La mayoría de los hombres que conocía acababan enamorándose de ella. Sin duda, era guapa, pero tenía mucho que ver su coquetería, su sonrisa, y el sentimiento de protección que despertaba en ellos. El amor que sentían por ella perduraba en los años, y ella podía reavivarlo en cualquier momento y situación solo con una sonrisa o una llamada de teléfono "simplemente para saber qué tal te va".
Hacía a cada uno de ellos sentirse el gran amor de su vida, el único y genuino amor, cada uno creía tener lo que ella siempre había buscado en un hombre.
Pero a todos los acabó dejando por otro, que creía más conveniente, aunque ellos nunca lo supieron, inventaba otras razones que, mejor o peor, terminaban aceptando. Ella nunca habló a ninguno de la existencia de otros, jamás se juntaron ni se encontró en una situación comprometida.
Sin embargo, un día los reunió a todos, ellos acudieron a la cita, enamorados, y elegantemente vestidos para la ocasión, cada uno pensando que solo él estaría allí para acompañarla en este momento.
Cuando se fueron encontrando, mirándose sin saber de donde salía cada uno, no supieron qué pensar, querían preguntarle, pero ella solo sonreía, en el centro de todas las miradas, tumbada en su féretro.