Un hombre joven, en su treintena, sale del establecimiento muy enfadado y no tarda en escribir una reseña negativa sobre la tienda. Su queja es que un dependiente ha tratado a su animal de compañía como a un perro, en lugar de como a la mascota que forma parte de su familia y de su vida. En el teléfono del director de la cadena de tiendas salta una alarma y suspira ante la evidencia de que, una vez más, tiene que lidiar con un fenómeno que hasta a él mismo, después de casi quince años en el negocio, le asombra. Los dueños de animales consideran a sus mascotas en una categoría similar a la de su pareja e hijos, los han humanizado hasta el punto de que la forma de dirigirse a ellos, de presentarles un producto o de incorporarlo a su cadena de tiendas ya no solo determina el éxito o fracaso de la venta. Puede desencadenar, si está mal enfocado, una campaña en su contra en redes que tendrá que apagarse, otra vez, con el máximo cuidado.
L., el empresario y directivo que prefiere que use un nombre ficticio para no identificarle a él ni a su cadena, y poder hablar con una libertad que de otro modo no se permitiría, tiene un largo reguero de anécdotas que contarme sobre este asunto. Cada una de ellas ilustra esa nueva relación con las mascotas, muy similar, coincidimos, en el trato dispensado a los hijos y en las preocupaciones que despiertan —ambos somos padres—. No puedo evitar acordarme de la serie Animal, de Víctor García León, porque, a la hora de retratar la realidad, esa ficción se queda muy corta. Hay clientes empeñados en probar la comida de sus mascotas antes de dársela, no el pienso seco, pero sí las latas y otros preparados delicatessen o más indicados para la salud y el bienestar de las mascotas. Le pregunto a L. si esto puede llegar al punto de organizar catas en sus tiendas, y, aunque se ríe, considera la cuestión en serio. Su vocación es satisfacer al máximo a quienes vienen a comprar a su cadena levantina de tiendas de mascotas, que ya cuenta con casi quince establecimientos. Los cambios y el futuro en la evolución de sus locales siempre los determinarán las preferencias de sus clientes. Eso no impide que muchas actitudes le asombren. No es un tipo de despacho, pasa sus jornadas laborales pisando tienda y desplazándose de una a otra, atendiendo las demandas y consultas de los encargados. Lo último que vio en una de ellas fue a un cliente estableciendo una videoconferencia con su perro y mostrándole juguetes, para elegir aquel que pusiera contento al animal, le hiciera ladrar o suscitara algún tipo de reacción que indicase contento. Pura exageración, dice.
Todo esto, que es estupendo para su negocio, le provoca escalofríos como persona por la deriva social que implica y por el futuro que nos aguarda. Cuando empezó, L. solo gestionaba una tienda, ahora son casi quince y se acerca a los doscientos empleados, que han formado, conforme a la ley, un comité de empresa. Sus demandas no están alejadas de la mentalidad de sus clientes, y esto por una doble razón: elige a sus empleados entre amantes y dueños de mascotas, y a ese perfil de empleados le agrada trabajar en el sector. Entre lo último que le han solicitado está un par de días libres cuando muere su animal de compañía, un derecho laboral que el Estatuto de los Trabajadores recoge para familiares. Para estas personas sus perros y gatos lo son. También han solicitado cuidados veterinarios como pago en especie, planteando un dilema interesante, pues los empleados con hijos consideran discriminatorio que no haya medidas equivalentes a las veterinarias para los humanos, quizá cuidado dental.
Estos comportamientos reflejan hasta qué punto hemos humanizado a nuestros animales, hasta convertirlos en un miembro más de la familia. Ese matiz, que son familiares como un padre, un hijo o un hermano, me insiste L., es fundamental, y se manifiesta en un ámbito que siempre ha servido a los antropólogos como identificador social de tendencias: la publicidad. Cuando él empezó, los anuncios de productos para mascotas se limitaban a la foto del mismo acompañada de un animal, pero actualmente eso no le diría nada al dueño de una mascota. Exigen situaciones de vida, es decir, entornos donde el animal no solo se muestre feliz e interactuando con el entorno, sino acompañado de su familia —dueño o dueños— en un segundo plano. Es evidente que la necesidad de empatizar y cuidar a otros, tan propia del ser humano, se ha desplazado de manera acentuada hacia las mascotas. ¿Por un motivo económico, porque las parejas ya no pueden tener hijos?
A L. no le cabe ninguna duda de que es así, y se apoya en el cambio en el mercado de gatos. Estas conductas a las que he aludido tienen una frontera de edad: las presentan personas de entre treinta y cuarenta años, que a la vez son las más afectadas por el aumento del precio de la vivienda en alquiler. El perro es una mascota complicada; no todos los dueños de inmuebles permiten tenerla y, además, exige una presencia en casa recurrente, para que el animal salga dos o tres veces al día. En cambio, los gatos se admiten con naturalidad en los alquileres, y sus dueños enseguida compran un segundo animal para que haga compañía al primero y no se aburra solo en casa. Es la tendencia, me indica; si antes el espacio en tienda dedicado al gato era pequeño, ahora ha ganado un treinta por ciento de espacio, y él cree que podría acercarse a compartir al cincuenta por ciento el espacio con el otro animal estrella de la compañía, el perro.
Pero las conductas extremas en el cuidado de la mascota no pueden generalizarse. Un cliente le explica a L. que está «secuestrado» por su cobaya, no salen para que el animal no esté nunca solo, y organizan los horarios de sus turnos de trabajo para que uno de los dos siempre esté en casa. Como si tuviera un bebé. Otro decide gastarse mil quinientos euros en la operación de su conejo para que pueda sobrevivir a una enfermedad. Le pregunto a L., por curiosidad, cuánto cuesta comprar un conejo. Veinte euros. Entiendo que es inmoral considerar el valor de una mascota por su precio, pero el desembolso de lo que podría ser un par de meses de alquiler es un esfuerzo importantísimo para los dueños de mascotas. Y no lo es menos su mantenimiento, que según L. ronda entre los doscientos y trescientos euros mensuales de gasto en sus tiendas. Siempre, tengámoslo en cuenta, por personas en el rango de sueldos medianos españoles —más o menos el precio de una operación complicada en un conejo—. El gasto, que es un esfuerzo, es perfectamente comprensible si consideras que tu conejo, tu perro o tu gato es como un hijo para ti. Lo difícil para mí no es comprender que el amor a una mascota pueda llegar a ser igual al que sentimos por otro ser humano, sino aceptar que la sociedad ha empujado a una parte de nosotros a que un animal sea la única alternativa viable para tener una familia.
Tenemos la predisposición genética y los condicionamientos culturales y sociales, como seres humanos, para manifestar empatía y crear lazos con otros seres, y cuando no encontramos manera de dar salida a esta demanda caemos en la depresión y las enfermedades mentales. Por tanto, tiene pleno sentido que en una sociedad en transformación los perros sean otra manera de llenar nuestra predisposición a formar vínculos, familias, tribus. Podría emplear el término tener hijos, pero sería impreciso, muchas parejas decididas a permanecer juntas de por vida han decidido también no reproducirse para ser más felices, pero con una mascota ocupando un lugar destacado en su hogar. El animal de compañía no es un sustitutivo de la descendencia, sino una elección vital.
Con todo, la ciencia trata de explicar si realmente podemos asimilar a las mascotas al papel de hijos, y desde la Universidad de Eötvös Loránd, en Budapest, responden que sí. Los científicos húngaros han estudiado solo el caso de los perros y destacan que tenerlos puede satisfacer el impulso genético humano de cuidar y formar vínculos sociales para continuar la especie. Estamos programados para esto, y podemos llenar el vacío de no estar haciéndolo a través de la mascota. Lo importante, en el caso del perro, es que establecemos conexión emocional con un ser dependiente, que necesita de nosotros para sobrevivir, como un niño pequeño. Eso nos proporciona emociones positivas, apoyo social y el sentido de propósito necesario en una vida, siempre según este análisis húngaro. Añaden que es lo mismo que experimentan los padres con sus hijos, con la ventaja de que un perro es mucho más fácil de controlar y cuidar que un niño.
Arturo Pérez-Reverte señala en Perros e hijos de perra que no hay compañía más silenciosa y grata que la de un perro, ni amor más fiel que el de los cinco que ha tenido, y que no aguanta comparación con las personas que se han relacionado con él a lo largo de su vida. El académico, bien conocido por su agrio carácter, renegaría de las palabras perrijos y gatijos y me tiraría el diccionario de la RAE a la cabeza por decir que él está esencialmente de acuerdo con estas nuevas parejas o familias monomarentales, o monoparentales, formadas por un humano y un animal. Y eso es lo importante, que puedes estar en desacuerdo, o atónito por este fenómeno social, y al mismo tiempo entenderlo a la perfección si alguna vez tuviste una mascota.
Además, nos señala el estudio de Hungría, el perro es un animal especial que ha aprendido a mostrar una amplia gama de comportamientos sociales equiparables a los de los niños en la edad preverbal. Podemos equiparar los chapurreos y gorgoritos del bebé con los ladridos, gañidos y lloros del perro por la simple razón de que producen la misma respuesta automática en nosotros. Ese pensamiento universal de «qué monos son». Obviamente, esto tiene un componente comercial explotable desde el capitalismo, así que en algunas razas se ha llevado al extremo mediante una crianza selectiva que potencia el rasgo infantil extremo. Las variantes modernas de razas como los pugs y los bulldogs franceses transmiten a nuestro cerebro la idea de que estamos ante un ser indefenso e inofensivo. Es el fenómeno de la neotenia que tan claramente nos han explicado Eudald Carbonell y Juan Luis Arsuaga sobre los descubrimientos hechos en Atapuerca. Consiste en mantener nuestros rasgos infantiles para reducir la agresividad de los demás, y, generación tras generación, en la larga marcha de millones de años sobre nuestros dos pies, hemos ido adquiriendo una apariencia más y más aniñada. Fomentando, con la cría selectiva, que nuestros perros adquiriesen esa misma neotenia.
Con todo, los críticos con el estudio de la Universidad Eötvös Loránd señalan que hay un sesgo en el mismo, solo una pequeña minoría de propietarios de perros trata a sus mascotas como si fueran hijos humanos. Los dueños de perros eligen perros porque no son como los niños y tienen necesidades específicas por pertenecer a otra especie. Además, en las sociedades occidentales influidas por el cristianismo la vida animal continúa teniendo menor valor que la humana, así que en general sentimos rechazo hacia la idea de que un perro y un hijo sean lo mismo. El contexto sociocultural es crucial para comprender la relación que establecemos con los animales, y especialmente con las mascotas. También el empresario levantino, L., me señala que este fenómeno, según ha escuchado a otros compañeros en las ferias donde se reúnen dueños de tiendas de mascotas de toda la península, solo se ha manifestado de manera virulenta en el Levante español, y ahora se está extendiendo por Andalucía. No hay síntomas de que ocurra en el área central ni en el norte.
Pero todo esto lleva ocurriendo mucho más tiempo de lo que creemos, y de forma universal. El primer perro de compañía del que tenemos noticia ha sido identificado en un yacimiento de Turquía datado en quince mil ochocientos años, por tanto anterior al empleo de la agricultura y la ganadería. No solo es el ejemplar domesticado más antiguo, fue enterrado junto al resto de miembros de la familia como uno más, y sus huesos tienen marcas de cortes y de dientes que implican que fue consumido, en esa práctica ritual de enterramiento propia del Paleolítico, comerse a los muertos. A aquel perro se le dio el mismo tratamiento que a los niños, ancianos, hombres y mujeres que fueron sepultados para mitigar el dolor de los vivos por haberlos perdido. Fue, también, el primer perrijo.
Yo tengo gatos. Tres, para ser exactos. Los cuido, los alimento y los quiero. Siento su presencia e interacciono con ellos porque me hace feliz. No quiero hijo, nunca los quise. Casi entro en el proceso de adopción de un churumbel por mera presión familiar y sólo me detuve cuando fui consciente del masivo acto egoísta que estabamos a punto de cometer con otro ser humano. No estoy preparado para ser padre, nunca lo estuve y no creo que necesite estarlo. Ser padre exige mucha mas dedicación, tiempo y entrega que 3 gatos o 300. Mi visión del problema es que hay gente con niños que no debería tener ni un pez de colores, que no miran para ellos, que le entregan su educación a una pantalla y que han elegido tener hijos como el que tiene un canario flauta. El problema no es tratar al perro como un hijo, sino tratar a tu hijo como a un perro.