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31 mayo 2013

Nuevos caminos para la vieja novela


Historia de una mirada

Rebeca García Nieto

Eutelequia, 2013

ISBN: 978-84-9404-124-2

328 páginas

18 €




Daniel Ruiz García

Hay muchos aspectos interesantes en Historia de una mirada. Además de estar muy bellamente escrita, con momentos de una sensibilidad deslumbrante (creo que Rebeca García Nieto está especialmente dotada para la metáfora), me ha interesado de forma especial porque plantea una propuesta sólida del género novelístico para este siglo XXI, que asume y recoge la herencia de la novela arquetípica incorporando elementos propios de los nuevos tiempos.

El planteamiento de partida, de hecho, no puede resultar más clásico: narrar la historia  intergeneracional de una familia (los Montaraz), para más inri enclavada en el escenario terruñero de la Castilla rural de Delibes. Lo que viene siendo una novela decimonónica de las de toda la vida. Sin embargo, aunque no pueda decirse que no estamos ante una historia realista, al mismo tiempo es una historia muy moderna por el enfoque y la forma de la narración. Porque hay naturalismo a raudales, pero es un naturalismo muy impresionista y caprichoso, que rehúye la forma convencional de narración (presentación-nudo-desenlace), y que plantea una linealidad con una diacronía totalmente disfuncional. Es una novela con un empaque clásico pero con una forma muy moderna, que evita los planteamientos iconoclastas o postmodernos tan propios de la nueva novela “que se lleva” en beneficio del armazón estructural y la sustancia narrativa.

En cierta medida, ocurre con Historia de una mirada lo que ocurre con las novelas de Rafael Chirbes: aunque aparentemente en las novelas de Chirbes no se percibe una estructura, la intensidad narrativa y la densidad derivada de la superposición de los flujos de conciencia acaban desprendiendo una sensación lectora muy cercana a la que nos reporta la lectura de una novela clásica. En Historia de una mirada hay de hecho algún personaje que parece arrancado de Crematorio, y el gusto por la digresión intelectual tan propio de Chirbes también está presente en esta novela. Pero comparten algo más, y es, me atrevo a afirmar, cierta concepción de la novela como instrumento contenedor de una forma de ver y de explicar el mundo, con un pie puesto en la Historia y otro pie en lo social.

Como en las novelas de Chirbes, cada personaje de Historia de una mirada representa una actitud frente a la vida, una concepción ideológica, una forma de estar en el mundo. Los personajes están muy bien perfilados y contribuyen a dar solidez a la narración, que está rociada, como toda buena novela naturalista, de un fuerte psicologismo. Así, la abuela Nieves tiene un dibujo tan intenso y matizado como su nieta Sara y como sus dos hijos, que representan cada uno dos formas de ver y de entender el mundo. Sobre estos personajes se construye una historia que revela, sobre todo, la existencia de una voz narrativa de gran originalidad, madurez y carácter, a la que merece seguir la pista muy de cerca. 

20 mayo 2013

Banquete suburbial


Disociados

El Ángel, Karmelo C. Iribarren, Roger Wolfe y David González                        
  
Ya lo dijo Casimiro Parker, 2013

ISBN: 978-84-9392-706-6

232 páginas

15 €

Selección y prólogo de Gsús Bonilla y José Ángel Barrueco



Daniel Ruiz García
  
El planteamiento es tan atractivo como ambicioso: reunir en un solo volumen ("antilogía" la llaman los editores) a cuatro autores que por distintos caminos han realizado una contribución extraordinaria al panorama del 'underground' poético patrio, erigiéndose en referentes dentro de la poética suburbana nacional.

El formato de Disociados repite una fórmula que Ya lo dijo Casimiro Parker probó en 2010 con Contrapoesía: cuatro autores se unen y reúnen para presentar una parte significativa de su obra, combinando piezas ya editadas con otras de carácter inédito. Una suerte de pelea a ocho manos, con un espacio para cada uno de ellos que está prologado de forma sucinta para entender mejor su obra.

Disociados es un libro muy bellamente editado, con una composición a base de tiralíneas blanquinegras que casan muy bien con el concepto minimalista y aparentemente prosaico de la literatura que contiene dentro. La forma está en este sentido muy bien trabada con el fondo, ya el estilo de los cuatro poetas es seco, punzante, expresivo, contundente y en líneas generales negro. Además de compartir todos estos elementos, demuestran un gusto casi atávico por el malditismo, con una postura frente al mundo que denota pura actitud 'punk' en su vertiente más desencantada. El envase es común, pero cuando se entra a degüello en los versos los estilos adquieren matices, reconstruyendo cuatro universos distintos que corresponden a cuatro voces muy señaladas.

La primera de las figuras en saltar al ring es El Ángel (1961-1994), símbolo del poeta maldito y también icono de los desechos de la movida madrileña, que comparece con foto de García Alix, invitándonos desde el recuerdo de una muerte joven a introducirnos en su obra, casi reducida a un único libro hoy considerado de culto, Los planos de la demolición. La obra de El Ángel es la obra de un yonki a la deriva entre la euforia de la heroína a la depresión más inconsolable y oscura, con una voz que titubea entre el mesianismo y la contundencia 'punk'.

Karmelo C. Iribarren (1959) es el segundo poeta invitado. Si hubiera que buscar en España a un poeta cercano a la poesía de Raymond Carver, ése sería sin duda Iribarren. Mujeres, whisky, humo de tabaco, decepción: son algunos de los motivos simbólicos sobre los que se construye la obra de este poeta del desencanto, cuyo fraseo y laconismo otorga a muchos de sus poemas la apariencia de miniaturas de gran potencia aforística (“La soledad es eso,/ahora lo sé:/lo que hay/antes y después de tu nombre”).

Roger Wolfe (1962) es probablemente, y sin desmerecer al resto, el peso pesado del poemario. No estoy diciendo algo que pueda ofender, teniendo en cuenta que hablamos de quien probablemente constituya la muestra más lograda y referencial de la poesía 'underground' nacional de las últimas décadas. Su voz, que muchos han querido identificar como una impostación de otras voces de la literatura 'underground' anglosajona, alcanza, vista en perspectiva, una densidad incontestable, con una personalidad poética fuera de toda duda y que se ha convertido en todo un modelo de referencia para muchas generaciones de poetas jóvenes. Los poemas que ya le leímos en libros imprescindibles del 'underground' poético patrio como Días perdidos en los transportes públicos o Hablando de pintura con un ciego mantienen en esta edición toda su vigencia. El Wolfe inédito que aquí se nos muestra conserva su mordida cínica y desengañada, y reconocemos la misma voz cansada, el mismo esplín, que recorre con su aliento amargo toda su obra.

Cierra el cuarteto David González (1964), sin duda una voz poética de gran singularidad, que aporta a la paleta general del libro los colores más intensos e inflamables. La literatura de David González es una literatura de rabia, construida con pedazos de cristal y que parece consagrada a hacer daño. Es una poesía memorial, engendrada desde la conciencia de la desventaja. Como el perro maltratado, tiene tendencia a morder, y entretanto nos regala ladridos que sin embargo nos devuelven extrañamente la esperanza por su intensidad musical.    
                                                                                                    
De esta singular reunión son especialmente culpables los "antílogos", José Ángel Barrueco y Gsús Bonilla, que han sabido armar un libro esencial para entender la poesía 'underground' nacional de las últimas décadas. A ellos hay que agradecerles su esfuerzo y su acierto a la hora de seleccionar los platos y a los invitados. No se me ocurren mejores comensales para un banquete suburbial. 

13 mayo 2013

Muñequismo


30 centímetros (o menos). 50 años de muñecos de acción articulados

Guillem Medina

Diábolo, 2012

ISBN: 978-84-1515-378-8

260 páginas

23,95 €



Daniel Ruiz García
  
Entre las sensibilidades comunes que identifico en mucha gente de mi generación (los nacidos en los años 70), al menos entre muchos con los que he mantenido cierto contacto, se encuentra el gusto por aficiones carentes de toda utilidad práctica (la propia dedicación a la literatura, vista desde la perspectiva utilitaria, resulta un pasatiempo gratuito e inservible). Muchos portamos la bandera de la inutilidad y el gusto por el cultivo de cuestiones improductivas con orgullo, y los que no lo hacen se resguardan bajo la etiqueta de "persona normal" con impulsos 'frikies' para poder mantener su querencia a salvo de burlas y objeciones. Somos la generación de los Spectrum y los Amstrad, de los salones recreativos con futbolines de a duro y maquinitas de marcianitos a tres pesetas; somos esa gente que todavía sigue adquiriendo camisetas de Star Wars y de superhéroes sintiendo una furibunda envidia del fondo de armario de Sheldon Cooper; venimos de una época en que se escribían cartas y el tiempo se confundía muchas veces con el pasatiempo. Todo ha cambiado ahora, todo es inmediato y está a un tiro de 'click', pero de ese otro tiempo nos ha quedado un regusto por lo recreativo e inservible que en cierto modo nos identifica. Y que cuenta con sus propios elementos simbólicos de representación. Entre ellos se encuentra uno que tiene que ver mucho -todo- con la reseña que traigo hoy: me refiero al arte del muñequismo.

Si tuviera que establecer una definición, diría que "muñequismo" es una corriente de orientación espiritual-animista y de pulsión evocadora, que basa su filosofía en la exaltación del muñeco como elemento simbólico de primer orden dentro de la estructura ética y moral del individuo, como representación de una realidad deseada y nunca sublimada, que aspira a transformar el mundo en una enorme juguetería y al individuo mismo en juguete, preferentemente de carácter articulado. 

Conozco a mucha gente de edad cercana a la mía que ejerce de muñequista activo, convirtiendo sus salones o despachos en pequeños museos de coleccionista. La aspiración de todos estos muñequistas, como la mía propia, es acabar transformando las viviendas en depósitos de muñecos, o mejor dicho en museos consagrados al arte de la muñequística. A menudo, aunque no los conozca, los identifico: ocurre siempre que, acompañando a mis hijos a las jugueterías, acabo perdiéndome entre los estantes de las figuras de ficción. Reconozco en su forma de mirar los muñecos mi misma mirada de yonki, la misma salivación en los labios, la misma inquietud por reconocer que semejantes reacciones son incompatibles con la edad que señalan sus DNIs.

Debo  decir, además, que el muñequista es un ser eminentemente retrógrado. En líneas generales, aborrece las nuevas producciones, incluso las reconstrucciones modernas de héroes clásicos. Dentro del grupo, me considero de la vertiente progresista: aunque hoy ven la luz verdaderas zafiedades muñequísticas (p.e. los célebres Gormiti, que definitivamente han tomado la habitación de mi hijo), no me cuesta reconocer -¡oh, hereje!- que hay calidad detrás de muchos de los muñecos surgidos al calor de los recientes estrenos cinematográficos de la Marvel.

Los muñequistas aún no somos conscientes de la contribución realizada por Guillem Medina con su obra 30 centímetros (o menos). 50 años de muñecos de acción articulados a este movimiento. Por primera vez, de forma seria y rigurosa, ha catalogado e inventariado todos los muñecos de acción comercializados en España durante los últimos 50 años. Muchos nos quedan lejos por edad, pero al repasar esta obra maestra del muñequismo resulta imposible no caer aplastado por la potencia estética de muchas de las piezas que allí se exhiben, como embalsamadas en el papel, con comentarios sobre los muñecos generosos en detalles en muchos casos. Una suerte de "Memorabilia Muñequista" que nos mantiene durante todo el periodo de lectura a caballo entre la excitación y la carcajada, sobre todo cuando nos enfrentamos a algunos ejemplares muñequistas de impagables sagas como la de Big Jim y Guillem da rienda suelta a la hilaridad. Sin embargo, el autor es sumamente elegante: en todo momento se percibe un gran respeto por las figuras reseñadas, dejando a nuestras pupilas la opción del cinismo. Se nota, en este sentido, las tablas de Guillem Medina para abordar material sensible: es director de la revista Toyland Magazine, y ha publicado otras obras de referencia en el género muñequista como Toyland Made in Spain

Los Madelman, los Geyperman, los Airgamboys, hasta los míticos Masters del Universo, pasando por supuesto por los Playmobils. Todos tienen cabida en este estupendo libro-museo cuya visita recomiendo efusivamente a todos los amantes de los muñecos.

Te lo advierto: no presumas de ser muñequista si no has leído este libro.  

19 diciembre 2012

La caída del imperio romano contada por uno de sus soldados



Todo empezó con Obdulio

Bosco Esteruelas

El Garaje, 2012

ISBN: 978-84-940285-1-9

370 páginas

18 €




Daniel Ruiz García

Imagino que conocen la historia. Trascendió en los confidenciales: un editorialista de larga trayectoria en El País tuvo la mala ocurrencia de desatar su bilis profesional en un relato, en principio pensado para una difusión íntima y limitada, en el que ponía a caer de un burro a uno de los gerifaltes del periódico, y de pasada a su director. No sé si el protagonista, al que el editorialista bautizó con el nombre de Obdulio, les recordará a alguien: un histórico de El País, cercano a la cúspide de Prisa, de origen canario y voz aflautada, chaparrito y con un gusto por la adulación rayano en lo compulsivo; vinculado a la división editorial del grupo, muy amiguete de Saramago y con una querencia cansina por Serrat. El caso es que el relato, finalmente, por los meandros de la mala sangre, la envidia y el arribismo pasillero tan propio de las empresas reconcentradas de resabio, acabó en manos de quien no debía leerlo, y el editorialista fue sometido a un proceso de mobbing y presiones que derivó, finalmente, en su despido.

Aquella historia bien podría servir de prólogo a todos los infortunios que finalmente han venido acechando al medio que durante varias décadas ejerció como estandarte del periodismo patrio y como hoja de ruta intelectual de la progresía española, y a cuyo lento desmoronamiento venimos asistiendo nadie sabe muy bien si por mala gestión, falta de miras, exceso de vanidad o las tres cosas a la vez.

Todo empezó con Obdulio narra la historia de aquel editorialista y de aquel cuento, que se presenta como la pieza inicial de la novela, como una especie de prueba documental que sirve de base para el desarrollo argumental. Es la historia de una ficción y de una realidad que la supera, a cargo de Bosco Esteruelas, el editorialista que sufrió en sus carnes una caza de brujas interna propia del maestro McCarthy y que se rodea de la rabia suficiente para construir una novela con buen pulso y sobre todo mala leche a raudales, a lo largo de cuya lectura resulta difícil no abandonar la sonrisa maliciosa.

Uno de los retratos más duros y sustanciosos, como no podía ser de otro modo, es el que se hace de Juan Luis Cebrián, rebautizado como Antonio Diéguez (“el Gran Hacedor”), a quien se dibuja con un tono caricaturesco bastante punzante y algo mortadelesco, que vive consagrado al mito de Rosebud, una especie de Ciudadano Kane pero en su versión más indigna y desquiciada. También pasan por el rodillo otros personajes claves de El País, como Javier Moreno o Javier Valenzuela, así como otros muchos como el empresario Jaume Roures o el propio Rodríguez Zapatero.

No hay duda de que a Esteruelas se le da bien la sátira, pero sin duda lo más valioso del libro es la descripción del ambiente profesional opresivo que vivió durante sus últimos meses en El País. Un ambiente que, lamentablemente, muchos profesionales de ese mismo medio y de otros muchos vienen padeciendo en los últimos tiempos debido a la implacable crisis que azota a los medios de comunicación tradicionales y que nos convierte tristemente a los periodistas en uno de los primeros grupos profesionales en el ranking del desempleo. La estrategia de la confusión, del silencio, del secretismo y del rumor que padece Esteruelas a lo largo de sus meses como apestado en el periódico no se me antojan muy distintas de las que muchos colegas me narran a menudo en primera persona. Bien mirado, el propio Esteruelas tuvo suerte de abandonar la nave a tiempo: cada vez existe más conciencia de que en El País hoy sólo quedan despojos.

El libro de Esteruelas me parece un libro valiente. Pero la valentía tiene escasa retribución. Sin desmerecer a El Garaje Ediciones, me cuesta comprender que Todo empezó con Obdulio no haya merecido una difusión y alcance más potente. En realidad es una aseveración retórica: no sólo no me cuesta comprenderlo, sino que es del todo comprensible desde la lógica empresarial e institucional. Aunque se le presupone el valor de hacer bullir ideas, reflexiones y denuncias, el sector editorial no es menos ajeno al miedo que cualquier otro sector empresarial. Más que nunca hoy, me atrevería a decir, cuando el libro, como el periodismo, como en general toda la industria de eso que se llama la producción de contenidos, vive los peores momentos que ninguno recuerda.

Pero está la ética personal. Es la que me anima a recomendar a colega periodistas y lectores este interesante libro. Ayuda a comprender bien la deriva de El País y en buena medida de los medios de comunicación en España.  

19 noviembre 2012

Canto a la tierra seca y ceniza


Bailes de medio siglo

Martín Sotelo

Nocturna, 2012

ISBN: 978-84-939200-7-4

201 páginas

15 €



 

Daniel Ruiz García

Quienes han escrito sobre este libro encuentran en él ecos de figuras como las de Faulkner, Marsé u Onetti. A mí, sin embargo, casi desde que entré en el relato, Bailes de medio siglo me ha recordado a La familia de Pascual Duarte. Me recuerda a ese Cela pero también a Delibes, Baroja, Aldecoa, incluso Clarín. Literatura castellana, terruñera, esa que habla sobre la tierra con olor a cenizas y con sabor a sequía.  

Porque Bailes de medio siglo es una novela muy castellana. Partiendo de una historia real (un hombre que asesinó al marido de su amante, y que cincuenta años después asesinó a la propia amante), Martín Sotelo construye una historia plagada de voces, trazada con fino escalpelo, donde se dibuja la geografía de una España en blanco y negro, donde se impone la supervivencia, la picaresca, el hambre, incluso la maldad. El cuestionamiento de la virilidad, el malentendido del amor como posesión material, los celos, la tristeza de la vida alegre, son algunos de los motivos sobre los que se cimienta esta obra que tiene una música de aroma costumbrista pero muy bien interpretada. Hay mucha pericia en el manejo de los diálogos, que resultan muy naturales, y que aportan una valiosa función informativa a la trama, una trama que se construye (imagino que ahí están Onetti y Faulkner) a través del recurso del desvelamiento paulatino. Las elipsis también juegan un importante papel como elemento propiciador de los saltos narrativos, resultando de todo ello una novela de gran intensidad no sólo por lo que se cuenta sino por lo que queda sugerido.  

También lo obvio, aunque no lo menos importante tratándose de una ópera prima: Martín Sotelo escribe con una fluidez y una solvencia impresionantes. En su trabajo se intuye una importante labor de pulido, su prosa no es hemorrágica sino más bien sobria, pero con una sobriedad trufada de brillo, a través de imágenes y metáforas que alumbran el camino como si alguien las hubiera ido arrojando por el pavimento como por descuido.  

Se hace corta, y eso no es malo. Que nos quedemos con ganas de más quiere decir que esperaremos ansiosos a que llegue una nueva novela, y podamos seguir tomándole el pulso a un autor más que prometedor. Su debut debe ser celebrado.  

09 noviembre 2012

El francotirador tuvo un mal día

El hijo de Brian Jones

Jesús Ferrero

Alianza Literaria, 2012

ISBN: 978-84-206-6971-7

 168 páginas

 18 € 

XIII Premio Fernando Quiñones de Novela



Daniel Ruiz García

Jesús Ferrero forma parte de la cofradía de los escritores que yo denomino “francotiradores”: una raza excelsa de creadores caracterizados por su valentía, por su predisposición al salto al vacío, a la reinvención permanente. Es lo que más valoro en Ferrero, su capacidad de sobrellevar el vértigo de una creación en constante mutación, que asume a cada paso nuevos retos haciendo borrón y cuenta nueva con respecto a todo lo anterior. 

En El hijo de Brian Jones, Ferrero vuelve a mostrar arrojo al atreverse con una historia con enormes riesgos. Hurgar en los iconos siempre es delicado, tanto más cuando se trata de iconos masivos que están en el imaginario colectivo y que operan en ese imaginario casi de forma independiente. Literaturizar el rock siempre es delicado, y en este caso Ferrero se lo ha jugado todo a una bola difícil: Brian Jones, el mártir de los Rolling Stones, encarnación de los valores de libertad, excesos y sensibilidad del 'rock and roll' británico de los 60. 

Ferrero se ha acercado al mito subiendo por la maroma que mejor controla y conoce: la de la estética. Se intuye la pretensión de construir una obra literaria con voluntad de reflexión estética, donde los personajes son encarnaciones mitológicas que le sirven para teorizar sobre cuestiones universales como el Bien, el Mal o la Belleza. En este sentido, vislumbro ecos de Dorian Gray en su forma de construir la historia. 

Como buen francotirador, Ferrero sabe que la probabilidad de errar el tiro puede ser alta cuando el objeto a derribar se halla escorado o excesivamente lejos del punto de disparo. Me temo que es lo que ha podido ocurrir en el caso de El hijo de Brian Jones.

La novela se centra en la figura del hijo ilegítimo de Brian Jones, Alexis. La reconstrucción de toda la historia del desenlace fatal de Brian Jones se mezcla con la propia historia del hijo, a través del recurso de un segundo personaje que sirve como hilo conductor. Este personaje es nada menos que el hijo de uno de los jardineros de Brian Jones que siempre estuvieron bajo sospecha en la muerte del guitarrista en la piscina de su mansión.

La trama es apetecible, pero a nuestro juicio no así su desarrollo. En primer lugar, por el tono. Los personajes tienen una forma de comunicarse entre sí que resulta, casi siempre, muy poco natural. Decíamos que Ferrero es un gran esteticista, y eso supura en sus diálogos: siempre demasiado forzados, siempre rodeados de una teatralidad excesiva, que da al conjunto la apariencia del cartón piedra. Nada más lejos de lo que podría ser esperable de un vástago de un icono del rock. 

Tampoco ayuda la forma de tratar la historia de Jones y de los Rollings. Las obviedades sobre la vida y obra de los Stones resultan demasiado recurrentes (sin ser riguroso, he contado hasta una docena de veces la expresión “swinging London”). Se echa en falta una mayor profundidad y una mayor matización en la biografía stoniana, en beneficio de una mayor ligereza en cuanto a los elementos con los que el autor pretende dotar de profundidad al relato. Las conversaciones de carácter estético o metafísico llegan a resultar aburridas, y la construcción de algunos personajes (como el de la abuela) resulta demasiado fuera de la realidad, con algunas reacciones poco creíbles. 

Esto no quita mérito a la ambición de Ferrero como narrador, y que es lo que lo ha convertido en uno de los grandes referentes de nuestra literatura. Aunque en este caso haya errado el tiro, hay que reconocerle su valentía. Es esta valentía, entre otras cosas, la que ha permitido a Ferrero escribir algunas de las mejores novelas en castellano de las últimas décadas.

05 noviembre 2012

Quevedo en La Vaguada

El joven vendedor y el estilo de vida fluido

Fernando San Basilio

Impedimenta, 2012

ISBN: 978-84-15578-04-8

168 páginas

16,95 €
 
Introducción de Mercedes Cebrián
 


Daniel Ruiz García

Igual que Auster no sería nada sin Nueva York, o Murakami sin Tokio, la literatura de Fernando San Basilio, salvando las distancias, carecería de sentido sin La Vaguada. Por esa capacidad de homogeneización y esa ausencia de carácter tan propia de los centros comerciales, podríamos decir que la literatura de San Basilio tiene como eje el macrocomplejo comercial, así, sin nombre ni apellidos, como gran recipiente de todas las miserias laborales, sociales y sentimentales de los seres humanos que lo usan y casi lo habitan. El autor posa la mirada sobre el centro comercial pero en verdad esa mirada esconde una visión propia del mundo caracterizada por una extraña mezcla de ingenuidad, cinismo y perspicacia.
 
En el joven vendedor y el estilo de vida fluido, San Basilio ha recurrido a la recreación estructural del Ulises de Joyce para mostrarnos un día en la vida de Israel, un chico que trabaja en un corner de La Vaguada y que soporta con serenidad y placidez las miserias de un trabajo basura donde se impone la depredación y un concepto de la vocación de servicio cercano al esclavismo. Esa placidez se la proporciona un libro de autoayuda encontrado casi por casualidad, que le ofrece indicaciones y sugerencias de comportamiento y conducta para alcanzar “un estilo de vida fluido”. Así va avanzando en su día, descubriendo paulatinamente cómo la espiritualidad del camino mostrado por su biblia del coaching se va derritiendo frente a una realidad burda y mundana a la que no le queda más remedio que resignarse.
 
Lo mejor de San Basilio, sin duda, es su mirada. Es lo que permite que una novela como ésta, que en realidad no cuenta casi nada, se lea no sólo con agrado, sino con excitación. La mirada de San Basilio encuentra además su perfecta materialización estilística en una prosa aparentemente naïf, pero punzante como pocas, con un dominio del fraseo más que notable y una facilidad pasmosa para mantener al lector al constante límite de la carcajada.
 
Toda la literatura de San Basilio tiene el mismo tono. Su personalidad estilística es muy pronunciada, tiene carácter, y ese carácter va de la mano de una mirada del mundo bastante cínica y yo diría deprimente. Sin embargo, su punto de mira narrativo permite que sus novelas sean leídas no con desazón sino con gran divertimento, y que logremos cerrar cada nuevo libro suyo con una sonrisa. En ese sentido, San Basilio está muy en la tradición de la literatura satírica y humorística española, a la manera quevediana, por lo que no cuesta reconocerle el pedigrí. San Basilio no es nada moderno, pero ni falta que le hace: le basta con ser un gran escritor, y el primero, que yo sepa, que ha consagrado su literatura a cantarle a un centro comercial.

16 julio 2012

El más moderno

Cartas de amor a Mina Loy

Arthur Cravan

Periférica, 2012. Colección "Biblioteca Portátil"

ISBN: 978-84-92865-52-9

72 páginas

11,50 € 

Traducción de Manuel Arranz



Daniel Ruiz García

Haciendo gala una vez más del buen gusto y criterio al que nos tiene habituados, Periférica ha recurrido a reunir en uno de sus coquetos librillos de la colección Biblioteca Portátil la correspondencia que Arthur Cravan dirigió a Mina Loy durante la segunda mitad del año 1917, coincidente con el viaje que el fraudulento poeta y boxeador llevó a cabo por EE.UU. y México. Son cartas escritas sólo un año antes de que desapareciera para siempre, supuestamente en una barca de vela, en algún lugar del Golfo de México.

Todo aquel que se acerca a la vida y milagros de Cravan acaba subyugado. Es como el prototipo del Bartebly de Melville pero reflejado en un espejo convexo. El “preferiría no hacerlo” del copista, cuando renuncia para siempre a escribir en medio de sus atormentados silencios, se convierte en Cravan más bien en un “no pienso hacerlo”. Porque al esplín de Bartebly, a la inapetencia y melancolía del escribiente de Melville, Cravan opone la imagen de un personaje espídico, que se come la vida a bocados, todo un sinvergüenza que supo aprovechar la locura de la intelectualidad dadaísta para mudar la piel y convertirse en un excéntrico profesional, aunque más bien lo imagino como un camorrista, como un tipo bronco absolutamente inestable, tan desequilibrado que fue capaz de destacar incluso en el París de los excesos de la bohemia. Y todo ello sin apenas escribir. Escribió poco, y tampoco tuvo la necesidad. Salvo sus ácidos y excesivos Maintenant, auténticas vomiteras de rabia y algunas veces humor grueso hacia la intelectualidad de su época, apenas si dejó obra. Pero el eco de su actividad fue fuerte, gracias a algunas “hazañas” precursoras del ‘performance’ y sobre todo a su prodigioso talento para la publicidad, que entre otros éxitos ha provocado que hasta hace no mucho nadie supiera realmente si su autopregonado parentesco con Oscar Wilde era una realidad o un farol. 

En Cartas de amor a Mina Loy, la composición que nos hacemos de la figura de Cravan adquiere matices, se puebla de aristas, deja de ser en cierto modo un boceto para cobrar mayor solidez psicológica. La inestabilidad que barruntábamos en sus escasas muestras literarias y en lo que sabíamos de él se presenta con contundencia en las cartas contenidas en este libro, donde un psiquiatra de nuestros días encontraría un claro ejemplo de enfermedad bipolar. A veces lunático, otras veces con una euforia desmedida, en otros modos silencioso, también críptico, irascible… Por encima de los vaivenes emocionales, que Cravan intenta traspasar a su amada a través de las palabras (sin ser un verdadero escritor, tenía toda la vanidad y el egoísmo propios de cualquier escritor de fuste), se intuye a un tipo enormemente vitalista, con un punto de locura animal que lo convierte en irresistible. “El gigante exhibicionista”, como lo llamó la propia Loy, se muestra en estas cartas bastante exhibicionista a ratos, cuidándose siempre mucho de no contar más de lo que debe, ya que, a fin de cuentas, quien lo lee es su amada, que espera su regreso. Cravan es un embaucador (“Te amo, te amo, te amo. Ámame tú también”), un egocéntrico (“No hagas caso de los consejos de los mediocres. Yo soy el profeta de una nueva vida, y sólo yo vivo”) capaz de pasar en un día de la euforia más rotunda (“Me dijiste que había sido el único hombre que te había parecido un dios. Ven, si quieres probar un ángel”) a la depresión más implacable (“No hago más que pensar en el suicidio”). “Soy el hombre de los extremos y del suicidio”, afirma en otro momento, reconociendo el carácter incontrolable de su propia personalidad. Leyendo estas cartas, uno entiende mucho mejor cómo pudo acabar tomando un barco a vela y hundiéndose en el océano para siempre. Las cartas evidencian riñas en la pareja, se cruzan acusaciones de infidelidad, y paulatinamente detectamos cierto empeoramiento en las relaciones, que tienen una clara consecuencia sobre el estado anímico de Cravan. Algunas de sus expresiones tienen un fuerte aliento fúnebre; como si en realidad su tío no fuera Wilde sino más bien Allan Poe, le pide a su amada en plena crisis de pareja: “Reza por mi descanso en la tumba y no hagas que mis huesos tengan celos”. Asegura haber envejecido diez años, y se muestra incluso ridículo en la exageración de su dolor: “He llorado tanto que he pensado en enviarte un frasco de lágrimas para que mandaras analizarlo y comprobaras que sólo contenía lágrimas”. Sabemos que Loy volvió a reunirse con Cravan en México. Tenemos al menos esa certeza, porque la frase que cierra las correspondencias es una de las más demoledoras y desesperanzadas de todas: “La vida es atroz”, afirma.

Un libro sin duda imprescindible para conocer la personalidad de Cravan, el hombre de las mil caras, el impostor, el ruidoso chafador de fiestas y perpetrador de mascaradas. La mejor, la última: haberse convertido en inmortal sin apenas dejar obra. “Ni siquiera soy periodista ni publicista, ni un moderno -le dice a Mina Loy, en uno de sus arrebatos-. Pero te juro que hay algo poderoso y eterno en mí. ¡Y me convertiré incluso en el más moderno!” Es muy posible que lo haya conseguido.

10 mayo 2012

Una novela mayúscula


Cuando Lázaro anduvo

Fernando Royuela

Alfaguara, 2012. Colección "Hispánica"

ISBN: 9788420412733

400 páginas

18,50 € 






Daniel Ruiz García

Lo diré desde el principio, para ahorrarles la lectura a todos aquellos que no gustan del apasionamiento y la falta de mesura en la crítica literaria: Fernando Royuela ha escrito una novela mayúscula. Diría que la mejor de las suyas, lo que es decir mucho viniendo de un escritor que con apenas media docena de obras ha logrado forjar una personalidad creativa deslumbrante, diferente, personalísima, con novelas que engrosan lo mejor de la literatura en castellano de las últimas décadas, entre las que yo destacaría La mala muerte y, sin dudarlo, la que traemos a esta reseña, Cuando Lázaro anduvo.

Royuela pertenece a la tradición de los autores familiarizados con lo grotesco, el feísmo, la mala leche y el esperpento, en el que Valle-Inclán ofició como bautista pero que en realidad es casi tan antiguo como nuestras letras. Está en los pasajes más rijosos de El libro del Buen amor, también en La Celestina; está en el Lazarillo de Tormes, y está por todas partes en Quevedo. Su raíz es barroca, porque es ahí, en el lenguaje y en las posibilidades expresivas del castellano, donde adquiere toda su potencia. Aunque no es exclusivo del lenguaje: en los retratos más tenebrosos de Goya se le respira con claridad, y está también sentado a la mesa de la Viridiana de Buñuel.  Lo feo, lo macabro, lo deforme, pero también lo miserable, lo absurdo, lo deprimente, lo ridículo. Todo ese festival de reflejos del Callejón del Gato y que tiene en nuestras letras actuales a un descriptor de excepción. Nadie como Fernando Royuela sabe moldear figuras con ese barro, y en Cuando Lázaro anduvo el resultado es un edificio rígido, contundente, auténtico y en cierto modo doloroso como un sopapo.

Porque ese es otro prodigio de la literatura de Royuela: su solidez estructural, donde uno siente, como en un edificio de Gaudí, que toda la expresividad estilística, todas las ondulaciones y sinuosidades de la fachada, todas las sugerencias de recorridos y juegos, actúan como revestimiento de un esqueleto rotundo, que mira hacia el cielo asumiendo su misión de ocupar un espacio. En todas las historias de Fernando Royuela tenemos la certeza de que hay música, pero que esa música no está deslavazada, no suena inconexa, sino que tiene una intención de conjunto.

Cuando Lázaro anduvo es una tremenda opereta, una gamberrada mayúscula, que se lee con un rictus a la deriva entre la carcajada y la sensación de gravedad, de considerarse abrumado por tanta concatenación de verdades como puños que Royuela administra a la manera de escupitajos. Sobre un punto de partida absurdo que recuerda un poco a Pirandello, la resurrección de un tal Lázaro, la novela pone en pie toda una sátira de alcance colosal en torno a este pordiosero mundo que nos toca padecer. En este sentido, no he leído ninguna novela hasta la fecha que aborde de manera tan lúcida y certera el drama de la crisis que nos atenaza a todos y que nos convierte, cada vez más, en 'broilers', pollos de granja sin más fin que engordar al sistema.

Royuela reparte estopa a diestra y siniestra. Se ríe de políticos, de la sociedad de consumo, de la televisión-espectáculo, de la iglesia, incluso de las redes sociales y sus dinámicas vacuas y demenciales; se ríe de las entidades financieras, de los 'coach' que pululan por las plantas nobles de las grandes empresas repartiendo doctrina, de los gurús de la mercadotecnia; se ríe de todo lo que le sale al paso, pero siempre es una risa cínica y procaz, con la que resulta muy difícil no conectar. Ese esa risa procaz la que construye su voz narrativa, la que cimienta su mirada como escritor y lo convierte, pienso, en un creador único, insólito en nuestras letras.

Cuando Lázaro anduvo es una novela muy actual. Porque desarrolla una interpretación muy peculiar (y a mi juicio, muy bien enfocada) de lo que conforma la realidad en la que nos desenvolvemos. Casi todos los capítulos, además, están introducidos por alusiones a hechos que, aunque reales, no dejan de resultarnos sorprendentes, por su carga de absurdidad: desde el descubrimiento del pollo Mike, que al parecer vivió durante 18 meses con la cabeza cortada, hasta un chef de Nueva York que elaboró el primer queso hecho con leche de las tetas de su mujer. Y entre medias, dramas no por graves menos ridículos como atentados terroristas en Pakistán, la miseria humana de Puerto Príncipe tras el desastre natural de Haití o la negativa del presidente libio de la ONU a la despenalización de la homosexualidad. Hechos reales pero que, al cabo, resultan casi más fantásticos e increíbles, vistos objetivamente, que la resurrección de un tal Lázaro, el desencadenante de la novela, y el responsable de hacer sonar la música en esta descomunal opereta.

Si han conseguido llegar hasta aquí, a pesar del tono encendido y algo impropio de esta crítica, sólo puedo sugerirles que corran a su librería más cercana y compren este libro. No les va a arreglar la vida, eso es seguro, probablemente incluso incremente su nivel de cabreo con el mundo. Pero van a pasar unos buenos ratos impagables, y se van a llevar el gusto de haber leído un pedazo de novela. 

02 mayo 2012

Genealogía del 'punk'

Diccionario de Punk y Hardcore (España y Latinoamérica)

VV. AA.

Fundación Autor, 2011

ISBN: 978-84-8048-838-9

296 páginas

25 €

Coordinado por Zona de Obras 



Daniel Ruiz García

Durante muchas décadas EE.UU. y el Reino Unido han andado a la gresca por atribuirse el invento de la psicodelia. Cuando no resulta del todo improbable pensar que no nació ni en uno ni en otro sitio, sino en un territorio más meridional. Desde principios de los 60, Os Mutantes andaban haciendo de las suyas por Brasil, fabricando sonidos que los de Liverpool y el genio de Brian Wilson no hubieran siquiera imaginado.

Pudo ocurrir algo parecido con el 'punk', o al menos así lo entiende el libro que hoy abordamos, con un punto de ironía, al señalar a los peruanos Los Saicos como el punto de arranque de este género cuyo patrimonio siguen disputándose los dos países, en un debate que está condenado a convertirse en eterno e irresoluble.

Sea como fuere, lo que resulta innegable es la existencia de abundantes bandas de 'punk' y de 'hardcore' en el ámbito latinoamericano, que ejercen la réplica, a través de una personalidad muy específica, al espíritu y la sensibilidad del punk angloparlante.

Por primera vez, un libro asume la difícil labor de ordenar, catalogar, clasificar y desarrollar desde una perspectiva crítica la contribución de todos esos artistas 'punk' de España y Latinoamérica, a través de un diccionario en el que conviven bandas, discos y hasta emisoras de radio.

La Fundación Autor de la SGAE es la responsable de este manual al que hay que dar la bienvenida porque viene a cubrir un vacío en el análisis crítico de la música popular, ya que hasta hoy se había escrito nada o casi nada sobre el fenómeno del 'punk' en la órbita latinoamericana. Es cierto que en los últimos años la bibliografía sobre el fenómeno ha proliferado (de reciente aparición en BCore es, por ejemplo, Harto de todo. Historia oral del punk en la ciudad de Barcelona), si bien nunca hasta la fecha se había planteado un acercamiento tan extenso y riguroso al asunto.

Plantear un diccionario siempre es una labor arriesgada. Pero cuando abordamos un género tan viscoso y escurridizo como el 'punk', con tantas derivaciones ulteriores y tantas escuelas sonoras, el riesgo se multiplica. Salvando discutibles omisiones o alusiones innecesarias, el resultado resulta abrumador por su detalle y su amplitud. Especialmente en el caso latinoamericano, donde se refieren bandas punks con un nivel de detalle realmente encomiable.

El rigor, en todo caso, no está reñido con la amenidad. Y es que, a pesar de su apariencia enciclopédica, los autores (los responsables son el colectivo Zona de Obras) han sabido extraer de la trayectoria de los artistas los aspectos más jugosos, con una perspectiva siempre fresca y sin caer en el excesivo tecnicismo o la pretensión intelectual. Así, por ejemplo, resulta muy interesante conocer los orígenes 'punk' de Gabinete Caligari, la condición casi sagrada de los Ramones en Argentina o el fuerte componente latinoamericano en el pedigrí de los míticos Misfits.

Un libro, en fin, muy valioso para los amantes del género 'punk' y sus derivados, porque plantea por primera vez un acercamiento a este género desde la insólita perspectiva latinoamericana y porque aborda la materia con una inteligente combinación de rigor y de intención divulgativa.

25 abril 2012

Este libro duele

Parte de guerra

Edlef Köppen

Sajalín Editores, 2012

ISBN: 978-84-939076-4-8

499 páginas

25 € 

Traducción de Pilar Blanco


Daniel Ruiz García

Lo confieso: en algunos momentos de la lectura de Parte de guerra me he sentido agobiado, con cierta sensación de opresión y con ganas de sentir la brisa y respirar profundo. Como en El miedo de Chevallier, como en Sin novedad en el frente de Remarque, como en los libros bélicos de Shólojov, el campo de batalla se transforma en un lugar prácticamente tangible, de manera que resulta muy difícil guardar las distancias con los personajes y sobre todo con sus padecimientos, con los que llegamos a empatizar de manera desagradable. Digámoslo claro: Parte de guerra no es un libro apacible. Es más bien todo lo contrario. En el libro hace frío, muere mucha gente, y todo es más bien absurdo. Como la guerra que retrata, y que nos lleva a cerrar el libro con la convicción reforzada de que cualquier contienda nunca está lo suficientemente legitimada porque nos degenera y embrutece como especie.

Se ha comparado este libro con el de Remarque. Como en aquél, en Parte de guerra se nos cuenta la Gran Guerra desde las filas alemanas. Como Sin novedad en el frente, el libro de Köppen es un canto antibelicista. Sin embargo hay elementos que los distancian. En muchos momentos, Köppen opta por un estilo que recuerda al de Remarque: sencillez, parquedad, rotundidad expresiva. Pero probablemente Parte de guerra resulte más audaz, y también más arriesgada: en su ambición por construir un gran friso antibelicista, el escritor alemán incorpora abundante información documental, cartas, fragmentos de discursos, incluso anuncios de prensa de la época, agrandando las implicaciones de la Gran Guerra que el protagonista padece en primera persona y dando como resultado un vívido calidoscopio aparentemente variado pero con una dirección de enfoque muy clara: mostrar el horror de la guerra y sus miserias vinculadas, entre ellas la propaganda, cuya acerada denuncia fue con toda probabilidad la causante de que el libro fuera prohibido cuando Hitler llegó al poder. 

La historia resulta triste, salvaje, desquiciada, pero impresiona pensar, conociendo la biografía del propio Köppen, que él debió invertir poca imaginación en el relato. Al parecer, como el protagonista de la novela, completó toda la guerra como artillero, estuvo en el infierno del Somme, fue gravemente herido y tras ser declarado loco por su antibelicismo fue internado en un hospital psiquiátrico militar. Todo ese periplo es el que se cuenta en Parte de guerra, un libro que, a pesar de su carga angustiosa, resulta muy difícil de abandonar. Página tras página, decepción tras decepción, horror tras horror, uno sólo tiene ganas de que llegue el fin de la guerra, de que concluya esa agonía que uno llega a padecer por contagio, y que en los tramos finales juguetea incluso con el disparate. No es un libro que piense en volver a leer, aunque sí es un libro que recomendaría: las caídas duelen, pero conocer el dolor nos ayuda a caminar con más tiento.