Romper una canción. Así se escribió el disco Vinagre y rosas de Joaquín Sabina
Benjamín Prado
Aguilar, 2009
ISBN: 978-84-03-10086-2
223 páginas
16 euros
Juan Carlos Sierra
No deja de ser algo muy particular escribir en primera persona del plural un libro sobre cómo se ha cocinado un disco, es decir, sobre el proceso de creación –digamos, literaria- de un artefacto artístico que combina música y letra. Ya que quien lo escribe, Benjamín Prado, es poeta, novelista, articulista, ensayista,… -y, últimamente, recitador y cantante ocasional con Coque Malla-, en Romper una canción pesa más, como no podía ser de otra forma, la indagación en el elemento lingüístico que en el melódico.
Lo más interesante del libro, en este sentido, se encuentra en el trabajo creativo a cuatro manos descrito en él acerca de algunas de las letras del último trabajo discográfico de Joaquín Sabina Vinagre y rosas.
Supongo que en solitario cada autor ataca la página en blanco con sus particulares estrategias, pero cuando se juntan dos creadores –y, sin embargo, amigos- hay que trazar un plan conjunto, consensuar unos mínimos, establecer unos límites y negociar los extremos de las sensibilidades y de los gustos. En el caso de Benjamín Prado y Joaquín Sabina esos pactos entre caballeros están claros desde la amistad, con sus complicidades y sus navajazos a cara descubierta –a los auténticos amigos hay que decirles las verdades-.
Si el autor de Romper una canción no ha echado mano de la ficción o de la mistificación, hay que señalar que los textos escritos bajo la responsabilidad de Benjamín Prado y Joaquín Sabina tienen exactamente lo que les hace falta. Quiero decir que las letras de Vinagre y rosas escritas a cuatro manos están trabajadas hasta la extenuación de las estrofas, hasta la satisfacción plena por el resultado, hasta el hallazgo de la palabra exacta, de la rima imprescindible, como si se tratara de un combate de boxeo en el que nadie levanta los brazos o besa la lona hasta que no ha explorado su último golpe.
De este combate se puede salir muy magullado e, incluso, definitivamente roto, si no se cuenta con la mejor de las compañías, la de la amistad. Y el tándem Benjamín Prado y Joaquín Sabina da buena muestra de la de mejor calidad a lo largo de la narración del cómo se hizo Vinagre y rosas. Pero también intervienen, aunque en el papel de personajes secundarios –pero no menos importantes en el coro de los amigos- otros que algo tienen que ver también con el vicio de escribir –Luis García Montero, Almudena Grandes, Felipe Benítez Reyes, Chus Visor, en calidad de amigo editor, Jimena, autora consorte,…- y lugares que han cimentado esa amistad –Rota, Madrid y, para este disco, Praga-. Sobre ellos se habla, siempre desde el cariño más entrañable; se cuentan anécdotas, cenas, apoyos, noches, copas, canciones,… que proporcionan al libro vida vivida intensamente, agilidad, humanidad y, para los cotillas, poca cosa.
Quien conozca un poco al grupo que se describe más arriba estará echando de menos un nombre esencial, el de Ángel González. Y quien haya escuchado el disco podrá compartir que la canción dedicada al poeta ovetense anuda la emoción en la garganta, sobre todo a quienes lo conocieron, aunque fuera tangencialmente, y a los que lo leyeron y lo siguen visitando en sus versos. Quizá se trate del tema de Vinagre y rosas que mejor aúna las virtudes de este libro y de la amistad que lo fundó.
Supongo que en el frenesí del trabajo creador y de la amistad se pueden exagerar algunas impresiones –en algún momento se dice que las letras de Vinagre y rosas son dignas de Dylan o de Leonard Cohen-. Sin embargo, lo que sí se puede afirmar de Romper una canción es que se trata de un libro curioso, diferente, particular e interesante, especialmente para aquellos que estén preocupados por los procesos creativos, quienes prefieran, por ejemplo, contemplar en La Academia de Florencia las estatuas inacabadas de los ‘Esclavos’ de Miguel Ángel a la perfección del ‘David’.
Y, para ser sinceros, no sé si esta reseña es sobre un libro o sobre un disco.