasta se lo comenté a un amigo, uno que sabe de estas cosas, no de sueños sino de jaibas, de mar y de sus criaturas sabe mucho y por eso le consulté si existían jaibas caníbales, y me respondió que era absurdo pensarlo siquiera. Y muy absurdo será pero sólo en eso pienso, es eso lo que ocupa ahora mi mente, eso desde que ella dejó de ocuparla. Sólo pienso en jaibas y tanto pienso en ellas que me han dado unas ganas locas de comerlas. Así que voy al mercado a comerlas y como jaibas mirando el mar. Es como cerrar un círculo perfecto. Si las jaibas se la comieron y cometieron canibalismo, cometo yo canibalismo comiéndome las jaibas. Y aunque sé que ese círculo es absurdo y es absurdo mi canibalismo y el canibalismo de las jaibas, no es menos absurdo que amar. No es menos absurdo que odiar. No es menos absurdo que amar y que odiar, a la vez.


miércoles, 20 de junio de 2012

DE UNA Y MEDIA A DOS Y UN CUARTO.


El profesor Leopoldo Figueroa es un buen tipo, me cae bien. Se nota que nos quiere, especialmente a mí, y que se esfuerza en hacernos aprender. Tiene vocación, se le nota, lo que es una lástima considerando que todos en el curso somos unos casos perdidos, especialmente yo. Yo, especialmente. Y no debería ser así, no sólo porque el Profesor Figueroa hace un excelente trabajo, sino además porque me encanta su asignatura, comprensión lectora. De hecho, creo que leer es lo único que realmente me gusta hacer, y no sé por qué, pero en su clase nunca leo lo que nos da. Debe ser por el horario, la última hora del viernes estoy ya muy cansado, o tal vez simplemente porque soy un caso perdido.

De todas formas mi actitud con él no se justifica. No se justifica mi actitud con él, por un lado, porque me gusta leer y por otro, porque el viernes es el único día en que salimos temprano de clases, a la una y treinta –precisamente porque estamos muy cansados- y como no hago nada, termino saliendo a las dos y un cuarto, como todos los días, lo que tampoco se justifica porque en esos cuarenta y cinco minutos que paso solo con él en la sala, tampoco hago nada. Y no es que el profesor nos pida estudios como los de la Universidad de Staffordshire, que deben ser muy buenos, creo, en realidad no la conozco, parece que no existe, tal vez la inventé. El punto es que lo único que nos pide es que sinteticemos artículos de revistas y ni eso soy capaz de hacer.

Así que creo que el Señor Figueroa no se merece esa actitud de mi parte. No se la merece. Además porque es el único profesor al que admiro, creo. No sé por qué. Debe ser porque se preocupa por nosotros, o tal vez por lo inteligente que es. Sí, debe ser por eso, porque es inteligente, mucho más que yo, por lo menos. Eso creo. No sé por qué. Tal vez por ese artículo que leí en alguna parte y que decía que estadísticamente los calvos son más inteligentes que los que no lo son. Recuerdo que era muy interesante, recuerdo, pero no sé donde lo leí. Quizás lo vi en un documental, o lo soñé. Sí, lo soñé. Eso creo.

El asunto es que Don Leopoldo me da un poco de pena. Está solo. La vieja de química estaba casada con él, pero lo dejó. Odio a esa vieja, no sé por qué. Tal vez porque estaba casada con Figueroa y como lo dejó, ahora está solo. Pobre viejo, lo único que hace es inspirar pena, al menos es lo único que me inspira a mí. Especialmente por su voz, la voz de un anciano bienintencionado a quien la vida ha tratado mal. Me da pena cuando habla, como hoy, cuando me dijo “Salazar, parece que tendrás que quedarte después de la hora de salida, hasta que termines, lo lamento” y yo le respondí “Así parece profesor, pero no importa, no lo lamente”.

Y no sé por qué le dije que no lo lamentara, porque ya son la una y treinta y ocho y no he hecho nada. Nada. Y nada voy a hacer hasta las dos y un cuarto, así que debería lamentarlo. Eso creo. Eso creo que le dije, “no lo lamente”, pero no estoy seguro. Seguro, no estoy.

Sucede que las cosas que nos da para leer son muy aburridas. Por eso peleo con él. O al menos peleamos el viernes pasado, o yo peleé con él, no sé, no me acuerdo. Me acuerdo que me dio pena esa discusión, eso creo. Siempre me dan pena. No sé por qué discuto con él todos los viernes, tal vez porque las cosas que nos da para leer son muy aburridas. Hoy por ejemplo, ni siquiera he leído el título del artículo que nos pasó. Debe ser aburrido. “Estadísticamente, los calvos son más inteligentes que los que no lo son”. Bah, tenía razón. Es aburrido. Así que no lo voy a leer. No leeré nada. No he leído ni una sola línea y no la leeré. Debe ser muy aburrido. Excepto el tercer párrafo, que habla de un estudio de la Universidad de Staffordshire, que nunca había escuchado pero que imaginé con una fachada tricentenaria de ladrillos envuelta completamente en una enredadera. Como una fotografía. Me encanta la fotografía. De hecho, creo que ver fotografías es lo único que realmente me gusta hacer, y no sé por qué, pero no hacen clases de fotografía.

Si el Leopoldo, como lo llamamos, fuera profesor de fotografía, no le tendría tanto asco a su clase. Terminaría los análisis que nos hace hacer a la hora que corresponde, tal vez más temprano incluso, no sé. Por lo menos más temprano, eso sí. No me quedaría como hoy, después de la clase, pensando estupideces a esta hora, la una y cincuenta minutos. Mis compañeros ya deben estar llegando a sus casas. Eso creo. Por lo menos camino a sus casas. Pero no sentados en el salón vacío, como yo, por culpa del pelao Figueroa que como igual debe salir a las dos y un cuarto me obliga a acompañarlo para no cagarse de aburrimiento solo.

Lo odio. Creo que él también nos odia. No sé, eso creo. Debe ser frustrante tener una vida tan patética como la suya. Nadie lo soporta, es un viejo amargado. Se nota que no le gusta su trabajo, seguro quería ser algo más que profesor, no tiene vocación para esto. Pasa que seguramente no le alcanzó el mate para nada más. Es un poco tarado, al menos más tarado que yo. Nadie lo soporta. Ni la Señora Calderón, la profesora de química, que fue su pareja un tiempo, o eso dicen, creo. Da lo mismo, la cosa es que este viejo de mierda la dejó. Y bien por ella. Es una señora encantadora, no la merecía. La admiro, aunque odio química, a ella la admiro. Es la única profesora a la que admiro, creo. Y la admiro no sólo porque es una excelente profesora, sino además porque fue capaz de aguantar a este muy hijo de puta. Porque estuvieron casados, estoy seguro de eso, y quien se casa con un anciano asqueroso con voz de perro tuberculoso es digna de admiración.

Que rabia. Eso es lo único que me inspira este viejo maricón. Rabia. Lo único que me inspira. Me levantaría de mi asiento para molerle la jeta a patadas ahora mismo pero me expulsarían del colegio. Además recién son las dos y me tengo que quedar hasta las dos y un cuarto. Que rabia. Siempre la agarra conmigo. “¡No hiciste nada, Salazar, te quedas después de clase!”. “¡Me quedo, no me importa, tampoco voy a hacer nada!”. Es así todos los viernes. No me da ni pena pelear con él, es un pelotudo con todas sus letras. Lo único que hace es pasarnos artículos de revistas baratas y pasadas de moda y sentarse a esperar síntesis que ni revisa, creo. A eso se dedica, nunca ha sido ningún aporte a la sociedad y ya no lo será, es un caso perdido, a diferencia de nosotros que tenemos todo un futuro por delante, por eso nos odia, nos aborrece, especialmente a mí, y por eso todos los viernes me restriega en la cara que supuestamente soy un caso perdido con esa vocecita insoportable y me obliga a quedarme hasta las dos y un cuarto haciendo un trabajo que me esforcé toda la clase en hacer y que si no lo terminé es porque ni para síntesis dan esos artículos ordinarios que nos entrega. Aunque a veces alguno que otro es interesante, eso creo, no sé, nunca los leo, detesto leer, no sé por qué, pero no hay nada que deteste más que leer, tal vez la fotografía, quizás.

Las dos y diez. Que lata. Quedan cinco minutos, eso es bueno, aunque ni tanto porque son los más largos de todos, son eternos, pareciera que nunca se acaban. No he hecho nada, ni lo haré. No lo haré, aunque lo haría, algo, no sé, sólo para dejar de pensar en la Universidad de Staffordshire, que es en lo que vengo pensando desde la una y treinta y que no sé por qué se me vino de repente a la cabeza, tal vez la escuché en una película, no me acuerdo, pero quiero dejar de pensar en eso, porque me la imagino como un edificio más viejo que este huevón de Figueroa, cayéndose a pedazos, y me da pena. Debe ser una universidad muy ordinaria. Además pobre. Pobre debe ser, porque los estudiantes que salían en la foto se vestían peor que este viejo desgraciado. Era todo muy oscuro, daba miedo, la foto era en blanco y negro, como las películas mudas, que me encantan, no sé por qué, creo que ver películas es lo único que realmente me gusta hacer. Debería haber una asignatura de cine, sería un alumno aventajado, y sin necesidad de ser calvo, porque supuestamente los calvos son más inteligentes que los que no lo son, según me comentó hoy mi madre en el desayuno, pero no es cierto, porque este infeliz del Leopelotudo es más idiota que la vieja de química y no tiene un solo pelo en la cabeza, tal como el viejo de la foto de la Universidad de Staffordshire, que era como el rector, algo así, no sé, pero que recuerdo perfectamente que también era calvo y llevaba una chaqueta amarilla muy graciosa, como todo lo que había en la foto, gracioso, los colores que eran como coléricos y me hacían reír, creo, no me acuerdo, pero seguramente sí, porque mis sueños siempre me dan risa.

Por suerte quedan sólo cinco minutos, los últimos, se pasan volando. Uno no se da ni cuenta. Cuando pasan los cuarenta y cinco minutos, no se da ni cuenta uno. Cuarenta y cinco minutos desperdiciados. Una completa pérdida de tiempo. Podría haberlos aprovechado para estudiar química, que es lo único que realmente me gusta hacer. Después de todo no estoy cansado. Cansado hubiera estado si me hubiese dado el trabajo de sintetizar esta mierda de artículo que no sirve para nada, o que pienso que no sirve para nada, porque la verdad no leí ni el título. Ni eso se merece este muy hijo de perra que se complace en cagarme la vida haciéndome permanecer en la sala mientras todos se van a sus casas, sólo porque me odia, me odia tanto como lo odio yo, lo aborrezco y me aborrece, nos aborrecemos mutuamente y jamás dejaremos de hacerlo, cada viernes a la una y media, nunca acabará esta guerra que finalmente yo he ganado, porque aunque este viejo decrépito tenga el poder de hacerme perder cuarenta y cinco minutos, no consigue nada más que fastidiarme, tanto como lo fastidio yo que me paso por el culo sus cuarenta y cinco minutos de castigo y no hago nada, nada hago ni haré jamás en su asquerosa clase de comprensión lectora.

-Ya, Salazar, se le acabó el tiempo, ¿terminó su síntesis?

-¡No, viejo concha de tu madre, ahí tienes tu mierda de artículo, no hice nada!

-Bueno, entonces puede retirarse. Hasta el próximo viernes.

-Adiós.

Pobre Figueroa, es un buen tipo. Me cae bien. Eso creo.

miércoles, 30 de mayo de 2012

YA SE LE VA A PASAR.

Como todos los días, Alejandra despertó nueve minutos antes de que sonara el despertador. Saludó a su marido sin salir del todo del letargo, pero no obtuvo respuesta. Se incorporó de inmediato y comprobó que estaba sola. No se preocupó. Volvió a poner su cabeza en la almohada y se quedó mirando los tenues rayos de sol que asomaban a esa hora entre los pliegues de su cortina, acostumbrando sus ojos  a la luz de la mañana, hasta que sintió la alarma. La apagó y se puso su bata, se lavó la cara y limpió los restos de barba que había dejado su esposo en el  lavamanos.

Mientras bajaba la escalera pudo verlo, sentado a la mesa de la cocina, leyendo el diario.

-Buenos días.

-Buenos.

-¿Ya desayunaste?

-Sí, más o menos a las cinco. No pude dormir.

-Te he dicho que no debes tomar café después de la cena.

Sacó una manzana y un yogur del refrigerador, y se sentó frente a él.

-Las malas costumbres a estas alturas de la vida son irremediables- Contestó su esposo. - Tú sigues tomando un desayuno frío como si tuvieras que mantener una figura. Le has quitado a tu marido hasta el placer de llevarte el desayuno a la cama.

Ella sonrió. –De todas formas no lo hubieras hecho- le dijo. Puso cereal en su yogur y le preguntó qué había en la portada del diario, pero él no respondió. Alzó la vista y se vio sola en la mesa. El diario estaba junto a ella, todavía sin abrir. Miró entonces a su costado y vio a Daniela, su hija, apoyada en el marco de la puerta, mirándola con lástima.

-¿Con quién hablabas?

Ella volvió a concentrarse en su desayuno. -Con tu padre- le dijo.

-Mi padre… -contestó Daniela, con el tono de voz de quien le habla a un niño. -¿Y dónde está?

Alejandra no volvió a mirarla. -Ya se fue. Lo has espantado, como siempre.

La joven lanzó un suspiro y miró a un costado, como si quisiera que la voz de Alejandra pasara por su lado sin tocarla. Comprendió que debía repetir otra vez las palabras dolorosas a las que su madre la tenía condenada, en la diaria rutina de recuerdos en que había convertido su vida.

-Madre. Papá tuvo un…

-¡Un accidente!- La interrumpió Alejandra golpeando la mesa. - Hace tres años, lo sé. Estaré loca pero tengo la memoria intacta. Sé mejor que nadie que tu padre está bajo tierra, y aunque quisiera no podría olvidarlo. Como si hubiese sido ayer, tengo presente ese día en cada minuto, no necesitas recordármelo siempre que te apareces a molestarme.

Daniela cerró los ojos unos segundos, como si en tan corto lapso pudiese olvidar las dolorosas palabras de Alejandra. Estaba agotada. Su madre siempre había sido una cruz difícil de cargar y lo era más ahora, que estaba vieja y alguien tenía que cuidarla. -Tú no estás loca, mamá, sólo tienes que asumir lo que pasó. Ver fantasmas por la casa no te hace bien y…

-¿Por qué no me dejas tranquila? Yo sé lo que me hace bien y lo que no. Ver a tu padre es una bendición. Verte a ti, más a estas horas de la mañana, una indigestión. Así que vete y déjame sola, quiero desayunar en paz.

La joven tomó aire para darse fuerzas, y alzó la voz. -No, mamá. No te dejaré sola. Porque soy lo único de carne y hueso que te va quedando en la vida. Papá está muerto y tienes que superarlo. Yo estoy viva y estoy aquí, precisamente para ayudarte a…

-No, Daniela, tú tampoco estás. –Contestó Alejandra mirándola nuevamente. - Tú estás tan muerta como tu padre. Yo misma los reconocí en la morgue el día del accidente. A ambos. Porque tú conducías ese auto, Daniela, con tu padre al lado. Él, por fortuna, murió infartado segundos antes del impacto, con el cinturón puesto. Tú no. Tú saliste volando por el parabrisas y te estrellaste de cabeza en el pavimento. Por eso prefiero desayunar con tu padre, porque está muerto, pero intacto. Tú, en cambio, sigues chorreando sangre de tu cráneo partido.

Daniela palideció. -¡¿Qué dices, madre?!- gritó con la voz quebrada. Alejandra siguió mirándola sin mover un solo músculo de su rostro. -¡¿Qué dices?!- repitió mientras abría sus ojos con espanto, como si una imagen perturbadora la llevara nuevamente a aquella tarde.  Se llevó su mano temblorosa a la cabeza y la encontró húmeda y caliente. Quiso desvanecerse pero el marco de la puerta la sostuvo. Alzó lentamente su mano, sospechando con horror lo que vería, y en sus ojos se reflejó la sangre fresca y espesa que manchaba sus dedos completamente. Con el rostro desencajado de pánico, Daniela abrió la boca para lanzar el grito más aterrador que jamás hubiese lanzado, y que tal vez hubiese logrado erizar a su madre si antes de hacerlo no se hubiese desintegrado, espontáneamente.

-El desempleo.

Alejandra giró su cabeza instintivamente, y volvió a ver a su marido sentado frente a ella.

-Si llegó a la portada la situación es crítica. Con lo fascistas que son los medios de este país, poner cifras rojas en primera página es señal de que la cosa no da para más. No hay caso con este gobierno.

Alejandra sonrió. –No hay caso.- le dijo.

Él dejó el diario en la mesa y se sacó los anteojos. La miró con desaprobación.

-No era necesario ser tan dura con Daniela. Ella no tuvo la culpa de nada.

Alejandra le hizo con la mano un gesto de indiferencia, y volvió a su yogur.

-Ya se le va a pasar…-contestó.

lunes, 7 de noviembre de 2011

DOS GOTAS DE AGUA


Físicamente, Víctor y Javier eran dos gotas de agua. Gemelos idénticos hasta en la voz, a veces ni su propia madre podía identificar cual era cual. Incluso a ellos mismos, cuando se miraban de frente, les desconcertaba la sensación de ser el  reflejo del otro.

Uniformados y confundidos desde niños, el afán común de encontrar una identidad propia cobró en ellos el carácter de imperioso.  La necesidad enérgica de ser uno en su individualidad y no dos en lo compuesto se tornó el sentido de sus vidas.

Siempre fue Javier el más centrado, el más racional, el de mejores notas. Víctor por su parte era más risueño, más activo y más sociable. Esas características de infancia fueron las que los definirían para siempre. Se fueron vigorizando en ellos con el pasar de los años, y terminaron convirtiéndolos en polos opuestos.

En la adultez, consecuencia de una vida de conflictos de temperamento, el carácter moldeado a conveniencia había convertido a Javier en un ejecutivo, estresado y amargado, y a Víctor, en un DJ irresponsable  y vividor.

Ambos, en todo caso, quisieron alguna vez ser como el otro. Pero, como si fuera un acuerdo nunca firmado, jamás ninguno hizo algo  que pudiese atribuirse como propio del  hermano. Aunque muchas veces Javier quiso enfiestarse como Víctor, se quedó en casa, porque él era Javier, no Víctor. Y, aunque Víctor quiso en ocasiones destacar en algo, prefirió seguir siendo el simpático, porque la gravedad era dominio de Javier, y él, era Víctor.

Tantas veces se dijo de ellos que uno era el circunspecto y el otro el atolondrado, que ambos creyeron, efectivamente, serlo. Y, aunque nunca ninguno se lo confesó al otro, tanto el éxito como la sociabilidad del contrario eran motivos de admiración entre ellos.

Tal vez envidia, se hubiese dicho de ser aquella situación conocida por alguien. Cierto era, de todas formas, que lucharon desde siempre por acaparar la atención. Mientras uno destacaba por un diploma, el otro hacía lo propio con una borrachera. Mientras uno conseguía la preocupación de todos por estar al borde de reprobar, el otro conseguía la admiración, esforzándose en sacar la mejor nota de la clase.

Pero eran hermanos y algo debían tener en común. El destino se encargó de enamorarlos de una pareja de hermanas, mellizas estas, y tan distintas una de la otra como lo eran ellos mismos.

Antonia y Nicole, las dos hermosas, eran derechamente rivales. Se odiaban en el fondo precisamente por eso. Ambas pensaban que la otra destacaba por ser más hermosa que ella.

Pero, a diferencia de Víctor y Javier, las mellizas no lo demostraban. Aparentaban ante el mundo y ante ellas mismas ser todo un ejemplo de amor fraternal. Nunca supo Nicole que Antonia la detestaba. Nunca supo Antonia que era correspondida.

La única vez en que los cuatro compartieron un momento enteramente grato, fue cuando partieron a la playa con un grupo de amigos, días después de su graduación. Pasaron tres días en una cabaña solitaria, sin discusiones ni competencias absurdas.

Fue precisamente en esa ocasión, mientras disfrutaban de las olas, en que las hermanas notaron la única diferencia física entre los gemelos. Un pequeño lunar en el talón derecho de Javier, que los hermanos desconocían, y que les dio la certeza no ser idénticos. Consuelo aquel que les permitió disfrutar de esos  días como cualquier pareja de hermanos.

Sólo la última noche de ese paseo, mientras compartían una fogata en la arena,  una broma absurda y sin intenciones de ser tomada en serio hizo resurgir las rivalidades.

Se preguntaron unos amigos cuál de los hermanos sería el primero en casarse, e incentivaron a los demás a apostar. Las opiniones estaban divididas y todos tenían buenas razones en que fundar sus teorías. Los hermanos sólo rieron, esperando ser consultados.

-Creo que el primero será Víctor- dijo entonces  Javier –con lo enamorado que siempre ha sido.

-No –replicó Víctor –Javier será el primero. Yo soy amante de la libertad. Es él el que se toma las cosas a pecho.

-Mis prioridades son profesionales, Víctor –aseguró Javier –Las tuyas, hasta donde sé,  siempre han sido pasionales.

-Mi prioridad soy yo mismo –contestó Víctor –yo me proyecto en singular. Y con lo que te gusta a ti andar firmando papeles.

Y así siguieron gran parte de la noche, haciendo reír a todos, salvo a las mellizas, a quienes no les hacía gracia el debate, porque ambas querían casarse, y ambas, antes que la otra.

Pasaron los años y los gemelos comenzaron a distanciarse. Ninguno se separó de su pareja, pero ninguno, tampoco, se casó con ella. Las hermanas, por su parte, que maldijeron por años aquel paseo, se resignaron a no llegar al altar y, ávidas por seguir justificando su envida recíproca, comenzaron a ver en la contraria lo que querían ver en ellas mismas.

Se dio así una curiosa paradoja. Los gemelos, que se evitaban mutuamente, estaban obligados a compartir de vez en cuando porque las mellizas, que seguían fingiéndose el paradigma de la unidad, se encargaban constantemente de inventar encuentros.

Y, sin saberlo, eran ellas mismas las que acentuaban en los gemelos su mutua repelencia, porque después de esos encuentros, ya en la intimidad, verdes de resentimiento, se desquitaban con ellos refregándole en la cara que el otro había conseguido una vida más digna de vivirse.

Y así Antonia increpaba a Javier por pasarse los días trabajando, encerrado, privándose de la vida delirante de Víctor, de sus viajes exóticos, de sus fiestas excéntricas. Y así Nicole regañaba constantemente a Víctor por su falta de proyección y su desidia hippienta, nada comparable, decía, al éxito profesional de Javier, a sus rentas de empresario, a su visión de mundo. 

En uno de aquellos encuentros, mientras Nicole hablaba de fiestas de espuma y  Antonia de autos de lujo, los gemelos, que fumaban en la terraza ajenos a la discusión, recibieron un mensaje fatal en sus móviles.  La enfermera que cuidaba a su madre les informaba compungida sobre su fallecimiento.

Aquella fue la primera vez que se abrazaron, después de muchos años.  Ella era la única familia que les iba quedando. Ahora no tenían a nadie más que el uno al otro.

Sorpresivamente, después de eso, comenzaron a llamarse más seguido. Su madre siempre les reprochó su distancia, y había dejado constancia en su testamento del  deseo de que esa situación cambiara.

Una mañana de sábado, para extrañeza de todos, Javier y Víctor se reunieron temprano y salieron de la ciudad. Habían acordado salir a pescar al mismo lugar al que los llevaba su padre cuando niños. Era un gesto de acercamiento largamente postergado.

Nadie sabría jamás lo que se dijeron esos dos días que pasaron juntos. Víctor, el único que volvió, no se lo confesaría a nadie. Llegó a su casa la noche del domingo, cojeando y con un par de rasguños en la cara. Nicole se quedó muda cuando lo vio.

-Tuvimos un accidente –le dijo. –Tienes que llamar a Antonia. Hay que avisarle que Javier acaba de morir.

Nicole jamás lo había visto tan triste como esa noche. Le ayudó a sentarse en el sofá sin pedirle detalles e hizo la llamada requerida.  Preparó té y se sentó junto a él. Víctor quiso hablarle pero ella lo detuvo, le dijo que descansara. Víctor insistió.

-Me pasé la vida repudiando a mi único hermano. Y cuando quiero cambiar eso la muerte me lo quita. Nunca más postergaré algo, Nicole. Quiero que te cases conmigo.

El funeral de Javier fue íntimo y sencillo, como lo pidió en su testamento. Un testamento conciso y sin declaraciones emotivas, tal como fue su autor en vida. Testamento en el que sólo había un nombre, el de Víctor.

Antonia protestó y cuestionó la autenticidad del documento. El abogado fue claro en su respuesta. Si no hubo matrimonio, no había derechos que reclamar. Con o sin testamento, Víctor era el único heredero.

Esa fue la última vez que Víctor y Nicole vieron a Antonia. Apenas enterró a Javier, tomó sus cosas y se fue de la ciudad. Le enviaron, en todo caso, la invitación a su boda, que acordaron juntos celebrar en la misma playa en que pasaron, hace años, un instante feliz. Pero Antonia no llegó.

Fue de todas formas una ceremonia hermosa, tal vez la más bella que jamás vio aquel lugar perdido frente al mar. Y fue, también, el comienzo de un matrimonio feliz, fructífero y duradero.

Durante años se comentaría el júbilo que irradiaban los novios esa mañana soleada. Nadie imaginó siquiera la escena perturbadora que horas antes, en la cabaña, protagonizó la pareja. Un par de segundos fugaces que pusieron todo al borde del abismo.

Sucedió mientras Nicole se peinaba sentada al espejo, habiéndose recién puesto el blanco y costoso vestido de revista, diseño exclusivo, tejido en hilo y finamente bordado, que una vez su hermana le confesara adorar.

Entonces vio salir de la ducha a Víctor, todavía en bata, atrasado como siempre, le lanzó un beso y le dijo que estaba más hermosa que nunca. Nicole le recordó que había puesto su ropa en el armario, presintiendo que se lo preguntaría, y vio en su cara una sonrisa de alivio cuando se dirigió al mueble, que abrió de par en par y del que cayó una peineta, que fue a dar justo al lado de su talón derecho.

-¿Qué tienes en el pie?- Preguntó Nicole.

-Nada- contestó su novio, apresurándose a voltear para quedar frente a ella.

-Sí. Tienes una manchita. Como si hubieses pisado algo.- Nicole se le acercó para indicar el lugar exacto de aquel detalle. Pero el hombre dio un paso atrás, incómodo, volvió a afirmar que no tenía nada. Nicole rió. 

–Es curioso. Se parece al lunar que…

Ambos enmudecieron.

-No puede ser…

Lo primero que cruzó por la cabeza de Nicole fue la escena del paseo, hace tantos años. La imagen precisa de aquel baño grupal en la playa, cuando notaron el detalle diferenciador. Recordó la fogata, el fuerte sentimiento de vergüenza  al ver a Víctor descartando toda posibilidad de casarse con ella.

-No. No puede ser…

Recordó luego la noche del accidente, el alivio de saber que el que había muerto era su cuñado. El grito de dolor de su hermana cuando le dio al teléfono la noticia. Recordó el testamento, el dinero, los autos, la casa, el vestido. Y volvió a recordar a su hermana.

Su compañero se sentó en la cama visiblemente nervioso. Se tapó su rostro con las manos como si deseara desaparecer.

-Nicole…yo…

-No puede ser, mi amor, que nos casemos en media hora y tú estés ahí sentado como si esperaras que yo te vistiera. Vamos, apresúrate, que tienes que llegar a la playa antes que yo para esperarme.

Nicole sacó del armario el traje de su novio y aprovechó de quitar un par de pelusas de la solapa. Lo puso junto a él, en la cama, y volvió a dejar la peineta en el lugar del que cayó.

-Pero cambia esa cara, hombre. ¡Nos vamos a casar! Voy al baño a maquillarme y cuando salga, quiero que ya estés en la playa, junto a los invitados- le dijo sonriendo, y besó su frente.

Jamás comentarían ese momento. Ni entre ellos ni con nadie. Esa mañana ambos comenzarían una nueva vida, en la que lo antes vivido no tenía importancia. Aunque los dos supieran que la construían sobre una verdad reprimida, lo asumieron sin mediar palabras, y lo acordaron tácitamente cuando tuvieron la oportunidad de hacerlo, la misma noche de bodas, en que después de tanta fiesta y risas, se sentaron en la cama derrotados por el cansancio, y un silencio incómodo los turbó.   

-No importa el calor que haga- Dijo entonces Nicole. –No olvides que odio que te metas a la cama sin calcetines.


viernes, 28 de octubre de 2011

EL ORIGEN DEL CONFLICTO


Un silencio sepulcral recibió a la comisión luego de la pausa del almuerzo, a la hora acordada. Los ojos asustados de quienes la esperaban se resistían a tomar el gesto tranquilo de los resignados. No quedaban muchos. La mayoría ya había tenido sus diez minutos en el banquillo, y sólo unos pocos deambulaban todavía por los pasillos de la universidad, fumando sin ganas de hacerlo, pero haciéndolo con semblante triunfal, alardeando todavía que Encina no les había ganado. Los otros, los más, los que no pudieron, ya habían partido intentando asimilar el amargo sabor del fracaso en la boca.

Los tres llegaron riendo. Comentaban todavía la amena plática de la sobremesa, cargada del añejo sarcasmo catedrático y mucho menos elevada de lo que sus alumnos imaginaron que había sido. Se veía que ni súplicas ni llantos, ni siquiera los rostros de indemne dignidad de los que habían sufrido sólo un par de horas antes la intransigencia de su cuestionario les habían conmovido. Eran sólo números errantes para el prestigio de su severidad.

Avanzaron con paso ágil y se sentaron sin demasiada ceremonia. La solemnidad de las circunstancias nunca les importó mucho. Sólo minutos más tarde, luego de intercambiar un par de palabras en voz baja, el profesor Encina, titular de la cátedra y presidente de la comisión, se dio unos segundos para mirar a la audiencia y pronunciar un seco “buenas tardes”. El saludo no obtuvo muchas respuestas y tampoco lo pretendía. Los profesores conocían bien la paradoja del silencio de los exámenes. El hondo silencio de los distraídos, de aquellos concentrados en eternos apuntes imposibles de memorizar o en una ilusa oración esperanzada en un milagro, de aquellos que se lamentan por haberse presentado, de aquellos que se sorprenden de los pensamientos macabros que se cruzan por su mente en esos momentos de tensión. Pensamientos como no haber tenido la valentía para deslizar sutilmente algún polvo mortal en el jarro de agua fresca puesto en la mesa de la comisión por un ameno empleado de aseo, que les deseó suerte sinceramente pero sin disimular una mirada de lástima.  

Encina, con su característica y pseudo-divina indiferencia, se sirvió un poco de agua, se cruzó de piernas y comenzó a hojear la carpeta bibliográfica. Así, como acostumbraba, sin despegar de ella la vista ni por respeto a sus receptores, rompió definitivamente la mudez general.

-Bien, señores, damos por finalizado el receso y retomamos el examen. Espero que superemos el nivel de la mañana, vergonzoso por no decir otra cosa, porque el calificativo más preciso, ese que tengo en mente, ni siquiera es reproducible dado el contexto.

Durante la mañana Encina había reprobado a tantos que incluso varios de quienes quedaron para la tarde decidieron marcharse, no tanto por falta de estudio como por evitar la pública humillación. A por lo menos cinco comparó con Einstein, a otras tres muchachas envió a estudiar modelaje y a uno ordenó un movimiento brusco de cabeza, diría después, para que el par de neuronas que revoloteaba en el vacío pudiera hacer contacto. Las referencias a defectos físicos eran incontables, y un comentario sobre el color de su corbata, de evidente contenido racista, desencadenó el llanto acumulado de una extranjera con necesidades de afecto. Con todos había preparado el terreno diciéndoles que no reconocía sus rostros.

Ni Magnet ni Catalán, los otros miembros de la comisión, puestos ahí precisamente para evitar abusos y parcialidades, intervinieron mínimamente en los exámenes de la mañana. Ambos se mantuvieron en silencio. El primero se limitaba a controlar el reloj y transcribir las preguntas, y el segundo a llamar a los estudiantes y anotar junto a sus nombres la calificación obtenida. Encina se encargaba de la interrogación.

Los alumnos tampoco alzaron la voz. Todos temían a la fama de Encina. Ellos, decía el estatuto, eran los testigos de la legitimidad de la evaluación. La indiferencia aparente –complicidad involuntaria- tanto de profesores como de alumnos le daba al titular una impunidad casi monárquica.

-El reglamento me obliga a repetir las reglas pero asumo que las conocemos, así que sólo las enuncio. Tres llamados, dos preguntas, diez minutos. No hay segundas oportunidades ni décimas por simpatía. No escuchamos dramas familiares ni creemos en mentes en blanco. Y eso es todo. Comenzamos. Profesor Catalán, si es tan amable por favor llame al primero.

-Sagredo...

Encina dejó la carpeta y dio una visión general al auditorio. Una sonrisa burlona acompañaba su mirada de apetencia. Vio levantarse en la última fila a un joven alto y delgado, que avanzó con paso vacilante hacia el banquillo de interrogación.  

-¡Ah, Sagredo!, por fin una cara conocida. Y bastante conocida, debo decir.

-Buenas tardes profesor.

-Caballeros- dijo el profesor tocando los hombros de sus colegas- tenemos sentado al frente a toda una autoridad en nuestra ciencia. Este señor sabe tanto o más que la comisión aquí sentada. ¿No es así, Sagredo?

-Yo no diría eso, profesor…

-¿Cómo no, Sagredo? ¡No se nos haga el humilde! Usted es todo un apasionado de mi asignatura, es más, tanto le gusta, que ya la ha rendido tres veces.

Un par de carcajadas tímidas se oyeron entre la audiencia, más por agradar al bromista que por lo gracioso de la broma. Catalán, con la misma fama de intransigente de Encina a cuestas, se cruzó de brazos y se echó sobre el respaldar de su silla, esbozando la sonrisa de quien espera ver un espectáculo patético. Magnet, con más años de docencia sobre los hombros y un par de infartos en su ficha médica, se sintió por un segundo en los zapatos de Sagredo y le regaló una mirada de compasión. Sólo por un segundo. Y añadió: “dicen que la tercera es la vencida”.

-Lo dice un hombre que se ha casado cuatro veces- Contestó Encina, desdibujando la mirada compasiva de Magnet, divorciado de la mujer que le obligaron a desposar, y luego, viudo dos veces. Sagredo, sin embargo, sonrió. Pensó inocentemente que el humor de Encina podía ser una buena señal.

-Imagino que es consciente de la situación en que se encuentra, Sagredo. En esta universidad no existen las cuartas oportunidades. Si reprueba, se va. Espero que haya estudiado.

-Bastante, profesor.

-Creo haber escuchado eso antes…- le dijo, mirándolo directo a los ojos, como intentando ver en ellos el reflejo de la pregunta precisa. La que no pudiera contestar. –Háblenos de la teoría del conflicto de Smith.

Sagredo se sintió seguro. Conocía bien los postulados de Smith. Mejoró su postura para sentirse más cómodo, respiró tranquilo y ordenó rápidamente las ideas en su cabeza. –Charles Smith, autor inglés, en su obra “Cúpulas y cimientos”, señala que en toda comunidad humana existen ciertas…

-¡No tan rápido, Sagredo!, no sea ansioso. Relaciónela con la tesis de Sánchez Toledo en “El factor histórico cultural”. Quiero un cuadro comparativo. Coincidencias, semejanzas, diferencias. Esboce las conclusiones de cada autor, y en base a ellas exponga las suyas. Esa es su primera pregunta. Éxito.  

Sagredo sintió que todo estaba perdido, y le pareció por un momento ver a Encina tal como lo veía en sus pesadillas, vestido de César, riéndose, extendiendo lentamente su brazo, con el pulgar hacia abajo. Y esa perturbación lo mantuvo inmóvil, silente, como todos en la sala, más tiempo del que pensó.

-Profesor…pensé que Sánchez Toledo no entraba…

-Es un examen, Sagredo. Todos los contenidos del curso son evaluables.

-Pero en la última clase…usted dijo que pusiéramos énfasis en los autores clásicos…

-Poner énfasis en algo no significa dejar de lado lo otro.

Sagredo bajó la mirada, como si buscara la respuesta en sus zapatos. Había leído alguna vez a Sánchez Toledo, debía decir algo, lo que fuera, desviar la pregunta hacia algo que conociera bien, podía hacerlo. No debía sumirse en el silencio, tenía que decir algo.

-Smith dice que en toda comunidad humana el conflicto surge por naturaleza, que es una característica común a todo grupo. Sánchez Toledo dice que se debe analizar en cada caso, que varía según la persona y la cultura, y que la historia demuestra que incluso en base a conflictos individuales han surgido grupos de personas con fines altruistas.

El rostro de Encina permanecía incólume. No había ningún gesto que reflejara conformidad. Era todo lo que recordaba Sagredo de Sánchez Toledo, y no estaba muy seguro de que estuviera bien. Por eso esperaba la reacción de Encina, algo que le indicara si seguir por aquel camino o intentar otra respuesta. Pero la reacción no llegaba, estaba perdida en el silencio general, en el que sólo el tic tac constante del reloj de Magnet tenía cabida.

-Reconozco que se esforzó en leer las contraportadas, Sagredo. Pero la comisión no se conforma con eso.

Sagredo no pudo decir nada más. Pensó suplicar por un cambio de pregunta, pero podría ser peor. Esperó que algún profesor le diera la oportunidad de centrarse en Smith, pero nadie abrió la boca. Se sentía atrapado en arenas movedizas, hundiéndose lentamente sin oportunidad de escapar.

-Nos aburre, Sagredo. Ha gastado más de la mitad de su tiempo y aún no responde la primera pregunta.

Era imposible, Encina había ganado. Aunque se esforzara, no podría convencer a la comisión. Se resignó. Después de todo no se había presentado con muchas esperanzas. Al menos sería la última vez que le vería la cara a Encina. Los últimos minutos en que debería fingir un respeto que no sentía. –Los últimos minutos- pensó de pronto –No los puedo desperdiciar.

-¿Va a decir algo más, Sagredo, o espera que la comisión lo homenajee por su aporte al humanismo?

-¿Por qué haces esto, Encina?

-¿Cómo dijo?

-Pregunté por qué te desquitas con nosotros. ¿Qué te hemos hecho?

La mudez se trasladó de pronto a la comisión. Una mezcla entre sorpresa y confusión se apoderó del ambiente. La sonrisa mordaz estaba ahora en el rostro del alumno, él había tomado las riendas de la situación, algo andaba mal. Catalán intervino. Le hizo un llamado a la cordura y aseguró que atribuirían su exabrupto al nerviosismo. –Haremos como si no hubiésemos escuchado nada, pero concéntrese en su examen- le dijo. Encina sin embargo hizo un gesto con la mano indicando que se callara, sin dejar de mirar a Sagredo.

-Explíquese.

-Debes haber sufrido mucho, Encina. Seguro todavía oyes en tu cabeza las burlas. Es curioso, superaste la tartamudez pero no el odio. Ves en nuestros rostros a los que te humillaron. Eres patético. Un cincuentón amargado cuya terapia es ser un hijo de puta. No toleras que disfrutemos de los años que tú no pudiste disfrutar. Me das lástima Encina. Hoy produces más risas y burlas entre nosotros que las que producías entre tus compañeros cuando eras tartamudo. Porque nadie te respeta. Porque aunque te sientas eminencia no eres más que un pobre tipo.

Magnet golpeó la mesa. Alguien debía imponer autoridad, restablecer el orden. -¡Está sobrepasando los límites!- gritó, pero Encina, aparentando una tranquilidad que no sentía, le aseguró poder manejar la situación.

-¿Quién le dijo eso, Sagredo?

-¿Qué importa? Todos lo saben. Los fonoaudiólogos curan trastornos del habla pero no borran los recuerdos, menos cuando causan gracia. La historia del tartamudo Encina se trasmite de generación en generación, y va a seguir siendo así, aunque seas el peor verdugo de la universidad, siempre serás el eterno hazmerreír. El bufón más patético de las aulas.

Encina rió. Estaba bañado en odio pero no lo demostró. Las palabras de Sagredo, llenas del mismo resentimiento que lo embargaba, le parecían bajas y vergonzosas. Él no caería en lo mismo.

-Se equivoca. Y se equivoca dos veces. La historia es falsa y su respuesta es incorrecta. Acaba de reprobar su examen.

-Ganaste Encina. Debe ser gratificante. Pero no me importa ¿sabes? Porque soy joven y tengo la vida por delante, a diferencia de ti. Me inscribiré en otra universidad, estudiaré otra carrera, formaré una familia, seré exitoso. Feliz. ¿Conoces esa palabra? Y tú ¿Qué ganaste en realidad? Te agradezco el reprobarme, Encina, porque cada vez que triunfe, cada momento que disfrute, me voy a acordar de ti, y de tu historia, que sabes que es real. Y lo voy a disfrutar más. Porque sabré que tú vas a estar encerrado en tu biblioteca, solo, esperando la época de exámenes para hacer lo que más te gusta, el sentido de tu vida vacía, lo que acabas de hacer conmigo.

Sagredo se puso de pie sintiéndose más liviano que nunca. Se había liberado. Las cosas ahora eran menos graves que en la mañana. De hecho, le parecía no tener importancia lo que antes le parecía terrible. Y cruzó entonces de la sala irradiando dignidad, en medio de las miradas de admiración de sus compañeros, salió triunfal. Nadie se atrevió a aplaudir aunque todos quisieron hacerlo. Sagredo se había convertido en mártir.

Encina se levantó de su silla apenas Sagredo abandonó la sala. Su rostro reflejaba indignación. Salió también, con paso presuroso, como intentando alcanzarlo. Todos imaginaron la escena que se daría afuera, pero nadie osó salir a mirar. Encina debía estar regañándolo como nunca a nadie, llevándolo a la oficina del rector, jurando encargarse personalmente de que no fuera aceptado en ninguna otra universidad, amenazándolo con querellas por calumnias y exigiéndole disculpas públicas.

Pero nada de eso pasó. Encina alcanzó a ver hacia donde Sagredo caminaba, y avanzó en la dirección contraria. Su mirada altiva dio paso a la vista gacha de los rendidos. No respondió a los saludos de quienes se lo cruzaron en el pasillo y se encerró en el primer baño que encontró. Allí se lavó la cara varias veces y se miró luego al espejo. Se abofeteó. Quiso insultarse a sí mismo como lo hacía en aquel tiempo, cuando se envalentonaba a enfrentarse a quienes se reían de él y sólo conseguía terminar más humillado. Pero no pudo. Como en aquel tiempo, repitió tres veces la misma sílaba y no consiguió pronunciar la siguiente.

Y entonces, como no lo hacía en muchos años, y rompiendo su vieja promesa de no volver a hacerlo, el profesor Encina estalló en llanto.

martes, 18 de octubre de 2011

LA MANZANA



-Dime, oh, mágico espejo de la sabiduría, ¿quién es la más hermosa del reino?

Lucía recitaba sus líneas intentando memorizarlas. Hace ya algún tiempo que tenía problemas con su memoria, pero no se lo había confesado a nadie. Las repetía una y otra vez, a veces toda la noche, pero al día siguiente las soltaba sin miedo, por inercia.

Esa noche sus párpados le pesaban tanto como sus años, pero tomaba, uno tras otro, sorbos de café para no caer vencida.

-Dime, oh, mágico espejo…

Su reflejo ya no era el mismo de sus años de oro. El tiempo había comenzado a revelar en su rostro su paso indolente. Y la franqueza del espejo calaba hondo en su sensible alma de artista, que veía estupefacta cómo las arrugas hacían estragos con su belleza de antaño.

    Se paseaba una y otra vez por los largos pasillos de su enorme casa, aunque no podía con su dolor de rodillas, no estaba dispuesta a dormir. Nunca había hecho detener una escena por olvido de texto, y no deseaba que nadie la pensara poco profesional. Los únicos testigos de su incansable estudio eran los galardones que reposaban en sus repisas: galvanos, estatuillas, reconocimientos, mudos recordatorios de una época de gloria. De vez en cuando fijaba su mirada en las fotos que la mostraban cargando un ramo de flores en medio de un escenario, en las portadas de revistas que resaltaban su sonrisa perfecta, en los pósteres de antiguas producciones que tenían su rostro en primer plano. Blanquinegras memorias de una brillante carrera, que colgaban de sus murallas, forradas en fino papel mural.

-¿Quién es la más hermosa del reino?

La habían llamado hace algunos meses para ofrecerle ese papel. La historia era conocida y el público asegurado. El texto era espantoso, según le reveló a su mayordomo, pero ya no estaba en condiciones de rechazar propuestas. El elenco estaba compuesto por actores jóvenes, sin experiencia en cine, medianamente conocidos gracias a teleseries sin contenido. La presencia de Lucía en la película tenía como objetivo darle cierto plus a la producción, y amortiguar de alguna forma la intransigencia de la crítica.

La despertó la bocina del auto que el director había puesto a su disposición. El chofer la esperaba afuera de su casa con la puerta del vehículo abierta. Se había quedado dormida sobre el sofá, con el guión todavía abierto entre sus manos. Se hizo esperar, como acostumbraba, para aparecer medianamente aceptable ante sus colegas. En el set los actores comentaron molestos cuando la vieron entrar, con sus aires de diva, hora y media sobre lo acordado.

-¡Acción!

-Dime, oh, mágico espejo de la sabiduría ¿quién es la más hermosa del reino?

-Es la princesa, Majestad, ella es la más hermosa.

-¿Qué dices, espejo del demonio? ¡La princesa está muerta! ayer mandé a que le arrancaran el corazón y la dejaran en el bosque.

-Es la princesa. Ella es la más hermosa. Rebosa juventud de sus ojos claros, su dulce voz opaca al más tierno ruiseñor, sus cabellos de seda encandilan a la luz de la primavera, y su piel, tersa y suave, es todo un placer hasta para el cálido viento de noviembre.

Estefanía, la joven actriz que daba vida al personaje de la princesa, era tan hermosa como Lucía en su juventud, pero no tenía ni una pizca de su talento. Tenía colgado al cuello un título de artes escénicas, de una universidad mediocre pero universidad al fin. Y los periodistas que la seguían acostumbraban  subrayarlo en sus columnas: “es hermosa, e inteligente también”.

Lucía no ostentaba título alguno. Tenía, sí, un largo currículum de éxitos, de giras en Europa, de clásicos inolvidables. Había compartido escenario con actores de fama mundial, se había codeado con lo más granado de la alta sociedad de su época y le llovían alabanzas de los más eruditos críticos. Pero nadie se acordaba de eso. Ahora todos caían rendidos ante la belleza e “inteligencia” de Estefanía.

-¡Corte!

Estefanía saludaba radiante a sus admiradores fuera del estudio, les regalaba sonriente alguna foto, algún autógrafo. Las niñas le llevaban flores y le confesaban entusiasmadas que aspiraban ser como ella. Los reporteros se peleaban por una entrevista, los lentes de los fotógrafos buscaban delirantes el mejor perfil de la protagonista, y sus guardaespaldas, de semblante serio e intimidante, repartían codazos entre quienes osaban acercársele a su protegida.

Lucía esquivaba irritada el alboroto, resignada en su papel secundario, dirigía sus raudos pasos al camerino de “Primera Actriz”. Era allí donde se encerraba a maldecir al medio, a lamentarse por cuán bajo había llegado, a desahogarse del olvidadizo cariño de la gente. Mientras se desmaquillaba, sentada en su cómodo sillón de cuero, pensaba en la forma de opacar a su más fuerte competencia. Pero nada se le ocurría. Había pensado en todo para desacreditarla, pero descartaba de inmediato sus ideas, demasiado bajas, muy vergonzosas. No le fotografiaría sin maquillaje, no inventaría alguna infidencia, no le enrostraría su falta de talento. Nada servía. Todo la haría parecer a ella una vieja y patética actriz de nostalgias trasnochadas.

Eso hasta que un día, revisando su texto, una idea excelente se le cruzó por la mente.

-Atención equipo, mañana los quiero temprano para filmar la escena de la manzana.

Sumergida en la soledad de su camerino, con el rostro a medio desmaquillar, una sonrisa levemente macabra se dibujó en el rostro de Lucía.

-¡Manzanas, manzanas, frescas dulces y sabrosas, vendo manzanas!

-¡Eh usted! tierna abuelita, ¿cuánto cuestan sus manzanas?

-¿Cómo cree, oh princesa, que podría cobrarle a una joven de hermosura tan encantadora?

-Es usted una viejita muy amable, señora, una abuelita de corazón bello y puro.

-Come, princesa, come, verás cuán deliciosas son las manzanas de ésta vieja.

-Gracias, encantadora abuelita, pero en ésta casa somos ocho ¿podría usted obsequiarme siete manzanas más?

-Os daré cuanto quieras, hermosa princesa, pero come, come…

Estefanía mordió excitada la manzana, sabía que esa era la escena clave de la película, y que todos los ojos estarían sobre ella. La dejó caer sobre el suelo con la mirada perdida, se apoyó mareada sobre la mesa de la pequeña casa, se llevó una mano al cuello y detuvo su respiración. Su rostro comenzaba a perder color y sus ojos a desorbitarse. En el set reinaba un silencio general, una nerviosa tensión embargaba a todos los presentes. Y de pronto cayó, como un hilo de plomo sobre el piso de madera, con las tétricas carcajadas de Lucía como fondo, rebotando en todos los rincones del estudio.

 El director observaba emocionado la conmovedora escena. Había pensado repetirla varias veces para buscar la mayor naturalidad en Estefanía, pero mejorar aquella escena era imposible, estaba perfectamente lograda, mejor incluso que como lo había imaginado.

-¡Perfecto!, ¡sublime!, ¡queda, queda!, maravilloso Estefanía, Lucía, qué gran trabajo muchachos, esto es increíble, ¡corte, edítenla, corte!

Pero nada. Lucía no dejaba de reír y Estefanía no se levantaba del suelo. Algo andaba mal.

Los paramédicos entraron rápidamente a darle los primeros auxilios, la producción se paralizó, acordonaron el estudio y sacaron a los periodistas. Los fanáticos lloraron al ver pasar la ambulancia, los reporteros daban informes en vivo relatando la noticia, y Lucía, no paraba de reír.

Horas más tarde los policías golpearon la puerta del camerino de Lucía. Ella los esperaba con el mejor vestido que encontró en su amplio guardarropa, maquillada y peinada especialmente para la ocasión, se cuidaba de que el caviar y la champaña  no le corrieran el labial. No opuso resistencia, pero se negó a usar las esposas y a que le cubrieran el rostro.  Exigió después que en su celda le tuvieran frutos secos y agua mineral sin gas. – De lo contrario, no salgo- amenazó.

Caminó rodeada de policías entre la multitud, sonriendo y saludando con elegancia. Las cámaras la seguían, los flashes la encandilaban, los micrófonos la envolvían.

Nuevamente las portadas eran para Lucía, nuevamente los críticos de antaño aparecieron en televisión hablando maravillas de su talento, otra vez las escenas polvorientas de producciones añejas colmaron las pantallas, con su rostro en primer plano.

La película se estrenó meses después, con un final distinto.

Y afuera de su celda, los reporteros hacían fila para conversar con ella. Lucía los recibía con entusiasmo, y posaba sonriente para sus fotos. No le importaba que fueran para la crónica roja. De todas formas, ella volvía a ser la diva.