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viernes, 24 de septiembre de 2021

Un cuaderno-alfabeto-biodiario

Cuaderno angerino, Fundación del Garabato, 2020

Una “autobiografía lacustre”, así define José Joaquín Beeme su nuevo libro, que es también un alfabeto ilustrado donde distribuye sus gustos artísticos, sus homenajes, sus encuentros felices y sus omnívoras curiosidades.

Así, escribe en el prólogo: “Quiere este cuaderno pasar revista a las múltiples y variadas sintonías que, a lo largo de dos décadas, han ido uniéndome (y unen a la Fundación del Garabato) con esta Little Italy que, por concreción geográfica, nombramos Angera [entre Lombardía y Piamonte, a orillas del lago Mayor]. Y lo hace echando mano del abecé, que es un modo ágil pero disciplinado de organizar las ideas y sujetar la imaginación, siempre desbocada, que haría correr la pluma por meandros imprevisibles.”

La circunstancia vital, en efecto, coincide en este año pandémico y de triste memoria con el vigésimo aniversario de su viaje a Italia, adonde llegó desde su Zaragoza natal para trabajar en el departamento de publicaciones de un centro de investigación de la Comisión Europea.

Por las páginas del libro pasan Garibaldi y los Visconti-Borromeo, Dario Fo y Alessandro Volta, Michelangelo y Pascoli, los partisanos y los obreros de la cerámica, castillos y autómatas, hallazgos científicos y ritos mitraicos, bandidos y fantasmas de lago, con abundantes reflexiones sobre cine y literatura, botánica e historia del arte, notas de paisaje, arqueología, gastronomía, fotografía, ecología… Un auténtico cuaderno misceláneo, de viajero siempre alerta que va sorprendiendo, con ojos españoles, conexiones y contrastes en esta parte de Italia casi rayana con Suiza.

Cada libro de Beeme es un juego, una alegre experimentación con la escritura interminable. En éste sigue a su admiradísimo Cortázar al proponer una lectura libre o combinatoria: “Léase a pizcos, de seguido o llevados de la curiosidad onomástica, cualquier camino os conducirá al meollo cuántico que se despliega de la A a la Z, o viceversa, porque esos, de momento, son los dos polos de la cartografía anímica entre los que discurren nuestras garabatas andanzas.”

Yo le conozco casi desde su llegada a mi país, y os aseguro que su cabeza es un hervidero (“tiene muchos grillos”, decimos por aquí) que nunca deja de trabajar. Me honro con su amistad, y él no cesa, generoso, de regalarme con sus ideas.

Waldo Sanguinetti, El Pollo Urbano, nº 203

domingo, 3 de febrero de 2019

El cuaderno de Vicente
















Esta película es un cuaderno de dibujo extraviado, una casa amarilla y pobre, unos zapatos asoleados que entre lavandas caminan y caminan. 

Tres razones muy mías por las que me he plantado ante la pantalla y he dejado que Schnabel me cuente su Van Gogh. Diría, pretenciosamente, que iba yo a cerrar el triángulo de miradas abierto por dos artistas quienes, a su vez, se espejan uno en la luz del otro. Me gusta ese cuaderno o borrador de niebla (brouillard), que era un libro de contabilidad de tapa dura y por eso la señora Ginoux, sin sospechar su precioso relleno de tierras y negras tintas, lo dejó apilado en un estante del café de la estación de Arles. Contiene una sesentena de dibujos, a lo largo de dos años de fatigar los campos provenzales, y en ellos hay sudor y hay polvo, pliegue, rasguño, línea que busca y se desespera, manchón, quizá lágrima. 

Cuando asoman, en la página fílmica, intervalan el retrato alucinado de Dafoe, que solidario del modelo traspasa sus raptos violentos y sus vacíos de memoria, su cotidianidad frugal, su amor por Theo y por Gauguin (casi filial el uno, el otro dolido, huérfano), su éxtasis de hombre natural, su miedo a perder pie definitivamente. 

Me quedan cuadros, de este cine abocetado, que a despecho de la narratividad (no busquen la enésima biografía) excavan en mi inconsciente emocional: la estancia espartana, las botas hambrientas, la yerba subjetivamente desenfocada, el caminante crepuscular con sus achiperres al hombro, artistas de cuatro francos en torno a un quinqué de absenta, pero sobre todo la caja de humilde pino con ese cadáver blanco rodeado de buenos ciudadanos que, ahora sí, ya nada importa, se deciden a mercar uno de esos grumos de color salvaje para sus interiores burgueses.

cfr. Revista El Pollo Urbano, sección Pantallas

miércoles, 1 de noviembre de 2017

Cuadernos lacustres

Exploración y viaje

Sobre las colinas de Sesto Calende, entre Lisanza y Angera, donde se encuentran el lago Mayor y el piamontés-lombardo río Ticino, tiene su sede la Fundación Sangregorio, entidad que promueve la información difusa sobre la obra del fundador con fines de conocimiento y formativos, actuando como centro cultural. La trayectoria del artista español José Joaquín Beeme, invitado a los espacios de nuestra fundación, se plantea como un homenaje a la obra del escultor y profundiza un diálogo que empezara con un artículo dando a conocer a Sangregorio y su casa-museo al público español, para continuar con esta exposición mediante cuadernos "lacustres", dibujos, micro-esculturas, fotografías y trabajos audiovisuales. 

El recorrido expositivo reclama la sugerencia de exploración y viaje en la naturaleza que emana de la obra de Giancarlo Sangregorio. Nace de la colaboración con la Fundación del Garabato, con el objetivo de subrayar los procesos creativos y las vías para la recuperación del imaginario en el arte contemporáneo. Como se ha observado, la obra creativa de Sangregorio se mueve al margen de niveles formales preestablecidos, apelando más bien a una espontaneidad atávica que emerge de la vitalidad de la obra, intuida ya en la materia prima. Una vitalidad que, como ocurre con la vida mágica, alquímica, del vidrio, el mineral o la celulosa, que conforman repertorios paralelos de la escultura, provoca la imaginación de JJ Beeme, seducido por el poder evocativo de las formas.

La exposición define también un mapa de los lugares del alma, lo que crea una interesante conexión territorial con otros espacios artísticos, desde la casa-museo de Lucio Fontana en Comabbio hasta la casa de Enrico Baj en Vergiate, desde la Fundación Hermann Hesse en Montagnola hasta el festival de cine en Locarno y Monte Verità en Ascona.

El papel del arte en la valorización del territorio asume así una importancia creciente. La obra que tenazmente persigue la Fundación Sangregorio se enmarca en esta perspectiva y se consolida en colaboraciones como ésta, dirigida precisamente a alcanzar ese propósito.

Francesca Marcellini
Presidente 
Fundación Sangregorio Giancarlo


Remontarse a las fuentes 

La confrontación entre ambos artistas, Sangregorio y Beeme, por más que lejanas en el tiempo y de diferente concepción, nos enseña que "todo mana de los mismos subterráneos", como decía el poeta y artista Joan Brossa (1996). Prueba de ello es aquel pasaje del Tratado de la pintura de Leonardo, que Hermann Hesse parafrasea en su novela Demian (y que ofrecemos en la exposición), donde el protagonista confiesa, propenso desde niño, que se abandona al poder evocador de las formas absurdas, complejas y extrañas de la naturaleza. Imágenes que no serán ya impresiones externas sobre nuestra retina sino formas interiores, caprichos, creaciones nuestras en definitiva: así una ramita retorcida, una piedra de río o un trozo de hierro herrumbroso y melancólico, hallado por el camino, expresan rimas visuales con los garabatos y los grutescos de JJ Beeme.

Signos y dibujos, improntas y matrices no serán otra cosa, por tanto, que estímulo y a la vez invitación a cada visitante para que pueda experimentar otro modo de relacionarse con el arte (a partir de una mirada natural, libre, errabunda, slow), ensayando su particular viaje en busca de las fuentes.

Malena Manrique
Curadora
Fundación del Garabato






martes, 20 de diciembre de 2016

Imaginativos deseos para 2017

"Para conocernos, tenemos que poder imaginarnos."

Gianni Rodari, Cuaderno de fantástica, c. 1940
(primera versión de Gramática de la fantasía)