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18 abril 2011

Cambiar para que todo siga igual

Lo he contado más de una vez, y lo he dejado por escrito, pero lo primero que a mí me impactó de Daniel Alarcón no fue tanto su escritura como su persona. O, mejor dicho, su actitud. Cuando lo conocí, durante uno de esos festivales en los que con la excusa de la literatura unos gestores culturales astutos ganan un dinero y facilitan encuentros, me llamó mucho la atención que Alarcón era el único al que vi leyendo. Entre tertulia y tertulia casi todos pasábamos el tiempo comiendo, bebiendo y bromeando, pero él, en uno de los sofás del hotel donde se alojaba, leía enfrascado un ejemplar de The Heart of Darkness. Además, las dos veces que le tocó intervenir en alguno de los actos del festival, lo hizo siempre con una sobriedad y acierto más que relevantes. Así que, lo primero que hice apenas volví a casa fue leerle totalmente seducido y embobado. Me gustó su novela Radio Ciudad Perdida, pero la encontré quizás algo hinchada y un poco confusa, pero lo verdaderamente fascinante fue el libro de relatos Guerra a la luz de las velas. En esos relatos latía la energía y contundencia narrativa de algunos de los grandes autores del boom, pienso sobre todo en Vargas Llosa y García Márquez, pero pasado por el interesantísimo tamiz de la literatura norteamericana más reciente. No en vano, Alarcón se ha criado en los Estados Unidos y escribe en inglés. Además, cuenta con la ventaja de un traductor como Jorge Cornejo, atento y cuidadoso siempre como pueda comprobar cualquiera que lea sus libros, y la ayuda del propio padre de Alarcón, que sí se ha criado en Perú y maneja el español con más soltura que su hijo. Aunque, hay que señalarlo, todas las veces que hablé con él, siempre en español, no tuve la sensación de que tuviera ninguna dificultad para expresarse perfectamente usando la lengua de su familia.
Pero, más allá de todos estos detalles medio sociológicos medio de amarillismo, lo más importante era lo vívido de cada una de las historias que formaban ese libro de cuentos. Guerra a la luz de las velas es, hay que decirlo una vez más por si alguien lo ha olvidado o no ha querido entenderlo, uno de los mejores libros de cuentos que se han publicado en español en los últimos años. Y esto no deja de ser paradójico porque es un libro escrito y concebido en inglés. O sea, que es un libro plenamente latinoamericano en su mirada y en sus historias pero que se ha escrito en una lengua y bajo los criterios de una tradición distinta. Eso lo convierte, sin duda en algo mucho más fascinante de lo que podemos pensar a primera vista. Y además sitúa a su autor como uno de los más interesantes, y singulares, referentes de dos tradiciones literarias. No es casual, me temo, que haya sido incluido tanto en la selección de Bogotá'39 como en la de los veinte mejores autores menores de cuarenta años en lengua inglesa de la revista New Yorker. Alarcón es un símbolo del presente porque es un autor de una solidez poco frecuente, pero, además, permite vislumbrar el mundo que viene.
Por eso, cuando tuve constancia de la edición de El rey siempre está por encima del pueblo en la edición peruana de Seix-Barral me puse automáticamente alerta. Cuando supe que la edición mexicana corría a cargo de la audaz Sexto Piso comencé a sentir una ansiedad importante. Y, cuando Alfaguara lo publicó en España corría a solicitar un ejemplar al instante. Lo leí ese mismo fin de semana y decidí dejar en barbecho esa lectura antes de dejar por escrito mi experiencia.
Por un lado porque hay una serie de elementos a tener en cuenta. El primero es que se trata de un libro que no se ha editado en edición estadounidense. Reúne una serie de relatos que han ido apareciendo en varias revistas y que se han traducido y compilado de cara a los mercados hispanohablantes. Eso va más allá de lo anecdótico. Por ejemplo, algunos de esos relatos, como El juzgado, cuya escritura está muy condicionada, aparecen junto a otros textos que, posiblemente eran mucho más ambiciosos. Pongo este ejemplo porque me parece doblemente significativo. Ya hablé de ese relato, y se pudo leer aquí mismo, cuando comenté el simpático Napkin project de la revista Esquire, consistente en enviar una servilleta con el logo de la revista a 250 autores para que escribieran un relato en ella. Obviamente, el texto debe ser muy corto, y es obvio también que no es, desde luego, un tamaño que beneficie a la detallista y progresiva narrativa de Alarcón. Pero supongo que la idea del libro es reunir ese conjunto de textos, sin detenerse en detalles como la calidad o la pertinencia de hacerlo.


Pero he dejado que pase el tiempo y, aprovechando la calma que reina en estas fechas, he aprovechado para releer el volumen de relatos. Me ha permitido convencerme de que se trata, evidentemente, de un libro muy desigual, que reúne textos de circunstancias poco relevantes con cuentos de grandísimo nivel e intensidad. Por ejemplo, "El puente", que es una narración especialmente afortunada. Pero, sin duda, la más seductora, que está situada como cierre del libro -y hay que hacer una lectura muy interesante de que aparezca como final de esta recopilación y el mensaje latente de que los senderos de la narrativa de Alarcón estén siguiendo nuevos senderos y obliga una vez más a esperar con muchas ganas un nuevo libro- es la más rupturista, "Los sueños inútiles". Se trata de la más extraña, de la más innovadora pero, al mismo tiempo, la que deja un poso más perdurable tras su lectura. Esa narración extraña y descoyuntada, a medio camino entre el tono ensayístico y las narraciones distópicas y las de anticipación es una experiencia única. Hay algo en ese relato que habla de un Alarcón que se sabe, o al menos no se contenta, con ser un escritor de tramas rotundas, de personajes cincelados, de un minimalismo narrativo enriquecido por la exuberancia de la herencia barroca de la literatura latinoamericana, no, hay un escritor que quiere provocar sensaciones, que concibe la página como un espacio y la narración como un trayecto que atraviesa el lector, independientemente de que haya un argumento más o menos reconocible detrás.
A mí, como lector, me interesa ese nuevo Alarcón tanto como el que ya conocía, y justifica mi fanatismo y las ganas de seguir leyendo más textos salidos de su mano. Ansiosamente.

Daniel Alarcón El rey siempre está por encima del pueblo
Seix-Barral, Lima, 2009; Sexto Piso, México, 2009; Alfaguara, Madrid, 2010
Traducción de Jorge Cornejo

14 agosto 2009

Mutaciones sorprendentes


Miranda July es una de las creadoras más interesantes del panorama internacional, ya sea en su faceta de artista visual, como la realizadora cinematográfica o la de escritora. Se da el caso, además, de que es de los pocos artistas visuales que no sólo usa de modo reiterado la palabra en sus obras, sino que es consciente de que el mundo de la imagen en el futuro estará más ligado a la palabra de lo que muchos suelen pensar. Sin ir más lejos basta con comprobar cómo funcionan las búsquedas de Internet, donde no hay baremo alguno o anclas para rastreos de imagen si no están convenientemente etiquetadas mediante palabras.
Pero otra de las cosas que convierte a July en una autora que me interesa más son los curiosos fenómenos que se están produciendo en torno a la difusión y progresiva difusión de su obra. En la foto tienen las cuatro cubiertas que están disponibles para los compradores en la edición en tapa blanda. En la edición original podían elegir entre la amarilla y la rosa. A mí me parece un ejemplo magnífico de buen gusto y sabio uso de la tipografía. Partiendo del hecho de que July es una creadora con una nutrida producción visual, la elección de una cubierta sin imagen alguna deja muy claras las intenciones sobre cómo quiere que se produzca la aproximación a su libro.
Por eso me resulta doblemente curiosas las decisiones que se están tomando a la hora de traducir el libro en otros países.
En Francia, a comienzos de 2008, decidieron cambiar el título, no sé si por la dificultad de trasladar el sentido de No one belongs here more than you al francés, que lo dudo, sino seguramente porque a los editores de Flammarion les parecía que era más vendible un libro con el título Un bref instant de romantisme, que es la traducción del título de uno de los relatos del libro. Además se animaron a modificar la idea de la cubierta. Mantuvieron la tipografía, aunque destacaron con un mayor tamaño a la autora frente al título del libro -bueno, ya sabemos como son los franceses y la política de autor que gastan por allí-, pero decidieron que con una imagen de portada se vende mucho mejor un libro. Así que tiraron de una fotografía ciertamente muy sugerente de Mark Borthwick a sangre como imagen de fondo.
La traducción alemana, ya en la primavera de 2008, corrió por parte de la prestigiosa editorial suiza Diogenes Verlag. En este caso decidieron tirar del título de otro de los cuentos, Zehn Wahrheiten (Diez verdades). El diseño, en este caso, ya no tiene nada que ver con la edición original. Han usado la rígida maqueta de todos los libros de Diogenes y han usado la misma foto de Borthwick.
En Italia se dieron un poco más de prisa. Feltrinelli tradujo el libro ya en el año 2007, con un título que traduce tan sólo parte del original: Tu più di chiunque altro (Tú más que nadie), done la idea de pertenencia se queda por el camino. La cubierta no tiene nada que ver ni con el formato original, ni con la fotografía que han usado reincidentemente los otros editores. Incluso la tipografía cambia en la edición de bolsillo aunque se mantiene la imagen de cubierta de la edición en trade escogida.
En España los responsables de Seix-Barral se lanzaron a editar el libro en la primavera de 2009 y han optado por una curiosa mezcla de lo ya comentado. En lo tocante al título son, curiosamente, los más fieles, ya que Nadie es más de aquí que tú es muy cercano al original. Pierde ligeros matices pero sabe trasladar de un modo muy fiel el concepto (enhorabuena en este sentido a Silvia Barbero). Ahora, en el diseño siguen la maqueta tradicional de la editorial con la fotografía de Borthwick, una vez más.
Conviene recordar una vez más la mil veces repetida cita de Juan Ramón Jiménez: un mismo libro, editado de manera distinta, dice otras cosas. ¿Para cuándo se respetará las voluntades del autor y el discurso gráfico que sostiene los libros? Pedir esto en una sociedad que acepta de modo natural y acrítico leer un texto en la pantalla del ordenador o en una PDA, en un e-book que salido de una impresora, y que tiene verdaderos problemas a la hora de gestionar algo tan sencillo como el catálogo de fuentes de su ordenador -hay verdaderos terroristas tipográficos por ahí sueltos-, suena casi verbalización de un deseo ilusorio. Lo sé, pero no por ello hay que olvidarse de recordarlo cada cierto tiempo. Voy a permitirme soñar: los editores de Seix Barral leen esto y, para cuando tengan que lanzar el bolsillo tienen un poco más de cuidado con estas cosas. Total, si sacan pecho con su colección Únicos deberían darse cuenta de que el acabado de un libro es más importante de lo que se suele pensar.


Como curiosidad final, para los interesados, pueden ver una curiosa entrevista/conversación entre la autora y su libro. Uno no sabe si esta mujer es genial o está como una regadera, posiblemente las dos cosas, ahí radica su encanto.

16 marzo 2007

Un maestro excepcional

Cuando comencé a escribir este texto recordé una de las prosas de este libro:
Uno escribe dos o tres libros y luego se pasa la vida respondiendo a preguntas y dando explicaciones sobre estos libros. Lo que prueba que a la gente le interesa tanto o más las opiniones del autor sobre sus libros que sus propios libros. Y en gran parte a causa de ello no escribe nuevos libros o sólo libros sobre sus libros. Para contrarrestar este peligro, tener presente que una buena obra no tiene explicación, una mala obra no tiene excusa y una obra mediocre carece de todo interés. En consecuencia, los comentarios sobran.
Esto puede ser, a qué negarlo, bastante paralizante, porque lo que diga uno de la obra de Ribeyro no va a tener nunca tanto interés como la obra en sí. Pero precisamente eso, en vez de resultar un obstáculo, se me aparece como una ventaja, porque diga las tonterías que uno diga no le va a quitar el brillo a Ribeyro.
Yo oí hablar de Ribeyro de rebote, por pura casualidad. Acababa de entrar en la universidad, y una vez asistí a unas pocas clase me di cuenta de que la literatura tenía poco sitio allí. No es que les interesase la buena o la mala, la de los manuales o la de la actualidad, es que allí no había literatura por parte alguna. Así que yo me pasaba las tardes –yo iba al turno de tarde porque siempre he sido un poco perezoso, y porque repetí COU en un instituto nocturno y me gustó más ese ambiente que el matutino- en el césped de la facultad o en la cafetería, hablando con mis compañeros o leyendo, sobre todo leyendo, y aprovechaba cualquier excusa para oír hablar de literatura. Por entonces yo era uno de esos freaks que asisten a conferencias o a charlas, donde me encontraba con los amigos del conferenciante, los viejos que buscaban entretenimiento y cobijo y algún que otro despistado como uno.
Me enteré de que en la Casa de América le hacían un homenaje a un escritor peruano del que yo lo único que había leído era un decálogo sobre el cuento en los apéndices de una antología. Pero en la noticia se decía que hablaría Bryce Echenique, que era otro autor al que no había leído pero del que un par de amigos me hablaban a todas horas porque estaban fascinados con su Martín Romaña y su Octavia de Cádiz.
No recuerdo bien si Ribeyro había muerto ya o no. Creo que sí, porque sí recuerdo que Bryce, emocionado, estuvo todo el rato desgranando anécdotas sobre su relación. Hay una que siempre he recordado, porque se parece mucha a una de la que fue protagonista mi madre. Parece ser que Ribeyro y Bryce tuvieron que deshacerse de un animal, un gato creo, o un perro, no lo recuerdo. Y lo llevaron al Bois de Boulogne para abandonarlo, y el animal no quería irse. Parece ser que Ribeyro estuvo varios días llevándole comida a escondidas, sin decirle a nadie a dónde iba, no sé si por vergüenza o por pudor. A mí se me quedó grabado eso, porque creo que da el tono de toda la obra de Ribeyro.
Todavía conservo por ahí, entre los papeles que tengo en la casa familiar, el programa del homenaje, porque incluía un retrato muy respetuoso, muy bonito, del autor. No recuerdo el pintor, pero veo perfectamente el cuadro, era muy veraz, se reconoce en seguida a Ribeyro ahí.
Lo curioso es que pasó cierto tiempo antes de que leyese a Ribeyro. Un año o así. Por entonces yo frecuentaba un grupo de amigos, maravillosos, donde reuníamos dinero por el cumpleaños de cada uno para hacerle un regalo majo. Yo acostumbraba a hacer trampa, y me daba una vuelta por librerías con una de las amigas, tal vez la mejor, y le decía qué libros me hacía más ilusión tener. Luego, al regalármelos, me maravillaba el profundo conocimiento que tenían de mí mis amigos. Así fue como tomé posesión de los Cuentos completos de Ribeyro en la edición de Alfaguara.
Todavía hay cuentos de ese libro que no he leído, pero da igual. Cada cierto tiempo busco el libro y leo alguno. Buena muestra de que le tengo cariño es que es de los libros que no dudé en traerme de la casa familiar en cuanto me mudé.
Las Prosas apátridas las leí por primera vez cuando comencé a trabajar en mi actual empleo. Una de las ventajas de trabajar en un taller de escritura como en el que trabajo es que los libros forman parte de la decoración del trabajo, así que un día, buscando entre la biblioteca del taller me encontré un ejemplar precioso de la edición de 1975 diseñada por Clotet y Tusquets. Habría sido lo ideal que en las sucesivas ediciones se hubieran animado a mantener el originalísimo diseño del libro –hay que decir que, dentro de la colección Cuadernos marginales, en Tusquets se permitieron muchas alegrías con el diseño de los libros, porque La historia secreta de una novela, que es el texto de Vargas Llosa sobre cómo escribió La casa verde, salió editado con el texto en tinta verde. La portada era una reproducción de un pasaporte, donde podía apreciarse el sello de la Jefatura superior de policía y la firma del Inspector regional de servicios junto a la firma del propio Julio Ramón Ribeyro y una foto suya con los dos remaches para fijar la fotografía típicos de los pasaportes clásicos. Lo dicho, una preciosidad.
Aquel libro me deparó muchos momentos agradables, porque estaba lleno de verdades. Cada una de las ochenta y nueve prosas del libro era imprescindible, pero había algunas verdaderamente memorables.
Como ejemplo, y para darle un poco de altura a este texto, voy a citar otra prosa de Ribeyro:

Arte del relato: sensibilidad para percibir las significaciones de las cosas. Si yo digo: «El hombre del bar era un tipo calvo», hago una observación pueril. Pero puedo también decir: «Todas las calvicies son desgraciadas, pero hay calvicies que inspiran una profunda lástima. Son las calvicies obtenidas sin gloria, fruto de la rutina y no del placer, como la del hombre que bebía ayer cerveza en el Violín Gitano. Al verlo, yo me decía: “¡En qué dependencia pública habrá perdido este cristiano sus cabellos!”.» Sin embargo, quizás en la primera fórmula resida el arte de narrar.

¿Cómo no quedarse profundamente apelado por este texto? Es un verdadero canto a la naturalidad, a huir de la retórica como primer paso de todo creador. Porque la retórica es algo que sirve para hacer artefactos, artificios, pero no vida.
Leí y releí muchas veces este libro, y lo coloqué cerca del de sus cuentos, para tenerlos siempre a mano, para no olvidarlos. Cómo se puede expresar mejor la fidelidad, el respeto hacia un autor. Cuando en nuestra vida real decimos que queremos tener a alguien cerca –a nuestros familiares, a nuestros amigos, a nuestra pareja- estamos evidenciando, verbalizando, nuestro cariño.
La tentación del fracaso lo compré en una visita a una amiga en Barcelona. Fue un domingo por la mañana, en el Mercat de Sant Antoni, uno de los lugares mágicos que uno debe conocer. Las últimas veces que he acudido he quedado algo desilusionado. Como sucede en la vida real, los libros se están quedando arrinconados. Hay casa vez más puestos de videojuegos, de vendedores de CDs y demás consumibles informáticos. Uno no sabe si pedir al ayuntamiento de Barcelona que les abra un mercado nuevo a ellos o que les de otro lugar a los libreros. En mi última visita comprobé hasta qué punto uno puede odiar a la gente.
Lo encontré muy barato, a mitad de precio, en el puesto que tiene un novelista catalán muy simpático, que luce melena canosa y gorra de guerrillero. Me lo vendió su mujer, y recuerdo que al pagarlo me dijo: «Te llevas un libro magnífico». Le pregunté por qué, si era tan bueno, se desprendían de él, Me dijo que tenían la fea costumbre de moverse por la casa, y que con tanto libro no podían.
Leer las anotaciones de Ribeyro fue otro de los placeres que me deparó su obra. Por aquella época me convencí de que el mejor autor que ha dado Perú a la literatura es Ribeyro. Vargas Llosa es bueno, muy bueno, en algunas ocasiones. Pero a veces se deja llevar no ser si por presiones editoriales, económicas al fin y al cabo, o por su ideología. Desde que le dieron el Nobel a García Márquez, Vargas Llosa sólo ha entregado a la imprenta una buena novela, La fiesta del Chivo, y eso es algo que a Ribeyro nunca le hubiese pasado. Ahora es cuando el listo dice: ¿Qué pasa, que ese tal Ribeyro escribía siempre bien? Y uno puede contestar: No, seguramente Ribeyro paría muchas páginas horrorosas, pero luego las destruía, desde luego no llegaban a la imprenta. Esa lección no la ha aprendido Vargas Llosa, pero tampoco la ha aprendido, por ejemplo, Benedetti, y en su caso es peor, porque al menos Vargas Llosa sabe escribir. Me he ido por los cerros de Úbeda.
Convencido uno ya de la calidad indiscutible de su obra, cuando a comienzos de este año se publicaron las Prosas apátridas en edición completa uno se puso a dar saltos. De ochenta y nueve a doscientas. Bien es cierto que la media de calidad de las primeras está por encima de las nuevas, de las que no conocíamos, pero ¿quién estuviera a la altura de las nuevas? Ribeyro es un autor escaso, poco dado a enseñar su obra, pero cuando lo hace uno tiene la sensación de estar presenciando algo único. A veces es arbitrario, sí, ¿y qué? Siempre es brillante, siempre es él, único.
Literatura es afectación. Quien ha escogido para expresarse un medio derivado, la escritura, y no uno natural, la palabra, debe obedecer a las reglas del juego. De ahí que toda tentativa para dar la impresión de no ser afectado –monólogo interior, escritura automática, lenguaje coloquial- constituye a la postre una afectación a la segunda potencia. Tanto más afectado que un Proust pude ser un Céline o tanto más que un Borges un Rulfo. Lo que debe evitarse no es la afectación congénita a la escritura, sino la retórica que se añade a la afectación.
Como siempre exacto, como siempre maestro. Ribeyro huye de la retórica, de la impostura, porque para él la escritura, la literatura, no es un medio para ganarse la vida, no es un mero oficio. Es algo más, es un método de conocimiento. El escritor no escribe para los demás, lo hace para construirse un mundo, para tomar conciencia de sí mismo. Más que fijar un pasado lo construye mediante la escritura.
Ayer recordé súbitamente las noches de Miraflores y empecé a escribir una narración. Entonces y sólo entonces me di cuenta de que esas noches –dos o tres de la mañana- tenían una música particular. No eran silenciosas. En esa época, cuando vivíamos esas noches, decíamos incluso: «¡Qué tranquilidad! No se escucha nada.» Pero era falso. Sólo ahora, al rememorar esas noches con el propósito de describirlas, puedo darme cuenta de los rumores que las poblaban. Resacas de los acantilados, quejidos del lejano tranvía nocturno, ladridos de perros en las huecas y una especie de zumbido, de estampido persistente y ahogado, como el de una trompeta que gime en el fondo de un sótano. Comprendí entonces que escribir, más que transmitir un conocimiento, es acceder a un conocimiento. El acto de escribir nos permite aprehender una realidad que hasta el momento se nos presentaba en forma incompleta, velada, fugitiva o caótica. Muchas cosas las conocemos o las comprendemos sólo cuando las escribimos. Porque escribir es escrutar en nosotros mismos y en el mundo con un instrumento mucho más riguroso que el pensamiento invisible: el pensamiento gráfico, visual, reversible, implacable de los signos alfabéticos.
Lo que sucede es que Ribeyro, además de conocerse y explicarse el mundo mediante su escritura, nos legó una herramienta única para conocernos a nosotros y a nuestro mundo a través de su obra.
Las Prosas apátridas son un breviario, una condensación de su literatura y su vida, de su filosofía –entiéndase esto con la benevolencia pertinente- y una puerta inmejorable a un mundo único. En ese mundo se nos va a pedir mucho, se nos va a exigir, pero aquél que esté dispuesto a lanzarse y jugársela saldrá recompensado con creces. Ribeyro no será nunca un autor de masas, hay que ser muy exigente con uno mismo para estar a la altura de su obra, y la gente, a qué mentirnos, no está por la labor.
Julio Ramón Ribeyro Prosas apátridas Seix-Barral, Barcelona, 2007

09 marzo 2007

Moneda de cambio

La publicación de la nueva novela de Ricardo Menéndez Salmón ha servido, más que para brindarnos una novela memorable –que debería ser el fin, o al menos el objetivo de todo narrador que se enfrente al género- para evidenciar los turbios mecanismos de la crítica mercenaria en este país.
En este blog se ha hablado ya tanto mal –por su libro de relatos Los caballos azules- como bien –por su relato Gritar- de Menéndez Salmón como escritor, y se ha hablado –porque se ha hecho merecedor de ello al comportarse como un caballero- siempre bien de él como persona. Lo apunto porque me parece importante dejar clara cuál es la posición de cada uno a la hora de enfrentarse a la obra de un autor, ya que en un mundo ideal seríamos justos e imparciales al extremo, pero en este, de momento, tenemos muchos problemas para serlo.
Yo creo que en esta novela se mezclan los dos autores que lleva dentro Menéndez Salmón. Por un lado el autor excesivamente retórico y estático, que se regodea a veces en el uso de circunloquios y énfasis que le hacen pocos favores a las historias que quiere narrar –en un momento de esta narración el autor se refiere al protagonista, que ha perdido su capacidad de sentir, como emasculado, lo que no deja de ser un exceso evidente-, que se deja llevar en exceso al palabrerío que no aporta en sí nada ni a los hechos ni a la plasmación de los sentimientos y que deja un regusto a redicho, a un decir empalagoso que cansa rápido. Pero también comparece en el texto el autor que se deja de retóricas para enumerar de un modo exacto, directo y eficaz los hechos que quiere narrar, sin olvidar matizar siempre esos hechos para hacerlos más verosímiles y humanos.
O sea, que La ofensa sirve como tarjeta de presentación del narrador que Menéndez Salmón es, con todas sus virtudes y todos sus defectos. Uno cree que, dependiendo de la visión que cada uno tenga de lo que debe ser la literatura, unos reivindicarán con fervor y otros denostarán esta novela. A mí, personalmente, no me ha gustado, porque entiendo que el escritor sobreactuado abunda más que el preciso, y porque me parece que no ha logrado plasmar ni esa mutilación sentimental del protagonista ni ha sabido resolver la trama de un modo coherente y acorde al ritmo narrativo que ha planteado. Tal vez haya influido a ese estilo vacilante –u oscilante- del texto el largo arco de tiempo que, a tenor de las fechas que cierran el libro, parece haber llevado su escritura. Tres años para ciento cuarenta y dos páginas de generosa tipografía parece sin lugar a dudas mucho tiempo, y esos cambios en la visión de la obra y en la evolución de la trama parecen haber dejado su huella en esos cambios de criterio y vacíos argumentales –costurones los llamaba Cela- en que cae la novela. Y, como botón de muestra, indicaré que, mientras las cuarenta primeras páginas de la novela las leí en un momento, la finalización de la misma se demoró una semana por la sencilla razón de que toda excusa era buena para coger otro libro o hacer otra cosa.
Ahora bien, lo más curioso de la publicación de este libro ha venido de la respuesta que ha obtenido dentro de los suplementos culturales de los diarios nacionales. Rafael Conte, en una prosa abigarrada y ardua, en la que el lector debe poner el orden que la edad o la enfermedad no le han dejado poner a él, se reivindica como el descubridor del autor –lo que no deja de ser otro hecho curioso, porque uno piensa que es el editor que se la jugó con la obra de un autor joven y desconocido el que debería ponerse esa medalla- para pasar a continuación a defender a su protegido –no digo que lo sea en la realidad, pero leyendo el artículo de Conte se desprende que él lo siente como tal- de los ataques recibidos, de tal modo que uno sospecha si no es su propio estatus de crítico decano el que quiere mantener.
Y para ello no se corta ni un pelo en bendecir –así son estos críticos canónicos- con su visto bueno la crítica favorable que hiciera Pozuelo Yvancos en ABC del libro de Menéndez Salmón y en despreciar la de Senabre en El Mundo, que no era tan benévola con la novela, y que no ha sabido apreciar el final “sorprendente”, pero tanto da porque lo que sucede es que no está capacitado para ello. Y a uno, que no está en este mundo para juzgar a la gente por sus opiniones le parece bien que a unos les guste y a otros no la novela –yo ya he dicho más arriba lo que pienso de ella- pero sí que me preocupa la caradura que se puede llegar a tener para defender la visión propia sobre todo cuando se dicen –se escriben en este caso- verdaderas tonterías, que finalmente le hacen un flaco favor al autor del que se quiere hablar bien, porque, y esa es una verdad afilada pero irrebatible, no hay peor crítica que el halago de un necio.
“¿Demasiado “estática” o demasiado “estética”? Pues bien, quizá las dos a la vez, según corresponde a la “ética” literaria de Ricardo Menéndez Salmón…” Este es el inicio de la reseña de Conte. No termina uno de entender la adversativa o disyuntiva con que se abre el texto, porque no entiende uno que sean aspectos contrapuestos. Se puede, perfectamente, ser estético y estático, sin que lo uno signifique mengua de lo otro, pero lo que no entiende uno es que eso, que es cuestión de estilo, tenga que ver con la ética del autor. Se deduce por tanto que el señor Conte está siendo, sencillamente retórico y vacuo, como acostumbra, y como demostrará a lo largo de su crítica.
Tras la autoimposición de medallas y el repaso al ISBN y las búsquedas del Google, y tras repartir parabienes e indultos a sus jóvenes compañeros en las lizas críticas, el ínclito reseñista descarga su batería pesada, lo importante del texto, la valoración que supondrá la salvación o la condena de la obra.
La ofensa es una novela corta y deslumbrante, llevada de mano rápida por un estilo extraordinario, barroco y preciso, que encierra una fábula universal y fulgurante, aunque quizá más estático de lo debido, pues el contenido prevalece sobre la excesiva forma.”
Sobra decir que ningún editor colocará esta cita en una faja promocional, porque la lectura y desentrañamiento de la oscura sintaxis de Conte le alejaría del libro más que incitarle a comprarlo. Lo de “llevada de mano rápida” es bueno, pero que sea capaz de decir que el estilo es preciso y barroco suena a cachondeo, pero que diga que es estático porque el contenido prevalece sobre la forma me lo tiene que explicar algún docto ingeniero que sea capaz de tender puentes sobre el parrafito.
Yo, tras leer la reseña hagiográfica llegué a la conclusión de que el libro de Salmón es maravilloso porque es barroco pese a que el contenido prevalece sobre la forma, y que es preciso pese a que es más estático de lo debido, aunque, pese a su estatismo, narra de un modo fulgurante una fábula –por cierto, no se explicita si es una fábula tal y como la entienden los formalistas rusos, si lo es por el uso de figuras míticas o si lo es por la personificación de animales- universal.
O sea, que escribiera lo que escribiera Menéndez Salmón, Conte lo iba a poner bien, porque en defender a su “descubrimiento” se la jugaba.
Lo dicho, yo creo que en toda esta historia el que recibe el más flaco favor es el propio autor de la novela, que pierde la oportunidad de ver una crítica sólida y razonada de su obra –fuera esta objeto de una valoración positiva o negativa- en favor de ser objeto de mercadeo sobre el prestigio de un crítico u otro. Y sirva como ejemplo la alusión a la cita de Brodkey que el autor coloca al frente de su novela, en la que Conte se “olvida” de citar a la muerte como agente de esa agresión de lo real frente a la fantasía, haciendo perder todo sentido a la cita.
Ricardo Menéndez Salmón La ofensa Seix-Barral, Barcelona, 2007

16 enero 2007

Yo necesito Dylarama

Una de las cosas buenas que tiene insistir es que uno descubre, aunque sea tarde, cosas maravillosas que se estaba perdiendo. Recuerdo que de niño no comía nunca jamón, y ahora no puedo vivir sin él, o que el primer bocadillo de calamares que comí no me gustó nada, o que de pequeño no comía casi pescado, y por eso cada cierto tiempo me da por comer algo que no me gusta, a ver si ahora las cosas han cambiado.
Yo intenté leer a DeLillo después de leer una entrevista en la que Paul Auster hablaba de su amigo como uno de los novelistas más interesantes de su país. Me acerqué a la biblioteca donde me surtía en esa época y me llevé en préstamo Submundo. Lo intenté, pero ese partido de béisbol con el que se abre el libro se me hizo eterno, y lo dejé. Pero siempre tuve a DeLillo en la cabeza, incluso alguna vez volví a coger prestado el mismo libro, pero nunca me decidía a leerlo –la verdad es que las setecientas páginas que tiene la novela son bastante intimidatorias-.
Decidí que el momento idóneo para acercarme fue cuando apareció Libra en la edición de Seix-Barral, pero por casualidades del destino la aparición del libro coincidió con la mudanza a mi actual casa y el libro de DeLillo se ha quedado un montón de tiempo guardado y sin estar a la vista –y yo leo los libros que tengo a la vista, por eso toda superficie horizontal de mi casa, incluso la tapa de la cisterna, tiene libros encima, así que no busco un libro guardado salvo que tenga mucho interés en él.
Y resultó que el libro que se quedó muy a la vista cuando me lo remitieron desde la editorial fue Ruido de fondo, así que lo leí casi de inmediato con progresiva fascinación. Es una magnífica novela, que señala de un modo directo y muy inteligente la misma esencia del individuo, ese vacío de lo real del que habla Zizek en sus textos usando términos lacanianos –bienvenidos al desierto de lo real-. Construir una historia sobre la muerte, sobre el miedo a morir y los sucedáneos de sensaciones y experiencias a los que llamamos vida y que resulte original y entretenida es muy difícil. Pero esta novela lo es.
Es una historia que juega al despiste, a abrir senderos argumentales que atraen al lector y que luego desecha porque el vacío que está en el centro mismo de la condición humana es el objetivo de esta novela. Además, la muerte está presente mediante símbolos a lo largo de toda la historia. Y siempre de un modo brillante. Los alimentos que o bien son transgénicos o bien producen cáncer, la radiación persistente, los temores de los hijos, la obsesión de los padres. Todo está encajado a la perfección para contarnos una historia sobre la degradación vital del hombre moderno. Un hombre muerto en vida al que le aterra la muerte, con un ansia existencial absurda e incomprensible porque no es tanto la carencia de sensaciones y de pensamiento que sobreviene con la muerte lo que teme, sino el cambio que supone. El hombre que retrata DeLillo, paradigma de la sociedad estadounidense y, por el mecanismo de contaminación cultural en que nos encontramos, de toda la sociedad mundial, es un zombi que vive aterrado ante la posibilidad de cambiar de situación. Quiere sensaciones y experiencias pero si las vive se siente totalmente perdido, y buena muestra es el largo episodio central del escape tóxico que sirve como eje de la novela, desde ese momento se aprecia la ineptitud de los protagonistas para vivir su vida. Somos incompetentes que no aprovechan su vida y, por eso, tememos el final de la misma, postergamos eternamente todo y, de repente, nos sorprende que alguien nos recuerde el final de todo. Y DeLillo se enfrenta –y nos enfrenta- cara a cara a ese temor, y por eso su novela es única.
La invención de esa droga genial, el Dylarama, es una muestra más de la capacidad profética de DeLillo. Cualquier que haya oído hablar del Prozac y del elevado número de adictos a esa medicina que hay en los USA sabe de qué hablo. El Dylarama ha pasado, junto al Soma a ser una de esas drogas de ficción para una posible antología de drogas de ficción –qué curioso, un inventario de sustancias que nos ayudan a montar ficciones pueden ser también inventadas-.
Sorprende los veintidós años que tiene este libro, publicado en el año 1984 resulta terriblemente actual en el mundo que retrata –tanto que José María Guelbenzu, en la reseña que publicó en Babelia decía que era del noventa y cuatro, lo que no es sorprendente porque cuando se editó Libra lo consideró una novedad editorial al hablar de la novela como “la última de su autor”, se ve que este hombre no se entera mucho de lo que sucede a su alrededor, y eso, como decía Carmen Baroja de su hermano Pío, “no es muy bueno para un novelista”-. Las referencias, el mundo que construye para que el lector deambule por él es sorprendentemente actual, si hablaran por el móvil sería como estar en el 2006. Esta novela es una verdadera delicia.
Como todo no puede ser perfecto, hay algo que lamentar, y es que las editoriales españolas sigan tirando por la calle de en medio a la hora de editar, sin cuidar la obra ni pensar en los lectores. No es esta la primera edición de la novela de DeLillo en España. La editó en el 1994 Circe, con la misma traducción que han usado ahora, de Gian Castelli, que está pidiendo a voces una revisión. Por poner un ejemplo, uno sólo pero significativo teniendo en cuenta que hablamos de una traducción, en un momento dado de la novela leemos algo de los internos del “asilo”, que entendemos por lo tanto como ancianos, ya que son ancianos a los que se interna en asilos. Pero no, resulta que son locos, así que se da uno cuenta de que el traductor ha convertido el asylum –manicomio u hospital psiquiátrico, a elegir- en un asilo de ancianos. Así que le asaltan a uno las dudas de cuántos “falsos amigos” habrá en la traducción.
Y, pese a esas dudas, uno sigue leyendo enganchado, fascinado por la capacidad de DeLillo de levantar una metáfora fascinantemente precisa de nuestros deseos y temores.
Don DeLillo Ruido de fondo Seix Barral, Barcelona, 2006

08 enero 2007

Un paseo por la vida

Desde que alcanzase la fama y el prestigio internacional con El perfume se ha sabido muy poco de Patrick Süskind. Sabemos que es un tipo esquivo, y que sus libros editados desde entonces han sido muy escasos. Por eso la edición de este libro ha supuesto toda una alegría para sus lectores –entre los que me encuntro- que llevábamos desde el año noventa y seis sin poder leer título alguno suyo –y eso teniendo en cuenta que el libro que se editó entonces era realmente anterior a su famosa novela-.
Este breve ensayo, que se ha editado en la cuidada colección Únicos –vaya por cierto desde aquí la felicitación a Diego Feijóo por el bello diseño de la colección- es una lectura llena de sugerencias para el lector atento.
Decir algo novedoso sobre la relación entre el amor y la muerte es muy difícil, pero Süskind lo logra, porque repasa una serie de ejemplos y de mitos que han pivotado siempre en torno a esa tensión inherente entre el eros y el tánatos.
Una de las primeras cosas que evita es centrarse en el amor físico, entendiendo como tal la realización sexual. No le interesa el hecho de que el orgasmo se pueda considerar una “pequeña muerte” como dicen los franceses, o que sea a través del sexo como se pueda sublimar la pulsión de muerte o sentirse más vivos. Desde el inicio se nos enmarca en un campo dialéctico muy claro: el amor, entendiendo como tal la fusión espiritual y sentimental entre dos almas.
Por eso, tras repasar una serie de ideas y de aspectos llega a los dos mitos, uno griego, otro judeocristiano de retornos de la muerte. Tan sólo Jesús, que estuvo muerto y resucitó, y Orfeo, que visitó el Hades en busca de su amada Perséfone, ha vuelo del mundo de los muertos. Y ambos lo han hecho por un motivo: el amor. Lo que sucede es que los dos tipos de amor son muy distintos, mientras el de Jesús es un amor fraternal y místico, el de Orfeo es mucho más prosaico, y por eso mucho más entendible y realizable por el ser humano. Son los dos ejemplos de victoria sobre la muerte enarbolando la bandera del amor.
Frente a la visión romántica del enamorado que se inmola porque no puede soportar la carencia de amor o su exceso como ideal intangible, Orfeo se enfrenta a la muerte para recuperar su amor, está dispuesto a ir más allá de lo que ningún hombre ha ido por conseguir estar junto a su amada. Jesús lo hace también pero de un modo distinto, divino. ¿Qué busca Orfeo en su visita al reino de los muertos?, a su amada; ¿qué busca Jesús al resucitar?, poder, estrictamente poder.
En un momento como el actual, donde cada vez aparecen más libros dedicados al mito órfico y a su capacidad de incorporar un tipo de pensamiento y de sentimiento del que nos hemos alejado, no es casual la comparación que establece Süskind. Los cultos órficos nos preparan para la muerte, interpretan la muerte no como el premio o el castigo sobre nuestras acciones en la vida, como sucede en el culto cristiano –ya sea en la versión católica, donde se recompensa la bondad en la tierra, o en la protestante, donde el hombre se salva por la fe y en esta vida disfruta ya de un anticipo de la felicidad del otro mundo porque es bien visto a los ojos de Dios-, sino que consideran la muerte una parte más de la vida. Una de las cosas que debe hacer el hombre es aprender a morir, y por eso realizan ritos destinados a conocer la muerte, a permanecer muertos en vida para poder asumir mejor el postrero viaje. El mito de Orfeo es, de hecho, una sucesión de muertes, que se entienden como procesos de cambio, tras cada muerte hay una nueva vida, y así hasta el infinito. Por lo tanto la muerte no es el fin, sino una cesura más en el proceso. De hecho, la visión órfica supone que en el paso de la niñez a la madurez hay una muerte, lo que sirve de ejemplo del distinto modo de ver el mundo de ambas propuestas.
Lo curioso es que tanto un culto como otro están basados en el amor. Frente a la visión tiránica y vengativa del Dios del Antiguo Testamento, Jesús es una figura envidiable, posiblemente la mejor marca de la historia, con el mejor eslogan –Ama al prójimo como a ti mismo- y que rentabiliza de un modo único el amor. Pero siempre un amor fraternal, que huye del placer hedonista y que coloca siempre la fe por encima de las pasiones del mundo. El culto órfico es más humano, más cercano, y posiblemente más verdadero, postula la capacidad de vencer a la muerte –que no quiere decir ser inmortal, sino asumir su presencia como una parte más de la vida, sin necesidad de que sea un ajuste de cuentas con nuestra conducta o nuestra fe- desde uno mismo, viviendo con plenitud la vida, viajando dentro de uno mismo. Orfeo va en busca de su amada, no por la amada, sino por él, porque la necesita junto a él, pero paradójicamente es al amarse a sí mismo cuando mejor expresa el amor que siente por su pareja. Frente a la visión “comunitaria” del cristiano, que predica el amor al prójimo, el culto órfico aboga por el amor a uno mismo. Es lo mismo y no lo es, porque aunque los objetivos son los mismos el camino no lo es.
Resulta muy esclarecedor presenciar como los pensadores marxistas y neo marxistas más interesantes que hay hoy están transitando senderos órficos en pos de su lucha frente al sistema. No creo que sea casual que, frente al sistema capitalista y publicitario que domina en el mundo occidental –y por extensión en todo el planeta- y cuyo paradigma organizativo es la Iglesia, los ideólogos de ese “otro mundo posible” hayan encontrado en el pensamiento mítico del orfismo una salida.
Patrick Süskind Sobre el amor y la muerte Seix-Barral, Barcelona, 2006