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28 junio 2013

Tremendo culebrón

Comandante. La Venezuela de Hugo Chávez

Rory Carroll

Sexto Piso, 2013

ISBN: 978-84-15601-28-9

334 páginas

23 €

Traducción de A. L. Tobajas y M. Tabuyo



Alejandro Luque

Llevo algún tiempo reflexionando sobre el apabullante éxito de Searching for Sugar Man, el documental de Malik Bendjelloul sobre la figura de Sixto Rodríguez. Sí, la historia es emocionante, la cinta está bien rodada, las canciones son hermosas… Pero, ¿es para tanto? Creo que no. Cuando asisto a un fenómeno tan desproporcionado, tiendo a sospechar, y casi siempre encuentro la causa de estos entusiasmos en carencias más o menos profundas de la sociedad.

He llegado a la conclusión de que la gente, harta de que le den gato por liebre, de verdades manipuladas, de productos prefabricados, de comida de plástico y de estrellas de plastiquete, como diría nuestra estadista Sara Mesa, ha abrazado con pasión esta historia de autenticidad y de justicia poética, sin cuestionarse de veras –no van a aguarse ellos mismos la fiesta– si no se tratará de otra sutil astucia del mercado.

Hugo Chávez es otro ejemplo de éxito de masas en el que el entusiasmo del público cubre con creces las flaquezas de la realidad. Si Rodríguez se nos aparece como el último cantante puro, ajeno a la industria y al circo de los medios, el comandante venezolano encarna la última esperanza revolucionaria tras el desmerengamiento del castrismo y la reubicación de China a la vanguardia del capitalismo salvaje. Y del mismo modo, sus detractores corrieron a señalarle como la personificación del caudillo rojo, iluminado y charlatán, dispuesto a llevar a su pueblo al despeñadero en nombre de alguna falaz utopía.       

En la gloria de Searching for Sugar Man pesa mucho la técnica narrativa, el sutil modo en que se reserva una información esencial –que Rodríguez está vivo– y se oscurece con la mano, como en los viejos revelados fotográficos, el verdadero fondo del asunto: cómo la discográfica se quedó con los royalties del músico. Venezuela, un país que dio siempre grandes narradores, desde Arturo Uslar Pietri al impar Adriano González León, fundó su propio género nacional, el culebrón, tomando estructuras del folletín decimonónico y el serial radiado cubano. Con esta base se dispuso Chávez escribir su gloriosa página en la Historia, un culebrón que se prolongó durante catorce años y que su sucesor, Nicolás Maduro, se afana en prolongar en clave de 'spin off'.

Rory Carroll, joven corresponsal del diario The Guardian, ha apostado sin embargo por contar la misma historia con maneras de periodismo de vieja escuela. Comandante es, más que una biografía al uso, un largo y absorbente reportaje, que se lee de un tirón y con los ojos abiertos como platos. Porque lo que despliega el autor con notable objetividad es el enorme catálogo de luces y sombras que fue aquel mandato, una visión que irritará por igual a los 'hooligans' del personaje como a sus más furibundos enemigos.

De un lado, el sueño de justicia social y el deseo real de sanear un sistema podrido desde tiempos inmemoriales; del otro, una manifiesta incapacidad para atajar la corrupción institucional, la dispersión en mil estériles batallas, la ansiedad por controlar la propaganda y la entrega a la demagogia populachera. Y entre una y otra cosa, el doble discurso: denunciar el olor a azufre de Bush, y continuar siendo su principal proveedor de petróleo. Como dijo un diplomático norteamericano: “No mires lo que Chávez dice, mira lo que hace”. Todo ello acabó haciendo de él un híbrido de Fidel, Gadafi y Berlusconi, mientras se alejaba del modelo, más efectivo y estéticamente más acorde con los tiempos, de Lula o Bachelet.   

Los críticos de Chávez deberán reconocer que, impulsado por la subida del precio del crudo, hizo una apuesta sin parangón por ayudar a los más desfavorecidos. Los fans, por su parte, no tendrán más remedio que admitir que no querrían para sí mismos, por ejemplo, un gobierno con generales que eructan ante la cámara como único argumento político, o presidentes que peroran durante horas en su programa, a veces interrumpiendo la programación en el momento más inesperado, para contar que han tenido diarrea o que el capitalismo acabó con la vida en Marte.

Como director de su propio culebrón, Chávez usó la técnica de Stanley Kubrick: todo estaba en su cabeza y dosificaba la información entre sus subordinados con usura, a menudo dando instrucciones contradictorias. No dudó en fulminar a quienes osaran toserle, mientras que la corte de aduladores e inoperantes, los boligarcas, creció por días. A uno de éstos, Maduro, le otorgó el testigo. Antes de eso, salpicó el guión de situaciones bufas, como la del patético “¿Por qué no te callas?” del rey Juan Carlos, pero también de brillantes golpes de efecto y sentencias lapidarias.  

¿El partido acabó en empate? No. Los últimos años de gobierno fueron una pesadilla: la economía venezolana entró en el caos, la inseguridad se disparó hasta límites intolerables, arreció el descontento general y el comandante perdió, por primera vez, una batalla en las urnas, por la que pretendía ampliar sus poderes mediante reforma constitucional. La trama del serial se puso fea, hasta que sobrevino el desenlace inesperado: la enfermedad que acabaría con su vida, la mismo que veladamente atribuyó a una conjura de sus adversarios, porque los hombres como Chávez mueren en batalla, y no derrotados por un vulgar tumor en las ingles.

Final trágico, inesperado, para esta historia llena de intrigas palaciegas y sueños de poder, que disparó la audiencia mundial hasta batir récords de 'share'. El campo de discusión entre la izquierda y la derecha latinoamericanas –y también europeas– se desplazó desde el viejo binomio Miami-La Habana hasta Caracas. Y como en ese Rodríguez en el que tanta gente ha proyectado su necesidad de verdad en el arte, muchos miles lloraron la muerte del “presidente comandante” como la derrota de la última esperanza.

Cabe felicitar por el buen tino, y la espectacular portada, al sello Sexto Piso, que suele caracterizarse por sus ediciones impecables, pero a la que en esta ocasión debemos ponerle los puntos sobre las íes: concretamente, los muchos que faltan en el texto, imaginamos que por algún error de escaneo.

El libro de Rory Carroll, en fin, es un severo cuestionamiento del mito chavista, pero también un claro aviso para el futuro. Venezuela, hoy “reino perdido para la ambición y la ilusión”, necesitará algo más que palabras y carisma para levantar cabeza. La izquierda, por cierto, también.  

25 junio 2013

Malaparte Superstar

Alejandro Luque

Malaparte, vidas y leyendas

Maurizio Serra

Tusquets, 2012. Colección "Tiempo de Memoria"

ISBN: 978-84-8383-430-5

560 páginas

24 €

Traducción de Juan Manuel Salmerón



Quien haya intentado alguna vez escribir una aproximación biográfica de cualquier personaje, sabrá que el principal escollo no reside, por lo general, en la falta de datos, sino en la dificultad para verificar aquellos de los que disponemos. La vida de los hombres es un marasmo de pistas falsas y de subjetividades que no siempre resulta fácil distinguir. Y si se trata de un hombre como Curzio Malaparte, experto en jugar con todas las barajas, campeón de la ambigüedad y de la reescritura de sí mismo, el empeño puede ser titánico.

Lo es, sin duda, el que Maurizio Serra ha llevado a cabo en Vidas y leyendas, acertadísimo título por contener las siete felinas existencias de este escurridizo personaje, uno de los escritores más fascinantes de la Italia del siglo XX, y también sus versiones apócrifas, sus falsificaciones interesadas y toda la mitología que generó a su alrededor. Si bien se ganó la posteridad en dos libros (¿eran novelas, reportajes?) memorables, Kaputt y sobre todo La piel, Malaparte gastó buena parte de sus esfuerzos en la escritura de su obra maestra, su propio guión vital, éste que Serra desentraña con dos instrumentos básicos: uno, un conocimiento profundo no sólo de la obra malapartiana, sino de la época en que vivió. Y en segundo lugar, un permanente cuestionamiento de todo.

Era incapaz de engañar, porque para eso tendría que haber aceptado la realidad”, afirma el biógrafo, y con eso está dicho casi todo. Ni se llamaba exactamente Curzio, ni se apellidaba Malaparte; ni su famoso confinamiento en Lípari –una reprimenda de Mussolini– fue como lo contó, ni su divorcio con el fascismo fue tal… Sí estuvo en Rusia, y en Etiopía, y en China, “donde el socialismo se juega su última oportunidad”, aunque hay dudas de que lo recibiera Mao para contarle que admiraba sus Técnicas de golpe de Estado… Y sólo la enfermedad y la muerte le impidieron culminar su sueño de recorrer Estados Unidos, de Nueva York a San Francisco, en una gira triunfal en bicicleta. Pocos intelectuales como él merecen la manoseada denominación de testigos del siglo; pocos reflejan también la ambigüedad moral, ideológica y artística de su tiempo.

Narcisista, políglota, veterano duelista, pendenciero –a punto estuvo, al parecer, de liarse a puñetazos con su admirado Albert Camus en una discoteca–, poeta irregular pero prosista de un poderío abrumador, periodista dotado de un envidiable olfato y una ambición vigorizante, así es el retrato que Serra hace de nuestro personaje, sin eludir algunas cuestiones íntimas de su personalidad, como su desmedido amor por los perros y su extraña relación con las mujeres, a las que al parecer seducía de un modo fulminante, pero de cuyo contacto físico nunca llegó a disfrutar en plenitud. También aborda su paso de la literatura al cine, a lo Pasolini aunque sin tanta fortuna, y refleja a la perfección el desfile político que se produjo ante su lecho de agonía, en una clínica pagada por la Democracia Cristiana, y su tardía e irónica conversión al catolicismo, según ha explicado el biógrafo, “para no tener que ir a una clínica pagada por el Partido comunista”.

Si la vida, o las vidas, de Malaparte dan para una novela, es una novela de enredo, con un personaje central de una complejidad casi mareante, y desde luego nada edificante. Más o menos como el tiempo que le tocó vivir. ¡Ah! Para disfrutarla no hace falta haber leído Kaputt ni La piel, pero resulta muy difícil no verse tentado a leerlas o releerlas después de pasar la última página de esta biografía.


Muss / El Gran Imbécil

Curzio Malaparte

Sexto Piso, 2013

ISBN: 978-84-15601-17-3

152 páginas

17 €

Traducción de Juan Ramón Azaola



Mientras leía estos textos de Curzio Malaparte, no podía evitar imaginarme una obra de teatro, un largo monólogo, lleno de giros y digresiones, en el que un bufón se dirige al cuerpo sin vida, ultrajado, colgado por los pies en la milanesa plaza Loreto, del dictador al que sirvió. Ese es, 'grosso modo', el contenido de Muss. Retrato de un dictador y El gran imbécil, aunque como todo lo que tenga que ver con el escritor de Prato, pueda prestarse a muchas interpretaciones.

Como bien explica Francesco Perfetti en el prólogo de esta edición, todo empieza con el proyecto de escribir la biografía de Mussolini, pues no hay escritor afín a una dictadura que no sienta como misión más o menos ineludible retratar para la posteridad a su gran guía. El voluble Malaparte, según explica su biógrafo Maurizio Serra, mantiene con el fascismo una suerte de “amor no correspondido”. Profesa el culto a la fuerza, y ve en la figura de Il Duce no sólo una oportunidad para el despertar de Italia, sino para sus propios intereses, que marcan su alejamiento del régimen conforme van viéndose frustrados. En esto llega el caso del confino, la detención y reclusión en la colonia penitenciaria de Lípari durante casi dos años. Éste será el gran argumento del autor para presentarse en adelante como mártir del antifascismo, y el gran giro que sufre Muss, un texto que en su primer borrador empieza como exaltación del sátrapa y acaba volviéndose feroz invectiva.

¿Cuál es el argumento del drama? Obviamente, la relación del intelectual con el poder, el modo en que aquél coquetea con éste, y también cómo el abrazo del poder puede hacer crujir los huesos del intelectual cuando alguno pierde el paso del baile. “Tú no sabes cuánto te he odiado, Muss. Cuántas veces te he escupido a la cara en mi celda de Regina Coeli, en la celda nº 461 del 4º Corredor, con aquel olor a chinches y a moho…”. Poco importa que sepamos que el escritor no sufrió un presidio tan angustioso, aunque para alguien tan libre como él cualquier cerco sería claustrofóbico. A quien oímos es al actor en plena representación, justo antes de dar el golpe maestro: se vuelve y dirige su discurso hacia el patio de butacas, es decir, hacia sus compatriotas.

La mala fe del pueblo italiano le lleva a fingir que cree en cosas, en personas, en ideas, en las que no cree, y a actuar en consecuencia. Tal era la mala fe de Mussolini (…) El italiano finge creerse sentimental: y no lo es. Romántico: y no lo es. Idealista: y no lo es”. Continúa una larga perorata en la que Malaparte va apretando nervios de la italianidad, dando a entender una idea cruel: un dictador es un producto de su pueblo, un reflejo de los peores atributos de la masa. Claro que el escritor, desde el escenario, pretende olvidar –y que olvidemos– que también él participó en la glorificación del Duce.

Llega entonces uno de los más fascinantes pasajes de este libro, el relato del encuentro de Malaparte con el asesino de Mussolini, en la plaza Colonna de Roma. “Era el asesino estúpido, banal, típico de la crónica negra de los años de posguerra en Italia (…) Le mató no como se mata a un hombre, sino como se roba algo de dinero de un cajón”. Naturalmente, Malaparte lo inventa todo, pero lo inventa muy bien, y encamina su imaginación hacia el terreno que le interesa: después de manifestar su odio hacia el tirano, ensaya un ejercicio de compasión similar al que haría en La piel.

Tras este intenso relato, llegamos a El Gran Imbécil, que entra de lleno en el terreno de la caricatura, pero una caricatura tan ácida y rabiosa que roza lo grotesco, si no fuera porque lo grotesco se parecía mucho al modelo original. No deja Malaparte, desde luego, de soltar patadas en las espinillas a los italianos, ese pueblo cobarde que necesitó de la ayuda extranjera para desalojar a Mussolini del poder, y cuando lo hizo, fue de aquella manera innoble y violenta…

Ésa es la obsesión que mueve estos escritos de Malaparte: el atroz fin de Mussolini, la frustración porque ninguno de sus fieles hubiera tenido la deferencia de darle una muerte honrosa. “Si yo hubiese sido uno de los suyos, no hubiera vacilado en dispararle”, escribe. Y de la imposibilidad de matar al Padre, al único consuelo posible: el escarnio jocoso, que de paso le colocaría del lado de los buenos en la nueva coyuntura. “A los tiranos no hay que matarles, hay que burlarse de ellos. No hay que cubrirles de sangre, sino de ridículo”.

¿Se puede decir algo más de este gran histrión? ¡Telón! ¡Aplausos!

[Publicado en M'SUR]

18 marzo 2013

Impudor y elegancia


Mi hermana y yo

J. R. Ackerley

Sexto Piso, 2013

ISBN: 978-84-15601-19-7

287 páginas

23 €

Traducción y prólogo de Andrés Barba

Edición, notas y epílogo de Francis King


Sara Mesa

Sucede a veces que la vida es el mejor material narrativo. La vida personal, íntima, intransferible, a menudo insustancial, pero que bajo la lupa del talento cobra una dimensión inesperada. Así ocurre con la obra de J. R. Ackerley (1896-1967), editor, crítico literario y cronista de su tiempo y de su propia existencia. Como suele decirse, vida y obra se confunden, se mezclan, son una única realidad indisoluble en su escritura. Ackerley, siempre volcado en las memorias y en los diarios, lo explica con claridad en Mi padre y yo, esa gran biografía, autobiografía o relato impúdico de una relación paterno-filial: no hay tiempo para más. Demasiado centrado en sus enredos vitales (particularmente en la búsqueda de muchachos guapos), nunca tuvo la concentración necesaria para inventar ficciones, de modo que el ansia de escribir se plasmó siempre en la observación de sí mismo y de los que le rodeaban. Ackerley y su familia: una historia que de pronto despierta nuestro interés gracias a la aguda mirada de este singular escritor. Y su concepción de familia, hay que decirlo, incluye también a su perra. Títulos como Mi perra Tulip o Mi padre y yo, publicados por Anagrama, son rarezas deliciosas escritas desde la transgresión de los convencionalismos literarios, en tanto que también se narran hechos fuera de lo convencional.

Ahora Sexto Piso edita Mi hermana y yo, libro póstumo que en sentido estricto no fue concebido como tal por su autor, sino que obedece a una selección realizada por el albacea Francis King de los diarios de Ackerley de aquellos fragmentos -y son muchos-, fechados entre agosto de 1948 y julio de 1957, en los que se recogen los pormenores de la particular relación con su hermana Nancy. Posiblemente el momento en que mejor se revela la naturaleza de esta relación es cuando Ackerley compara a su hermana con la tenia, peligrosa, absorbente, imposible de sacarse del cuerpo: “¿Qué oportunidad puede tener uno de librarse de una criatura así? (...) Es una criatura tenaz, resiste a todos los intentos que puedan hacerse para librarse de ella; incluso cuando uno consigue librarse de todo el cuerpo del insecto, la cabeza permanece ahí y, poco a poco, toda la criatura vuelve a crecer a partir de ese punto, centímetro a centímetro.” Se trata de una relación amor-odio constante, basada en el desprecio, el sentimiento de culpa, la obsesión y el vampirismo. Nancy no sale bien parada (“No existe trabajo, o al menos que yo sepa, que una mujer tan maleducada, interesada, vanidosa, egoísta, hipocondríaca, perezosa, irresponsable, inútil, ignorante y falta de talento como ella sea capaz de mantener ni una sola semana”), sin embargo hay momentos de ternura y de auténtica preocupación por su salud física y su estado mental. Lo cierto es que nadie sale demasiado bien parado en los diarios de Ackerley (salvo la perra Queenie, hacia la que tenía una devoción rayana en el patetismo), ni siquiera el mismo Ackerley, que se nos presenta a sí mismo como un ser egoísta, veleidoso, engreído, frustrado y misógino -como diría un amigo mío, en tanto que misántropo-. Hay muchos detalles íntimos en el libro, que no solo afectan a él y a su hermana, sino a otros personajes que salen y entran en el escenario: la tía Bunny, por ejemplo, y también sus amigos E. M. Forster y Siegfried Sassoon, pero hay que recordar que Ackerley tuvo un curioso concepto de la intimidad. Si ya en Mi padre y yo desvelaba el secreto familiar de su padre y ofrecía con precisión y sin recato detalles de su propia homosexualidad, aquí -apareciendo también estos asuntos- el foco se coloca en la hermana, sus celos obsesivos, la convivencia imposible con la tía Bunny y los paseos matutinos con Queenie en los neblinosos parques de Londres, sin excluir todo tipo de pormenores privados y escatológicos. El talento de Ackerley reside en su capacidad de ofrecernos todo esto sin perder en ningún momento un ápice de elegancia ni renunciar a ese finísimo humor que atraviesa el libro de parte a parte -incluso al narrar el intento de suicidio de Nancy-, quizá porque no hay una intención de provocar o sorprender, sino más bien la necesidad de contar la propia vida con sencillez y sin alardes.

La lectura de Mi hermana y yo es una experiencia adictiva -tras ella corrí a por más libros de Ackerley-, sorprendente, a ratos divertida y también, diría, extravagante. No existen muchos libros así, en los que un escritor se despreocupe con tal naturalidad de las consecuencias de bucear en la privacidad propia y de su familia, sin deseo de ajustar cuentas o de justificarse. Ackerley, con su visión ácida y sarcástica de las relaciones sociales y familiares, se lanza a describir su vida hasta las últimas consecuencias, y este relato -monótono, cotidiano, a veces insignificante- posee también la grandeza de la sinceridad. Según explica Francis King en el revelador epílogo -en el que por cierto se ofrece una visión de Nancy sustancialmente diferente- Ackerley “estaba dominado por el irresistible impulso de hacer público todo lo que se refería tanto a su persona como a su familia. Aquella hambre suya de decir la verdad era tan intensa que ni siquiera la posibilidad de ser acusado de calumniador le detuvo”. Dice también Andrés Barba, que traduce y prologa, “sobra decir el pudor que he sentido a veces al traducir algunas de estas páginas (...). Por momentos era como estar tocando, literalmente, la superficie informe y cálida de unos sentimientos que estaban forjándose en ese instante preciso...”. Creo que estas dos citas reflejan con bastante fidelidad la peculiaridad y el valor literario de este libro. Los interesados en las relaciones familiares enfermizas lo disfrutarán sin duda, porque además demuestra, con absoluta perspicacia, que a veces la familia funciona como una reproducción a pequeña escala de toda la complejidad humana.

18 febrero 2013

El tábano de Ío


Bajo el sol. Las cartas de Bruce Chatwin

Bruce Chatwin

Sexto Piso, 2012

ISBN: 978-84-15601-16-6

556 páginas

28 €

Selección y edición de Elizabeth Chatwin y Nicholas Shakespeare

Traducción de Ismael Attrache y Carlos Mayor


Coradino Vega

En las anotaciones del que fuera director de la escuela en la que cursó su enseñanza primaria, aparece un rasgo definitorio del carácter de Bruce Chatwin que cualquier psicopedagogo actual diagnosticaría como trastorno por déficit de atención hiperactivo. Y es que la idea de su viuda y su biógrafo, al agrupar y comentar estas cartas que abarcan desde que el autor de En la Patagonia tenía ocho años hasta un mes antes de morir sin cumplir los cuarenta y nueve, parece pasar por que nos fijemos en la cartografía interior de quien fue uno de los escritores más itinerantes que se hayan conocido. Irresistible y seductor, tan consciente de su ingenio como de su atractivo, de una temprana cultura exuberante, fetichista, esnob, cariñoso, egoísta hasta la irritación, reservado, mordaz con tendencia a una agudeza ácida cuando no directamente cínica, de brillante sentido del humor y una locuacidad ciclotímica tan estimulante como exagerada, Chatwin despliega en su correspondencia un grado más del álter ego que aparece en sus principales libros sin entrar en los chismes íntimos que sí revelaron su biografía: “Yo no creo en eso de confesarlo todo”, le dijo a su amigo Paul Theroux. Pero si hay un cariz que presida en todo momento su temperamento, ése es el mismo que dirige sus pasos en zigzag por el mundo y que se torna en la propulsión de la mayor parte de su obra: la curiosidad por lo desconocido, por ir más allá, por penetrar en el misterio para extraer su belleza; la incapacidad de estarse quieto mucho tiempo en un mismo sitio; el ansia de busca, de huida y de intensidad, bajo la que subyace, según Enzensberger, “una presencia turbadora”, algo sobrio, solitario y conmovedor que hace que cada vez que releamos sus libros encontremos siempre una prueba de innovación, otro detalle de su genialidad, una veta que nos pone en la pista del poderoso legado de lo que dejó escrito.     

Con sólo veinte años controlaba los departamentos de antigüedades, impresionismo y arte moderno de Sotheby’s, donde conoció a su esposa, y viajaba por media Europa, Nueva York o las excavaciones de Oriente Próximo como si fuera un profesor universitario. Precoz fue también su hartazgo del mundo de las subastas y el coleccionismo y, aprovechando el diagnóstico de un oculista, huyó a Sudán para estudiar arqueología a su regreso en la Universidad de Edimburgo. Duró poco. Pronto detestó la academia tanto como trabajar o volver a su Inglaterra natal, el único país en el que nunca se sintió en casa. De esa época data su matrimonio con Elizabeth Chanler, la compra de Holwell Farm —una granja con ovejas en la que al cabo de un solo día le entraban “temblores causados por el malestar del sedentarismo”— y el proyecto de escribir un ambicioso ensayo sobre el nomadismo, cuya sinopsis detalla minuciosamente en una carta dirigida a su editor fechada el 24 de febrero de 1969. En la primera concepción de ese libro que pensó titular The Alternative Nomad y que sólo diecisiete años después vería la luz convertido en Los trazos de la canción, estaba ya todo Chatwin. La solución a la eterna pregunta de por qué el hombre, desde el principio de los tiempos, se debate entre el ansia de explorar y el anhelo de mantenerse en la civilización sólo era la forma que tenía de explicarse a sí mismo. Mientras, los viajes son constantes y se suceden a un ritmo vertiginoso. Hay cartas remitidas desde Afganistán, Níger, París, Punta Arenas, Camerún, Patmos, Nepal, la Toscana o Provenza, Ronda, Alice Springs, y un largo y heterogéneo etcétera. Chatwin siempre está pensando en su próximo destino, ideando planes: “El cambio es lo único que le da sentido a la vida. No te la pases delante de un escritorio. Puedes acabar con úlceras y cardiopatías”. Su avidez oscila de la paleontología hasta la antropología, pasando por la botánica y la obsesión por adquirir y vender antigüedades u objetos exóticos: una cabeza maorí que —según decía él— había pertenecido a Sarah Bernhardt, un símbolo sintoísta del siglo XVII que le parecía un brancusi, una mesita marroquí, un metro de tela de seda persa, las mancuernas de un marajá, una capa de plumas peruana, una figura mesopotámica de hematita que representaba la imagen de un pato. Siempre preocupado por la cuestión económica, cuando decide al fin que su vocación es escribir, Chatwin manda a su mujer a visitar posibles casas en la que retirarse a trabajar alejado de “las bibliotecas y la obra de los otros hombres” y poder “mirar con ojos nuevos”. Pero antes entraría en nómina en The Sunday Times Magazine, para la que entrevistó entre otros a Malraux, Indira Gandhi o a la viuda de Ósip Mandelstam, uno de los escritores que más admiró junto a Isaak Bábel. De la revista se despediría con una escueta nota: “ME HE IDO A PATAGONIA CUATRO MESES”.

Alentado por la diseñadora de interiores Eileen Gray, y obsesionado con la historia de un tío bisabuelo, decidió llegar al “punto más lejano al que el hombre ha llegado a pie desde su lugar de origen”: al Cabo de Hornos, a la isla de Tierra del Fuego. El resultado sería su primera publicación, su primera obra maestra, ese libro maravilloso e inclasificable titulado En la Patagonia. A mitad de camino entre la crónica de viajes, el periodismo literario, la llamada autoficción y la novela, es todo eso a la vez y nada de eso exclusivamente. Según el propio Chatwin, que se quejará de lo mal que la crítica iba a comprender “esas cosas tan extrañas” que escribía, se trataba de un símbolo de la necesidad de estar siempre en movimiento, de un viaje alegórico siguiendo el esquema clásico (“el narrador sale a buscar a la bestia, etcétera”). Según W.G. Sebald, la originalidad de Bruce Chatwin radicó en derribar las barreras impuestas por editores, libreros y críticos, en sus estructuras e intenciones enigmáticas, en su promiscuidad, en cómo rompió el molde del libro de viajes para introducirse en el ámbito de lo metafísico y lo milagroso. “La búsqueda de los nómadas es la búsqueda de Dios”, escribiría años después el propio Chatwin en una de estas cartas. Las disputas con sus editores por la clasificación genérica de sus libros, por escapar de “la horda cada vez más populosa de escritores de viajes”, fueron tan frecuentes como los litigios con los albaceas de los modelos reales de sus personajes. Tras la Patagonia, vendría Benín, que daría lugar a El virrey de Ouidah, la historia de un traficante de esclavos bajo el modelo del Flaubert de Salambó y los Tres cuentos; las fronteras de Gales, en la reacción a la indiferencia con la que fue acogido su libro anterior que es Colina Negra, una novela-novela bajo el influjo de Thomas Hardy; Checoslovaquia en retrospectiva para Utz; o la Australia aborigen para la de nuevo heterodoxa Los trazos de la canción. “No puedo escribir sobre lo que no conozco”, confiesa en otra carta Chatwin. Pero no hay lugar en el mundo que escapara a su obstinado conocimiento, podríamos responderle.

A partir de la publicación de En la Patagonia, esta correspondencia deja testimonio de cómo Chatwin suda tinta en el proceso de cada uno de sus libros, de sus voluntariosas exploraciones para dotar a una historia de “veracidad”, de lo arduo de su investigación y el montaje y la reescritura de numerosos borradores. Aficionado a citar los aforismos de La tumba inquieta de Cyril Connolly, Chatwin también creía que “en un mundo en el que todos los años se imprimen millones de páginas llenas de tonterías, acaba constituyendo un deber salir al mundo, observar y condensar lo visto para lectores del futuro de una fecha desconocida”. Sin embargo, a pesar de la autoconfianza que destila su prosa chispeante, hay momentos en el que la vulnerabilidad del desaliento sale a la luz sin deshonestidades: “No le des demasiado importancia a tu inseguridad: la mía está en un momento álgido”, le escribe al joven periodista indio Sunil Sethi; o a su editor italiano, Roberto Calasso: “Al final llevabas razón, lo mejor es aplicar tu ‘método tijera’”.

El talento de Chatwin para contar anécdotas reales, exagerándolas hasta cruzar la línea de la ficción, queda desparramado a lo largo de este libro. Tras el brío y la vitalidad del desparpajo con el que está escrita, por ejemplo, la larga carta a Elizabeth fechada en Viena en julio del 67, y que más bien parece un relato de Saul Bellow, está la urgencia de captarlo todo, el continuo estado de ansiedad que le impele a convertir la vida en una eterna juventud dorada: historias rocambolescas, personajes estrambóticos y la continua y casi infantil expresión del mismo deseo: “Quiero ir a Níger, ver más nómadas: la tribu de los peul bororo”. La postal es el espacio ideal para lo que mejor parecía dársele: contar algo de sopetón, sin preámbulos; la carta, el lugar en el que su prosa eléctrica, de una visualidad arrebatadora y prístina a la vez que densa, encuentra mejor acomodo. Ser el niño bonito de las damas neoyorkinas de la alta sociedad e ir un jueves a la ópera con Jackie Onassis, bucear en Kenia por arrecifes de coral o hacer windsurf en la Martinica, apenas distrae el conflicto entre lo que Chatwin quería ser y lo que realmente era. Llegó a ser un escritor prestigiado y renegó en todo momento de la figura pública de escritor. Se separó de Elizabeth Chanler, vendieron Holwell Farm, tres años después se reconciliaron en Katmandú y, a los pocos meses, le confesó a una amiga que, sin ella, se había sentido terriblemente deprimido. En ese periodo pasó una temporada en la colonia de escritores de Yaddo y no dejó de ansiar escaparse de aquel “entorno de cartón” privilegiado. De sus pullas no se escapó V.S. Naipaul, a quien consideraba precisamente un quejica, pero tampoco su amigo Salman Rushdie. Lo mismo soltaba que “el infierno es una casa, cuyo perro se llama Cerbero”, que daba la razón a Connolly cuando decía: “Dentro de todo viajero hay un anacoreta que anhela quedarse en casa”. Se pasó la vida siendo un hipocondríaco supersticioso, mentiroso y exageradamente cómico y, cuando realmente llegó la enfermedad, empleó ese mismo talento para camuflarla. No le tembló la pluma a la hora de prescindir de su amiga Deborah Rogers para fichar por la agencia literaria de Andrew Wylie, alias ‘El Chacal’ a partir de ese momento. Se mostraba más cariñoso con Susan Sontag, a quien sólo vio una vez, que cuando escribía a su esposa. Pedía a sus amantes (como James Ivory) que fueran a verle, pero se preocupaba en todo momento de que no estuviera Elizabeth —que sabía y consentía sus relaciones homosexuales— o, cuando le diagnosticaron el VIH, de que su padre no se enterara de su doble vida. Tras conocerlo en La Alpujarra, Gerald Brenan dijo de él:

“Es un hombre encerrado en sí mismo, como un insecto bajo una capa de quitina; no le importan nada los demás y tiene que estar todo el rato hablando (…) No puedo decir que me caiga bien, es un chavalillo que sólo va a lo suyo, pero tiene una energía impresionante”.

La edición de estas cartas por parte de Elizabeth Chatwin y Nicholas Shakespeare gravita entre la mitificación del genio y un retrato moral que a uno no le queda claro si parte de la admiración o del ajuste de cuentas. Pero puede que en esa ambigüedad radique en parte la riqueza subyugante del libro. Cuando a Chatwin le comunican que tiene sida, éste no se cansa de publicitar que ha sido infectado por un hongo extrañísimo detectado en unos campesinos chinos, en una cueva de murciélagos o en una orca varada en la India. Conforme avanza el deterioro físico, alcanza un estado de hipomanía en el que la aceleración mental acentúa los rasgos más atrayentes de su carácter: se vuelve cada vez más locuaz, delirantemente imaginativo, un torbellino de la naturaleza que no se correspondía con la parálisis nerviosa que ya había afectado a sus piernas. Conmueve la última carta que le escribe Michael Ignatieff en la que le pregunta hacia dónde se está escapando ahora. Conmueven las cartas previas a su muerte dictadas a su mujer en las que Elizabeth añade posdatas para explicar cuál es la verdadera situación de su marido. Conmueve el cuarteto que compuso Kevin Volans basándose en Los trazos de la canción y ante cuya audición Chatwin sólo fue capaz de articular una palabra: “precioso”. Hasta conmueve su acercamiento final, medio alucinado medio místico, a la fe ortodoxa griega tras ver un pantocrátor. En el último libro que leyó aparecían estos versos:

“A todo renunciamos menos a nosotros mismos:
el egoísmo es lo último que se pierde;
nuestros suspiros son exhalaciones de la tierra,
nuestras pisadas dejan un rastro en la nieve”.  

Bajo el sol puede ser leído por los iniciados en la obra de Chatwin como una comprobación o refutación del personaje que protagoniza En la Patagonia, Los trazos de la canción o ¿Qué hago aquí?, pero también por cualquiera como una autobiografía fragmentada o una conversación con uno de los escritores más excepcionales de la segunda mitad del siglo pasado. Incluso cabe la lectura de una obra de imaginación en la que Bruce Chatwin se nos revele como el ser de ficción que construyó de cara a los demás. En cualquier caso, y aunque estas cosas dependan mucho de las condiciones materiales (en contra de lo que pudiera parecer, Chatwin no fue rico) o la configuración genética,  yo me quedo con el entusiasmo incontenible que desbordan sus páginas, con la intensidad contagiosa que destilan sus cartas, con el triunfo de la amplitud apasionada sobre la languidez de quien ni siquiera intenta vivir como quiere y con el drama de quien siendo consciente de que, como dijo Pascal, toda la desgracia de los hombres es resultado del no saber permanecer en reposo en su cuarto, no pudo hacer nada por evitarla. Su obra trató de arrojar por todos los medios cierta luz sobre la naturaleza de la inquietud humana. 

08 enero 2013

¡Viva La Revolución!



Revolución en mente. La creación del psicoanálisis

George Makari

Sexto Piso, 2012

ISBN: 978-84-96867-83-3

832 páginas

34 €

Traducción de Daniela Morábito Rojas



Rafael Suárez Plácido

En 1885 llega a París un joven -veintinueve años apenas- investigador vienés que aún no tiene decidido en qué campo de la ciencia quiere trabajar, pero que ya entonces se siente muy atraído por el trabajo de Jean Martin Charcot en el "hospital-prisión-asilo" de Salpêtriere, donde se está llamando a la puerta de los más recónditos recovecos del alma humana. Su nombre es Sigmund Freud. A finales del siglo XIX, la pregunta era: ¿se puede definir una ciencia que se ocupe de los problemas de la mente? Porque ya parecía que la Psicología hasta entonces se basaba únicamente en algo tan subjetivo como era el análisis que de sí mismo hacían algunos de los pensadores. Por lo tanto, había tantas Psicologías como pensadores que se ocupaban de ella. En París, además del nombrado Charcot, estaba trabajando Théodule Ribot, y ambos enfocaban la Psicología desde una perspectiva positivista, afirmando sólo aquello que creían que podían demostrar científicamente. Este fue también el espíritu de Freud. Uno mira con añoranza aquella época en la que por encima de intereses personales y opiniones 'a priori' estaba el interés de avanzar científicamente.

El final de la historia es más conocido: en septiembre de 1939, un agotado, enfermo y dolorido por el cáncer de mandíbula, Sigmund Freud, pide a su médico de confianza que, en connivencia con su hija Anna, le suministre una dosis letal de morfina. Entretanto han pasado cincuenta y cuatro años apasionantes, plenos de ideas, lealtades, amores y confianzas puestas a prueba una y otra vez, que son relatados aquí pormenorizadamente, con idas y venidas, 'flashbacks' y con una prosa exquisita y un brillante pulso dramático por el psicoanalista norteamericano George Makari.

Uno de los momentos decisivos en el avance de la Humanidad -pensamos en la Grecia clásica y en el siglo anterior en Alemania- que tiene en la figura de Freud uno de sus ejes centrales. ¿Por qué afirmo esto? En la Grecia clásica se pusieron algunos de los cimientos que iban a sustentar el pensamiento occidental: del Mito al Logos. El Humanismo tendría sus primeros escarceos en la Francia de la Ilustración, pero no sería hasta la obra de los otros dos gigantes alemanes: Kant y Hegel, cuando se ponen las bases teóricas, que actualmente rigen nuestras vidas, de ese Humanismo. Se hablaría de un segundo período de esplendor del Pensamiento, que tendrá su momento de mayor auge e inicio de su decadencia -esto, ya lo sabemos, suele ir unido- en Schopenhauer y el otro gran casi coetáneo de Freud: Nietzsche. En ese momento es cuando entra en liza Freud, recogiendo el interés por sistematizar lo que no se ve, lo que aparentemente es imposible de analizar: la Mente humana. ¿Es posible analizar sistemáticamente lo que es invisible?

Aquí es donde se inicia el relato de Makari. Las tribulaciones del joven Freud son inmensas: desde las económicas, que en casi ningún momento están aseguradas, hasta las de su propia credibilidad, pero sobre todo el problema es avanzar contra algunos de los grandes tabúes de la sociedad en la que vive. No sólo entonces: también ahora escandalizarían la mayoría de sus libros, si se sacaran del ámbito meramente científico. Desde su primer gran descubrimiento: que los sueños podrían ser parte de esa vida oculta que llevamos con nosotros y que podrían ayudarnos a entender mejor nuestros problemas, y que hizo de su primer gran libro, La interpretación de los sueños, el primer avance en la ciencia de leer la Mente, hasta el segundo descubrimiento aun más importante y decisivo y difícil de digerir, que fue aceptar que lo que nos mueve a todos desde que somos bebés, e incluso antes, al mismo feto, es el deseo sexual. Y que es su represión sistemática la que nos lleva a ir cosechando traumas, que antes eran considerados heredados o motivados por algún tipo de lesiones adquiridas. A esto no se llega de buenas a primeras, ni de la noche a la mañana. En el camino hay una serie de obstáculos y dificultades que hubieran desalentado a muchos. Makari nos va narrando y explicando las que considera esenciales, las que no sólo hacen más duro el camino, sino que conducen a nuevos descubrimientos. Por ello, todos los personajes que intervienen en la narración tienen su espacio a la manera en que Virgilio nos va presentando el viaje de Eneas: introduciendo cada capítulo con un nuevo personaje. Aquí intervienen Josepf Breuer, Eugen Bleuler, Alfred Adler, Karl Kraus, Carl Gustav Jung, Otto Gross, Sabina Spielrein, Lou Andreas Salomé, Sandor Ferenczi, Ernest Jones, Melanie Klein, Wilhem Reich, Anna Freud y muchos más. Todos nombres importantes de esta época, que merecerían libros como este,  que pusieron sus privilegiadas mentes al servicio de la ciencia y que, de alguna manera, siempre la ayudaron a avanzar, desde el respeto a las ideas de Freud, cuestionándolas cuando no refutándolas plenamente o en parte.  No hay respeto si no se ha cuestionado antes. Se respira en el libro un aroma a libertad que hoy es impensable. No hay dogmas y cuando parece que los hay, es el propio Freud el primero en rebatirlos, porque si algo le define es su deseo permanente de alcanzar la verdad, cueste lo que cueste.

Los momentos más emotivos fueron los descubrimientos de cada una de las ideas clave del Psicoanálisis, aunque Makari los explica con los antecedentes, casi siempre ideas previas de otros autores o pensadores, y con las consecuencias. El tema tabú por excelencia sigue siendo y será el sexo. De hecho, para muchos el Psicoanálisis sigue estando inmediatamente asociado al sexo. Pero no es sólo eso, cada avance va unido a una serie de autores que se adhieren y otros que se separan del movimiento, de tal forma que la historia de estos cincuenta y cuatro años se podría contar por las adhesiones de Berlín, Zurich, Budapest, Londres e, incluso, la originaria y casi central Viena a las ideas de Freud. ¿Es la historia del Psicoanálisis o la historia de Freud? Esta es la pregunta que se hace Makari y que cada lector debe tratar de responderse a sí mismo para entender el libro. El auge del nazismo, las confusas ideas de Jung al respecto del Psicoanálisis como una ciencia propia de una raza y las precauciones en este sentido del propio Freud -casi desde los primeros tiempos, pero acrecentadas al final- es otro de los temas que deja abierto Makari. El papel decisivo de Ernest Jones, desde Londres, previendo y  procurando la huida de la mayoría de los psicoanalistas de Austria y Alemania a Londres y a los Estados Unidos es también muy interesante. Así como un cierto esbozo de lo que iba a ser el mapa del Psicoanálisis en el mundo tras la segunda guerra mundial.

En definitiva, la aportación de George Makari con este libro: Revolución en mente. La creación del psicoanálisis es brillantísima. Este libro, que en España ha editado Sexto Piso, es uno de los ensayos que más me han gustado del pasado año 2012.

13 diciembre 2012

'Poo-tee-weet'


Los pájaros amarillos

Kevin Powers

Sexto Piso, 2012

ISBN: 978-84-15601-10-4

192 páginas

18 €

Traducción de Jesús Gómez Gutiérrez



Fran G. Matute

Creo que era Kurt Vonnegut el que argumentaba que no era posible escribir una novela antibélica. Más que nada porque, al final, sin pretenderlo, los textos con tal intención terminaban enviando, inevitablemente, un mensaje de exaltación y defensa del soldado desconocido y su sacrificio. Quizás, por este motivo, el bueno de Vonnegut tuvo que recurrir a aquella marcianada que fue Matadero cinco (1969) para poder narrar su odisea durante la Segunda Guerra Mundial.

Qué duda cabe que siempre se ha novelado mucho y bien sobre los conflictos armados. Ahí están Erich Maria Remarque, Louis-Ferdinand Céline, Wyndham Lewis, James Jones y Tim O’Brien para demostrarlo. Pero todos ellos han escrito sobre guerras que son diametralmente opuestas a esta última de Irak (2003-2011) por un motivo fundamental: la Guerra de Irak fue un conflicto eminentemente visual. La seguimos en directo, por la televisión, por internet, casi al segundo, y se convirtió en un programa más de "entretenimiento" ofrecido por los reporteros de guerra, por los propios soldados con sus móviles, por los propios civiles. La vimos desde todos los ángulos posibles. Fue una guerra inmediata emitida al instante. Y la cultura audiovisual se hizo eco de este hecho y copió estéticas. Ahí están películas como La batalla de Haditha (Nick Broomfield, 2007), Redacted (Brian de Palma, 2007) o la exitosa En tierra hostil (Kathryn Bigelow, 2008) o seriales como Generation Kill (2008) y, por qué no, la reciente Homeland (2011-¿?). Por tanto, a nuestro juicio, la novelización de la Guerra de Irak puede llegar a resultar un ejercicio fútil toda vez que la palabra se ve obligada a luchar con las imágenes que conquistaron desde el primer momento esta temática. Lo que potencia aún más si cabe el sorpresivo éxito de Los pájaros amarillos de Kevin Powers, que ya es indiscutiblemente una de las lecturas imprescindibles del año (y no sólo porque lo diga el New York Times). 

¿Cuál es la aportación de esta obra? Pues nada de lo que nos pueda contar Kevin Powers debe resultarnos, 'a priori', novedoso. La historia del soldado que vuelve a casa ha sido contada cientos de veces. Y quiero pensar que en todos los conflictos la sensación es similar. Así que, insistimos, ¿qué tiene de novedoso Los pájaros amarillos? ¿Por qué su éxito? Creemos que porque estamos ante un texto que no ha olvidado en ningún momento su vocación literaria, en toda su extensión. Resulta necesario destacar que Powers no pierde el tiempo en el detalle del conflicto armado. No gasta párrafos en describir el armamento usado por el ejército, o en señalar con exactitud dónde transcurren los hechos geográficamente hablando, o en determinar el impacto político de sus acciones.

Powers habla de un huerto, de tierra y arena, de gente asustada y de la desembocadura de dos ríos de la que surgieron grandes civilaciones y a la que los jóvenes van a morir. Bien es cierto que Powers fue un joven combatiente. Bien es cierto que la novela lidia tanto con el conflicto armado como con el conflicto interior, tanto en el campo de batalla como, de vuelta, en casa. Pero no debemos obcecarnos en la temática de esta obra. Es más, nos debería dar igual sobre lo que escriba Powers porque lo que resulta verdaderamente fascinante es cómo lo cuenta. Necesitamos desenmascarar al soldado para descubrir al talentoso narrador armado de una prosa poética exquisita, para poder así quedarnos embelesados leyendo pasajes como este, del primer párrafo: “Cuando dormíamos, la guerra frotaba sus mil costillas contra el suelo, rezando; cuando forzábamos el paso hasta la extenuación, los ojos se le ponían en blanco y se quedaban abiertos en la oscuridad y, cuando comíamos, aceleraba sin más alimento que su propia penuria. Hacía el amor, daba a luz y se extendía por el fuego”.

Los pájaros amarillos recorre todo los tópicos del género bélico. Ofrece, por tanto, una historia dura, sentida y dolorosa. La de una promesa a una madre. Una promesa incumplible. La de la pérdida de un amigo. Y, por encima de todo, la de una patraña con consecuencias fatídicas. Pero nos perdemos sólo en la poética que construye Powers ya que las imágenes del conflicto las conocemos, están en nuestra retina, forman parte del imaginario colectivo. No necesitamos que nos cuenten cómo fue la Guerra de Irak. Para eso están los periodistas. Pero sí que no nos importa leer algo hermoso y potente, que es lo que nos ofrece Kevin Powers. Puede entonces que, al fin y al cabo, el viejo Vonnegut tuviera razón. Ya no hay forma de escribir sobre la guerra. Está manida. No nos interesa. Nadie nos va a aportar nada nuevo. Nos da igual si Powers fue o no un buen soldado, pero nos fascina comprobar que es un excelente escritor que ha hecho primar la belleza y la fuerza de las palabras frente a la dureza de los hechos y la crudeza de las imágenes. 

27 marzo 2012

Mr. Difficult


Gótico carpintero

William Gaddis

Sexto Piso, 2012

ISBN: 978-84-96867-97-0

288 páginas

21,90 €

Traducción de Mariano Peyrou



José Martínez Ros

William Gaddis fue uno de los más grandiosos narradores de lo que podríamos llamar “la pesadilla americana”, como nos vuelve a demostrar este Gótico carpintero, traducido por primera vez al español por la valerosa editorial hispano-mexicana Sexto Piso. La gran pesadilla americana nace a su vez, obviamente, del fracaso del sueño americano: la idea de que los primeros colonos y los padres fundadores de los Estados Unidos habían creado una nación de hombres libres, lejos de la opresión política y religiosa del Viejo Mundo. El sueño americano ha tenido, a lo largo del tiempo, importantes manifestaciones políticas -el partido republicano-, religiosas -los evangélicos sureños, los mormones, para los que Norteamérica es la auténtica Tierra Prometida-, filosóficas y culturales -Thoreau, Emerson, Walt Whitman- y, por supuesto, acabó engendrando a sus propios contradictores, para los que la antigua tierra de abundancia y promisión se estaba convirtiendo en la tierra de las tinieblas. Desde su inicio, la gran literatura norteamericana ha señalado cómo los colonos traían de Europa los gérmenes del fanatismo religioso -La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne, Moby Dick de Melville-, que la tierra, que su riqueza se había creado con la explotación inhumana de los esclavos -Absalom, Absalom, o Luz de agosto de Faulkner- y el exterminio de sus pobladores originales -la apocalíptica y macabra Meridiano de sangre de Cormac McCarthy- creando una mancha, un "pecado original" casi imposible de borrar, que los medios de comunicación y la publicidad estaban convirtiendo los ideales originales en una parodia grotesca -El día de la langosta, Miss Lonelyhearts de Nathanael West-, hasta crear un paranoico imperio mundial basado en las fuerzas de la tecnología y el dinero -la obra completa de Thomas Pynchon, desde V a Contraluz-.

Gaddis nos presenta en Gótico carpintero un escenario reducido y claustrofóbico, una vieja mansión en estado ruinoso, y sólo tres personajes, que encierra entre sus muros y en sus pequeños roles vitales. Liz, una mujer que llena su vacío interior tratando de encontrar un médico que le diagnostique alguna de sus enfermedades y lesiones imaginarias. Su esposo, Paul, un periodista a sueldo del reverendo Ute, un predicador mediático de tendencias homicidas que intenta censurar la teoría de la evolución. Y por último el doctor McCandless, el dueño de la casa, un antiguo geólogo que observa horrorizado la situación de su país. Como sucedía en Ágape, se apaga, apenas hay acción: los tres personajes están atrapados en sus propias carencias y mezquindades y no tienen la capacidad de cambiarse a si mismos. La novela está compuesta, en su mayor parte, por diálogos -en persona o por teléfono- que en realidad son monólogos entrecortados, ya que todos los personajes tienen una manifiesta incapacidad de escuchar a los demás. Gaddis tiene algunas peculiaridades estilísticas que recuerdan, por ejemplo, a Thomas Bernhard, un escritor muy semejante a él en muchos aspectos; en conjunto Gótico carpintero es un libro brillante, que impresiona por la violencia psíquica y social que consigue transmitir. La Norteamérica actual pocas veces ha parecido tan oscura como en esta breve y concisa novela. A falta de que Sexto Piso nos traiga sus novelas cumbre, Los reconocimientos y J. R., Gaddis me parece un escritor notable (y notablemente desesperanzado), aunque no del nivel de uno de sus referentes más obvios, como es el genial Nathanael West.

William Gaddis -que respondía a la perfección a uno de los estereotipos del artista norteamericano más queridos por la novela y el cine: solitario, ausente de los medios, obsesionado con mantener a toda costa su privacidad y con la creación de una obra enorme, monumental e interminable- aceptó, no obstante, ser entrevistado por la que es la revista literaria más famosa y longeva del mundo, The Paris Review. En el curso de la entrevista, se le hizo una pregunta inevitable a un escritor que, desde la publicación de su primera novela, Los reconocimientos en 1955 (que la mayoría de los críticos consideran la primera novela postmoderna norteamericana) cuando tenía treinta y tres años, hasta su muerte en 1988, había sido perseguido por calificativos de “ilegible”, “pretencioso”, “demasiado complicado”, “demasiado ambicioso” y hasta apodado malévolamente como Mr. Difficult en un ensayo de Jonathan Franzen. “¿Escribe usted como escribe porque ésa es la manera más fácil para usted, o es que obras tan "difíciles" de leer son igualmente "difíciles" de crear?”. William Gaddis contestó: “Bueno, como he intentado dejar claro, si el trabajo no me resultara difícil, lo cierto es que me moriría de aburrimiento”.

A mí, personalmente, me parece una respuesta magnífica.