Tras un día de trabajo, como cobradora de autobús, en una línea rural venida a menos, Okoma vuelve a casa. La vemos caminar por una calle. De pronto, se para: hay una sandalia en medio de la calle. Se agacha, la coge y la deja en la acera, junto con la otra sandalia del par. Luego, sigue por la calle. Pero se vuelve a parar: hay un camión intentando dar marcha atrás. Okoma, sonriente, juvenil, se pone a darle indicaciones con la mano. Antes de que termine la acción, el plano se funde con el siguiente: Okoma caminando por otra calle, ya a punto de llegar a la casa donde vive.
Lo de la sandalia no dura nada. Podría no estar ahí. Y, sin embargo, está. Durante un tiempo muy breve, la película es eso: Okoma se para, se agacha y pone la sandalia con la otra. Es cierto que esa acción caracteriza un poco al personaje: es atenta y es amable. Pero eso ya lo hemos ido comprendiendo de otras maneras. En realidad, toda la película es así: llena de detalles que detienen la atención por un momento breve. Llena, por así decir, de sandalias separadas gracias a las cuales una calle recta no es simplemente una calle recta, sino algo vivo, algo a lo que prestarle atención.
Toqueteos de cepillos y abanicos en una tienda, un cenicero y un cigarrillo cuya ceniza nunca cae dentro del cenicero, Okoma que juega a la rayuela mientras espera, un escritor que le tira el agua del vaso a una mujer que pasa bajo su ventana, unos pies que se rascan, unos pies que chapotean: todo sandalias en el camino de la película. O: todo paradas improvisadas en el trayecto del autobús.
Un autobús no es como un tren. Un autobús puede, si hace falta, pararse en cualquier momento, en cualquier sitio. Esa es, o al menos lo era, en otros tiempos, su gracia. El autobús en el que trabaja Okoma, además, es precario y sucio. No puede rivalizar con los autobuses más limpios y más rápidos de la compañía rival. Unos autobuses que, en su ritmo y su comportamiento, son más como los trenes. Para compensar, el autobús precario para a recoger a viajeros que no están en las paradas oficiales. Para este autobús, no hay que dejar pasar nada. Todo posible viajero cuenta.
Una noche, los personajes escuchan en la radio un programa sobre cobradoras de autobús. No son unas cobradoras cualquiera, hacen algo más. Trabajan en localidades con interés turístico y van comentando las curiosidades que se pueden ver por el camino. A Okoma, entonces, se le ocurre una idea: podrían hacer lo mismo en su autobús. Nunca podrán ser tan rápidos ni tan limpios como la compañía moderna, pero al menos ella puede ir comentando el trayecto y, así, darle un interés a viajar con ellos.
Ella y Sonoda, el conductor, se lo comentan al jefe de la compañía, un tipo que se pasa el día dentro de su oficina con los pies encima de la mesa, abanicándose (esta es una película calurosa), espantando o aplastando las moscas y tomando gaseosa con hielo. Lo único que parece darle un poquito de interés y vivacidad a sus días es el "pop" que hace la botella de gaseosa cuando la abre. El jefe de la compañía, ante la perspectiva de adelantarse a la compañía rival, y a vistas de que no le va a costar nada, acepta el plan.
Queda un problema: ¿hay algo de interés en el recorrido del autobús? Ni Okoma ni Sonoda lo tienen claro. Y, además, no sabrían cómo contarlo. No sabrían cómo darle interés a los lugares de interés. Necesitan un experto. Un experto en el arte de encontrarle interés en las cosas y de, a su vez, saber transmitir ese interés. ¿Quién podría ser? De pronto, Okoma tiene una idea. Hay un escritor que está pasando unos días en la pensión de la pequeña ciudad. Okoma lo sabe porque el escritor, un día, olvidó su cuaderno en el autobús, y ella se lo llevó a la pensión. ¡Con Okoma ningún objeto perdido está perdido! Y todo objeto perdido puede llevar a un lugar inesperado.
El escritor, Ikawa, acepta. Lo hará por nada. Lo hará porque le va a dar un poco de interés a sus días calurosos y ociosos. Resulta que, para quien sabe en qué fijarse, el trayecto del autobús precario tiene sus puntos de interés. El interés consiste, en realidad, en darle pinceladas narrativas a cada lugar. Allí pasó esto, aquel es el lugar del que habla tal poema... Pinceladas, y no historias completas, porque el autobús, al fin y al cabo, tiene que seguir siendo un autobús de línea, yendo de un punto a otro y parando sólo, en la medida de lo posible, para recoger y dejar viajeros. Así que no hay tiempo para contemplar los puntos de interés. Hay que cazarlos al vuelo. Por la ventanilla del bus, el mundo, bien mirado, es, como esta película: al mismo tiempo interesante y fugaz.
Siguiendo las indicaciones de Ikawa, Okoma va aprendiendo a decir e interpretar el texto. Aprende, también, el gesto un poco preciosista que tiene que hacer para señalar los lugares de interés. Y lo hermoso es, precisamente, la mezcla entre ese preciosismo y la ligerísima torpeza de Okoma al hacerlo. Allí, el interés gana un rasgo más: el encanto. El encanto de Okoma es como una letra escrita a mano. Una letra bastante bien hecha pero que, al no ser perfecta, deja adivinar la personalidad del que escribe. Ese encanto, por supuesto, requiere un arte tremendo por parte de la actriz y del cineasta que la filma. Cómo se tuerce una sonrisa, cómo suben o bajan en exceso unos hombros...
(Esta es la primera película de Naruse con Hideko Takamine, que era actriz, y estrella, desde los cinco años. Vendrían dieciséis más. Vendrían miles de modulaciones de lo humano, de la seguridad, de la inseguridad, de las miradas, de las maneras de caminar, de correr, de pararse, de levantar la cabeza, de bajarla... Todo un mundo.)
Hacia el final de la película, antes del primer trayecto comentado, Ikawa deja la pequeña ciudad para volver a Tokio. Okoma y Sonoda van a despedirse de él. No lo hacen en el andén. Se ponen en un lugar por el que pasa el tren, ya veloz, y desde allí le saludan y él les saluda. Es, una vez más, fugaz. Quien sabe, quizás haya más alegría en una despedida así. Una despedida que exige estar atento al cruce y, con alegría, levantar los brazos y agitarlos mucho. Es como un subidón de alegría.
Cuando el tren ya ha pasado, Okoma y Sonoda comentan que hasta el jefe de la empresa está más feliz desde el día en que Ikawa fue a hablar con él. Okoma dice: Ikawa nos ha hecho felices a todos. Y da la sensación de que es cierto, de que los últimos días han sido un poco más felices, un poco más interesantes, para todos. Y también para Ikawa. Y sabemos también, claro, que en realidad es Okoma la que puso en marcha todas estas pequeñas cosas que han hecho felices a los otros y, también, a sí misma. Hablando de Ikawa, Okuma nos desvela su propia habilidad: darle interés y felicidad al mundo que la rodea. ¿Será consciente de ello? ¿Podría seguir haciéndolo si fuese consciente de ello?
De Ikawa, por su parte, podemos suponer que seguirá escribiendo, porque le hace feliz. E incluso, podemos imaginar que, al volver a Tokio, escribirá la historia que acabamos de ver. Sin duda sabrá cómo darle interés y encanto. Pero, ¿se dará cuenta de que en ese momento, cuando él se va, la historia todavía no ha terminado? ¿Podrá imaginar lo que está pasando en la pequeña ciudad, mientras él va camino de Tokio? Quizás, sí. Quizás su instinto de narrador le haga pensar que la historia tiene que tener un final agridulce. Un final en el que la imagen de la felicidad es al mismo tiempo la imagen de la fragilidad de la felicidad.
Quizás acierte lo que ha pasado: el jefe de la empresa llevaba unos días feliz, pero no era por el influjo de Ikawa, sino porque ha vendido el autobús y va a cerrar la empresa. ¿Tanto trabajo de Okoma, Sonoda e Ikawa para qué? Es como si todo ese trabajo hubiese sido la escritura y preparación de una película que, sin embargo, no se rodará. Preparación feliz, porque les ha ido llenando de interés los días. Interés por sí mismos, por lo que pueden hacer, interés por los otros, interés por los lugares en los que viven. Felicidad e interés que, sin embargo, a falta de presupuesto, no se compartirán.
Pero la película no termina con la decepción de Okuma y Sonoda. Termina antes de que ellos descubran lo que ha pasado. Termina con ellos en el autobús, viviendo, todavía, en un porvenir que no existirá Ella, tras algunos incidentes más, puede, por fin, recitar parte de su texto. Sonoda sonríe. Okoma sonríe. El bus se aleja por el camino. Y nos quedamos ahí, a las puertas de la decepción, en el tiempo suspendido de la felicidad.
(Hideko no shashô-sa, Mikio Naruse)