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06 mayo 2015

La ingeniería de la memoria


El fotógrafo venezolano Vasco Szinetar lleva muchos años realizando unos interesantes retratos frente al espejo en que, de modo explícito, aparece siempre junto al autor retratado. Paradojas del destino, creo que son lo más cercano a estos perfiles en que, de modo narcisista, siempre me introduzco. Así que, para los que quieran salir huyendo de aquí e irse a un espacio más interesante les dejo el enlace a su blog, lleno de fotografías fascinantes: http://vascoszinetar.blogspot.com

Todavía hoy, en este liminar siglo XXI que en nada se parece a lo que predijo la ficción anticipatoria, el debate entre la importancia de la inspiración o del trabajo sigue vigente. Basta con que alguien tenga un micrófono en la mano para que se explaye sobre su visión particular cuando es preguntado. Y, casi siempre, su discurso trata de postular su experiencia como generalidad. A mí, personalmente, me gusta que los autores todavía se pregunten si todo se debe a arrebatos de genialidad, de los que muchas veces son poco o nada responsables, o que la obra es la decantación del esfuerzo y del trabajo sostenido, única posibilidad de obtener un fruto apetecible.
No sé qué pensará Eduardo Halfon a este respecto, nunca le he preguntado sobre el tema y no he leído o escuchado tantas entrevistas suyas como para poder responder de un modo tajante. Pero si sé que, hará ya varios años, fui el responsable de coordinar un evento incluido en estos festivales que pretenden convertir la literatura en espectáculo porque están convencidos de que no tiene futuro si se mantiene como la actividad solitaria y antisocial que es. Sería tema para conversar más largo y tendido, aunque no veo que nadie considere que la masturbación frente a internet tenga los días contados, aunque se trate, también, de una actividad solitaria y antisocial. Mejor volver al evento del que hablaba. Se trataba de una de esas performances de escritura en público, donde un autor crea frente a la mirada más o menos interesado de un público que lee en común, y presencia los arrebatos o arrepentimientos del autor en tiempo real. A día de hoy no tengo constancia de que nadie haya editado un libro con los textos que se han generado mediante este proceso, así que no debe ser el mejor contexto para que surja la literatura. Pero sí que me ha parecido, desde siempre, el más honesto de todos los inventos con los que se quiere convertir a la escritura en algo mediático. Al menos se trata, exclusivamente, de hacer lo mismo que siempre, aunque sea de un modo más exhibicionista. El asunto es que los tres participantes del evento me fueron sugeridos, o sea, no los elegí yo, y quizás por eso me pareció mucho más interesante el asunto, ya que podía uno hacer de espectador con la misma felicidad e intrascendencia del resto de los asistentes.
Entre ellos estaba Eduardo Halfon, al que ya conocía personalmente de alguna conversación anterior, y me pareció simpatiquísimo que, desde el primer momento, no tuviera nada claro de qué iba todo aquello o cómo iba a resultar. Frente a los otros dos participantes, mucho más entusiasmados con la idea, la actitud de Halfon siempre fue más bien reticente, recelosa, pero jamás se negó a participar en el asunto. Lo que le despertaba más dudas era, sin duda, pensar que su tiempo se le pasara sin haber llegado a teclear más allá de una frase completa. No hacía más que preguntarme cuánto tiempo tenía cada uno. Le dije que entre 15 y 30 minutos. No menos de quince, jamás más de treinta. Veinte era lo idóneo. Y se me quedaba mirando con total perplejidad desde esos ojos que apenas esconden los lentes redondos de escribiente del siglo XIX tras los que se parapeta. (Casi nunca se habla de las gafas de los escritores, y es un error no ver en un objeto tan personal mucho más significados de los que se acostumbra a pensar, por otro lado no creo que sea algo intrascendente que la fotografía elegida para el libro que colocó a Halfon en el panorama internacional, El ángel literario, mostrara dos pares de lentes además de una pipa.) Esa mirada, en la que está valorando si su interlocutor es alguien más o menos cuerdo, se carga de sentido cuando uno ha leído a Halfon, sobre todo al que de unos años ahora ha publicado un libro anual de precisa y exacta prosa –una prosa que no se improvisa–, en los que ha ido desgranando anécdotas personales y familiares a las que vuelve recurrentemente. La narrativa de Halfon es, conviene recordarlo para quienes no lo hayan leído todavía, una construcción meticulosa, obra de un ingeniero, que va edificando ante los ojos del lector, el extenso panorama de una memoria, la biográfica, pero también la de los ancestros, la histórica, que ha alcanzado hasta ahora su plenitud en una novela tan breve como certera, Monasterio, donde Halfon revisita su pasado como autor y como ser humano.
Hay un libro, que a Halfon le llevó cuatro años escribir, pulir y cincelar, el volumen de cuentos El boxeador polaco, que alberga una especie de grandes éxitos a la inversa de su literatura. Y digo a la inversa porque, con el transcurrir de los años, esos seis cuentos se han ido transformando en novelas, como el caso de Epístrofe que creció hasta convertirse en La pirueta, o Fumata blanca y el cuento que dio título al libro, que aparecen refundidos y trenzados en diversos pasajes de Monasterio, sin que el lector que ya los conoce tenga problema alguno en transitar de nuevo sus frases, ya que insertas en una narración distinta y con otro contexto terminan por tornarse nuevas, diferentes, y alumbran hechos distintos. Es precisamente en esos dos detalles del proceso de Halfon donde yo veo su mirada de ingeniero, la profesión para la que estudió, por cierto, ya que retorna siempre a los mismos materiales, los recuerdos, pero siempre levanta nuevos edificios, nuevas canalizaciones, realidades nuevas con ellos. La reutilización, un procedimiento tan habitual hoy en la literatura, sobre todo la de los autores más jóvenes, que van publicando varias veces el mismo libro con títulos distintos en otras editoriales (como si la publicación siguiera las reglas de Instagram, siempre el mismo y repetido selfie sobre fondos cambiantes), no se hace en Halfon aburrida, no suena oportunista. No es jamás un mecanismo para engañar al editor y colocarle un manuscrito como inédito cuando no lo es. Las imágenes de la infancia, de una ciudad como la capital guatemalteca donde transcurren todos los textos, ya desaparecida por la violencia de la guerra civil o los terremotos, que formaban el mosaico de Mañana nunca lo hablamos se engarzan perfectamente con las experiencias vagabundas, a la busca de un sentido para una vocación de El ángel literario o de experiencias que deben ser relatadas en La pirueta o El boxeador polaco, hasta la mirada, totalmente externa e inmersa al mismo tiempo que se despliega sobre uno de esos terrenos que sirven de sinécdoque de la contemporaneidad: Israel y Palestina, de Monasterio. La escritura de Halfon ha ido reconstruyendo su pasado para construirlo como literatura y, al hacerlo, ha ido reescribiendo la Historia.
Descendiente de libaneses y judíos, no termina de ser nunca plenamente de uno u otro lado, y es en esa tensión cambiante donde radica la fuerza de su mirada. Acaso, quizás por todo eso, los dos libros suyos que prefiero sean Monasterio y Mañana nunca lo hablamos, porque en cada uno de ellos domina más una mirada, la del judío que no termina de serlo en la novela, la del libanés por costumbres y tradiciones que crece en medio de un barrio burgués de Guatemala. En todo caso, son percepciones totalmente subjetivas. Toda la obra de Halfon obedece a una mirada sólida e intercambiable, y quizás por eso cada año apetece dejarse mecer una vez más en sus palabras. Hace unos meses apareció la traducción francesa del inédito en castellano Señor Hoffman. Si no ando mal informado en unos meses aparecerá en Libros del Asteroide. Yo, personalmente, cuento ya los días que faltan.

17 julio 2012

Huida sin fin


Soma Morgenstern conoció a Joseph Roth cuando tenían diecinueve y quince años respectivamente. Ambos habían nacido en Galitzia, de familia judía y se dedicarían a lo largo de su vida al periodismo y la literatura. Ahora se reedita un libro único, una perla porque no sólo por ser un libro maravillosamente escrito, sino porque es un testimonio excepcional de la vida de Roth y su entorno: “Huida y fin de Joseph Roth” (Pre-Textos). En él Morgenstern retrata la amistad que los unió y el progresivo deterioro físico provocado por el alcoholismo que llevó a Roth a la tumba cuando tenía tan sólo cuarenta y cinco años. Sorprende, si uno lo ve en las fotografías, conocer que murió tan joven. En ellas se aprecia la exacta descripción de su amigo: un enorme bigote, canoso, hinchado por el exceso de alcohol y la falta de comida. La vida de ambos fue, en realidad, una continua huida. En las notas del libro –por cierto, la edición de Ingolf Schulte es excepcional- se incluye un curioso detalle. Tanto Roth como Morgenstern incluyeron la palabra flucht (huida, fuga) en los títulos de varias obras. No es casual. Galitzia formó parte de más de cinco estados durante la vida de Roth, tenían varios pasaportes que usaban según sus necesidades, y se pasaron la vida huyendo. Morgenstern, que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial, se exilió a Nueva York, donde murió desconocido por todos y con sus libros desaparecidos en las librerías alemanas. Roth murió antes de que los nazis invadiesen Polonia, por lo que se ahorró un episodio más de su personal fuga sin fin. En la obra de Roth se percibe una nostalgia constante del ideal europeo que supuso el Imperio Austrohúngaro, la idea de una Mitteleuropa unida en la que había libertad de circulación y donde nadie era perseguido por su religión –la presencia del judaísmo es constante en la obra de Roth-, se hizo aún más idílica a medida que se alejaban de la caída de imperio. Leyendo la idea del mundo que tiene Roth se puede entender el ideal austrohúngaro como precursor de ese Mercado Común transmutado en estado con proyecto constitucional en el que vivimos. En cualquier caso, lo más interesante del libro es que rescata los ideales fundamentales de Roth. Por un lado la claridad: prefería los periodistas a los escritores, se burlaba de los escritores para escritores, y siempre despreció a los que se dejaban llevar por la retórica o el hermetismo. Un buen ejemplo es el momento del libro en que se narra como el hijo adolescente de Morgenstern le dice a Roth que le gustan sus libros porque entiende todo. Por otro la nostalgia del ideal habsbúrgico que quizá ha provocado que, en el actual panorama de recuperación de autores de la primera mitad del siglo pasado, el lector pueda confundirse. Poco tiene que ver Roth con la facilidad superventas de Zweig –ojalá los autores de best-sellers supieran escribir hoy como lo hacía Zweig-, o con el delirio kistch de Marái –recuperado por su aroma a naftalina, como un sofá estampado de Cuéntame-, su obra ha sido siempre exaltada por los que buscan en un libro algo escaso: verdad.

"La marcha Radetzky" (1932) es la obra maestra de Roth. Reeditada en diversos formatos por Edhasa. La identificación entre el emperador Francisco José y la familia Trotta, cuyos caminos se cruzan por primera vez en la batalla de Solferino, le sirve a Roth para retratar el esplendor y declive de un mito utópico, el del Imperio Austrohúngaro y la Finis Austriae.

Roth siempre presumió de su faceta periodística. "Viaje a Rusia" (Minúscula) reúne las crónicas del viaje que realizó a la Rusia posrevolucionaria en 1926. Lo que presenció durante su visita le desencantó del ideal comunista, con el que estaba muy ilusionado en la época. En el libro señala que el antisemitismo impidió a Trotsky tomar el control del partido comunista.

La editorial que más ha apostado por devolver a las librerías en ediciones actuales a Roth es, sin duda, Acantilado. Desde la indispensable “La cripta de los capuchinos” hasta los títulos recién editados: “La rebelión” o “Judíos errantes”, son doce los libros, de narrativa y ensayo, que ha editado ya. Y, afortunadamente, no parecen tener intención de detenerse. Agradezcámoslo.
 Este artículo apareció durante el mes de abril de 2008 en el diario Público

11 julio 2012

Chirbes y Maillard, premios de la Crítica 2008




Una de las novelas más interesantes de los últimos años, que mejor han sabido hablarnos de la sociedad española entregada a la especulación inmobiliaria y en la que la superficialidad se ha hecho dueña y señora de las relaciones sociales, es Crematorio, de Rafael Chirbes. Lo único que justificaba la falta de un mayor reconocimiento por parte de los medios es su mirada insobornable, incómoda en su representación del mercado en el que hemos convertido nuestra vida y del que viven muchos de esos medios. La escasa atención del público se explica por el desconocimiento masivo de su obra, y el jurado del premio de la Crítica ha explicitado que uno de los motivos de premiar esta novela es llamar la atención sobre la trayectoria de un autor comprometido con su época y que ejerce de mo insobornable su compromiso ético y estético. Porque una de las razones por la que se ha soslayado la voz de Chirbes es su mirada realista y natural del mundo que le rodea, pero esa mirada se sostiene en la novela premiada por una estructura trabajadísima y un estilo que destaca precisamente por su transparencia, por la capacidad de transmitir pensamiento, frente a la grasa retórica que suele valorarse por estos pagos.
Chantal Maillard goza dentro del mundo lírico con un prestigio más indiscutido, sobre todo porque ha logrado aunar el reconocimiento crítico con el éxito popular –se han editado libros suyos con fajas promocionales, al estilo de los best-sellers-. La obra de Maillard destaca por su singularidad. Influida por el pensamiento oriental, entregada a una profunda reflexión sobre la filosofía dentro de la poesía y el lugar de esta en el mundo de hoy, como se puede ver en sus diarios.
Este año toca dar la enhorabuena a premiados y jurado: han acertado.

Aparecido en el diario Público en abril de 2008

02 junio 2012

Filosofía en MP3



Los profetas de la modernidad repiten cada dos por tres que el futuro será de los géneros breves. Y uno no sabe, la verdad, en qué se basa esa opinión, porque precisamente los géneros más extensos llegan a más público debido a que son menos exigentes con el lector, permiten una inmersión más relajada dentro del universo que proponen. De ser así, todo el mundo iría en el metro leyendo microrrelatos, pero basta mirar alrededor en el vagón para ver los mismos ladrillos desde hace años: Follet y Brown.
Por eso no extraña lo complicado que es editar, y conseguir lectores, para un género tan intenso y exigente con el lector como los aforismos. Píldoras de pensamientos que se van expandiendo a medida que meditamos sobre ellas.
Ha querido la casualidad que en los últimos años el interés por el género haya crecido en España y que algunos, pocos pero escogidos editores, se hayan decidido a acercarnos estas colecciones de piedras preciosas.
Julián Rodríguez, como editor, y Luis Eduardo Rivera como traductor, desde Periférica, continúan con la publicación de “Sobre arte y literatura” de Joseph Joubert el trabajo de acercar a grandes aforistas que se inició con “Pensamiento y rivarolianas” de Antoine de Rivarol y se extendió con “Pasos en la arena” de Remy de Gourmont. Libros que han demostrado que, bien editados, los aforismos llegan a sus lectores.
La escuela francesa, a la que pertenecen estos tres autores, ha sido, desde luego, una de las grandes canteras de estos filósofos de la brevedad que, blandiendo el afilado bisturí del ingenio, construyen pensamientos que aúnan lo profundo con lo estético. Ahí radica el arte del aforismo, en que parecen filosofía destilada con tintes poéticos.



No es de extrañar que uno de los grandes cultivadores del género en España haya sido Juan Ramón Jiménez. El premio Nobel encontró, dentro de su ingente producción, un hueco para escribir numerosos aforismos. Una nutrida selección de ellos se puede leer en el volumen que Andrés Trapiello –otro autor que acostumbra a deslizar algunas de estas reflexiones con vestimentas líricas en sus diarios- ha editado en la colección que él dirige, La Veleta, de la editorial Comares.
En dicho libro se aprecian las características que hacen único al aforismo frente a otras posibilidades de expresión e investigación del pensamiento: su matiz lírico y su fragmentaridad, que los torna tan modernos. Del mismo modo que asimilamos el mundo de modo sesgado, los aforismos plasman esa experiencia de modo segmentado, pero sin abandonar por ello la intención de tocar, o al menos intuir, y por tanto construir la verdad.
El aforismo se nutre pues de una meditación filosófica enunciada de un modo creativo, bello, que pretende dar un pensamiento íntegro y ordenado en una frase, valiéndose de la paradoja y del humor si es necesario.
El aforismo es filosofía refrescante, higiénica, que airea el plomo agolpado en los sobrios cortinajes del pensamiento académico. Por eso se acercaron al aforismo pensadores como Nietzsche o escritores como Kafka, que encontraron en el pensamiento fragmentado un campo de operaciones único para reflejar el collage acelerado de la vida moderna.

Apoyos
Georg Christoph Lichtenberg (1742-1799) está reconocido como el aforista más importante de la historia. Fue un importante físico y profesor universitario que recogió en numerosos cuadernos sus reflexiones. Cien años después de su muerte se publicaron póstumamente para sorpresa y deleite de sus numerosos lectores. La edición más solvente en castellano es la de Edhasa, con traducción de Juan José del Solar.

Joseph Joubert (1754-1824) desplegó una influencia en el mundo literario francés que no parecía corresponder con su producción literaria. Póstumamente, su discípulo Chateaubriand, publicó en 1838 una primera selección de textos extraídos del diario que, durante cincuenta años, escribió para sí mismo el autor. La edición completa de dichos cuadernos no se hizo hasta comienzos del siglo xx.

Lorenzo Oliván (1968) es uno de los pocos autores españoles que se han entregado a la escritura y publicación de colecciones de aforismos, reivindicando así el género frente a la indiferencia que ha despertado tradicionalmente en la literatura patria. “El mundo hecho pedazos” (Pre-Textos), “La eterna novedad del mundo” (La Veleta) y “Cuatro trazos” recogen, de momento, su labor.
Publicado en el diario Público el 18 de diciembre de 2007

29 julio 2009

Quince años no es nada


Hace quince años, la niña bonita, que se publicó El que apaga la luz. Hace quince años que comenzó una historia durante un examen de literatura de COU. Mi profesor leía el libro de Juan Bonilla, del que yo había oído hablar, y cuando entregué el examen le pregunté si me lo podría prestar cuando lo terminase. Lo hizo y aquel libro fue el comienzo de una amistad ya algo descuidada que me brindó la oportunidad de conocer muchos otros autores y muchos otros libros. Él también me dejó, poco tiempo después, un libro que compró tras leer El que apaga la luz aunque se había editado antes: Veinticinco años de éxitos. Lo editaba una editorial extraña, con el mismo nombre de un bar de copas y alterne, La Carbonería, que durante unos meses se dedicó a la quimérica labor de conseguir que sus visitantes leyesen. Es el único libro de Bonilla que no he podido conseguir para mi biblioteca. Al profesor le regalé el otro único libro que he conocido de esa editorial, el Manual del veraneante perpetuo de Fernando Ortiz. Por lo visto él y Ortiz habían sido compañeros en la facultad. Me sigue pareciendo a día de hoy la editorial con el catálogo más excelso que he conocido, y con los mejores títulos. Tan sólo dos, pero los dos valían un Potosí. Cuando fui a Sevilla me empeñé en conocer el bar, pero aquello no debía tener ya mucho que ver con lo que debió haber sido, así que tras una cerveza me fuí.
Me compré mi ejemplar de El que apaga la luz para releerlo. No habría pasado un mes desde que lo leí por vez primera. Fue el primer libro de Pre-Textos que compré, por cierto. Tanto lo leí y tanto lo elogié que mi mejor amiga me lo pidió para poder leerlo también. Lo perdió en un bar al lado de la plaza de Vázquez de Mella que se llamaba El purgatorio. No habría sido más oportuno ni haciéndolo con intención. Volvió al bar preguntando por el libro, pensaba que se debió caer del bolso y tal vez alguien lo habría devuelto en la barra. Nadie roba libros suele decir toda la gente que no lee casi nunca. Pero este libro sí debió llamar la atención del que lo encontrase. Nunca apareció. Cuando me dijo que lo había perdido me llevé un buen berrinche, claro. Un libro era una cantidad de dinero importante para la economía de un estudiante de dieciocho años. Se comprometió a comprarme otro y vino con él a los pocos días. Era casi igual, salvo por un detalle: el perdido era una primera edición y ése era una segunda. Sí había tenido éxito, sí, porque ya iba por la segunda edición. Con la estupidez propia de un adolescente demasiado preocupado por detalles intrascendentes, debí dar a entender que me molestaba haberme quedado sin mi ejemplar de la primera edición. La culpa, en cierta medida, era del propio Bonilla, que en sus artículos hablaba de esas primeras ediciones con dedicatorias entre escritores o las búsquedas, que entonces me parecían exóticas y llenas de encanto, de libros únicos de librería de viejo en librería de viejo. A los dos o tres meses mi amiga apareció con un ejemplar de la primera edición de El que apaga la luz. Imaginarla a lo largo de ese tiempo aprovechando cada vez que encontraba una librería para buscar el dichoso ejemplar de la primera edición me dio entonces una medida bastante clara del valor que debía darle a su amistad. Hoy creo que si le tengo tanto cariño a ese libro es porque cada vez que lo tengo entre las manos me recuerda a ella.
A ella, además, le parecía que Bonilla era muy guapo. La fotografía de la solapa, desde luego, lo vendía bastante bien. Por eso le regalé el ejemplar de la segunda edición, que tan sólo durante unos meses fue mío porque estaba destinado a ser suyo. También le pedí que me acompañase cuando le hice una entrevista para la primera revista “profesional” en la que colaboré. Fuimos tres, ella, otro amigo y yo. Ellos dos con cámaras y yo con una grabadora, un cuaderno y todos los libros de Bonilla. Menos el de La Carbonería, claro. Cuando recuerdo aquella tarde en el Café Central de Madrid pienso que debimos asustarle. Sobre todo yo. Lo recordaba todo, cada entrevista suya que había leído, cada pasaje de sus cuentos. Incluso me emocioné cuando me enteré de que los dos compartíamos padres dedicados al transporte. Creo que el suyo era camionero o algo así, y el mío tiene una pequeña empresa de autocares. Todo mientras mis dos amigos le cegaban con una lluvia constante de flashes y de chasquidos con sus cámaras de fotos. Antes de irnos me dedicó mi ejemplar de El que apaga la luz. Me permitiré copiar la dedicatoria, ya que él las colecciona: “Para Antonio este El que apaga la luz deseando tener en un futuro mil fans más como él”. Yo le había dicho al presentarnos en el café que yo era fan suyo, un fan de veinte años, así que me gustó mucho la dedicatoria. La entrevista quedó bien, tengo la cinta todavía por ahí. Me habló de una novela preciosa que al final no escribió nunca, o que al menos no ha publicado. Mi amigo hizo un par de dibujos sobre sus fotos y las de mi amiga que ilustraron el artículo de la revista. Quedé con Bonilla por segunda vez para entregarle uno de los dibujos, dedicado de una manera algo exagerada por mi amigo –hoy creo que yo era tan vehemente que ellos, les gustase o no, pensaban que estaban ante un futuro premio Nobel-, pero me dio plantón. Luego lo comenté con un amigo, también escritor, y me dijo que a veces con Bonilla pasaban esas cosas. Pero que no me lo tomase a mal. Y no me lo tomé a mal. De hecho pienso que fue una de las mejores lecciones de mi vida, esa de no ilusionarse más de lo necesario con las cosas. Todavía no la he debido aprender bien, de todos modos.
Hace dos meses, cuando comenzó la Feria del Libro de Madrid, me dijo un amigo que atendía en la caseta de Pre-Textos que a finales de junio aparecería una nueva edición de El que apaga la luz. Apenas tuve el libro en las manos me lancé a leerlo de nuevo, con la misma alegría de mis dieciocho. Y no me ha defraudado nada.
El que apaga la luz de Juan Bonilla
acaba de ser reeditado por Pre-Textos con cinco nuevos textos

15 junio 2007

Buscando genealogías

Ha querido la casualidad que haya coincidido casi en el tiempo la asimilación –que no la lectura, que realicé apenas apareció el libro a la venta de un modo voraz-, del último de los diarios de Andrés Trapiello, La cosa en sí, que hace ya el décimo cuarto de la serie que él ha dado en llamar Salón de pasos perdidos -me está quedando esta frase muy a lo Rafel Conte-, con la lectura de uno de los artículos recogidos en un volumen sobre Vila-Matas –que tiene una presencia importante en esta última entrega diarística de Trapiello. Concretamente con uno que dedicó José María Guelbenzu a Bartleby y compañía en la revista Claves de la razón práctica. En dicho artículo elabora Guelbenzu con su habitual perspicacia crítica y conocimiento del medio la teoría de una posible nueva novela, que discurre por el terreno de la autoficción, y en la que encuadra, además de la novela de Vila-Matas, a Sepharad de Muñoz Molina –que no versa especialmente sobre el propio Muñoz Molina, ahí es donde se ve que a Guelbenzu le va más eso de ir de oídas y barrer para la editorial que le da cobijo- y Negra espalda del tiempo de Javier Marías –al menos esta vez sí, querido Guelbenzu, esta vez sí.
Bien, si el amigo Guelbenzu se diera una vuelta de vez en cuando por una librería, o leyese los folletos publicitarios que se entregan gratuitamente con los diarios nacionales bajo el nombre de Suplementos culturales, conocería la obra de Andrés Trapiello. El primero de los volúmenes de sus diarios se editó en el año 1990, casi diez antes que estos experimentos autoficcionales que él analiza como una nueva tendencia de la literatura. Por encima de la evidente simpleza del razonamiento de Guelbenzu, él considera que lo relevante es la palabra que el autor o el editor coloque bajo el título del libro, ya sea novela o diario, que el resultado en sí de la obra, llama la atención la ceguera con que, en general, actúa la crítica hispana.
Ahora, diecisiete años después de que se iniciase la publicación de esta novela en marcha –lea usted con atención, querido Guelbenzu-, pocos se atreven a negar su importancia. A veces el propio autor se molesta cuando los que tienen los ojos un poco más abiertos le señalan este torrente narrativo como su obra magna, porque estima que parecen querer hurtarle méritos al resto de sus libros. Pero la realidad es que, a fecha de hoy, el monumental diario que se acerca ya a las diez mil páginas –qué contento se pondría Javier Marías de llegar a esas diez mil páginas, él que presume de las mil quinientas de su trilogía- es, sin duda, su obra cumbre. Y va a ser difícil que se le apee de ese lugar porque no tiene visos de perder fuerza aunque van pasando los años.
Cuando Philippe Lejeune elaboró su teorías sobre la autoficción estaba pensando más en una obra en perpetuo cambio, siempre en construcción, como son los diarios de Trapiello. Una novela a la que cada año se le añade una nueva entrega, en la que se toma como referente la vida real del autor para pasarla al completo por el filtro e la literatura. ¿Qué es la literatura? La palabra, la sintaxis, la ficcionalización de lo real. Y eso es lo que sucede en cualquiera de los diarios de Trapiello. Trabaja con materiales reales, pero el resultado no lo es, es literatura, literatura que bebe de la vida, pero literatura al fin y al cabo. Vida hecha con palabras, literatura hecha de vida.
Una de las razones por la que se ha atacado a estos diarios es por su heterodoxia. No son los diarios que alguien escribe cada noche y no retoca nunca, deja que maceren con el tiempo y publica tal cual. No, al contrario, se trata de una obra escrita de un modo consciente, recreando de un modo artístico las anotaciones que el autor tomó a modo de cuaderno de bitácora cinco años antes. Y en la redacción de ese diario puede respetar o no lo que escribió, puede crear y puede callar, pero siempre desde una perspectiva novelística. Trabaja con su vida pero no refleja su vida, sino que la recrea literariamente. Ahí radica la modernidad esencial de toda esta obra. Lo que sucede es que es más sencillo quedarse con la parte superficial del asunto y tildar a la obra de producto decimonónico, como si con ese adjetivo se denigrase una obra -¿alguien se imagina como un insulto decir que algo es “muy siglo catorce”?, es de risa-, cuando realmente se está demostrando la impericia de lector de entender la obra. Hay una expresión castiza muy recurrente, que es la de “le conocerán en su casa” que decimos de modo irreflexivo y algo absurdo, porque no conocer a un artista no es tanto problema suyo como nuestro. Algo parecido sucede con la obra de Trapiello, y específicamente sus diarios. Es más sencillo decir que uno no entiende como un hombre puede escribir ochocientas páginas sobre lo que le ha sucedido en un año, afirmar que hace falta ser muy egocéntrico, reírse de los títulos de los libros porque usan palabras poco comunes, que leerlos con la mente clara y el corazón limpio, que es como debe leerse todo libro para ser justos con él.
Vivimos en una época un poco papanatas, donde se valora la novedad por el mero hecho de ser novedad –como ya resulta difícil que surjan nuevas ideas ahora se habla de tendencias, efímeras y superficiales como las mercancías de un mercado- y cuenta más la publicidad que la calidad del producto. En muchas empresas se gasta más dinero en publicidad y packaging que en fabricación del producto, y así nos va. Si decidimos, todos a una –los interesados en esto de la literatura, se comprende- que ha llegado el momento de asumir la autoficción como uno de los senderos de la literatura del futuro, hagámoslo. A mí me encante conceptualmente porque pienso que es una de las esencias de la literatura desde sus inicios, pero al convertirse en un género reconocido frente a una técnica pasa a tomar más protagonismo. Lo que no me parece de recibo es que hagamos la Historia de la literatura como mejor le viene a un emporio mediático-cultural. Eso de la autoficción se hizo mucho antes que los señores de Alfaguara –y cuando digo señores me refiero a los editores y sus autores- se enterasen de ello.
No sé si es ésta la crítica que Andrés esperaba de su diario –me hizo mucha gracia comprobar leyendo uno de los diarios de García Martín, más ortodoxos pero no menos buenos, que la manía de Andrés de decirte cómo debes hacer la crítica de sus libros no es algo que se reduce a mí- pero sí que me parece una crítica justa, y más cuando lo de la autoficción es ya una realidad y le andan buscando padres, legítimos o no, por todas partes.
Andrés Trapiello La cosa en sí Pre-Textos, Valencia, 2007

19 abril 2007

Un hombre de palabra

A veces en algún programa de televisión, o en una de estas encuestas algo idiotas que cada cierto tiempo inventa alguien para atraer la atención de algún periodista atolondrado –que son la mayoría-, obligan al entrevistado a confesar con qué famoso o prestigiosa figura pública le gustaría irse de cañas, o cenar, o cualquiera de esas cosas que en cuanto se hacen con desconocidos pasan a ser incómodos actos sociales. Yo siempre prensaba: me gustaría charlar un rato con Ramón Gaya, escucharle tener esas opiniones tan certeras, tan ajustadas, de viva voz. Poder escuchar esas verdades que escribía –en libros fundamentales, únicos, como El sentimiento de la pintura o Velázquez, pájaro solitario- de su propia voz. Y un buen día se me fue. Se nos fue a todos, de hecho, porque del mismo modo que el siempre recalcó que el artista debía huir del engreimiento que normalmente fomenta esta sociedad mercantilista, del narcisismo que se le tolera al artista por vicio romántico, porque no es otra cosa que el instrumento de la Historia y del pueblo para dar forma al arte, que cuando es verdadero, cuando es creación, vida, es de todos, porque es igual a nosotros. Y se nos fue sin poder haber disfrutado de él todo lo que hubiéramos querido.
Sólo por eso ya sería motivo de alegría la edición de Ramón Gaya de viva voz. En este libro se reúnen un nutrido número de entrevistas –veinticinco- algunas inéditas y otras no, que concedió Gaya desde su retorno del exilio hasta finales de los años noventa, cuando poco a poco se fue recluyendo cada vez más en él mismo, en su arte y sus seres más queridos.
Este libro servirá para que en el futuro quede una buena muestra de la naturalidad del estilo de Gaya. No hay en estas entrevistas un solo momento en que la sombra de un exceso de retoricismo, de literaturización, asome en la conversación de Gaya. Y aún así no se aprecia diferencia alguna con sus lúcidos, pulcros e infernalmente sencillos ensayos. Porque, y ahí radica una de sus principales virtudes, los libros de Ramón Gaya enseñan a todo aquel que quiera verlo el mejor modo de señalar la verdad y de expresarla de modo certero: la naturalidad. Frente a la avalancha de ensayos, artísticos, filosóficos, que se amparan, se escudan, en tecnicismos, en un estilo peraltado para iniciados, los textos de Gaya son hospitalarios en el estilo, cálidos y sencillos, pero no cesan de decir verdades sin tener miedo alguno a decirlas en voz alta. Gaya es, sin duda, una muestra viva de las mejores virtudes de la España de siempre, la voz del pueblo, la del hombre de palabra, que atesora y sabe el valor de cada término que usa, y no se ve necesitado de vestir altas galas para ser preciso y elegante.
Y, por otro lado, pese a que frente a la profundidad y el rigor de sus propios ensayos, estas entrevistas puedan parecer superficiales, pequeñas síntesis o resúmenes para los que conozcan su obra, es desde luego un portal de bienvenida único para los que nos conocieran esos libros fundamentales.
Además este libro sirve para conocer de primera mano, por comentarios y expresiones del propio Gaya, muchos detalles biográficos que estaban algo oscuros. No fue Gaya un hombre dado a confesarse, a hablar de sus vivencias –como se deduce de la lectura de los diarios de Andrés Trapiello, uno de sus más fervorosos seguidores y defensores- y por eso es de agradecer la ingente cantidad de anécdotas, de pequeños datos biográficos que se recogen en él.
Pero, por encima de todo eso está, siempre, la profunda humanidad de Ramón Gaya. Cuando uno mira sus cuadros –o al menos así me sucede a mí- uno se vuelve más sabio. Uno parece conectarse a la serena vida que late en ellos, a ese modo remansado, tranquilo, con que construye el mundo –lo que en medio de la aceleración que se nos impone desde la presión del mercado lo hace muy recomendable- y frene a ellos uno es más feliz. Cuando uno lee a Gaya uno sabe cómo se ha formado esa sabiduría, porque los libros de Gaya son el poso, la reflexión que él mismo ha hecho de su modo de mirar el mundo y de pintarlo. Hay un sin fin de artistas que exponen y acompañan sus obras de textos explicativos sobre el por qué han hecho esto o lo otro. Pero con la obra de Gaya a uno le sucede lo mismo que cuando nos enamoramos: uno se pasaría la vida mirando sus cuadros y escuchando sus palabras, no porque reflejen de un modo único la vida o nos enseñen algo sobre ella, sino porque son vida, a veces mucho mejor que la que vivimos, y por eso queremos estar con ellos todos el tiempo.
Ramón Gaya de viva voz Edición de Nigel Dennis. Pre-Textos, Valencia, 2007

21 septiembre 2006

Retazos de vida

Hay libros que no son inolvidables, que no son fundamentales para entender los derroteros de la cultura pero que son agradables de leer. Suelen estar preñados de historias humanas, que no nos suenan, nunca, a novedades nunca escuchadas, sino que se parecen más a esas charlas que pescamos en los transportes públicos o las colas de los comercios, en los que nos enteramos de verdaderas novelas, auténticas historias que, de ser contadas en un libro, en una película, nadie creería. Son historias sumergidas en verdad y que nos reconfortan un poco con las vidas que no hemos tenido. Sobre todo los que –no sabría decir si invertimos o desperdiciamos- gastamos mucho tiempo en vivir vidas a través de los libros que leemos.
Un libro de esos, de los que no cambiará la Historia de la literatura ni la vida de uno –ni falta que hace- es Bar de anarquistas de José María Conget. Este maño trastocado en universal, que vive en Sevilla después de haber estado dando tumbos por medio mundo, tiene una obra llena de libros como este. Libros que no aspiran a revolucionar el mundo, que no quieren romper los cánones literarios, sino que buscan ser compañeros.
En un mundo en el que parece que el que no grita o salta no sale en la foto, es agradable tener a tu lado a ese tipo que ni alza la voz ni da la nota, que tan sólo está ahí, que de vez en cuando, entre caña y caña, entre café y café, nos cuenta un poco de la vida –de la verdadera, la de los recibos sin pagar y las humedades en la pared- y nos deja de las novelerías con las que otros nos agotan.
Conget ha elegido hacer una literatura que vende poco y no sirve para salir en la tele. Esa que habla de la vida y que intenta trasladar un poco de la gris existencia de cada uno –tan llena de color en realidad- a unas páginas.
No creo que la posteridad preocupe mucho a Conget, parece más listo y disfruta el presente.

José María Conget Bar de anarquistas Pre-textos, Valencia, 2005

15 agosto 2006

Cuatro grandes cosechas

Doce años para cuatro libros de poesía, o, mejor dicho, cuatro libros que asumen su condición de colecciones de poemas. Juan Bonilla ha dicho, cargado de razón, a todo el que quiere oírlo, que la poesía no son los versos, sino un sustrato que se esconde en algunos textos, independientemente de su condición genérica, y que los convierte en algo mágico. En las colecciones de poemas de Juan Bonilla hay momentos en que esa poesía aparece, y no son pocos.
El estilo de la obra lírica del autor jerezano es multiforme y cambiante y revela los distintos intereses del autor, que se gana la vida como periodista, pero estudió también clásicas, le gusta la fotografía y ha publicado novelas, libros de cuentos y ensayos. Y en todo texto de Bonilla siempre hay una mezcla de todo eso. En sus cuentos aparece el versificador del mismo modo que en los versos se trasluce siempre el narrador que los ha vertebrado. Y es esa visión transversal de los géneros –o sencillamente el ser escritor a tiempo completo- lo que lo hace especialmente interesante. Bonilla es de esos autores que “no dejan indiferente”, como dice el tópico, porque pretende, siempre, meter el dedo en el centro mismo de la llaga, y tanto da que sea la social como la existencial. Por eso en su poesía habla tanto de las guerras que han asolado el mundo en las últimas décadas –guerras menores en apariencia pero que en conjunto conforman un escenario bastante lamentable para poder sentirnos orgullosos- como de la necesidad de recibir noticias de los amigos, de los seres queridos -esos que dibujan el retrato de uno mismo. Buzón vacío es un poemario ya maduro, de un hombre que ha cruzado la cuarentena y que siente muchas ausencias y comienza a asumir la muerte –y su profeta, la enfermedad- como la moneda de pago del futuro, y tal vez por eso no es un poemario alegre, pero sí muy sereno.
La libertad de su obra se refleja en la carencia de ataduras estilísticas a la hora de enfrentarse al poema. Estrofas clásicas y versículos se dan la mano en una obra que, cada día, se asume más libre y espontánea.
Por ejemplo, hay un poema, delicioso, en el que el poeta mide las relaciones, su duración, su intensidad, por el número de bolsas de basura que han generado. Ahí es nada, si quieren originalidad va a ser difícil que encuentren algo mejor.
Bonilla es como Borges, como su propio Borges cleptómano que fatiga mil y un libros a la busca de una idea original y cautivadora para convertirla en suya. Bonilla ha leído muchísimo y tiene la virtud de encontrar entre sus lecturas los trampolines desde los que saltar. Me explico: Uno podrá encontrar en la obra de Bonilla ecos, usos, de elementos externos, pero en sus manos parecen cobrar nueva fuerza, nuevos significados, y de esa reutilización hábil y generosa -no confundir con el plagio, la última palabra que han aprendido los cuatro que no han leído en su vida y ahora quieren ir de listos- de materiales ajenos consigue él hacer su obra siempre novedosa e interesante.
Cuando comenzó a publicar con sus Veinticinco años de éxitos en La Carbonería se podía decir que era un escritor con mucho futuro. Ahora se puede afirmar que es un autor con mucho presente y un sólido pasado desde el que construir el futuro. Los cimientos son, entre otros, sus cuatro libros de poemas: Partes de guerra, Multiplícate por cero, Belvedere y Buzón vacío. Son refrescantes, idóneos para estas fechas, pero conviene no engañarse, porque son refrescantes no son ligeros.

Juan Bonilla Buzón vacío Pre-Textos, Valencia, 2006