Ayer recibí un mensaje de mi sobrina, muchos años dedicada a la docencia en institutos y que hacía las siguiente reflexión:
" Comenta mi madre que cuando ella era niña la gente se esforzaba mucho por escribir sin faltas de ortografía o por aprender a leer, porque no saber hablar o escribir con corrección era algo avergonzante. Se valoraba por aquel entonces la educación. Ahora tenemos todos los medios, pero nos recreamos en lo vulgar, en la mala educación, en las faltas de ortografía. Es el desprecio y la ridiculización de la excelencia, de cualquier cosa que huela a normas o a esfuerzo. Los dos factores por los que quizá nuestra civilización llegó donde llegó.
Por otro lado, cuenta mi padre que mi abuelo iba a la escuela del pueblo, sin medios, en tiempos de pobreza extrema, siendo ciento treinta niños de todas las edades en el mismo aula con un solo maestro. Faltaban la mitad de los días porque tenían que ir a trabajar al campo. Sin embargo mi abuelo creció con una sólida formación multidisciplinar y, comenta mi padre,, que sabía más de Historia que mi abuela, que era maestra. Eran otros tiempos, se valoraban otras cosas. Nadie quería ser analfabeto.
Ahora muchos alardean de su ignorancia.
Como profesora, después de aprobar unas oposiciones durísimas tras muchos años de estudio y sacrificio, me siento estafada teniendo que derrochar talento, tiempo y energía en un sistema que hace aguas por todas partes, donde el alumno estudioso es impopular, donde los padres se te echan al cuello si eres exigente a la hora de evaluar y donde también se pasa de curso con asignaturas suspensas ( o, lo que es peor, aprobadas gracias a un forzado "empujoncillo" de un 4 ficticio, conseguido por no tener "x" faltas de asistencia sin justificar,por no destrozar el material del aula o por estar callado un día de cada cuatro como único mérito) al 5, tras las presiones de la Inspección o de tus compañeros en la sesión de evaluación.
Lo mejor de todo es que , después de replantearte tus principios morales, devanarte los sesos y hacer encaje de bolillo para poner el dicho 5, el alumno, indiferente, ni se alegra ni mucho menos te lo agradece.
Uno se pregunta cómo el Imperio Romano, culmen de la civilización antigua, pudo sucumbir a manos de pueblos bárbaros atrasados, violentos rudos y rurales. Si me permitís la simplificación, fue algo así: tras alcanzar el pleno desarrollo económico, político, social y cultural, los romanos decidieron que ya tenían todo lo que necesitaban, que era hora de dejar de esforzarse y empezar a vivir. Pronto empezaron a exigir al Estado, no solo que los mantuviera, sino que los entretuviera ( pan y circo). Y así llegó la decadencia total, en todos los ámbitos, aprovechada por civilizaciones primitivas que vieron la ocasión perfecta para invadir el Imperio y acabar con los siglos de esplendor que lo caracterizaron.
Así está Europa, así está España también, a punto de ser devastada y devorada por civilizaciones sin complejos que no tienen nada que perder y mucho que ganar. Mientras tanto, nosotros pidiendo pan y circo."
Esta reflexión me la envió mi sobrina ayer, muchos años dedicada a la docencia en institutos. y gran conocedora de lo que adolece en ellos.Al terminar de leerlo me pareció que no estaba falto de razón, por lo menos en lo que atañe a la escuela que es donde me he movido siempre y de la que puedo hablar con conocimiento de causa. La escala de valores que tuvieron nuestros mayores ya nada tiene que ver con la de ahora. Los padres ya no educan a sus hijos para el respeto, el esfuerzo, la responsabilidad...Los niños de hoy no saben responder ante la adversidad porque se lo damos todo hecho. Porque cuando sufren una contrariedad en el colegio o en el barrio con algún amigo, a los padres les falta el tiempo para ir a protestar donde sea, sacando pecho por su hijo sin saber bien si ha sido el verdadero responsable de lo ocurrido. Hay excepciones, naturalmente, pero la tónica general y lo que los docentes vemos en las aulas es el fiel reflejo de lo que pasa fuera. Nos creemos mejores padres por dar todo a nuestros hijos y estamos equivocados.Lo que hay que hacer es enseñarles a vivir, a saber sufrir y salir de las contrariedades que van a tener sin duda alguna, a disfrutar de las pequeñas cosas y no de imposibles que no están a nuestro alcance, a respetar a sus mayores y el legado que nos dejan, a valorar el esfuerzo para conseguir las cosas, a ser responsables y consecuentes con sus acciones...
Algún día nos tendremos que dar cuenta, pero quizá sea demasiado tarde, o cambiamos esta dirección ahora o terminaremos como el Imperio Romano.