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jueves, 7 de mayo de 2020

El capricho del filósofo

Recordando la historia de Juguetes del viento, hoy recuperamos esta entrada que se publicó  originalmente el 16 de marzo de 2016. 


No sé si conocen ustedes a Jeremy Bentham.
Hasta hace poco yo sólo sabía que era un filósofo británico. Pero hace ese poco, en un libro que nada tiene que ver con Jeremy Bentham leí una referencia a él que me sorprendió, me “inspiró viva curiosidad” y me llevó a querer saber más de este personaje.

Jeremy Bentham
Jeremy Benthan, 1827
Y resulta que, ahora que sé algo más, el buen señor me ha caído muy bien, y por eso quiero hablarles de él, por si no lo conocen, porque creo que a ustedes también les va a resultar simpático.

Jeremy Bentham nació en Londres en 1748, y fue un niño prodigio. A los tres años empezó a estudiar latín y a los doce estudiaba leyes en Oxford.
Pero no quiso ser abogado, porque las leyes de la época no le gustaban, y le pareció mejor escribir sobre cómo se podrían mejorar y hacerlas más justas.

En sus escritos Bentham defendía la reforma de las prisiones, el sufragio universal, la despenalización de la homosexualidad y el buen trato a los animales; la libertad de prensa y el debate público. También le preocupaban el bienestar de los desfavorecidos y las políticas sociales, y cuestionó la utilidad de las instituciones, los valores morales y religiosos,  etc.
Por otra parte, lo más destacado de su teoría filosófica es su concepto del utilitarismo, que consiste, dicho de manera simple, en que el criterio para determinar si una acción es correcta o no, será el “principio de la mayor felicidad”. Es decir, será correcto todo aquello que proporcione la mayor felicidad al mayor número de personas. Y como Bentham creía que lo que mueve al ser humano es el placer y el dolor, la felicidad consistirá en aumentar el placer y disminuir el dolor.  Y esta idea  es lo que debía servir como fundamento de las leyes. Ni más ni menos.

Pero lo más sorprendente de esta ilustre figura no es su mentalidad moderna y altruista, lo que ya sería suficiente para despertar nuestra simpatía. Lo más sorprendente es el capricho que tuvo para después de muerto; un antojo post mortem que consistía básicamente en que lo disecaran y lo expusieran en una vitrina.
Y así lo especificó en su testamento, donde dio instrucciones sobre cómo se debía cumplir su voluntad:

“El esqueleto se dispondrá de manera que la figura completa quede sentada en la silla que habitualmente he utilizado yo en vida, en la actitud  que adopto cuando estoy enfrascado en mis pensamientos mientras escribo.”

También especificó que “el esqueleto se vista con uno de los trajes negros que suelo utilizar”, y que  “el cuerpo así ataviado, junto con la silla y el bastón que he llevado en los últimos años, se coloquen en un mueble o vitrina adecuados”;  y añadió que a ese mueble se fijaría una placa grabada con su nombre y su fecha de defunción “en caracteres llamativos”.
A su figura así conservada la denominó “auto-icono”.
Por último, dejó escrito en su testamento que si sus amigos y discípulos tenían a bien reunirse cada año “con el propósito de conmemorar al fundador de la teoría de la mayor felicidad”, su albacea se encargaría de que el mueble o vitrina que contendría su auto-icono se llevara a la sala en la que fuesen a reunirse.


Jeremy Bentham auto-iconComo ya se imaginarán ustedes, sus amigos, su médico y sus abogados cumplieron estrictamente la última voluntad del finado, y hoy día, el auto-icono de Jeremy Bentham está expuesto, desde 1850 y en una especie de quiosco de madera, en un vestíbulo del University College London, para sorpresa o sobresalto de todo el que pasa por allí.
Conviene especificar que la cabeza del difunto quedó tan maltrecha después de embalsamada que resultaba terrorífica, y en una concesión al buen gusto se decidió sustituirla por una reproducción de cera. La auténtica, la orgánica, se conserva en una caja fuerte y sólo se puede contemplar en circunstancias muy especiales. Bueno, y también en internet.

Todo este asunto, claro, se presta al debate y a la especulación. Muchos creen que la intención de Bentham al pedir que sus restos se conservaran de este modo tan peculiar era simplemente gastar una broma de ultratumba; otros creen que era un arrogante y un creído; y otros que era una forma de cuestionar las concepciones religiosas de la vida y la muerte.

A mí me parece que quizá había un poco de todo, y también creo que Bentham, que era tan listo,  supo prever que la sociedad, en las décadas y siglos posteriores, se volvería cada vez más frívola, más olvidadiza y más indiferente a su propio pasado; y que, convencido como estaba de las bondades de sus teorías, quiso que las generaciones futuras no se olvidasen de ellas; que no quedasen reducidas a una lección más en los libros de texto. Y siendo, como parece ser que era, un filósofo guasón, pensó que la mejor manera de que se siguiese hablando de él, y por ende de su pensamiento, era darnos a nosotros, a los frívolos habitantes del futuro, un motivo a nuestra medida para que nos fijásemos en él.
¿O acaso no es eso lo que me ha pasado a mí?

old london engraving




domingo, 10 de marzo de 2019

Ingredientes para un enigma


 Seguimos celebrando los diez años de Juguetes del viento recordando algunas de  las entradas que conforman la historia del blog.

Ésta se publicó originalmente el 25 de agosto de 2014.


¿Se imaginan ustedes que existiera un libro escrito en un idioma que nadie entendiera? ¿Y que estuviera además lleno de  dibujos y gráficos que nadie supiese interpretar?
¿No sería intrigante un libro así, de factura medieval, de cuidada caligrafía y vivo colorido, que hubiera llegado hasta nosotros sin título, sin fecha y sin nombre de autor?
Pues lo cierto es que tal libro existe, y que no son estos los únicos hechos  interesantes relacionados con él.

Wilfrid VoynichPensemos ahora  en un joven polaco, químico de formación, que por motivos políticos fue encarcelado y deportado a Siberia en 1885;  que cinco años después consiguió escapar y que tras diversos avatares pudo llegar a Londres, donde se estableció definitivamente y comenzó una nueva vida como coleccionista y vendedor de libros  antiguos y curiosos.
El joven se llamaba Wilfrid Voynich.

Ahora nos vamos a Italia. Allí, en la ciudad de Frascati, había un antiguo edificio llamado Villa Mondragone, que pertenecía a la Biblioteca del Vaticano y que los  religiosos jesuitas habían convertido en escuela privada. A principios del siglo XX, necesitados de dinero, los religiosos  decidieron  vender parte de los fondos de su biblioteca. Ante tal reclamo para bibliófilos no es de extrañar que Voynich viajara hasta allí y acabara comprando una buena cantidad de manuscritos.
Entre ellos estaba el libro indescifrable, que desde poco después sería conocido como Manuscrito Voynich.

Esto ocurrió en 1912 y desde entonces hasta hoy el manuscrito Voynich ha seguido siendo un verdadero misterio sin resolver.
Muchos expertos, incluido el propio Voynich, trataron de descifrar el contenido de sus páginas, y tan imposible resultaba que algunos decidieron que el libro era una falsificación, que el idioma en el que estaba escrito era una lengua inventada y que en realidad no había nada que descifrar porque no significaba nada.

Manuscrito Voynich Se llegó incluso a acusar al propio Voynich de ser el autor del fraude, de haber creado un falso libro antiguo.
Sin embargo, investigaciones posteriores permitieron datar con certeza el manuscrito en  el siglo XV. Y también se  averiguó que el lenguaje  en el que está escrito tiene rasgos en común con las lenguas naturales. Es decir, no era un lenguaje inventado, sino un idioma real codificado.

Esto llevó a pensar que el libro pudiese ser un tratado de alquimia, pues los alquimistas, considerados herejes, publicaban sus estudios e investigaciones en textos cifrados. 

Pero teorías sobre el contenido y el idioma del libro hay otras muchas, como la que afirma que se trata de una obra de juventud de Leonardo da Vinci;  la que propone que se trata de un manual de higiene escrito en alemán medieval y en espejo, es decir, con la caligrafía invertida; la que asegura que es un texto escrito en un idioma secreto y que Jesús entregó a Judas; o mi favorita, según la cual el manuscrito Voynich es un libro llegado del futuro, escrito en hebreo cifrado y que trata sobre tecnología alienígena.

Manuscrito Voynich 
A pesar de todos los intentos, serios o disparatados, por descifrar el enigma, Voynich murió en 1930 sin saber cuál era el mensaje de su libro.
El siguiente propietario del manuscrito fue un coleccionista americano, Hans Peter Kraus, que lo compró a los herederos de Voynich en 1961, y que en 1969 lo donó a la Biblioteca Beinecke de la Universidad de Yale, donde se conserva en la actualidad.

Y de actualidad vuelve a estar el manuscrito Voynich en 2014.
El pasado mes de febrero se anunció que Stephen Bax, lingüista de la universidad de Bedfordshire y experto en manuscritos medievales,  ha conseguido penetrar en el misterio del libro y dar con la clave para desentrañarlo, utilizando minuciosas técnicas de análisis lingüístico.

Así ha logrado decodificar nueve palabras, correspondientes a nombres de estrellas y plantas como tauro, centaurea, algodón o eléboro.
Según el catedrático, estas palabras, que pueden ser el punto de partida para descifrar el texto completo, llevan a pensar que el manuscrito Voynich es probablemente un tratado sobre la naturaleza y que está escrito en alguna lengua oriental.

Qué emocionante tiene que ser descubrir el misterio de un libro cuyas páginas han permanecido en silencio durante 600 años.
Qué emocionante debió de ser para Wilfrid Voynich intuir la importancia del manuscrito que le había comprado a los frailes italianos.
Y qué emocionante es imaginar a alguien, perdido en el tiempo, escribiendo esas páginas, llenándolas con palabras secretas y dibujando, a la pobre luz de una vela, enigmáticas figuras. Alguien queriendo dejar testimonio de sus ideas; queriendo preservar, con enorme esfuerzo y dedicación, lo que sabía de su mundo  que es también el nuestro.



martes, 24 de enero de 2017

La biblogteca de Brautigan


Hace algún tiempo, cuando hablamos aquí de Hay-on-Wye, el llamado pueblo de los libros, comentábamos que hay  en el mundo personas con ideas un poco locas, y que de vez en cuando algunas de esas personas tienen la osadía de llevar a cabo esas ideas que a otros les pueden parecer un disparate. 

Dijo Jack Kerouac (?) que los locos que creen que pueden cambiar el mundo son los que lo cambian, y a mí me parece que es verdad. Pero cambiar el mundo no significa darle la vuelta a todo, ni arreglarlo todo de sopetón ni nada de eso. Cambiar el mundo significa mejorar algo, incluso algo en apariencia insignificante. Esos cambios pequeños, que pasan desapercibidos para la mayoría y que parecen no tener repercusión ni trascendencia, cambian el mundo porque cambian los pequeños mundos en los que vivimos, que mejoran cuando recibimos el efecto de esas modestas acciones.

Todo esto tiene que ver con algo en lo que he estado pensando estos días, y que se relaciona a su vez con nuestras recientes reflexiones sobre la lectura de blogs.

Se trata de la Biblioteca Brautigan, que no sé si conocen ustedes. Seguramente sí conocerán a Richard Brautigan, el escritor americano de la contracultura, autor de La pesca de la trucha en América (1967),  su novela de mayor éxito.
Aunque lo que aquí nos interesa tiene que ver con otro libro suyo, The Abortion (1966). En esta novela Brautigan ideó una biblioteca muy peculiar, una biblioteca en cuyas estanterías podía dejar sus escritos todo aquel que quisiera:

No utilizamos el sistema Dewey de clasificación decimal ni ninguna clase de índice para catalogar nuestros libros.  Registramos la llegada de un libro a la biblioteca en el Catálogo de la Biblioteca, y después se lo devolvemos al autor, que puede dejarlo en cualquier lugar de la biblioteca, en la estantería que le apetezca.

Era una biblioteca para autores inéditos. Para personas anónimas que desearan conservar sus historias en algún lugar, por el puro gusto de saber que no se perderían.
Es una idea muy romántica: una especie de refugio, una casa de acogida para la literatura de todos, la que puede escribir una persona cualquiera, y que queda fuera de los mecanismos comerciales.

Entre los muchos lectores y admiradores de Brautigan había un hombre llamado Todd Lockwood, fotógrafo de profesión, que leía la novela cada año y al que la idea de esa biblioteca popular le atraía cada vez más.
Tanto que, después de mucho pensar en ello, en 1990 y en colaboración con el agente literario de Brautigan, decidió crear una biblioteca como la que el escritor (que se había suicidado unos años antes) había imaginado.
La llamó Biblioteca Brautigan y la emplazó en Vermont.
Y allí estuvo funcionando, recibiendo textos originales, historias de personas corrientes, escritas por abuelos, por jóvenes soñadores, por trabajadores de cualquier ámbito… por personas con algo que contar y sin más ambición que contarlo.
Porque no todo el que escribe tiene afán de publicar su obra. Muchos sólo queremos escribir, porque está en nuestra naturaleza, y compartirlo con personas afines.

Sorprendentemente, o quizá no, cuando Lockwood puso en marcha su proyecto, hubo escritores profesionales que lo criticaron, se quejaron y se enfadaron: una biblioteca donde se dejaba al alcance de cualquiera lo que escribía cualquiera. Lo que escribía cualquiera al margen de la industria editorial y de la crítica profesional. Donde nadie seleccionaba los originales, ni se corregían, ni se revisaban, ni pasaban ninguna criba. Una biblioteca para gente que escribe sin técnica, sin preparación, sólo con ilusión. Intolerable.

La primera vez que leí sobre esta biblioteca pensé de inmediato en algo que seguramente están pensando ustedes también: en cuánto se parece la idea de Brautigan al moderno concepto de los blogs. Cuánto se parece esa biblioteca, democrática y libre, a nuestros blogs, en los que cualquier persona puede mostrar por escrito lo que piensa, lo que siente, lo que le interesa. Y donde se conservan nuestros “manuscritos” indefinidamente, para nuestra satisfacción personal y para que quien lo desee pueda leerlos cuando lo desee.

Sin duda Richard Brautigan era un hombre de mucha imaginación. Pero lo que no pudo imaginar, cuando ideó su biblioteca para autores sin pretensiones, es que su invención despertaría tanto interés y resultaría tan inspiradora, incluso al cabo de las décadas. 
Y mucho menos pudo imaginar que  un día habría miles de bibliotecas como la suya, por todo el mundo, con el ciberespacio por estanterías.



httpwww.romanrhodes.comthe_natural_voice
Richard Brautigan 


-Desde 2010 la biblioteca se encuentra en Washington, donde forma parte del Clark County Historical Museum.
-Web de The Brautigan Library
-Web dedicada a Richard Brautigan

lunes, 7 de noviembre de 2016

Sínquisis


Sínquisis, sí.
La primera y única vez que esta curiosa  palabra me salió al encuentro fue al leer los Ejercicios de estilo de Raymond Queneau.
Y aunque todos los textos que componen esta obra son un poco locos (que para eso son de Queneau), lo de la sínquisis me pareció algo tan absurdo y tan psicodélico que sentí mucha curiosidad por este concepto y quise saber más sobre el asunto.

Raymond Queneau
Raymond Queneau
Por eso sé que esta palabra proviene del griego synchysis, “mezcla”; que es una figura retórica que utilizaban con frecuencia los poetas clásicos latinos; y que consiste en colocar las palabras dentro de la frase de manera irresponsable, formando una auténtica mixtura verborum o cacosíndeton, como también se denomina.

Dicho de otro modo, la sínquisis consiste en alterar el lógico orden de las palabras. Vamos, como si la sintaxis en huelga puesto  se hubiese  y las palabras se colocaran como buenamente les pareciera.

Por eso Queneau dice: “Arrogante y llorón con un tono, que se encuentra a su lado, contra el señor, protesta.” O:  “en la Roma plaza de lo encuentro más tarde dos horas...”
Lo cual es como aquello de “Caído se le ha un clavel” pero a lo bruto: el hipérbaton llevado al extremo del disparate.

Yo si la utilización me pregunto de esta técnica tiene alguna finalidad concreta que no sea la pura gana de entretenerse por parte del escritor, o de poner a prueba la paciencia del lector.
Porque desordenadas escribir tan frases, como un puzzle sin montar, hace muy difícil y engorrosa la comprensión del texto. Y no me parece que producir lector en el desconcierto sea la mejor manera de atraer su interés por lo escrito. Más bien me parece que se corre el riesgo de que abandone la lectura, harto de leer frases incomprensibles.
Si yo escribiera algún texto, lo último que lo leyese querría es confundir a quien.
Y si fuese lector de un texto escrito así, con sínquisis, creo que el orden de andar las frases recomponiendo de tener que me cansaría.

Pero la verdad es que, ahora que caigo, leer el texto de Queneau me resultó divertido. Me gustó las frases observar cómo había trastocado y cómo, a pesar de la confusión inicial, y sin llegar a ordenar las palabras de manera lógica, podía intuir el mensaje. Y me divirtió ir en su lugar poniendo las palabras natural, viendo cómo surgía el orden que se escondía en el revoltillo.

Vaya, cuanto más lo pienso, más gracia le voy encontrando a esto de la sínquisis.

Quizá Queneau sólo pretendía jugar con las palabras, algo en lo que era experto; pero tal vez, de paso, este juego sirva para dar relevancia a las palabras mismas, a las relaciones que hay entre ellas y a las leyes que gobiernan el lenguaje, de las que no siempre somos conscientes.
Quizá en estos casos el mensaje sea lo de menos, sólo el medio por el que las palabras se hacen notar  y la excusa para que el lector acepte la invitación de unirse al juego.


mandala


jueves, 29 de septiembre de 2016

El juego de la abadesa. Conclusión


Llegamos al final de nuestro juego-experimento lingüístico. Ya solo queda que les muestre el texto que elaboré originalmente, en el que incorporé las palabras que inventamos.

Pero quisiera también comentar algunos aspectos del asunto  que me parecen interesantes.
Como dijimos, se trataba de ver las semejanzas y diferencias que se producirían entre las versiones escritas por ustedes y ese texto de partida. Es decir, ver qué significados o interpretaciones daban ustedes a las palabras inventadas, y ver cuánto coincidían con los significados que les di yo.

Y como cabía esperar, las versiones que han hecho ustedes del texto se asemejan mucho, lo cual demuestra que el contexto, como es sabido, es fundamental para la interpretación de las palabras.
Sin embargo, aunque el sentido general de casi todos los textos sea el mismo; aunque la escena descrita sea prácticamente la misma en casi todas las versiones, resulta interesante observar algunos casos concretos.

Por ejemplo, la palabra alonias, que en el texto original se refiere a las cortinas, ha recibido también el significado de hojas, mariposas y pajaritos.
Más dispares aún son los significados atribuidos a velverio, que yo utilicé para nombrar el cielo y que ustedes han interpretado como espacio, sol, jardín, horizonte, jazmín y velamen.
Y algo parecido ocurre con ledomé. A mí me pareció que sólo cabría interpretar esta palabra como libro, pero ustedes, claro, la han imaginado también como cabeza, diario, cuaderno, portátil y conciencia.  
Quizás ospanzo, farfundio y entrequedente sean las palabras que más variedad de significados han recibido, pero siempre dentro de un mismo campo semántico. Nuevamente,  el contexto manda.

Pero ya sabemos que no se trataba de “acertar” qué significados di yo a las palabras inventadas, sino de ver cuántos posibles sentidos podían tener, guardando, claro está, una lógica determinada. Así que también era importante que los textos,  las versiones escritas por ustedes, tuvieran coherencia; es decir, que los significados dados a cada palabra guardasen una relación lógica entre sí y diesen como resultado una escena congruente.

Y precisamente con respecto a la coherencia,  merece una mención especial la segunda versión elaborada por *entangled*, que dando a las palabras significados inesperados pero coherentes entre sí y con el desarrollo de la narración, ha transformado el texto magistralmente, convirtiéndolo en una auténtica danse macabre digna de un poeta medieval.

También Holden, tomándose más libertades, ha ideado un contexto totalmente distinto al original, un mundo algo alucinógeno pero regido igualmente por la coherencia interna.

Por último, este juego, que me parece más interesante cuanto más lo analizo, nos lleva a pensar en otra importante cuestión, como es la arbitrariedad del lenguaje. Es decir, que entre una palabra y su significado no hay una conexión natural, sino que esa conexión está establecida por convención. Y lo que hemos hecho nosotros es eso exactamente: establecer convenciones, acuerdos, por los cuales a partir de ahora podríamos decir  nuar en vez de luz,  farfundio en vez de suelo, o  glisenfauto en vez de perro, y nos entenderíamos perfectamente.

Les dejo aquí el texto original para que, si lo desean, puedan compararlo con las versiones escritas por ustedes:

"Una mañana

Las alonias/cortinas  amarillas bailan despacio delante del limalante/balcón abierto. La nuar/luz de la mañana se filtra por ellas de manera  que más que amarillas parecen doradas.
La brisa, lenta y milani/fresca, hace que se ricen, se ondulen y se levanten un poco, como tímidos fantasmas que quisieran entrar en mi habitación.

De vez en cuando las alonias/cortinas se separan del limalante/balcón lo suficiente como para que yo pueda ver, desde la cama, el velverio/cielo ospanzo/azul y luminoso, y la mensabida/barandilla del limalante/balcón. Y las tolicuapas/macetas que colgué ahí hace menos de un fixp/mes ahora tienen virallamas/flores amarillas y blancas. Y las virallamas/flores, el limalante/balcón, el velverio/cielo y las alonias/cortinas me parecen la vida misma. El color, el movimiento y la nuar/luz me parecen seres vivos y la brisa su respiración.

Sin levantarme puedo saber lo que ocurre ñon/abajo, en la pasator/calle.
Unos  orenes/niños  bertillos/pequeños  juegan con un fufito/balón. Otros, mayores, se deslizan y hacen cabriolas con sus grosmios/patines, que apasconan/resuenan en el farfundio/asfalto con alzamando/estruendo entrequedente/crepitante.

También escucho el negro orzaludo/graznido de las gaviotas y el blanco gorjeo de las areupimas/golondrinas.
Y una malia/mujer se ríe, y quizás a su lado va un hombre satisfecho por esa risa.
Un glisenfauto/perro espudia/ladra a lo lejos, y un sagéter/coche pasa despacio. Las alopamas/campanas de la hildeñada/iglesia  dan la hora, y el glisenfauto/perro vuelve a espudiar/ladrar.

Mi ledomé/libro, con las palabras por ahora calladas, reposa sobre las alaisas/sábanas.
Todo parece tranquilo en esta mañana amarilla de domingo."


***

Muchísimas gracias a todos por participar en este experimento léxico con tanta agudeza y simpatía. Y gracias también a  aquellos que, por el motivo que sea, no han podido deleitarnos con sus versiones. La intención también cuenta. 



domingo, 18 de septiembre de 2016

El juego de la abadesa. Segunda parte


En la entrada anterior, como recordarán ustedes,  planteamos un divertimento lingüístico basado en la lingua ignota creada por Hildegarde von Bingen en el siglo XII.
El juego consistía en que ustedes inventasen una o dos palabras cada uno, a las que yo atribuiría un significado determinado. Después elaboraría un texto en español en el que integraría esas palabras inventadas, en sustitución de otras tantas de nuestro idioma.

old manuscriptTodos ustedes han colaborado con dos palabras, de manera que, para mi satisfacción, me he encontrado con un vocabulario ignoto considerable. Además, no he podido resistir la tentación de inventar  un par de palabras yo también.
Y esto, el disponer de tanto vocabulario, me daba dos posibilidades: o hacer un texto breve en el que las palabras inventadas tuviesen mucha presencia, o uno largo en el que esas palabras estuviesen más repartidas y en un contexto más amplio, que daría más pistas para su interpretación.
No hace falta decir que la primera opción me ha parecido mucho más interesante y divertida.

También me resulta muy interesante observar las diferentes “personalidades” que tienen las palabras que han creado ustedes. Las hay que suenan delicadas, como alaisa, velverio o nuar; las hay que resultan divertidas o cómicas, como fufito, ñon o farfundio; otras suenan contundentes y decididas: entrequedente, orzaludo, glisenfauto… Incluso hay una que es claramente extraterrestre: fixp.

Por eso el texto que he elaborado ha adquirido, por fuerza,  esos matices tan diferentes, lo que le da, creo yo, una musicalidad extraña y atrayente.

Como verán enseguida, a la mayoría de las palabras que hemos inventado les he dado valor de sustantivo, de nombre común; pero hay también algunos verbos y adjetivos. Para los cambios de género y número y  la conjugación de los verbos he aplicado las reglas gramaticales del español, como Hildegarda aplicaba las del latín a sus palabras ignotas.

Una vez tengamos las versiones que ustedes elaboren, publicaré una nueva entrada con el texto original, para que puedan ustedes mismos comprobar las diferencias y similitudes entre éste y sus propuestas, y cuánto se parecen o se diferencian sus propuestas entre sí.

Ésta es la lista de participantes con las palabras que ha inventado cada uno (entre paréntesis, en su caso, la categoría gramatical señalada por el participante):

Sara: ledomé, sagéter                                                        Soros:  ñon, fixp
Guille: virallama, nuar                                                      Marisa: mensabida, alzamando
Macondo: orene, alopama                                               MJ: hildeñada, pasator
*entangled*: limalante, espudiar (sust. y verbo)       Holden: fufito, orzaludo    
JuanRa: velverio, tolicuapas                                           Rick: grosmio, farfundio  
Conxita: alaisa, milani                                                Manuela:entrequedente, apasconar (adj. 
Anónimo: bertillo, ospanzo (adjetivos)                   y verbo) 
Carlos: areupima, glisenfauto                                   Ángeles: alonia, malia                                                                                                           
Y éste es el texto:
           
"Una mañana

Las alonias amarillas bailan despacio delante del limalante abierto. La nuar de la mañana se filtra por ellas de manera  que más que amarillas parecen doradas.
La brisa, lenta y milani, hace que se ricen, se ondulen y se levanten un poco, como tímidos fantasmas que quisieran entrar en mi habitación.

De vez en cuando las alonias se separan del limalante lo suficiente como para que yo pueda ver, desde la cama, el velverio ospanzo y luminoso, y la mensabida del limalante. Y las tolicuapas que colgué ahí hace menos de un fixp ahora tienen virallamas amarillas y blancas. Y las virallamas, el limalante, el velverio y las alonias me parecen la vida misma. El color, el movimiento y la nuar me parecen seres vivos y la brisa su respiración.

Sin levantarme puedo saber lo que ocurre ñon, en la pasator.
Unos  orenes  bertillos  juegan con un fufito. Otros, mayores, se deslizan y hacen cabriolas con sus grosmios, que apasconan en el farfundio con alzamando entrequedente.

También escucho el negro orzaludo de las gaviotas y el blanco gorjeo de las areupimas.
Y una malia se ríe, y quizás a su lado va un hombre satisfecho por esa risa. 
Un glisenfauto espudia a lo lejos, y un sagéter pasa despacio. Las alopamas de la hildeñada  dan la hora, y el glisenfauto vuelve a espudiar.

Mi ledomé, con las palabras por ahora calladas, reposa sobre las alaisas.
Todo parece tranquilo en esta mañana amarilla de domingo." 

***

Ahora pasen, si son tan amables, al saloncito de los comentarios para dejar su traducción del texto y todo lo que deseen comentar.
Espero que lo pasen ustedes tan bien como lo he pasado yo jugando con sus palabras.
Muchas gracias. 


Leonardo Da Vinci manuscript

Aquí la conclusión del juego

miércoles, 16 de marzo de 2016

El capricho del filósofo



No sé si conocen ustedes a Jeremy Bentham.
Hasta hace poco yo sólo sabía que era un filósofo británico. Pero hace ese poco, en un libro que nada tiene que ver con Jeremy Bentham leí una referencia a él que me sorprendió, me “inspiró viva curiosidad” y me llevó a querer saber más de este personaje.
Jeremy Bentham
Jeremy Benthan, 1827
Y resulta que, ahora que sé algo más, el buen señor me ha caído muy bien, y por eso quiero hablarles de él, por si no lo conocen, porque creo que a ustedes también les va a resultar simpático.

Jeremy Bentham nació en Londres en 1748, y fue un niño prodigio. A los tres años empezó a estudiar latín y a los doce estudiaba leyes en Oxford.
Pero no quiso ser abogado, porque las leyes de la época no le gustaban, y le pareció mejor escribir sobre cómo se podrían mejorar y hacerlas más justas.

En sus escritos Bentham defendía la reforma de las prisiones, el sufragio universal, la despenalización de la homosexualidad y el buen trato a los animales; la libertad de prensa y el debate público. También le preocupaban el bienestar de los desfavorecidos y las políticas sociales, y cuestionó la utilidad de las instituciones, los valores morales y religiosos,  etc.
Por otra parte, lo más destacado de su teoría filosófica es su concepto del utilitarismo, que consiste, dicho de manera simple, en que el criterio para determinar si una acción es correcta o no, será el “principio de la mayor felicidad”. Es decir, será correcto todo aquello que proporcione la mayor felicidad al mayor número de personas. Y como Bentham creía que lo que mueve al ser humano es el placer y el dolor, la felicidad consistirá en aumentar el placer y disminuir el dolor.  Y esta idea  es lo que debía servir como fundamento de las leyes. Ni más ni menos.

Pero lo más sorprendente de esta ilustre figura no es su mentalidad moderna y altruista, lo que ya sería suficiente para despertar nuestra simpatía. Lo más sorprendente es el capricho que tuvo para después de muerto; un antojo post mortem que consistía básicamente en que lo disecaran y lo expusieran en una vitrina.
Y así lo especificó en su testamento, donde dio instrucciones sobre cómo se debía cumplir su voluntad:

“El esqueleto se dispondrá de manera que la figura completa quede sentada en la silla que habitualmente he utilizado yo en vida, en la actitud  que adopto cuando estoy enfrascado en mis pensamientos mientras escribo.”

También especificó que “el esqueleto se vista con uno de los trajes negros que suelo utilizar”, y que  “el cuerpo así ataviado, junto con la silla y el bastón que he llevado en los últimos años, se coloquen en un mueble o vitrina adecuados”;  y añadió que a ese mueble se fijaría una placa grabada con su nombre y su fecha de defunción “en caracteres llamativos”.
A su figura así conservada la denominó “auto-icono”.
Por último, dejó escrito en su testamento que si sus amigos y discípulos tenían a bien reunirse cada año “con el propósito de conmemorar al fundador de la teoría de la mayor felicidad”, su albacea se encargaría de que el mueble o vitrina que contendría su auto-icono se llevara a la sala en la que fuesen a reunirse.

Jeremy Bentham auto-iconComo ya se imaginarán ustedes, sus amigos, su médico y sus abogados cumplieron estrictamente la última voluntad del finado, y hoy día, el auto-icono de Jeremy Bentham está expuesto, desde 1850 y en una especie de quiosco de madera, en un vestíbulo del University College London, para sorpresa o sobresalto de todo el que pasa por allí.
Conviene especificar que la cabeza del difunto quedó tan maltrecha después de embalsamada que resultaba terrorífica, y en una concesión al buen gusto se decidió sustituirla por una reproducción de cera. La auténtica, la orgánica, se conserva en una caja fuerte y sólo se puede contemplar en circunstancias muy especiales. Bueno, y también en internet.

Todo este asunto, claro, se presta al debate y a la especulación. Muchos creen que la intención de Bentham al pedir que sus restos se conservaran de este modo tan peculiar era simplemente gastar una broma de ultratumba; otros creen que era un arrogante y un creído; y otros que era una forma de cuestionar las concepciones religiosas de la vida y la muerte.

A mí me parece que quizá había un poco de todo, y también creo que Bentham, que era tan listo,  supo prever que la sociedad, en las décadas y siglos posteriores, se volvería cada vez más frívola, más olvidadiza y más indiferente a su propio pasado; y que, convencido como estaba de las bondades de sus teorías, quiso que las generaciones futuras no se olvidasen de ellas; que no quedasen reducidas a una lección más en los libros de texto. Y siendo, como parece ser que era, un filósofo guasón, pensó que la mejor manera de que se siguiese hablando de él, y por ende de su pensamiento, era darnos a nosotros, a los frívolos habitantes del futuro, un motivo a nuestra medida para que nos fijásemos en él.
¿O acaso no es eso lo que me ha pasado a mí?



old london engraving


lunes, 18 de enero de 2016

El misterio del diccionario



Los diccionarios son una herramienta fundamental para mí, tanto por razones profesionales como por interés o gusto personal. Los utilizo a diario, y, quizá porque no dejo de sorprenderme con su utilidad y la magnitud de su alcance, también me resulta muy interesante el proceso de elaboración de estas obras lexicográficas.

La creación de un diccionario puede parecer  –y lo es– una tarea ardua y lenta; incluso  tediosa y propia de eruditos sin vida social. Un trabajo, en fin, nada emocionante.
Sin embargo, a veces, el proceso de elaboración de un diccionario puede deparar sorpresas asombrosas y contener  elementos tan misteriosos y enigmáticos como los del más interesante caso ideado por Agatha Christie.

Y eso precisamente es lo que ocurrió en el siglo XIX durante la elaboración del prestigioso Oxford English Dictionary (OED).

Sucedió que en 1857, los sabios de la British Philological Society, decidieron crear un diccionario que recogiera el significado y la etimología de todas las palabras de la lengua inglesa conocidas desde el siglo XII. El diccionario habría de incluir también, como elemento distintivo, citas literarias que ilustraran los diferentes significados de las palabras.

Los inicios del proyecto ya fueron azarosos. Herbert Coleridge fue nombrado editor, y como tal empezó el buen hombre a elaborar definiciones de palabras. Pero al poco tiempo enfermó y falleció. Su sucesor, llamado Furnivall, tenía, al parecer, más interés en invitar a señoritas a pasear en barca por el Támesis que en encerrarse en su despacho a escribir definiciones. Así que lo sustituyeron. Esta vez el elegido fue Sir James Augustus Henry Murray, un hombre con una asombrosa capacidad de trabajo y grandes conocimientos. Y también grandes barbas, por cierto.
James-Murray en 1910
Sir James es un personaje muy interesante del que merece la pena hablar, y más cuando se acaba de cumplir el centenario de  su muerte. Pero por ahora sigamos adelante con el diccionario y su misterio.

Murray se levantaba a las cinco de la mañana y trabajaba doce horas diarias, y aun así, al cabo de cinco años él y sus colaboradores sólo habían llegado a la palabra “hormiga”. Esto no estaría  mal si no fuera porque en inglés hormiga se dice “ant”.  Es decir, que en cinco años no habían podido ni terminar las entradas correspondientes a la letra A.

Pero entonces, en 1879, el sabio tuvo una gran idea: hizo un “llamamiento a las personas que hablan y leen inglés para que lean libros y extraigan citas para el nuevo diccionario de la lengua inglesa de la Sociedad Filológica”. En el llamamiento también se explicaba en qué consistía el proyecto y se incluía una “lista de libros para los que se necesitan lectores”. Entre esos libros estaban, por ejemplo, los Poemas Menores de Chaucer; El progreso del peregrino, de Bunyan; la prosa de Milton; Robinson Crusoe, de Defoe; el Gulliver de Jonathan Swift; la mayoría de las obras de Charlotte Bronte, de Byron, de Coleridge, de Hawthorne, etc.
Esta petición de colaboradores tuvo una respuesta maravillosa, pues los responsables del Diccionario empezaron a recibir  miles y miles de notas de lectores de todo el mundo de habla inglesa, que enviaban cada día  las citas que seleccionaban de los libros que iban leyendo y que fueron ilustrando el uso de cada palabra registrada en el OED.

Pero si todo esto ya es de por sí curioso y emocionante, más interesante aún es el hecho de que hubiera un colaborador misterioso. Alguien cuyas aportaciones al OED fueron asombrosas, pues estuvo enviando citas literarias, perfectamente organizadas en índices, cada semana, durante muchos años.
¿Quién sería esa persona, este voluntario y voluntarioso lector, que tan en serio se tomó la petición de Murray? Debía de ser sin duda un gran lector y un gran trabajador.

Llegó un momento en que Murray se interesó personalmente por saber quién sería este dedicado colaborador. Y con sorpresa supo que, según el anónimo remite de sus envíos, se trataba de alguien que escribía desde Broadmoor. Desde el manicomio de Broadmoor.
Murray pensó que se trataría de un médico, y desde luego, el colaborador misterioso era médico…
William Chester Minor era un estadounidense, nacido en 1834, que había sido cirujano militar; un hombre culto y refinado, que leía con avidez, pintaba acuarelas y tocaba la flauta. Quizá demasiado refinado y sensible para soportar la crueldad y la barbarie que presenció durante su servicio en la Guerra Civil Americana. Incluso en una ocasión fue obligado a marcar a fuego la letra D en la cara de un desertor. Todo esto dio pie a una grave inestabilidad mental.
William C. Minor
Y a esto se unió el hecho de que padecía también una obsesión por las prostitutas que lo llevaba a comportarse de manera cada vez menos aceptable para el ejército. Después de un tiempo hospitalizado, se le declaró incapacitado y fue jubilado en 1871.

Entonces viajó a Londres para descansar, pero allí su mente siguió atormentándolo, y se obsesionó con la idea de que aquel soldado al que le marcó la cara lo buscaba para vengarse. Y una noche, convencido de que su perseguidor  lo había encontrado, salió a la calle y mató de varios tiros a un hombre que pasaba por allí camino de su trabajo.
En el juicio por el asesinato de este hombre, William Minor fue declarado loco, y así fue como ingresó en el manicomio de Broadmoor. Tenía 37 años.

Los responsables del asilo le permitieron tener libros en su celda  así como material de pintura. Además pudo mantener correspondencia con diversos libreros de Londres a los que con frecuencia hacía pedidos de libros, llegando a convertir su celda en una verdadera biblioteca. Es probable que en alguno de esos libros que recibía encontrara una copia del famoso llamamiento del doctor Murray solicitando la  colaboración de voluntarios para el OED. En seguida esto se convirtió en su pasión y su razón de vivir.

Como en toda historia trágica, en ésta tampoco faltan elementos conmovedores. Por ejemplo, que Minor, consciente, a pesar de su locura, de lo que había hecho, prestara ayuda económica a la viuda del hombre al que había matado, y que ella fuera en varias ocasiones a visitarlo y llevarle libros.
Y que el bueno del doctor Murray, enterado de la sorprendente historia de este abnegado colaborador, fuera a conocerlo y siguiera visitándolo con frecuencia durante veinte años,  y que se ocupara de que Minor fuese finalmente trasladado a su patria. Además, en el prefacio al quinto volumen del OED, Murray incluyó una mención al Dr. W. C. Minor, en sincero reconocimiento por su extraordinaria colaboración.
Y también  emociona ver cómo una pasión, en este caso la pasión por los libros y las palabras, puede dar un nuevo sentido a una vida rota.

Ni Minor ni Murray llegaron a ver terminada la obra a la que tanto trabajo, tiempo y amor habían dedicado, cada uno desde su lugar.
El sabio y entrañable filólogo murió en julio de 1915, a los 78 años, cuando trabajaba en la letra U.
El loco y desventurado cirujano falleció en 1920, en una residencia de ancianos, en Connecticut.
La primera edición del Oxford English Dictionary se publicó en 1928.




Una novela sobre este asunto: El profesor y el loco, de Simon Winchester (Editorial Debate, 1999).