Otakar, el magnífico: Vávra, juglar de Chequia (y 2)

Otakar, el magnífico: Vávra, juglar de Chequia (y 2)

   

[Para Ángeles y Angelika, Cecilia, Christian y Cristo, Emilio, Fabio, Gabriel, Jose, Kyle, Lourdes, Mark, Maxwell, Michael, Orfeo, Pastor, Patricio, Paul, Pher, Roberto, Rubén, Salva, Scott, Stella Maris, Subhankar y Zolar. Y gracias especiales a Lucia Petřiková y Národní Filmový Archiv por su ayuda para la elaboración de este estudio.]

 

Continuamos con el recorrido por la carrera de uno de los dos grandes directores checos de todos los tiempos (el otro es Václav Krška) en esta entrada dedicada a sus dos últimas etapas.

• Después de la colorida y fallida trilogía de los husitas algo pareció cambiar en Vávra durante una década, e inició un tercer período en su obra, que se extendería entre 1958 y 1968, año de TŘINÁCTÁ KOMNATA (La habitación decimotercera). Es esta una etapa en la que volvió a centrarse en las individualidades, lo que la emparienta más con la intimista y campestre de los inicios…, sólo que mostrando un entorno social e histórico ineludible, con frecuencia sofocante, y con un humor mucho más sombrío. Bien lo demuestra que la película que casi cierra la etapa, ROMANCE PRO KŘIDLOVKU (Romanza para un pajarito, 1967), sea una especie de reverso de la luminosa POHÁDKA MÁJE (Fábula de mayo, 1940), desencantado, umbrío y nocturno…,

 

…no carente, con esa contraposición entre la adolescente inocente y la adulta casquivana, de la noción de pecado;

 

incluso el registro de ese desangelado pueblo, aún más deprimente en sus despoblados nocturnos, sobre todo en la secuencia inicial en el bar, hace pensar ¡¡en Béla Tarr!!, lo que vuelve a incidir, por más que la gran calidad de la filmografía conjunta lo exima de influencias de ningún tipo, en la callada importancia histórica del cine del cineasta checo.

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Otakar el magnífico: Vávra, juglar de Chequia (1)

Otakar el magnífico: Vávra, juglar de Chequia (1)

    

[Para Alejandro, Britta, Chris, Fernando, Frédéric, Giacomo, Giorgio, Héctor, Ilde, Irena, Jose y Julio, Lidia y Lidia, Lluís y Luis, Lorena, Marilena, Marina, Marisé, Noises, Rafa y Rafael, Salva, Sitraka, Stephen, Sziba y Zev.]

Nuestro mayor agradecimiento a Lucia Petřiková y Národní Filmový Archiv por su ayuda para la elaboración de este estudio.

 

Otakar Vávra no es un absoluto desconocido, pero es, sin duda, uno de los directores peor conocidos de la historia; y con diferencia, puesto que su caso sólo es comparable al de algunos japoneses, tales Teinosuke Kinugasa o Kon Ichikawa. Ya no es solamente que, de una filmografía que abarca cincuenta y tres títulos, fuera de su país apenas se conozcan un puñado: es que, para más inri, al igual que sucede con sus dos colegas japoneses, sus películas más difundidas, que son sus devaneos con el cine histórico sobre “grandes” acontecimientos y personajes, en especial su trilogía sobre los husitas rodada entre 1955 y 1957, así como su prestigiosa KLADIVO NA ČARODĚJNICE (Martillo para las brujas, 1969), una especie de reelaboración de la inmortal VREDENS DAG (Dies irae, C. Th. Dreyer, 1943), tan sólida eincluso podemos conceder que impresionante… como escasamente memorable, están lejos de rendir cuenta de su gran valía; y para qué hablar de su lastimosa trilogía, otra más, sobre la Segunda Guerra Mundial en Chequia, rodada entre 1973 y 1976, absolutamente olvidable. Por si fuera poco, estas siete películas ni siquiera son representativas del conjunto de su obra, que, si bien es muy pródiga en ambientaciones en su querido siglo XIX o incluso en siglos anteriores, en sus mejores logros siempre hace uso de un enfoque más intimista, muy lejano de los pomposos manifiestos patrióticos que conforman sus dos trilogías. Incluso en su país el cineasta checo parece ser recordado solamente por dichos títulos, a los que cabría añadir los, estos sí, memorables KRAKATIT (1948) y ROMANCE PRO KŘIDLOVKU (Romanza para un pajarito, 1967), conocida en inglés como Romance for bugle…, sólo que la primera más por ser una adaptación del clásico del adorado Karel Čapek y la segunda por haber sido relacionada con la Nueva ola checa algo artificiosamente. El quid de la cuestión de que un director de semejante calidad se encuentre tan olvidado y que ni siquiera en su propio país se intente reivindicar parece ser que en Chequia Vávra es persona non grata: Motivos: su tibieza con los nazis, de los que aceptó gustoso el premio del Escudo de Honor del Protectorado de Bohemia y Moravia; su decidido alineamiento con el régimen comunista y defensa de Stalin posteriores a la guerra, lo que, al parecer, repercutió en que contribuyera a vetar la carrera de compatriotas más tibios o tímidamente disidentes; su coqueteo con la modernidad cinematográfica con la llegada de las nuevas olas y, sin embargo, su posterior adhesión al manifiesto Anticharta de lealtad al régimen comunista después de la Primavera de Praga; todos estos continuos cambios de chaqueta para cobijarse a la sombra de regímenes totalitarios o andar al alimón de las modas hace que muchos checos lo detesten e incluso lo odien. Pero, en fin, el arte no es el santoral, y los méritos de los artistas no deben, o al menos no deberían valorarse por su personalidad, por muy controvertida o incluso detestable que pueda llegar a ser (Lang sería otro caso paradigmático, pero no por cuestiones políticas, sino por su carácter tiránico).

Pues bien, resulta que, tras haber conseguido ver todas sus películas, hemos llegado a la conclusión de que Vávra, al igual que sucede con sus compañeros de fatigas Kinugasa e Ichikawa, es uno de los grandes cineastas de la historia. Nada menos. Evidentemente, esto no significa que esté a la altura de los máximos genios del cine, esos encabezados por Mizoguchi, Hitchcock, Vidor, Dreyer y Bergman, pero sí que es uno de los grandes, merecedor de figurar entre la cincuentena de elegidos; y bien holgadamente. Es cierto que es muy irregular, pero, al fin y al cabo, también lo son Walsh o Borzage, cineastas con los que puede codearse perfectamente y con los que tiene, sobre todo con el segundo, ciertas analogías; y, en fin, resulta que casi todas sus películas (trilogías aparte) atesoran en mayor o menor grado momentos de esos que revelan a un director de raza que piensa en términos de imagen. Como muestra, véase un soberbio plano de FILOSOFSKÁ HISTORIE (Historia filosófica, 1938), una de sus películas intimistas que transcurren en el siglo XIX y de la que, pese a no figurar entre los mejores Vávra, cabe disfrutar de fragmentos magníficos como este: un plano fijo de unos cincuenta segundos que registra a los cuatro compañeros de habitación preparándose para los exámenes en tres términos de cuadro distintos, primero, medio y fondo. Pues bien, en él destaca el notable cambio de escala, ya que comienza con el joven Vavrena en plano medio, casi pegado a cámara, el cual, al ir hacia el fondo, se cruza, en esta diminuta habitación tan concurrida como una autopista, con un camarada que pasa a ocupar su lugar en el cuadro; y, cuando este vuelve a la mesa y el plano ya queda fijo y la escala invariable, con los cuatro estudiantes ya en plano entero en el angosto cuartucho, Vávra mantiene la vivacidad de la toma. Primero, por las distintas actitudes del cuarteto: Vavrena apostado junto al umbral de la ventana; un colega en la cama; y los otros dos a la mesa, uno de los cuales, en vez de sentado, estudia agachado sobre ella en una postura casi inverosímil. Y segundo, enriqueciendo el momento con unas gotas de humor con la entrada de la casera, que trae una taza de té: la mujer le levanta el pie al que lo ha plantificado en la silla y pone un papel para salvaguardar su preciado mueble; el del pantalón a cuadros rodea la mesa y, bromista él, le retira al colega la silla cuando hace amago de sentarse…, lo que no llega a suceder, ya que este se encorva hacia adelante para consultar un papel; en fin, el bromista deja la silla en su lugar, y sólo después el absorto se sienta. Ciertamente, la descripción verbal de esta escena sin diálogos resulta más bien enojosa y no rinde cuenta de la pausada efervescencia del fragmento, pero hemos sentido que era necesaria para rendir cuenta de la discreta complejidad con que Vávra sabe transmitir una curiosa estampa familiar y destilar su mirada cariñosa a la vez que guasona sobre sus personajes. En planos como este, soberbio, brillan sus orígenes silentes.

 

Aparte, cabe destacar la veracidad que transmiten algunos momentos de sus películas, que casi parece exclusiva de él: las carantoñas que todo el mundo le hace al bebé de OKOUZLENÁ (Hechizada, 1942) y, sobre todo, la inenarrable expresión de la criatura al ver volar un globo hacia el firmamento;

 

también las escenas con la pequeña hija de Franta en POLICEJNÍ HODINA (Toque de queda, 1961), donde la familia muestra un alborozo tan franco, contagiado a la niña, que la escena parece verdadera; y los mismo más tarde con el bebé de Žofka.

 

O, en el extremo contrario en la misma POLICEJNÍ HODINA, de la eclosión de la vida a su agostamiento, la muerte de la suegra de Julie en su blanco lecho de agonía, seguramente el mejor y más auténtico nunca registrado por una cámara: no dice ni una sola palabra la buena mujer, sino que es su voz en off la que registra su pensamiento, y simplemente su mirada dirigida al vacío queda congelada.

Momentos como estos figuran entre los más veraces que ha ofrecido la pantalla y, por más que Vávra pudiera ser un mal bicho, revelan a un singular observador y poeta de la singladura humana.

Como quiera que es tal el olvido y/o desconocimiento (baste con constatar las malas copias de muchos de los títulos aquí referenciados) que padece la obra del que es, junto al aún más desconocido Václav Krška, el gran director de Chequia, se hace imperativo detallar mínimamente:

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El gran film perdido de Robert Siodmak: Stürme der Leidenschaft (1931)

El gran film perdido de Robert Siodmak: Stürme der Leidenschaft (1931)

 

MISTERIOS DEL CINE

Si el tardío descubrimiento de STÜRME DER LEIDENSCHAFT (Tempestad de pasiones, 1931), hasta finales del siglo XX considerada perdida, sigue siendo excepcional, ello es por dos motivos: primero, por su esplendor formal, rarísimo en la obra de Siodmak; y segundo, por su extraña ubicación o, más bien, por su extraña opción de rodaje a finales de 1931.

Primer motivo: STÜRME DER LEIDENSCHAFT hace alarde de una pasmosa calidad, verdaderamente única en el Siodmak de la época e incluso en el posterior, ya que es incluso superior a las dos siguientes mejores películas de la década del cineasta alemán, MENSCHEN AM SONNTAG (Gente en domingo, 1930) y BRENNENDES GEHEIMNIS (Secreto que quema, 1933), así como a su celebrado ciclo de cine negro rodado ya en Hollywood en los años cuarenta, de la que esta STÜRME DER LEIDENSCHAFT se ha considerado con frecuencia una precursora, mujer más o menos fatal incluida, y también a las mejores películas…, tan poco conocidas, de su regreso a Alemania en los años cincuenta, esto es, DIE RATTEN (Las ratas, 1955), DOROTHEA ANGERMANN (Acusación: homicidio, 1959) y TUNNEL 28 (1962). Tanto es así que su visión da la impresión de que, inesperadamente dada su fecha de debut, Siodmak fuera una de las grandes víctimas del advenimiento del cine sonoro, como si este procedimiento hubiera coartado gran parte de la inventiva y prodigiosa modulación musical que su cine podía haber seguido ofreciendo: ¡sus dos mejores películas, MENSCHEN AM SONNTAG y STÜRME DER LEIDENSCHAFT, son las dos únicas mudas que rodó!

Segundo motivo: es la sexta película del director alemán nacido en 1900, que, como es bien sabido, debutó en 1930 con MENSCHEN AM SONNTAG, film mítico por haber reunido en sus créditos varios talentos de los que fue su bautizo cinematográfico, o casi: aparte del propio Siodmak, Billy Wilder en el guión, Edgar G. Ulmer en la codirección, Eugen Schüfftan en la fotografía, y Fred Zinnemann, sin acreditar. Es decir, aunque Siodmak debutó por los pelos en el cine mudo, sonoras son todas sus demás películas…, salvo STÜRME DER LEIDENSCHAFT, rodada en una época en la que este procedimiento ya sólo se empleaba en Japón y en algunos contados filmes de la Unión Soviética. No sólo ello: en un tiempo en el que no existía el doblaje y era algo habitual rodar versiones en dos lenguas, especialmente en francés y en alemán, STÜRME DER LEIDENSCHAFT resulta ser la versión alemana de la francesa TUMULTES (1932), que, sin embargo, ¡es sonora! La existencia de varias versiones ya existía en el cine mudo, pero habitualmente se utilizaban distintas tomas del mismo plano o ligeras variantes de ellas, mientras que, en el sonoro, debido a la existencia de equipos técnicos y artísticos dispares cada versión se solía rodar de forma algo más independiente. También existieron efímeramente, en el mero inicio del cine sonoro, los dobletes de la misma película rodada con y sin sonido, con vistas a aquellos cines que todavía no podían proyectar con la nueva tecnología, siendo el caso paradigmático BLACKMAIL (A. Hitchcock, 1929), cuya versión sonora es magistral, netamente superior a la muda: son casi dos películas distintas. Pero a finales de 1931 esta opción ya estaba superada, incluso en Italia, donde STÜRME DER LEIDENSCHAFT al parecer debía distribuirse muda, ya que la copia conservada, de título TEMPESTE DI PASSIONE, tiene los intertítulos en italiano. Precisemos que STÜRME DER LEIDENSCHAFT o TEMPESTE DI PASSIONE es muda en el sentido de que carece de diálogos, pero, al estilo de SUNRISE (Amanecer, F. W. Murnau, 1927) y las películas de finales de los años veinte exhibidas con el sistema Movietone, sí tiene banda de sonido, que consta de música y un par de canciones, compuestas por Fredrich Holländer, más algunos efectos sonoros y unas concisas palabras sueltas del tipo de “Hilfe!” / “¡Ayuda!”. Esto quiere decir que su proporción original es, como la de todas las películas de comienzos del sonoro, 1:1,19…, aunque la copia a la que hemos tenido acceso sea en proporción 1:1,37, lo que tiene por consecuencia que muchas veces falte aire sobre las cabezas. Verdaderamente, es un misterio qué pudo impulsar a sus responsables a rodar STÜRME DER LEIDENSCHAFT a contracorriente de todas las tendencias de su tiempo. No obstante, parece ser que sí se rodaron dos versiones sonoras, entonces lo común, pero que la alemana sigue desaparecida, salvo un pequeño fragmento de cinco minutos que se conserva en Munich. En fin, para aumentar la confusión, la copia conservada en el Museo de Arte Moderno de Tokio, según las fuentes consultadas, o bien es muda con intertítulos en japonés (opción que sería más lógica, habida cuenta de la tardía y renqueante implantación del sonido en el país del sol naciente), o bien es la sonora alemana a la que le faltan nada menos que veinte minutos de los 101 originales, mientras la versión muda italo-alemana (las canciones las canta Anna Sten en esta segunda lengua) dura unos 95 minutos, sin que parezca haber ningún corte, ya que no hay saltos abruptos en la banda sonora, y la francesa sonora TUMULTES apenas dura un poco más.

Lo más curioso del extraño caso del director Siodmak es que, a diferencia de las dos BLACKMAIL, STÜRME DER LEIDENSCHAFT y TUMULTES no solamente comparten el mismo argumento, sino una planificación casi idéntica. No es, por tanto, uno de esos casos, como la inmediata DAS TESTAMENT DES DOCTOR MABUSE (El testamento del doctor Mabuse, F. Lang, 1933), en que la existencia de dos versiones dio lugar a películas con notables diferencias formales y de tono, aunque parece claro que casi todas estas películas dúplices, producidas en Alemania y auspiciadas con frecuencia por la Ufa, priorizaban siempre la versión teutona, que suele ser invariablemente la mejor. En el caso de STÜRME DER LEIDENSCHAFT resulta claro que las dos versiones se rodaron a la vez, seguramente primero las tomas alemanas y luego las francesas (Emil Jannings era la mayor estrella del cine europeo de entonces, mientras Charles Boyer era un recién llegado), pues, ya no es que la planificación sea casi idéntica, sino que los decorados, los emplazamientos de cámara…

 

…y casi, casi los gestos de los actores son los mismos… o pretenden serlo. Aparte de los fotogramas anteriores, nótese respecto a esto último ese extraordinario plano subjetivo desde el punto de vista de Ralph, el fotógrafo, que recoge a Annya invitándolo incitantemente a entrar en su piso…,

 

…donde la francesa Florelle se vio forzada en TUMULTES a imitar las evoluciones de Anna Sten, girándose las mismas tres veces hacia la cámara…;

 

y decimos se vio forzada porque la capacidad de insinuación de la gabacha doña Risitas es nula. Bueno, a decir verdad, hay una diferencia en el decorado: la placa del piso reza en STÜRME DER LEIDENSCHAFT “Gustav Bumke” y en TUMULTES “Ralph (sic) Schwarz” ¡porque le cambiaron el nombre al protagonista! [En lo que sigue, utilizaremos siempre los nombres de la versión alemana.]

 

Pues bien, pese a su planificación casi idéntica, con apenas diferencias de peso, resulta que STÜRME DER LEIDENSCHAFT es mucho más vivaz y brillante que la más bien anodina TUMULTES. ¿Cómo es posible? Ello es así porque la labor del director de cine es, en realidad, doble: él es el responsable de la planificación, lo que equivaldría al compositor en música clásica, pero también es quien modula las interpretaciones y establece los tiempos, lo que se asimilaría al director de orquesta. Así que un director de cine es a la vez compositor y director de orquesta de imágenes, y STÜRME DER LEIDENSCHAFT y TUMULTES tienen casi la misma partitura, pero difieren notablemente en la interpretación en sentido amplio, lo que engloba no solamente a los actores, sino a la iluminación, los movimientos de cámara, los decorados y vestuario, y las pautas que a todo ello imprime el director. No sólo de planificación vive el cineasta…

[Incidentalmente, en música clásica sólo conocemos un caso más o menos parangonable con este que tratamos: la colección de canciones Poesías judías populares, op. 79 de Dmitrij Shostakovich sólo ha alcanzado su categoría de obra maestra suprema, que sepamos, en la soberbia versión para orquesta de Bernard Haitink con la Concertgebouw Orchestra, ¡ni siquiera en la del propio Shostakovich para piano, bastante atropellada!, gracias a la soberbia modulación de los ritmos por parte del director holandés, más lentos, que no morosos, y solemnes de lo habitual, y su sabiduría a la hora de equilibrar la orquesta con los solistas.]

 

Evidentemente, la diferencia entre STÜRME DER LEIDENSCHAFT y TUMULTES más apreciable a primera vista la ofrecen los intérpretes, y es que en la versión francesa son mucho peores: Boyer, que, sintiéndolo mucho, nos resulta un actor limitado, cuando no francamente insoportable, era en sus orígenes galos gesticulante y deficiente, y no llega ni a los talones del gran Jannings;

 

Florelle, de capacidades interpretativas tan, tan limitadas, resulta ñoña hasta decir basta y no le llega ni a la suela de los zapatos a la fascinante y magnífica Anna Sten, de tan rica gestualidad, como bien muestran estas capturas comparativas entre la incitante ruso-alemana y la pazguata francesa, que siempre sonríe como una tontita, que señala las cartas como una cría que quisiera hacer un agujero en la mesa (hasta hay un instante en que saca la lengua), que ni siquiera sabe acariciar un visón (se pone la manga en el cuello como haría con una bufanda)…

 

…y que hasta en un par de ocasiones, desnortada ella, mira directamente al objetivo de la cámara.

 

Una catástrofe de actriz. En fin, pasa casi igual con los secundarios, como muestra la cara de pasmo barato del Willy francés, al ser descubierto junto a Annya, frente a la sobriedad del sólido Willy alemán. Y es que, con demasiada frecuencia, los gárrulos actores franceses de comienzos del sonoro dejaban bastante que desear. Añadamos al naufragio del reparto galo el despropósito de un comisario que se parece indeseablemente al amante de Annya, mientras en la versión alemana está encarnado por el nada apolíneo, pero siempre magnético Otto Wernicke, el comisario preferido por Lang: cero para el casting francés.

Y ya que hablamos de actores, señalemos que otro motivo para la rareza de STÜRME DER LEIDENSCHAFT es la propia Anna Sten, tal vez la actriz con la carrera más sorprendente que haya existido. Ucraniana de nacimiento, fue descubierta ¡por el mítico Stanislavsky!, y su carrera empezó en la Unión Soviética y acabó en Hollywood, las antípodas cinematográficas, con una breve estadía intermedia en Francia y Alemania. Simplificando: Sten dio el salto de Boris Barnet y DEVUSHKA C KOROBKOY (La muchacha de la sombrerera, 1927) a King Vidor y THE WEDDING NIGHT (Noche nupcial, 1935), pasando por Siodmak y STÜRME DER LEIDENSCHAFT; es decir, de la rusa simpática y vivaz de DEVUSHKA C KOROBKOY a la modosa campesina polaca de THE WEDDING NIGHT, pasando por la despampanante alemana de STÜRME DER LEIDENSCHAFT. Precisamente, en este film mostró que, si hubiera encontrado un Sternberg (se casó con los directores rusos Fyodor Otsep y Eugene Fremke, no muy destacado ninguno de los dos) o si Goldwyn le hubiera dado otro tipo de papeles en Hollywood, podría haberse convertido en una segunda Dietrich, tal vez hasta eclipsarla: era más femenina, más guapa, más incitante y mejor actriz…, pero menos divina.

 

EL CINE APASIONADO… Y MUSICAL

En fin, pasemos ya a comentar las imágenes de esta extraordinaria STÜRME DER LEIDENSCHAFT. Y es que, siendo cierto que muchas de ellas las comparte con TUMULTES, no lo es menos que algunas especialmente relevantes están mejor matizadas en la versión alemana… o mucho mejor.

Entre dichas imágenes comunes cabe destacar la idea sonora y visual de unir a los hombres de Annya por el silbido y por el picado sobre ellos aguardando en el patio: Gustav, al principio; Franz, algo después; finalmente, Willy, su último amor. Y cada vez en escala más cerrada, en consonancia con el interés sexual que cada uno de los hombres despierta en la chica… 

 

El primero de dichos picados corona un recorrido de la cámara por el patio vecinal, que tanta importancia ha de cobrar al final…,

 

…espacio al que Siodmak aún le da mayor relevancia al añadir acto seguido unos planos de las vecinas transmitiéndose la noticia de la llegada de Gustav, en lo que es una indudable influencia de DER LETZTE MANN (El último, F. W. Murnau, 1924)…;

 

…mejorada, pues en STÜRME DER LEIDENSCHAFT las relaciones espaciales entre el vecindario vienen mejor expresadas por los encuadres.

 

Es más, Siodmak aprovecha este cotilleo vecinal para ofrecer la subida de Gustav en elipsis: cuando volvemos con él, ya está sentado en la cocina.

 

Nótese, además, que los dos últimos silbidos, los “extraconyugales”, al contrario de la franca aparición de Gustav a la vista de todo el vecindario, se dan sobre planos de Annya: en el caso de Franz, mientras se prueba el visón de su amiga, lo que deja entrever la infidelidad de la chica mientras su pareja estaba en la cárcel;

 

en el de Willy, suena el silbido en off mientras Gustav la vigila, y sólo se ofrecerá el correspondiente picado un poco más tarde, cuando la chica corra hacia la ventana.

 

Insistamos en que los dos últimos silbidos se oyen sucesivos a planos de Annya, con su amiga o con esta y Gustav, lo que redunda en el mayor deseo que experimenta por sus amantes clandestinos que por su amante oficial;

 

que en el caso de Franz el picado sobre su objeto de deseo sucede a ese plano en que Annya se prueba el abrigo de pieles de la amiga, lo que también denuncia su afán de lujo…,

 

…mientras en el de Willy viene después de un impetuoso travelling que acompaña a Annya para alertar al joven de la furia de Gustav.

 

Hay que decir también que este movimiento de cámara rima con ese otro anterior, donde también la fogosa corría impetuosamente rodeando al inspector para acabar denunciando a Gustav… para impedir que Willy fuera a la cárcel.

 

Ambos casos, el frenético correr de Annya en torno al inspector e, involuntariamente, en torno a Gustav, los únicos en que la cámara se desborda en consonancia con los sentimientos de ella, tienen la misma meta: salvar a Willy, al que de verdad ama.

 

Asimismo, el violento montaje de las peleas, de Gustav con Franz y de Gustav con Willy, está animado por el mismo espíritu en las dos versiones. Ambas, que suponen el feroz estallido de la violencia larvada en el celoso y aparentemente apacible Gustav, se dan en montaje paralelo, o casi: la primera con los fuegos artificiales de la fiesta; y la segunda adobada por unos epilépticos barridos que nos llevan desde los rivales hasta las ventanas por donde se asoman los vecinos y finalmente también Annya, que mira angustiada. Ahora bien, hay sutiles detalles que marcan la diferencia. En la primera pelea, el montaje paralelo es superior en la versión muda, y no porque haya cinco insertos de los fuegos artificiales contra cuatro, sólo uno más, más uno profético sobre los reflejos del agua, sino porque están mejor ensamblados con los movimientos de los actores;

 

aparte de que el plano previo en que Ralph huye entre el gentío registra mejor su gesto aterrorizado al girarse, ya que en la francesa su giro es aún más breve y el actor está totalmente fuera de foco.

 

Es más: el primer plano inserto de las manos que forcejean tiene un nervioso movimiento de cámara ascendente en STÜRME DER LEIDENSCHAFT que lo rinde más angustioso…,

 

…mientras en TUMULTES es fijo; y, sobre todo, el plano en que Gustav defenestra a Franz es también superior en la película alemana, al alargar la resistencia desesperada del fotógrafo, con esa mano que intenta aferrarse al marco de la ventana destrozada…,

 

…mientras que en su correlato francés es demasiado breve y expeditivo y el detalle de la mano brilla por su ausencia. En ambas versiones, eso sí, acaba la letal pelea con los reflejos en el estanque que titilan como la calma tras la tempestad…

 

En cuanto a la segunda pelea…,

 

…también nos parece superior el plano alemán en que los actores forcejean por alcanzar la navaja, tanto por la mayor violencia que transmite la pugna, cosas de los actores, como porque el desesperado y espasmódico gesto de Willy de intentar alcanzar el arma resulta más visible en el plano, al estar los dos hombres más separados de la navaja en el cuadro.

 

Anecdóticamente, hay también un detalle que no se encuentra en TUMULTES que le da un regusto muy alemán a STÜRME DER LEIDENSCHAFT: la primera ventanera lleva gafas oscuras ¡en plena noche! ¿Nueva influencia de Murnau y DER LETZTE MANN? 

 

En fin, por si lo anterior fuera poco, los dos estallidos de violencia están concebidos en ambas versiones a la manera del cine mudo, como sendos movimientos presto que contrastan con el allegro que precede al primero y el adagio que antecede al segundo, y por ello mismo se saborean mejor en la evolución puramente musical del film silente.

Según se puede colegir de todo lo anterior, los gestos están mucho mejor pautados en la versión alemana que en la francesa. Nótese, de hecho, que, aunque STÜRME DER LEIDENSCHAFT dura dos minutos más, TUMULTES hace hincapié en las actividades delictivas del protagonista en una secuencia de siete minutos inexistente en su melliza… y que tal vez también estuviera presente en la versión sonora teutona. Sea como sea, la supresión de dicha escena bastante prescindible es un acierto deliberado (no hay cortes de sonido en la música de la versión muda, lo que implica que no faltan escenas), y de este modo, el avatar silente de STÜRME DER LEIDENSCHAFT, acorde con su título, se centra más en los remolinos pasionales que acometen a sus personajes.

 

Aparte de las escenas añadidas en la versión sonora, hay algunas llamativas diferencias en la planificación de STÜRME DER LEIDENSCHAFT y TUMULTES que rinden la película alemana todavía más poderosa, especialmente gracias a algunos movimientos de cámara. Así, el tercer plano de STÜRME DER LEIDENSCHAFT, el de presentación de Gustav en la cárcel, lo muestra tras unos aparadores colocando unas cajas para, enseguida, acompañarlo con un travelling de retroceso hasta las grandes ollas donde se prepara la comida que él supervisa: es, aparte de una buena presentación del personaje, un plano magnífico que ya revela que nos encontramos ante una película de primera.

 

Sin embargo, en TUMULTES esta toma no existe, y a Gustav se lo presenta en el segundo plano del film, un consuetudinario plano fijo donde olisquea el guiso y que, este sí, equivale claramente al cuarto de STÜRME DER LEIDENSCHAFT.

 

¿Por qué no está el fascinante travelling de la versión muda en la sonora? No se debe a que se haya perdido, ya que la banda sonora tampoco presenta ningún corte: ¿sería que Boyer fue incapaz de ejecutar lo que Jannings había hecho?; ¿o es que Siodmak ya dio ciertos matices por imposibles de recuperar con los franchutes?

 

Sorprendentemente, también falta en TUMULTES el impetuoso travelling de aproximación hacia Gustav y Annya en su beso de bienvenida… al cabo de un rato de la llegada del expresidiario, en una toma que nos lleva de la escala de plano americano a primer plano, casi primerísimo;

 

en la versión francesa, en cambio, simplemente se corta de un plano medio de la pareja a un primer plano de ambos retozando sobre la almohada… donde sólo se ve el cogote de Florelle, que tapa el rostro de su partenaire mientras ríe como una clueca.

 

Es esta una ausencia verdaderamente lamentable, por cuanto introduce una figura esencial en el entramado formal del film: el travelling de avance, asociado precisamente a los arrebatos de pasión de la fogosa mujer. Aparece dicha figura otra vez en el encuentro de Annya con Franz en el apartado del bar, lo que la impulsa a aceptar continuar con su relación furtiva;

 

luego, en su primer acercamiento a Willy mientras Franz se escabulle del piso, en un plano que acabará con el chico solo en cuadro, anhelante de Annya, pero que ya siembra la semilla de su futura unión;

 

por partida doble, en el arrebatado beso de reconciliación de Gustav y la chica que sigue a ese otro desesperado con que la infiel intenta evitar que el celoso la estrangule, un par de besos antológicos sobre los que hemos de volver;

 

en la entrega definitiva de Annya a Willy en una toma que, al contrario que en su escarceo anterior, parte de la chica, de modo que, todo lo contrario a dejarlo solo con un palmo de narices, es ella la que introduce al joven en el plano;

 

y también el travelling que sigue a Annya cuando delata a Gustav par salvar a Willy acaba con un movimiento de aproximación a su rostro desencajado.

 

Los cuatro avances intermedios sí los conservó Siodmak en la versión francesa, no así el último…; pero, un poco malévolamente, añadió otro travelling de avance, inexistente en la alemana y contradictorio con el discurso del film, que registra a Gustav abrazando a Willy mientras Annya canta en la habitación de al lado. En STÜRME DER LEIDENSCHAFT, con toda lógica, el plano correspondiente es fijo, y Gustav está a medio afeitar; nada, pues, de esa inadecuada seducción de Boyer a su coleguilla.

 

¿Fue ese inadecuado travelling tal vez una pulla a la tambaleante masculinidad de esos gesticulantes actores franceses que tan malos ratos le debieron de hacer pasar? Quien haya sido director de cine comprenderá mejor los disgustos del pobre Siodmak.

 

Una diferencia sorprendente la proporciona el vestuario, ya que su responsable es el mismo para ambas versiones, René Hubert: ¿proponía Hubert diferentes piezas que, luego, elegían los actores? Y es que, mientras por el lado alemán el vestuario masculino es más sobrio, por el francés tiende excesivamente a la horterada, con mención especial para el Ralph franchute, que gasta más rayas que una cebra.

 

Alguna que otra diferencia menor viene dada por la iluminación; pero no se debe achacarla a los responsables de la fotografía, los mismos en las dos versiones, Otto Baecker y Günther Rittau, sino a la mala colocación de los actores franceses. Así, tras su fuga de la cárcel, Gustav aparece en un tenebroso contraluz en STÜRME DER LEIDENSCHAFT, mientras en TUMULTES dicho contraluz es menos patente: la razón es que Boyer está más adelantado en el umbral, mientras Jannings oculta casi medio cuerpo tras la pared, más acorde con el cariz de acecho del momento; encima, otra vez el vestuario, ¡el francés lleva la chaqueta y la boina más claras!; y añádase su expresión autosatisfecha de macarrilla de barrio…

 

Y no, no se trata de minucias, ya que estos pequeños detalles son los que acaban haciendo… o no una gran película: vamos, que el plano alemán resulta intranquilizador, mientras el francés, lisa y llanamente, no funciona.

Hablando de luces y sombras, hay que dejar constancia de la perfecta modulación del momento en que Gustav descubre a los adúlteros Annya y Franz en la versión germanoitaliana, expresado por las sombras culposas de los infieles proyectadas en la pared del laboratorio: primero, se intuye la sombra de Annya a la izquierda del cuerpo plomizo de Gustav y, enseguida, ya claramente visible, repta por la pared a la derecha del hombre, casi como un espectro; luego, entra en cuadro el cuerpo de la infiel, con la silueta totalmente ennegrecida, y, cuando por fin entra en la luz, es la sombra de Franz la que surge al fondo, a la izquierda de las cortinas; en fin, cuando la aterrorizada Annya se acurruca en el umbral, la sombra de Franz empuñando el arma se destaca a la derecha de las cortinas hasta que dispara a Gustav.

 

Apenas veinte segundos verdaderamente prodigiosos. Por desgracia, en la versión francesa esta deslumbrante sinfonía de sombras que redunda en lo culposo del momento se desdibuja por la precipitación de los actores, incapaces de ejecutar sus movimientos con el impecable adagio de que hace alarde su contrapartida alemana: se ve claramente a Florelle a la izquierda de Boyer cuando sale, no su sombra sigilosa; Boyer se ladea hacia su izquierda antes de hora, de modo que Florelle aparece totalmente iluminada antes de que su silueta quede sombreada; el actor que encarna a Franz avanza demasiado, así que no queda visible la sombra de su brazo disparando, sino el mismo brazo… que apunta no se sabe muy bien a dónde. Nótese también la diferencia de los gestos en el encuadre final, más sobrios y controlados en STÜRME DER LEIDENSCHAFT y más teatrales en TUMULTES…

 

…y, siendo ya decididamente malévolos, que los tres actores franceses, ¡los tres!, cierran los ojos al oír la detonación.

 

Visto lo anterior, está claro que Siodmak no pudo ejecutar en TUMULTES la partitura de STÜRME DER LEIDENSCHAFT debido a la insuficiencia de los instrumentistas, entre los que destaca para mal esa Florelle que no hace más que desafinar. Dos ejemplos inmediatamente anteriores al beso que sella el amor entre los jovencitos: Willy se inclina hacia atrás y se aleja de Annya interponiendo su antebrazo entre su cuerpo y el de ella como protegiéndose, incluso usándolo para apartarla…,

 

…un gesto que sus contrapartidas francesas fueron incapaces de comprender y, por tanto, de emular, de modo que la bofetada subsiguiente de la chica al joven está menos justificada;

 

es más, para el amago de la segunda bofetada, Siodmak utiliza un cambio de plano antológico, mostrando en STÜRME DER LEIDENSCHAFT, en primer término, la garra de Annya y la fuerte mano de Willy que le aferra el brazo para detenerla…, así como la repentina flojedad de la extremidad de la chica…,

 

…gestos que ni están ni se les espera en TUMULTES, ni la garra de Annya, ni la seguridad de Willy, ni el decaimiento de la furiosa, por la incapacidad de sus actores; la corbata de Willy se ve mejor, eso sí.

 

Sólo queda el inmediato retroceder del chico… con cara del imitador en exceso compungida, curiosamente dado en escala algo más abierta en la versión francesa.

 

Para más inri, resulta que este momento es crucial, ya que, en el siguiente plano, el amor brota después de la violencia, sellado por el primer beso de la pareja, acompañado por la cámara móvil de Siodmak desde el plano americano de Annya hasta el medio que recoge su recalar junto a Willy, y de aquí al primer plano de los rostros por fin enlazados.

 

 

Sin ánimo de ser exhaustivos, señalemos más gestos que los franceses fueron incapaces de modular adecuadamente: el melancólico apoyarse de Annya en el marco de la puerta, como si la carcomiera cierta insatisfacción;

 

los temblores de Ralph ante la sospecha de que Gustav esté en casa mientras Annya prosigue inmutable con su solitario, frente al simple estar del Ralph francés (mención especial también para su vestuario más propio de un circo) y la sesuda expresión de la Annya gabacha, que parece andar muy escasa de neuronas, ante actividad tan prosaica, es que sólo le falta sacar la lengua…,

 

…bueno, en realidad, sí la saca en el plano anterior;

 

el lento girar de rostro de Annya cuando Ralph le pide que mire al objetivo, que culmina con esa mirada de Sten que derrite, mientras la imposible Florelle vuelve a endilgarnos esa sonrisa suya que repele;

 

el bonito ademán del brazo extendido de Annya, sentada a la mesa, que genera una sugerente diagonal en el plano que parece proyectarse hacia el fuera de campo…, hacia Willy,

 

diagonal que, además, es un eco de la del brazo de Ralph que abrazaba a Annya mucho antes…,

 

…en una idea echada a perder por la superficial Florelle, que no hace más que sonreír bobaliconamente y moverse como si tuviera el baile de San Vito;

 

la mano de la aterrada Annya sobre su abrigo de pieles recién adquirido, una vez más cual garra, pues Siodmak combina visualmente el poder de fascinación de esta mujer fatal avant la lettre con su alma de rapiña…,

 

…detalle inexistente por supuesto en su  correlato francés, donde incluso hay un momento en que la llorona Florelle parece chuparse el dedo;

 

el lento alzar de brazo de Annya antes del travelling en torno al inspector, inexistente en TUMULTES, donde ya comienza el plano con las manos de la joven en alto, apoyadas en la puerta; etc.

 

Hemos dejado para el final dos momentos prodigiosos que ratifican por sí solos que Siodmak podría haber sido uno de los grandes directores del período mudo… si hubiera debutado antes. El primero es la prodigiosa modulación de los gestos en ese plano que, en la fiesta, desvela la dinámica que rige el triángulo amoroso: Gustav besa en los labios a Annya y, enseguida, levanta un puño amistosamente…, ante el susto del seductor Franz, que da un respingo; Annya aprovecha que su pareja no la mira para olisquearse la mano besada… y restregársela con desagrado; Gustav, con su corpachón en medio, como el jueves, se ajusta vanidoso el chaleco, la pajarita y la chaqueta; y, cuando, ante la sugerencia de Franz, avanza con Annya para posar para una foto, el obsequioso Franz deja de sonreír y Annya se gira para mirar cómplice a su amante.

 

Apenas nada de esto queda en la versión francesa; bueno, Gustav se ajusta la pajarita y Franz deja de sonreír cuando la pareja sale de plano: todo el resto de la sinfonía gestual se ha esfumado.

 

El otro momento es el extraordinario beso de reconciliación entre Gustav y Annya, dado en un plano que en esta ocasión TUMULTES reproduce mejor que en otras…; sólo que echado a perder por la nefasta interpretación de un Boyer desdeñoso del modo más fácil y teatral, en contraste con la intensa furia de Jannings, tan controlado como extraordinario.

 

Y, como siempre, todo está mucho mejor modulado en STÜRME DER LEIDENSCHAFT: el forcejeo inicial es mucho más claro porque los actores saben guardar mejor la distancia entre sus cuerpos, apenas son unos segundos en que Gustav sujeta amenazante a Annya e intenta estrangularla, pero esto explica mejor la inesperada reacción de la infiel de agarrarlo por el cogote y besarlo desesperadamente para salvar la vida;

 

también este beso de Annya y el gesto de Gustav de separarla de sí, agarrándola por el pelo y forzándole la muñeca, son mucho más claros y visibles en la versión primordial;

 

para qué hablar del cambio de sentimiento de Gustav, donde Boyer, con sus pintas de matón de barrio, apenas deja caer su labio belfo, mientras en el sudoroso Jannings la mudanza del gesto da a entender que ha descubierto a una nueva mujer dentro de Annya;

 

y, en fin, en la versión alemana hay dos travellings de avance apenas perceptibles, uno durante el forcejeo y otro durante la mudanza de Gustav, inmediatamente anterior al beso definitivo, de los cuales la versión francesa, misterios, sólo conserva el primer movimiento.

 

Así las cosas, ese beso desgajado en dos, pese a los actores, no está mal en la versión francesa; pero en STÜRME DER LEIDENSCHAFT, en su unión y en su perfecta fusión entre amor y violencia, entre Eros y Thanatos, se erige, simplemente, como uno de los mejores de todo el séptimo arte.

 

 

En resumidas cuentas, este díptico formado por STÜRME DER LEIDENSCHAFT y TUMULTES, dos versiones tan parecidas, casi idénticas, en su punto de partida, pero tan diferentes en sus resultados, demuestra, suponemos que para desesperación de Siodmak, que el cine no solamente vive de la planificación del cineasta compositor, sino que para llevar a buen puerto la partitura también necesita del concurso de intérpretes de primera que, bajo la batuta del cineasta director de orquesta, puedan ejecutar las notas perfectamente afinadas: una oportunidad única en la historia para comprobarlo (excluimos, naturalmente, el plagio, perpetrado por un director de cuyo nombre preferimos no acordarnos, de la inmortal PSYCHO [Psicosis, A. Hitchcock, 1960]).

 

TUMULTES es una película del montón, que para nada destaca en la época en la que fue rodada. STÜRME DER LEIDENSCHAFT es excepcional.

 

Niño rico, niño pobre: Two (Satyajit Ray, 1965)

Niño rico, niño pobre: Two (Satyajit Ray, 1965)

 

A pesar de ser una de las más copiosas del mundo, no es precisamente la cinematografía india una de las más destacadas, ni de lejos. Un motivo importante es que, como la egipcia y, en menor medida, la española, ha estado históricamente copada por musicales de poca monta, ejemplificados en los productos del escalofriante Bollywood. Otro es que ninguna de dichas cinematografías fue capaz de desarrollarse satisfactoriamente, ni durante la etapa silente del cine, ni siquiera durante los comienzos del sonoro, épocas en las que se dirigieron a sus públicos mayoritariamente analfabetos e impermeables a las sutilezas, que tan sólo parecían vibrar con sus respectivos folclores. Pero tal vez la más determinante razón sea que, como sucede con las otras dos cinematografías mencionadas, pese al portentoso bagaje artístico de la historia de estos tres países, sobre todo India y España (los mayores logros de Egipto pertenecen a una civilización extinta que nada tiene que ver con los egipcios actuales), no parece que sus nativos, cuya mentalidad parece ser más literaria, pictórica o arquitectónica, hayan sido especialmente sensibles a la dinámica de las imágenes en movimiento. Simplemente. Así las cosas, dentro de ese páramo cinematográfico desde un punto de vista artístico que fue la India, la corriente más importante se localizó en un estado con una cultura y lengua bien propias, en oposición a la predominante indostaní: Bengala. En efecto, bengalíes (de Bengala Occidental) son los más prestigiosos directores indios entre los clásicos: el sobrevalorado Mrinal Sen; el estupendo Ritwik Ghatak; el gran Satyajit Ray. Fuera de ella, tan sólo Guru Dutt llegó a alcanzar cierto predicamento, pero su cine, puro Bollywood, no es precisamente para echar las campanas al vuelo.

Así las cosas, para muchos aficionados el cine indio es Satyajit Ray, calcutense. Lógicamente. Sin embargo, aun así, debemos matizar la grandeza del cineasta bengalí por antonomasia, ya que sus películas no suelen aguantar bien las revisiones (nos ha sucedido para la confección de este artículo, por ejemplo, con DEVI [La diosa, 1970],  ARANYER DIN RATRI [Días y noches en el bosque, 1970], PRATIDWANDI [El adversario, 1970] y SHATRANJ KE KHILARI [Los jugadores de ajedrez, 1977]); algo común, por cierto, a muchos directores guionistas de su generación, aunque sean oriundos de otras latitudes, tales Billy Wilder, Joseph Leo Mankiewicz o John Huston (las grandes excepciones son Samuel Fuller e Ingmar Bergman). Así que nos parece francamente exagerado el aforismo de Kurosawa de que “quien no ha visto el cine de Ray es como si no hubiera visto el sol y las estrellas”, que el gran cineasta nipón tal vez acuñara pensando en una bonita escena de APUR SANSAR (El mundo de Apu, 1959) que registraba en un plano la luna y en el contraplano correspondiente el sol poniente.

 

Desde luego, Ray es un magnífico cineasta, pero, salvando las lógicas diferencias temáticas y estilísticas, se integra más en el grupo de Alf Sjöberg, Budd Boetticher, John Sturges, Robert Siodmak o Agnès Varda que en el superior de Raoul Walsh, G. W. Pabst, Otakar Vávra, Otto Preminger o Noboru Nakamura, por no mencionar al ramillete de los genios mayores del cine. Ray, de hecho, aunque tiene un buen puñado de grandes películas, por algo es un director de pedigrí, como PATHER PANCHALI (La canción del camino, 1955), APUR SANSAR, el episodio POSTMASTER (El cartero) de TEEN KANYA (Tres hijas, 1961), MAHANAGAR (La metrópoli o La gran ciudad, 1963), KAPURUSH (El cobarde, 1965) y TWO (1965), en nuestra opinión no consiguió con ninguna de ellas ninguna obra maestra absoluta. Incluso resulta un poco descorazonador que el director nunca superara su debut, PATHER PANCHALI, ni mucho menos en la decepcionante segunda entrega de la trilogía de Apu, APARAJITO (El invicto, 1956), ya no porque en la secuela no aparecieran los dos personajes más memorables del film fuente, la abuela y la nieta Durga…,

 

…sino porque el cineasta anduvo mucho menos inspirado; en cuanto a la excelente APUR SANSAR, pese a la excusa de recuperar a un Apu adulto, ya es un film independiente de los dos anteriores. En fin, fue como si PATHER PANCHALI la hubiera rumiado Ray durante tan largos años que casi le agotara las ideas, sensación ratificada por la muy mediocre PARASH PATHAR (La piedra filosofal, 1958)… Hasta que llegó JALSAGHAR (El salón de música, 1958), y comenzó su breve etapa de gloria, que se clausuraría con NAYAK (El héroe, 1966). Luego ya, la decadencia, cada vez más acusada, de la que tan sólo se salvaría la estupenda GHARE BAIRE (El mundo de Bimala o Dentro y fuera, 1984).

 

Es indiscutible que el conjunto más importante de la filmografía de Ray es el que conforman aquellas películas centradas en el tema de la infancia, a la que siempre fue tan sensible. En efecto, la mayor parte de sus mejores títulos pivotan en torno a un niño, un adolescente, o varios de ellos; sea de modo constante, como PATHER PANCHALI, como los dos mejores episodios de TEEN KANYA, POSTMASTER, sobre una huérfana que “adopta” como padre al nuevo cartero y SAMAPTI, sobre una loca quinceañera a la que casan pese a su palmaria inmadurez, o como TWO; sea de modo intermitente o episódico, como MAHANAGAR, donde la cuñada adolescente y el pequeño hijo de la protagonista alcanzan una relevancia especial, o APUR SANSAR, cuya parte final está dominada por Pulu, el hijo de Apu, huérfano de madre. La excepción más relevante del mejor Ray es KAPURUSH, donde no aparece ni un solo niño. Tampoco aparecen en las estupendas CHARULATA (1964) y GHARE BAIRE, aunque sí en JALSAGHAR, en la figura del hijo del ricachón, y en NAYAK, en la de la adolescente enferma; pero estos títulos nos parecen menores en comparación con los anteriores. Evidentemente, tratándose de un director irregular, no todas las películas de Ray sobre la infancia son memorables: no lo es, pese a su desmesurado prestigio, APARAJITO, y aún lo son menos SONAR KELLA (El castillo dorado, 1974) y PIKOOR DIARY (El diario de Pikoo, 1981). Mención aparte merecen, no por centrarse en la infancia, sino por parecer dirigidas a ella, las espantosas GOOPY GYNE BAGHA BYNE (Las aventuras de Goopy y Bagha, 1969) y HEERAK RAJAR DESHE (El reino de los diamantes, 1980), infumables fantasías realizadas para un público supuestamente infantil que serían la vergüenza de cualquier cineasta de pro nacido en Occidente y que son sus dos mayores batacazos artísticos, absolutamente insalvables.

Con todo, pese a tantas y tantas películas que tratan o pivotan sobre el tema de la infancia, no siempre los niños de Ray ofrecen interpretaciones impecables (los japoneses son en este aspecto, y en otros muchos, insuperables). Así, el inexpresivo niño de MAHANAGAR parece haber conseguido el papel por mono; incluso el niño rico de TWO acusa en los dos primeros minutos ciertos despistes que lo impulsan a mirar a cámara furtiva o fijamente, como esperando instrucciones o simplemente la aprobación del director…,

 

…aunque, por fortuna, ya en el segundo minuto el chaval se centra en su personaje de pequeño déspota y acaba ofreciendo una magnífica composición. Centrándonos ya, pues, en TWO, comencemos por algunos defectos veniales: sobra en nuestra opinión la música extradiegética, más teniendo en cuenta la breve duración de la obra, pues con ella se amortigua bastante lo mágico de las sucesivas apariciones de la flauta de la discordia; hay incluso un fallo de raccord muy notable en ese primer plano del niño en que enciende un fósforo, cual pequeño Nerón, sin el gorrito orejudo de Mickey Mouse, cuando en los dos planos que lo rodean sí lo lleva, lo que delata tal vez la premura en el rodaje de esta obrita para televisión.

 

Y ya no cabe reseñar más taras, ni siquiera el uso continuo del zoom, que Ray utiliza para subrayar algunas reacciones de los pequeños actores con la intención más que probable de no cortar su espontaneidad.

Pues resulta que, sí, se puede calificar TWO como una “obrita” por su humilde duración de doce minutos, por su concentración de la acción en un único lugar que hace interaccionar la mansión con los campos que la rodean, por su carencia de diálogos, y por contar en su reparto con sólo dos personajes, el niño rico y el niño pobre, que, como los pequeños de PATHER PANCHALI, no son actores profesionales. Pero, en cuanto a su calidad definitiva y al sorprendente alcance de su propuesta, TWO es una señora película, nada menos que el mayor logro de Ray junto a PATHER PANCHALI. Y es que es difícil, si no imposible, encontrar un film que, partiendo de una idea tan sencilla como brillante, haya conseguido alcanzar la superlativa calidad de TWO; encima, en poco más de diez minutos de duración: dos niños se dedican a hacer una competición de juguetes. Simplemente. Ahora bien, la cuestión de fondo es que uno de los niños es rico y el otro pobre, y quien comienza este combate pertrechado de muy diferentes accesorios es el airado niño rico, que, sólo por serlo, piensa él, debe tener más y mejores juguetes que el pobre, al que ha de poner en el lugar inferior que, según su ego también, le corresponde. Precisamente, la causa de la liza es lo que dota al film de mayor hondura, al convertirlo en un trasunto, o mejor, en una parábola de la lucha de clases. “A Film Fable” / “Una fábula fílmica” subtitula, de hecho, la película Ray.

 

ARRIBA Y ABAJO

Uno de los grandes aciertos de Ray en TWO es que, a diferencia de alguna que otra ocasión, no sucumbió a la facilidad. Para empezar, por adoptar la perspectiva del “malo” de la película, el niño rico, con el que comienza el film y con el que nos familiarizamos durante los tres primeros minutos; para seguir, por haber empapado todo con un fino sentido del humor; y para acabar, por rechazar el lugar común de la inocencia de la infancia, cuando menos inexistente ya al alcanzar cierta edad (¿ocho años pueden tener tal vez los jóvenes actores?). Así, entre la ironía y la amargura, pues el humor no amortigua el desencanto del film, Ray postula que la lucha de clases ya comienza en la propia y nada inocente infancia; incluso la tiñe de una agresividad tremebunda cuando el rico acaba “agrediendo” al pobre y a su cometa con todo su “arsenal” de armas. Esto último tal vez haya impulsado a algunos a considerar TWO como una parábola sobre la entonces candente guerra de Vietnam, algo que nos parece, si no descartable, menos plausible que la cuestión de la mencionada lucha (literal) de clases, que es lo que de verdad muestra el film visualmente…, y más teniendo en cuenta que en su país de producción, la India de 1965, el sistema de castas aún conservaba cierta vigencia.

De hecho, TWO recupera del inicio de PATHER PANCHALI, y en menor medida de JALSAGHAR y de DEVI, la separación en dos espacios asignados a cada clase social: arriba para las clases pudientes; abajo para las menesterosas. En efecto, si en PATHER PANCHALI una panorámica nos llevaba de una madre a otra, ambas también rivales, la rica en la terraza de su palacete y la pobre sacando agua del pozo del patio…,

 

…en TWO un plano fijo, también en picado como el cuadro final del de PATHER PANCHALI, nos muestra al émulo de Mickey observando desde arriba al pequeño flautista.

 

Pese a la mirada despectiva del imperioso, todavía no hay un cruce de miradas entre ambos, ya que el menesteroso, feliz, ignora la presencia del otro.

 

Este cruce llegará cuando comience la rivalidad entre ambos, y el rico se ponga a tocar su disonante flautín mecánico sólo para fastidiar y acallar al “inferior”.

 

Y sólo entonces ofrecerá Ray, en un toque genial, el que podría haber sido el contraplano over-the-shoulder de aquel donde han comenzado a saltar las chispas, colocando la cámara tras el niño de abajo, y evidenciando, por tanto, que el inopinado rival está arriba.

 

En fin, si en PATHER PANCHALI las dos madres rivales acabarán haciendo las paces, esto será imposible con el recomido niño rico de TWO…

 

INTERMEDIO SIMBOLISTA

Abramos un paréntesis para notar que la segregación entre personajes…

 

…se da de forma más diversa en PATHER PANCHALI, donde se utilizan los reencuadres cuando se trata de distanciar a los miembros de la familia protagonista.

 

También ahora nos interesa reseñar que precisamente en su época de gloria es cuando Ray hizo un uso más extensivo del símbolo y que, en este aspecto, TWO resulta (también) la culminación de su obra. En efecto, el símbolo emergió claramente en la obra del cineasta en 1958, en JALSAGHAR, no de modo precisamente sutil, pero sí bien modulado: con ese gran espejo del lujo donde el protagonista, el terrateniente Roy, se refleja reencuadrado como esos retratos de sus antepasados que testimonian el pasado esplendor del clan, equiparándose así (a sus ojos) con ellos…, y que finalmente le devolverá un reflejo deficitario;

 

y, cómo no, con esa gran araña (que, de hecho, figura de fondo en los créditos) que con sus relumbrones parece testimoniar la pervivencia de ese esplendor…, pero que, ¡ay!, acabará apagándose frente a los atónitos ojos del ricachón arruinado.

 

El símbolo alza vuelos más sugerentes en APUR SANSAR, no tanto por ese árbol seco que, como una prolongación del mismo Apu, delata el agostamiento de sus sentimientos, sino muy en especial por esa flauta travesera que antaño, mientras el joven dormitaba despreocupado, amparado por la fronda como una auténtica divinidad ociosa, lo asimilaba al dios Krishna, el adolescente eterno…, como adolescente de espíritu era al principio el inmaduro Apu.

 

Es más, la flauta sugiere el carácter masturbatorio del personaje, tanto en sentido mental, siempre embebecido como está Apu en su mundo de castillos en el aire, como, seguramente también, literal, como postula ese plano soberbio en que el chico anula la visión de su atractiva vecina cerrando pacatamente la hoja de la ventana ¡con la flauta!…, para ponerse a tocarla a continuación.

 

Mencionemos también que los constantes silbidos del tren de APUR SANSAR, conforme la realidad se impone en la vida del soñador, acaban asimilándose aviesamente al sonido de la flauta.

Finalizamos de momento este recorrido por el símbolo en Ray con KAPURUSH. En esta película sin niños del cineasta destacan las dos pieles de tigre de la mansión de Gupta, otro ricachón;

 

pieles que con frecuencia incluso dominan los planos de Gupta en solitario, generando un clima de soterrada agresividad que más bien resulta percepción subjetiva del personaje Amitabha, guionista… y peliculero.

 

También la imposibilidad de reanudar la relación con la guapa Karua, esposa de Gupta y antigua novia de Amitabha, se confirma porque ambos quedan separados a ambos lados de la carretera, y anulados en el plano, por un convoy de camiones que la atraviesa.

 

En fin, más ambiguos resultan esos atributos del matrimonio, tal vez meras sinécdoques, que Ray resalta con uno de sus recursos formales favoritos, no otro que el plano en gran angular con escalas muy disímiles, en dos planos que resaltan las opacas gafas de sol de la esquiva Karua y el cigarrillo a punto de consumirse del ignorante Gupta.

 

ENCARECIMIENTO

Recomendamos al lector, por si aún no lo hubiera hecho, que antes de proseguir vea TWO, ya que el texto que sigue destripa la película por completo. Adjuntamos aquí un enlace para acceder a él:

https://www.youtube.com/watch?v=zACGLjd9JNY

 

COMBATE A MUERTE

En TWO la simbología no se hace esperar mucho…, o más bien nada: ya el primer plano del film nos presenta al niño rico (¿Budu tal vez, como tiene bordado en la gorrita?), en ese palacete que es su vivienda, despidiéndose de sus padres (suponemos) tras la barandilla del balcón. Como si estuviera entre rejas.

 

Y así, de hecho, tras las rejas o junto a ellas, se lo registrará en numerosos planos en contacto con el niño pobre. No obstante, antes de proseguir con la introducción de otros símbolos, Ray nos describe la idiosincrasia de este niño al que sus padres dejan solo en su pequeño reino de fiesta eterna… y solitaria donde cunden los juguetes: la espada ajustada al cinto; la pelota en el suelo; los globos en el techo y en las paredes (¿habrá sido su fiesta de cumpleaños?); el mecano y el pájaro en el suelo de la habitación…

 

Es más, como bien corresponde a la clase alta india, el rollizo niño del gorrito de Mickey Mouse está, más que occidentalizado, americanizado, y ya no por sus ropas: bebe cocacola sin descanso, lo mismo da que agite la mano despidiéndose, que camine, que se tumbe en el sofá…; y, cuando se la acaba, masca chicle. Y, solo en su palacio, parece ser víctima del tedio, dedicándose a encender cerillas para explotar globos, cual promesa de Nerón oriental.

Ray vuelve enseguida al símbolo cuando el aburrido chaval entra en su cuarto, y nos muestra, después de la enésima aportación a la frágil torre de cubiletes, el aparador de los juguetes, el cual, aunque aún no lo sepamos, resultará ser una especie de reflejo de la propia psique del chico: el títere del demonio; el robot; los muñecos mecánicos…

 

Y justo en el momento en que Budu acciona uno de ellos, llega el conflicto: a la matraca del mico mecánico se superponen desde el fuera de campo los tenues piidos de una flauta invasora, que, con su desubicación, introducen en el film el contraste entre modernidad y tradición, mecánico y artesanal, artificial y natural, propio y extraño, dentro y fuera como en MAHANAGAR y GHARE BAIRE; a la postre, entre niño rico y niño pobre. Esa flauta acompañada por el viento impele al que todo lo tiene a abandonar sus juguetes y asomarse a la ventana, donde verá por primera vez…, tras las rejas, a su antagonista pobre, el típico pequeño flaco y zarrapastroso que uno puede imaginarse en la India, que se entretiene con apenas nada sin molestar a nadie… menos a él.

 

Es interesante constatar que el atributo fundamental del intruso que deambula libre por la naturaleza mientras Budu permanece encerrado en una mole arquitectónica, lo constituye precisamente, como en el caso del joven Apu de APUR SANSAR, esa flauta de procedencia divina que para Ray parecer ser emblema de vida despreocupada y que, en TWO, en particular, se asocia también a lo eterno y permanente: a lo indestructible.

 

Pues bien, el rico no puede aceptar tamaña interferencia en su burbuja y ha de avasallar al pobre, simplemente porque él está arriba y el otro abajo. Así que le responde soplando su clarinete mecánico de sonido desapacible y disonante, pero más potente. El pobre descubre entonces que tiene público nada afecto, y Ray subraya su sorpresa con un pertinente zoom que por primera vez acerca al zagal al espectador; es más, ofrece el ya citado contraplano para indicar que el flaco ha recogido el guante del duelo.

Al comprobar que el regordete monta más ruido, decide sacar el tambor, y el rico acude a su mono tamborilero… mecánico, como no, y poco le falta para reírse como el mico mientras toca su barahúnda sin esforzarse en absoluto.

Pero el contrincante no se rinde, y aparece con máscara, arco y flecha como si fuera un guerrero salvaje.

 

No hay problema: tras la contrariedad inicial, el rico saca toda su parafernalia de avatares batalladores: guerrero clásico hindú; indio (americano); vaquero; otro guerrero nacional, sin máscara y con bigotes pintados; ¡un extraterrestre! Ray muestra el desfile con un delicioso montaje sin solución de continuidad que transmite ejemplarmente el frenesí agresivo que se ha apoderado del prepotente, ya sin planos intermedios donde el airado vaya a buscar nuevos disfraces y centrándose en sus miradas de insania, verdaderamente preocupantes.

 

En consecuencia, el pobre se da por vencido, “depone” las armas ante el aprendiz de psicópata y se pierde entre la maleza con el rabo entre las piernas.

 

El rico, provisto todavía de ese bigote dibujado del que ya no se despojará en lo que resta de metraje, caricatura de adulto, saborea su triunfo dejando el chicle en ese robot que tanto se le asemeja, y Ray efectúa un movimiento de cámara alabeado para resaltar el mecano… y la máscara del diablo.

 

Autosatisfecho, Budu, que, cuando no riñe, no hace más que comer, beber o mascar, decide zamparse una manzana. Y, de repente…

 

Tras esas rejas de la ventana que lo separan del mundo, el rabioso niño rico ve una cometa surcar los cielos, libre. Igual que el beato pobre corretea por los campos mientras el envidioso permanece encerrado en su jaula de oro.

 

Nótese, de hecho, cómo, mientras en el contraplano correspondiente a Budu la cometa permanece tras las rejas, estas desaparecen en el contraplano correspondiente al pobre.

 

La intención va mucho más allá del simple uso de planos subjetivos: uno es libre y el otro no. Esta idea, de hecho, queda ratificada por respectivos planos subjetivos de los dos chicos cuando miran hacia lo alto: como acabamos de constatar, el uno ve el límpido cielo surcado por la cometa; y antes, el otro, el ventilador que cuelga del techo que ha interrumpido el ascenso de los globos.

 

En fin, tal es la rabia del despechado que ahora llega una auténtica escalada de violencia, ya que pasamos a las armas, por más que infantiles, reales: primero, el tirachinas, a la postre inservible; definitivamente, previo zoom hacia el gatillo, la escopeta de perdigones.

 

En ambos casos, el andrajoso sigue sonriendo mientras el rico se concentra en su ataque; y en la alternancia de los planos entre los dos rivales hay una oposición entre las diagonales asignadas a las armas del agresor y la vertical inamovible y digna del chico pobre, acortándose pertinentemente las escalas en la pareja de planos que clausura el segmento.

 

Es más, entre las dos tentativas, la fallida y la lograda, Ray insiste en la idea de prisión en un plano delicioso, no carente de humor, que muestra a Budu, como hacía años lo había estado el adulto Apu en APUR SANSAR…,

…caviloso con esas rejas tras él que lo separan de la naturaleza libre, añadiendo en este caso la cometa que prosigue revoloteando burlona, da lo mismo en la escala de plano medio que, tras la aplicación de un nuevo zoom, en la de primer plano.

 

Y es que, en el país de las castas, las clases altas hacen lo imposible para conservar sus privilegios y su estatus superior. Tras el “asesinato” de la cometa, Ray registra el cruce de miradas entre los dos niños, insolente uno y consternado el otro…, lo que no impide que las sempiternas rejas pongan a cada uno en su lugar.

 

La agonía de la cometa, “herida de muerte”, atravesando el jardín y el campo, viene dada por tres planos que la muestran renqueando malherida hacia su dueño, cuando antes volaba airosa, y en el último de los cuales cesa la música para cederle el paso a un viento que arrecia a lo lejos.

 

Este fragmento, por su carácter demoledor, por mostrar que los juegos pueden acabar siendo asunto grave, literalmente vital… o mortal, es uno de los momentos cumbre del cine de Ray. En fin, no satisfecho con el “asesinato”, el pequeño psicópata celebra su triunfo haciéndole la burla a su contrincante, al que el cineasta le dedica un primerísimo plano, el único de toda TWO. Mientras tanto, el viento arrecia, y el agredido se marcha cabizbajo con su cometa muerta, desapareciendo tras la choza.

 

El voraz rico saborea su triunfo dándole otro bocado a esa manzana que, rabioso, había olvidado y, en un travelling tan sencillo como magnífico, acciona todos sus juguetes mecánicos, se lleva el robot… y la cámara se demora, por segunda vez, en el acusador guiñol del diablo de la estantería.

 

…Y, cuando Budu pone en marcha al robot, vuelve a sonar desde el fuera de campo esa misma flauta del principio, llenándolo de una desazón que Ray registra con dos zooms consecutivos hacia su rostro asombrado. Ya no vuela la cometa, pero el sonido penetra a través de la ventana enrejada, a la vez que el viento que mece las cortinas.

 

Mientras el robot sigue marchando ajeno a los sonidos del entorno real…,

 

…el perplejo imperioso sólo tiene ánimo para sentarse de espaldas a cámara.

 

Ha intentado humillar al pobre, pero no ha podido derrotarlo: el menesteroso es invencible porque no necesita docenas de juguetes para entretenerse, porque su riqueza no es material, sino espiritual, y, en consecuencia, es un espíritu libre. En fin, en ese mismo plano entero del vencido, con esa fuga que, en el mismo centro del encuadre, llega hasta el otro extremo de la casa como denunciando la vacuidad de su pequeño emperador, mientras el viento va tornándose huracanado, casi apocalíptico, a la par que los silbidos de la flauta aumentan su volumen, el robot choca contra la construcción y la derrumba.

 

Es como si el mismo niño hubiera hecho añicos su fortaleza, esa torre de marfil suya, a lo que se ve, de precario equilibrio; una idea, por cierto, que proviene de Fritz Lang, uno de los grandes simbolistas del cine, y THE BIG HEAT (Los sobornados, 1953), en concreto, de ese momento en que Dave Bannion derrumba sin querer la construcción de su hija en reflejo del desmoronamiento de su propia familia.

 

En fin, ese huracán más mental de físico, ya no es que haga entrar partículas del exterior y agite las serpentinas que decoran las paredes, sino que tumba ese muñeco del cuervo que ha asistido silencioso al comienzo y al final de la lid. Budu sentado, la torre demolida, el cuervo caído: es una derrota sin paliativos.

Una tragedia americana: Elephant (Gus Van Sant, 2003)

Una tragedia americana: Elephant (Gus Van Sant, 2003)

 

Un elefante es el símbolo del partido republicano de los Estados Unidos. Un elefante, en parábola budista, es también algo indescifrable para tres ciegos que palpan separadamente distintas partes de su cuerpo. Y también puede ser algo absurdo e incoherente, incluso peligroso fuera de su ambiente: de ahí el lema de “un elefante en un salón” o “un elefante en una cacharrería”. Tan variadas sugerencias despertó en el momento de su estreno ELEPHANT (2003), la impresionante película de Gus Van Sant; pero, en realidad, creemos que el título apunta más bien a que un elefante ciego de rabia es una máquina destructora que arrambla con todo, tal y como hace el airado adolescente Alex, al que el film equipara con el paquidermo merced a una de las láminas que cuelgan en su habitación.

Y ahora, la pregunta del millón: ¿cómo es posible que Van Sant rodara una película de esta categoría? Puesto que resulta que Van Sant es, como sucede con Stephen Roberts y THE STORY OF TEMPLE DRAKE (1933), Herbert J. Biberman y SALT OF THE EARTH (La sal de la tierra, 1954), Chris Marker y LA JETÉE (1962), Yoshimitsu Morita y KAZOKU GÊMU (El juego de la familia, 1983), Fredi M, Mürer y HÖHENFEUER (Fuego en las alturas, 1985), John McNaughton y HENRY: PORTRAIT OF A SERIAL KILLER (Henry: Retrato de un asesino, 1986), Manoel de Oliveira y O CONVENTO (1996), Kar-Wai Wong y FA YEUNG NI WA (Deseando amar, 2000), tal vez algún otro más, director de un solo film de auténtica valía. Como explicación, sólo se nos ocurre acudir a la disyuntiva entre dos lugares comunes: o bien, la flauta sonó por casualidad, opción que, visto el rigor mostrado por el cineasta de Louisville en este título, resulta injusta; o bien, Van Sant se encontraba en lo que muchos aficionados gustan de llamar estado de gracia, que en su caso resulta en verdad aplicable, ya que el resto de su filmografía es competente o mediano, cuando no muy mediano o directamente mediocre. Y es que pensar que Van Sant sea el responsable de una de las mejores películas del siglo XXI (cierto es que tampoco hay mucha competencia, pero se trata de un film de primera) causa hasta estupor. Y es que, al igual que sucede con tantos pintores o escultores abstractos, con frecuencia se tiene la sensación de que “autores” cinematográficos de hoy en día, él incluido, con sus poses esteticistas, su conceptualismo y su minimalismo casi siempre impostados, cuando no con su progresismo de salón, encubren en realidad no pocas carencias.

En efecto, Van Sant, pese a ser uno de los pocos autoproclamados autores interesantes de verdad, así como relativa, muy relativamente valiosos de hogaño, resulta que, cuando realiza películas bajo parámetros más convencionales, siempre resulta más adocenado que cuando lo hace bajo premisas más personales que implican un mayor despojamiento formal; e igual que a esos pintores abstractos a los que alguna vez se les antoja pintar un cuadro figurativo, entonces se le ven las costuras y las insuficiencias. Por más que al inicio de su carrera el estadounidense pareciera ser un valor relativamente prometedor, especialmente por DRUGSTORE COWBOY (1989)…, que tampoco es que sea ninguna maravilla, el cineasta homosexual (no es, claro está, el único de la historia, pero sí aquel que ha enarbolado la bandera arcoíris sin descanso) se iría amodorrando con el paso de los años, hasta caer en la absoluta inanidad en sus últimas y olvidables películas, de la que tal vez el nadir sea THE SEA OF TREES (2015), increíblemente mansa y acomodaticia; ello, por no hablar de esas cotas de estimación merecidamente ínfimas de las que se hizo acreedor con su innecesario y estomagante remake de una de las obras maestras del cine, PSYCHO (Psicosis, 1960), realizado en 1998: o no tomarás el nombre de Hitchcock en vano. El único interés de la infame PSYCHO de Van Sant, de hecho, radica en la introducción de planos sobre la bóveda celeste que prefiguran los tres que pautan ELEPHANT mejor que esos intertítulos, heredados de ROCCO E I SUOI FRATELLI (Rocco y sus hermanos, 1960), que nos presentan, o mejor, nos enuncian a los protagonistas de la tragedia, tanto víctimas como verdugos. Esos tres planos, sitos al principio, a los cincuenta minutos, con ese cielo que se oscurece poco a poco mientras se aproxima la tormenta, y al final, resultan ser progresivamente más nubosos;

   

y el segundo, en concreto, saja el film para dividirlo en dos partes bien diferenciadas: la larga exposición… y el sobrecogedor desenlace. Pues, digámoslo ya, ELEPHANT, con su minimalismo bien asumido, carece de la otra parte preceptiva en un film clásico, al menos de manera obvia: el nudo.

 

LAS NADA ODIOSAS COMPARACIONES: “VAN” CONTRA “VON”

Evidentemente, ELEPHANT pertenece al corpus más estilizado y exigente de Van Sant, ese en el que también cabe insertar sus muy interesantes LAST DAYS (2005) y PARANOID PARK (2007), que son, a muy considerable distancia, sus siguientes dos mejores títulos, aquellos que continuaron luciendo los destellos de su obra cumbre, si bien amortiguados; curiosamente, los tres rodados en la proporción 1:1,37, tan excéntrica, por residual, en pleno siglo XXI (aunque, todo hay que decirlo, tampoco sea el de Louisville un hacha en el manejo del academic ratio). Este interesante conjunto lo habría inaugurado ELEPHANT si no fuera por la existencia de la previa GERRY (2002), tan mortecina y previsible (si, al menos, al señor director se le hubiera ocurrido cambiar el título…) que para nada dejaba predecir la inopinada cima del film de 2003. Así las cosas, ELEPHANT acabó suponiendo, más que una auténtica revelación, como algunos llegamos a pensar, casi esa flauta que sonó por casualidad…; lo que ni siquiera llegó a suceder con esa absoluta mediocridad coetánea, ensalzada por festivales y crítica de todo pelaje, bautizada como DOGVILLE (2003), debida a ese ególatra danés de cuyo nombre es preferible no acordarse.

La alusión al culebrón de von Trier (¡glups, hemos nombrado al innombrable!) resulta procedente, por cuanto ELEPHANT maneja materiales comunes a él: una visión desencantada de la sociedad estadounidense; una denuncia de la violencia latente en ella; la idea de que el infierno se agazapa bajo la más insignificante cotidianeidad, idea ejemplificada en ambas películas por el reflejo demoníaco de las llamas que aderezan las matanzas finales.

 

Los paralelismos, por fortuna, acaban en los planteamientos, y allí donde von Trier endilgó vacuidad y facilidad, Van Sant brindó profundidad y elegancia. Empezando con la ubicación, von Trier se atrevió a hablar de un país donde, según confesó, nunca había estado; Van Sant, por el contrario, es nativo de los Estados Unidos, lo cual, si no garantiza la lucidez, sí da la seguridad de saber de qué contexto se está hablando. Siguiendo con la temática, la elección de von Trier resulta absurda por su abstracción y su voluntario anquilosamiento en un tiempo mítico pero lejano, el de la gran depresión y el gansterismo organizado, mientras que la de Van Sant es sumamente defendible por su concreción y apego a la actualidad y la sociedad contemporáneas, al centrarse en el magma de violencia que bullía (y bulle) entre la juventud. Dramáticamente, la explosión final de violencia en von Trier es absolutamente gratuita, por no responder más que a las preconcepciones de su director; en cambio, Van Sant no inventó nada, pues lo que nos comunica sucedió realmente; es más, la matanza de ELEPHANT resulta mucho más impresionante que la de la mediocrísima DOGVILLE por cuanto no traduce una violencia reciclada de películas de hace años, sino otra actual y real, más inquietante al estar adherida a la sociedad normalizada, y tanto más preocupante por cuanto no se sabe muy bien de dónde procede. Resumiendo, “von” habló por no callar, mientras “Van” lo hizo por una necesidad insoslayable que lo reconcomía y lo empujaba a clamar al mundo la terrible situación que vivía su país…; y no sólo el suyo.

Van Sant, además, supo rehuir el fácil didactismo que tanto propiciaba la historia; para entendernos, el que supuraba el tan bienintencionado como vulgar documental BOWLING FOR COLUMBINE (Michael Moore, 2002). De hecho, la película apunta en ocasiones a ciertas causas de la violencia gratuita que corroe las actuales sociedades occidentales y, en particular, la americana, tales como: la cultura tradicional de los USA como germen (¿germánico?) de su violencia congénita; el resurgimiento de la ética y la estética nazis; la agresividad que es la base de los vídeo-juegos; la fijación juvenil por cierta imaginería satánica; la facilidad para comprar armas ¡incluso por menores!, ¡¡y hasta por internet!!…; la misma desestabilización psíquica de algunos adolescentes.

 

Ahora bien, ELEPHANT nunca llega a presentar dichas posibles causas como explicación indubitable, pues no olvida que la vida cotidiana está impregnada de otros muchos estímulos, entre los que no se pueden soslayar los propiciados por el sistema educativo, padres incluidos. Y así, tan enervantes pueden resultar la machaconería de un vídeo-juego como la bella música de Beethoven que Alex se ve, probablemente, obligado a aprender, así como la abominable forma de conducir del padre de John que abre el film, haciendo eses, destrozando retrovisores y atropellando casi a un ciclista, o la arrogante sonrisa de superioridad con la que el director del instituto recibe/cohíbe a los alumnos, sonrisita sobre la que hemos de volver.

 

Y es que la atmósfera, más que relajada, mortecina que proporciona la vida provinciana estadounidense no mejora precisamente las cosas, sino que potencia la violencia que se agazapa en ella.

 

Es más, el entorno humano que retrata ELEPHANT resulta definitivamente antipático, y no merced al birlibirloque de que hace alarde el falsario von Trier de DOGVILLE (o de cualquier otra película), donde los provincianos se vuelven malos de la noche a la mañana, sino por pequeños detalles, tan humanos y creíbles… como escalofriantes: un tema de debate en una clase del instituto es ¡si se puede distinguir a los homosexuales!, revelador por cuanto tiene de falsa aceptación de unas personas a las que, en realidad, se está haciendo objeto de clasificación o, lo que es lo mismo, de segregación; el patito feo del instituto, Michelle, se ve acosada por el integrismo yanqui, ya que sus compañeras le hacen el vacío y la ponen a pelar por no querer ducharse con las demás, y hasta la profesora de gimnasia amenaza con suspenderla ¡por no llevar pantalones cortos!;

 

tres amigas comen una ridiculez y a continuación van al servicio ¡a vomitar juntas!, momento que Van Sant cela elegantemente al darlo por el sonido en off en un plano vacío sobre sendas puertas de váteres;

 

el joven John, avisado de que algo gordo va a suceder, intenta evitar que la gente entre en el instituto, pero no llama a la policía y, es más, cuando empiezan el fuego y los disparos, una impertinente sonrisa parece aflorar en sus labios, tal vez satisfecho porque el apocalipsis no le haya tocado a él;

 

la cantante en ciernes, una vez comenzada la matanza, entra en el lavabo donde se encuentran las tres amigas y se oculta en un retrete sin avisarlas del peligro que corren, ni decir esta boca es mía, antes de que entre el rabioso Alex… ¡Sálvese quien pueda!

 

Otro acierto de ELEPHANT es presentar su material con la menor dramatización posible, rebajando al mínimo la anécdota argumental y aplicando una pátina de documento, especialmente por su modulación del tiempo, de ritmo lento y absolutamente cotidiano, así como por no haber recurrido prácticamente a actores profesionales, sino, en su mayoría, a auténticos estudiantes de instituto…, aunque, posible punto débil, salvo la actriz que encarna a Michelle son todos tan monos y fotogénicos que, más que ante un colectivo estudiantil real, parecemos estar ante su proyección idealizada. Incluso la escenificación de la matanza está lejos de florituras falsamente artísticas (enésima diferencia con el panfleto de von Trier), sino que es sumamente austera, sin histerismos interpretativos ni efectismos, con una falta de énfasis que la hace aún más hiriente y estremecedora.

 

PATÉTICA

En consonancia con su limpidez dramática, Van Sant decidió hacer uso en ELEPHANT de un número muy limitado de figuras de estilo, lo cual no es, ni mucho menos, síntoma de insuficiencia, vistas la fuerza y pertinencia con las que están trabajadas dichas figuras. ¡Quién lo habría imaginado del firmante de las vulgares GOOD WILL HUNTING (El indomable Will Hunting, 1997) o FINDING FORRESTER (Descubriendo a Forrester, 2000), por no mencionar otras mucho peores!

Aunque hay más elementos formales en liza, algunos destacan especialmente y ya adquieren todos ellos protagonismo en el momento, crucial, en el que, después de que la cámara haya penetrado en el instituto condenado y John se haya entrevistado con el director, abandona abruptamente a ambos para pasar al patio de deportes, donde se nos presenta a otros protagonistas del drama: el montaje, tan conciso como rebosante de intención; la música clásica aparentemente extradiegética; las dislocaciones temporales; cómo no, los travellings de acompañamiento a los personajes, con frecuencia dorsales; y aún podríamos añadir el uso del color rojo y las puntuales utilizaciones de la cámara lenta, lejos, muy lejos del fácil exhibicionismo que suele acompañar este recurso desde los ya lejanos tiempos de Sam Peckinpah.

En efecto, el plano del director manifestando su sardónica reconvención es clave por cuanto acaba, por corte, con el primer travelling complejo del film adherido a un personaje y con constantes cambios de localizaciones, en concreto, el que ha seguido a John en su llegada al instituto, desde el coche de su padre hasta el teléfono del vestíbulo, y de ahí a secretaría y dirección;

 

por cuanto se da, en contraste, en un plano muy breve, que actúa como contraplano del cuadro final de la toma previa;

 

y por cuanto, antes de recuperar esa medio sonrisa hiriente, en lo que supone un avieso apunte de montaje, aparecen incrustados en medio de ella la primera pieza de Beethoven y el segundo y el tercero de los largos travellings que trufan el film, cada uno de tres minutos de duración, y que resultan ser los primeros sobre algunas de las futuras víctimas: Michelle, Nathan y Carrie, las tres mosqueteras anoréxicas.

Los dos planos incrustados en plena sonrisa del director resultan, efectivamente, fundamentales. Para empezar, suponen la primera dislocación temporal del film, pues, después de seis minutos, recuperamos al profesor con exactamente la misma pose con que lo habíamos abandonado. Para seguir, en el primero de ellos, al principio fijo sobre el patio de deportes, comienza a sonar el taciturno y mágico adagio sostenuto del Claro de luna de Beethoven, que, aunque aún no lo sepamos, es ya el sello del hado sobre los pobres estudiantes, ya que, si bien aquí suena extradiegético, a posteriori se asociará con el paquidermo Alex, obligado a tomar clases de piano interpretando al genio alemán, del que más tarde ensayará su Für Elise / Para Elisa con no pocos errores (hasta su amigo y cómplice Eric le dice que lo suyo no es la música) y más bien a disgusto (es elocuente el gesto obsceno que le dedica a la partitura).

 

En este primer plano también toman protagonismo, primero, Michelle, con su pantalón rojo y que mira tal vez anhelante hacia ese cielo que marcará el punto de inflexión en el film y, luego, Nathan, que se pone su sudadera roja, dejada en el suelo fuera de campo, con lo que ya son dos los protagonistas que visten del color de la sangre…,

 

…ambos precedidos por algunos deportistas que han cruzado el cuadro fugazmente;

 

en fin, tras casi dos minutos de encuadre fijo, la cámara decide seguir a Nathan con un travelling dorsal, la figura de estilo fundamental de ELEPHANT, mientras el elegíaco Beethoven va compartiendo la banda sonora con otras músicas más cotidianas que otros estudiantes escuchan en el parque del recinto.

De hecho, el Claro de luna acaba volviéndose francamente disonante en ese siguiente plano que tantas veces pasa de un lugar a otro, acosada la pieza por los numerosos ecos como de ultratumba, de otras músicas, de ruidos, de voces, que resuenan en los pasillos del instituto, en uso verdaderamente soberbio del sonido.

 

En fin, en el segundo travelling, cuando Nathan y Carrie llegan a secretaría, suena agónico el acorde final del movimiento musical, y ya sólo quedan los sonidos cotidianos, que van a enlazar con el rapapolvo que el director le echa a John, el cual, en lo que es otra constante del film, enseguida coincidirá en el mostrador con la pareja de novios…, aunque, en realidad, bajo parámetros convencionales (menos de un minuto frente a seis), esta coincidencia sea imposible: da lo mismo, ELEPHANT se rige por sus propias reglas. Antes, sin embargo, en este último plano se cruza Nathan con las anoréxicas, y Van Sant ralentiza momentáneamente la cámara para recoger los pucheritos de las tres suspirantes por el guapetón del instituto, en un momento que rehúye brillantemente el plano y contraplano por montaje, ya que, tras registrar el encuentro tangencial, la cámara efectúa un giro alabeado para recoger primero a la rubia y luego a las tres juntas y, al seguir retrocediendo, recuperar a Nathan, que va dejando atrás a las chicas, momento en que la cámara recupera su velocidad estándar.

 

Y, sobre todo, en este segundo travelling fatídico las luces piloto rojas se vuelven obsesivas, marcando ya el destino siniestro de aquellos a los que registra, Nathan, Carrie y las tres amigas;

 

no en vano dichas luces se recuperarán durante la matanza, tanto acompañando a las víctimas como a los verdugos.

 

Magistral.

Debemos mencionar en este punto que los travellings de acompañamiento, tanto frontales como dorsales, como pilar maestro del film no los inventó Van Sant: lo hizo el genial King Vidor en una de sus supremas obras maestras, THE CHAMP (El campeón), en el lejano 1931, décadas antes de la aparición de la steady-cam, para adherirse emocionalmente a la pareja formada por Dink y Champ, dotando a sus movimientos de cámara, además, de un sentido comunitario al incluir también con cierta frecuencia a los amigos del niño. Al césar lo que es del césar.

 

Volviendo a nuestra película, aparte de las formas fundamentales que tan bien enunciadas han quedado, ELEPHANT hace gala también de ciertos recursos sumamente inhabituales en el cine convencional, como pueda ser el ocasional uso de planos con mucho aire sobre las cabezas o, especialmente, el recurso a ciertas imágenes casi metalingüísticas, sobre todo en lo que al personaje de Elias, el fotógrafo, se refiere. En efecto, en una escena dada en dos bonitos planos con escalas muy cerradas de plano detalle y primerísimo plano, Elias, en el primero voltea el carrete, que, al hacer tictac, diríase un reloj que marca la cuenta atrás de su propia vida;

 

y en el segundo, recorta una serie de fotogramas que penden de un hilo, como si fuera el mismo Van Sant montando su film… o el mismo chico ajustando las cuerdas de su destino; incluso, cuando Elias sale del laboratorio, las ristras de ese celuloide que aún se está desarrollando ante el espectador oscilan en el vacío.

 

En fin, ya en otra secuencia, en un plano subjetivo de Alex y en uno de esos raros momentos en que el film monta una escena con más de una toma, y aún más raros en que acude a la estructura del plano y contraplano, Elias fotografía a sus propios verdugos dirigiendo su cámara directamente a la cámara tomavistas del mismo Van Sant…

 

 

Volvamos ahora a los seis pilares maestros formales de la obra cumbre de Van Sant:

• Aunque la cámara lenta aparece en muy contadas ocasiones y durante apenas unos pocos segundos y de modo casi subliminal, resulta especialmente importante, puesto que registra esos momentos en que los personajes están más felices: el cruce de miradas entre las tres amigas y Nathan;

 

Michelle llenándose los pulmones de aire puro al contemplar el cielo mientras todos los demás prosiguen con los deportes;

 

el encuentro fortuito de John con ese perro que no es suyo antes de cruzarse con los pistoleros…

 

• El color rojo que señala a algunas de las víctimas se contagiará a Elias, el fotógrafo, cuando vaya al laboratorio justo antes de la matanza.

 

Por su parte, en la escena consecutiva, dada, como muchas, por un plano secuencia, Van Sant acaba concentrándose en el rostro de Michelle, que se cambia de ropa sin ducharse mientras al fondo se intuyen desenfocados los esbeltos cuerpos de sus compañeras, y, si bien se quita los pantalones rojos, acaba poniéndose, como Nathan, un premonitorio jersey escarlata: la mácula del sacrificio.

 

• Van Sant volverá a acudir a van Beethoven y su música de las esferas celestiales en otra escena, enriqueciendo el contrapunto que proporcionan las piezas para piano del genial alemán con las imágenes, al añadir a esa emoción y nostalgia inasibles que evocan en su primera aparición una notable crispación e incluso un regusto contradictorio en el plano en que Eric acude a casa de Alex mientras este ensaya al piano: no solamente el Para Elisa de Beethoven resulta fuera de lugar en la leonera del elefante enfurecido, mostrada en un movimiento de cámara circular que incluye una lámina de un paquidermo dibujado por el amago de pianista, sino que acaba superponiéndose al vídeo-juego de la caza humana con el que se deleita el imperturbable Eric.

 

Finalmente, después del enésimo asesinato virtual, Para Elisa cesa abruptamente, como abrupto es el cambio a un primer plano dorsal de Alex, para ceder su lugar de nuevo a la sonata Claro de luna… según las dubitativas notas del chico, que finaliza su ensayo con un furibundo acorde y le dedica a la partitura una peineta, para sentarse, acto seguido y en la misma toma, con su amigo del alma… y del cuerpo.

 

• La muy particular descomposición del tiempo acarrea continuos saltos adelante y atrás, amén de conllevar la repetición de algunos momentos relevantes que, de esta forma, sirven para recomponer en retrospectiva el puzle de la fatídica jornada. Ahora bien, esta descomposición no puede ser más lógica, pues es ELEPHANT una película imperativamente coral (nada que ver con la machacona moda del momento), y gracias a este tiempo cubista podemos asistir a instantes simultáneos de un selecto puñado de personajes, perpetradores, víctimas o aquellos que escapan de la matanza, familiarizándonos así con ellos, con sus grandezas y miserias, y haciendo que la conclusión nos afecte más profundamente. Es más, estos continuos vaivenes temporales, amén de ofrecer una perspectiva dislocada de los acontecimientos, sumamente pertinente dado que se está retratando una sociedad esquizofrénica, insisten también en la idea de azar y de destino: tres personajes pueden coincidir un instante en el mismo pasillo y, dependiendo de sus planes, de la elección que tomen en ese momento, se salvarán o sucumbirán, la suerte los habrá tocado o el hado se habrá cernido sobre ellos. Es el caso de Elias, John y Michelle, que coinciden en el mismo pasillo en el momento en que Elias fotografía a John mientras Michelle pasa corriendo, en un instante que Van Sant muestra tres veces, cada una de ellas asociadas a cada uno de los personajes.

John:

 

Elias:

 

Michelle:

 

Y en los tres casos los tres jóvenes, una vez deshecho el fortuito encuentro, se van a topar con los asesinos. Por otro lado, es de notar cómo en el caso de Michelle Van Sant utiliza una distancia focal más larga que en el de los chicos para así difuminar todavía más el entorno, como bien corresponde a esta pobre marginada del instituto que con nadie se trata.

 

• El montaje de ELEPHANT es de meridiana sencillez, pero de certera intencionalidad crítica y poética superlativa. Respecto a lo primero, ya hemos mencionado la interrupción de la entrevista entre John y el director.

 

Relativo a lo segundo, mencionemos ese plano de los futuros homicidas ejercitándose con una pila de madera que, al cambiar de secuencia, pasa a uno de Michelle teñida de rojo sangre, como si la chica estuviera en un laboratorio fotográfico… o como si ya le dispararan a ella: será la primera víctima.

 

O, justo al contrario, el antológico final, en que al plano de Alex encañonando a la pareja, a punto de dispararles mientras canturrea “Eeny, meeny, miny, moe” (la versión anglosajona de “Pito, pito, gorgorito”), le sucede, no el archisabido contraplano de las víctimas o de los cadáveres, sino un cielo donde discurren majestuosamente nubes algodonosas: una inesperada sustitución que nos deja impresionados y en suspenso, elevando a la máxima potencia nuestro desasosiego.

 

También es excelente el montaje interno al plano. Destaquemos ese momento en que, después de que Nathan y Carrie han salido huyendo del pasillo, el verdugo Alex aparece desenfocado al fondo, para acercarse a cámara poco a poco, hasta quedar en foco en un primer plano que tiene mucho de avasallador: o de cómo una difusa amenaza se convierte en realidad. 

 

Y es que también los desenfoques son admirables en esta gran película.

A veces, el montaje, en el sentido de ensamblaje, se da también por contraposición de los objetos en el mismo cuadro, casi a la manera de las atracciones eisenstenianas. Sucede en esa imagen en que, mientras por la pantalla del televisor desfila una histórica convención nazi, se atisban por la ventana el camión y el transportista que traen el rifle de repetición comprado por el dúo de la discordia: casi como dos pantallas que se oponen o se complementan, la pequeña pantalla que ofrece el espectáculo de la violencia, y el ventanal que da al ancho mundo… donde poner en práctica lo aprendido.

 

O con la imagen un poco posterior, perteneciente de hecho a la misma toma, en que la navaja se opone a la cámara que se muestra en la televisión, como si se tratara de dos formas contrapuestas de ver el mundo;

 

no por nada el verbo shoot en inglés se usa igualmente para disparar, como Alex, que para sacar fotos, como Elias; y, admirablemente, esta misma confrontación, disparar para saber o disparar para destruir, tendrá lugar entre ambos adolescentes al comienzo del tiroteo.

 

Otras veces, finalmente, las atracciones se generan con la fricción entre la imagen y el sonido. Así, ¡todavía en la misma toma!, cuando Alex y Eric abren el paquete con el rifle, retumban en off las inconfundibles peroratas perrunas de Hitler. O, así, la noche anterior, un plano recorre el cuerpo de Alex dormido en su cama hasta recalar en el de Eric en el sofá, ambos con sus manuales “de resistencia” en sus respectivos lechos, mientras rugen los truenos como si fueran los barritos de un elefante enfurecido.

 

• Last but not least, resulta ineludible insistir en los largos travellings del film que acompañan a algunos de los protagonistas, con frecuencia con la cámara pegada al cogote y el fondo desenfocado, así como en los planos sostenidos en general, bastantes de los cuales no responden necesariamente al molde anterior. Es imperativo comentar que en ELEPHANT dichos planos sostenidos están a años luz de la inanidad de los de GERRY, que Van Sant tal vez se tomara como un experimento de cara a su obra cumbre, como da a sospechar que en el film de 2002 tan sólo pareciera interesarle la exploración de los paisajes californianos… y que hiciera de sus protagonistas dos botarates de tomo y lomo. Y es que, mientras en GERRY los planos son anodinos, en ELEPHANT, pese a su austeridad, rebosan de elocuencia, e incluso aquellos de acompañamiento, o más bien seguimiento, son absolutamente impredecibles en su desarrollo y evolución: la cámara puede seguir a los personajes pegada a ellos, o quedarse un rato fija para luego perseguirlos, incluso alcanzarlos y sobrepasarlos; puede discurrir a velocidad normal o lenta; puede atravesar espacios (¿influencia de Hitchcock?), pero también puede interrumpir su flujo para desglosar el momento en dos tomas; puede cambiar de escala desde el gran plano general hasta el primer plano, mostrando una fruición por la forma cercana a la de Elias; puede seguir a los adolescentes frontal o dorsalmente, incorporar a nuevos personajes, o abandonar a los primeros para seguir a estos últimos, como sucede con el encuentro entre Elias y John, que comienza con el fotógrafo para, tras la foto improvisada, adherirse la cámara al chico de la camiseta amarilla, el cual, al salir del recinto, se cruza con los paquidermos Eric y Alex, momento en el que Van Sant corta y pasa a un contraplano desde el punto de vista de John para seguir fugazmente a los verdugos entre los remolinos de hojas caídas.

 

 

Merece la pena detallar uno de los planos más complejos de ELEPHANT, ya que combina la estrategia del seguimiento con otros aspectos más esporádicos, y por cuanto demuestra, por si aún hubiera alguna (poco razonable) duda, el extremo rigor y gran creatividad de Van Sant en este film. Se trata del largo plano casi secuencia, de más de cinco minutos de duración, que comienza, según la tónica general del film, acompañando a las tres amigas dorsalmente en plano americano cuando se dirigen al comedor;

 

ya en el lugar, una vez las tres han cogido las bandejas, la cámara pasa tras el expositor y lo recorre longitudinalmente mientras las chicas eligen sus platos, para, al poco, so excusa de seguir a un camarero, abandonarlas y penetrar en las cocinas, donde el susodicho camarero aprovecha para echar una calada junto a un colega; la cámara abandona también a estos dos y recala momentáneamente en otros dos trabajadores hasta que, con el último, vuelve a salir al comedor…

 

…y recupera a las tres en plano entero; cuando estas se acomodan a una mesa, un breve barrido registra a John y el perro en el exterior y, al volver, la cámara reduce la escala otra vez a plano americano; registra la conversación de las tres girando sobre ellas, hasta llegar, conforme más se exaltan, a plano medio y primer plano;

 

cuando las mosqueteras de la anorexia acaban de dar sus ridículas ganchadas a la comida y se ponen en marcha, la cámara vuelve a seguirlas un instante para abandonarlas de nuevo y, con un movimiento longitudinal como el del mostrador, recalar esta vez en esa tremenda egoísta proyecto de cantante, que le suelta su egocéntrica parrafada a un colega;

 

enseguida, vuelve la cámara con las tres, una vez ya han depositado sus bandejas en los carros fuera de campo, y las sigue una vez más de espaldas, por los pasillos, hasta que llegan al lavabo.

 

Y aquí acaba la toma. Aparte del tour de force que supone este deslumbrante plano al combinar tan complejas evoluciones con las acciones de los personajes, debemos adelantar que, tras él y otro muy breve, aquel en el que las tres delgadas vomitan la comida en sendos váteres, pasaremos a la vivienda de Alex y su primer encuentro con Eric: en otras palabras, en este instante Van Sant conecta la más ramplona cotidianeidad (el ambiente del comedor, los fumadores clandestinos, los sueños y deseos algo ñoños de las chicas…) con la gran anomalía que se agazapa bajo ella en los furibundos inadaptados. Y saltan chispas.

 

Generalmente, los largos travellings de ELEPHANT que se adhieren a los jóvenes eluden la narratividad con mucho mayor éxito que en cualquiera de las películas anteriores o posteriores del director de Louisville, mostrándonos a los protagonistas del drama en sus quehaceres cotidianos y registrándolos en sus horas altas o bajas, en sus momentos de dolor o de triunfo, simplemente adhiriéndose a sus pasos, como mucho registrando de refilón a aquellos con los que se saludan o intercambian miradas. Estos travellings suelen acompañar a los que serán víctimas de la matanza, Michelle, Elias, Nathan o las tres suspirantes; y entre ellos nos gustaría destacar, por cuanto une a las dos primeras víctimas de la escabechina, ese que empieza escoltando a Elias para acabar acompañando a Michelle, que toma el relevo de su compañero cuando se cruza con él en la biblioteca del instituto…, justo antes de que comience el apocalipsis.

 

Pues bien, todos estos travellings encontrarán su definitiva rima en uno análogo sobre el principal instigador y perpetrador de la masacre, Alex, al que en principio se le ha vetado el recurso para reservárselo en el final, cuando la cámara lo recoja en plena faena, con esas luces piloto rojas del averno desperdigadas por aquí y por allá, y con la novedad de que por dos veces la cámara efectúa en torno a él un giro de más de 180 grados mientras está parado olisqueando nuevas posibles presas.

 

Que dichos travellings sean tan sumamente largos no les resta belleza; antes, al contrario, se la añade. Como si se presagiara la amenaza y se denunciara que incluso en la cotidianeidad más anodina, el destino nos ronda; como si los jóvenes, más que recorrer los pasillos, vagaran por ellos como almas en pena de ese infierno al que, sin saberlo, ya están condenados; o como si la cámara no quisiera abandonarlos en sus postreros instantes, glosando así su condición de víctimas, de Alex, sí, pero también del entorno social. Y es que la cámara persigue a los personajes como si ella misma fuera el hado que los condujera a su destino en su ciego deambular por esa maraña de pasillos que más bien parece laberinto existencial…, y finalmente averno por donde vagarán aterrorizados los que aún sigan vivos, entre llamas, luces rojas como la sangre y, por supuesto…, demonios.

 

LA EXCEPCIÓN: LOS PAQUIDERMOS

Van Sant solamente incumple las unidades aristotélicas del film, tiempo, lugar y (no) acción, para mostrar a los asesinos en su vida fuera del instituto. Así, ellos dos son los únicos que aparecen en un “hogar”, en concreto, en el de Alex, de modo que sólo a él lo vemos en su casa, donde sus padres aparecen como un borrón difuminado al fondo de un par de planos y cuyos rostros a muy duras penas podemos entrever, sugiriéndose la inexistente comunicación familiar.

 

Así, por más que los saltos temporales sean continuos, todos los fragmentos pertenecen siempre al día del tiroteo, salvo precisamente en lo que respecta a la parejita de Alex y Eric, a los que se registra el día anterior, tal vez incluso algunos días antes (¿la llegada de los rifles tiene lugar el mismo día de la masacre, u otro anterior?), rumiando la venganza por venir. Así también, ciertos recursos formales inexistentes en otras escenas, se aplican a los dos elefantitos, muy especialmente al paquidermo alfa.

Hay que reseñar la valentía y falta de prejuicios de Van Sant al hacer que los asesinos sean, como él, dos homosexuales, por más que Axel y Eric parezcan llevarlo en secreto o, cuando menos, intentarlo. [Hoy en día las jaurías woke lo habrían quemado en la hoguera mediática por hacer de dos mariconcetes los malos de la película.] Y no cabe ninguna duda de los gustos sexuales de los chavales, ya que, antes de emprender su infame tarea, se deleitan con una ducha juntos…

 

Ahora bien, el film no deja claro si la inadaptación de Alex se debe a sus inclinaciones sexuales, o simplemente a que es “rarito”. Sea como sea, aunque no sepamos el motivo, en una jornada indudablemente anterior a la fatídica, sus compañeros aprovechan los despistes del profesor para acosarlo en la misma clase arrojándole una materia viscosa (¿se debe el segundo lanzamiento, ejecutado desde el fuera de campo, a Nathan, como revela el cambio de dirección de la mirada de Alex?).

 

Pues bien, en la escena consecutiva, en uno de los planos más breves de toda ELEPHANT y que apenas ejecuta una leve panorámica, Alex se contempla en un espejo de los lavabos; y ya no es que el plano esté teñido de un verde que ni de lejos se corresponde con la iluminación realista del aseo en el que vomitan las anoréxicas, es que el chico aparece encapsulado en el espejo roto, como roto está el parabrisas de su coche, casi como en un ataúd: está ya muerto.

 

En el plano y escena siguientes, en el comedor, Alex entra en cuadro, y la cámara se acerca a él, en uno de los rarísimos travellings que no son de seguimiento, hasta un primerísimo plano agobiante, el más cerrado de todo el film: casi un nuevo acoso sobre el joven, esta vez formal, perpetrado por la cámara. Alex mira, rebusca hacia lo alto, no sabemos bien qué, pues, a diferencia de lo que miraba Michelle, no puede ser el cielo, desde luego, ya que estamos a cubierto.

 

Cuando parece volver en sí y entra en la zona de las mesas, tras un breve intercambio de palabras con una chica mientras él toma notas ¿para la masacre?…,

 

…Van Sant corta a un plano más próximo, el segundo y último de la escena, desde el mismo emplazamiento de cámara, algo también único en el film, y un tipo tropieza con Alex, casi lo embiste, sin dignarse siquiera pedirle disculpas; la cámara acompaña al chico en su deambular, pero no lo hace ni frontal, ni dorsal, sino lateralmente, otra rareza en ELEPHANT…,

 

…y finalmente se aleja de él, cuando ya está parado, enésima peculiaridad del momento, en travelling de retroceso, mientras el ruido ambiente de las conversaciones sube repentinamente hasta hacerse monstruoso, lo que parece impeler al joven a mirar nerviosamente de un lado para otro, hasta que se sujeta la cabeza como si le fuera a explotar.

 

Para Alex, como para Michelle, el instituto es una angustia.

 

En fin, tras el fragmento dedicado a las tres anoréxicas, volvemos a otro día anterior a la matanza, en casa de Alex, donde este ensaya Para Elisa mientras la cámara recorre su cuarto con un prolongado travelling circular, algo también único en el film, de más de 360 grados. Se nos muestra así el territorio del airado, su madriguera.

 

Ahí, en medio del desorden, se aperciben algunas de las ilustraciones de Alex (al que hemos visto dibujar en clase precisamente cuando los chuletas le lanzaban el engrudo), y tal vez también las pinturas sean suyas; unos dibujos que incluyen un elefante de aspecto un tanto galáctico y una lámina que se diría una especie de autorretrato, con un joven sentado frente a otro (¿Eric?) y como constituido por una carcasa que lo asemeja a un robot.

 

De este modo, esta secuencia rebosa de contrastes: no solamente se opone el sosiego de la música del piano a las arcadas de las anoréxicas con que ha acabado el plano anterior…

 

…, es decir, la vulgaridad de una sociedad a la sublimación del arte y, sobre todo, a esa inalcanzable redención que sugiere el celestial Beethoven (e, igualmente, los planos sobre el éter que puntúan el film), sino que también la apolínea música contrasta con los dibujos psicodélicos…, si no psicopáticos de Alex, sugiriendo la escisión que lo corroe, tal vez su esquizofrenia;

 

incluso, en un plano posterior, esa misma música choca ferozmente con la pantalla del vídeo-juego de francotiradores, y aquí ya no queda duda de la enajenación mental de los dos jóvenes; ítem más, al poco, con un nuevo cambio de plano sobre Alex, Para Elisa será sustituida por ese Claro de luna de mal augurio que sonaba cristalino al principio del film y que ahora resulta ser pura disonancia. Por otro lado, si en la primera vuelta de la cámara del travelling circular Eric se ha asomado a la ventana, en la segunda vuelta aparece en el umbral de la puerta como si fuera la Judy de VERTIGO (1958) metamorfoseada en Madeleine…, versión bisutería;

 

aparición de apariencia banal pero también de soterrado… y pedestre erotismo. En efecto, Eric, en la misma toma, se tumba en la cama de su amigo como si estuviera en la propia, lo que ya apunta a la relación entre estos dos; y sobre ella insiste la cámara al cortar el movimiento circular para ofrecer un barrido desde Alex hasta este sucedáneo adolescente, moderno y provinciano de la Venus recostada de tantos cuadros renacentistas…, jugando en estos tiempos al ordenador;

 

es más, cuando el cabreado Alex interrumpe la música, un nuevo barrido hacia la izquierda, en esta ocasión acompañándolo, nos lleva a Eric.

 

Y ya es la tercera vez, sólo que esta vez ambos por fin acaban compartiendo cuadro.

 

De hecho, esa imagen de Eric asomándose por la puerta es un eco perverso del final del segundo plano anterior a esta secuencia, ese complejo plano sostenido de más de cinco minutos, por cuanto acababa con la esquemática efigie del lavabo de mujeres, de modo que ambas imágenes generan una nueva oposición, en este caso entre femenino y masculino, entre virtual y palpable, lo que indica el rechazo a las mujeres y la cosificación de ellas experimentados por Alex.

 

De este modo, con todos estos contrastes, Van Sant genera una fricción soterrada entre Alex y Eric y todos los demás que, si por supuesto no justifica a los matarifes, sí que consigue despertar nuestra comprensión por ellos: al fin y al cabo, ellos también son víctimas, de sus propias mezquindades y de sus trastornos mentales, sí, pero también de una sociedad que margina a aquellos que no se ajustan a su horma (no sólo a la parejita, también a la fea Michelle o a todos aquellos que no luzcan un cuerpo danone, de ahí las tres anoréxicas); una sociedad ensimismada que se encamina a la autodestrucción. En consecuencia, la cámara de Van Sant y sus adherentes travellings de seguimiento están lejos de marcar el camino a la redención, sino que acompañan a los infortunados en su inadvertido trayecto hacia el Hades. Y así las cosas, y así su admirable precisión y creatividad, ELEPHANT consigue conquistar un ímpetu poético tan inaudito como decididamente elegíaco.

Fábula sobre el capitalismo: Konveyer smerti (La cadena mortífera de montaje, Ivan Pyriev, 1933)

Fábula sobre el capitalismo: Konveyer smerti (La cadena mortífera de montaje, Ivan Pyriev, 1933)

 

Para Federico y Salva.

 

[Nota. En este artículo no hemos utilizado las transliteraciones occidentales habituales del ruso, ya que ni son coherentes, ni siquiera respetan la pronunciación de dicha lengua, sino otra casi totalmente coincidente con la académica, más cercana a las lenguas eslavas que se escriben con el alfabeto latino. De este modo: “j” se pronuncia como la “i” o “y” españolas; “x” como la “j” española; “c” como el grupo “ts”; “y” es una vocal próxima a “i”, pero sin equivalente en español.]

 

Ivan Pyrjev (o Pyriev) es uno de esos directores surgidos en el cine mudo hoy en día casi olvidados a pesar de su indudable calidad y relevancia; es más, en el caso del soviético, su descubrimiento pone de manifiesto que se trata de un cineasta importante, en su etapa de gloria verdaderamente magnífico, que, en conjunto, alcanza cotas superiores a otros olvidados directores silentes de valía provenientes de todas las latitudes, como puedan ser August Blom, Marshall Neilan, Marcel Pérez, Anthony Asquith, Monta Bell, Lois Weber, Gerhardt Lamprecht, Werner Hochbaum, Marcel L’Herbier, Mario Camerini, Tamizo Ishida o sus compatriotas Mark Donskoj y Efim Dzigan. Ciertamente, si Pyrjev debutó en los estertores del cine mudo, en 1929, y prolongó su actividad hasta finales de los sesenta, lo cierto es que entre el principio y el final de su carrera hay una diferencia abismal. En efecto, en los inicios el ruso se acogió a la estética constructivista entonces en boga en la Unión Soviética, a la que aportó notables originalidades; en la parte central de su obra, ya bien asentado el cine sonoro, coqueteó intermitentemente con las tomas prolongadas, algo verdaderamente sorprendente teniendo en cuenta que en la URSS, aunque todos abandonaran ya el método constructivista en torno a 1940, muy pocos, tal vez sólo él, usaron con ahínco los planos secuencia, como bien demuestra la excelente LJUBIMAJA DJEVUSHKA (Querida muchacha, 1940); por su parte, en su recta final, después de la segunda contienda mundial, su cine se tornó más académico, primero, con el abrazo a dramas convencionales y, luego, bajo la égida de sus adaptaciones de Dostojevskij, que comprenden la inconclusa IDIOT (El idiota, 1958), BJELYJE NOCHI (Noches blancas, 1960) y, en tres partes, esta sí, completa, BRATJA KARAMOZOVY (Los hermanos Karamazov, 1969), su último film. Apuntemos que al pobre Pyrjev los novelones de Dostojevskij le traían mal fario: de IDIOT sólo se rodó la primera parte de la novela; y el director murió cuando se rodaba la tercera y última de BRATJA KARAMOZOVY, que acabaron dos de sus actores principales, Mixail Uljanov (Dmitrij) y Kirill Lavrov (Ivan).

Sin embargo, que Pyrjev sea tan poco apreciado no sorprende, ya que sus obras más conocidas no es que descuellen precisamente: sus adaptaciones del novelista ruso por antonomasia, ya lo hemos dicho, resultan literarias en exceso, excepción hecha de la última y mejor de las tres, BRATJA KARAMOZOVY; y sus películas más célebres, las únicas que fueron restauradas por la Mosfilm en fechas tan tempranas como los años sesenta, los musicales a la soviética TRAKTORISTY (Tractoristas, 1939), que no es más que una reedición netamente inferior de la chispeante BOGATAJA NJEVJESTA (La novia opulenta, 1938), y la aún más abotargada y tediosa KUBANSKIJE KOZAKI (Los cosacos del Kubán, 1950), en su plomiza deriva folclórica que hace añorar casi cualquier musical de los rivales norteamericanos y en su asunción hasta la náusea del realismo socialista, dejan bastante que desear y son los peores títulos de ficción del director.

Hay otra cuestión, verdaderamente enervante, que distancia lógicamente del cine del soviético: su mediocre montaje, como si Pyriev no hubiera comprendido a fondo la naturaleza del cine sonoro, la cual tan sólo llegó a dominar en sus dos últimas películas, ¡más de treinta años después de estar rodando con dicho procedimiento!…, y seguramente por estar realizadas en scope: SVJET DALJOKOJ ZVJEZDY (La luz de una estrella distante, 1965) y BRATJA KARAMOZOVY. Reafirma esta sospecha el hecho de que el montaje resulte más tosco incluso en, digamos, LJUBIMAJA DJEVUSHKA que en la pionera KONVJEJER SMJERTI (La cadena mortífera de montaje, 1933), ya que el alma y la estructura de esta son todavía silentes. Tal vez por esta cuestión las mejores películas del director suelan ser las que hacen mayor uso de los planos sostenidos.

Una prueba de este negligente montaje ya no es solamente que las películas musicales de Pyrjev abusen no poco de primeros planos metidos con calzador de Marina Ladynina, su esposa y musa canora en su etapa más festiva, a la que convirtió en una de las máximas estrellas (campesinas) del cine soviético en la época de Stalin, sino, sobre todo, sus intempestivos saltos de eje, chapuceros y reincidentes, que sólo conseguiría naturalizar y suavizar ¡en BRATJA KARAMOZOVY! Entiéndasenos bien: pese a la fetua promulgada por la academia, no tenemos nada contra los saltos de eje, al contrario, son una estrategia más del cinematógrafo; sólo que, como cualquier otro recurso, deben estar bien integrados en el discurrir fílmico. De hecho, la (futura) condena de esta posibilidad de montaje era algo que a los directores nacidos antes de 1920 se la traía al pairo, máxime a los que debutaron en el cine silente: por ejemplo, ya no Pyrjev, sino también Gustaf Molander u Otakar Vávra continuarían ofreciendo abundantes saltos de eje en todas sus películas de los años treinta, ejemplarmente en PÅ SOLSIDAN (Hacia el destino, G. Molander, 1936), donde no suman una docena, sino dos, y hasta tres. El problema es que tanto Pyrjev como Molander, no así Vávra, tendían a rodar muchos más planos de los necesarios, cambiando los emplazamientos de cámara a discreción; sólo que el sueco, al aprovechar algún ademán o movimiento de los actores, tenía mucho más estilo que el ruso para saltarse el eje, por lo que casi nunca resulta molesto en él. Un caso extremo de abundantes y prescindibles saltos, y mal ejecutados, se encuentra en la irregular SKAZANIJE O ZJEMLJE SIBIRSKOJ (Una leyenda de la tierra siberiana, 1948), película que marca precisamente el comienzo de la decadencia artística de Pyrjev; en concreto, en la conversación en el vestíbulo del teatro, dada en tres estaciones: en torno a Andrej y Natasha;

 

rodeando a unos conocidos;

 

y alrededor de Andrej y Natasha de nuevo (y usamos “en torno”, “rodeando” y “alrededor” con toda la intención).

 

Pues bien, en trece planos, uno de los cuales comporta un travelling, hay ¡¡ocho saltos de eje!!, ¡¡ocho!!, repetimos, ¡¡¡ocho!!! Está claro que para Pyriev eso de escatimar la cuarta pared ni se lo planteaba: él tenía que mostrar las cuatro, ¡y cinco, seis o veinte que le hubieran dado! Casi se podría afirmar que, para que sea de Pyrjev, una película debe tener al menos una o dos docenas de clamorosos saltos de eje. No es que sea una firma para echar las campanas al vuelo…

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El cine ballet y el cine ópera de Luchino Visconti

El cine ballet y el cine ópera de Luchino Visconti

   

 

[Para Alla, Avelino, Carlos, Chris, David, Debora, Denys, Dimitris, Emilio, Eva, Fátima, Fernando, Gustavo, Humberto, Ivonne, Jaime, John, José Mª y Mª José, Miryam, Pavel, Pedro, Tony Joe e Yvonne.]

 

La filmografía de Luchino Visconti, como la de tantos directores italianos, es una obra partida en dos. Casi siempre ello se debió a la alargada sombra del neorrealismo, que acompañó, en mayor o menor medida y más o menos aparentemente, a la mayoría de los directores más relevantes del país hasta finales de los años cincuenta o comienzos de los sesenta: a Rossellini, hasta el ecuador de su ciclo con Ingrid Bergman, VIAGGIO IN ITALIA (Te querré siempre, 1954); a Castellani, hasta la coproducción con Gran Bretaña ROMEO AND JULIET (Romeo y Julieta, 1954), y aun después; a Fellini, hasta LA DOLCE VITA (1960); a Antonioni, hasta la clausura de su célebre trilogía, L’ECLISSE (El eclipse, 1962); a Pasolini, hasta UCCELLACCI E UCCELLINI (Pajarracos y pajaritos, 1966); y lo mismo sucedió con otros directores menos señeros, como Francesco Rosi hasta IL MOMENTO DELLA VERITÀ (El momento de la verdad, 1965). Con todo, el caso más espectacular y controvertido de todos fue el de Visconti, cuyo abandono del movimiento no solamente fue de los pioneros, también en 1954 con SENSO, sino que ya se trató de un viaje sin retorno, a diferencia de Rossellini y Castellani, que aún volverían a abrazar con posterioridad los postulados neorrealistas.

Es más, todos los directores citados, salvo Rossellini y Castellani, no por nada dos de los tres primeros en consumar el “divorcio”, se dedicaron a abrazar a partir de la ruptura un cine moderno tal y como se entendía en los años sesenta, con resultados por lo general bastante tibios o incluso lamentables; ello, con la única excepción de Fellini, que comenzó su mejor etapa precisamente con OTTO E MEZZO (Ocho y medio, 1963). El caso de Visconti, sin embargo, sigue siendo especial, por cuanto, habiendo sido su ruptura con el movimiento de las más tempranas e irremisibles, siguió practicando hasta 1965 un cine que se podría calificar de clásico y por cuanto la quiebra en su filmografía no se debió, por lo tanto, al abandono de las premisas neorrealistas, sino al abrazo de una concepción bastante discutible de la modernidad cinematográfica a mediados de la década de los sesenta. En consecuencia, su obra se divide en dos mitades clarísimas: hasta IL GATTOPARDO (El gatopardo, 1963) incluido, y después de él, cuando pareció haber un cambio sustancial en sus intereses, al menos estéticos, como bien prueba el cese de su entente con uno de sus dos colaboradores más preclaros, Nino Rota, así como la ya residual con el otro, Giuseppe Rotunno. La primera etapa es la que le garantiza al milanés un lugar de honor entre los grandes del cine, al brindar una pasmosa serie casi ininterrumpida de grandes películas. La segunda reveló a un director sorprendentemente inseguro de sus hallazgos previos y deseoso de agradar a los fieles de las salas de arte y ensayo (bueno, el caso de Preminger aún fue peor): ni siquiera sus mejores películas de entonces, esto es, LA STRAGA BRUCCIATA VIVA, su episodio para el film colectivo LE STREGHE (Las brujas, 1967), así como LA CADUTA DEGLI DEI (La caída de los dioses, 1969) y MORTE À VENEZIA (Muerte en Venecia, 1971) pueden cotejarse ni de lejos con ninguno de los esplendorosos largometrajes de su primera etapa, donde sólo hay un tropezón, el de la fallida BELLISSIMA (1951).

Sin embargo, aunque a Visconti también se lo asociara con la mitificada corriente italiana, su adscripción a ella siempre fue muy escurridiza, no por nada el director provenía de la escena operística; ello, salvo en el significativo caso de la decepcionante BELLISSIMA, que esta sí, es neorrealista indiscutible… y lisa y chatamente, así como la única oveja negra en la deriva musical del cine de Visconti entre 1948 y 1963. Repasemos el resto de la trayectoria primera: OSSESSIONE (Obsesión, 1943), pese a ser considerada la primera película neorrealista, es una crónica negra adaptada libremente de la célebre novela de James M. Cain El cartero siempre llama dos veces, que enseguida conocería otra adaptación en Hollywood en el terreno del film noir; luego, SENSO, según un cuento decimonónico de Camillo Boito, es un melodrama exacerbado, colorista y opulento como pudiera serlo cualquier representación de ópera que Visconti hubiera podido poner en escena en La Scala; LE NOTTI BIANCHE (Noches blancas, 1957) es una fantasmagoría enteramente rodada en estudio, so excusa de ser una reinterpretación de la novela rusa de Dostoyevsky; IL LAVORO (El empleo), su excelente episodio para BOCCACCIO ’70 (1962), pese a tratarse de una idea original, al transcurrir en el lieu clos de un palacete italiano transpira una teatralidad bien asumida y, es más, el dinamismo que Visconti imprime a los movimientos de sus intérpretes hace pensar en ocasiones en un ballet; e IL GATTOPARDO es una fastuosa superproducción, adaptación fidelísima de la novela histórica homónima de Giuseppe di Lampedusa. Por en medio, quedan las dos películas más aparentemente neorrealistas del director aristócrata, LA TERRA TREMA (La tierra tiembla, 1948) y ROCCO E SUOI FRATELLI (Rocco y sus hermanos, 1960), que, sin embargo, están, en realidad, muy próximas a ciertas manifestaciones de la gran cultura, como, una vez más, el ballet o la ópera.

 

CINE BALLET

Para empezar, la magistral LA TERRA TREMA, nueva adaptación, esta vez muy libre, de una novela decimonónica, I Malavoglia de Giovanni Verga, y nacida como ¡un encargo del PCI!, trocó la fatalidad de la novela original por la opresión económica a que se veían sometidos los pescadores sicilianos de la posguerra, lo que conllevó los elogios nada menos que del teórico izquierdista Guido Aristarco como la película de la época más lograda y avanzada ideológica (sic) y estéticamente. Sin duda, LA TERRA TREMA es la culminación del movimiento tótem entero en estado más o menos puro, puesto que otras obras maestras como EUROPA ’51 (Europa 51, R. Rossellini, 1952) o LE NOTTI DI CABIRIA (Las noches de Cabiria, F. Fellini, 1956) presentan ya notables desviaciones del canon original como para considerarlas puramente neorrealistas. Y, sin embargo, LA TERRA TREMA siempre llamó la atención por la forma en que Visconti mostró a los proletarios como héroes de tragedia, de dignidad casi aristocrática: y es que, a pesar de contar con actores no profesionales, verdaderos habitantes del pueblecito de Aci Trezza de Sicilia donde se rodó el film, el cineasta trufó su film con abundantes planos introspectivos de los hermanos Valastro donde combinaba su anhelo de justicia social con sus zozobras sentimentales; y, en consecuencia, entrelazó lo colectivo con lo íntimo, el documento social con el cine más intimista, en un rasgo que acabaría siendo propio de su obra.

 

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Después de la revolución: Shabayeh Zayandeh-rood (Noches en el río Zayandeh, Mohsen Makhmalbaf, 1990)

Después de la revolución: Shabayeh Zayandeh-rood (Noches en el río Zayandeh, Mohsen Makhmalbaf, 1990)

 

AVATARES DEL CONTESTARIO

Desde que hace muchos años la Filmoteca de Zaragoza proyectó SOKOUT (El silencio, 1998) al poco de su lanzamiento, siempre hemos considerado a Mohsen Makhmalbaf (pronúnciese Majmalbof) como el mejor director iraní; mucho más interesante, de hecho, que el prestigioso Abbas Kiarostami, la joya oficial del séptimo arte de su país, y para qué hablar del medianito Jafer Panahi. Incluso, conforme el cine iraní, también el clásico (aunque, en el caso de este país el término “clásico” es relativo: el epicentro es tan tardío como los años setenta), se ha ido difundiendo más, Makhmalbaf no ha hecho más que crecer: a buen seguro, y que nos perdonen los fans irredentos de Kiarostami, es el único gran cineasta, grande de verdad, del país. Lo que nos lleva a tamaña afirmación es que su cine es tan diverso y variegado como rebosa de inventiva y complejidad; y, si bien es cierto que Makhmalbaf nunca ha conseguido una obra maestra absoluta (ni sus paisanos) y que con cierta frecuencia algunas elecciones formales de sus películas no se llegan a desarrollar a fondo, de modo que pueden quedarse más bien en intuiciones, también lo es que otras muchas veces el cineasta resulta mucho más contundente con sus apuestas; y que, en fin, sólo el hecho de encontrar planos o secuencias creativos de verdad, lo que muchos otros, en Asia, Europa o América, ni podrían soñar en conseguir, ya le garantiza un puesto de honor al iraní entre los directores de pedigrí.

Sin embargo, Makhmalbaf no disfruta del prestigio crítico que merecería. Tal vez la causa, la enojosa causa, sea que la gran masa de los críticos tan sólo parece valorar el cine, y más el europeo o asiático, en términos de autoría y, para más inri, autoría superficial; de modo que de poco le ha servido a Makhmalbaf no solamente firmar sus guiones (aunque eso hoy en día lo hace cualquiera), sino hacer gala de una perspectiva vital propia e intransferible y, sobre todo, de que sus imágenes lo conformen como un verdadero autor visual. Significativamente, en España sólo se estrenaron en salas comerciales tres películas suyas, GABBEH (1996), SOKOUT y, cómo no, SAFAR-E GHANDEHAR (Kandahar, 2001), que, pese a su gran interés, no figura entre sus grandes logros. Pues bien, vista la filmografía del iraní en profundidad (con la salvedad de sus tres primeros títulos y algunos de las últimos, incluido MARGHE AND HER MOTHER [2019], hoy en día invisibles), da la impresión de que el irrisorio prestigio de que disfruta el padre de Samira, Hanna y Maysam (que están lejos de alcanzar la altura de su progenitor) se deba a los continuos vaivenes en su quehacer fílmico, no cualitativos, sino formales, lo que lo ha llevado a transitar todos los estadios, desde el documental de aparente desaliño, da igual verdadero que falso (respectivamente, ALEFBAY-E AFGHAN [El alfabeto afgano, 2002] y SALAAM CINEMA [1995]), , hasta una película tan estilizada e incluso esteticista como SEX O PHALSAPHEH (Sexo y filosofía, 2005);

 

desde el minimalismo de la inolvidable NUN VA GOLDOON (Un momento de inocencia, 1996) hasta el abigarrado barroco de NASSEREDDIN-SHAH, ACTOR-E CINEMA (El sha Nassereddin, actor de cine o Once upon a Time Cinema, 1992), tal vez la mejor película rodada en conmemoración del centenario del séptimo arte.

 

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Poética podal: Recursos característicos del sistema formal de Yûzô Kawashima

Poética podal: Recursos característicos del sistema formal de Yûzô Kawashima

  

 

Para Alfonso, Antonio y Antonio, Bernardo, Craig Ellis, Dann, Diego, Dimis, Enrique, Florence, Francis, Javier, Juan Carlos, Miriam, Rogério, Scott, Thorsten, Ujjal, Víctor y Vinod.

 

Ya comentamos en una entrada anterior el prodigioso sentido del movimiento de que hacen gala las últimas películas de Yûzô Kawashima, conseguido principalmente merced a la coreografía que ejecutan los intérpretes, lo mismo da protagonistas que secundarios que figurantes, a veces también en conjunción con el movimiento de la cámara. Pues bien, todavía hay más recursos específicos del cineasta que coadyuvan a esa sensación de moto perpetuo que transpira su filmografía. Señalemos un par de rasgos que afectan al montaje y a la puesta en escena.

Relativo al montaje, se debe señalar que un rasgo muy característico de Kawashima es el aligeramiento del tiempo en algunas conversaciones que siguen su hilo discursivo a pesar de que la cámara cambia de localización. Son dos los ejemplos máximos en la filmografía de Kawashima. El primero cronológicamente es aquel que muestra la discusión del matrimonio de ONNA DE ARU KOTO, donde, so excusa de que Sadatsugu va a coger un libro para consultarlo, se pasa de una estancia a otra, hasta un total de tres. En este caso el cambio de lugar viene justificado por los desplazamientos de los personajes, que salen y entran de un lugar a otro.

 

Más radical es el caso de SHITOYAKANA KEDAMONO en el careo de Yukie con Ichiro en presencia de la familia Maeda, donde los padres asisten un poco perplejos, pero impasibles; como mucho, la madre tuerce la cabeza con curiosidad. En efecto, aquí Kawashima rompe por completo con las convenciones clásicas al hacer cambiar cada equis réplicas y por corte directo a los actores de posición relativa y a la cámara de emplazamiento, incluso de cubículo, en ese minúsculo apartamento de los Maeda; ello, sin interrumpir el flujo de la conversación, que sigue con su desarrollo natural.

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Amor psicópata: The Killer is Loose (El asesino anda suelto, Budd Boetticher, 1956)

Amor psicópata: The Killer is Loose (El asesino anda suelto, Budd Boetticher, 1956)

 

Para Antonio, Andy, Berto, Carol, César, Daniel, Federico, Gastón, John, José Carlos, Laurent, Marcos, Martín, Oksana, Predrag, Rafael, Santiago, Saverio, Sebastián, Teresa y Teresa  e Yves.

 

Budd Boetticher rodó casi siempre para la serie B y sus aledaños. Después de sus comienzos en los años cuarenta, cuando aún firmaba como Oscar Boetticher en Columbia y otras compañías menores donde se fue formando, destacaría finalmente cuando la Batjac de John Wayne le produjo su primer film importante, BULLFIGHTER AND THE LADY (El torero y la dama, 1951), y acto seguido fichó para Universal, donde por fin comenzó a abordar el género que se convertiría en su favorito y sobre cuyas obras pertenecientes a él se cimienta gran parte de su prestigio cinéfilo: el western. Sin embargo, con el cambio de productora, por más que Boetticher disfrutara de presupuestos mucho más holgados, nunca consiguió hacerse cargo de una gran producción, ni siquiera la que más cerca está de serlo, HORIZONS WEST (Horizontes del Oeste, 1952), como bien prueba que tan sólo tres intérpretes, Maureen O’Hara, Glenn Ford y si acaso Robert Ryan (y en distintas películas), estuvieran altamente cotizados cuando colaboraron con él, mientras las otras grandes estrellas rastreables en su filmografía, o bien aún estaban en pleno ascenso, caso de Rock Hudson o Anthony Quinn, o bien ya habían dejado atrás la cima comercial de su carrera, caso de Joseph Cotten, Randolph Scott o Virginia Mayo. Una de las consecuencias de tal situación industrial es que las películas de Boetticher suelen ser muy breves y concisas, en torno a la hora y cuarto de duración (algo tanto más de agradecer hoy en día, cuando los aprendices de brujo se empeñan en fustigar al espectador con duraciones de dos y hasta tres horas de penitencia); ello, con dos significativas excepciones: la versión original de BULLFIGHTER AND THE LADY, no la muy mutilada estrenada en su época, y eso porque la película se planteó también como un documental sobre la lidia, tan ajena al público estadounidense; y THE RISE AND FALL OF LEGS DIAMOND (La ley del hampa, 1960), que, salvo por el reparto, es lo más parecido a una superproducción nunca rodado por el director.

 

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Eroica: The Big Trail (La gran jornada, Raoul Walsh, 1930)

Eroica: The Big Trail (La gran jornada, Raoul Walsh, 1930)

 

Para Alexis, Alfonso, Álvaro, Bozi, Cellina, Chucho, Daniel y Daniela, Elebro, Fafa, Gino Mario, José Antonio, Kevin, Koldo, Luis, Manuel, Marc, Mariano, Olivier, Sarah y Victoria.

 

Una de las mayores paradojas de la historia del cine es que THE BIG TRAIL (La gran jornada, 1930) sea una de las dos o tres obras maestras de Raoul Walsh a la vez que su película más atípica: casi una enmienda al tipo de cine que el neoyorquino rodaría en los años cuarenta y por el que alcanzaría tan gran prestigio entre los aficionados; una obra en las antípodas del cine montado y bien montado, casi frenético…, o sin casi, como es el caso de WHITE HEAT (Al rojo vivo, 1949), que le reportaría tanta fama; en fin, una película que, en las antípodas, se despliega mediante grandes planos generales suntuosos y mayestáticos y que, en su cualidad contemplativa, resulta más cercana al modelo Lumière de los mismos orígenes del cine que al propuesto por el maestro y mentor del director tuerto, D. W. Griffith. Pues ya no es solamente que, aunque los emplazamientos de cámara no suelan ser totalmente frontales, sí se ubiquen en cada escena, casi siempre, en un único tiro, de modo que la invisible cuarta pared suele resultar muy evidente, ¡incluso en los exteriores!: es que, además, los encuadres, con su profusión de figurantes y acciones, rara vez tienen un único punto de atención, sino que aparecen sembrados por aquí y por allá de no pocos detalles, algunos sumamente jugosos, en lo que es una clara puesta al día y, visto el extraordinario resultado, sublimación de los métodos del cine primitivo.

De hecho, tan contemplativa es THE BIG TRAIL que la puesta en escena carece de esos chispazos típicos del cine de Walsh; ello, con la única excepción del violento barrido que va desde el traicionero tahúr Bill Thorpe, que cae fulminado, hasta Zeke;

 

es decir, contra lo que suele ser habitual en los directores más adocenados, del efecto a la causa, revelando así la providencial aparición del trampero, que salva a Breck de morir de un tiro. Pero, aún así, este momento no responde al patrón más personal y significativo de las descargas eléctricas del director, aquellas normalmente expresadas mediante un movimiento de cámara vertical que, yendo de un revelador plano detalle a un rostro, o viceversa, delatan por lo general un deseo sexual o un acto violento irreprimible, como sucede ejemplarmente en THE ROARING TWENTIES (1939), HIGH SIERRA (El último refugio, 1941), GENTLEMAN JIM (1942), PURSUED (1947) o WHITE HEAT…; y que, en realidad, ya había ensayado el cineasta en ME AND MY GAL (1932), e incluso antes, muy profusamente, en THE RED DANCE (La bailarina de la ópera, 1928).

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Yûzô Kawashima, la vida en ebullición (1)

Yûzô Kawashima, la vida en ebullición (1)

  

[Con salucines para Angie Marian, Antonio y Antonio, Chacho, Carlos, David, Francisco Javier, Hans, Hernán, Jesús, Juan Car, Lina, Luis, Mahesh, Mara y Mauricio, Michael y Mike, Paco, Pierre, Sebastián Andrés, Sergio, Terri, Thrassyvoulos y William Antonio.]

 

Que Yûzô Kawashima sea poco o nada apreciado en Occidente, cuando no desconocido en él, tal vez se deba, obnubilados como están tantos aficionados al cine oriental por lo que Antonio Weinrichter denominó el efecto quimono, a que fue el cantor del Japón más popular e irremisiblemente vulgar…; o tal vez simplemente a que la mayoría de sus mejores películas apenas han podido verse fuera de su país. Tan sólo BAKUMATSU TAIYÔ DEN (Crónica del sol poniente del shogunato, 1957) se ha editado en DVD en Gran Bretaña, y dista mucho de contarse entre sus grandes logros; si acaso, se han visto en filmotecas GAN NO TERA (El templo de los gansos, 1962) y SHITOYAKANA KEDAMONO (La bestia elegante, 1962). Pues bien, la primera es una comedia que deja un regusto amargo; la segunda, un drama; y la tercera, una sátira rebosante de sarcasmo: ninguna responde, pues, al cine más característico de su autor, que está compuesto por las comedias ligeras y joviales, con frecuencia incluso disparatadas, en las que nos vamos a centrar fundamentalmente en este estudio. Con todo, es indudable que tanto GAN NO TERA como SHITOYAKANA KEDAMONO, ambas magníficas, responden a los aspectos formales que hacen un verdadero Kawashima, los cuales enumeraremos más adelante.

La carrera de Kawashima, al que se debe incluir entre los veinte grandes directores de una cinematografía tan pródiga en genios como la nipona clásica (sólo la supera, de hecho, Hollywood; el Hollywood clásico, evidentemente), se desarrolla fundamentalmente en el seno de cuatro de las majors del Japón. Así, desde su debut en 1943 hasta 1954, nuestro hombre se fue adiestrando en la Shôchiku; y decimos adiestrando, ya que en la productora habitual de Ozu rodó casi siempre comedietas de medio pelo que para nada dejaban barruntar que ahí había un magnífico director en ciernes, destacando por espeluznantes las dos de la serie SHIMIKIN NO Ô! (¡Oh, la mancha dorada!, 1948 y 1949) y, para bien, TONKATSU TAISHÔ (El general “Tonkatsu”, 1952) y SHINJITSU ICHIRÔ (El camino a la verdad, 1954), que curiosamente no son comedias, sino melodramas, generosos ambos en buenos momentos. En 1955 Kawashima cambia a la Nikkatsu, donde permanecerá hasta 1957, un breve período que le dio un ímpetu especial a su obra, la cual, por fin, empezó a destacar, gracias paradójicamente a una serie de melodramas que, al parecer, le hicieron replantearse su oficio con mayor seriedad y profundidad; y, si bien la mayoría de sus películas de entonces mostraron a un artesano sólido y competente, tres de ellas, no entre las más célebres, fueron más allá, demostrando que Kawashima ya era un cineasta importante de verdad: las excelentes ASHITA KURU HITO (La persona que vendrá mañana, 1955), UERU TAMASHII (Alma hambrienta, 1956), en dos partes, y ONNA DE ARU KOTO (El hecho de ser mujer, 1958), rodada en este caso para Tôkyô Eiga. En 1958 firma contrato con Tôhô, compañía en la que permanecerá hasta el final de su carrera, donde, sorprendentemente, al inicio vuelve a las andadas, es decir, a las comedias insustanciales y chabacanas, de la que es buena muestra la decepcionante KASHIMA ARI (Se alquila, 1959); pero ya en 1960 se opera en él la metamorfosis y, aunque sigue retratando los mismos ambientes populares e incluso ordinarios, su estilo se afianza, su mirada cambia radicalmente hasta conseguir sublimar los más bien penosos puntos de partida de sus guiones, ¡y cómo! En resumidas cuentas, su cine alza el vuelo de modo impresionante. En fin, intercaladas en medio de su colaboración con Tôhô, quedan sus tres películas para Daiei de 1961 y 1962 con Ayako Wakao, que acabaron siendo sus obras más arriesgadas y originales, muy en especial SHITOYAKANA KEDAMONO, que no solamente aúna las dos corrientes fundamentales de su trayectoria, drama y comedia, sino que es la que mejor se integra en la modernidad cinematográfica de los años sesenta, e incluso la inaugura en Japón. [A años luz, hay que decirlo, de algunas mamarrachadas que sus compañeros de generación Yasuzô Masumura y Kaneto Shindô rodaron años después al rebufo de la Nuberu Bagu.] Se debe añadir que, ya desde su segunda etapa, Kawashima fue creando su propia troupe de actores, con una decena de los cuales colaboró incansablemente: principalmente, Chikage Awashima, Tatsuya Mihashi, Michiyo Aratama, Sô Yamamura, Hisaya Morishige, Reiko Dan, Sachiko Hidari, Ayako Wakao en Daiei y, por supuesto, a la cabeza, Frankie Sakai, protagonista de tantas de las películas del cineasta y que, si no su álter ego, sí encarna a la perfección su mundo vulgar y humorístico, no carente de ternura.

El problema de cierta parte de la filmografía de Kawashima ya no es tanto que retrate ambientes e individuos de vulgaridad irredenta, sino que su mirada es igualmente burda, en contraste con la perspectiva más elegante que demostró en sus melodramas y últimas comedias: tal vez su origen campesino lo llevara a rodar estas “japonesadas”. Como muestra de lo que supone parte del toque Kawashima, el que atañe a la pedestre fauna humana que retrata, véanse ciertos gestos u actitudes de los personajes de KASHIMA ARI: una mujer monta a caballo sobre su marido; otra, rellenita, hace gimnasia como bien puede, oreando los jamones; un jovenete adopta posturas inverosímiles en medio de la calle; dos hombres olisquean los zapatos de su atractiva vecina, y uno de ellos se rodea con las manos el emplasto de la barriga; otro orina en medio de la calle; otro bebe a morro, se hurga en la boca con los dedos o toma el inhalador con cara de pánfilo; y así…

 

Sin embargo, de repente, en la década de los sesenta, tal vez marcado por sus melodramas de los cincuenta y, sin duda, imbuido del magisterio de Mizoguchi, Kawashima experimenta una metamorfosis, y esa mirada que antes era tan ordinaria como sus personajes se distancia del vulgo y se transfigura en el microscopio de un entomólogo que, no obstante, sigue sintiendo un gran cariño por sus criaturas. Así las cosas, de todos los miles y miles de directores que han existido en el cine, el último Kawashima es el que mejor demuestra que en el séptimo arte (el de verdad) los guiones apenas son nada, mientras la puesta en cuadro y en escena lo son prácticamente todo, pudiendo transformar tramas de bisutería en cine de veinticuatro quilates. La recta final de su carrera, que comienza con la excelente SEPPUN DOROBÔ (Ladrón de besos, 1960), es asombrosa, ya que no solamente ofreció en ella lo mejor en conjunto de sí mismo sin sufrir ni un solo traspié, sino que lo hizo en sus años más intensos y prolíficos junto a los primeros cincuenta: nada menos que trece películas (de las que conocemos doce, y todas son de buenas para arriba) ¡en cuatro años, de 1960 a 1963! Casi todas sus mejores obras, de hecho, que se deben añadir a las ya mencionadas ASHITA KURU HITO, UERU TAMASHII y ONNA DE ARU KOTO, hay que buscarlas en estos cuatro años de intensidad casi frenética, y eso que Kawashima ni siquiera cerró 1963, pues murió prematuramente en junio de ese año. Son, en concreto: SEPPUN DOROBÔ, SHIMA NO SEHIRO NO OYABUNSHÔ (El jefe del traje a rayas, 1961), TÔKKYÛ NIPPON (El expreso Japón, 1961), ONNA WA NIDÔ UMARERU (Las mujeres nacen dos veces, 1961), KAEI (La sombra de las flores, 1961), GAN NO TERA, AOBEKA MONOGATARI (La historia de la barca azul, 1962), SHITOYAKANA KEDAMONO, HAKONE YAMA (El monte Hakone, 1962), KIGEKI: TONKATSU ICHIDAI (Comedia: La primera generación de las costillas de cerdo, 1963), de título tan inefable, e ICHI KA BACHI KA (Muerte o muslo, 1963), su última obra; más tal vez YORU NO HADA (1960), que no hemos podido ver. [Apuntemos que estas películas se distribuyen hoy en día con el encuadre mermado, unas más y otras menos, por esa fea costumbre de las distribuidoras japonesas de aplicar un zoom a las películas en scope para que así los encuadres sean menos distantes y más próximos al estándar televisivo. Es, lamentablemente, lo que hay…]

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El sueño del suicida produce monstruos: Son smjeshnogo chelovjeka (El sueño de un hombre ridículo, Aleksandr Petrov 1992).

El sueño del suicida produce monstruos: Son smjeshnogo chelovjeka (El sueño de un hombre ridículo, Aleksandr Petrov 1992).

 

Para Alicia y Alicia, Ana y Ana, Beatriz, Fernando, Geraldo y Gerardo, JM, José Ignacio, Leonardo, Lluís, Marco, Mariano, Miguel A. y Miguel Ángel, Rafael, Rauldaniel, Ricardo y Ricardo Leonardo, Roberto, Rosa, Santiago, Shuaib y Xiu Lo.

 

Uno de los grandes de la animación cinematográfica, tras Disney y Avery, resulta ser un director más o menos actual, el ruso Aleksandr Petrov, cuya obra se expande de momento entre 1988 y 2012. Por desgracia, tan sólo siete cortometrajes y cuatro spots publicitarios conforman su filmografía, y ya hace más de doce años que permanece inactivo, en el paro, vamos, de modo que durante toda la última década no ha podido obsequiarnos con ninguna nueva película.

Significativamente, en su primer trabajo, MARAFON (1988), Petrov prescindió con buen tino de las referencias patrias, pues la animación clásica rusa, según lo que hemos podido ver de ella, es una las más petrificadas parcelas de todo el género (baste con oír las ñoñas voces que dan vida a los ¿personajes? y que parecen declamar para niños de teta), sino que, al igual que hizo otro nombre importante de la animación, el yugoslavo Dusan Vukotic, máximo representante de la escuela de Zagreb, tomó como referencia, ¡muerdan cartucho los esnobs de costumbre!…, a Walt Disney, haciendo de su debut un sincero (y brillante) homenaje a Mickey Mouse.

 

La influencia de Disney en el ruso es importante, y bien perceptible, por el ritmo imparable de sus películas, así como por la continua metamorfosis que imprime a sus escenas e imágenes, algo que, por ejemplo, ya era muy evidente en fragmentos de algunos sobresalientes cortometrajes del mago de la animación, tales DER FUEHRER’S FACE (1942), REASON AND EMOTION (1943) o DUCK PIMPLES (1945). Incluso ciertos aspectos remiten a momentos puntuales de Disney, como la caída en el pozo del subconsciente del suicida frustrado de SON SMJESHNOGO CHELOVJEKA (El sueño de un hombre ridículo, 1992), una variante lúgubre de la caída de Alicia en el hueco del árbol en ALICE IN WONDERLAND (1951). Pero, evidentemente, Petrov, por algo es un magnífico animador, va más allá de sus influencias y, gracias a su técnica de animación de pintura sobre cristal, con frecuencia esas mutaciones, palabra tal vez más adecuada en su caso que metamorfosis por la acepción siniestra que puede conllevar, se magnifican y expanden a todo el metraje, convirtiendo sus películas seguramente en lo más cercano a los sueños o pesadillas nunca filmado: los cambios de lugar son constantes e impredecibles; las imágenes angustiosas, casi constantes; e incluso no pocas veces la identidad de los personajes, es decir, del yo, parece diluirse a la par que los trazos de los dibujos. Esto conlleva que el cine de Petrov, aunque no llegue a ser por lo general tan tenebroso como el de Raoul Servais, no está tan dirigido a los niños como a los adultos, con las excepciones de su primera película, de la última, JESHO RAZ! (¡Una vez más!, 2010), y de sus spots; de hecho, ha adaptado a sus compatriotas Platonov en KOROVA (La vaca, 1989), Dostojevskij en SON SMJESHNOGO CHELOVJEKA (también transcribible como SON SMYESHOGO CHELOVYEKA), Pushkin en RUSALKA (La ondina, 1997), Shmelyov en MOJA LJUBOV’ (Mi amor, 2006), e incluso al estadounidense Hemingway en THE OLD MAN AND THE SEA (El viejo y el mar, 1999). Por el lado negativo, hay que hacer constar en Petrov cierta tendencia a la tarjeta postal, por lo general intermitente, únicamente persistente y molesta en THE OLD MAN AND THE SEA, que es, sin duda, su peor película no publicitaria (merecedora de un Oscar: no comment), ¿tal vez porque se viera obligado a contemporizar al tratarse de una coproducción internacional, o simplemente al adaptar a un literato extranjero, con lo cual sus habituales arrojo e inventiva se vieron notablemente afectados?

En fin, si de su obra restante RUSALKA ya es estupenda, y MARAFON e JESHO RAZ! magníficas, sus dos mejores películas, verdaderamente excepcionales, aquellas donde su desbordante imaginación está mejor estructurada y resulta más sugerente, resultan ser SON SMJESHNOGO CHELOVJEKA y MOJA LJUBOV’. En ambas, además, alcanza su cénit el tremendo bagaje pictórico del director, que siempre coquetea en abundantes planos con los universos de algunos de los pintores fundamentales de la historia, habitualmente de la pintura moderna, esa inaugurada ya por Goya, pero también de épocas anteriores.

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El mundo gira: He Who Gets Slapped (El que recibe el bofetón, Victor Sjöström, 1924)

El mundo gira: He Who Gets Slapped (El que recibe el bofetón, Victor Sjöström, 1924)

 

Para Amelia Graciela, Ana y Ana, Ángel, Bruno y Bryan, Claudio, Diego, Edward y Ela, Emilio, Eva, Fernando, Frédéric, Lizbeth Jeanneth, Luzia, María y María Ángeles, Mariana y Mary, Max, Montse y Salvador, Nash, Nick, Richard Dario, Sandra y Yo.

 

Hoy en día, tan creciente y galopante es el desconocimiento que las nuevas y no tan nuevas generaciones tienen de la historia del cine que mentar al sueco Victor Sjöström o estudiar alguna de sus películas empieza a resultar una labor tan arqueológica como sacar a relucir a directores que siempre fueron bastante arcanos, como, digamos, Maurice Tourneur, Arthur Robison, Gustav Machaty, Lev Kuleshov, Otakar Vávra, Kôji Shima, Keigo Kimura, Tomotaka Tasaka, Daisuke Itô, Noboru Nakamura, o los compatriotas y compañeros de generación del cineasta Mauritz Stiller y Gustaf Molander. Y, sin embargo, hubo un tiempo en que, a diferencia de ahora, Sjöström, al igual que el también olvidado Georg Wilhelm Pabst ¡e incluso King Vidor, Raoul Walsh, Allan Dwan, Clarence Brown y muchos otros!, fue un director bastante conocido por la cinefilia, tan sólo superado entre los suecos por, claro está, Ingmar Bergman, el cual siempre lo consideró su maestro, reconociendo su filiación oficialmente al ofrecerle a su padre artístico el papel protagonista de SMULTRONSTÄLLET (Fresas salvajes, 1957). A este film, de hecho, se reduce el recuerdo que de él tienen muchos aficionados en la deplorable situación de incultura general que padecemos hogaño… Y prueba definitiva de su lastimoso olvido es que, a día de hoy, ninguna de sus tres mejores películas esté restaurada…, ni muchas otras.

Para más escarnio, Sjöström fue, tras D. W. Griffith y Stiller, uno de los directores fundamentales en el asentamiento de lo que se daría por llamar lenguaje cinematográfico durante la segunda década del siglo XX, hace ya más de cien años…, ¡casi una eternidad para las nuevas generaciones, que piensan que el mundo empezó con la llegada de sus excelsas personas! Bien lo atestiguan películas como INGEBORG HOLM (1913), tal vez el film que hasta entonces hizo un uso más innovador de los prolongados planos fijos que dominaban en el medio en aquella época, distanciándose brillantemente de las meras trasposiciones teatrales de, digamos, Louis Feuillade o Albert Cappellani, o incluso de las más creativas películas de August Blom (desconocemos las películas del mismo año de Stiller, presumiblemente desaparecidas todas); o como TÖSEN FRÅN STORMYRTORPET (La hija de la turbera, 1917), que destaca, en fecha tan temprana, por su riqueza de tiros de cámara, su creativo uso de la profundidad de campo y su agilidad en el montaje. Y, si ciertamente la calidad media de su obra sueca es muy notable, una vez emigrado a Hollywood, donde cambiaría su nombre artístico por Victor Seastrom, su carrera se tornó, al menos en apariencia, poco o nada innovadora y, sin discusión, muy irregular, oscilando entre mediocridades como CONFESSIONS OF A QUEEN (1925), su peor película, y maravillas como la mítica THE WIND (El viento, 1928) que demostraron que, recapitulando, no le fue tan mal al sueco en la Meca del Cine.

Hay, no obstante, una clara continuidad en la carrera de Sjöström a ambos lados del Atlántico, pues ya en los más tempranos años en Suecia se fue asentando el que sería uno de los dos bloques más significativos de su filmografía, incluso el más característico sin más: aquel que trata sobre la condición femenina y sus grandes dificultades en un mundo hecho para los hombres. Así lo demuestran los calvarios de la viuda de INGEBORG HOLM; de la joven que, tras tener un hijo ilegítimo, es rechazada por la comunidad de TÖSEN FRÅN STORMYRTURPET; ya en la siguiente década, de la acusada de asesinato en VEM DÖMER– (La prueba del fuego, 1922); de la chica que se queda embarazada en NAME THE MAN! (1924); y de otra madre soltera, la de THE SCARLET LETTER (La mujer marcada, 1926), que, además, ¡deja cantar al canario en pleno Sabbat! Nótese, además, el afán de concienciación de Sjöström, puesto que dos títulos de esas películas interpelan directamente al espectador: VEM DÖMER– (¿Quién juzga?) y NAME THE MAN! Diga su nombre!).

El segundo conjunto fundamental en la obra del cineasta es aquel que se centra en personajes con un lado del alma oscuro, oscurísimo…, y tal vez fuera él el que primero se especializó en indagar en los aspectos más turbios de la psique. Ahí están el violento cochero de la mítica KÖRKALEN (La carreta fantasma, 1921); el marido celoso de ELD OMBORD (El bajel trágico, 1923); el científico masoquista reconvertido en payaso de HE WHO GETS SLAPPED (El que recibe el bofetón, 1924), que tanto parece disfrutar encajando tortas; la desquiciada esposa de THE WIND (El viento, 1928); y, de nuevo, la aprendiz de envenenadora de VEM DÖMER–, que, al conjugar ambas líneas de fuerza fundamentales de la obra del sueco, ha de considerarse su película más representativa.

Con todo, más allá de la innegable coherencia temática de la obra, tal vez el aspecto más contradictorio de Sjöström sea que, después de haber figurado en la vanguardia del cine durante la década de los diez, pronto se plegara a una forma más estándar de hacer cine, planificando sus películas casi siempre con planos fijos, y en numerosas ocasiones, sobre todo en Hollywood, utilizando los teleobjetivos en los planos medios y primeros, con la consiguiente merma de la profundidad de campo. Así las cosas, al principio de la década de los años veinte, incluso ya en Suecia, el cine de Sjöström se desarrolla fundamentalmente mediante las miradas y mediante los planos detalle de objetos que acaban cobrando una inusitada fuerza simbólica, como bien prueba su última película sueca, ELD OMBORD (El bajel trágico, 1923), con su puñado de personajes y su insistencia en registrar a aquellos que amenazan, real o imaginariamente, la estabilidad del hogar del capitán Jan Steen como en un retrato, real o figurado…,

 

…así como con esa maqueta, trasposición del barco auténtico, que imana esos afanes destructivos de Steen que finalmente revertirán en la propia nave… y en su esposa.

 

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La cautiva: Yoru no henrin (Escamas de la noche, Noboru Nakamura [y Tôichirô Narushima], 1964)

La cautiva: Yoru no henrin (Escamas de la noche, Noboru Nakamura [y Tôichirô Narushima], 1964)

 

Para Adolfo, Francisco, George, Gonzalo, Hernán, Jeffrey, José, Juan Alberto y Juan Carlos, Juan, Julie, Lila Amelia, Lolo, Malcolm, Manolo, Marcel, Mateusz, Miquel, Monica, Rafael, Rocío, Victor, William y Wilson.

 

Noboru Nakamura es, como ya comentamos en una entrada anterior, otro de esos extraordinarios directores japoneses casi totalmente ignorados, cuando no llanamente desconocidos para cinéfilos y críticos occidentales de todo pelaje. Y, sin embargo, este hombre de cine, perteneciente a la misma generación de Kôzaburô Yoshimura, Akira Kurosawa, Kon Ichikawa, Keisuke Kinoshita y Yuzô Kawashima, resulta ser un cineasta de primera línea. Entre las escasas películas suyas disponibles, apenas una quincena, no son pocas las que atestiguan su gran valía: especialmente, NAMI (Las olas, 1952), NAMI NO TÔ (La torre de las olas, 1960), TSUMUJIKAZE (El ciclón, 1963), KOTO (La ciudad vieja, 1963), KAZE NO BOJÔ (Anhelo del viento, 1970)…; como se ve, casi todas en color y scope, así como ubicadas en la década de los sesenta, que, parece ser, constituyó su etapa de esplendor. Pues bien, ninguna película de Nakamura da fe de su grandeza más radiantemente que la que resulta ser su obra maestra absoluta: YORU NO HENRIN (Escamas de la noche o Lentejuelas de la noche, 1964), conocida en inglés como Shape of the Night.

YORU NO HENRIN ofrece, para empezar, un guión magnífico, debido a Toshidi Gondo según la novela de Kyoko Ôta, que hilvana una trama que acaba alumbrando la mejor y más incisiva película que conozcamos sobre la telaraña de la prostitución: la introducción en el submundo de una pobre chica, Yoshie, por amor a su zángano novio, Eiji, miembro de tercera de un clan yakuza; la náusea del primer contacto sexual mercantil; la imposibilidad de escapar de las mafias controladoras del mundillo, y las vejaciones a las que se ven sometidas las ocasionales rebeldes; pese a todo, la dependencia emocional de Yoshie por su chulo, que la película retrata admirablemente como un personaje tan escindido como ella, el uno entre su vagancia congénita y el cariño por su chica, la otra entre el amor por el proxeneta y su deseo de escapar del acre mundo de la prostitución; etc., etc. Luego, YORU NO HENRIN, como era habitual en el cine japonés clásico, que en este y en otros muchos aspectos era milagroso, presenta un memorable plantel de actores, por más que ninguno figure entre los más célebres de su país (en Occidente, al menos), destacando especialmente la extraordinaria interpretación de Miyuki Kuwano (aunque ella distara de ser una desconocida: en 1964 ya había colaborado con Ozu, Ôshima, Shinoda y el mismo Nakamura) como Yoshie, llena de matices, verdaderamente conmovedora. Pero, sobre todo, YORU NO HENRIN presenta a un Nakamura en plena forma, lleno de inventiva visual, y aliado con el que tal vez fuera su director de fotografía favorito, el gran Tôichirô Narushima, con el que colaboró también en, al menos, KOTO, TSUMUJIKAZE, KINOKAWA (El río Kino, 1966) y la prometedora DANSHUN (Primavera cálida, 1966), que sentimos desconocer.

 

TSUMUJIKAZE y YORU NO HENRIN, en particular, conforman los dos polos opuestos del cineasta nipón: el más ligero y el más grave, el más risueño y el más pesimista. En concreto, TSUMUJIKAZE revela a un Nakamura muy bien dotado para la comedia, siempre atento con su montaje y su puesta en escena a las evoluciones más significativas de los personajes, así como alerta para potenciar el humor de las situaciones. Pero la gran originalidad de esta película radica en algo que, que sepamos, en más de cien años de cine sólo se ha realizado en ella: adaptar la iluminación en color a los estados de ánimo de los personajes, ya no obviando, sino despreciando olímpicamente los parámetros realistas de cada momento, ¡y eso, tratándose de una ambientación contemporánea y cotidiana! Esto no significa que todos los momentos del film, aunque sí prácticamente todas las secuencias, hagan un uso estilizado e irreal de la luz, pues la tónica general es partir de una iluminación naturalista que ancle la historia en la realidad de su época, para: primero, proyectar halos sobre los decorados, cuales nubes cromáticas que acecharan a los risibles seres que pueblan el film;

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Raoul Walsh mudo y pre-code: entre Griffith y Vidor…, y más allá

Raoul Walsh mudo y pre-code: entre Griffith y Vidor…, y más allá

   

 

Para Alicia, Amador, Carlos, Daniel José, Federico, Gayle, Homero, Jane, JG, John, Kevin, Leonardo, Lucas, Luis, María y Mario, Marta, Myriam Piera, Paul, Ricardo Ramón, Silvia  y Víctor.

 

La obra de Raoul Walsh, que en su conjunto cuenta con una distribución envidiable, puede dividirse en cinco etapas netas, las tres centrales ligadas a productoras concretas. La primera y peor conocida, ya que cuenta incluso con muchos títulos desaparecidos, podría considerarse como su etapa de formación y va desde su debut en 1913 hasta 1926. La segunda, la etapa Fox, comprende desde WHAT PRICE GLORY (El precio de la gloria, 1926) hasta UNDER PRESSURE (1935); la tercera, casi siempre en Paramount, abarca el final de la década de los treinta; la cuarta, la etapa Warner, la más célebre del cineasta, se inauguró espectacularmente con THE ROARING TWENTIES (1939) y se prolongó hasta 1951. Finalmente, el quinto período de su carrera, itinerante, coincide con su adopción definitiva del color.

La primera etapa, por más que nos haya llegado fragmentariamente, no parece sobresalir gran cosa, y menos comparada con lo que algunos de sus compañeros de generación conseguían esos mismos años: de los cinco títulos que conocemos de entonces, tan sólo REGENERATION (1915), el primer largometraje de Walsh, es notable, mientras que los otros cuatro, incluido el celebérrimo THE THIEF OF BAGDAD (El ladrón de Bagdad, 1924), no superan cierta solidez narrativa. Pese a lo anterior, hay consenso en considerar la mayor hondonada en la trayectoria del director tuerto su estancia en Paramount, lo que no deja de ser sorprendente al ser esta la productora de Hollywood donde la mayoría de los directores que recalaron ahí dieron lo mejor de sí mismos; Walsh fue la excepción que confirmó la regla: tan sólo BIG BROWN EYES (1936) destaca entre la mediocridad general del lustro y, aun así, no se encuentra a la altura de sus mejores títulos. Tampoco la última etapa del cineasta brilla especialmente, ya que en ella también cunden las insignificancias, por más que sea algo mejor en su conjunto que la tercera.

Así las cosas, el mejor Walsh hay que buscarlo en los períodos pares de su filmografía: el segundo, en Fox; el cuarto, en Warner. Evidentemente, el entusiasmo que genera el director en muchos aficionados se cimienta en su obra para los célebres hermanos, donde ciertamente se localizan la mayoría de sus mejores películas, esto es, THE ROARING TWENTIES, HIGH SIERRA (El último refugio, 1941) y PURSUED (1947) a la cabeza, seguidas por THE MAN I LOVE (1946), COLORADO TERRITORY (Juntos hasta la muerte, 1949), WHITE HEAT (Al rojo vivo, 1949) y THE ENFORCER (Sin conciencia, 1951), más a cierta distancia un puñado de estupendos títulos, algunos de los cuales figuran entre los más populares del director tuerto. Sin embargo, la etapa Fox, tan olvidada hoy en día no le anda a la zaga, como bien demuestran películas excelentes como: WHAT PRICE GLORY, que conoció dos secuelas sonoras, sin embargo, muy decepcionantes, THE COCK-EYED WORLD (El mundo al revés, 1929) y WOMEN OF ALL NATIONS (¡Vaya mujeres!, 1931), ambas entre lo peor jamás filmado por Walsh; aunque rodada para United Artists, SADIE THOMPSON (La frágil voluntad, 1928); la antirrevolucionaria  THE RED DANCE (La bailarina de la ópera, 1928); ya en el sonoro, la variante antizarista de la anterior, THE YELLOW TICKET (1931); ME AND MY GAL (1932), una de sus películas más significativas, que ya anuncia su predilección por el film noir; las chispeantes SAILOR’S LUCK (1933) y THE BOWERY (1933); y, asimismo, la primera parte de WILD GIRL (El beso redentor, 1932), película lamentablemente echada a perder en su último cuarto de hora, y tal vez la desaparecida y prometedora ME, GANGSTER (1928). Todas ellas conforman un conjunto especialmente brillante cuyo broche de oro es una de las obras maestras del director, tal vez incluso su suprema obra maestra: THE BIG TRAIL (La gran jornada, 1930). A este título primordial del séptimo arte le dedicaremos una futura entrada en exclusiva; en la presente abordaremos algunas generalidades del cine de Walsh, dejando de paso constancia de las dos grandes influencias que acusó: la primera siempre reconocida; la segunda menos notoria, pero no menos determinante.

 

GRIFFITH

Como es bien sabido, al igual que otros compañeros suyos de generación, Walsh fue discípulo de Griffith; es más, fue su ayudante de dirección en varias películas. En consecuencia, con cierta frecuencia, la influencia del maestro de maestros es notoria en el tono empleado, como sucede en ese interludio lírico de THE BIG TRAIL, inesperadamente bucólico en este film aventurero, en que Walsh muestra a crías de diferentes especies mamando, lo mismo bebés que potros, cachorros de perros que de gatos; una escena que, por cierto, acusa para bien su fecha de producción pre-code (es decir, anterior a la implantación del código Hays): no conocemos ninguna otra película del cine clásico americano donde una mujer dé de mamar a un niño y se le vea un pecho (aunque no el pezón).

 

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Figuras e iconos maestros del universo de Raúl Ruiz (y 3)

Figuras e iconos maestros del universo de Raúl Ruiz (y 3)

  

 

Para Alberto, Ana, Arnold, Bárbara, Claudio, Enrique, Francisco Javier, Guillermo, Gabriela y Gabriela, Jose y Josep, Juan Vicente, Lucvino, Marcos, Maria del Carmen, Michael, Purbasa, Raul, Trini y Tura.

 

EL PRINCIPIO DE INCERTIDUMBRE

Como ya comentamos en la primera entrada que dedicamos al cineasta chileno, LA VOCATION SUSPENDUE (1978), por un lado, y LES TROIS COURONNES DU MATELOT (1983) y LA VILLE DES PIRATES (1983), por otro, tal vez sean las películas más significativas de su obra, si bien de distinta forma: la primera trata sobre la realidad como complot, donde las personas se ven desprovistas de cualquier asidero que pueda reafirmarlas en sus convicciones; las otras dos sobre el laberinto de la mente y, todavía más, sobre la existencia de varias realidades superpuestas donde el ser humano simplemente se ve subsumido en un torbellino que acaba por desmontar la mera noción de su existencia, reduciéndolo a veces, visualmente, a la mera calidad de monigote o, existencialmente, de gato de Schrödinger…, que puede estar simultáneamente vivo y muerto.

En particular, LA VOCATION SUSPENDUE y LA VILLE DES PIRATES, así como el sorprendente final de LES TROIS COURONNES DU MATELOT, más proclive en su conjunto a los planos breves con abrumadora profundidad de campo, hacen uso continuo de una figura de estilo favorita de Ruiz, los planos sostenidos. Estos lucen también esplendorosos, como ya vimos, en LES DIVISIONS DE LA NATURE (1978), así como en L’HYPOTHÈSE DU TABLEAU VOLÉ (1979), sobre todo en ese momento soberbio en que el crítico entra en una habitación para acabar siendo rodeado en el cuadro por dos maniquíes que anuncian los tableaux vivants que han de suceder, de modo que, en la equiparación y en la sumersión en los espejos, tanto del hombre de carne y hueso como de los monigotes, el especialista queda sumergido en su propio mundo mental y se torna indistinguible de las criaturas de ficción.

 

Pues, como en el principio de incertidumbre de Heisenberg, las magnitudes correspondientes a la realidad palpable y a lo imaginario muy rara vez se pueden precisar simultáneamente en el cine de Ruiz; es más, resulta arduo comprobar en ciertos instantes en qué universo nos encontramos: por ello, los complejos travellings, por un lado, y los planos dislocados en su perspectiva por abusivas presencias en primer término, por otro, aspectos ambos que conjuga el plano anterior de L’HYPOTHÈSE DU TABLEAU VOLÉ, apuntan a esa otra dimensión donde quizá moran los protagonistas. O tal vez es que no habitan en este mundo…, y puede que nunca lo hayan hecho. O, extrapolándolo al propio autor Ruiz, nunca se sabe muy bien si mora en Chile o en Francia…

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El sexo como abertura al delirio: Repulsion (1965) y The Tenant (El quimérico inquilino, Roman Polanski, 1976)

El sexo como abertura al delirio: Repulsion (1965) y The Tenant (El quimérico inquilino, Roman Polanski, 1976)

   

 

Para Almendra, Armando José, Celso, Diana, Dora, Dragan, Eduardo, Henry , Jaime, Javier, Jorge y Jorge, Juan Carlos y Juan Carlos, Kirk, Lalo, Lina, Manuel, Marcus, Marta, Matthew, Nancy, Pedro, Ricardo, Vadim, Víctor.

 

La célebre trilogía de los apartamentos de Roman Polanski no solamente es, en conjunto, la parte más consistente de toda su filmografía, sino tal vez la más claramente sexualizada de su obra; cuando menos en lo que toca a REPULSION (Repulsión, 1965) y THE TENANT (El quimérico inquilino, 1976); no tanto a ROSEMARY’S BABY (La semilla del diablo, 1968), donde, aunque las relaciones carnales son importantes, el auténtico motor de la trama no es la sexualidad reprimida, sino el anhelo de la maternidad: de hecho, las conexiones de la película intermedia con las que la rodean son más bien epidérmicas, mientras que las que unen REPULSION y THE TENANT son profundas y esenciales. A estas corrientes subterráneas que unen los dos mejores Polanski dedicamos este estudio.

[Antes de empezar, advirtamos que hoy en día las tres películas se comercializan en 1:1,85, cuando por muchos encuadres es evidente que tanto REPULSION como THE TENANT fueron concebidas en otro formato menos apaisado, seguramente en 1:1,66, el que se conocía entonces como “panorámico europeo”, hoy en día prácticamente erradicado del mercado videográfico: de ahí los deficientes encuadres de bastantes de las capturas que acompañan este estudio. Pero, que sepamos, no hay otras copias…]

 

TRES CIUDADES

Aparte de la claustrofóbica concentración de las tramas en sendos apartamentos, lo primero que llama la atención es que cada una de las películas transcurre en una gran urbe, precisamente aquellas que, en su día, podían ser consideradas las capitales económicas y culturales del mundo: Londres, en REPULSION; Nueva York, en ROSEMARY’S BABY; París, en THE TENANT. Con todo, la presencia urbana no llega a ser absolutamente determinante, como pueda serlo en, digamos, VERTIGO (A. Hitchcock, 1958); en parte, porque el objetivo de Polanski era concentrarse en las viviendas de los respectivos protagonistas para sofocarlos ahí y, en parte, porque tampoco exprimió la idiosincrasia particular de cada urbe más allá de ciertos aspectos pintorescos, como puedan ser los músicos callejeros de REPULSION. De hecho, se tiene la impresión de que las tres ciudades podrían haberse intercambiado entre sí o con otras, por más que, de vez en cuando, Carol en REPULSION, Rosemary en ROSEMARY’S BABY y Trelkovsky en THE TENANT vaguen por sus respectivas urbes cuando su alienación ya es irreversible…; aunque, ciertamente, mucho menos que sus compañeros de fatigas se orea Rosemary en la película correspondiente, donde la presencia urbana resulta más liviana todavía: ¡incluso toda la trama podría haber transcurrido en una ciudad de provincias, y nada habría cambiado sustancialmente!

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De la pasión y la prisión: Noboru Nakamura, el gran cineasta arcano.

De la pasión y la prisión: Noboru Nakamura, el gran cineasta arcano.

  

 

Noboru Nakamura es uno, otro más, de esos extraordinarios directores japoneses prácticamente desconocidos. Perteneciente a la misma generación de Kôzaburô Yoshimura, Akira Kurosawa, Kon Ichikawa y Keisuke Kinoshita, y vista una docena de sus películas (lo cual, tal y como está la distribución de su obra, es casi una proeza), su valor real, incluso su estilo y universo, aún están por determinar del todo. Es posible que Nakamura no presente una calidad media tan alta como Yoshimura y Kurosawa (¿o sí?), los mejores de su generación, pero lo cierto es que Ichikawa y Kinoshita, de los que conocemos su filmografía casi al completo, son más intermitentes en sus usos formales y mucho más irregulares, de manera que es, más que probable, casi seguro que el día en que por fin conozcamos un porcentaje significativo de la obra del director nacido en Taitô, lo tengamos que resituar a la altura de los dos últimos, e incluso tal vez de los dos primeros. Lo que sí está claro ya es que nuestro director se sitúa varios escalones por encima de otros directores magníficos de su misma generación, como Yuzô Kawashima o Kimiyoshi Yasuda; y, desde luego, resulta netamente superior, sin abandonar a los nacidos entre 1910 y 1920, a los muy prestigiosos Masaki Kôbayashi, Kaneto Shindô, Satsuo Yamamoto y Tadashi Imai.

Insistamos: haber visto quince películas de una filmografía que, según la Wikipedia francesa, la más recomendable y completa cuando de cine nipón se trata, roza las noventa (otros portales ofrecen listados mucho más reducidos), no es suficiente, evidentemente, para calibrar el valor real del cineasta. Así las cosas, da la impresión de que la obra de Nakamura se dividiera en dos etapas. La primera iría desde su debut en 1941 hasta finales de los años cincuenta, donde las tramas se desarrollan fundamentalmente mediante miradas de carácter silente, ofrecidas con frecuencia en planos medios y primeros, y se aderezan con no pocos movimientos de cámara; y la segunda, seguramente propiciado el cambio por la adopción del color y el scope, se desarrollaría en la década de los sesenta, tal vez ya en las postrimerías de los cincuenta, cuando su estilo se vuelve más distante y austero, más ahorrativo con los travellings y más proclive a la abstracción, y se prolongaría durante los setenta, época de la que cabría excluir su obra postrera, NICHIREN (1979), inesperadamente convencional, así como ajena al resto de los títulos suyos que conocemos. Y nada menos que diez de esas quince películas, en lo que supone un porcentaje envidiable, oscilan entre la excelencia y el decidido magisterio; en concreto: WAGA YA WA TANOCHI (Mi hogar tan animado, 1951), NAMI (Las olas, 1952), DOSHABURI (El aguacero, 1957), NAMI NO TÔ (La torre de las olas, 1960), TSUMUJIKAZE (El ciclón, 1963), KOTO (La ciudad vieja, 1963), YORU NO HENRIN (Escamas de la noche, 1964), KAZE NO BOJÔ (Anhelo del viento, 1970), YOMIGAERU DAICHI (La tierra renovada, 1971) y SHIOKARE TÔGE (El puerto [de montaña] de Shiokare, 1973).

Por lo general, salvo alguna excepción como la comedia TSUMUJIKAZE, frente a las películas con frecuencia algo más ligeras de los primeros años (las que conocemos…), las de los sesenta presentan una gran severidad tanto tonal como formal, lo que, en el caso de Nakamura, puede acarrear el peligro de que la puesta en escena casi se torne apática, haciendo que algunos títulos en principio prometedores como KINOKAWA (El río Kino, 1966), su película río, valga la redundancia, o CHIEKO-SHO (Retrato de Chieko, 1967) acaben siendo decepcionantes…, aunque no tanto, ciertamente, como la primeriza OTOKO NO IKI (El brío de un hombre, 1942) o la fallida NICHIREN. Pese a ello, los sesenta son los años de esplendor que revelan al Nakamura más original y poderoso, aquel capaz de llevar a buen puerto películas tan diferentes como el melancólico melodrama NAMI NO TÔ, la sátira TSUMUJIKAZE, la tan turística como turbia y arrebatada KAZE NO BOJÔ o, apenas un poco más tardías, la estupenda YOMIGAERU DAICHI y la impresionante SHIOKARE TÔGE; aquel capaz de ofrecer dos películas tan extraordinarias como KOTO, de la que Ichikawa rodaría un inferior remake en 1980, y la memorable YORU NO HENRIN, conocida en inglés como Shape of the Night, que son de momento, a falta de conocer tantísimos otros, sus dos mejores títulos. Y, en concreto, YORU NO HENRIN es una obra maestra absoluta, que ya sólo ella le garantiza a Nakamura un lugar entre los grandes cineastas de todos los tiempos.

Da la impresión de que el color y, sobre todo, el scope fueron las herramientas que propiciaron la eclosión de Nakamura como autor total; cuando menos del Nakamura definitivo. Ahora bien, esto no significa que ya en títulos anteriores no trasluciera la fuerte personalidad del cineasta, y que algunas constantes visuales ya se establecieran en ellos. Comencemos, pues.

 

LOS ESPEJOS DE LO INCONFESABLE

Los espejos en Nakamura son el lugar donde surge un aspecto recóndito y con frecuencia inconfesable de los personajes, con connotaciones negativas, cuando menos problemáticas. Así, en NATSUKO NO BÔKEN (La aventura de Natsuko, 1953), su primer film en color, la malcriada y ególatra Natsuko, en una secuencia a solas, se contempla en un espejito de mano, y su rostro llena todo el reflejo, revelándola como lo que es: una especie de luna llena, un ser henchido de sí mismo.

Sin embargo, más punzante todavía resulta el uso de los espejos en la anterior NAMI (Las olas, 1952), en blanco y negro y una de sus mejores películas, donde brilla la capacidad del director para generar sensaciones, ideas y sentimientos de forma puramente cinematográfica. En concreto, son cuatro los planos donde el espejo es central en el relato de la experiencia vital de Kosuke (encarnado por un extraordinario Shin Saburi, en la que seguramente sea su interpretación más rica y compleja) desde el momento en que entró en su vida una exalumna más joven que él llamada Kinuko. Dos de esos planos dan cuenta de puntos de inflexión en la relación de la simpar pareja; los otros dos son ecos de los anteriores que rememoran inmisericordes el pasado después de unos años y de que Kinuko haya muerto.  El primer par de planos reverberantes muestra a Kosuke arreglándose la corbata en el espejito de mano de las mujeres que le atraen, a petición de las risueñas jóvenes: primero, Kinuko; después, la hermana menor de la niñera del hijo del hombre.

 

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El estigma: Scarface (Howard Hawks [y Lee Garmes], 1931)

El estigma: Scarface (Howard Hawks [y Lee Garmes], 1931)

 

Para Agustín, Alfonso, Chacho, Cindy, Daniel, Enrique, Fernando, Hermann, Humberto, Ikarus, John, Jorge, José, JT, Lucia, Luis, María y Mariano, Mohiman, Osvaldo, Regina, Rodrigo, Salomé y Théo.

 

EL CONTEXTO

Hoy en día, tal vez, sólo tal vez, no sea fácil captar el gran revulsivo que en su momento supuso SCARFACE (Scarface, el terror del hampa, 1931), pero son muchos los motivos que contribuyeron a ello. Para empezar, por más que ya hubiera habido destacados ejemplares poco antes que esta primera obra maestra del cine negro, como es el caso de THE PUBLIC ENEMY (El enemigo público, W. Welman, 1931) o THE CRIMINAL CODE (Código criminal, 1930), del propio Hawks, SCARFACE se erigió como el verdadero germen del género, pues fue mucho más allá que sus predecesoras; lo que incluye, claro está, UNDERWORLD (La ley del hampa, J. von Sternberg, 1927), de la que la película recuperó las exuberantes ideas del asedio final y de las serpentinas en la secuencia inicial, pero que, en realidad, más que un verdadero ejemplar noir, era un melodrama.

 

Es más, nunca hasta entonces habían ofrecido las películas de gánsteres una iluminación y, sobre todo, un uso del sonido tan espectacular como SCARFACE; no por nada la obra maestra de Hawks alimenta todo el cine negro hasta THE GODFATHER (El padrino, 1972), para la que Coppola retomó, por ejemplo, la idea del asesinato del convaleciente en el hospital.

Hay más razones para la gran sensación que produjo SCARFACE, entre las cuales quizá la fundamental sea que los dos Howard, el productor Hughes y el director Hawks, se la plantearon como un desafío al código Hays, que ya se estaba gestando en Hollywood desde 1930, si bien no se haría totalmente efectivo hasta 1934: de ahí que hayamos optado por indicar la fecha del film como 1931 (ya estaba listo a mediados de ese año), en vez de 1932, la de su definitivo estreno, ya que este se vio postergado por los numerosos tiras y aflojas con la censura. Entre otras cuestiones, este rifirrafe repercutió tanto en el guión (por ejemplo, mamá Camonte, lejos de recriminar las actividades de su hijo, en origen estaba orgullosa de ellas) como en el film acabado, con la supresión de ciertos fragmentos (según se dice, el abrazo de Tony a Cesca después de haberle rasgado el vestido), así como el añadido de otros. Entre los escasos aditamentos figura esa escena que saja el film más o menos por la mitad, en la que un periodista explica a unos indignados ciudadanos que la realidad nunca debe ocultarse…, en el fondo, en un inopinado gesto metalingüístico, para justificar la propia existencia del film;

algo que, ciertamente, aprovecharon Hawks y el montador Edward Curtiss para introducir otro toque metalingüístico, esta vez plenamente intencionado, que se imbrica, además, con los típicos intertítulos del cine silente: el siguiente plano, so excusa de que la escena transcurre en un teatro, muestra desde las bambalinas el lema “Act 2” y, es más, en los armazones del decorado se deja adivinar la misma equis de Scarface (Cara cortada o cara marcada) que aparece en los créditos iniciales.

 

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Café cantante de medio pelo: Tasogare sakaba (El café cantante del crepúsculo, Tomu Uchida, 1955)

Café cantante de medio pelo: Tasogare sakaba (El café cantante del crepúsculo, Tomu Uchida, 1955)

 

Para Alexandra, Anna, Bala, Concha, Davyd, Elda, Gastón Alejandro, Graciela, Gustavo, Jay, Jose, Keka, Lino, Luz, Malali, Marie-Pierre, Maurizio, Miro, Oscar, Patricia, Rafael, Roberto, Sang, Sebastián, Sergio y Sergio, Silvia, Tata, Tiziano, Verónica y Víctor Hugo.

 

UNA TRAYECTORIA TRUNCADA

Tomu Uchida es uno de esos magníficos directores japoneses apenas conocidos fuera de su país…, si bien hay que matizar ambas aserciones. Primer matiz: a pesar de la indudable calidad conjunta de su obra, Uchida no alcanza la genialidad de otros grandes compatriotas suyos prácticamente ignotos, tales como Hiroshi Shimizu, Teinosuke Kinugasa, Keigo Kimura, Kôji Shima o Kôzaburô Yoshimura. Segundo: Uchida no resulta ser tan desconocido en algunos países, especialmente Francia, donde se han distribuido en vídeo al menos diez de sus películas, lo que no está mal teniendo en cuenta que, de su obra, se han conservado, al parecer, algo más de treinta; de hecho, la que fue durante mucho tiempo su película más prestigiosa, TSUCHI (Tierra, 1939), se conserva hoy en día gracias a una copia ¡alemana!, por tanto, con subtítulos en dicha lengua.

La vida del aventurero Uchida presenta un vuelco rocambolesco que afecta a lo que debería haber sido la parte media de su carrera, precisamente después de TSUCHI, su gran éxito de prestige: durante la Segunda Guerra Mundial, partió a Manchuria con la idea de rodar ahí una serie de documentales; luego, decidió permanecer en China una vez acabada la contienda; pero, cuando quiso volver, ya no pudo, pues pasó de ser invitado a prisionero del gobierno comunista. Conclusión: entre 1941 y 1954, Uchida no pudo rodar ninguna película en absoluto. Nada. En fin, tras ser repatriado y curarse de una grave enfermedad contraída durante el cautiverio, el retornado pudo contar para reincorporarse en la industria con el apoyo nada menos que de Mizoguchi, Ozu, Shimizu e Itô, que lo arroparon solidariamente para el primer film de esta nueva etapa, CHIYARI FUJI (El monte Fuji y la lanza ensangrentada, 1955). Tal y como se desarrolló luego la carrera del cineasta, el breve período que va desde 1955 hasta 1958 supuso el momento álgido de toda su carrera (…y aún nos faltan por conocer tres títulos de este período): como si Uchida, tras tantos años de inactividad, hubiera retomado su profesión con ímpetu inusitado y hubiera puesto en práctica cantidad de ideas que probablemente había ido depurando durante los años de la prisión.

A pesar de que el cineasta comenzó con una filmografía muda ambientada casi, casi en el país de Nunca Jamás del cine, con títulos deudores de Lotte Reiniger, como KANIMANJI ENGI (El origen del templo de los cangrejos, 1925), cortometraje animado de siluetas; de Lubitsch, como ASE (Sudor, 1929); o del cine negro americano, como KEISATSUKAN (El policía, 1933); pese a ello, pronto fue considerado en su país, y aun  más tras su vuelta, muy de izquierdas, incluso comunista…, pues la verdad es que, aun antes de ese cautiverio durante el cual se dijo que le habían lavado el cerebro, su patrioterismo fue limitado, como muestra que TSUCHI fuera una película bastante comprometida, que no intentaba edulcorar la vida del campesinado japonés…; ello, sin olvidar las dificultades de los pescadores de la previa y magnífica SEIMEI NO KANMURI (La corona de la vida, 1936), la película que, todavía muda y a falta de conocer otras desaparecidas, supuso el asentamiento de su temática más característica y su estilo definitivo, cuyo rasgo más característico serán los planos prolongados con profundidad de campo donde se desarrollan acciones tanto en primer término como en último, y del que serán sus mejores muestras TASOGARE SAKABA (El café cantante del crepúsculo, 1955) y, ya en scope, DOTANBA (En el último momento, 1957).

 

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El burlón sentimental: Love in the Afternoon (Ariane, Billy Wilder, 1957)

El burlón sentimental: Love in the Afternoon (Ariane, Billy Wilder, 1957)

 

Para Ana María, Ángel Luis, Carlos, Diego, Dimitri, Fernando, Guido, Inma, Jasón, Jerónimo, Jorge, Juan Jesús y Juan José, Juan, Leyser, Lyudmila, Manuel, María Elena, Miki, Nacho, Nikolas, Nil, Paco, Pedro, Quike, Roberto, Sergi, Tomás, Volker y Xavi.

 

RAZONES PARA LA MÍTICA DE UN DIRECTOR

Hay que reconocerle a Billy Wilder, cuando menos, su tremendo olfato comercial, que propició no solamente que su carrera abundara en éxitos de taquilla, sino que muchas de sus películas sigan conservando hoy mismo su fuerza mítica. En parte, esto se debe no poco a sus inusuales, casi extravagantes repartos que hurgaban en el estrellato de mayor resplandor de Hollywood: no hay, de hecho, ningún otro director, ni grande ni pequeño, ni siquiera Cecil B. DeMille, que haya ofrecido tantísimos tríos de ases protagonistas en su filmografía y que, además, hayan conservado su estatus mítico de estrellas hasta el día de hoy. Ahí están para demostrarlo nada menos que Gloria Swanson, William Holden y Erich von Stroheim en SUNSET BOULEVARD (El crepúsculo de los dioses, 1950); Audrey Hepburn, Humphrey Bogart y William Holden en SABRINA (1954); Gary Cooper, Audrey Hepburn y Maurice Chevalier en LOVE IN THE AFTERNOON (Ariane, 1957); Marlene Dietrich, Tyrone Power y Charles Laughton en WITNESS FOR THE PROSECUTION (Testigo de cargo, 1957); Marilyn Monroe, Tony Curtis y Jack Lemmon en SOME LIKE IT HOT (Con faldas y a lo loco, 1959); y casi, casi los tríos de DOUBLE INDEMNITY (Perdición, 1944) y THE APARTMENT (El apartamento, 1960), pues Fred McMurray, que repite en ambos títulos, es una estrella menor, carente de esa fuerte personalidad que hace únicas e imperecederas a las grandes, sean mejores o peores actores, como sí es el caso de Barbara Stanwyck y Edward G. Robinson en DOUBLE INDEMNITY y Jack Lemmon y Shirley MacLaine en THE APARTMENT. No sólo eso, Wilder propició las combinaciones actorales más inesperadas: en fin, si no sorprende encontrar en el mismo film, digamos, a Ray Milland y Ginger Rogers o a Gary Cooper y Audrey Hepburn, más inesperados son los “emparejamientos” de Audrey Hepburn con Humphrey Bogart, de Barbara Stanwyck con Edward G. Robinson, no digamos ya de las antitéticas Marlene Dietrich y Jean Arthur en A FOREIGN AFFAIR (Berlín Occidente, 1948), film que tampoco llega a ofrecer el trío de ases debido al tercer vértice del triángulo, John Lund; ello, sin olvidar la entente que hizo especial fortuna, la que convirtió en pareja cinematográfica de hecho (y de éxito) a Jack Lemmon y Walter Matthau en la excelente THE FORTUNE COOKIE (En bandeja de plata, 1966), uno de los mejores títulos del centroeuropeo. Asimismo, el olfato de Wilder le llevó también a las asignaciones de papeles más sorprendentes, muchas veces a la contra de las personas cinematográficas de los actores; especialmente: el adusto Humphrey Bogart en la comedia SABRINA; el otrora rey del cine negro James Cagney encabezando el reparto de otra comedia, ONE, TWO, THREE (Uno, dos, tres, 1961); el director judío Otto Preminger como gerifalte nazi en STALAG 17 (Traidor en el infierno, 1952); o, aunque en este caso la opción fuera más lógica, la diva Gloria Swanson protagonizando SUNSET BOULEVARD, cuando ya llevaba una década sin interpretar ninguna película. Con todo, ya a partir de los sesenta, Wilder comenzó a perder su olfato de sabueso: ejemplar es en este aspecto KISS ME STUPID (Bésame, tonto, 1964), donde sólo acertó con Kim Novak y, si acaso, con Dean Martin como parodia descarnada de sí mismo, pero en absoluto con Ray Walston, el cual ni tenía pasta de estrella…, ni siquiera era buen actor.

Otro de los motivos de la perdurabilidad del cine del austro-húngaro guasón en el acervo cinéfilo, y más todavía en el mitómano, son sus habituales guiños metalingüísticos al espectador: Erich von Stroheim y Cecil B. DeMille, que habían dirigido en los años veinte a Gloria Swanson, encarnan a directores de la supuesta Norma Desmond en SUNSET BOULEVARD; el matrimonio en la vida real formado por Charles Laughton y Elsa Lanchester es una especie de pareja de hecho… a su manera en WITNESS FOR THE PROSECUTION; George Raft hace de gángster en SOME LIKE IT HOT, con referencia incluida, cómo no, a la moneda que lanzaba al aire en SCARFACE (H. Hawks, 1932), ademán que se volvió mítico. Asimismo, destaca la sagacidad de Wilder para las canciones pegadizas, que volvían sus películas más comerciales todavía; y, claro está, que para algo era buen vividor, su gusto por explotar la anatomía de sus más despampanantes estrellas femeninas: las piernas (evidentemente, Marlene Dietrich), las curvas (Kim Novak, Marilyn Monroe), y hasta los pechos, caso de Marilyn Monroe, que en SOME LIKE IT HOT lució los vestidos más ajustados e incitantes nunca hasta entonces vistos en Hollywood.

 

Y es que el cineasta epicúreo hacía gala de la misma astucia y desparpajo que sus protagonistas de A FOREIGN AFFAIR, STALAG 17 o SOME LIKE IT HOT y, a lo que se ve, del mismo poder de fascinación que el Flannagan de LOVE IN THE AFTERNOON.

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La piedra angular del cine de Raúl Ruiz (2): Les divisions de la nature (1978)

La piedra angular del cine de Raúl Ruiz (2): Les divisions de la nature (1978)

 

Para Alberto, Anne Marie, Antonio, Ariana, Betina, Carlos, Daisy, Eduardo, Fabián, Fernando, Gastón, Guillermo, Gustavo, José Manuel, Henry, Huásvinyl, Iván Francisco, Jonathan, Liliana, Lucio, Lydia, María, Monica, Orangel, Oswaldo, Pablo y Pablo, Quiquín, Régis y Silvia.

 

En el exuberante universo de Raúl Ruiz hay muchísimas imágenes llenas de un significado propio e intransferible que se erigen como constantes visuales definitorias de su cine. La gran mayoría, si no la totalidad, se asentó durante su época de gloria, la que va de 1978 a 1984, y muchas de ellas se expandirían a lo largo de su filmografía de forma más o menos constante. En concreto, hay en la obra del cineasta chileno una pequeña joya, pequeña por su duración, tanto más interesante cuanto que se trata de un cortometraje que es, además, un (supuesto) documental rodado para televisión: LES DIVISIONS DE LA NATURE (1978), episodio de la serie Un homme, un château. Este film viene a ser la piedra angular de su mejor filmografía, aquella deslumbrante semilla de la que surgieron tantas y tantas imágenes.

 

DECONSTRUYENDO EL ARTE… Y LA HISTORIA

LES DIVISIONS DE LA NATURE no es en absoluto un documento sobre el castillo de Chambord, el apabullante complejo que el rey Francisco I erigió en el siglo XVI, sino una reflexión sobre el edificio, sobre su faz laberíntica, sobre su carácter megalómano y monstruoso y, en consecuencia, sobre las aspiraciones del poder y sus contenciosos con la divinidad, como deja bien claro la voz en off del narrador o, mejor dicho, narradores, así como alguna que otra brillante imagen; todo lo cual acaba convirtiendo el film en un ensayo sobre cuestiones puramente metafísicas (¿por esta carencia de triunfalismo se demoró, al parecer, tres años la emisión del corto en la televisión francesa?). Ahora bien, LES DIVISIONS DE LA NATURE también puede entenderse como una obra sinfónica donde el distinto carácter y ritmo de las imágenes crea cuatro movimientos disímiles que suponen sendas aproximaciones distintas al monumento: tres de dichos movimientos o variaciones están numerados, como descendiendo del Cielo a la Tierra, en concreto, I Dieu / Dios, II Les idées / Las ideas, y III Les choses de ce monde / Las cosas de este mundo; el otro, que es el inicial, actúa a la manera de preludio u obertura y, construido sobre un único plano secuencia, de esos que tanto utilizará su autor en la inmediata LA VOCATION SUSPENDUE (1978), pero también en la conclusión de LES TROIS COURONNES DU MATELOT (1983) y en muchos otros títulos, es verdaderamente magistral, una de las cumbres de todo el cine de Ruiz, ¡casi recién aterrizado en Francia!

LES DIVISIONS DE LA NATURE inaugura en la obra del chileno el uso de sus perspectivas imposibles, tanto visuales como sonoras (como el relevo del narrador superponiendo las respectivas voces), conseguidas, en lo que al castillo toca, mediante efectos especiales tan sencillos como certeros: efectos de niebla; degradados; desenfoques; sobreimpresiones; reflejos en el estanque; imágenes en caleidoscopio que exacerban la geometría del edificio; espejos deformantes hasta rendirlo irreconocible, a veces en la misma imagen que las piedras palpables…

 

De este modo, más que ante el edificio propiamente dicho, nos encontramos ante una interpretación de él que destaca toda la megalomanía que sustenta su origen y todo lo ilusorio de su propósito, máxime cuando dichas imágenes aparecen en su mayoría localizadas en los movimientos I y II: como si el castillo fuera una deformación de las exhalaciones de la divinidad o, más a ras de tierra, de las ideas.

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La ponzoña en el Paraíso: Othello (Orson Welles, 1951)

La ponzoña en el Paraíso: Othello (Orson Welles, 1951)

 

Para Albinus, Ale, Ángel Miguel, Antonio, Arnold, Beatriz, Carl, Enrique, Federico y Federico Javier, Francisco José, Gerónimo, Guy, Huw, John, José Antonio , Lolita, Luis William, Massimo, Mauro, Owen, Pedro, Rafael José, Raúl y Raúl, Renzo, Roberto, Rosa Blanca, Scott y Stephen.

 

Orson Welles no es precisamente un director infravalorado. Al contrario, durante años se lo consideró poco menos que el Genio (con mayúsculas) del cinematógrafo, en detrimento incluso de compatriotas suyos con mayores merecimientos para ostentar el imaginario título (ejemplarmente, Vidor, Ford y Mann). No obstante, Welles, aunque puede estar valorado un poco excesivamente, ya que su filmografía presenta un alto porcentaje de películas irregulares o fallidas, tampoco es ni de lejos un falso prestigio: al fin y al cabo, un puñado de buenas películas, más tres magníficas y dos obras maestras están al alcance de muy pocos.

Uno de los conjuntos más compactos de la obra del cineasta de Wisconsin lo conforman, sin duda, sus tres adaptaciones de William Shakespeare; por orden cronológico: MACBETH (1948), OTHELLO (1951) y CHIMES AT MIDNIGHT (Campanadas a medianoche, 1965), basada esta última en varias piezas del dramaturgo inglés, principalmente Henry IV (Enrique IV). OTHELLO es, pues, la segunda adaptación de Shakespeare del entonces ya maduro enfant terrible de Hollywood…, tras el fracaso de MACBETH. Lo cierto es que el MACBETH de Welles hacía gala de ciertos rasgos en principio encomiables, por más que debidos a su escaso presupuesto, tal su concentración teatral, así como sus decorados de aire conceptual en una época en la que esto apenas se llevaba en teatro (aunque la película se basara en un montaje previo del propio Welles), muchísimo menos en cine. Pero tal estilización devino en error, ya que, si este tipo de puestas al día pueden resultar productivas con algunos dramaturgos, por ejemplo, con los clásicos griegos, tal y como demostró Vittorio Cottafavi con sus LE TROIANE (1967) según Eurípides y ANTIGONE (1971) e I PERSIANI (1975) según Sófocles, sinceramente se adecúan mal al apasionado y espectacular universo shakespeariano, que requiere pasión y exuberancia a raudales. Es más, MACBETH pechaba con una pareja protagonista inadecuada: si Jeanettte Nolan era entonces ya demasiado mayorcita, cuando menos lo aparentaba, y a veces parece salirse de su personaje de Lady Macbeth, aún peor es el Macbeth del propio Welles, que con frecuencia parece un pipiolo henchido de autocomplacencia por estar interpretando a su personaje favorito; y, ciertamente, siendo el resto del reparto bastante mejor, tampoco es que brille a gran altura. Asimismo, MACBETH adolecía de una puesta en escena que dilapidaba la concentración a priori encomiable, pues Welles repetía sus composiciones más características continuamente, una vez tras otra…, aun cuando no tuvieran excesivo sentido; eso, por no hablar de escenas rodadas chapuceramente, como todas las relativas al bosque semoviente de Birnam.

Sin duda, el director fue consciente de todos estos errores, pues se esfumaron en OTHELLO, comenzada a rodar tan sólo un año después de MACBETH, en 1949. Para empezar, la película cuenta, esta vez sí, con un reparto impecable, incluido el propio Welles como el moro de Venecia, aunque tal vez en exceso atemperado, así como también los miembros del elenco prácticamente noveles en cine (costumbre inveterada del cineasta desde la inaugural CITIZEN KANE [Ciudadano Kane, 1941]): Suzanne Cloutier como Desdémona, Michael Laurence como Casio y, naturalmente, Micheál MacLiammóir encarnando un memorable Yago. Algo, por cierto, que no se puede afirmar de CHIMES AT MIDNIGHT, por culpa de la absurda presencia de una ceñuda Jeanne Moreau ¡y sin doblar! Pero, sobre todo, OTHELLO olvida la estéril estilización para, a base de barroquismo compositivo y prolijo montaje, a veces hasta entrecortado, imprimirle vida al texto de partida. Así, si MACBETH fue rodada con una puesta en escena chatamente teatral donde lo más importante para los actores no parecía ser tanto comunicar las emociones de sus personajes como recitar el sacrosanto texto, OTHELLO es una película mucho más libre que sabe respirar por sí misma, pues no se pliega a la letra servilmente y, en consecuencia, acaba convirtiéndose en una experiencia puramente cinematográfica. Nótese al respecto cómo Welles abandona con frecuencia a los personajes que recitan el texto para insertar planos de otros que no hablan en ese momento, pero oyen y sienten la repercusión de las palabras de los que hablan: por ejemplo, durante la exculpación que Otelo hace de sí ante el consejo veneciano, se interrumpe la toma, montaje mediante, para insertar la reacción de Desdémona, arrobada ante su marido, cuyo trayecto hasta el consejo, por cierto (abreviado en la versión americana), Welles ha detallado;

  

o, ya en Chipre, sucede cuando Otelo le dice a su esposa “Come, my dear love” / “Ven, amor mío”, y las palabras se registran sobre un plano de Yago y Emilia que cortocircuita el de la pareja noble, ya que los maduros serán sustanciales en el posterior distanciamiento del matrimonio.

  

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Idilios campesinos: Staroje i novoje (La línea general, Sergej M. Ejzenshtejn, 1929)

 

Para Alberto, Ana y Ana, Antonio, Carlos, Claudio, Eduardo, Félix, Hilari, Israel, Javier, Jimmy, Juan y Bibian, Juan Pedro, Luis y Luis William, Luzia, Malena, Manolo, Marimar, Miroslav, Monica, Oscar, Payam, Ramonet, Raquel, Vicente y William.

 

[Nota. En este artículo no hemos utilizado las transliteraciones occidentales habituales del ruso, ya que ni son coherentes, ni siquiera respetan la pronunciación de dicha lengua, sino otra casi totalmente coincidente con la académica, más cercana a las lenguas eslavas que se escriben con el alfabeto latino. De este modo: “j” se pronuncia como la “i” o “y” españolas; “x” como la “j” española; “c” como el grupo “ts”; “y” es una vocal próxima a “i”, pero sin equivalente en español.]

 

Acabamos con STAROJE I NOVOJE (La línea general o Lo viejo y lo nuevo, 1929) nuestro recorrido en “Capricho cinéfilo” por la obra muda de Sergej M. Ejzenshtejn, no sin antes apuntar que, en realidad, el cineasta, por más que rodara un par de películas con sonido, siempre hizo cine mudo, incluida la final IVAN GROZNIJ (Iván el terrible, 1944); y es que el ruso nunca comprendió a fondo la naturaleza del nuevo recurso: tanto la fallida ALEKSANDR NEVSKY (1938) como la, pese a ello, estupenda IVAN GROZNIJ, ya no es que utilizaran recursos de puro cine mudo, sino que resultaban totalmente refractarias a los nuevos ritmos visuales y posibilidades de montaje que permitía el cine sonoro, carencias que ni siquiera las bandas sonoras compuestas por Prokofjev fueron incapaces de disimular.

 

DEL MANUAL AL CINE

Curiosamente, tras la progresiva pérdida de ese sentido del humor que tanto refulgía en la extraordinaria STACHKA (La huelga, 1925), Ejzenshtejn, tal vez consciente del fiasco que supuso su ambiciosa OKTJABR (Octubre, 1927), retrocedió en su afán de hacer del cine un manual teórico y, con STAROJE I NOVOJE, volvió a pisar la tierra de las personas de a pie… o, si se prefiere, la venerada tierra rusa, brindando de paso sugerencias de lo más insospechado que hacen de este film uno de los mejores de su autor. En consecuencia, se decantó por las muy palpables y contingentes labores agrícolas y por las imágenes de fuerte sabor sensorial, recuperó su secuestrado sentido del humor, y dejó bien sentado que la revolución agraria era algo que afectaba a las personas y las hacía evolucionar…; no como en OKTJABR, donde revolucionarios, bolcheviques, militares, gobernantes, dictadores, etc., parecían extirpados de los renglones de un mortecino manual de historia. Es más, si es cierto que en STAROJE I NOVOJE, frente a los soviets, con Marfa a la cabeza, cómo no, afables y sonrientes…,

 

…las fuerzas reaccionarias seguían caracterizadas mediante la caricatura o mediante físicos poco agraciados, al menos desapareció el ramalazo racista de OKTJABR: ahora también los contrarrevolucionarios, ¡hasta los burócratas y popes!, pertenecían al tipo físico eslavo, pues, al fin y al cabo, la mayoría eran campesinos; aunque, eso sí, aireaban unas pintas de paletos difíciles de superar.

 

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