Cómo y por qué hacer lentejas germinadas

Producir nuestro alimento puede contaminar más de lo que creemos. Ante la duda, elegir opciones de origen vegetal es lo que mejor minimiza el sufrimiento, tanto animal como ambiental. En este empeño, no debemos olvidar las proteínas vegetales cuya forma más simple son las semillas y las legumbres.

Una forma sabrosa de comer legumbres es en su versión germinada. Los germinados son semillas que han iniciado el proceso de brotación. Esto activa enzimas y modifica su perfil nutricional, haciéndolas más digestivas y nutritivas. En muchos casos, aumentan las vitaminas y los antioxidantes; y se reducen los antinutrientes.

Germinar legumbres (lentejas, garbanzos, alubias, etc.) es un proceso sencillo y divertido que te vamos a explicar aquí, para que te alimentes con proteínas vegetales de calidad.

Germinados de lentejas, paso a paso

Las lentejas germinadas se pueden usar en multitud de platos: como ingrediente principal, como guarnición o como un original y sabroso adorno. Son como lechuga, con más proteína y mayor versatilidad. Añádelas a ensaladas, tostadas, bocadillos, salteados, wraps, sopas o como adorno final en cremas o en el salmorejo cordobés (o porra antequerana).

Es muy simple hacer lentejas germinadas en casa:

  1. Coloca las lentejas en un vaso o tarro, sin superar un tercio de su capacidad. Ten en cuenta que crecerán mucho en volumen.
  2. Añade agua hasta dejarlas sumergidas. Déjalas en remojo entre 8 y 12 horas. Esto despierta la semilla más rápidamente. Si te saltas este paso, se tarda más.
  3. Cubre el recipiente con un trozo de media o una una tela fina. Usa una goma elástica para fijarla. Esto te facilitará el proceso de escurrir.
  4. Escurre completamente el agua. Si has puesto la media y la goma, esto es tan fácil como dar la vuelta al vaso y sacudir ligeramente varias veces.
  5. Sumerge las semillas de nuevo en agua, remueve un poco y vuelve a escurrir.
  6. Déjalas escurrir bien sobre un plato hondo y poniendo el recipiente con las lentejas  invertido e inclinado sobre el borde del plato. Lo importante es que el agua pueda drenar. Las semillas deben mantenerse húmedas, pero no encharcadas.
  7. Dos veces al día debes enjuagarlas: echar agua, remover, escurrir y volver a poner el vaso invertido en el plato.
  8. En 4-5 días, tendrás tus brotes. Lo óptimo es cuando el brote mida entre 0,5 y 1 cm. Tú decides cuándo comerlas. Continua en el paso anterior si quieres un sabor más intenso.
  9. Escurre bien al final y guarda en el frigorífico en un bote bien cerrado. Consume en un máximo de cinco días.

Observaciones:

Este vídeo habla sobre vegetarianismo, veganismo, flexitarianismo y sus razones.

Este vídeo te da 4 argumentos para comer menos alimentos de origen animal.

  • Coloca el tarro en un lugar con luz indirecta o penumbra (nunca al sol). La semilla no necesita luz para germinar. La luz puede favorecer bacterias o moho. Cuando ya han brotado (el último día), puedes ponerlas en un lugar con más luz indirecta. Esto hace que salgan mejor las hojitas verdes (más clorofila) y que tengan un sabor distinto, más fresco.
  • El principal riesgo es el moho. Por eso, es importante enjuagar bien en cada lavado, remover bien con suficiente agua.

Reducir el consumo de carne y pescado a cero puede ser muy complicado. Sin embargo, es fácil cocinar platos veganos cada vez con más frecuencia. Otra opción es hacer que los ingredientes animales sean solo secundarios o reservarlos para ocasiones puntuales. Nos sobran argumentos para reducir la comida de origen animal.

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No quiero proteger al medio ambiente: quiero un mundo en el que no tenga que ser protegido

Hay frases que no solo expresan una opinión: desnudan un problema entero. “Yo no quiero proteger al medio ambiente, yo quiero crear un mundo donde el medio ambiente no necesite ser protegido” es una de ellas. Porque en realidad señala una contradicción enorme de nuestra civilización: hemos llegado a un punto en el que destruir la trama de la vida se ha vuelto tan normal, tan estructural, tan cotidiano, que ahora incluso el simple hecho de evitar su ruina nos parece una tarea heroica. Y no debería ser así.

No debería hacer falta “proteger” ríos frente a nuestra codicia. No debería hacer falta “salvar” bosques frente a nuestras máquinas. No debería hacer falta “conservar” animales frente a una expansión humana que todo lo invade, lo cerca, lo contamina o lo mercantiliza. El mero hecho de que usemos constantemente ese lenguaje ya revela que algo profundo está enfermo en nuestra manera de habitar la Tierra. Porque una cosa es cuidar la vida, y otra muy distinta vivir de tal manera que la vida necesite ser defendida sin descanso de nosotros mismos.

Ahí está la raíz del problema. El mundo moderno ha tratado la Tierra no como una comunidad viva, sino como un escenario de extracción. Los montes fueron convertidos en madera potencial. Los ríos en caudales aprovechables. Los animales en piezas útiles, en estorbos o en cifras. El suelo dejó de ser suelo para pasar a ser superficie productiva. Y la palabra “naturaleza”, que debería despertar reverencia, fue reducida muchas veces a una categoría administrativa, a una parcela separada de lo humano, como si la vida fuese algo que está ahí fuera y no la gran matriz de la que dependemos.

Por eso la frase del título tiene tanta fuerza. Porque no se conforma con pedir remiendos. No se resigna a ese modelo donde primero se hiere la Tierra y luego se organiza una campaña para evitar que sangre demasiado. Va más al fondo. Plantea una transformación de la mirada y del orden social. No dice simplemente “hay que proteger más”. Dice algo mucho más exigente: hay que dejar de organizar el mundo contra la vida.

Ese es el punto decisivo. Un mundo justo no sería aquel en el que unos pocos técnicos, activistas o guardas forestales corrieran de un lado a otro intentando salvar lo que queda. Un mundo justo sería aquel en el que los bosques no estuvieran permanentemente amenazados por la lógica del beneficio, en el que los ríos no fueran cloacas toleradas, en el que las criaturas salvajes no tuvieran que vivir acorraladas entre carreteras, venenos, alambres y disparos, en el que el crecimiento humano no se considerara automáticamente más importante que la continuidad de todo lo demás.

La grandeza de esta idea es que desplaza el centro moral. Ya no se trata de ver al ser humano como el héroe que protege una naturaleza débil e inferior. Esa imagen sigue escondiendo arrogancia. Sigue colocando al hombre arriba, como si la Tierra fuera una víctima pasiva que espera ser rescatada por nuestra buena voluntad. No. La cuestión verdadera es mucho más humilde y mucho más radical: nosotros somos la especie que ha desajustado el equilibrio y, por tanto, la tarea no es erigirnos en salvadores, sino dejar de comportarnos como fuerza de devastación.

Eso lo cambia todo. Cambia incluso el tono de la ética. Porque entonces cuidar deja de ser un gesto paternalista y pasa a ser una forma de justicia. Respetar un bosque no es hacerle un favor. Dejar vivir a un río no es una concesión generosa. Permitir que una especie siga existiendo no es un acto de caridad humana. Es simplemente reconocer que no somos dueños del mundo y que la vida no necesita justificarse ante nosotros para merecer seguir siendo.

En realidad, un mundo donde el medio ambiente no necesite ser protegido sería un mundo mucho más profundo que cualquier programa verde superficial. Sería un mundo donde la economía no funcionaría como una maquinaria de saqueo con lavado de imagen; donde el lenguaje no encubriría la destrucción con palabras bonitas; donde no se alabaría como progreso todo aquello que mutila montes, seca acuíferos o llena el aire de veneno; donde la técnica no se mediría solo por lo que puede hacer, sino por lo que debería abstenerse de hacer; donde la educación enseñaría desde la infancia que un árbol no es un objeto vertical, que un animal no es una cosa con patas y que la Tierra no es una herencia recibida para ser consumida, sino una comunidad antigua de la que formamos parte.

Y aquí aparece también una verdad incómoda: no basta con amar la naturaleza en abstracto. No basta con emocionarse ante una secuoya gigantesca, una montaña o un lobo. No basta con hablar de armonía si luego seguimos aceptando las estructuras que la hacen imposible. La frase del título no invita solo a sentir. Invita a cuestionar; a desmontar una normalidad enferma; a sospechar de una civilización que necesita parques “protegidos” porque todo lo demás está disponible para la agresión permanente.

Quizá por eso conmueve tanto la escena del niño abrazando el tronco inmenso. Ahí hay una intuición sencilla y poderosa: el ser humano no se engrandece cuando domina lo gigantesco, sino cuando es capaz de reconocerlo, de acercarse con humildad, de sentirse pequeño sin sentirse humillado. Ese niño, junto al árbol, no parece un conquistador. Parece un ser que todavía recuerda algo esencial: que hay presencias vivas ante las cuales lo digno no es mandar, sino guardar silencio y tocar con respeto.

Eso es justamente lo que hemos olvidado. Hemos olvidado que la Tierra necesita más que administradores, habitantes decentes. Hemos olvidado que la vida florece mejor cuando se la deja ser que cuando se la planifica sin alma. Hemos olvidado que muchas veces el acto más noble no es intervenir más, sino retirarse a tiempo, contenerse, renunciar al impulso de apropiación (renaturalizar). Y hemos olvidado, sobre todo, que el mundo vivo posee un valor intrínseco, independiente de nuestra utilidad, de nuestras necesidades o de nuestros mercados.

Por eso, la frase no debería leerse como una consigna ingenua, sino como una aspiración civilizatoria. Habla de un horizonte moral mucho más alto que el simple conservacionismo de emergencia. Habla de una sociedad reconciliada con el latido de la Tierra; de una cultura que no convierta en excepcional el respeto; de un orden humano en el que cuidar no sea apagar incendios incesantes, sino vivir de entrada de una forma que no los provoque.

Ese sería, verdaderamente, un mundo más sabio. Un mundo donde los árboles no fueran gigantes amenazados que admiramos en fotografías porque hemos talado a sus hermanos; donde los ríos no tuvieran que ser defendidos de quienes deberían aprender de ellos; donde lo salvaje no fuese tolerado como reliquia, sino reconocido como parte indispensable de la plenitud del planeta; donde la palabra “proteger” fuese cada vez menos necesaria porque habríamos dejado, al fin, de organizar nuestra existencia contra la comunidad de la vida. Tal vez ahí resida la esperanza más digna: no en convertirnos en héroes ambientales, sino en llegar a ser, de una vez, una especie menos soberbia. Una especie capaz de comprender que la Tierra no pide tutela. Pide respeto. No pide compasión desde arriba. Pide que cesemos en nuestra guerra contra lo viviente. No pide discursos. Pide límites, reverencia y verdad. Y quizá el verdadero comienzo de esa transformación sea este: dejar de pensar que proteger la naturaleza es una misión noble del hombre civilizado y empezar a entender que la auténtica nobleza consistiría en vivir de tal manera que la Tierra no tuviera que defenderse de nosotros.

David Næs
Bloguero en Voces de la tierra sagrada

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La estupidez de usar globos de helio o papel de aluminio

El helio (He) es un gas noble que prácticamente no reacciona con otras sustancias (es inerte). Es casi siete veces más ligero que el aire y el segundo elemento más ligero del universo, solo por detrás del hidrógeno. Además, no es inflamable y tiene su punto de ebullición extremadamente bajo. Estas propiedades hacen que el helio se use en multitud de aplicaciones, entre ellas:

  1. Inflado de globos y dirigibles. Aunque el hidrógeno es aún más ligero que el helio, es peligroso porque es inflamable.
  2. Medicina. El helio se utiliza en máquinas de resonancia magnética (RM) y en tratamientos para problemas respiratorios.
  3. En la industria tiene aplicaciones muy diversas como para evitar reacciones químicas con el aire, proteger materiales sensibles como el aluminio o el titanio, detectar fugas, fabricar chips y fibras ópticas, así como en la industria aeroespacial o para enfriamiento extremo (criogenia, gas fundamental en equipos que requieren temperaturas cercanas al cero absoluto).

El helio no se fabrica: se extrae de minas

Es un recurso no renovable a escala humana. Es decir, no se puede fabricar fácilmente, sino que se obtiene de yacimientos naturales, sobre todo asociados al metano (gas natural), donde se encuentra mezclado en pequeñas cantidades (a veces menores al 1 %). Para extraerlo de forma industrial se usa un proceso llamado destilación criogénica, en el que la mezcla de gases se enfría a temperaturas muy bajas. Para separar el helio se usa la propiedad de que cada gas se licua a distinta temperatura. Este proceso es muy costoso energéticamente (cada kilo de helio requiere entre 50 y 150 kWh de energía), pero es el único método viable a gran escala.

El helio es un recurso limitado y es fácil que se escape de los yacimientos, ascienda por la atmósfera y se pierda en el espacio. Una vez liberado, no existe tecnología para recuperar el helio disperso en el aire.

Es un recurso tan sensible desde el punto de vista energético y geopolítico que algunos países tienen reservas estratégicas de helio. La más importante es la Reserva Nacional de Helio en Estados Unidos, ubicada en Texas. También destacan Qatar, uno de los principales productores actuales, así como Rusia y Argelia, entre otros.

Un costoso recurso usado en fiestas para niños🎈

Producir helio para un solo globo de fiesta requiere entre 0,12 y 0,36 kWh, energía suficiente para mantener una bombilla LED encendida hasta 30 horas o cargar un móvil hasta 20 veces. A esto deben añadirse otros aspectos como el gasto de transporte o la fabricación de las botellas metálicas de almacenamiento.

Por si el asunto energético no te conmueve, gritemos que el helio de los globitos de tu fiesta no puede recuperarse para ser usado de nuevo. Además, la escasez de helio puede provocar, por ejemplo, retrasos en las resonancias magnéticas y el encarecimiento de procesos médicos, científicos e industriales, donde su uso es insustituible en muchos casos.

Cuando un globo se escapa, asciende a las nubes liberando el helio lentamente. Al final, el globo cae para seguir provocando daños como la contaminación de suelos y mares (con látex, plásticos, pinturas…) o el atragantamiento de especies que los confunden con comida.

El colmo de la estupidez es cuando se inflan multitud de globos con helio y se liberan voluntariamente. El efecto puede ser bonito, pero refleja una inconsciencia descomunal.

Más productos de alto impacto que tiramos sin conciencia

Ese despilfarro inconsciente no ocurre solo con el helio. Mirad:

  1. El papel de aluminio es otro clamoroso caso de producto con alto impacto ambiental, que además contamina los alimentos, afectando a nuestra salud y, encima, se fabrica para ser usado una sola vez.
  2. Baterías de litio que se usan para productos tan efímeros y enfermizos como los vapeadores.
  3. Microplásticos que se usan en cosméticos (barras de labios, cremas, exfoliantes…) y limpiadores.
  4. Envases complejos como el tetra-brick de usar y tirar.
  5. Poliestireno expandido (EPS, corcho blanco o poliespán) para envases baratos de comida.

Es la misma inconsciencia de la que se hace alarde cuando producimos carne industrialmente o cuando volamos en avión de vacaciones. Nuestros herederos no entenderán por qué hicimos tan mal las cosas.

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Libro Mentalidad emprendedora de Carlos Martínez: resumen y críticas

Portada del libro de Carlos Martínez. Abajo tienes la foto en Instagram de una página interesante.Esta obra (2025) examina diez personajes reales que han influido notablemente en la vida del autor. De cada uno de ellos, extrae y explica diez aprendizajes importantes. En general, son lecciones valiosas para cualquiera —no solo para emprendedores—, aunque el título no deja lugar a dudas del objetivo principal del autor.

De forma sintética, los aprendizajes de cada personaje son los siguientes. Recomendamos tomarse un tiempo para reflexionar en cada uno.

1. Marcos Vázquez (divulgador de salud español)

  • Recomienda tener presente que vas a morir y, justo por eso, merece la pena vivir sin miedo. Este y otros aprendizajes proceden del estoicismo, particularmente de Epicteto y Marco Aurelio.
  • Vive conociendo lo que puedas controlar. Sé consciente de lo que puedes controlar y de lo que no. Cuando disparas una flecha, pierdes el control de ella. Pero no olvides que puedes controlar tu entrenamiento y cómo disparas, y no lo que ocurre después.
  • El movimiento como medicina, porque es la fortaleza del mañana. El cuerpo está diseñado para moverse. Si no te mueves, enfermas.
  • Eres lo que comes. Comer bien es una de nuestras cuatro claves para vivir mejor.
  • Rodearse de buena gente no garantiza el éxito. Pero rodearse mal, casi siempre garantiza el fracaso.
  • Somos naturaleza y cuanto más lo olvidamos, peor vivimos. ¿Sabías que pasear por un bosque ayuda a sanar?
  • Duerme bien. El descanso es lo que hace posible vivir de verdad. De hecho, es otra de las cuatro claves que te permitirán duplicar tu sueldo.
  • Hacer ejercicio es también otra de esas claves, pero aquí Carlos Martínez concreta en lo importante que es entrenar fuerza para cuidar de nuestro yo futuro.
  • Quien evita la incomodidad, evita también la fortaleza.
  • Cuida tu mentalidad cada día, porque si no, terminarás siguiendo el camino del rebaño.

2. Marian Rojas (médica psiquiatra y escritora española)

  • No puedes cambiar el pasado ni controlar el futuro. Conectar con el presente es lo único que depende de ti.
  • Conócete a ti mismo: no hay en la vida aventura más transformadora.
  • Gestiona tu estrés. Controla tu cortisol. Pre-ocuparse es entregar tu salud a problemas que quizás nunca ocurren.
  • Perdonar no cambia el pasado, pero puede cambiarte a ti.
  • Piensa cosas bonitas de ti y que te inspiren. Hablarte mal, criticarte a ti mismo, no te hace más fuerte y te aleja de lo que podrías llegar a ser.
  • La verdadera felicidad no suele ir de la mano de lo cómodo.
  • Perseguir lo fácil te está robando la vida que sueñas. Lee el Elogio del sufrimiento.
  • Cuida tu batería mental como cuidas la de tu móvil, para no apagarte. Haz cosas que te recarguen. Esta es la última de las cuatro claves básicas para una vida feliz.
  • No subestimes el poder de quien te hace sentir bien, tus personas vitaminas. Puede que sea lo más parecido a la felicidad.
  • Haz que te pasen cosas buenas y, para ello, debes saber qué cosas son. Apúntalas. Tener claro lo que quieres te hará tomar decisiones que te acerquen a ese objetivo.

3. Pedro Buerbaum (empresario español)

  • La libertad empieza el día que asumes la propiedad de tu vida. Recomendamos estudiar bien la palabra libertad, porque es fácil malinterpretarla.
  • No esperes a ser como quieres ser: empieza a actuar como si ya lo fueras. Con el tiempo, lo serás.
  • Intercambiar tiempo por dinero es una trampa disfrazada de seguridad.
  • Mientras esperas que todo sea perfecto, otros ya lo están haciendo de manera imperfecta.
  • El único fracaso real es convencerte de que está bien quedarte donde no quieres estar.
  • Si conectas con tu propósito, hasta los momentos difíciles tienen sentido.
  • A veces, llamamos perseverancia a lo que en realidad es miedo a reconocer que nos hemos equivocado.
  • En la vida y en los negocios, los grandes logros nunca fueron cosa de uno solo.
  • La viralidad casi siempre empieza con una emoción.
  • No hay pastilla que cambie más tu vida que una dosis de vitamina D de Disciplina.

4. Isra Bravo (copywriter español)

  • Vender es ayudar a otras personas a entender cómo lo que haces puede mejorar su vida.
  • No busques la aprobación de los demás.
  • La atención es importante. Observa lo que hace todo el mundo y haz justo lo contrario.
  • Satisface tu curiosidad.
  • Vende siempre diciendo la verdad.
  • Una buena historia ayuda a vender más que un buen catálogo de propiedades.
  • El miedo a perder es más fuerte que el deseo de ganar. Si tus potenciales clientes ven que van a perder una oportunidad, estarán más favorables a comprar.
  • Vende beneficios, no características. La gente no compra el camino, sino cómo se sentirá al llegar.
  • Repetir y no rendirse es importante. Por eso, la publicidad se basa en repetir el mensaje una y otra vez. Y funciona.
  • Si vas a vender, no muestres que necesitas que te compren. Como en la vida, cuanto menos lo necesites tú, más te querrán.

5. Fernando Miralles (experto español en comunicación)

  • La palabra, el arma más poderosa.
  • Persuadir es querer lo mejor para ambos. Manipular es quererlo solo para ti.
  • Todos pecamos y quien sabe leer el pecado principal de su potencial cliente tendrá la llave para vender más, negociar mejor y conectar con la verdad, porque puedes hablarle mejor de sus necesidades y esperanzas.
  • Nada une más a las personas que tener algo o alguien contra lo que luchar juntos.
  • La simplicidad es la mejor forma de ser escuchado, entendido y recordado.
  • Aprende a comunicar adecuadamente: lenguaje no verbal, evitar muletillas, escuchar al otro…
  • Eres una marca y ese puede ser tu verdadero poder.
  • Nadie quiere que le vendan algo, sino tener la sensación de que eligieron ellos.
  • A comunicar, se aprende comunicando. La práctica vence al miedo.
  • Piensa antes de creerte algo. Sin pensamiento crítico, otros pensarán por ti.

6. Ilia Topuria (luchador de artes marciales mixto hispano-georgiano)

  • Un campeón no controla el resultado, controla su preparación.
  • El único miedo que debería importar es mirar atrás y ver que no has mejorado nada.
  • Si no estás dispuesto a aumentar el sacrificio, tendrás que reducir el deseo.
  • Confía en ti mismo. Quien confía en sus alas, no teme que se rompa la rama.
  • Las grandes batallas forjan grandes guerreros. No temas la adversidad.
  • Quien deja de aprender, empieza a perder. Invierte siempre en formación.
  • Quien no es feliz en el camino, tampoco lo será al llegar al destino. Es normal obsesionarse con la meta, pero no dejes de disfrutar.
  • Para llegar a donde quieres llegar, primero tienes que imaginarlo, preferentemente con detalle.
  • Lo que criticas en otros habla más de ti que de ellos.
  • La paciencia no retrasa tus sueños, los protege.

7. Yaiza Canosa (empresaria española)

  • El éxito en los negocios no viene de una buena idea, sino de una buena ejecución.
  • El éxito no es dejar de trabajar, sino trabajar en algo que nunca quieras dejar.
  • No seas un jefe. Sé un líder. El jefe tiene subordinados. El líder crea compañeros de batalla. Si esto te ha gustado, tal vez quieras también leer cinco ideas para empresas y empleados.
  • Quien no tiene hambre de mejorar, termina devorado por la mediocridad.
  • No todo el mundo sirve para emprender, pero cualquiera puede pensar como un emprendedor.
  • Para colaborar contigo, ficha a las mejores personas.
  • Quien habla de suerte es porque nunca ha conocido la perseverancia.
  • Emprender en soledad te da libertad, pero en compañía tienes más fuerza.
  • El éxito es acostarte tranquilo y levantarte con ganas.
  • Lo que admiras en otros, lo imitas. Y lo que imitas acaba moldeando tu manera de pensar, de trabajar y de vivir. Por tanto, cuida a quién admiras.

8. Rafa Nadal (tenista español)

  • Quien no se rinde nunca, está venciendo.
  • Quien rehuye la dificultad, huye también de la felicidad.
  • Lo importante no es lo que logras, sino en quién te conviertes al intentarlo.
  • Sé leal a tus valores¿Cuánto cuesta tener principios?
  • Quien vive de excusas, muere sin victorias.
  • Ser ejemplar es más elocuente y efectivo que mil discursos.
  • Las verdades que más incomodan son las que más nos hacen crecer. Pídeles a los tuyos que sean sinceros contigo y acepta las críticas.
  • Nadie triunfa por su talento inicial. Hay que trabajar.
  • Sin dificultad no hay crecimiento personal.
  • No hay satisfacción más grande que saber que lo diste todo, que te esforzaste.

9. José Elías (empresario español)

  • Ganar el primer millón es el más difícil, porque tienes que ganarte a ti mismo.
  • No elegimos dónde nacemos, pero sí cómo vivimos.
  • Las crisis nos enseñan grandes lecciones.
  • Para ganar, tienes que reducir al máximo el tiempo entre pensar y actuar.
  • El que domina la pregunta, domina la negociación. Y para ello, hay que escuchar más que hablar.
  • La competencia es fantástica si observas lo que hace. No te creas más listo que el mercado.
  • Hay que pensar a largo plazo, en años.
  • Quien no sabe delegar, tiene 24 horas. Quien aprende a hacerlo, tiene muchas más.
  • Diversifica tus negocios para vivir con menos miedo y más libertad.
  • La riqueza no se mide en dinero, sino en libertad. Dependiendo de lo que quieras hacer, necesitarás o no dinero, porque la felicidad viene más de necesitar poco que de satisfacer necesidades extravagantes.

10. Sergio Fernández (divulgador y conferenciante español)

  • Tu tiempo y tu libertad son tu mayor riqueza. Piensa bien a quién se lo estás entregando.
  • El dinero no cambia a las personas. Solo revela la raíz de lo que ya son. El dinero es solo una herramienta que puede emplearse bien o mal. Y en todo caso, no te la puedes llevar al morir.
  • Tú decides si hablarte desde la escasez o desde la abundancia.
  • Quien desperdicia tiempo, regala su mayor fortuna.
  • El dinero compra cosas; pero los activos (aquello que te provoca ingresos) compran tu libertad.
  • Quien controla su dinero, controla su vida. Según esto, es importante organizar bien a qué se dedican los ingresos. Por ejemplo, propone donar el 10 % de los ingresos a apoyar causas nobles o a quien lo necesite, sin esperar nada a cambio. Curiosamente, es el mismo porcentaje que propuso Peter Singer.
  • La vida pesa menos cuando cargas solo con lo que te corresponde. No ayudes ni des consejos a quien no te los ha pedido. Lo que sí puedes hacer es ofrecerte a ayudar, de forma educada y sutil.
  • La mayor fuerza del universo es la constancia multiplicada por el tiempo.
  • Quien quiera peces, que se moje el culo. Quien quiera dinero, que aporte valor.
  • El verdadero patrimonio de un ser humano no está en sus bienes, sino en su conocimiento. Invierte en aprender más y más.

Terminamos con tres críticas que no pretenden desmerecer este magnífico libro:

  1. Carlos Martínez sostiene que los impuestos son abusivos y que todos damos al Estado demasiado dinero. Es una opinión peliaguda y que no se puede soltar sin hablar de todo lo que el Estado nos ofrece: carreteras, hospitales, colegios, universidades, seguridad, policía, transportes (trenes, aeropuertos…), etc. Solo alguien que no usa ni haya usado nada de esto está en condiciones de criticar los impuestos abiertamente. Por otra parte, a todos nos interesa que en nuestra sociedad no haya pobreza extrema (por justicia, por solidaridad, por tener mayor seguridad, etc.). Es evidente que el dinero público beneficia tanto a los ricos como a los pobres, lo cual no impide exigir que se use adecuadamente.
  2. El autor propone invertir en fondos indexados rentables sin dedicar ni una palabra a la ética de tales inversiones. Muchos fondos de inversión contribuyen directamente al mundo asombrosamente injusto en el que vivimos, porque invierten en negocios de armas o en industrias altamente contaminantes. Aquí tienes un breve análisis de las empresas del IBEX-35.
  3. El libro critica el sistema de pensiones como algo insostenible, lo cual es falso porque se basa en un acuerdo intergeneracional. Será insostenible si nos negamos a que sea sostenible. Somos nosotros, como sociedad, los que hacemos que sea o no sostenible, porque depende de nosotros. Los que trabajamos ahora, pagamos las pensiones de nuestros mayores y, cuando lleguemos a mayores (si con suerte llegamos), serán los que estén trabajando los que nos pagarán a nosotros. Es un principio de solidaridad entre generaciones muy bonito y que funciona, más o menos bien, si lo gestionamos bien. Lo que es casi una estafa son los planes de pensiones privados, porque el dinero que inviertes se devalúa con el tiempo, apenas superan la inflación y tienen comisiones exageradas.

♦ Información de tu interés:

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Monetizar

Lee estos retos asequiblesEs una palabra de moda, aunque seguro que se practicaba incluso antes de inventar las monedas. Todo se quiere monetizar: desde el odio a los inmigrantes hasta la crisis climática (mediante aseguradoras y compensaciones de emisiones), pasando por las zonas protegidas (con caza y turismo) y el apagón de España.

Algunos humanos tienen la obsesión de intentar convertir en dinero cualquier cosa. Si publican fotos o vídeos, quieren cobrar como influencers (mejor en Andorra para pagar menos impuestos, aunque no renuncien a los servicios públicos de España: hospitales, aeropuertos…). Los que escriben ansían publicar libros para ganar mucho. Si cantan, quieren vender canciones. Si pintan, querrán vender cuadros. No todo tiene precio.

Las instituciones también caen en este error. En una zona turistificable, hay que maximizar el negocio sin medir si nuestra gente malvive explotada por la industria turística. Sabemos que el turismo es un negocio que no enriquece a una región, sino que la somete. Ahí están Canarias y Andalucía, destinos entre los más visitados del mundo y, a la vez, también están entre las comunidades más empobrecidas del país.

No es malo intentar ganar dinero. El problema es no pensar en las consecuencias. Y también obsesionarse bajo el influjo de gurús y emprendedores que te digan que «conseguirás todo lo que te propongas», aunque para ello tengas que amargarte la vida como inversión. Emprender está bien, pero es justo reivindicar el placer de actuar sencillamente por algo que pensamos que debe ser hecho. Sin esperar recompensa (al estilo karma yoga).

Hace unos días participé en una plantación de árboles organizada por voluntarios de WWF en Málaga, por la Universidad de Málaga y por el Ayuntamiento de Mijas. Los que fuimos hasta la Sierra de Mijas no pensamos en ganar dinero plantando algarrobos, acebuches, lentiscos y encinas. La mayoría eran jóvenes estudiantes universitarios que, seguramente, no volverán a aquel paraje para disfrutar de los árboles plantados. Es decir, hay personas —muchas de ellas jóvenes— comprometidas con el medioambiente y con hacer cosas que no se van a monetizar. Que sirvan de ejemplo.

De ahí que merezca la pena cuidarse de las obsesiones, para no perdernos, por su culpa, las mejores partes de la vida. Si te gusta escribir, escribe —y publica—; mucho mejor sin pensar en monetizar. Pinta como si no quisieras vender tu obra y baila como si nadie te estuviera mirando. Que nadie compre tu libertad.

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Progreso tecnológico y felicidad

«Habría que preguntarse por qué esas tribus pérdidas que viven prácticamente cómo lo hacían en el Paleolítico, son infinitamente más felices y sanas que las denominadas sociedades avanzadas con toda la tecnología y las comodidades a su alcance».
Félix Rodríguez de la Fuente.

La búsqueda de la felicidad se ha convertido en uno de los grandes relatos de la sociedad contemporánea. Se nos repite con insistencia que el progreso material, el desarrollo tecnológico y el crecimiento económico constituyen el camino natural hacia una vida más plena. Sin embargo, a medida que las sociedades avanzadas se transforman y la tecnología ocupa un lugar cada vez más central en la vida cotidiana, surge una pregunta que merece una reflexión profunda:

¿Hasta qué punto ese progreso nos acerca realmente a la felicidad?

En muchas regiones del mundo desarrollado la vida transcurre hoy casi por completo en entornos urbanos. Ciudades densamente pobladas, ritmos de trabajo acelerados y una creciente digitalización han configurado una forma de vida profundamente distinta de la que acompañó a la humanidad durante la mayor parte de su historia. En este nuevo escenario, la naturaleza ha pasado a ocupar un lugar marginal. Para millones de personas el contacto con el entorno natural se reduce a espacios verdes fragmentados o a experiencias ocasionales durante el tiempo libre.

Esta transformación no es únicamente paisajística. La distancia creciente entre el ser humano y su entorno natural implica también una ruptura cultural y emocional con los procesos ecológicos de los que dependemos. Durante milenios, la vida humana estuvo integrada en los ritmos del territorio: las estaciones, los ciclos del agua, la presencia de fauna y la dinámica de los ecosistemas formaban parte del horizonte cotidiano. Hoy, sin embargo, una parte significativa de la población vive prácticamente ajena a estos procesos.

La desconexión con la naturaleza no es un fenómeno trivial. Numerosos estudios científicos han señalado que el contacto regular con entornos naturales tiene efectos positivos sobre la salud física y mental. La exposición a paisajes naturales reduce el estrés, mejora la capacidad de concentración y favorece el bienestar psicológico. Por el contrario, la vida en entornos excesivamente artificiales puede contribuir a aumentar la ansiedad, la fatiga mental y la sensación de alienación.

Este contraste plantea una cuestión fundamental: si el progreso tecnológico ha mejorado de manera indiscutible muchos aspectos de la vida humana, ¿por qué persiste una sensación generalizada de insatisfacción en muchas sociedades desarrolladas? La respuesta probablemente no se encuentra en un rechazo al progreso, sino en la forma en que ese progreso ha sido concebido. Durante décadas se ha asumido que el bienestar humano depende principalmente de la acumulación de bienes materiales y de la expansión tecnológica. Sin embargo, esta visión ignora dimensiones esenciales de la experiencia humana.

En este contexto adquieren especial relevancia las reflexiones de figuras como Félix Rodríguez de la Fuente, que dedicó buena parte de su vida a recordar la profunda relación entre el ser humano y el mundo natural. Para él, la naturaleza no era simplemente un escenario exterior ni un recurso utilitario, sino el marco fundamental de nuestra existencia. Sus palabras siguen invitando a replantear una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿qué es realmente lo que valoramos cuando hablamos de felicidad?

La respuesta no puede encontrarse únicamente en indicadores de crecimiento o en avances tecnológicos. La felicidad humana parece estar ligada a elementos más complejos y menos cuantificables: el sentido de pertenencia, la relación con los demás, la experiencia del paisaje y la conexión con los procesos naturales que sostienen la vida. Estos factores no pueden sustituirse mediante innovaciones técnicas ni mediante el aumento indefinido del consumo.

No confundamos felicidad con comodidad

La cuestión, por tanto, no consiste en oponer tecnología y naturaleza como si fueran realidades incompatibles. El desafío de nuestro tiempo es encontrar una forma de convivencia entre ambas que no implique sacrificar el vínculo con el mundo natural. La tecnología puede contribuir a mejorar la calidad de vida, pero debe integrarse dentro de una visión que reconozca los límites ecológicos y la importancia de mantener una relación equilibrada con el entorno.

Esta búsqueda de equilibrio es, en última instancia, una cuestión cultural. Implica revisar las prioridades de la sociedad y preguntarse qué entendemos por progreso. Si el desarrollo tecnológico conduce a una vida cada vez más desconectada de la naturaleza, es legítimo cuestionar si ese modelo responde realmente a las necesidades profundas del ser humano.

Tal vez la verdadera reflexión no consista en preguntarnos cómo alcanzar la felicidad mediante nuevos avances, sino en recordar aquello que siempre ha formado parte de la experiencia humana: la relación con el territorio, el contacto con la vida silvestre, la percepción del paso de las estaciones y la conciencia de pertenecer a un mundo natural que trasciende nuestras propias construcciones.

En un tiempo marcado por la aceleración y la innovación constante, recuperar esa perspectiva puede ser un acto de lucidez. La tecnología seguirá avanzando, pero la pregunta fundamental permanece abierta: si el progreso nos aleja cada vez más de la naturaleza, ¿estamos realmente avanzando hacia una vida más feliz o simplemente hacia una forma distinta de vivir más lejos de aquello que nos hacía sentir parte del mundo?

David Orgaz Barreno
Bloguero en Voces de la tierra sagrada

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La unión de la gente sensata (llámale equis, izquierdas o derechas)

No hace mucho se reunieron dos de los políticos más brillantes del panorama nacional español. Incluso sus oponentes lo reconocen. Ambos pertenecen a partidos distintos, pero coinciden en lo esencial, además de mantener un discurso claro y directo —tal vez con alguna exageración cómica o hipérbole innecesaria—, pero sin bulos y sin pelos en la lengua. Me refiero a Emilio Delgado (diputado en la Asamblea de Madrid por Más Madrid) y a Gabriel Rufián (diputado en el Congreso por ERC).

Lo que estos dos políticos han planteado es algo bastante antiguo: la unión de la izquierda, especialmente teniendo en cuenta que la ley electoral en España es bastante injusta y que difícilmente van a aprobarse algunas de las propuestas para mejorar la representación del pueblo y reducir el número de políticos.

Lo que proponen no es la unión en un único partido nacional, sino un pacto por regiones para que, siguiendo la vigente Ley D’Hondt, se maximice el número de escaños conseguidos. La idea puede funcionar y frenar el envite de la derecha y la ultraderecha con todo lo que esto supone: devaluación del sector público, desprecio por el medioambiente, defensa del machismo, etc. Con respecto a la naturaleza, si ya el PP era un partido peligroso (demostrado sobradamente aquí), con sus nuevos socios —negacionistas impenitentes— la cosa no pinta bien ni para el medioambiente, ni para los animales, ni para nadie, salvo para una minoría que sabe bien lo que quiere y dónde pone su dinero.

Las luchas entre partidos pueden ser muy aburridas. Tenemos que centrar el debate en qué es lo mejor para nuestra sociedad en su conjunto y no para cada votante en particular.

¿Qué pedimos a un partido político digno?

Las ideas aquí expuestas, están AQUÍ en una poesía.

A la gente corriente —currantes o en paro, jóvenes o ancianos— nos da igual que se llamen de izquierdas o derechas. Lo que queremos es compromiso con los problemas reales de las personas y del planeta. Repartidos en tres epígrafes, los siguientes quince puntos que deberían estar en el programa y en la boca de cualquier partido decente:

1. Principios básicos:

  1. Se debe tener claro que el gobierno tiene como principal misión defender a la ciudadanía por delante de cualquier objetivo corporativo. Los intereses empresariales deben estar siempre en segundo plano.
  2. Para garantizar una democracia sana, se deben rechazar todas las formas de dictaduras y todos los golpes de Estado. Por muy razonable que parezca un totalitarismo, imponer un criterio particular a una mayoría nunca será aceptable.
  3. El punto anterior va ligado a condenar cualquier genocidio como el de Palestina y cualquier conflicto armado como el de Irán, el cual no tiene más justificación que querer robar su petróleo (como también ocurrió en Irak o en Venezuela).
  4. Un gobierno digno debe respetar la verdad y combatir los bulos. Para esto, es fundamental una televisión pública libre y objetiva que combata de forma transparente las manipulaciones. Cuando esto no es así, la sociedad se indigna (véanse los casos de la televisión gallega, andaluza o madrileña).
  5. Un gobierno inteligente apoyará la cooperación internacional, sin perjuicio del resto de puntos. Como ha demostrado la Unión Europea, renunciar a beneficios particulares de un Estado a favor de un objetivo común beneficia a la mayoría. Por tanto, avanzar en intereses comunes suele ser mejor que navegar hacia cualquier forma de independentismo egoísta. En este sentido, las declaraciones de la líder del PP europeo, Von der Leyen, deben condenarse por despreciar la legalidad internacional (*).
  6. También pedimos a nuestros políticos respeto por todos los contrincantes. Se debe respetar a los oponentes y ser tolerantes con todas las personas (no con todas las ideologías). Insultar nunca será una forma correcta de argumentar. Y el clásico «y tú más», tampoco.

2. Justicia social y modelo económico:

  1. Maximizar el bien común pasa por fomentar la solidaridad, de forma laica o religiosa. No querremos vivir en un país donde reine el egoísmo y la pobreza. Esto implica:
    • Activar políticas para facilitar la vivienda a los más desfavorecidos (no a políticos y notarios como en Alicante). Cuando se construyan viviendas sociales, estas deben pertenecer siempre al Estado y jamás deben privatizarse.
    • Evitar desahucios y ofrecer alternativas.
    • Ayudas controladas a los desfavorecidos por desastres naturales u otras causas (descuentos en IRPF, en luz, agua…).
    • Aumentar los salarios más bajos (el SMI).
    • También, por supuesto, es deseable una sociedad solidaria con los inmigrantes y comprensiva con su situación. Eso implica un gasto extra del Estado, que nos beneficia a todos. Los que dicen «llévate a los inmigrantes a tu casa», seguro que no quieren meter en su casa los residuos de las nucleares que defienden.
    • En definitiva, intentar reducir la desigualdad es algo que beneficia a toda la sociedad, pues reduce los problemas sociales (delincuencia, fraude, explotación laboral…).
  2. Un gobierno ideal debe apoyar lo público, con especial interés en la educación y la sanidad. La importancia de esto la vemos cada día. Durante la pandemia fue aún más evidente. Hubo lecciones que debimos aprender. Esto también sirve para medir la fortaleza de un gobierno frente a intereses comerciales o especulativos y, por tanto, para medir la salud de una democracia.
  3. Los impuestos deben servir para sufragar los gastos públicos de forma solidaria. Es importante que sean justos y progresivos. Obsérvese que los países con mayor bienestar y menor delincuencia son precisamente los que tienen mayores impuestos, en particular a los millonarios. Subir un pequeño porcentaje a los magnates puede resolver grandes problemas. Y ellos ni lo notan. Para la democracia es positivo permitir que los contribuyentes puedan elegir el destino de parte de sus impuestos. Y el que evada en paraísos fiscales (como algunos influencers) que pague si quiere usar nuestros servicios públicos (hospitales, aeropuertos, etc.).
  4. Reducir la jornada laboral es un acto de justicia universal, dado que hay multitud de inventos que están ahorrando mucha mano de obra (robots, IA, computadoras…). Es preciso reconocer que estos inventos son logros de la humanidad en su conjunto y, por consiguiente, es justo que beneficien a todos y no solo a una minoría.
  5. Deben defenderse los derechos civiles (igualdad ante la ley, libertad de expresión, matrimonio igualitario…) así como la igualdad entre la ciudadanía: feminismo (igualdad entre personas de distinto género), lucha contra el racismo, la aporofobia, etc.

3. Ciencia, medioambiente y bienestar animal:

  1. Las decisiones políticas deben estar, cuando sea posible, avaladas por la ciencia y nunca deben ignorar sus conclusiones para favorecer intereses partidistas.
  2. Una ideología sensata siempre debe estar dispuesta a cambiar y evolucionar. Así, las tradiciones pueden cambiarse para adaptarse a los nuevos tiempos.
  3. Un medioambiente sano no es solo uno de los Derechos Humanos y un bonito artículo de la Constitución Española (art. 45). Nuestra vida, nuestra salud y la de nuestros descendientes dependen de que cambiemos nuestra forma de tratar a la naturaleza. Por tanto, debe ser aislado cualquier partido o ideología que no lo entienda y que no respete lo que dice la ciencia.
  4. Defender los derechos de los animales es también elemental para la dignidad del ser humano. Y también ayudará a mejorar nuestro trato a la naturaleza. ¿Cómo es posible que la tauromaquia esté blindada en España cuando solo el 8 % de los españoles acudió a algún espectáculo taurino en el último año? Además, un 70 % manifiesta tener un interés «mínimo» por estos eventos; y siete de cada diez consideran «totalmente inaceptable» el uso de animales en corridas de toros, eventos que se han desplomado un 60 %. Incluso se han cerrado numerosas plazas.

Si un partido político o una coalición aboga por todo (o casi todo) lo dicho arriba, creo que contará con mi apoyo y con el de muchos otros. No es una cuestión de izquierdas o derechas. Es una cuestión de sensatez y humanidad.

(*) Tras sus esperpénticas declaraciones incitando a abandonar la legalidad internacional, una noticia más reciente dice que Von der Leyen recula ante las críticas y defiende ahora el “compromiso inquebrantable” de la UE con el derecho internacional. Es muy lamentable que tenga que desdecirse porque las críticas han sido feroces y las peticiones de dimisión se cuentan por millares en redes sociales. Es obvio que dijo lo que pensaba y que su amor por el cargo le hace decir lo que tenga que decir. Resulta del todo hilarante que el PP saliera a defender las palabras de Von der Leyen y, ahora que se ha desdicho, el PP calla. Hablar sin pensar es peligroso.

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Lo negarán hasta cuando lo vean

Muchas obras humanas y sociedades enteras han colapsado. El drama es que nos pase a nosotros que nos creemos tan inteligentes.

Muchas obras humanas y sociedades enteras han colapsado. El drama es que nos pase a nosotros que nos creemos tan inteligentes.

El informe Los límites del crecimiento (1972) advirtió que, si continuaban las tendencias de aumento exponencial de industrialización, contaminación, población y consumo de recursos, la humanidad se enfrentaría a un colapso económico y ambiental durante el siglo XXI.

Con los datos del tiempo transcurrido desde entonces, estudios más recientes sostienen que las proyecciones de aquel informe eran bastante acertadas. O sea, que vamos mal.

Algunos niegan que estemos ante un colapso y proponen seguir creciendo como si los recursos planetarios fueran infinitos, como si los costes ambientales no pasaran facturas. La hecatombe no se presentará de un día para otro y no dirá: «Ya he llegado». El colapso surgirá poco a poco: cosas que antes funcionaban dejarán de hacerlo; fenómenos extremos que antes eran excepcionales se volverán habituales. Y buscaremos culpables solo en las distancias cortas, limitando la responsabilidad a lo inmediato y a lo que nos afecta personalmente. Nadie sufrirá todos los efectos, tales como, por ejemplo, estos:

  • En unas ciudades no habrá recursos básicos o subirán de precio (véase hoy el agua en Teherán, Ciudad de México, Delhi, Ciudad del Cabo, etc.).
  • Surgirán problemas sociales que algunos no relacionarán con la escasez: protestas de agricultores, de la clase trabajadora, de fascistas, de pescadores
  • La violencia que quisimos desaprender vendrá con más fuerza.
  • Los estados serán más débiles y unos se comerán a otros.
  • Los dictadores encontrarán ocasiones para imponer su ideología y deshacerse del discrepante.
  • Sufriremos apagones de diversa índole: energéticos, informativos…
  • También aumentarán las migraciones sin que algunos se pregunten por qué.
  • Habrá más desnutrición, más enfermedades y se colapsarán más aún los hospitales (en especial si no fortalecemos bien la sanidad pública).
  • Veremos más y mayores incendios e inundaciones.
  • Acuíferos contaminados por demasiados motivos: cenizas, macrogranjas, salinización, eutrofización…
  • Retrasos para cualquier cuestión. Todo será más lento y con más averías: Internet, trámites, transportes, avances científicos… También será más difícil sacar dinero de un paraíso fiscal, si es que pudiste meterlo.
  • Océanos más embravecidos. Veremos casas devoradas por el mar.
  • Subida de precios, particularmente de ciertos bienes: la vivienda, el suelo, los seguros o el aceite, por ejemplo.
  • La tecnología más moderna será solo para las élites.
  • Inestabilidad política y guerras por recursos (como en Ucrania o los deseos de Trump por Groenlandia).
  • Aumento del paro, de la desigualdad, de la pobreza y, por tanto, también de la delincuencia y de la violencia (también por el calor).

Todo esto, ¿no parece estar más cerca de lo que nos gustaría? No mires solo la opulencia de productos en tu supermercado, gran parte de ellos pura basura. Miremos con profundidad. No permitamos que se busquen más cabezas de turco que métodos justos de redistribución.

Algunos recordarán otras grandes civilizaciones que —a menor escala— también colapsaron. Y cuando estemos en el meollo del colapso, intentando sobrevivir, los ricos se encerrarán con sus guardaespaldas en sus mansiones para morir, no de hambre, sino de aburrimiento. Entonces, tampoco podremos decir: «Ya os lo dije» (como nos explicó Javier Pérez). Los que negaron que lo estábamos haciendo mal, seguirán negando la evidencia y culparán al Putin o al Trump de turno. Y sí, ellos también fueron, son y serán culpables, pero los demás les dejamos hacer y no quisimos unirnos para frenarlos. Tampoco frenamos a esas empresas que nos están amargando el clima, algunas de las cuales presumen de cotizar en el IBEX-35. Y nuestras soluciones quedarán escritas en los pocos libros que logren sobrevivir. Y nos preguntaremos por qué dejamos pasar la ocasión de unirnos.

No quiero acabar en plan pesimista. El futuro nadie lo conoce, porque lo estamos construyendo hoy. El famoso informe de 1972 que referenciábamos al principio también sostuvo que es posible evitar el desastre si se camina hacia el escenario llamado Mundo Estabilizado en el que, si la humanidad cambia sus valores, prioriza la calidad sobre la cantidad, adopta tecnologías apropiadas y redistribuye la riqueza, será posible fijar la población y el bienestar dentro de los límites planetarios. Los cuatro puntos son importantes.

No preguntaré si queréis ir, sino si nos ponemos a caminar hoy. ¿O preferimos, una vez más, aplazarlo para mañana?

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La anomalía humana y el mito del derecho a dominar

El mayor error no ha sido industrial.
No ha sido tecnológico.
No ha sido económico.
Ha sido ontológico.

Hemos asumido que tenemos derecho a existir por encima del resto.

No simplemente a existir —que es algo que compartimos con cualquier cosa— sino a hacerlo con prioridad, con privilegio, con supremacía moral. Hemos convertido nuestra presencia en argumento suficiente. Nuestra inteligencia en justificación. Nuestra capacidad técnica en permiso.

Y desde ahí todo se vuelve posible. Se destruye un bosque porque “hace falta”. Se seca un río porque “es necesario”. Se desplaza una especie porque “no queda alternativa”.

La palabra cambia. El fondo no.

Lo que subyace siempre es la misma convicción silenciosa: que nuestra continuidad vale más.

El espejismo del desarrollo sostenible

Se habla de desarrollo sostenible como si fuera una fórmula neutral, casi matemática. Como si bastara con ajustar variables: menos emisiones, más eficiencia, mejores tecnologías… Pero hay una pregunta que rara vez se formula: ¿Puede ser sostenible una especie que se ha declarado superior?

El problema no es la técnica. Es la jerarquía. Mientras el ser humano se sitúe fuera del sistema vivo y se otorgue el papel de gestor, árbitro o salvador, cualquier modelo seguirá siendo extractivo, aunque lo pintemos de verde (greenwashing). Cambiar combustibles no cambia la lógica. Cambiar etiquetas no cambia la estructura mental.

Si el objetivo sigue siendo mantener el mismo volumen de expansión, el mismo nivel de intervención y la misma escala de control, no hay transformación real. Solo optimización del impacto. Y optimizar el daño no es lo mismo que dejar de causarlo.

La idea del derecho

Hablamos constantemente de derechos humanos, pero casi nunca hablamos del derecho del bosque a seguir siendo bosque; del derecho del río a fluir sin canalización; del derecho del territorio a no ser fragmentado. ¿Por qué?

Porque en el fondo seguimos creyendo que los demás existen en función de nosotros. Que su valor es condicional. Que su continuidad depende de nuestra evaluación.

Eso no es convivencia. Es administración. Y la administración siempre implica poder.

La anomalía

Durante millones de años, la vida en la Tierra se organizó sin jerarquías morales entre especies. Depredación, cooperación, equilibrio, colapso y regeneración formaban parte de un mismo tejido dinámico. Ninguna especie necesitó declararse superior para sobrevivir.

Solo una ha construido un sistema entero basado en esa idea. Eso nos convierte en una anomalía. No por existir, sino por haber roto la proporcionalidad.

La naturaleza no funciona bajo el principio de supremacía. Funciona bajo el principio de equilibrio dinámico. Cuando una población crece por encima de la capacidad del entorno, el sistema corrige. No por castigo, no por moralidad, sino por ajuste.

Siempre ha sido así. Pensar que estamos fuera de esa ley es una ilusión reciente. Y peligrosa.

Corrección

La Tierra no necesita que la salvemos. No necesita nuestra compasión ni nuestra gestión. Los sistemas vivos tienden a reorganizarse. A veces con nosotros. A veces sin nosotros.

El equilibrio no es una promesa amable. Es una consecuencia.

Si una especie altera demasiado el conjunto, el conjunto responde. No desde la venganza, sino desde la física básica de la vida. Negar esto no nos protege.

Aceptar que no tenemos derecho a existir por encima del resto no es autoflagelación ni misantropía. Es recuperar la proporción. Es entender que formar parte no significa dominar.

La verdadera ruptura no fue la industrialización. Fue el momento en el que decidimos que nuestra continuidad justificaba cualquier coste externo. Ahí empezó la desconexión.

Y mientras sigamos llamando progreso a la expansión ilimitada de una sola especie, el conflicto no será técnico. Será estructural. No se trata de odiar lo humano. Se trata de abandonar la idea de excepción.

No somos propietarios del planeta. No somos su finalidad. No somos su razón de ser. Somos una parte. Y cualquier parte que olvida eso termina siendo corregida. No por ideología. Por equilibrio.

David Orgaz Barreno
Bloguero en Voces de la tierra sagrada

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¿Cada cuánto tiempo hay que lavar la ropa?

Internet está lleno de preguntas interesantes como esta. Más que responder, pretendemos provocar nuevas cuestiones.

Resulta obvio que a todos nos parece bien que la ropa esté recién lavada. Si no lo conseguimos, es por distintos motivos, como por comodidad. Pero además, hay otros condicionantes que debemos considerar. Entre lavar una prenda tras cada uso y no lavarla nunca, la respuesta siempre es «depende». ¿De qué depende?

Factores que influyen en la frecuencia de lavados

  • Tipo de prenda: no es lo mismo la ropa deportiva que la ropa de abrigo.
  • Nivel de sudoración (temperatura exterior).
  • Tipo de tejido.
  • Si presenta suciedad evidente.
  • Tiempo de uso.
  • Si la ropa se seca —o se ventila— entre usos.
  • Tipo de uso (nivel de exigencia). No es lo mismo ir a una fiesta que a trabajar a un huerto.

Antes de decidir cada cuánto tiempo lavar la ropa, tengamos en cuenta que esta acción es la principal fuente de microplásticos del mar, por delante incluso de las partículas del desgaste de neumáticos. Para reducir este problema, es importante evitar tejidos sintéticos cuando sea posible (poliéster, nylon, acrílicos), así como lavar menos y con programas suaves y de menor fricción.

Para lavar menos, es útil ventilar (secar) la ropa tras su uso. Las prendas usadas que no se vayan a lavar, especialmente las toallas, se deben situar en lugares ventilados para que se sequen del todo entre usos. Esto también alarga la vida de la prenda. Recuerda: muchas bacterias responsables del olor necesitan humedad y mueren al secarse la ropa.

Por su alto consumo energético, el peor método para secar la ropa es la secadora. Salvo que sea imprescindible, cualquier otra opción es mejor. Tender en el exterior es lo más típico, pero recuerda que el sol intenso puede provocar decoloraciones en las prendas. Si se tiende bien, la necesidad de planchar la ropa puede ser nula, por lo que nos ahorraremos esfuerzo y un buen pellizco de energía y CO2.

Recuerda que «low cost» significa que el coste se paga de otra forma. La ropa barata suele estropearse en unos pocos lavados y, aunque se pueda seguir usando, muchos usuarios prefieren deshacerse de esa prenda o arrinconarla en el armario, cosa que conviene evitar para ser eco. La mayor huella ambiental de la ropa está en su fabricación, no en el lavado. Por eso, alargar la vida útil es la acción más efectiva. Si necesitas comprar algo, tal vez puedas encontrar ropa barata y de calidad en mercados de segunda mano.

Lavar la ropa pensando en el medioambiente

Para maximizar nuestro respeto ambiental a la hora de lavar la ropa, además de lavar solo lo necesario, es importante tener en cuenta lo siguiente:

  • El lavado degrada fibras, colores y elasticidad. Es decir, acelera el envejecimiento.
  • Llena la lavadora a su capacidad máxima. Así ahorras agua, energía y detergente.
  • Usa agua fría (siempre que no haya ropa muy sucia).
  • Utiliza poco detergente comercial, pues provoca un impacto químico importante. El exceso de detergente contamina más y limpia peor (deja residuos). Y si es posible, opta por jabón casero.
  • Escoge el programa ECO de la lavadora (aunque sea más largo).
  • Evita usar suavizante. Es un producto químico innecesario y sus olores no benefician a la salud. Si para ti es importante, emplea alternativas ecológicas (bicarbonato, vinagre…).
  • Centrifuga a la menor velocidad. Esto ahorra energía y alarga la duración de los tejidos y de la lavadora.
  • Si tu ropa no tiene tintes que destiñan, no tendrás que separar por colores, ahorrando trabajo y recursos. La mayoría de la ropa no destiñe, al menos tras unos pocos lavados.

Recuerda que la ropa vieja tiene menos tóxicos que la nueva y que no hay respuesta simple a ninguna pregunta interesante, pero tampoco la necesitamos.

♦ Sobre las tareas domésticas:

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