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25 febrero 2012

Los uno y mil lectores


La lectura es, ante todo, soledad. Ahí reside en buena medida su carácter socavador e incendiario, en el hecho de que el lector permanece aislado de lo que le rodea, se aparta de la sociedad para sumergirse en los sentimientos o las ideas que le proporciona ese mundo al que accede al abrir el volumen del libro. De ahí que la escena que viví hace un par de días resulte, cuanto menos, paradigmática de los mecanismos que el mercado despliega para desactivar esa característica individualidad del hecho lector. En una de las sesiones de la clase de No-ficción que imparte Muñoz Molina en la NYU, una compañera señaló que ese cita del libro que comentábamos que nos había leído había sido subrayada también por veinte lectores. Dicha información se la proporcionaba su lector de libros electrónicos, un Kindle por más señas, a través de una intrusiva aplicación del aparato que, al instante, desató el sarcasmo más desaforado entre los participantes de la clase. El propio Muñoz Molina no tuvo reparos en señalar lo inquietante del asunto: por encima de otros aspectos, la intención de esa función es violentar la lectura solitaria y desprejuiciada, uno de los derechos que todo lector debe exigir. Como bien remató, “al final todo se va a resumir a la estupidez de darle o no al Me gusta”.
Pero, al mismo tiempo, pensé en el fenómeno en expansión en España, porque en los Estados Unidos es algo perfectamente consolidado, de los clubs de lectura, que no son sino una representación, uso de forma plenamente consciente esta palabra con evidente carga teatral, de ese acto de lectura en común. Lejos de servir para un conocimiento más profundo del libro, las sesiones de un club de lectura suelen limitarse a una sucesión de despropósitos que, bajo una interpretación desviada de la teoría de la recepción, no buscan más que la exhibición de un saber burdo o la apropiación de un texto dentro de las obsesiones personales. Nada que ver con la idea de lograr entre todos una intensificación del conocimiento. La lectura como acto silente fue una conquista sobre la que mucho se ha escrito ya: Agustín de Hipona trastoca la mecánica esencial del acto desde la lectura en voz alta en la que uno era el lector como tal y el resto de los monjes escuchaban a una práctica individual y, ante todo, silenciosa. Las puntuales repeticiones de la práctica preagustiniana, provocadas por el analfabetismo o la carestía del libro, no modifican el profundo cambio que se ha producido en el modo de relacionarse con el libro, que es ahora individual. Parece una evolución, pero se conoce que no, que la masa sigue pesando más, incluso en estos menesteres.
El mercado, dictado por argumentos cuantitativos, ha querido siempre despreciar esa relación, carente de toda importancia económica entre individuos solitarios por gestos que implican la masa, el número. Las listas de ventas son, tan sólo, la punta del iceberg de un proceso de más hondo calado, destinado, ante todo, a rebajar la importancia del acto vivencial que supone la lectura. En una relación individual hay una conversación entre dos iguales. Frente a ello una relación de grupo impone la existencia de seguidores, tendencias, etc. Como mucho puede admitir las corrientes de opinión, que para constituirse como tales implican un grupo que las siga. ¿Puede haber una corriente sin una masa que la soporte? Por eso, cuando se produce el triunfo burgués, los artistas más lúcidos desprecian la autoridad impuesta por el mercado. Ni Baudelaire, ni Flaubert, que son siempre citados a este respecto, pero incluso Stendhal, anterior, se dirigen hacia el público, jamás, sino que lo hacen a lectores individuales, únicos, que son en sí una construcción ideal, más o menos fantasmática dependiendo del contexto de cada uno, y por lo tanto un único lector. Los autores más perspicaces, los más inteligentes, por qué no decirlo claro, jamás reconocen tener público, aun en el caso de tenerlo. Autores tan alejados estéticamente como César Aira o Andrés Trapiello hablan, siempre, de sus lectores como seres individuales que van conociendo, casi fatalmente, de uno en uno. Más allá de una impostura genial hay, me temo, que creer a pie juntillas esa afirmación.
Damián Tabarovsky, en una reciente columna publicada en Perfil, confiesa que durante la redacción de su ensayo 'Literatura de izquierda' apenas trataba con dos lectores: Héctor Libertella y Fogwill, que además eran vecinos a los que veía con andar apenas un par de cuadras desde la calle Thames donde entonces vivía. No creo que sea una pose, al contrario, es una realidad absoluta, porque lo que busca un escritor auténtico es un lector único capaz de entenderle, de comprender el alcance real de la ambición de su escritura. No cantidades ingentes de lectores que usan los libros como pañuelos de papel, perfectamente intercambiables.
César Aira, que debe ser leído en sus libros y más allá de sus libros, de ahí lo verdaderamente novedoso y radical de su postura, lo ha dejado claro con uno de sus últimos proyectos geniales. De 'Los dos hombres', una de sus novelitas escrita ya hace cinco años y publicada en noviembre de 2011, apenas se han impreso cincuenta ejemplares. Una edición limitadísima que acota drásticamente la circulación del libro. Con ello Aira señala que la profusa obra que viene desplegando desde hace ya treinta y cinco años no requiere de muchos lectores, con cincuenta puede ser suficiente. Incluso menos parece decirnos, porque de toda edición quedan siempre remanentes.
Por eso me parece de una candidez absoluta la ansiedad de muchos autores por tener muchos, muchos lectores, a los que antes o después unifican en un sustantivo singular al denominarlos público. Mi público, como dicen las folclóricas. Puede uno entender que detrás de esa postura haya una justificación profesional, no me parece mal la voluntad más o menos ingenua de vivir de la literatura, pero no encuentro explicación alguna desde la que defender y justificar artísticamente esa postura. Aún así, se empeñan en buscarla con argumentos verdaderamente endebles.
En todo caso, no dejo de preguntarme qué haría yo con, por ejemplo, los quinientos lectores que a otros les parecen poco. Sobre todo porque no tengo tazas suficientes en casa para que puedan tomarse todos un té, ni siquiera, me temo, creo que cupieran dentro. Y me da no sé qué dejarlos en la calle, a esas horas y con la casa tomada.
Texto aparecido en la revista numerocero
César Aira, en la imagen, durante la firma y numeración oficiales de los cincuenta ejemplares de "Los dos hombres".
La fotografía es de Melina Constantakos

15 junio 2007

Buscando genealogías

Ha querido la casualidad que haya coincidido casi en el tiempo la asimilación –que no la lectura, que realicé apenas apareció el libro a la venta de un modo voraz-, del último de los diarios de Andrés Trapiello, La cosa en sí, que hace ya el décimo cuarto de la serie que él ha dado en llamar Salón de pasos perdidos -me está quedando esta frase muy a lo Rafel Conte-, con la lectura de uno de los artículos recogidos en un volumen sobre Vila-Matas –que tiene una presencia importante en esta última entrega diarística de Trapiello. Concretamente con uno que dedicó José María Guelbenzu a Bartleby y compañía en la revista Claves de la razón práctica. En dicho artículo elabora Guelbenzu con su habitual perspicacia crítica y conocimiento del medio la teoría de una posible nueva novela, que discurre por el terreno de la autoficción, y en la que encuadra, además de la novela de Vila-Matas, a Sepharad de Muñoz Molina –que no versa especialmente sobre el propio Muñoz Molina, ahí es donde se ve que a Guelbenzu le va más eso de ir de oídas y barrer para la editorial que le da cobijo- y Negra espalda del tiempo de Javier Marías –al menos esta vez sí, querido Guelbenzu, esta vez sí.
Bien, si el amigo Guelbenzu se diera una vuelta de vez en cuando por una librería, o leyese los folletos publicitarios que se entregan gratuitamente con los diarios nacionales bajo el nombre de Suplementos culturales, conocería la obra de Andrés Trapiello. El primero de los volúmenes de sus diarios se editó en el año 1990, casi diez antes que estos experimentos autoficcionales que él analiza como una nueva tendencia de la literatura. Por encima de la evidente simpleza del razonamiento de Guelbenzu, él considera que lo relevante es la palabra que el autor o el editor coloque bajo el título del libro, ya sea novela o diario, que el resultado en sí de la obra, llama la atención la ceguera con que, en general, actúa la crítica hispana.
Ahora, diecisiete años después de que se iniciase la publicación de esta novela en marcha –lea usted con atención, querido Guelbenzu-, pocos se atreven a negar su importancia. A veces el propio autor se molesta cuando los que tienen los ojos un poco más abiertos le señalan este torrente narrativo como su obra magna, porque estima que parecen querer hurtarle méritos al resto de sus libros. Pero la realidad es que, a fecha de hoy, el monumental diario que se acerca ya a las diez mil páginas –qué contento se pondría Javier Marías de llegar a esas diez mil páginas, él que presume de las mil quinientas de su trilogía- es, sin duda, su obra cumbre. Y va a ser difícil que se le apee de ese lugar porque no tiene visos de perder fuerza aunque van pasando los años.
Cuando Philippe Lejeune elaboró su teorías sobre la autoficción estaba pensando más en una obra en perpetuo cambio, siempre en construcción, como son los diarios de Trapiello. Una novela a la que cada año se le añade una nueva entrega, en la que se toma como referente la vida real del autor para pasarla al completo por el filtro e la literatura. ¿Qué es la literatura? La palabra, la sintaxis, la ficcionalización de lo real. Y eso es lo que sucede en cualquiera de los diarios de Trapiello. Trabaja con materiales reales, pero el resultado no lo es, es literatura, literatura que bebe de la vida, pero literatura al fin y al cabo. Vida hecha con palabras, literatura hecha de vida.
Una de las razones por la que se ha atacado a estos diarios es por su heterodoxia. No son los diarios que alguien escribe cada noche y no retoca nunca, deja que maceren con el tiempo y publica tal cual. No, al contrario, se trata de una obra escrita de un modo consciente, recreando de un modo artístico las anotaciones que el autor tomó a modo de cuaderno de bitácora cinco años antes. Y en la redacción de ese diario puede respetar o no lo que escribió, puede crear y puede callar, pero siempre desde una perspectiva novelística. Trabaja con su vida pero no refleja su vida, sino que la recrea literariamente. Ahí radica la modernidad esencial de toda esta obra. Lo que sucede es que es más sencillo quedarse con la parte superficial del asunto y tildar a la obra de producto decimonónico, como si con ese adjetivo se denigrase una obra -¿alguien se imagina como un insulto decir que algo es “muy siglo catorce”?, es de risa-, cuando realmente se está demostrando la impericia de lector de entender la obra. Hay una expresión castiza muy recurrente, que es la de “le conocerán en su casa” que decimos de modo irreflexivo y algo absurdo, porque no conocer a un artista no es tanto problema suyo como nuestro. Algo parecido sucede con la obra de Trapiello, y específicamente sus diarios. Es más sencillo decir que uno no entiende como un hombre puede escribir ochocientas páginas sobre lo que le ha sucedido en un año, afirmar que hace falta ser muy egocéntrico, reírse de los títulos de los libros porque usan palabras poco comunes, que leerlos con la mente clara y el corazón limpio, que es como debe leerse todo libro para ser justos con él.
Vivimos en una época un poco papanatas, donde se valora la novedad por el mero hecho de ser novedad –como ya resulta difícil que surjan nuevas ideas ahora se habla de tendencias, efímeras y superficiales como las mercancías de un mercado- y cuenta más la publicidad que la calidad del producto. En muchas empresas se gasta más dinero en publicidad y packaging que en fabricación del producto, y así nos va. Si decidimos, todos a una –los interesados en esto de la literatura, se comprende- que ha llegado el momento de asumir la autoficción como uno de los senderos de la literatura del futuro, hagámoslo. A mí me encante conceptualmente porque pienso que es una de las esencias de la literatura desde sus inicios, pero al convertirse en un género reconocido frente a una técnica pasa a tomar más protagonismo. Lo que no me parece de recibo es que hagamos la Historia de la literatura como mejor le viene a un emporio mediático-cultural. Eso de la autoficción se hizo mucho antes que los señores de Alfaguara –y cuando digo señores me refiero a los editores y sus autores- se enterasen de ello.
No sé si es ésta la crítica que Andrés esperaba de su diario –me hizo mucha gracia comprobar leyendo uno de los diarios de García Martín, más ortodoxos pero no menos buenos, que la manía de Andrés de decirte cómo debes hacer la crítica de sus libros no es algo que se reduce a mí- pero sí que me parece una crítica justa, y más cuando lo de la autoficción es ya una realidad y le andan buscando padres, legítimos o no, por todas partes.
Andrés Trapiello La cosa en sí Pre-Textos, Valencia, 2007

29 noviembre 2006

Mucho más que oficio

Conocí a Andrés Trapiello después de tener unas palabras poco piadosas con su poesía. La juventud, que es arrojada, tiene estas cosas. Cuando me enteré de su dirección exacta –ya conocía poco más o menos donde era por sus diarios, pero no lo sabía con exactitud- no tuve mejor idea que enviarle un original de un libro de poesía, que era a lo que me dedicaba por entonces, como debe ser en la juventud. Eso no entra dentro de lo extraño, han sido muchos los que a lo largo de la historia de la literatura se han acercado a algún autor que admiraban buscando su consejo y, quién sabe, su apoyo. De hecho hay gente que, sin tener los dieciocho años que tenía yo por entonces, sino que están ya bien creciditos, lo siguen haciendo, y no dudan en acercarse con manuscritos a los escritores de prestigio, e incluso a mí me vienen a veces con alguno –menos mal que uno se zafa con la elegancia habitual, diciendo eso de “tú estás loco o qué, ¿te he dejado yo algo para que lo leas?”-, aunque el mito viene muy bien para los escritores que, sin tener ni idea de dar clases de escritura, dan talleres, porque los que se matriculan en ellos lo hacen, supongo, por admiración –yo lo hice una vez y me salió rana.
Bueno, me he ido por los cerros del pueblo de mi abuelo, como acostumbro, y yo estaba hablando de que no tuve mejor idea que acompañar mis poemas con una carta en la que le decía a Andrés –como ya hay confianza apeo el tratamiento, porque sé que a muchos les molesta que le llame por su nombre de pila- que me gustaban mucho sus diarios, no tanto sus poemas, pero que sí me parecía una persona con mucho criterio, demostrado en sus libros de artículos, y que por eso le enviaba mis versos. La verdad es que casi toda la carta era elogiosa, y como toda carta de joven con pretensiones era un texto metaliterario en el que reflexionaba sobre la pertinencia de que los autores jóvenes busquen el apoyo y el consejo de los reconocidos. Pero había una frase en la que decía eso, lo de que sus poemas no me parecían para perder la cabeza, que me gustaban más los de otros compañeros de generación suyos, y Andrés, que es buena gente y paciente, pero tiene su amor propio, se quedó con eso en la memoria. De hecho a otro amigo que le envió una novela –por favor, que alguien haga saber de una vez a los autores jóvenes que eso de enviar a diestro y siniestro originales no lleva a ningún sitio- le comentó que yo debía estar un poco loco. Me he ahorrado mucho en terapias gracias a un diagnóstico tan certero, me ha bastado con asumirlo. No me contestó nunca, la verdad, pero sí que lo recordaba la siguiente vez que hablamos.
Había transcurrido un año, poco más o menos, cuando comencé a colaborar en una revista gratuita y me vi en el brete de pedirle un ejemplar de La España negra de Gutiérrez Solana –que por primera vez alguien publicaba íntegra en España- para hablar de ella. Le llamé a su casa para pedírselo y me dijo que sí, que no había problema, que me pasara por allí y me daba el libro. Y en ese momento tuve que confesar que me daba cierta vergüenza por toda la historia de la carta, de la confesión que él le había hecho a mi amigo y demás. La carcajada la oyó todo el mundo en la redacción de la revista. Me dijo que fuera para allá, con más razón todavía. Me recibió con las puertas abiertas, un ejemplar del libro de Gutiérrez Solana, y otro de la recopilación de sus cuatro primeros libros de poemas. Lo guardo en casa con cariño, porque en la dedicatoria dijo que me lo regalaba por haber tenido unas palabras poco piadosas con los poemas que albergaba.
Ahora tengo todos sus libros de poemas y cada vez me gustan más, sobre todo los más recientes. No sé si porque ahora sé más de poesía, o porque los veo con los ojos de un amigo. Creo que es, sencillamente, porque la poesía de Trapiello –esto hay que decirlo así por los buscadores- está cada vez más cuidada y sus libros tienen una pulsión lírica más intensa.
La Editora Regional de Extremadura ya había editado un libro de Trapiello –es por los buscadores también-; se trataba de una delicia, Capricho extremeño, que realizaron los propios editores, Francisco Tomás Pérez González y Julián Rodríguez, recopilando los fragmentos de los siete primeros volúmenes de su diario, Salón de pasos perdidos, que transcurrían en Trujillo, donde tiene casa Andrés, y reordenándolos para que formase todo un año con el sucesivo cambio de estaciones. Algo más que un capricho.
Ahora se recoge también una antología de su obra, en este caso de sus poemas. Y también realizado por un conocedor de su obra, José Muñoz Millanes, que ha seleccionado cuarenta y tres poemas de sus siete poemarios. Hay un cierto desequilibro en la selección. El más representado es Las tradiciones, de 1982, seguido de La vida fácil, de 1985, y los dos últimos, de 2001 y 2004 respectivamente, Rama desnuda y Un sueño en otro. Quedan menos representados el primero, Junto al agua, y cuarto, El mismo libro, y, sorprendentemente, Acaso una verdad, con el que ganara el Premio Nacional de la Crítica en el año 1993. Posiblemente esa escasez de muestras de ese libro se deba a la longitud de los mismos, que son poemas muy largos para una antología. Muñoz Millanes ha elegido, creo que buscadamente, poemas breves, para poder reunir una cantidad mayor, y para buscar una lectura menos esforzada para el recién llegado. Conviene no olvidar que una antología busca captar lectores, tiene una intención divulgativa.
Pero no ha sido esa la razón fundamental de la selección realizada. El editor en su prólogo explica los motivos que le han llevado a escoger esos poemas y no otros para el libro. Pero, además, y de ahí parte de lo ya comentado en este texto, me ha servido para entender además esa mayor querencia que siento por los últimos libros de poesía de Trapiello frente a los primeros –parecer que, por cierto, comparto con Álvaro Pombo, a tenor de lo que el reciente ganador del Planeta comentó en una lectura de poemas en la librería Rafael Alberti.
Muñoz Millanes aboga por la faceta rabiosamente moderna del libro Las tradiciones. Frente a la temática y estirpe simbolista que siempre se ha destacado a la hora de enjuiciar el libro, destaca la brevedad de las composiciones y la voluntad del poeta de ejercer de espectador accidental de los fenómenos físicos. Se produce así una impersonalidad en la que el poeta se encuentra frene al mundo como testigo. La evolución meditativa ante estos hechos, que culminó en las largas series de versos meditativos, casi analíticos, de Acaso una verdad, ha evolucionado a juicio de Muñoz Millanes en una impersonalidad frente al tiempo. En los dos últimos poemarios, Trapiello se trastoca en testigo del acontecer temporal, ahora los fenómenos de los que entresaca su pulsión lírica tiene lugar en la memoria involuntaria. Un objeto, un sonido, cualquier estímulo sensorial, le sirven como disparadero, como hilo conductor en sus poemas. Ese pasado feliz que aparece en sus versos se muestra frágil y huidizo, del mismo modo que antes sucedía con los fenómenos físicos.
El poeta intenta atrapar el tiempo, acariciarlo, revivirlo en cada poema. Puede que a primera vista parezca un oficio parvo, un oficio tonto y simple, al alcance de cualquiera, pero la atinada selección recogida en este libro demuestra que hace falta mucho oficio, mucho trabajo, para domar la inspiración y lograr estos poemas.
Andrés Trapiello Oficio parvo (Antología poética) Editora Regional de Extremadura, Mérida, 2006