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martes, 6 de septiembre de 2011

Albarracín

Pues también pasamos por Albarracín, nos habían comentado las bondades del pueblo, y algunas se confirmaron, y otras, claramente, no.

Arquitectónicamente, Albarracín apabulla desde el primer vistazo en la carretera: enriscado, con las murallas a un flanco, y la torre de la catedral al otro, es apabullante a lo lejos.








Una vez dentro, la subida por sus callejuelas es un placer, lleno de vistas diferentes a cada esquina que doblábamos. Un montón de postales.

La vega que se extendía a sus pies tampoco desmerecía.






Subiendo hacia la catedral, mucho grupo de turista, con pinta de no tener muchas ganas de subir cuestas, y con los guías metiéndolos a la fuerza en las típicas tiendas engaña-turistas. ¡Qué pena!

El núcleo de la catedral era una maravilla a la vista.

Esta catedral la denominaba Julio Llamazares la más pobre de España. Ciertamente, aislada, no era gran cosa, pero el conjunto monumental era una delicia.

Lástima tanto turismo desordenado, que no pintaba gran cosa en un lugar tan privilegiado.

Como penosa fue la comida que nos dieron, más típica de un bar de carretera en Sudán que de la deliciosa comida que se sirve en el resto de la provincia. Si el turismo es esto, y esto va a sacar a los pueblos con encanto de la pobreza, creo que es bastante penoso, se pueden hacer mejor las cosas. pagar poco no siempre tiene que equivaler a mala calidad, pero si para encima los servicios turísticos y de hostelería de una población son caros y de calidad terrible, condenan a toda una comarca a depender del único turismo que se acercará por allí: el de calidad también pésima.

Lástima, porque Albarracín bien merece otra cosa.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Parada en Teruel...existe y me gusta

De camino a Castellón, decidimos parar en Teruel. No lo conocíamos, y nos habían dicho que bien valía el esfuerzo de viajar desde Asturias (7 horas).

Y, efectivamente, fue todo un descubrimiento, a pesar del calor de agosto.

Nos alojamos en Hotel Sercotel Torico Plaza, tan céntrico que la plaza mayor de Teruel (la plaza del Torico), estaba bajo la terraza de la habitación. Estupendo. Disfrutamos de los desayunos en las cafeterías de la plaza, del agua fresca de la fuente del Torico, y de unas cenas a base de ternasco que aún me chupo los dedos.





Una vez descansados del viaje, nos iniciamos en el estilo mudéjar, que impera en Teruel, y que es causa de su inclusión entre las ciudades patrimonio de la humanidad.
El mudéjar, básicamente, es el estilo que desarrollaron los artesanos musulmanes bajo el dominio cristiano (hasta que fueron expulsados), dándole un aire a la arquitectura religiosa única en Occidente, salvando quizás la monumentalidad de la Sicilia periislámica. Vamos, que mudéjar sería lo contrario a mozárabe, en rasgos gruesos.



¿Qué caracteriza al mudéjar? Pues la utilización de materiales típicos del islam, como el estuco, el yeso, y el ladrillos, que se contraponen a la pesada piedra de la cristiandad. Además, la arquitectura islámica no incluye figuras, prohibidas por la ley coránica, por lo que se sirven, esplendidamente, de vidriados, azulejería y complicados motivos geométricos para decorar las fachadas, en este caso, en teruel, dominan el ladrillo marrón, y las cerámicas violetas y verdes. El efecto es magnífico, y es una pena que la relación de este arte con el islam fuera peyorativa en su tiempo, poniéndose por detrás de estilos más famosos, como el gótico o el románico. Aún hoy en día, ciertos prohombres de este país siguen empeñados en que es una arte "menor", contrastándolo con la arquitectura medieval cristiana, por motivos religiosos e ideológicos más que trasnochados, ellos se lo pierden.


Por los materiales empleados, era una técnica relativamente barata y rápida, y se adaptaba perfectamente a los cascos antiguos estrechos que caracterizan las ciudades islámicas. En el caso de Teruel, podemos pasar, hoy en día, por debajo de torres con muchos siglos de antigüedad, formando parte del entramado urbano, como es el caso de la maravillosa Torre del Salvador, que además tiene un excelente museo del mudéjar.







Desde su cima podemos divisar toda Teruel, en un mirador perfecto. Los tejados, sin estridencias, nos recuerdan el pequeño tamaño de la ciudad, y la armonía que reina entre las alturas de sus edificios modernos, que respetan las verticalidades de las torres mudéjares.
De izquierda a derecha podemos ver el Seminario (color azul), la Torre de San Martín, y la de la Catedral.




Otra torre absolutamente apabullante es la de San Martín, cercana a la catedral. ¡Qué maravilla!











Y por fin llegamos a la catedral. Por fuera es coqueta, con su decoración resumen de todos los estilos propios del mudéjar (perdón por la foto, pero es una plaza muy pequeña, con tráfico, y la única manera de sacarla fue hacer varias fotos pequeñas y pegarlas, lo que añadió mucha aberración a las líneas rectas).

Sin embargo, el tesoro es su interior, con un techo de artesonado en madera, que es la "capilla sixtina" del mudéjar. Merece muchísimo la pena entrar y dejarse las cervicales.

En fin, nos encantó Teruel, además hay un tren turístico que enseña todo lo interesante en un circuito cargado de adrenalina: mover un tren turístico en unas calles peatonales tan estrechas fue todo un desafío para el conductor.
Las afueras, de estilo ciudad-jardín, parecen muy tranquilas, y ofrecen calidad de vida, otras ciudades más grandes deberían aprender. Entre el casco antiguo y el ensanche, una escalera neomudéjar reflejaba lo más interesante del mudéjar en la escalinata que salva el desnivel.



Os dejo un mapa turístico, porque hay muchas más cosas que ver que esta breve reseña.


¡Hay que venir a Teruel!