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lunes, 24 de febrero de 2014

"L'ITALIANA IN ALGERI" (Gioacchino Rossini) - Palau de les Arts - 23/02/14

Ayer, tras las incertidumbres surgidas respecto al futuro del Palau de les Arts después de la cancelación de la ópera Manon Lescaut y la retirada de todo el trencadís de su cubierta, volvió a reanudarse la temporada operística del teatro valenciano, con el estreno de L'Italiana in Algeri, de Gioacchino Rossini.
 
Veremos cómo y cuándo se resuelve finalmente el recubrimiento del hoy patético Pelau de les Arts: si se vuelve a utilizar trencadís, si se pinta, o si algún genio decide que le ponen gotelé o papel pintado de los 70. A mí me da absolutamente igual. Lo importante es que el interior del edificio recupere su actividad a pleno rendimiento y que se garantice la continuidad de nuestro teatro de ópera con espectáculos de buen nivel, como el ofrecido ayer.

-Oye, yo paso ir al tostón ese de la ópera que me sobo
- Ya, y yo. Que vaya Helga.
De momento, el mensaje que se transmitió desde las instancias oficiales no pudo ser peor. Escasísima presencia de representantes políticos autonómicos valencianos. Tan sólo se dejó ver el Conseller de Economía Máximo Buch. El President Fabra debía estar buscando sus vaqueros o comprando el arreglo de cocido antes de ir a la Cridà fallera, pero no apareció. Y de la Consellería de Cultura, ni una mínima representación oficial tampoco que mostrase el apoyo a la reapertura de Les Arts. Una sonrojante vergüenza más, que deja bien a las claras el nulo interés que sienten por la cultura en el gobierno valenciano en general y en el departamento que dirige María José Catalá en particular, quien debería replantearse cambiar de denominación a su Conselleria por la de Fallas y chirigotas populares varias, pues su política tiene de cultural lo que su forma de gobernar de democrática: el nombre.

Entrando ya en materia, creo que pocas personas podrán discutir que, dentro de la producción de Rossini, Il barbiere di Siviglia es una ópera mucho más redonda en todos los sentidos que L’Italiana in Algeri. Sin embargo, cualquier parecido entre el Barbero sufrido la temporada pasada y la Italiana vista ayer, es pura coincidencia, ganando esta última por goleada. A las pruebas me remito, en Il Barbiere yo a los quince minutos ya estaba mirando el reloj y deseando que acabase aquel tostón; anoche, el primer acto de L’Italiana, de una hora y cuarto de duración, se me pasó volando. Y mérito de la obra no es. Hubo ante todo un responsable de que las cosas funcionasen especialmente bien, el director musical Ottavio Dantone, contribuyendo también de manera capital al éxito del conjunto la ágil y efectiva dirección escénica de Joan Font, así como un equipo de cantantes que, pese a sus puntuales carencias, lograron un resultado global muy positivo.

La dirección de escena de Joan Font es sumamente alegre y colorista. A mi juicio, logró el equilibrio justo entre el respeto estricto a lo escrito y el reforzamiento del carácter desenfadado y bufo de la obra, sin exageraciones, con una estética visual muy atractiva, con un vestuario impactante y un juego de luces inteligente. La escenografía es sencilla pero resultona y de efecto directo sobre el espectador, con unos cambios de escenas ágiles, muy bien resueltos, sin dejar que mermase en ningún momento el trepidante ritmo requerido.

La dirección del movimiento de actores se vio bastante trabajada, casi siempre con acciones en diferentes planos, pero sin abusos, sin que llegase a distraer lo secundario de lo principal, únicamente remarcándolo y creando los ambientes necesarios para que la trama fluyera y su carácter cómico no decayese. Por una vez, personajes no existentes en el libreto como el tigre o las acompañantes vestidas de negro, no sólo no molestaban sino que potenciaban el conjunto. Lo único que no me gustó fue el inicio del segundo acto con esos tres personajes en escena haciendo bobadas antes de la salida del director.

Ottavio Dantone retornaba a Valencia, tras la magnífica labor de dirección llevada a cabo la temporada anterior en La Flauta Mágica, para ponerse al frente de la Orquesta de la Comunitat Valenciana y, como ya dije antes, su trabajo anoche fue el principal responsable de que Rossini brillase en el escenario de Les Arts como merece. Tras el Barbero del año pasado, algunas personas me dijeron que habían llegado a la conclusión de que la música de Rossini no les gustaba; ayer algunas de esas mismas personas me confesaron haber redescubierto al compositor de Pésaro gracias, sobre todo, a un trabajo de batuta excelente que le hizo justicia.

Dantone comenzó poniendo las cosas en su sitio con una Obertura excepcional (por cierto, a telón bajado, como Dios manda, sin pretender distraernos de lo que debe primar en esos momentos que es la música). En ella, ya perfiló con sabiduría y precisión milimétrica todos los contrastes de la escritura rossiniana, con un manejo maestro del arte del crescendo.

Impuso un tempo ágil, vivo, alegre, donde la música fluía con naturalidad y se cogía perfectamente de la mano con la acción escénica, en una conjunción sólida que impidió que la tensión decayese un solo instante. Dantone, desde el podio, dirigió todas y cada una de las entradas de los cantantes, atentísimo  a lo que ocurría en escena, cuidando que los volúmenes no tapasen a los intérpretes, pero, al mismo tiempo, sin permitir que la orquesta perdiese la relevancia requerida. Si hubiera de mencionar un fallo, sólo señalaría un cierto desajuste entre escena y foso en el pasaje del coro de pappatacci.

Christopher Bouwman
Ese trabajo exquisito de dirección contó con la inestimable colaboración de una Orquesta de la Comunitat Valenciana inspiradísima, compuesta para la ocasión por apenas 40 miembros, pero que obtuvieron unos sonidos excepcionales. ¡Cuánto echábamos de menos el sonido de esta orquesta!... Detalles como la matizada percusión, la precisión de las cuerdas o la rotundidad de los contrabajos, se unieron a las magistrales intervenciones de Álvaro Octavio a la flauta o Christopher Bouwman al oboe, por cierto, precisamente la semana que se ha anunciado que este último dejará próximamente la orquesta para integrarse en la Suisse Romande. Muy mala noticia.

Merece destacarse también el preciso, y pocas veces valorado en su justa medida, trabajo de José Ramón Martín al clave.

El Cor de la Generalitat, compuesto en esta ocasión únicamente por sus integrantes masculinos, volvió a brindarnos una actuación magnífica, pese a algún desajuste como el ya comentado antes, recordándonos el privilegio que supone poder disfrutar de una agrupación de este nivel. Debe destacarse además su comportamiento en escena, desenvuelto y divertido, potenciando el tono giocoso de la obra. Además, como en tantas otras ocasiones, se percibía que ellos mismos se lo estaban pasando fenomenal.

Junto a la presencia de Dantone al frente de la orquesta, el mayor aliciente para mí de esta producción se centraba en la presencia en Valencia de la mezzosoprano Silvia Tro Santafé, en el papel de Isabella. Y no me defraudó en absoluto. La cantante valenciana tiene una voz de bello timbre y amplio registro, con un centro consistente, unos graves de peso y audibles y una zona aguda luminosa y timbradísima. Su canto estuvo caracterizado por una extrema musicalidad, pureza en el fraseo y un exquisito gusto a la hora de manejar el instrumento, como hizo en “Per lui che adoro”, con unas medias voces y matices preciosos. Solventó las coloraturas con limpieza y precisión y firmó un “Pensa a la patria” muy meritorio. Por hacerle un reproche, quizás por la perfección técnica y corrección canora demostrada, acabase resultando un tanto fría o distante, pero ante una ejecución de semejante nivel, ya quisiera yo muchas frialdades así.

Antonino Siragusa interpretó el complicado papel de Lindoro. El tenor italiano es un auténtico especialista en partituras rossinianas y se maneja con estilo, soltura y arrojo en las complicadas trampas escritas por el maestro de Pésaro. Estuvo muy valiente toda la noche, moviéndose como pez en el agua entre las agilidades y por el registro más agudo. Su voz, aunque de tonalidades blancuzcas, tiene volumen y cuerpo, algo no muy habitual en los tenores ligeros rossinianos, el problema es que las sonoridades son excesivamente craneales y nasales, con algún deje gatuno, y su fraseo algo tosco, tendiendo a dejar sonidos abiertos, todo lo cual afeaba un tanto el resultado final que, no obstante, sólo puede considerarse positivo.

Tras la desaparición del barítono Erwin Schrott del cartel de L'Italiana in Argeli a diez días del estreno, de la que ya hablé en este blog y sobre la que desde Les Arts siguen sin pronunciarse, el papel de Mustafá fue asumido ayer por el desconocido bajo turco Burak Bilgili. La voz es bonita, con resonancias de auténtico bajo, aunque paradójicamente carecía de graves, o, al menos, no le resultaban audibles, probablemente por una mala técnica de emisión. Le faltó un punto más de autoridad vocal, pero escénicamente estuvo impecable dotando al personaje de la vis cómica imprescindible, cuidando mucho la intención en su fraseo, pese a algún problema de dicción. Creo que la nota final también debe ser positiva.

Más flojo me resultó Giulio Mastrototaro como Taddeo. Es innegable que estuvo divertido y entregadísimo en escena, pero vocalmente no hace falta ir demasiado lejos para encontrar mejores defensores del rol.

Los cantantes del Centre de Perfeccionament Plácido Domingo Anabel Pérez Real (Elvira), Cristina Alunno (Zulma) y Germán Olvera (Haly), cumplieron con corrección, destacando igualmente por su buen comportamiento en escena.

La sala volvió a mostrar demasiados huecos en un estreno (los pisos 3 y 4 estaban prácticamente vacíos), pero el público asistente, aunque no destacó por su calor, se veía que se lo pasaba bien. Al finalizar se ovacionó a todos los intervinientes y a la dirección escénica de Joan Font, que recogió unánimes aplausos y bravos.

Como siempre, parece que me toque a mí lo más selecto de la sociedad valenciana en mis inmediaciones. Ayer, un ser presuntamente homínido, nos deleitó a todos con su estulticia y embrutecimiento. Comenzó por entrar y salir de su butaca, molestando a toda la fila, unas 4 ó 5 veces antes de comenzar la representación. No contento con eso, nada más iniciarse la obertura enchufó el móvil y se puso a consultar las novedades de facebook tarareando mientras la música y molestando con sus graznidos y la luz del teléfono a todos los presentes. Llegué a pensar que no estaba mirando nada, sino que lo único que quería era iluminar sus facciones para que viésemos lo guapo que era, pero claro, deseché la idea al vislumbrar sus rasgos, propios de un cruce antinatura entre Boris Karloff y un King Kong alopécico. Redondeó su actuación comentando a gritos con sus compañeros de butaca (que por cierto debían ser del mismo zoo porque le entendían sus rebuznos y le reían las gracias) lo que ocurría en escena. A los insistentes chisteos y reproches de muchos de nosotros, respondía con chulería y haciendo más ruido, provocándonos también después al encenderse las luces.

Yo les pediría a los chicos y chicas que vigilan la sala que tratasen de controlar mejor este tipo de comportamientos y se tomasen las medidas oportunas para expulsar del teatro a esta gentuza que no sabe respetar unas normas mínimas de convivencia.

En fin, nos quedaremos con que la temporada operística se ha reanudado y confiaremos en que la cosa se mantenga. Y ya puestos hoy a hacer peticiones, hare otra:

Por favor, señoras y señores del gobierno valenciano y otras instancias competentes, un día de estos que estén ustedes ya aburridos de jorobar al ciudadano busquen en el diccionario (ese libro gordo que tienen sin desprecintar en la estantería) el significado de la palabra pensar y pónganla en práctica. Es gratis e incluso gratificante. Al principio puede que sea un poco doloroso poner en movimiento la neurona atrofiada y hasta es posible que se les escape algún cuesquete del esfuerzo, pero después se acostumbra uno a razonar y hasta tiene su gracia.

Piensen. Hagan lo posible por mantener una actividad musical y operística de nivel en este teatro. Tienen lo principal: la sala y unos cuerpos estables de relevancia internacional. Da igual que el exterior del edificio tarde en recuperar el lustre de los años del pelotazo, lo importante es que se siga ofreciendo en el interior una oferta cultural de primer rango que va mucho más allá de ser, como piensa el President del arreglo de cocido, un divertimento para ricos. No es cierto. Es un activo cultural de la sociedad valenciana que contribuirá a tener mejores y más formados ciudadanos… Aunque también es verdad que igual, precisamente eso, es lo que no les interesa a ustedes.


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lunes, 8 de abril de 2013

"LA FLAUTA MÁGICA" (W.A.Mozart) - Palau de les Arts - 06/04/13

El sábado tuvo lugar en el Palau de les Arts el estreno de “La flauta mágica”, de Wolfgang Amadeus Mozart, la última ópera de la temporada oficial del teatro valenciano. Faltará todavía ese ansiado “Otello” en junio, en el Festival del Mediterrani, pero que estemos a primeros de abril hablando ya del final de una temporada que comenzó en noviembre y que se ha compuesto de escasos cinco títulos, es bastante triste y el mejor ejemplo de la complicada situación de pura supervivencia que se vive actualmente en el mundo de la ópera en general y en nuestro Palau de les Arts en particular.

Quedándonos con lo positivo, merecería destacarse que, al menos, la entrada que presentaba el sábado la sala principal de Les Arts era bastante buena, en contraposición con los paisajes desolados de los últimos estrenos. Aunque, por algunos comentarios escuchados y por el seguimiento de la venta de entradas en la web del teatro, me temo que el lozano aspecto de la platea y pisos altos respondiese a un regalo masivo de localidades en los últimos días.

La producción ahora presentada de la última ópera de Mozart, procede del Teatro Regio de Parma y cuenta con la dirección escénica de Stephen Medcalf. Si en el reciente Barbero hablábamos de una escenografía excesiva, casi asfixiante, en esta ocasión hemos pasado al extremo opuesto y en un escenario completamente vacío se desarrolla toda la trama.

Como mobiliario escénico tan sólo se cuenta con seis objetos colocados en la boca del escenario (en dos grupos de tres, claro, para respetar la simbología masónica que atraviesa toda la obra) que permanecen allí durante toda la función, acercándose los cantantes a por ellos cuando forman parte de la acción: la flauta, el carillón, el retrato de Pamina (en realidad un marco), un puñal, una vara y una manzana. En definitiva una absurdez bastante importante. Esa ausencia absoluta de atrezzo es suplida con unos efectistas juegos de luces de Simon Corder y con un conjunto de acróbatas-bailarines que, en inverosímiles posturas, forman la serpiente, las fieras, el árbol, los pájaros, las puertas… y van componiendo los diferentes ambientes y escenarios en los que se desarrolla la trama.

Dada mi congénita aversión a los danzarines y los mimos, cuando empezó la cosa me temí lo peor, aunque reconozco que el trabajo llevado a cabo por los encargados de representar esas mamarrachadas fue impecable, tanto desde el punto de vista gimnástico como coreográfico, y la verdad es que no entorpecían demasiado a los cantantes ni distraían en exceso de lo principal. El resultado fue que, conforme avanzaba el espectáculo, confieso que me fui sintiendo más cómodo con la propuesta planteada, que acabó por merecer mi valoración general positiva pese a sus innegables defectos.

Entre los principales reproches que se pueden hacer al trabajo de Medcalf se encuentra sin duda la entrada en escena de la Reina de la Noche, transmutada en lo que un principio me pareció un pulpo plateado con peinado de Marge Simpson, pero que luego identifiqué como una estrella. Visualmente, junto a los gigantes del segundo acto, creo que fue uno de los momentos más impactantes de la noche, pero obligar a una cantante a tener que afrontar un papel tan exigente vocalmente como este, haciendo equilibrios sobre la riñonada de unos tipos con monos negros que la sujetaban, es un disparate que denota una ignorancia supina de lo que es cantar ópera y muestra un preocupante desprecio hacia los artistas, que, aunque les pese a los registas, son lo fundamental de este espectáculo.

No obstante hay momentos estéticamente bellos y visualmente efectivos, como los ya mencionados o el comienzo del segundo acto mostrando a Sarastro y la Reina de la Noche como dos caras de una misma realidad, pero si no te conoces de memoria el libreto, esa ausencia absoluta de elementos escenográficos pueden despistarte un poco, como le pasaba a un jovenzuelo, no lo suficientemente alejado de mi asiento como para que no me molestase, que no dejaba de pedir explicaciones sobre lo que ocurría a su desesperada madre.

Como ya he dicho antes, pese a todo, acabé con buenas sensaciones, e igualmente debió ocurrirle a la mayor parte del público que premió con unánimes aplausos a los responsables de la dirección escénica. Yo opté por guardar silencio.

Ignoro quién será el culpable, pero, aunque me quede solo en esta cruzada, vuelvo a manifestar mi indignación y vergüenza ajena ante esos guiños graciosillos, populacheros y propios de espectáculos de variedades a lo Juanito Navarro, como introducir palabras en valenciano (Adeu, Visca) o que Papageno se ponga a silbar “El Gato Montés”.

En el foso, al frente de la Orquestra de la Comunitat Valenciana, se situaba el italiano Ottavio Dantone, quien considero que llevó a cabo una muy buena y sutil labor de batuta. Se evidenció un equilibrio fantástico entre secciones, con una articulación orquestal en la que funcionaba el conjunto como un engranaje perfecto en el que todo estaba en su sitio y en la medida justa, y donde cada detalle de la partitura era destacado con minuciosidad y sorprendente relevancia. Eso no quita para que se hiciesen presentes algunos desajustes con la escena, propios de todo estreno, que fueron más notorios en las intervenciones de la Reina de la Noche.

El propio Dantone se encargó de hacer sonar el carillón de Papageno, ejecutando él mismo el Glockenspiel “amablemente cedido” por el Palau de la Música (según se indicaba en el programa de mano). No sé yo cuán amable habrá sido la cosa tal y como están las relaciones.

Entre los músicos de la orquesta, como no podía ser de otra forma tratándose de esta obra, destacó el protagonismo de la flauta de Álvaro Octavio, magistral como de costumbre.

Excelente también, una vez más, ese lujo que es el Cor de la Generalitat que, pese a no tener un especial protagonismo en esta ópera, en las ocasiones en las que tuvo que intervenir impresionó por su empaste, claridad, equilibrio y volumen.

En el apartado de los solistas las cosas no fueron tan positivas, aunque se mantuvo un nivel medianamente digno que hizo que el conjunto no se resintiese en exceso. Uno de los principales problemas vino derivado de que una propuesta escénica como esta, de escenario vacío, exige unos cantantes con gran expresividad y buenas dotes de actores. Y aquí hubo importantes carencias.

El Tamino del tenor sueco Daniel Johansson me gustó poco. Comenzó fatal, desafinado, desfiatado a la tercera frase y con una emisión sucia, opaca y muy atrás que afea notablemente un canto que debe ser brillante y luminoso y de tintes heroicos. Aquí la heroicidad sólo estaba en los oyentes. Afortunadamente, se fue entonando un poco conforme avanzaba la representación, mostrando volumen y algunos agudos notables, pero su hieratismo, frialdad y falta absoluta de expresividad, dejaron a un príncipe Tamino que apenas pasó de lacayo.

El barítono austriaco Thomas Tatzl, como Papageno, mejoró un poco en el apartado actoral, estando algo más desenvuelto en escena que Tamino, pero también le daba por pararse para cantar, desluciendo su actuación. En general estuvo correcto, aunque le falta peso y empaque vocal.

También falto de envergadura vocal en los graves se mostró el coreano In-Sung Sim como Sarastro, aunque cumplió dignamente en un rol complicado.

La que más me convenció fue la Pamina de la soprano italiana Grazia Doronzio que, pese a algunas destemplanzas en la zona aguda, hizo un uso inteligentísimo y elegante de las medias voces, exhibiendo un buen legato. Me pareció bellísimo su dúo con Papageno del primer acto, gracias también a Dantone y su sabio manejo de la orquesta.

La Reina de la Noche de la alemana Mandy Fredrich se vio muy perjudicada, como ya he dicho antes, por la imbecilidad escénica de tener cantar su primer aria, en equilibrio, subida a los lomos de dos pseudo fureros. Su timbre es bonito y cantó la primera parte del aria con mucho gusto, pero cuando llegaron las agilidades lo pasó mal, perdiendo a la orquesta y respirando donde no tocaba. En “Der Hölle Rache”, ya con los pies en el suelo, mejoró un poco la cosa, alcanzando los sobreagudos con precisión, pero la parte de agilidades se le seguía resistiendo y tuvo una calada que combinó con un piano un tanto extraño.

Bastante peor me pareció el Monotastos de Loïc Felix, quien sin embargo se movía por escena con muchísima soltura. No destacó demasiado Helen Kearns, en el breve y agradecido papel de Papagena. Sí me gustaron más Nathan Berg como el Orador, así como Mario Cerdá como Sacerdote.

Bastante bien estuvieron las tres damas, Jinkyung Park, María Kosenkova y Romina Tomasoni. Y excelentes resultaron los Tres Muchachos interpretados por adolescentes solistas del Tölzer Knabenchor. Yo no soy precisamente fan de las voces blancas, pero reconozco que estuvieron increíblemente bien, tanto en lo vocal como en el movimiento escénico. Me pareció un detalle de mal gusto que no figurasen sus nombres en el programa de mano.

Un público bastante frío sobre todo en el primer acto, y en el que volvió a ser notoria la presencia de numerosos niños y jóvenes, acabó ovacionando a todo el elenco con fuerza. Muchas veces he criticado que se comenzara a bajar el telón antes de que finalizase la música, y en las últimas óperas ya no lo hacen, sino que apagan la luz al acabar aquella, con lo que ya no hay que sufrir a los que tienen prisa en iniciar los aplausos. Pero es que el sábado ni siquiera bajaron el telón tras los saludos finales, así que cuando los artistas tuvieron ya bastante, se fueron yendo del escenario a su bola. Espero que no hayan despedido al encargado de bajar el telón por mi culpa…

Quisiera hacer también un llamamiento para que los chicos y chicas acomodadores y cuidadores de puertas hagan menos ruido durante las funciones, pues a veces molestan más ellos con sus pasos y el crujir de sus sillas metálicas, que los tosedores y los señores del caramelito. Igualmente me gustaría que sus jefes les recuerden la regla de que una vez comenzada la función no puede entrar la gente en la sala, porque el sábado, a mitad de obertura, se permitió el paso de dos tardones, con el agravante de que sus sitios habían sido ocupados por otros avispados con peor ubicación y el ruido y desconcierto que se organizó fue importante.

Bueno, pues la temporada se ha acabado. Ahora ya sólo nos resta esperar a “Otello” y que los órganos de gobierno de Les Arts se dignen a anunciar el contenido previsto de la próxima temporada, si es que hay contenido previsto y si es que va a haber próxima temporada. Hace tiempo se dijo que la temporada 2013-2014 se abriría con la reposición del Anillo wagneriano, pero pensar que esa previsión va a cumplirse, parece ahora mismo ciencia ficción. De momento, lo único que se sabe es que el musical “Los Miserables” ocupará la sala principal del 21 de noviembre al 22 de diciembre. Confío en que no sea con eso con lo único que nos quedemos el año próximo. Ah, no, que también está anunciado Raphael


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lunes, 27 de abril de 2009

IL VIAGGIO A REIMS (Gioachino Rossini). Teatro alla Scala. 19/04/09

En cuanto supe que durante mis vacaciones, recientemente finalizadas, pasaría por Milán, lo primero que hice fue mirar si habría representación en el Teatro alla Scala. Por fechas, la única opción posible era la función del 19 de abril de “Il Viaggio a Reims” de Gioachino Rossini. En realidad me daba igual la que fuera. Conseguí comprar las entradas y, desde entonces, aguardé con impaciencia la llegada de mi cita con La Scala.

Cuando se apagaron las luces de la sala y los primeros acordes de la partitura comenzaron a escucharse, reconozco que me emocioné. Un escalofrío recorrió mi espalda y fui entonces plenamente consciente de que, al fin, había cumplido el sueño de poder asistir a una ópera en aquel recinto cargado de historia, donde, pese a sus remodelaciones, casi podían verse deambular por allí todavía los espíritus de Tamagno, Gigli, Callas, Tebaldi, Bergonzi…

La función del día 19 de abril, pese a ser un segundo reparto de jóvenes cantantes, contaba con el aliciente de la participación de tres españoles, Simón Orfila, Cristina Obregón y Maite Beaumont, en lo que suponía el debut en La Scala de estas dos últimas, con esta disparatada y divertida ópera de Rossini.

En junio de 1825 tuvo lugar en la Catedral de Reims la coronación de Carlos X de Borbón como rey de Francia. Como parte de las festividades, unos meses antes se encargó una obra a Gioachino Rossini, que acababa de ser nombrado director musical y escénico del Teatro Italiano de París. El libreto de Luigi Balocchi preparado para la ocasión, titulado “El Viaje a Reims o el Hotel de la Flor de Lis dorada”, pone en escena a un grupo de invitados, de diferentes países de Europa, que van a asistir a la ceremonia de la coronación y coinciden en una parada del camino, en un balneario de Plombières. Finalmente, no pueden acudir a Reims e improvisan un homenaje a la familia real en el balneario, cada uno a su propio estilo nacional, decidiendo ir a París para los festejos que seguirán a la coronación.

Cada uno de los invitados constituye un estereotipo de las naciones de la decadente Europa de la época, en una referencia simbólica al programa político de Carlos X, que tenía la intención de pacificar el mundo mediante la unión de las distintas monarquías europeas, tras el paréntesis imperial de Napoleón.

La obra no tenía la consistencia dramática de una ópera al uso y, con 14 cantantes solistas, más bien fue concebida como una oportunidad para que las principales figuras de la época pudieran exhibirse en el estreno homenajeando al nuevo rey. Dicho estreno tuvo lugar en el Teatro Italiano de París con presencia de la familia real y cantaron todas las estrellas de entonces, como Giuditta Pasta, Laure Cinti o Domenico Donzelli.

Tras sólo 4 puestas en escena, la obra dejó de representarse y Rossini decidió aprovechar parte de su música para una ópera en francés: “Le Comte Ory”, quedando en el olvido la partitura original de “Il Viaggio a Reims”.

En 1977 se encuentran y recomponen las diferentes partes del manuscrito y en 1984 se estrena en el Rossini Opera Festival de Pésaro, bajo la batuta de Claudio Abbado y la dirección escénica de Luca Ronconi.

Aquí podemos ver una grabación de aquel año en Pésaro, con Abbado dirigiendo a Araiza, Ricciarelli, Valentini-Terrani, Dara, Raimondi y Nucci en el precioso sexteto "Non paventa alcun periglio":


video de Olaig100

25 años después de aquel hito histórico, el Teatro alla Scala de Milán ha vuelto a programar la deslumbrante obra de Rossini, con la puesta en escena de Ronconi readaptada para la ocasión.

Respecto a lo visto y oído el día 19, lo primero que he de mencionar es lo que más me sorprendió: la espléndida acústica de la sala.
Los sonidos se expandían de forma homogénea, formando un cuerpo sonoro rico y lleno, que, a su vez, permitía apreciar todos los matices de las diferentes secciones orquestales y, sobre todo, donde la envoltura musical nunca obstaculizaba la recepción de la emisión vocal. La sala parece estar especialmente diseñada para la perfecta escucha de las voces y la inteligibilidad del texto y es realmente el “Palazzo della Coloratura”. O sea, como el Auditori de Les Arts, pero al revés.

El teatro se hallaba prácticamente lleno de un público, mayoritariamente entendido, que se mostró en todo momento respetuosísimo con el trabajo de los artistas. Algún tosedor irredento se coló, pero o las juanolas son de mejor calidad en Milán, o la gente es mucho más considerada.

La puesta en escena de Luca Ronconi presenta algunas diferencias respecto al montaje de 1984 y, aunque no llega al nivel de aquélla, mantiene su concepción fresca, imaginativa y divertida, con esa referencia al poder y manipulación de los medios de comunicación, representados por esos cámaras y paparazzi que surgen periódicamente en escena, y unas pantallas en las que se puede ver la acción paralela desarrollada en el exterior, en los alrededores del teatro, donde el cortejo real desfila junto a la Catedral, las tiendas de lujo de la Galería Vittorio Emanuele II (mientras los turistas japoneses, sorprendidos, hacen fotos) y finalizan a la carrera por la Piazza della Scala, entrando en el teatro, momento en que se apagan las pantallas y el cortejo hace su entrada por el pasillo de platea.

Lo mejor de la noche, la Orquesta della Scala, dirigida con seguridad y brío por Ottavio Dantone, en una lectura de la partitura rossiniana que me pareció ejemplar, llena de fuerza y sentido musical, y que extrajo toda la vivacidad y riqueza melódica de la composición del genio de Pésaro.

Reseña especial merece el flautista solista Davide Formisano, quien fue capaz de asombrar con una ejecución espectacular de gran virtuosismo mientras se movía por la escena con soltura.

El Coro, magnífico en todas sus intervenciones, rotundo y amalgamado, constituyó un instrumento perfecto más a las órdenes de Dantone, aunque su negro y largo vestuario desentonaba un tanto respecto al colorido general.

Entrañable fue el número de ballet de las marionetas de la Compañía de Carlo Colla e hijos, interpretado con una delicadeza y precisión tales que costaba creer que realmente se trataba de muñecos y no de personas.

En cuanto a los numerosos solistas vocales:

La gaditana Cristina Obregón estuvo muy aceptable como Corinna, luciendo una homogeneidad tímbrica rebosante de musicalidad. Sus agudos llegaban con facilidad y se movió en el terreno de las coloraturas de forma impecable, sin pirotecnias exhibicionistas, sabiendo matizar intensidades con sensibilidad.

La mezzosoprano navarra Maite Beaumont, en el rol de la Marquesa Melibea, exhibió una línea de canto exquisita y una gran naturalidad. Se adaptó perfectamente a la concepción escénica, haciendo gala de sus dotes interpretativas. Mostró suficiencia en las agilidades y limpieza y solidez en los agudos. Y su cálida voz, aún sin alcanzar los imponentes volúmenes de la Barcellona, llenó de elegancia, refinamiento y buen gusto el templo operístico milanés.

El menorquín Simón Orfila en el papel de Don Profondo empezó un tanto flojo, costándole proyectar la voz y pareciendo un poco desorientado en escena, pero fue yéndose poco a poco arriba y en su “Medaglie incomparabile” realizó una magnífica interpretación vocal y actoral, con impecable dicción, buen volumen, excelente control del fiato y una comicidad ajustada y contenida.

A continuación podemos ver a Orfila cantando el aria "Medaglie incomparabile" en una actuación al aire libre en Florencia en 2004:


video de emiliobcn50

La joven letona Marina Rebeka, como la Contessa di Folleville, obtuvo merecidamente los mayores aplausos de la velada. Su voz de soprano lírico-ligera se acoplaba perfectamente al personaje y mostró un volumen y contundencia inusuales en su cuerda. Rebeka hizo un auténtico alarde de técnica depurada en las coloraturas, y circuló por el registro agudo con gran brillantez y claridad, combinando todo ello con una soberbia actuación dramática muy desenvuelta sin caer en el histrionismo al que puede prestarse el personaje.

Aquí tenemos a Lella Cuberli en el mismo papel en Pésaro en 1984:


video de Onegin65

La Madama Cortese de Teresa Romano no estuvo mal, pero la potencia de su voz, que no era poca, se traducía generalmente en gritos y sonidos fijos poco musicales.

El presunto bajo italiano Roberto Tagliavini, como Lord Sydney, estuvo muy justito como actor, y en lo vocal presentó una voz profunda de resonancias muy atractivas y poderoso volumen, pero que tendía a sucumbir en el registro más grave. Un nuevo falso bajo.

El australiano-argentino José Carbò mostró una importante presencia escénica y riqueza gestual, y compuso el rol del alemán Barone di Trombonok con desparpajo y sentido de la comicidad, demostrando un importante dominio de las tablas. En lo vocal fue de menos a más, con una segunda parte muy destacada, superando las exigencias de su papel dignamente.

El barítono Simone del Savio como el Grande de España Don Álvaro, estuvo correcto, sin destacar especialmente, y mostrando alguna dificultad de proyección.

Michael Spyres fue un aceptable Cavaliere Belfiore. Comenzó encandilando con su voz fresca y amplia, con una zona central en la que presenta sus mejores credenciales, pero que fue denotando problemas de homogeneidad con unos agudos que se escuchaban forzados y algo engolados.

Sergey Romanovsky, en su papel del Conte di Libenskof, me sorprendió desagradablemente. Esperaba mucho en directo de este joven tenor ruso al que había visto en algún video mostrando unas cualidades realmente prometedoras. Su voz, de bello timbre, careció de la consistencia que esperaba y presentó serios problemas en los agudos a los que llegaba con fuerza pero convirtiéndose en chillidos abiertos y nasales con alguna desafinación, estando muy lejos de la brillantez que requiere el personaje. Quiero pensar que se trataba de un inconveniente problema temporal, porque nada tenía que ver con lo que yo le había escuchado anteriormente.

El balance general final, en cualquier caso, fue francamente positivo y el público aplaudió largamente a los jóvenes intérpretes, entre los que se veía a una Maite Beaumont muy emocionada.

A continuación, os traigo el dueto entre Melibea y Libenskof en la interpretación de Lucía Valentini Terrani y Chris Merritt en Pésaro en 1992:


video de philopera

Aunque para emociones la mía. Me costaba marcharme del teatro. Me quedé sentado en mi localidad mirando como se desalojaba poco a poco la sala (nada que ver con las prisas que suelen entrar en Les Arts, donde aún no ha bajado la batuta el director y ya están los reyes del culo inquieto yéndose de allí a la carrera). Después fui recorriendo los pasillos, fijándome en cada detalle, fotografiando compulsivamente en un imposible intento de atrapar aquellos instantes y llevarlos conmigo... y en eso que se acercó uno de los chicos de puertas, con enorme medallón al cuello, a preguntarme, muy amablemente, si tenía entrada o me había colado desde la calle aprovechando la apertura para la salida. Le enseñé mi entrada un tanto azorado, pensando en la imagen de Martínez Soria que debía estar dando para motivar esa pregunta.

El chico del medallón, a punto de pedirme los papeles.

Una fina lluvia nos esperaba a la salida, haciendo brillar los viejos adoquines de la capital lombarda y aumentando la magia del momento.

Para finalizar, nada mejor que el enloquecido y divertidísimo bis de una de las funciones de “Il Viaggio a Reims” de 1988 en Viena, con un elenco de figuras que quita el sentío: Caballé, Raimondi, Cuberli, Dara, Gasdia, Valentini-Terrani, Surjan, Merritt, Lopardo, Furlanetto, Chausson... dirigidos por Claudio Abbado y pasándoselo francamente bien... más o menos como yo en Milán.


video de gustavometz