Corría el año 1782 y “estaba divertida esta ciudad con muchas tertulias y muchas músicas” (dejamos para otra ocasión relatar como, mientras tanto, en el cerco de Gibraltar ardían “como la tea” los barcos y las tripulaciones españolas) “Ya no cantaba Juanito, el librero, -la voz de contralto más sonora que se ha oído- con su estilo sublime. En esta época quienes cantaban seguidillas con algún gracejo eran Marotillo, Facundo, mariscal de Carabineros, y los dos hijos jóvenes de don José Malete, comerciantes. Como tenían muchas facultades, solían traer, en varias festividades, a Serapio el de Manzanares, que cantaba muy bien. A todos los seguidilleros el que los alborotaba era Joaquín Bernal; este se preciaba de astrólogo”.
“También, en esta era, actuaron las comedias de la famosa compañía Calderón, y por el mal tiempo de fríos las ejecutaron en el granero de Antonio Plaza”.
“Un valenciano, con un cesto, vendía unas cositas de masa y azúcar -bocado delicado- que les llamaban suspiros”.
En las casas de distinción en los bailes se divertían muy bien. Por lo regular convidaban a la Paquita Yerro y Paco Malete. Y bailaban los dos con mucho primor, en un bufete, la Guaracha, el baile inglés”.
Por entonces “estaba de vicario de Santiago don Bartolomé Alonso que era un gran teólogo, pero no tenía gracia para predicar”.
El año 1783 “fue tan pingüe que el trigo
de gijona rico se vendió a 12 y 13 reales la fanega y la cebada a 3 reales y
medio, y a este tenor los demás frutos”, a pesar de haber tenido “la desgracia
de las resultas de una gran tempestad que cayó el día de Santiago. Fue tanta la
abundancia de agua que despidió la nube que se inundaron las era y se perdió
mucho grano”.
Por este año se principiaron a cantar las Tiranas. “Me acuerdo de una letra que decía así:”.
“Dime, artillerito, dime,
donde van a coger el muelle,
para irme a embarcar,
que se embarcan los cañones
para el Campo de Gibraltar.
¡Ay, Tirana de color de lila!
¡Ay Tirana de verde celedón!
¡Ay, morena, déjame con vida
Para irme al puerto Mahón”.
“Cantaban muy bien las seguidillas manchegas -hacia el 1787- la Barnegalas, que habitaba en la Plazuela de Santiago, y María Múñoz Núñez, casada con Francisco Arenas Salcedo, acompañándolas Antonio Bernal, alias Aguadelgada”.
“Ya se habían concluido la fuerte tertulia, diversiones, grescas y jaranas de la famosa casa de don Ventura Estuardo, Arcediano que fue. Este señor no estaba contento sino gastando. Hizo el palomar que está camino de Toledo. Allí dispuso tener corridas de toros y oratorio público. La Capilla tenía puerta al camino. Como era tan “gastoso” su gran capital lo derrochó en pocos años. “Don ventura era de esta catadura: cuando se le antojaba se vestía de chulo y puesto en el pescante, dirigía las mulas. En una ocasión estuvieron a punto de perecer todos los que iban en el coche por ser demasiado vivo y no premeditar los riesgos”.
Años hacía que acabaron “las dos
soldadescas de Caballería, con hachones, que con mucho ardor, se ejecutaban en
las carnestolendas. Salían al anochecer, hasta las 10, con carros triunfales, con
músicas y contradanzas, enmascarados y otras raras figuras que disponía Isidoro
Pérez de Madrid para diversión del público. Lo que resultaba fuera de los
gastos de la limosna del Ofertorio -que se hacia el martes de Carnaval- se
invertía en el piadoso fin de misas y aniversarios a las ánimas”. Este Isidoro
fue el propulsor del arbolado del Prado citado en los “Corregidores”.
“En la parroquia de San Tiago, la soldadesca de Infantería llevaba su bandera y alabardas con muchas cintas, y entre las bandejas para coger las limosnas siempre sobresalía, en juntar más dinero que las otras la de Vicente Gómez Cervera, que tenía su casa a la espalda de la iglesia de Santiago. Fue muy devoto de las ánimas”.
Por cierto “Don Agustín Pérez de Madrid, hermano del referido Isidoro, fue familiar del santo Tribunal de la Inquisición, natural de esta ciudad, casado con doña Ana Ruiz Balderas y tuvo sutil entendimiento y casa muy acomodada. Hizo una casa de ricos aguardientes en el sitio donde hoy (“en el primer tercio del siglo XIX”) existen las Tahonas de la Real Casa de Caridad. En esta ciudad no oye usted decir otra cosa que: aquí hubo. Mala palabra. ¡Todo se ha disipado, se ha asolado y no queda más que el nombre de lo que fue!... lamenta nuestro ameno y curioso comentarista.
“El año 1792 se le habilitó al Corregidor, don Máximo Terol de Domenech, la casa de la Torrecilla que estaba inmediata a la Puerta del Sol de Santa María. Tenía dos hijas excelentes jóvenes. Tocaban al salterio con primor: doña Rafaela y doña Tadea”.
“Estaba muy divertido el Prado en el verano. Todas las noches concurrían dos músicas (¡lo que va de ayer hoy, Prado querido y en tinieblas, solo… relativamente!) “En una estaba Pascasio y su mujer en la otra Tomas Villaverde Camacho y la tuya, que la llamaban la Pizca, de modo que iban en competencia, sacándose, como se dice las agujetas unas a otras”.
“Antes de irse los Carabineros Reales, (salieron para la raya de Francia en el mes de octubre), en la tertulia de don Joaquin Gómez Merino, concurría Juanito Rosy, músico de la Real Brigada, que era un primor oírle tocar el violín”.
“En las tertulias de la Salinería se juntaban los tres músicos de Carabineros, los dos Borjas, Boado, don Leonardo Gallo y otros aficionados. Tenían los jueves y domingos, su orquesta oyendo tocar cuartetos y otras canciones de buenos autores y armoniosas”.
“Los señores Bustillos tenían su tertulia. A la del contador don Francisco Aguilar Anchia le hacían corte los más de los empleados de las oficinas. Los señores Palacios, que eran cuatro, como tenían facultades y estaban siempre desocupados, los acompañaban, en sus esquinas, los sujetos siguiente”… Pero bueno y discreto será dejarlo ya lector paciente, que otro día vendrá y medraremos, pues mucho falta por decir de tertulias y otros variados entretenimientos antañones y ser dilatado me penaría y, por otra parte, quiero contarte estas cosas tal y como me las cuentan.
Julián Alonso Rodríguez. Diario “Lanza”
jueves 30 de diciembre de 1948