Se trata, por tanto, de comentar un filme que cuente con claras referencias a los fogones, y después recomendar alguno de mis bares o restaurantes preferidos. Inevitablemente, éstos se encontrarán en las calles de Sevilla, lugar desde el que os hablamos. Otra cosa no, pero buenos bares en la capital andaluza no faltan. Y cintas de este particular género tampoco hay pocas. Las podemos encontrar dentro del drama o la comedia, la fantasía o la animación, el crimen y el suspense. Obras tan importantes como Chocolat, El Festín de Babette, Tomates verdes fritos, Pollo al vinagre, Ratatouille o Como agua para chocolate, entre muchas otras, podrían ser objeto del debate en esta sección. Además el arte de la restauración está de moda entre los guiones originales de los últimos años. Nos alegramos que este tipo de películas compitan con los efectos especiales del actual panorama cinematográfico. Sabemos que en taquilla filmes como Julie y Julia, por ejemplo, jamás podrán alcanzar a los avatares y a las patrullas x. Pero a nosotros eso no nos importa. La calidad de las primeras, por lo general, superan a lo comercial de las segundas, casi más destinadas a las video consolas que al cine. Y podríamos hacer el chiste fácil de que con las cosas de comer no se juega.
Para comenzar esta sabrosa serie vamos a recurrir a una cinta de estreno, el último largometraje del director alemán de origen turco, Fatih Akin. El joven realizador, esta vez, ha recurrido a la comedia para seguir interesado en las relaciones interraciales, en la mezcla de culturas y en la realidad social; en este caso de un país, Alemania, que se encuentra al frente del imparable proceso que ha originado la inmigración.
La película se centra en Zinos, un cocinero griego que trata de sacar adelante su restaurante de comida rápida en Hamburgo. Soul Kitchen, que así se llama el local, es una especie de almacén abandonado y destartalado; un loft con inquilino incluido (el toque surrealista de Akin: un viejo lobo de mar que vive con su barco siempre en reparación y que no paga el alquiler).
Zinos –y el espectador- se pasan toda la cinta en vilo, resistiendo a las diversas amenazas de cierre de su negocio por parte de personajes y situaciones, a cada cual más hilarante. A saber: su novia, Nadine, una niña pija de familia millonaria que se va a Shanghai a trabajar y por la que Zinos estaría dispuesto a abandonarlo todo; su hermano Illias, presidiario con malas compañías, que le pide trabajo como tapadera para el tercer grado; Shayn, el cocinero que dará la vuelta al restaurante para convertirlo en un local de comida elaborada, aunque sea bajo la amenaza de su enorme cuchillo de carnicero; Thomas, un antiguo compañero de estudios, especulador inmobiliario que anda detrás del terreno, y empleará todas las malas artes posibles para obligar a que Zinos venda, el ejemplo ideal para hacer cierta la frase de “con amigos como ese nadie necesita enemigos”; Hacienda, Sanidad y demás elementos de la administración, tan hostiles como los anteriores; y Zinos, él mismo; y su espalda, motivo de las escenas más divertidas de toda la película, con las que muchos se sentirán identificados.
Con una trama in crescendo (las calamidades se van sumando hasta un final imposible de arreglar) Fatih Akin logra divertir al público. Lo hace gracias a estimular la mala conciencia del espectador que tiende a reírse de las desgracias de los demás. Cuanto más ridícula y aparatosa es la situación mejor aprovechamiento para la carcajada. Además se apoya en el guión autobiográfico de Adam Bousdoukos para arremeter contra la especulación inmobiliaria y la administración. En este sentido no es nada sutil cuando afirma con imágenes una conocida sentencia “nunca jodas a Hacienda o Hacienda te joderá a ti”.
Soul Kitchen es, por tanto, humor negro, slapstick y comedia de situaciones. Pero también un conjunto de apetecibles recetas. Allí se trocean berenjenas y calabacines, se mezcla nata con ralladuras de plantas afrodisíacas, y se emplatan las viandas con una exquisita presentación. Para aquel que no la haya visto, la película está servida, sólo queda degustarla.
Ver Ficha de Soul Kitchen.
Y ahora las tapas:
BAR BENITO (Serrano y Ortega, 16, Sevilla)
Situado en el popular barrio del Tiro Línea, es uno de mis habituales para las cenas de verano. Con terraza en la calle Almirante Topete se puede disfrutar de sus tapas basadas en la cocina tradicional. Mesas sin mantel, bar carente de lujos, pero una cocina excelente. Aquí se viene a saborear su comida no su decoración. Eso sí, un precioso azulejo de la Virgen de las Mercedes preside este local que data ya de más de medio siglo.
Para beber: una cerveza muy fría o un Ramón Bilbao bien servido; para comer, muchas y variadas viandas. Veamos: la Pavía de Bacalao tiene una merecida fama, no es de extrañar, nadie como ellos para freír ese rebozado tan bien hecho. Pero tampoco quedarán defraudados con la tapa de Pollo Frito; con los Pinchos de Langostinos, un plato con sabor a espetada portuguesa; o con los Riñones al Jerez. Aunque para mí la tapa estrella sigue siendo la de Huevas Fritas. Todas ellas a precios muy populares, que sorprenden al público no asiduo cuando comprueban cantidad y, sobre todo, calidad.
El Benito es un bar para charlar con los amigos - incluido el antiguo dueño (Benito) que no se resigna a abandonar a sus clientes- en la barra o en la terraza (se recomienda llegar pronto para asegurar la mesa), ambas repletas de gente del barrio o de cualquier parte de Sevilla, que son muchos los que se acercan expresamente a paladear sus propuestas clásicas.
Si el calor les da un respiro, y si les apetece la cocina de toda la vida, nos vemos en el Benito.