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martes, 23 de noviembre de 2010
Diego Fernández Magdaleno, Premio Nacional de Música 2010
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martes, 12 de enero de 2010
Invasión de loísmos (el aguijón en el vocablo)
Advierto de que la frase en cuestión puede ser perjudicial para la salud lingüística de los lectores, así que, si por casualidad lees esto y no has cumplido 18 años, cambia de blog.
"Siempre es reconfortante que lo aseguren a uno que no se ha vuelto paranoico" (página 189).
Puede que eso sea cierto, pero más cierto es aún que esa frase no reconforta a nadie aunque no sufra de paranoia. Ese lo nocivo, dañino y detestable ataca los oídos y los ojos de todos menos de la traductora, Isabel González Gallarza. No descarto que reciba comisión de otorrinos y oftalmólogos afectados por la crisis.
Y el caso es que cada vez me encuentro con más ejemplos de loísmo, es decir, el empleo de lo, que debe usarse para el complemento directo, para referirse al complemento indirecto. En la oración de La elegancia del erizo, el C. directo es "que no se ha vuelto paranoico" y el lo se refiere a uno, que es el C. indirecto, y por tanto habría que sustituirlo por le invariable en género. En este tiempo he oído varios ejemplos más, como "Dalo vuelta" por "Dale vuelta (a la ensalada)" o "Lo echamos un vistazo" por "Le echamos un vistazo".
El loísmo avanza por estas tierras castellanas a buen paso porque, en mi opinión, hay una tendencia a corregir el leísmo y laísmo endémicos del castellano del centro de España (presente en Quevedo y tantos otros), lo que origina hipercorrecciones, es decir, correcciones erróneas: escribir un lo donde correspondería el le que el hablante hubiera empleado si no buscara corregir ese fallo.
Así, en el mundo periodístico hoy se oyen pero, sobre todo, se leen unos lo (incluso correctos), dignos de novela hispanoamericana, prácticamente inéditos, pues en España el leísmo de persona está muy extendido e incluso aceptado por la RAE.
Y eso ha llegado ya a la traducción. Ya se sabe: traduttore...
jueves, 3 de diciembre de 2009
Una habitación con vistas
Como la de la novela de E.M. Forster y la película de James Ivory, la habitación que ocupamos este verano mis hermanos Álvaro, Diego y yo en nuestro viaje a Florencia tenía unas vistas fantásticas (cfr. foto inferior). Aunque para vistas, las del palacio Pitti, al otro lado del Arno (cfr. foto superior). En alguna vida anterior debimos de pertenecer a una familia enemiga de los Médicis, porque el maravilloso, gigantesco y calurosísimo palacio estuvo a punto de convertir a Diego en agua, como al Garcilaso de las "Hermosas ninfas"y a mí en cojo: me caí tres o cuatro escaleras y parte mi espalda fue a parar a la pared. Y me dolió. Y me indignó profundamente: el celebérrimo almohadillado del palacio Pitti no sirvió, en mi caso, para nada. Coge fama...
En primer término, plaza de Santa María Novella, con la estación de tren y la iglesia homónima. Detrás, de izquierda a derecha, cúpula de San Lorenzo, la catedral y, diminuta, la torre del Palazzo Vecchio en la plaza de la Signoria.
lunes, 30 de noviembre de 2009
Diego cumple dos años
Hace ya dos años que me presentaron en una habitación del hospital de la Cruz Roja de Córdoba a un bebé que intentaba sobreponerse del frío con el que había nacido con un pijama amarillo y un gorrito azul que prácticamente le tapaba toda la cara. Hoy lo hemos celebrado por todo lo alto con unos regalos que han atacado directamente a sus tres grandes pasiones (si exceptuamos el fútbol): Pocoyó, los coches y... los zapatos.
(Este año se me ha pasado volando. Sólo me ha dado a escribir nueve entradas...)
(Este año se me ha pasado volando. Sólo me ha dado a escribir nueve entradas...)
jueves, 26 de noviembre de 2009
El graznido
Hace una semana, en mitad de la noche, me levantó en vilo un grito atronador y terrible, más pavoroso aún como estaba inmerso en el mar de tinieblas que era la habitación a esas horas. A los pocos segundos se repitió el sonido y, entonces, ya más despierto, o por mejor decir, "de turbio en turbio", pude reconocer un graznido horrendo que fue respondido inmediatamente por otro lejano que, quizá precisamente por eso, me pareció más dulce.
Temiendo toparme con el cuervo de Poe, encendí el móvil por no despertar a Adela y me aventuré hacia el balcón. Allí, tras la puerta de madera que nos separaba y por cuyas rendijas se había colado, como el relente nocturno, su asqueroso sonido, debía de estar el pajarraco enseñoreándose orgullamente sobre el estrecho balcón de mi casa. Imaginé que sería un cuervo o un enorme aguilucho de los que dominan el paisaje sobre los tendidos eléctricos o sobre las señales de tráfico y que a veces lanzan sus alas hacia los parabrisas de los coches en las carreteras comarcales de Tierra de Campos como furiosos suicidas poco aplicados.
Hace tiempo que no vivía por estos lares, pero, por más que busco, no encuentro en mi memoria la riqueza de aves con que me topo ahora en mi camino de Sísifo hasta Tordesillas. Y no me extraña: Tierra de Campos (o cierta parte de ella) acabará convirtiéndose en reserva de aves, en parque natural, en un territorio neovirgen sin habitantes.
- Los de Tierra de Campos estamos sentenciados -me dijo Celes, concejal de Palazuelo de Vedija, este verano, y todo indica que en la condena hay más objetividad que pesimismo.
Así, las aves domeñan un paisaje de trigales moteados de pueblos despoblados por los que parece que no pasa el tiempo, pero que, poco a poco, se desangran y mueren.
Golpeé sin fuerza el cuarterón y el pájaro alzó el vuelo sobre la planicie. A esas horas, poco vería de los campos sobre los que gobernarán con mano de hierro él, sus congéneres y sus descendientes, reyes absolutos de estas tierras como lo fueron de la Tierra entera sus remotos ancestros, los dinosaurios.
Temiendo toparme con el cuervo de Poe, encendí el móvil por no despertar a Adela y me aventuré hacia el balcón. Allí, tras la puerta de madera que nos separaba y por cuyas rendijas se había colado, como el relente nocturno, su asqueroso sonido, debía de estar el pajarraco enseñoreándose orgullamente sobre el estrecho balcón de mi casa. Imaginé que sería un cuervo o un enorme aguilucho de los que dominan el paisaje sobre los tendidos eléctricos o sobre las señales de tráfico y que a veces lanzan sus alas hacia los parabrisas de los coches en las carreteras comarcales de Tierra de Campos como furiosos suicidas poco aplicados.
Hace tiempo que no vivía por estos lares, pero, por más que busco, no encuentro en mi memoria la riqueza de aves con que me topo ahora en mi camino de Sísifo hasta Tordesillas. Y no me extraña: Tierra de Campos (o cierta parte de ella) acabará convirtiéndose en reserva de aves, en parque natural, en un territorio neovirgen sin habitantes.
- Los de Tierra de Campos estamos sentenciados -me dijo Celes, concejal de Palazuelo de Vedija, este verano, y todo indica que en la condena hay más objetividad que pesimismo.
Así, las aves domeñan un paisaje de trigales moteados de pueblos despoblados por los que parece que no pasa el tiempo, pero que, poco a poco, se desangran y mueren.
Golpeé sin fuerza el cuarterón y el pájaro alzó el vuelo sobre la planicie. A esas horas, poco vería de los campos sobre los que gobernarán con mano de hierro él, sus congéneres y sus descendientes, reyes absolutos de estas tierras como lo fueron de la Tierra entera sus remotos ancestros, los dinosaurios.
lunes, 23 de noviembre de 2009
La desaparición del cuyo entra en el Diccionario de Autoridades
Pero he aquí que, leyendo un texto de Julio Llamazares (protagonista también de los primeros titubeos de la Blogse), titulado El cielo de Madrid, descubro que algunos escritores también han optado por desterrar al cuyo del lugar que el castellano le había encomendado hasta nuestro tiempo.
"Pasados los dos primeros, de los que ni siquiera llegué a saber el nombre, tan rápido se pasaron[...]", escribe Llamazares sin lágrimas, sin sospechar que ha relegado al tímido y apocado cuyo al paro en tiempos de crisis, sin percatarse siquiera de que la frase "pasados los dos primeros, cuyos nombres ni siquiera llegué a saber" es más económica y más eufónica que la suya. Y sin saber tampoco que su frase podría ser empleada por un anti-Diccionario de Autoridades, al estilo de los primeros que elaboró la RAE, de palabras que han sido abandonadas por su propia sangre e inician el largo camino hasta petrificarse en materia de estudio de la paleontología.
"Pasados los dos primeros, de los que ni siquiera llegué a saber el nombre, tan rápido se pasaron[...]", escribe Llamazares sin lágrimas, sin sospechar que ha relegado al tímido y apocado cuyo al paro en tiempos de crisis, sin percatarse siquiera de que la frase "pasados los dos primeros, cuyos nombres ni siquiera llegué a saber" es más económica y más eufónica que la suya. Y sin saber tampoco que su frase podría ser empleada por un anti-Diccionario de Autoridades, al estilo de los primeros que elaboró la RAE, de palabras que han sido abandonadas por su propia sangre e inician el largo camino hasta petrificarse en materia de estudio de la paleontología.
(Julio Llamazares, en una imagen de www.elcorreodigital.com)
El aguijón en el vocablo
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miércoles, 18 de noviembre de 2009
Gajes de la emigración
En La Puebla de los Infantes prefería pasar de puntillas sobre el tema, porque allí sólo incurren en el leísmo de persona, aceptado incluso por la RAE, y explicarles errores que no cometen me parecía más contraproducente que beneficioso; pero sí se lo comentaba brevemente, y cuando les ponía ejemplos del tipo "la dijo que viniera" o "cógele" refiriéndose a un libro, se reían y, con gran incredulidad, preguntaban dónde se decía eso, porque no lo habían oído nunca.
Cuando hace un par de semanas explicaba el laísmo y el leísmo en Tordesillas, muchos alumnos , laístas militantes, me espetaron que "la dijo que viniera" no era ningún error, y que la versión correcta, "le dijo que viniera", sonaba fatal. Que quién decía eso.
Y, recordando la respuesta de los chavales de La Puebla, tan parecida (y tan contraria) a la de estos de Tordesillas y pueblos aledaños, no pude hacer otra cosa que reírme y decir para mis adentros: "gajes de la emigración".
Cuando hace un par de semanas explicaba el laísmo y el leísmo en Tordesillas, muchos alumnos , laístas militantes, me espetaron que "la dijo que viniera" no era ningún error, y que la versión correcta, "le dijo que viniera", sonaba fatal. Que quién decía eso.
Y, recordando la respuesta de los chavales de La Puebla, tan parecida (y tan contraria) a la de estos de Tordesillas y pueblos aledaños, no pude hacer otra cosa que reírme y decir para mis adentros: "gajes de la emigración".
domingo, 15 de noviembre de 2009
Desde Palazuelo de Vedija
Han pasado tantos meses de silencio bloguero, de estado latente, de muerte virtual en vida, que a la Blogse le ha dado tiempo a mudarse de ciudad, provincia y hasta de comunidad autónoma. Sus huesos cibernéticos han ido a parar a un pequeño pueblo del noroeste de la provincia de Valladolid, entre ondulados campos de cereal, llamado Palazuelo de Vedija.
miércoles, 11 de noviembre de 2009
No estaba muerta: estaba de parranda.
Hace unos días los medios de comunicación dieron la noticia de un tipo que apareció vivito y coleando en su propio entierro, como el estudiante Lisardo de la leyenda, con la diferencia de que aquel, el actual, asistió a la inhumación de una persona a la que, sencillamente, habían confundido con él. La vida y la muerte de una persona nunca dependió tanto de la opinión de los demás como en este caso. Cinco magníficos familiares, cinco, identificaron un cadáver erróneo. ¿Tantos deseos tenían de verlo muerto? Seguro que el falso finado se estará formulando esa pregunta ahora mismo.
El caso es que el protagonista del luctuoso evento irrumpió en el acto saltándose a la torera el más elemental protocolo que rodea a un entierro: que sea el muerto el que esté en el féretro y, además, que el fallecido no acuda con la primera tajada. ¡Qué fácil habría sido incinerar a este muerto! Habría ardido con más facilidad que Heracles.
Pero no, no estaba muerto: estaba de parranda. Y entonces me vino a la cabeza, no sé por qué, mi blog; abandonado el pobre desde el mes de abril, ni más ni menos. Y entonces supe que mi inconsciente tenía razón: que la blogse no estaba muerta, estaba de parranda. Y que ya era hora de que volviera, aunque fuera arrumbada y borracha.
P.D. Lo triste de esta historia es en lo que casi nadie ha reparado: en que había un tipo que no estaba de parranda: estaba sencillamente muerto. D.E.P.
El caso es que el protagonista del luctuoso evento irrumpió en el acto saltándose a la torera el más elemental protocolo que rodea a un entierro: que sea el muerto el que esté en el féretro y, además, que el fallecido no acuda con la primera tajada. ¡Qué fácil habría sido incinerar a este muerto! Habría ardido con más facilidad que Heracles.
Pero no, no estaba muerto: estaba de parranda. Y entonces me vino a la cabeza, no sé por qué, mi blog; abandonado el pobre desde el mes de abril, ni más ni menos. Y entonces supe que mi inconsciente tenía razón: que la blogse no estaba muerta, estaba de parranda. Y que ya era hora de que volviera, aunque fuera arrumbada y borracha.
P.D. Lo triste de esta historia es en lo que casi nadie ha reparado: en que había un tipo que no estaba de parranda: estaba sencillamente muerto. D.E.P.
lunes, 27 de abril de 2009
martes, 21 de abril de 2009
Pulmón verde
Por lógica, Ayrtom Sidorkin debería ser el hombre que mejor respirara del mundo; y, sin embargo, tuvo que presentarse en el hospital con fuertes dolores en el pecho y una tos que acarreaba sangre. En las radiografías, los médicos pudieron observar una mancha pulmonar que parecía un tumor, pero la biopsia que se le practicó al enfermo dio unos resultados desconcertantes. Las extrañas agujas verdes que le extirparon al paciente en la prueba, según descubrió el cirujano en la operación posterior, correspondían a una rama de abeto de cinco centímetros que había enraizado en el pulmón de Sidorkin.
La historia es bastante inverosímil (aunque ya enseñaba Aristóteles que lo inverosímil no ha de ser necesariamente falso). Hubiera escamado bastante más que de la rama de abeto pendieran espumillones, una bola de navidad, y la figura de Papá Noel cantando a voz en grito "Hacia Belén va una burra, rin, rin".
El pobre Sidorkin nunca imaginó que la sabia naturaleza rusa pudiera causarle tanto daño, que su cuerpo pudiera convertirse en un vivero. Quizá el abeto, harto de que el hombre utilice a los árboles como "pulmón de la Tierra" o, simplemente que, cansado, asqueado, ahíto de metáfora tan manida, planeara una paradójica venganza y fuera a aposentarse en un pulmón humano nada metafórico. "Tropos, los justitos".
Imagino que, antes de salir del hospital, a Sidorkin le habrán sometido a un reconocimiento completo. Espero que no le hayan encontrado nada más, porque como, aparte del abeto en el pulmón, tenga hongos en los pies y golondrinos en las axilas, van a tener que nombrarle por lo menos parque natural. O reserva de la biosfera.
La historia es bastante inverosímil (aunque ya enseñaba Aristóteles que lo inverosímil no ha de ser necesariamente falso). Hubiera escamado bastante más que de la rama de abeto pendieran espumillones, una bola de navidad, y la figura de Papá Noel cantando a voz en grito "Hacia Belén va una burra, rin, rin".
El pobre Sidorkin nunca imaginó que la sabia naturaleza rusa pudiera causarle tanto daño, que su cuerpo pudiera convertirse en un vivero. Quizá el abeto, harto de que el hombre utilice a los árboles como "pulmón de la Tierra" o, simplemente que, cansado, asqueado, ahíto de metáfora tan manida, planeara una paradójica venganza y fuera a aposentarse en un pulmón humano nada metafórico. "Tropos, los justitos".
Imagino que, antes de salir del hospital, a Sidorkin le habrán sometido a un reconocimiento completo. Espero que no le hayan encontrado nada más, porque como, aparte del abeto en el pulmón, tenga hongos en los pies y golondrinos en las axilas, van a tener que nombrarle por lo menos parque natural. O reserva de la biosfera.
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jueves, 2 de abril de 2009
Las Memorias de un setentón, de Ramón de Mesonero Romanos
Escritas con una prosa algo altisonante para nuestros días, pero aun así ágil y amena, estas memorias pueden dividirse en dos partes. En la primera, que transcurre entre la invasión napoleónica y la subida al trono de Isabel II, Mesonero Romanos deja que los sucesos históricos prevalezcan sobre los recuerdos propios, aunque se mezclen ambas facetas. No falta, incluso en este apartado, algún cuadro de costumbres de la sociedad madrileña de ese período, pero es a partir de 1833, con el sosiego de la política española, cuando las excepcionales dotes de observador de Mesonero van a campar a sus anchas.
El libro es apasionante en sus dos partes, en la narración y el análisis del la Guerra de la Independencia, de los reinados de José Bonaparte y del alevoso Fernando VII, y en la descripción de los usos y costumbres de los españoles de la época, así como del mundillo cultural y literario fundamentalmente romántico.
Estas memorias nos acercan a un hombre entrañable de prodigiosa memoria que mira al pasado sin rencor y sin afán de protagonismo, que recuerda con ternura a los personajes de los círculos literarios con los que compartió la primera mitad del XIX , que buscó ante todo el progreso de sus conciudadanos y que, a falta de otro oficio, ejerció, como reza la descuidada edición de Crítica, el de "madrileño profesional".
Ramón de Mesonero Romanos, Memorias de un setentón, Barcelona, Crítica, 2008
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