Los escombros y los libros de arena
Por: Darío Valle Risoto
Adolfo otrora: “R211” y rebautizado por Victoria como: “Lata” descubre porque sigue con ella a pesar de su extraño humor y sus arrestos de mal carácter. Sigue porque de la muchachita le intriga ese inusitado entusiasmo por las cosas simples e insignificantes, más insignificantes aún si contamos conque el mundo se ha ido inexorablemente al carajo.
Cuando dejaron ese ignoto pueblo luego de recorrer unos cincuenta kilómetros a pie encontraron una ciudad mediana en alguna provincia costera de la argentina. Ella entonces al tomar una calle principal pega un grito que sobresalta hasta al gato y corre como si hubieran encontrado una tarta de manzana.
Bruno la sigue como siempre sorteando algunos cadáveres resecos de locales, una ambulancia quemada e incendiada hace ya mucho tiempo y la silueta de un enorme cartel de Bridgestone caído sobre un local de empanadas. Y Adolfo los sigue a ambos preguntándose dentro de su portentoso cerebro positrónico si tal vez el no sea más que la mascota de Victoria. Una mascota de lujo, prefiere pensar.
El edificio supo estar prolijo hace mucho tiempo, ahora es otro remedo más de la civilización. Es una biblioteca donde se lee: “Biblioteca popular Eva Perón” en un cartel carcomido por el óxido y la intriga del tiempo.
__ ¡Lata, al fin una biblioteca !, ¡Ya estoy podrida de leer siempre el mismo libro!
Victoria entra, la recepción tiene como tantas cosas en esos tiempos un fuerte olor a podrido, a humedad y abandono. El agua de lluvia contaminada entró por alguna de las ventanas rotas y allí donde mojó lo destruyó todo con su contaminante contenido verdoso.
Levanta de una estantería semi derruida un libro con la mano derecha como si fuera el trofeo de todos los trofeos, el premio de la vida, de la esperanzas, de la suerte.
__ ¡Borges lata! ¡Es Borges, me cago en dios! __ Lo pone sobre una mesa suficientemente limpia y sigue buscando, se queda muda mirando el lomo de “El ladrón entre el centeno” de Salinger. Lo coloca con reverencia Junto al Libro de Arena, Moby Dick de Melville, La borra del café de Benedetti y otros y otros.
Adolfo se quita el sombrero fedora y mira a la calle por las ventanas enormes y casi destrozadas de la biblioteca, afuera nada se mueve. Afortunadamente. Está anocheciendo por lo que encuentra un farol sobre una mesa pero no enciende, no tiene combustible. Camina entre las estanterías de libros y se topa con el cadáver de un soldado muerto. Victoria sigue acumulando diferentes libros sobre la mesa y mencionando títulos y autores en voz alta mientras el gato la observa con gesto inexpresivo y poco interesado.
El soldado muerto tiene en unas de sus manos una carta escrita dedicada a su esposa. Adolfo lee los primeros párrafos donde el hombre sabe que está muriendo contaminado y que nadie jamás leerá su despedida. A unos pocos pasos hay otro soldado muerto y otro más, aparentemente se habían refugiado en la biblioteca de algo que pudo ser una lluvia radioactiva u otra cosa. Todos tienen mascaras de protección.
__ Hay un camión de los milicos al costado de aquí, viste que… __ Victoria que acaba de sortear el recodo de las estanterías haya el mismo cuadro de los soldados muertos que acaba de encontrar Adolfo. Este le da la carta para que la lea.__ Bueno, al menos nosotros leímos la carta de este desgraciado.__ Dice como consuelo.
Se retira unos pasos y le vuelve a poner la carta en la mano reseca, aún tiene su casco puesto y levemente se ve la insignia de la armada argentina en su uniforme.
Al fin el androide encuentra un farol que funciona, preparan un refugio lejos de las ventanas en una oficina, con trabajo Victoria entra sosteniendo una pila de libros entre sus brazos. Bruno la sigue y le maúlla pidiendo comida.
La muchacha deja la mochila sobre un escritorio y saca una lata de sardinas, el gato come con ganas, ella no tiene hambre y desde luego Adolfo tampoco.
Se sienta a ojear un libro y luego mira al fuego del farol a kerosene que oscila, comienza a hacer frío, se siente triste.
Adolfo se quita el largo abrigo negro y lo cuelga en un perchero vacío.
__ ¿Por que usas abrigo si no sientes frio?
__ Creo que es por costumbre, me gustaban las películas donde habían protagonistas de largos sacos negros cuando daban cine en los laboratorios en California. Realmente no se cual es la razón: estética me imagino, igual que este sombrero. __ Dice jugueteando con el fedora negro entre sus dedos de metal y plástico azul transparente. __ ¿Sabes que no podrás cargar con todos esos libros todo el tiempo?
__ Bueno, ¿Podrías cargarlos tu?
Adolfo la observa, ella saca un paquete de cigarros y enciende uno. Está a punto de decirle que eso le perjudica la salud e inmediatamente se da cuenta en esos tiempos de lo absurdo de tal consejo.
__ Sabes que todos esos libros que te trajiste los tengo en mi memoria, podría recitártelos durante el viaje si así lo prefieres.
Victoria se prepara una improvisada cama en un rincón acomodando unas cortinas sobre otras y restos de ropa dejada por quienes antes fueran empleados de la biblioteca que encuentra en un ropero.
Adolfo baja el farol al piso y se sienta a su lado con la espalda apoyada en una pared agrietada. En la lejanía se escucha el aullido de un perro.
__ No hay mayor placer que leer mi querido “Lata”, que te “enchufaran” miles de libros no es lectura sino una violación intelectual. Ja ja ja.
Adolfo pestañea extrañado mientras Victoria se queda dormida abrazando al gato.
FIN
Imagen de portada generada por mi en IA para este relato.