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lunes, 2 de diciembre de 2019

EN LA PLAYA DE CHESIL (On Chesil Beach de Dominic Cooke, 2017)

Han pasado casi diez años desde que se anunciase la adaptación a la gran pantalla de “Chesil Beach”, la premiada novela de Ian McEwan. Después de numerosos retrasos, de directores que abandonaron el proyecto antes de que este arrancase, y de productores que retiraron el dinero por diversos motivos, después de tanto tiempo, por fin hemos podido ver la esperada cinta. Dirigida por Dominic Cooke ––su primer largometraje–– y protagonizada por una de las actrices de moda, Saoirse Ronan. La película no acaba de ser redonda del todo, pero contiene algunos aspectos interesantes que vamos a analizar.


La trama de En la playa de Chesil en un principio es bastante simple: una noche de bodas fallida da al traste con la prometedora relación entre Edward (Billy Howle) y Florence (Saoirse Ronan). De una premisa tan sencilla, McEwan desarrolla una historia tan compleja como complejo es el ser humano. Y no solo por el hecho de la dificultad intrínseca que habita en toda relación de pareja, sino por la influencia de terceros, del contexto social, de la educación recibida y de la lucha generacional.

La historia ambientada al principio de los años sesenta, navega por ese mar de dudas que distinguió a los jóvenes nacidos durante la Segunda Guerra Mundial. La nula educación sexual de los protagonistas se une al enrarecido ambiente familiar causado por la diferencia de clases. Florence, la hija mayor de un acomodado empresario, aspira a concertista mientras que Edward, de familia obrera, se somete a trabajar en la fábrica de su suegro. Prejuicios sociales, diferentes ambiciones ––o la carencia de ellas––, insalvable distancia generacional entre padres e hijos, incertidumbre relacionada con el contexto de una guerra fría en pleno auge, son algunos de los elementos apuntados por el novelista Ian McEwan, a la sazón guionista de la película. El escritor de Expiación (adaptada al cine en 2007 por Joe Wright, con bastante más brillantez, y también con la presencia de Saoirse Ronan en el reparto), veterano, pues, en estas lides, contrasta con la inexperiencia del director, Dominic Cooke, que, no obstante, sale bien parado en la conducción de una película nada fácil de gestionar.


Parte del éxito de Cooke descansa en el excelente trabajo de Saoirse Ronan. Actriz que suma una buena actuación más a su dilatada carrera, con tres nominaciones a los Óscar cuando apenas cuenta con veinticinco años. Es cierto que no suele apartarse de su registro más característico, el de joven díscola, pero contenida en su actuación. El que le vimos cuando encarnaba a la niña que provocaba el drama en la citada Expiación; el de la adolescente protagonista de, quizás su mejor interpretación hasta el momento, Lady Bird (Greta Gerwick, 2017); o, ahora, el de la líder de un cuarteto de cuerda, que, sin embargo, se muestra insegura, por momentos aterrorizada, frente al sexo.

Buena, por tanto, la dirección de actores de Dominic Cooke, que, si bien se estrena en la realización, no es ni mucho menos ajeno al mundo del espectáculo. Director de teatro consagrado (nada menos que miembro de la Orden del Imperio Británico) se nota su paso por las tablas en la puesta en escena de En la playa de Chesil. Aunque la propia trama pide una película intimista, el intento de “airear” la narración por parte de Cooke no funciona mal: en primer lugar, utiliza el recurso del flashback para ir desgranando poco a poco los motivos por los cuales la pareja fracasa en el primer día de su flamante boda. En segundo lugar, se adapta muy bien al formato panorámico tanto en las tomas interiores, como en las exteriores. Además, se apoya en la música de forma más que adecuada: clásica, cuando se trata de describir aspectos de la vida de Florence, y moderna, cuando la imagen se centra en Edward, en su transitar por una vida sin aspiraciones. Un personaje, este, que encajaría perfectamente en cualquier película del Free Cinema; aquel movimiento cinematográfico británico de los años sesenta que tan memorables filmes dejó.

Pero, sin duda, lo mejor del largometraje, es la secuencia que transcurre en la playa del título. Una escena simbólica que resume toda la trama. Es la metáfora que refleja las dificultades por las que atraviesa la pareja, y el intento fallido por superar la crisis. La playa desierta, sin arena, solo de piedras, por donde camina Florence con dificultad, y la barca varada en el pedrisco, donde ella se sienta, no auguran nada bueno. Una singladura que no arranca; un problema que se presenta desmedido, sin solución, o al menos sin que Edward se sienta capaz de resolverlo cuando, en uno de los mejores planos de la cinta, se desespera insignificante ante el inmenso piélago azul que es la mar.
 






jueves, 14 de febrero de 2008

EXPIACIÓN: MÁS ALLÁ DE LA PASIÓN (Atonement de Joe Wright, 2007)

“Sólo hay una forma de hacer las cosas, y es: bien”. Esta sentencia, tan “aguda”, la pronunciaba un profesor que tuve en mi época de estudiante; y se quedaba tan “ancho”. Pero no le faltaba razón. Y es que estamos cansados de presenciar en la gran pantalla películas que fallan por todos los lados, aunque vengan precedidas por grandes premios o sean firmes candidatas a ellos. Por eso nos alegramos cuando algún director hace las cosas como es debido. Joe Wright es uno de ellos.



Atonement es una muy cuidada adaptación de la novela de Ian McEwan que trata de las relaciones imposibles entre una joven adinerada (Cecilia) y el hijo de su ama de llaves (Robbie). La historia se inicia en la Inglaterra de la mitad de la década de los treinta, en un ambiente prebélico que apenas perturba -como en las mejores cintas de James Ivory- la apacible vida de una aristocrática familia británica. Y es que son los propios personajes los que inician el drama: algunas casualidades, malas interpretaciones y actos perversos provocarán la tragedia, y se adelantarán así a la inevitable Guerra Mundial.

Para contar con imágenes –y sonidos- una trama como la de Expiación..., en la que distintos protagonistas configuran la acción, Joe Wright toma -con buen criterio- una serie de decisiones. En primer lugar, elige uno de los personajes como eje de la historia: Brioni Tallis; la niña de trece años que distorsiona la realidad para acomodarla a sus fantasías. Cada vez que Brioni (excelente Saoirse Ronan, con esos ojos que traspasan la pantalla) se deja llevar por su imaginación, el ruido del teclear de su máquina de escribir acompaña a unas largas y planificadas secuencias.


La trama tiene una estructura de lo más original. La no-linealidad de la acción está justificada por los distintos puntos de vista. Otros directores deberían aprender a utilizar los flash-back o los flash-forward como hace Wright, es decir al servicio de la película y no de sí mismos. Con el mismo criterio –estamos haciendo cine- hace uso del plano secuencia para sintetizar la narración y aportar el realismo que las escenas necesitan. Así es como presenta la traumática retirada de Dunkerque o las oleadas de heridos que inundan los hospitales de campaña. Pero lo hace con un toque personal que aporta mucho mérito a su trabajo: es la realidad vista por “sus” personajes; con una carga onírica que se refleja en la coreografía de los planos –que ya la quisieran para sí algunos musicales- y en la dura fotografía.



Por si eso fuera poco, el señor Wright –que aumenta su prestigio con cada película que hace- se permite el lujo de insertar convenientes metáforas y simbolismos: un picado sobre Brioni, que deja ver una piara de cerdos al otro lado de una valla, refleja el malestar interno de la joven; un escena de un desesperado Robbie, en Dunkerke, contrasta con un primer plano que se proyecta a su espalda (corresponde a una secuencia mítica del Realismo Poético: El Muelle de las Brumas, Quai des Brumes de Marcel Carne, 1938). Allí, Jean Gabin era un desertor de la Primera Guerra que quería compartir su vida con Michele Morgan; aquí, Robbie ansía por dejar el frente y volver con Cecilia.

Expiación: Más allá de la Pasión puede convertirse en una obra legendaria (el tiempo tiene la palabra); a día de hoy podemos decir que sobresale por encima de sus contemporáneas gracias al correcto tratamiento cinematográfico de Joe Wright. Y es que sólo hay una forma de hacer las cosas...



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