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domingo, 9 de agosto de 2020

THE GAMBLER





¡ Mierda! ¡No me lo podía creer! 

No había un alma por la calle. Ni siquiera alguien sin alma. Ni un coche inoportuno esa vez, que siempre acuden. Ni unos ojos insidiosos saliendo a dar un paseo como  siempre, que  se crucen  con los míos resignados y con el coche inoportuno. Ni siquiera un gato: este era un pueblo dónde siempre había muchos gatos. No estaba segura de que un gato pudiera ayudar en algo hoy. Pero podía haber estado, aunque sólo fuera por aquello de parecer un día normal.

Pero no había ni dios. No sabía que hacer. Me  quedé parada mirando la puerta de la finca, frente a ella, como una mema. Metálica, muy alta y muy cerrada. Dentro acababa de dejar a mi marido tirado en el suelo, se había caído mientras segaba la enorme huerta -de los cojones- y se había hecho daño en un tobillo. Me dijo, "no, no llames a nadie, no es nada...vete a meter a Wind al coche y trae las vendas"...

Las vendas...Como que fuera tan fácil ahora encontrar las vendas en el coche. Wind, nuestro perro, naturalmente no iba a ser un gato, corría muy nervioso alrededor de él cuando le vio caer, de hecho de los nervios le mordió una oreja. Decidimos muy rápidamente que la sangre era de eso, no de un ictus o algo así, y quedó allí tumbado mientras yo iba... a por vendas.

Sorprendentemente, Wind me hizo caso y vino conmigo, le subí al coche, cerré la puerta y también, como la gran mema entre las memas, cerré la puerta de la nave dejando a mi marido y las llaves de la finca, ambos, dentro. El portazo sonó como un trueno que no te pilla pero te cae al lado. 

Tenía el móvil, pero no podía llamar a nadie...se montaría un follón...Me dije "no pierdas los nervios, por favor que no te de ansiedad ahora, piensa...¿qué hacen en las películas?"

Pues en las películas no sé qué habrían hecho, pero a mi se me ocurrió la maravillosa idea de dar la vuelta al pueblo para acceder a la huerta por detrás, escalando una vieja pared de adobe, y ¡tachaaaán ! aparecer heroicamente allí; igual que antes, y sin las vendas, que se me habrían olvidado. 

 No pudo ser: di la vuelta al pueblo muy deprisa, con la respiración entrecortada, y al llegar al punto clave dónde se ve la pared de adobe me encontré con una tierra enorme de maíz regándose con unos artefactos rarísimos, varias cercas de alambre y unos cuantos perros muy grandes y muy malhumorados entre medias. Todo cosas que, poco antes, como un año, no estaban allí. Debería haber dado muchas más vueltas al pueblo en nuestras visitas a la finca.

Regresé como fui, aturdida e incrédula, respirando mal, y como una mema, pero esta vez una mema derrotada. No había nadie. Nadie. Esto es increíble, me dije. Siempre que haces cosas absurdas y ridículas aparece mucha gente. Siempre que sucede algo que no tiene que pasar, aparece alguien. Pues no. Llegué de nuevo a la puerta de chapa gris, alta, enorme, hermética, inexpugnable. Ni un gato. Pensé por fin en pedir ayuda aunque no fuera nada, aunque me riñera...pensé en llamar ya, o en avisar al único vecino que vive al lado y que no nos habla y está tarado. Wind me miraba sentado desde el interior del coche, muy interesado. Por puro instinto di unos golpes muy fuertes en la puerta, como rabiada y a punto de echarme a llorar. Sin esperanza. Y al momento escuché un "ya voooy" liberador, su voz sonaba mucho más maravillosa que de costumbre, estaba vivo, y venía...

Abrió la puerta y apareció delante de mi; alto, rubio, la oreja con su heridita, apoyado en una pala. Me miró como se mira a alguien en esa situación....con mucho amor. Me dio la risa, una risa nerviosa, interminable. 

"Menos mal que no era nada...." me dijo, con su ironía habitual. 


Hacía sólo unas horas atrás habíamos cogido a Wind y unos bártulos para irnos de viaje a la finca del pueblo de mi marido. Hacía mucho que no íbamos a ningún sitio, debido a la situación que se había producido a causa de la pandemia mundial. Por fin podríamos regar, estar entre nuestros árboles y nuestras flores, al menos así las creemos; nuestras. Aquel corto y rutinario trayecto de no más de treinta kilómetros era de pronto el viaje de nuestras vidas. Y mira que habíamos viajado. Bajé la ventanilla y dejé que el viento me diera en la cara, vi como los rayos del sol atravesaban las alamedas muy rectos, muy seguros de sí mismos, subí el volumen de la radio, sonaba "The Gambler", de Kenny Rogers. Los mismos pueblos y las mismas curvas parecían ahora paisajes de exóticos países añorados, o soñados con mucha luz. El mismo puente y bajo él, el mismo Esla esta vez bajaba inmenso, brillante,  desde las montañas que tanto echábamos de menos. Nada más llegar y sacar mi cámara vi unas cuantas mariposas; no se había secado todo tanto como había pensado y empecé a regar mientras él se ponía a desbrozar y limpiar de cardos y malas hierbas que habían conquistado nuestro reino en nuestra ausencia.

Ahora, desde casa, ya pasado el susto y con mi marido sentado en el sofá y viendo la tele con el tobillo escayolado, me dio por pensar en nuestra ausencia, y en todas las ausencias; y en los viajes y todos los lugares dónde podríamos haber ido y no lo hicimos. Pero, sobre todo, en todos a los que sí fuimos, en todas las veces que estuvimos, en los gatos que no estaban, en la flores que sobrevivieron esperando el agua que les dimos, en el viento que me daba en la cara en el coche mirando los campos amarillos; él a mi lado  y Wind detrás mirando el paisaje, muy interesado.



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