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MUDANZAS. En torno al «sistema de aldeas» ácrata del África negra

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Oliendo tan mal esa Utopía que, como anotara el autor de Reglas para el Parque Humano, “ha perdido su inocencia” -analgésico o anestésico para las minorías descontentadizas de Occidente, perfectamente integradas no obstante su “indignación”-, opté hace años por la Heterotopía: la belleza y la dignidad están aun al alcance, pero nunca para nosotros en un futuro -el Ideal, “mañana y aquí”-, sino para otros y hoy mismo -”ya, en otra parte”-.

Esta pasión por lo que no me constituye, por lo extraño y ajeno, me lleva ahora a África, hacia donde se muda el centro de gravedad de mis días.

Empiezo por Senegal, interesado particularmente por el pueblo diola de Casamance, procurando rastrear aquel “sistema de aldeas” autogestionario y ácrata (se habló al respecto, desde la antropología clásica, de “anarquías organizadas”), afortunadamente alejado todavía de nuestra racionalidad política y económica.

Siguiendo en alguna medida los pasos de Evans-Pritchard (“Sistemas políticos africanos”), Mbah e Igariwey (“África rebelde”), Tait y Middleton (“Tribus sin dirigentes”), Barclay (“Pueblos sin gobierno”) y tantos otros, quiero profundizar en la subsistencia de una alteridad socio-política y psico-cultural amenazada hoy por el avance de esta apisonadora que nombramos Capitalismo Demofascista -formación que, como se evidencia desgarradoramente en la actualidad, “morirá matando”.

Viviré, pues, no tan cerca de lo que detesto.

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[Ilustración: “Lluvia de sangre bajo todos los paraguas”, dibujo de Virginia Cánovas Essard)

Pedro García Olivo, 2026

LA SANGUIJUELA Y SU HERMANO. Sobre nuestra responsabilidad en los más cotidianos de los horrores

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Z)

Sorprenderse por las atrocidades sangrientas de la actualidad no es compatible con una interpretación crítica de la historia y una valoración no auto-legitimatoria de los fundamentos filosóficos y la praxis política inmediata de las potencias occidentales. El escritor que se suicidara en Port Bou, como si se negara a escapar de un fascismo (el alemán) para caer en las redes de otro (el estadounidense), lo anotó ayer con una contundencia elemental sustituida hoy por la tibieza de los diplomáticos y la estulticia de los comentaristas de superficie:

“No es en absoluto filosófico el asombro acerca de que las cosas que estamos viviendo sean «todavía» posibles en el siglo veinte. No está al comienzo de ningún conocimiento, a no ser de este: que la representación de historia de la que procede no se mantiene”.

Y)

Una nave que naufraga y se hunde irreversiblemente disparando a la desesperada contra embarcaciones más solidas a las que siempre quiso arrebatar sus pertrechos. Es la nave del Imperio que liderara un tiempo Inglaterra y en adelante EEUU. Se amontonan los cadáveres, más de las tripulaciones que de las oficialías. Pero las balas y los cañones de las distintas formaciones en litigio están hechas del mismo metal…

Es como si varios jugadores ventajistas se juntaran en un partida de póker, siendo todos amigos y rivales al mismo tiempo. No importa mucho quién gane: lo decisivo es que, entre los perdedores, el más viejo, que se creía también el más hábil, careciendo de la capacidad de asimilar la derrota, estalla en ira contra todos y para nada.

Las “reglas” que un día se enunciaron para tal suerte de combates navales y juegos de naipes nunca se respetaron y cabe sorprender un punto de cinismo en sus formuladores (aquel Ch. Taylor que hablaba de una “Comunidad Liberal de Grandes Dimensiones”, J. Rawls esgrimiendo al aire su “Sociedad de las Gentes”, J. Habermas con su alambicada “racionalidad dialógica”, etcétera), tan interesados por otra parte en orillar esas “formas de hacer las paces”, esos procedimientos para resolver los conflictos, que se practicaban fuera del microcosmos occidental -pensemos, por ejemplo, en la Kriss Romaní de las comunidades gitanas históricas, análoga a las concepciones de diversas etnias nómadas, en el “derecho consuetudinario indígena” de los pueblos originarios de América, estudiado entre otros por C. Cordero, o en los usos tradicionales de tantas Naciones sin Gobernantes que cundieron en el África Negra antes del asalto del imperialismo decimonónico y sobre las que escribieron páginas muy sugerentes antropólogos como H. Barclay o J. F. Marchment Middleton.

X)

Si no fuéramos ya, en algún sentido, “zombis”, muertos vivientes, nos matarían de risa los alegatos patético-hipócritas en pro de un “derecho internacional”, de una “Corte Penal” transfronteriza, de un “Tribunal de la Haya”, de la ONU, de la persecución efectiva de los “crímenes contra la Humanidad”, etc. Tales alegatos reinician meramente la pretensión europea y norteamericana de un orden ético-jurídico universal, en sí mismo imperialista, hostil a la diferencia, “totalitario” en términos de R. Jaulin y siempre al servicio de la explotación económica de la mayor parte de los países y las gentes del Planeta. Promueve aquello en lo que se basa: la Subjetividad Única, forma global de Conciencia y Comportamiento con visos de hegemonía bajo el demofascismo de nuestro tiempo.

W)

Y es que el material con el que se fabrican aquellas balas y los cañones somos nosotros, cada uno de nosotros, en tanto apéndices carnales del sistema capitalista, al que reproducimos todos los días desde nuestra cotidianidad productivista y consumista. Y es que tanto el vencedor como los perdedores de la mencionada partida de póker somos nosotros, todos amigos y rivales, todos ventajistas, jugando sucio para reproducir la racionalidad económica y burocrática del capitalismo tardío.

Estamos hechos de la misma materia que nuestros monstruos, esos monstruos engendrados, no ya por el sueño de la Razón (“¿es que Goya, aparte de sordo, estaba ciego?”, me preguntó un alumno), sino “por la Razón misma, insomne y vigilante”, como se deja leer en El Anti-Edipo.

Me sigue pareciendo que el único modo de oponerse, sin auto-engaños comunes, al horror habitual y muy racional de la contemporaneidad estriba en la desistematización personal, en la reinvención consciente y tal vez dolorosa de la propia vida.

Si la sanguijuela es EEUU, su hermano es el estado de Israel. Pero, en el sentido de este texto, EEUU e Israel, mientras nos fortifiquemos en nuestras convicciones culturales altericidas y perseveremos en nuestros modos mercantiles de existencia, “somos todos”.

Pedro García Olivo

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(Ilustraciones de Virginia Cánovas Essard)

SIN NOVEDAD EN NINGÚN FRENTE. Los tiempos del transcinismo

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1.

Si la historia no se repite, al menos sí pareciera que se “congela”. En la mayor parte de los órdenes socio-culturales de la contemporaneidad no se registra más incidencia relevante que una cierta aceleración de lo ya dado, un apresuramiento en carreras ya avanzadas.

El Fascismo Democrático sigue ahí, donde lo dejamos hace tiempo, prácticamente como siempre:

– Expansionismo exterior, de índole territorial, económica y militar (ilustrado en Próximo y Medio Oriente, Ucrania, Venezuela, Groenlandia…).

– Docilidad de las poblaciones (pensemos en EEUU y Europa en primer lugar).

– Persecución de la diferencia radical -cultural, psicológica y existencial-, en beneficio de una diversidad inocua.

– Instrumentación de la llamada “violencia legítima”, física y preferentemente simbólica, desde los aparatos del Estado.

– Transferencia al oprimido de parte creciente de las prerrogativas clásicas del opresor, a fin de consolidar la auto-sujetación (obreros con acciones y participación en la gestión de las empresas, estudiantes que ejercen de auto-profesores, colaboración ciudadana con la policía, auto-medicación inducida por las propias instituciones sanitarias, presidiarios que en los “módulos de respeto” se desenvuelven como “carceleros de sí mismos”…).

– Domesticación de la crítica y de la protesta (bajo los patrones, no ya de lo “políticamente correcto”, sino de un inflexible “verosímil ideológico” que se rearma con taxonomías anuladoras como las de “negacionismo” o “populismo”), proceso atestiguado por la ascendencia de un ecologismo-pacifismo-feminismo conservador, integrado, pro-capitalista y pro-estatal, ingrediente entre otros de la cultura hegemónica y de la verdad postulada, y por la esterilidad indisimulable de las prácticas opositoras “legales” -partidos, sindicatos, huelgas con servicios mínimos, manifestaciones autorizadas…-.

– Economización e individualización irreversible del ser humano occidental, como lamentara J. Ellul y para escarnio del “don recíproco” comunitario cantado por M. Mauss.

– Etcétera, etcétera, etcétera.

2.

Sin novedad en ningún frente, quizás llame la atención la remodelación paulatina de la disposición cínica…

El cinismo antiguo, denominado “quinismo” en su tiempo, vinculado a la “Secta del Perro”, con Diógenes de Sinope en primer término, caracterizado por su revuelta contra el Poder y el Mercado, una insubordinación político-económica, con su correlato existencial, que lo hacía amigo de la insolencia, de la “frescura” expresiva, de la provocación escenográfica, de la disensión descarada y escandalosa, fue suplantado en la modernidad por un cinismo resignado, acomodaticio (aquel “saber lo que se hace y seguir adelante”, si bien con rebajada mala consciencia, al que se refirió P. Sloterdijk en Crítica de la razón cínica), definitivamente soldado a la sociedad mercantil y a las administraciones, sustentador del statu quo a pesar de sus travesuras irónicas o sarcásticas.

Y hoy emerge el “transcinismo”, que recupera del antiguo, del griego, su proclividad a la fraseología irreverente, llamativa, grosera o descarnada, aquel gusto por la afirmación altisonante y hasta obscena de una pretendida verdad desnuda, retomando al mismo tiempo del cinismo moderno su adscripción al bando de la conservación, con la consiguiente sacralización de la Ratio burguesa y de su axiomática del Capital y del Estado, ejemplificado en la praxis discursiva y mediática de D. Trump y de los portavoces ruidosos de la ultra-derecha y el neo-liberalismo.

Este transcinismo coetáneo se alimenta de dos procesos paralelos aunque éticamente no comparables: por un lado, el apego popular a la ausencia de rodeos y de remilgos en la expresión, la desafección hacia las expositivas cosméticas y los disimulos gestuales (“paripés” se decía ayer y “postureo” se nombra hoy), circunstancia saludable en mi opinión, y, por otro, la postración acaso terminal del anhelo libertario, de la voluntad de transformación profunda, al modo de una reinvención psico-social general del mundo, manifestada en la aceptación mayoritaria, masiva, “ciudadana”, lamentablemente incuestionable, del orden capitalista-estatal.

“Escandaloso” como el cinismo antiguo y “conservador” como el moderno, el transcinismo se aficiona a una provocación y una desvergüenza que trabajan sin ambages para la perpetuación de lo Establecido, con su “política de la realidad” y su pragmatismo soberano. La racionalidad estratégica, exudado de la economía y de la burocracia, acorazada desde la Ilustración, como apuntó M. Horkheimer, cambia simplemente de estilo en la declamación… Y el “a nosotros también nos gustan los pasteles, aunque no estamos dispuestos a pagar su precio en servidumbre” de Epicuro de Samos se ve sustituido por un transcínico “la servidumbre en acomodo es el más exquisito de los manjares”.

No hay novedad en ningún frente, acaso porque apenas quedan frentes dignos de su nombre. ¿Qué cabe esperar cuando hasta la insolencia y la invectiva se abrazan al Opresor, obteniendo precisamente por ello el aplauso de las gentes?

“El Rey está desnudo. Si alguien es capaz de decirlo de una forma persuasiva y hasta bella, entonces el Rey está perdido”: lo anoté hace años, pero ya no me lo creo.

Pedro García Olivo

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(Dibujos de Virginia Cánovas Essard)

DE LA SABINA, EL MAQUIS Y LA CONTRAPARTIDA

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SE LO LLEVÓ LA SABINA

(De los maquis y la Contrapartida)

1.

Si es escaso el perfume verdadero, también lo es el verdadero veneno. Lo atestigua la sabina, escasa, veneno y perfume. Aquella síntesis de los contrarios que de vez en cuando la áspera Naturaleza ilumina bruscamente (y que Blake evocó de este modo: “La versión del Demonio es que el Mesías fue quien cayó y formó un cielo con lo que había hurtado al Abismo”) halla en la sabina su expresión más turbadora. En su tronco rizoso, donde parecen cicatrizar las heridas de todo un siglo, celebran sus bodas la belleza y la muerte… La historia de la sabina se mezcla con la de las gentes del país hasta un extremo de magia y locura: ya no es savia, sino sangre, lo que nutre al majestuoso y entenebrecido árbol; y ya no es un corazón humano, sino el corazón granate de la sabina (un corazón duro, antiguo, brilloso, brutal y halagador a la vez), el que late en el pecho de estos hombres.

El rojo corazón fragante de la misteriosa conífera sabe de alegrías humanas y de humanos tormentos. Arropa al aterido campesino en las crudas largas noches invernales; pero también sirve de tijera y destral a la mujer que no quiere ser madre. Su minúsculo y terrible fruto protege la vida que vive, y mata la vida que no deja vivir. Sangra en su corazón grana el protector licor que apaga la vida titilante, y alimenta su prieta madera el fuego destructor que abriga y salva. Por esta extraña intimidad con la alegría y el tormento de los hombres, la sabina, a punto de desaparecer, vive en los relatos y en los recuerdos; se hace eterna como el mito y el fantasma.

Como el eco de un quejido sostenido, ululante de cuentos y de leyendas, la temible dulce sabina, horrorosamente bella, escasa como el veneno y como el perfume, adorna estos páramos olvidados y casi ausentes, veteándolos de verde opaco y de abromado gris vibrante.

2.

1947. Jabaloyas, no muy lejos de Arroyo. Los escudos de las casas, la nobleza de los materiales y el porte general de los edificios revelan que este pueblo perdido de la sierra brilló un día como sede de la aristocracia guerrera. Las montañas que aherrojan la aldea por el oeste expelen un irrespirable aire invernizo. Despiadado hálito de las nieves, se diría que el viento cruza las calles con un cuchillo entre los dientes. Viejos cantoneantes defienden sus gargantas, de la hoja de ese cuchillo, con raídas bufandas de lana. El reloj de la iglesia medieval anda a marcar las siete. Junto a la plaza, antigua y desierta, bulle una cantina.

Frío anochecido. Difuso arrebol en lontananza. Un hombre de la Contrapartida, guardia ataviado al modo de los maquis, atraviesa con paso firme la plaza y entra decidido en la tasca. Por sus ropas sucias de tiempo, mal zurcidas, su morral abultado, el barro de sus botas, la barba rala de meses que oculta sus facciones duras y un mirar menos fiero que desconfiado, se le toma por lo que no es. Solo una duda: ¿cómo se atrevió a entrar, si no es de sabina el humo que envuelve la plaza? Cuestión de arrojo, tal vez.

Acogido por el mesero con discreción y tímida simpatía, se le da asiento junto al hogar. Espoleados por el hambre y las horas, los hombres apuran sus vasos de vino y abandonan la taberna. Solo quedan, junto al fuego, el forastero de aspecto sufrido y, al otro lado de la barra, un tanto desconcertado, el mesero que con aquella vacilante cordialidad le atendía. Tras servirle la común tajada de lomo de cerdo y una jarra de vino de la tierra, decide este último, para salir de una duda terrible que le oprime el pecho y corta la respiración, arrojar al fuego una raja de sabina. Con toda ceremonia, y de un modo anormalmente pausado, casi gesticulante, el hombre alimenta el fuego con la insinuante conífera. Se alarma al instante, pues no percibe respuesta alguna en el rostro del extraño. No se dilata su pupila, no sonríen sus labios, no descansa su espíritu. Continúa en su silla, raramente tenso, callado y ni siquiera meditabundo… Quizá sea un hombre entrenado en el difícil arte de no dejar traslucir sus sentimientos. Quizá no se fíe. O no baje nunca la guardia. No deseará transparentar lo que sin duda debe saber: que la sabina crepitante rocía la calle con su inolvidable fragancia, y es esa la señal que espera el maquis verdadero para cerciorarse de que no hay peligro, de que puede entrar confiado en el bar como entra en las recónditas grutas de Los Rodenos, sabiéndose allí, podría decirse, amigo entre sus amigos… Consumiéndose en el espanto de esa duda afilada, punzante, inaguantable, sale maquinalmente del garito.

3.

Tres hombres de incierta apariencia, con las ropas no tan sucias aunque sí mal zurcidas, los morrales ligeros de peso, apenas barro en las botas, barbas de pocos días y un mirar más fiero que desconfiado, cruzan la plaza, vieja y vacía. El mesero, que, con unos pocos mendrugos de pan florecido y acartonado, avía en esos momentos a un perro flaco sin raza, levanta la vista al desafiante trío y frunce el entrecejo. Apoyándose en el alféizar de la puerta, se arma de un valor arcaico y caduco:

– ¿Qué se os ha perdido por aquí?

La respuesta es inmediata, inapelable como la escarcha que se cierne sobre los sembrados:

– Huele tu hoguera a sabina. A ti te lo podemos decir: Guerrillera del Levante, partida del Morro del Gorrino.

– ¿También vosotros? No esperaba a más de una legación.

– ¿Qué dices?

– Tengo ahí a uno de los vuestros.

– ¿De los nuestros?

En el silencio estrellado de la noche, los hombres se intercambian torvas miradas. No hablan, pero sus ojos ya lo han dicho todo. El mesero empieza a entender.

– Entra y no digas nada. Sepárate de él. ¿A qué lado está? –inquiere el más alto, de tosco semblante y expresión deslavada, mientras sus compañeros continúan resistiéndose a aceptar la situación.

– ¿Estas seguro, Paisano? No tenemos por qué hacerlo… –interrumpe un guerrillero.

“Cuando las cosas se complican, El Paisano no tiene que esperar órdenes de ninguna parte, ni se retira; sabe lo que tiene que hacer sin que nadie se lo diga. Topar con uno de la Contrapartida es el mayor peligro que puede correr un guerrillero. Si hoy no nos sorprende a nosotros, mañana puede sorprender a cualquiera…”. Este debe ser el pensamiento en el que Cándido se demora apenas unos segundos, buscando una justificación para la determinación interior que, antes de toda reflexión, se ha encendido en su pecho. Pero no dice nada. La ausencia de respuesta es ya más que una respuesta. Se dirige de nuevo al mesero:

– ¿A qué lado está?

– Conforme se entra, a la derecha. Junto al fuego.

Danza en la plazuela el embriagador sahumo de la sabina… Cala en el coraje de los maquis. Les trae el aroma de un pasado reciente y robado, aroma de lumbres extinguidas en la Colectividad y trabajos derrochados en el bosque. Al calor de la sabina soñaron un Mundo Nuevo. Decía ser un Nuevo Hombre el que se desojaba en sus brasas… Al calor de la sabina se despidieron, los más valientes y los más marcados, de sus seres queridos; y, sin confesarlo, casi se despidieron también de su Esperanza mancillada. Conquistaron el pan, como no hubiera querido Kropotkin, en la desamparante rudeza del monte, arrojando a las llamas de su abrigo leña de arbustos menos nobles y añorando en las dormidas al raso la acariciadora cálida fragancia de la conífera amiga. Ahora aún les servía de contraseña, como si no quisiera desligarse de su fúnebre destino, al menos en la cantina de Jabaloyas.

Danza en la calle el violento amable olor de la sabina quemada. Envuelve en perfume y veneno, envuelve en belleza y en muerte… Arde su corazón herido en el hogar, refocilando al expectante policía emboscado. “Mañana mismo –se dice- hay que detener a este hombre… O a lo mejor conviene vigilar la taberna y de momento esperar… ¿Y si, nada más irme, corre el sospechoso a la Casa Cuartel a denunciar el encuentro? No sé… Casi me sonrió…”.

Como un huracán que arrancara la puerta y parara los corazones, irrumpe el trío en la taberna. Abre fuego sobre el hogar, la mesa, el vino, el agente… Mientras la mancha de sol poniente de la sabina se resiste a renegrear en la chimenea, la vida del Guardia Civil se esfuma como un mal sueño. Cae el cadáver sobre el fuego. Las brasas de la sabina se excitan ante la carne. En un ardoroso abrazo perfumado se consume el pecho del falso guerrillero. Desde entonces se dirá –como un epitafio grabado a cincel en la memoria de piedra de las gentes del país–: “Se lo llevó la sabina”.

Los maquis se van. La sabina queda. Los maquis y la sabina… Los maquis se fueron. Desaparecieron. La sabina se va, desaparece, apenas queda. Testigo mudo de los crímenes de los hombres, se convierte hoy a la vez en la víctima de un crimen consentido –su tala. Esta tierra llora el vacío de sus sabinas matadas. Ríe en cada sabina que aún vive. Y lucha por subsistir como ellas.

* * *

[Suceso recordado durante mucho tiempo por los vecinos, ya desaparecidos, de Jabaloyas; y que recogimos en “El husmo. Los filos reseguidos del dolor”. En esta obra fructificó un arduo trabajo de historia oral realizado por los estudiantes de Ademuz entre 1991 y 1993]

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EL EMIGRANTE Y LOS TÓPICOS DEL PROGRESISMO

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Rentistas del sufrimiento ajeno

Y el profesor universitario, que en la mañana había hablado de la emigración, aborreciendo el “racismo” de las masas, la “xenofobia” de las gentes sin “educación”, jugando a alarmarse por el avance de la extrema derecha fascista (él, tan “demofascista” al mismo tiempo), se sentó en el sofá de su salón y se sirvió un güisqui, esperando a que llegara su compañera para preparar la cena. En el “reparto” de las taras domésticas que habían acordado los dos profesores, ese día cocinaba ella; y el podría tomarse dos o tres güisquis tranquilamente, por tanto. Un día perfecto para el progresismo: habló con mucha pasión en favor de los emigrantes y en contra de los “prejuicios” que arraigan entre los trabajadores y las personas “sin cultura”. ¡Menos mal que está él ahí, deshaciendo tópicos, estereotipos, preceptos…! ¡Y qué bien que sabe el licor cuando uno declamó un rato, desde la poltrona, en favor de una de esas “causas justas” que tanto rentan política e ideológicamente! Como hoy toca asado, el día ha salido redondo…

PERO

El emigrante no es lo que, durante tanto tiempo, nos contaron esas personas “progresistas” que, desde sus puestos asegurados de trabajo, dibujaron un cuadro bonancible, angelical, en torno al “encuentro” de las culturas. Podían dibujar cuadros tan hermosos porque su empleo y sus honorarios no se veían amenazados por la emigración.

Se forjó entonces una leyenda, políticamente correctísima; y apareció a su lado una suerte de Inquisición, que tachaba enseguida de “fascista”, “racista” o “ultraderechista” a quien se atreviera a ver falsedades en el cuadro, trampas en su ejecución, errores en la perspectiva.

Quienes no tenemos ya nada que perder, porque nunca quisimos ganar nada, podemos permitirnos el lujo de enunciar algunas evidencias, algunos hechos incontestables, que van contra la corriente del reformismo institucional y del revolucionarismo de salón. Y sabemos que en la raíz del problema está el colonialismo, el imperialismo, el neo-imperialismo y la globalización capitalista.

1) “No emigran los más pobres, que no pueden; sino que emigran, las más de las veces, los peores”. Me lo dijeron en varias comunidades indígenas: “De aquí no se van los más pobres, porque todos somos igual de pobres, o igual de más que pobres. Se van los peores, los que perdieron el amor a la comunidad y ya solo obedecen a su egoísta causa personal, como obran los blancos y los mestizos desde hace más de quinientos años, desde que los conocemos. Se van los que, quién sabe cómo, pactando con qué diablo, lograron reunir los fondos para correr tras el Dinero. Porque con lo que pagan para salir se puede vivir aquí durante años, apoyando a sus hermanos, luchando por el bien de la Comunidad”.

2) Los que llegan, como emigrantes, a los países desarrollados no constituyen un elemento transformador, una instancia del cambio social: son baluartes del Capitalismo, reclutables para la conservación social, “hombres económicos”, dispuestos a trabajar, comprar, vender, ahorrar, invertir,… Con su llegada, sirven al Capital de muchas formas: por sus aspiraciones (el empleo, la propiedad, el ascenso social, la integración en el llamado Mundo Libre,…); por surtir de “recursos humanos” baratos y casi agradecidos a los empresarios desalmados, que aprovecharán ese incremento en la oferta de mano de obra para bajar los sueldos e imponer ritmos mayores de explotación; etc.

3) No es cierto, como decía la publicística del progresismo, que acudan para realizar “los trabajos que nadie quiere hacer”: en países con tasas de pobreza tan escandalosas como las nuestras, no hay trabajo que no quieran hacer los más acosados por la indigencia y la desesperación. Y es verdad que se contrataron, por cientos, en fincas y empresas, ocupando puestos muy deseados por algunas gentes del territorio. Tenían derecho a hacerlo, por supuesto.

Pero los biempensantes de siempre no tenían derecho a mentirnos de esa manera. ¡Claro!, como ellos no veían peligrar su condición privilegiada, su desempeño docente, o periodístico, o judicial…, podían ponerse la máscara de la simpatía incondicionada con el recién llegado. Y si un obrero constataba que había bajado su sueldo desde la llegada masiva de inmigrantes o que él y sus compañeros habían sido sustituidos por obreros de otros países, acaso más dispuestos a aceptar condiciones indignas de trabajo, enseguida le caía, como un anatema, la acusación de “racista”.

4) Es igualmente falaz la proposición ideológica que dibuja, detrás de cada extranjero y como ‘explicación’ (tranquilizante) de su presencia entre nosotros, el cuadro invariable de una miseria económica que se desea enterrar en el pasado y una opresión política de la que se huye. Los extranjeros que nos llegan no pertenecen siempre a los estratos sociales ínfimos de sus países, como ya dijimos; y, con frecuencia, esgrimen aquella “penuria” de su tierra solo a modo de un ardid, casi inevitable, para que no se les cierren definitivamente todas las puertas. Para que al menos las puertas de la compasión, si ya no las de la solidaridad, les queden un tiempo entreabiertas… Recurren circunstancialmente a la cantinela de la miseria y de la opresión en busca de una coartada, de una excusa, porque saben que aquí tan solo se van a aceptar esas dos “interpretaciones” de su marcha (las dos “lecturas” que aún nos halagan: “vienen —nos repetimos y queremos que nos repitan— porque en nuestra Europa la pobreza y la tiranía ya han sido felizmente abolidas; acuden porque nos envidian, para disfrutar del bienestar y de la libertad que hemos conquistado”).

Pero quienes hemos cultivado la amistad de los extranjeros, quienes hemos sido extranjeros —viviendo en tierras lejanas, rodeados de extranjeros como nosotros—, no ignoramos que hay también otras fuerzas capaces de empujar al éxodo, otros móviles menos ‘reconfortantes’ para el orden social, que hacen mella, de forma desigual, en cada emigrante: voluntad de desarraigo, negación de la fijación territorial, descrédito de la idea de Patria, revuelta contra los valores de la propia civilización, pasión de la fuga, desprecio de todo Hogar, anhelo de vivir la vida como obra, sed insaciable de infinito,…

5) El emigrante “rentaba” de mil formas: como trabajador sobre-explotado, como tropa esquirol de reserva en caso de conflicto laboral, como “procreador” que elevaba la bajísima tasa de natalidad y combatía de algún modo el envejecimiento terminal de las poblaciones europeas, como consumidor aunque a menudo de subsistencia, como “tema” para los pedagogos, los políticos y otros embusteros del “interculturalismo”, como excusa para la acumulación de policías y guardias en determinados puntos de la geografía continental, como “condecoración” simbólica para todos aquellos que lavaban su consciencia de instalación y aburguesamiento corriendo a socorrerlos, como “materia prima” para la tan turbia “industria de la solidaridad” y nutriente humana para la voracidad parásito-auxiladora de las ONGentes,… Porque rentaba, renta y rentará, ha concitado tantas mentiras, tantas engañifas, tantas distorsiones.

El cristianismo siempre ha apostado por la caridad, por “ayudar” al “otro” necesitado: recordemos las “misiones” en África o en América Latina… El “humanismo” también ha avalado comportamientos semejantes, con intenciones ocultas paralelas. Hay quien dice que el cristianismo es un humanismo y otros, entre los que me cuento, consideran que el humanismo es un cristianismo sin dios. En los dos casos, la “ayuda” viene de arriba, con condiciones explícitas e implícitas, apenas ocultando un matiz de “conmiseración”, de “lástima”, y un complejo de superioridad moral e intelectual. Yo no juego a eso. Creo en la ayuda mutua entre compañeros, siempre horizontal; creo en el apoyo entre hermanos y en el don recíproco.

Quisiera todas las puertas abiertas, de entrada y de salida, lo mismo para ángeles que para demonios; quisiera que arribar a Europa fuera para cualquiera tan fácil como visitar a un vecino, que salir de Europa no costara nada. Que Europa se llenara de no-europeos y que muchos países se fueran de Europa. Quisiera una fiebre migratoria que borrara patrias y Estados. Lo que detesto es que me engañen en relación con los motivos de la emigración y la índole de los emigrantes. Temo todos los tópicos; y sé que combatir un tópico de izquierdas es más peligroso que confrontar uno de derechas.

Simpatizo con toda decisión de partir, marchar, salir, correr, huir… Y sé que hay un fondo inefable de dolor, de angustia, de desasosiego, en el corazón de todo emigrante. Mi antipatía recae sobre los rentistas del sufrimiento ajeno.

[“El emigrante y los tópicos del progresismo” apareció en redes el 4 de junio de 2017. Forma parte de “Me enseñó a ser árbol. Composiciones intempestivas desde la antipedagogía y la desistematización”, colección de ensayos, invectivas y textos literarios que me publicó Mar y Tierra Ediciones en 2019, en Chile]

Pedro García Olivo

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(*) No me refiero, en este texto, a la emigración “excepcional”, a veces “coyuntural”, como la motivada por invasiones o ataques militares, guerras civiles, calamidades sociales o catástrofes naturales. Aludo a la emigración habitual, constante, “estructural”, de todos los días, como la de muchos africanos que procuran acceder a Europa o la de tantos mexicanos y caribeños que se internan en EEUU, por poner solo dos ejemplos.

LA RENEGACIÓN

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“En el principio está el NO”, se ha escrito, si bien el NO aparece asimismo al final.

En 2001 sostuve que “Auschwitz no fue un resbalón de la Civilización, un paso en falso de Occidente, un extravío incomprensible de la Razón Moderna, una enfermedad por fin superada del Capitalismo, lacra de unos hombres y de unos años felizmente borrados de la Historia; sino una referencia que atraviesa el espesor del tiempo y mira hacia el futuro, que nos acompaña y casi nos guía, llevándose sospechosamente bien con el corazón y la sangre de nuestros regímenes democráticos. Auschwitz fue un signo de lo que cabe esperar de nuestra Cultura: el exterminio global de la Diferencia. Sobrevendrán (y de hecho ya se están dando) otras Persecuciones de la Alteridad, otros Aniquilamientos de la Discrepancia, otros Holocaustos, mientras nosotros, cada día más instalados en la conformidad y en la indistinción, individuos misteriosamente dóciles, cerraremos impasibles los ojos”. Y una parte de mí mismo quería en secreto poder estar equivocado…

Lo que había leído en La Ilustración Insuficiente, de E. Subirats, en un determinado sentido me hirió para siempre: “El fascismo no fue, como se ha dicho tantas veces, una conmoción para los sacrosantos valores de la cultura occidental, para los principios del humanismo moderno y para los más altos fines de la Razón. Más bien los llamados grandes valores de nuestra cultura encuentran en las formas de coacción social y de dominación social de los fascismos pasados y actuales su concreción histórica, su ilustración y su culminación”.

En el ambiente de esa sospecha, si no certidumbre, el No fue abriéndose camino. T. W. Adorno habló de la “negación determinada” casi como principio metodológico-crítico y desde ámbitos muy diversos se procuró otorgar solvencia filosófica al denominado “pensamiento negativo”. Recuerdo, a propósito, unas líneas de M. Cacciari en torno al artífice por excelencia de la denegación cultural: “El Wille zur Macht nietzscheano no solamente no tiene nada de “irracionalismo vitalista”, no solo no procura recuperar en el plano puramente “subjetivo” la crisis de los fundamentos científicos, sino que se plantea como interpretación y resolución de esta crisis (…). Hay en él desmitificación y fundamentación al mismo tiempo”. Era un NO que irrumpía, al modo de un grito, efectivamente “al final”, cuando los signos del ocaso de la civilización occidental ya no admitían un silencio inducido en gran medida por la promiscuidad de tantas palabras pretendidamente “ilusionantes”.

Si es verdad que “solo se dan resurrecciones allí donde hay tumbas”, como alguna vez pensó F. Nietzsche; si es cierto que “por larga que sea la noche, siempre la sucede el día”, tal cantaba Martín Fierro, entonces podría estar llegando la hora de aquel NO que aflora esta vez “al principio”. Sin embargo, también cabe que estemos asistiendo a otra cosa, algo todavía más temible (nacimiento de un monstruo, día más oscuro que toda noche), y que ya se esté dando el pasaje de la agonía de nuestra cultura a sus estertores. Si las señales de aquella agonía radicaron en Auschwitz e Hiroshima, la cifra de estos estertores reside en lo que ha sucedido, está sucediendo y, como “final de partida”, que diría S. Beckett, va a suceder en Gaza.

Un hombre desesperado suspiraba no obstante por “la inocencia y el olvido, un nuevo comienzo, una rueda que se mueve por sí misma, un primer paso, un inquietante decir Sí”. Pero, para mí, la desesperación inclemente, aquella “ausencia de toda engañifa”, un abrir los ojos sin cobardía ante el horror que nos engendra y que engendramos, aboca a la renegación, un NO que no sabe de principios ni de finales, un NO eterno. “Como esos perros que ladran sin descanso a la eternidad toda en las noches de luna llena…”.

Las gentes de Radio Alegría Libertaria, admirable proyecto crítico comunicativo, han editado “El arte de renegar”, conjunto de audios que les remití entre setiembre de 2020 y enero de 2021. ¡Gracias, queridos amigos!

Para acceder a esas palabras:

http://www.pedrogarciaolivo.wordpress.com

ABSURDO DE EXPONER EL CUERPO POR AMOR. En torno a la muerte administrada

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Cinco páginas concedió V. M. Garshin a una obra que tituló, precisamente, “Una novela muy corta”, tan corta como la muerte. Su hálito es el del antibelicismo. Manifiesta el absurdo de arriesgar la vida, de exponer el cuerpo, por amor -amor a la Patria, esa máscara siniestra, o amor a una persona.

Ante el horror de la guerra que no cesa, solo quedaría el afecto profundo, la estima persistente, los telares de solidaridad concreta que dispone el sentimiento insumiso.

Adolorido y desasosegado, el protagonista casi señala el rasgo definitorio de este Occidente involucrado hoy en otro genocidio espantoso, la esencia de una civilización que se desnudó en Auschwitz, Hiroshima, Irak o el Congo: la muerte administrada.

Garshin se suicidó a los treinta y tres años, tras una existencia asaetada por las crisis nerviosas y el malestar psíquico. No le faltó nunca el afecto, la estima y la solidaridad de la persona que le acompañaba en la vida.

Para leer “Una novela muy corta”: https://pedrogarciaolivo.wordpress.com/wp-content/uploads/2025/09/una-novela-muy-corta.pdf

ROBOTIZACIÓN IRREVERSIBLE DE LA CIUDADANÍA (VIRUS, CAPITALISMO NECRÓFAGO Y OPTIMIZACIÓN DEL FASCISMO DEMOCRÁTICO)

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La sociedad, no por razones de ternura,

sino debido a sus extrañas necesidades,

había cuidado de los dos hombres,

prohibiéndoles todo pensamiento independiente,

toda iniciativa,

toda desviación de la rutina;

y se lo había prohibido bajo pena de muerte.

Solo podían seguir viviendo a condición

de ser como máquinas”

J. Conrad, Una avanzada del progreso

I) TEORÍA DEL CAPITALISMO NECRÓFAGO Y DEL CIUDADANO-ROBOT

1) TESIS RECTORA

A) “Inteligencia del Capital” y advertencia de la Biosfera

La “inteligencia del Capital” se hizo cargo de la advertencia de la Biosfera: ya no tolera el “crecimiento indefinido”, aunque se disfrace con los discursos de la “sostenibilidad”. Era preciso detener esa carrera frenética que abocaba al «fin de todo» (V. Soloviev) y preparar episodios de destrucción-regeneración, “auto-devastaciones controladas” para que el Sistema se perpetuara de un modo nuevo.

Se requerían intermitentes «demoliciones», «hundimientos», «crisis agudas» que originaran quiebra de muchas empresas y surgimiento de otras, naufragio de bastantes negocios y emergencia de otros, declive de formas tradicionales de obtener beneficios y ascenso de métodos distintos para el enriquecimiento… Una «salutífera» catarsis-renovación de la economía, como la que conoció Europa tras las dos guerras mundiales, como la que experimentó Alemania tras la frustración del sueño nazi: este es el caso de la actual «conflagración mundial del Estado contra la sociedad», que se sirvió en origen del Coronavirus para reproducir el Capitalismo de una manera traumática.

B) Higiene profunda del Sistema y factura pagada por los más vulnerables

Este rejuvenecimiento de la “sociedad mercantil” (K. Polanyi), esta higiene profunda de lo establecido, exigirá la extirpación de buena parte de sus tejidos enfermos, seniles o escasamente productivos: ancianos, emigrantes, indígenas, sin-techo, pobres en general… La cuenta de ese “saneamiento” criminal la pagarán los desposeídos, los vulnerables, los más explotados y oprimidos, en una ratificación de la fractura social (división en la comunidad, segregación clasista).

C) Modelo del “campo de concentración”

Se siguió el modelo del «campo de concentración», pero con una salvedad. Las gentes estuvieron confinadas y solo pudieron salir para trabajar o para comer (comprar alimentos), lo mismo que en Auschwitz. Y esta es la salvedad: nadie, en los campos de trabajo y de exterminio, estaba de acuerdo con la clausura, con la reclusión, mientras que nosotros agradecimos ese «arresto domiciliario» y nos arrodillamos voluntariamente, acatando las ordenanzas provenientes del Estado. Como auto-policías cumplidos, albergamos Auschwitz en nuestro corazón y en nuestro cerebro…

D) Aprovechamiento de las crisis sanitarias para implementar modalidades de sumisión absoluta

Es evidente que ocurrieron y van a ocurrir dos cosas distintas: una lucha legítima contra la enfermedad y, lo más importante, un aprovechamiento de la coyuntura sanitaria para la consecución metódica de una sumisión absoluta del individuo y de la comunidad, definitivamente atados a los designios de la Administración y del Capital.

Ya en los tiempos del Covid, bajo aquella sobreactuación de los aparatos represivos del Estado (policía, ejército) acontecida tantos días -y de la que fueron víctimas los destechados, los vagamundos, los simples ciudadanos que quisieron dar un paseo o sentarse en el banco de un parque para respirar un rato al aire libre, los despistados que sintieron que tenían que salir y recibieron una multa, los amigos que acordaron encontrarse para conversar o pasar el túnel del encierro juntos y fueron castigados, etcétera-, se dejó ver otro asunto, un aspecto conmocionante de dimensiones acaso antropológicas: se percibió con claridad que, desde ahora y para siempre, la ciudadanía, asustada, mediáticamente aterrorizada, «consentía» esa vigilancia, ese despliegue de poder, esa presencia ofensiva del custodio, esa saturación de las calles y de las plazas por uniformes y por armas, por botas militares y por porras policíacas…Y que no solo lo consentía, sino que lo demandaba y hasta lo festejaba. Policías de sí mismos…

E) Hora de la Desobediencia Civil ante la rehabilitación necrófila del Capitalismo

Ha llegado el momento de la «desobediencia profunda» para hacer frente a esta perversa estrategia regeneradora de la sociedad mercantil: dejar de pensar que el Estado, con sus aparatos coactivos e ideológicos, nos está «haciendo un favor», para empezar a hacérnoslo nosotros mismos. Y juntarnos, sí, y organizarnos; y actuar, para cooperar, por ejemplo, con las personas que hoy en día están padeciendo en primer lugar tal añagaza, los más desacomodados en el sistema, los precarizados, los marginados y también los marginales, los elegidos como «blanco» de la anulación psíquica y de la indigencia venideras.

«Desobediencia civil» y «objeción de conciencia» para recuperar los deteriorados valores del apoyo mutuo, del don recíproco, de la auto-regulación comunitaria e individual. «Desobediencia escarmentada»: no admitir nada parecido a aquella «separación de metro y medio entre las personas» que pretendió ultra-individualizarnos, que quiso erigirnos en una suerte de egotistas combatiendo airadamente por el alejamiento de todos los demás. Es la hora del apretón de manos y del abrazo como forma de resistencia.

Hora de desobedecer, pero no para el mero disfrute personal o el hedonismo mal entendido, sino para inventar o recuperar redes de ayuda comunitaria, texturas insumisas de colaboración individual y trans-individual, maneras de neutralizar esta «guerra mundial de los Estados contra la sociedad».

Que la enfermedad deje de ser una excusa para aherrojarnos, pretexto con que nos aprieten todavía más los grilletes de la administración y del mercado. Y algo más: retomar el derecho de las comunidades a subsistir y resplandecer al margen e incluso en contra de los Estados avasalladores. Esgrimir el anhelo personal y colectivo de vivir en libertad.

2) RASGOS DE ESTA REINVENCIÓN NECRÓFILA Y NECRÓFAGA, ESTRICTAMENTE MORBOSA, DE LA SOCIEDAD MERCANTIL

A) “Medicina política” sublimada

Si ya sabíamos que toda medicina es «política» por definición, como tanto recalcó I. Illich; si muchos de nosotros ya habíamos sufrido esta político-sanidad, en los ámbitos de la psiquiatría por ejemplo; ahora la identificación se sublima. Aparecieron los «rastreadores», una especie de detectives contratados para descubrir los «contactos» de cualquier enfermo; se procuró establecer «geo-localizadores», a fin de seguir la pista básica de la población con la excusa de salvaguardar su salud; en el horizonte, acaso lejano, pero que no cabe descartar, está la pretensión de acoplar en cada ser humano un dispositivo que permita el registro inmediato de todo su desenvolvimiento físico, sanitario, social y político.

B) “Higiene social”

Un porcentaje considerable de los no-productivos será eliminado. Aquellas personas «poco útiles», y que también suponen un cierto gasto social, están expuestas a morir bajo las guerras y las pandemias. Una guillotina pende, desde ahora y para siempre, sobre las cabezas de los ancianos, de los emigrantes pobres, de la ciudadanía debilitada, de los existencialmente “irregulares”…

C) Renovación de los modelos de empresa y de negocio

Muchas empresas se arruinarán, originando paro y problemas financieros, muchos negocios se irán a pique; pero emergerán otros estilos de emprendimiento, otras fórmulas para la producción, otras estructuras de contratación y de comercio. No pocas de estas nuevas empresas y de estos nuevos negocios se acogerán a la etiqueta «tele», pues se basarán en el aprovechamiento crematístico de los dispositivos digitales, cibernéticos, virtuales.

D) Avance de la “tele-educación”

La Escuela se irá preparando para olvidarse de sus paredes físicas, de su tipología clásica de encierro de los jóvenes, en la admisión de nuevos muros virtuales, con un secuestro horario de los alumnos esta vez delante de la pantalla de un ordenador. La posición autoritaria del Profesor no se verá afectada, antes al contrario. La Pedagogía seguirá rigiendo todo el proceso de “adaptación social” de los menores, vale decir, de su poda y de su doma. El Aula, ese arbitrariedad tan infanticida, subirá unos peldaños en la escala de lo digital. Solo eso.

E) Eugenesia ciudadanista

Por fin se obtiene el Hombre Nuevo, ese elaborado psicológico que aceptó y aceptará ya en adelante el «confinamiento», que toleró la reglamentación exhaustiva de su cotidianidad, que depositó una confianza verdaderamente homicida en sus gobernantes y en sus médicos, en sus polito-epidemiólogos y en su polito-virólogos. El hombre nuevo es un robot, algo más y algo menos que un súbdito: le caracteriza una sumisión absoluta e instantánea; la aceptación de normas cambiantes, aleatorias, a menudo antitéticas; una desmedida auto-represión y la claudicación ante las tres modalidades del control (despótica, comunitaria, personal).

3) SUPERACIÓN DEL POLICÍA DE SÍ MISMO EN EL CIUDADANO-ROBOT

A) Instantaneidad de su obediencia, más allá de la vida bajo “modo de empleo”

El Policía de Sí Mismo queda “superado” (absorbido y rectificado, sin anularse) en la figura del Ciudadano-Robot. El primero se caracterizaba por su docilidad de fondo, permanente, sustancial, psíquica; por organizar su existencia a partir de unas “instrucciones de uso de la vida” (G. Perec) que le fueron suministradas desde el nacimiento y que eran fijas e invariables (erigirse, como se decía antes, en buen hijo, estudiante, trabajador, esposo, padre, propietario, turista, jubilado y finalmente también un buen muerto). Sobre esa base, el Ciudadano-Robot añade una aquiescencia del momento, un asentimiento mecánico a directrices cambiantes, oscilatorias, a veces pendulares: ahora mascarillas sí y ahora no, ahora aquí sí y allí no; ahora quedas suelto hasta las diez, ahora hasta la doce, ahora hasta las dos de la madrugada, ahora todo el tiempo, ahora ya no quedas suelto; ahora puedes reunirte con tus “convivientes”, ahora con un número determinado y modificable de conocidos, ahora con quien quieras, ahora de nuevo con casi nadie… Y la obediencia fue instantánea.

B) Triple dominación (gubernamental, comunitaria y personal)

En la índole del Ciudadano-Robot se “recuperan” dos formas arcaicas de dominación, cuyo peso era subsidiario en el Policía de Sí: el “despotismo directo”, la sujeción “negra”, antigua, ejercida por el Gobierno, por el poder Ejecutivo-Judicial -nuevas leyes, normas, reglas, imperativos que serán atendidos por las poblaciones-; la “coacción comunitaria”, “gris”, moderna, protagonizada por el grupo, por la ciudadanía misma (“policía de los balcones”), y expresada en denuncias, acosos públicos, insultos, presiones para no disentir, no diferir, no “negar”. Y subsiste el “auto-control”, la “auto-vigilancia” y la “auto-represión”, a menudo con “mala consciencia”, con cierto “complejo de culpa”, con percepción de la entrega, de la bajeza, de la cobardía, de la impotencia -como si se estuvieran dando pasos con un pañuelo en la nariz y ante el propio e insoportable mal olor.

C) Intensificación de los efectos psico-sociales del Miedo

Partimos de la diferenciación entre “temor” y “miedo” (S. Kierkegaard): el “temor” es una reacción positiva ante peligros concretos, que moviliza las fuerzas vitales para la lucha o para la huida; el “miedo”, por el contrario, tiene que ver con la parálisis y la aceptación de la “disciplina social”, en el marco de una erosión de la integridad física, espiritual o moral. En cierto sentido, en el Ciudadano-Robot “la energía para escapar o para oponerse está paralizada” (P. Goodman); y el miedo que le invade, causa y consecuencia de su “muy civilizada auto-constricción” (N. Elias), expresión de la “cultura pánica” que nos constituye (P. Sloterdijk), se desata ante la enfermedad y también ante la crítica radical de la forma cultural occidental, con sus ciencias y sus instituciones.

Ante la enfermedad… “Doblemente paralizado”, por la fuerza del aparato de auto-coerción y la considerable complejidad de las cadenas de acción, el Ciudadano-Robot, carcomido por el miedo a la infección, a los virus y a las bacterias, reprime su espontaneidad, sus instintos y sus capacidades para la autogestión de la salud, entregándose a la dogmática médica, a la obediencia y a la norma social general.

Ante la crítica radical… La humanidad robotizada recurrirá a dos mecanismos de defensa: la “auto-anestesia psíquica” y la “desatención selectiva”. Por un lado, con “una suave combinación de resignación, miedo, impotencia y fastidio” (R. J. Lifton), se capacitará para soportar la disensión, “normalizar” la crítica destructiva de sus valores y de su estilo de vida y no padecerla en absoluto. Etiquetas como “negacionismo” sirven a esa auto-anestesia. Por otro lado, la “desatención selectiva” (R. K. White y H. S. Sullivan), “pretensión de no ver, no sentir y no pensar a pesar de todo lo que se sabe” (H. P. Dreitzel), un “hacer zapping” con la consciencia, cambiar de canal perceptivo, se desatará asimismo ante todas las implicaciones mórbidas de las vacunas, los sistemas de salud, la “némesis médica”, la ciencia occidental, la Democracia Liberal…

En el Ciudadano-Robot se vivifica el principio de Auschwitz: “¿Cuánta coerción internalizada, cuánto miedo, debe haber acumulado un hombre para poder soportar la idea, y no digamos ya la praxis, de Auschwitz?”. Surge la pregunta desde la “psicología de la guerra” y la “psicología de la paz”.

III) MEDICINA POLÍTICA Y ECOLOGISMO DE POSTAL

1) MEDICINA POLÍTICA

A) “Necesidades”, “derechos” y “némesis médica” en I. Illich

Para este autor, se ha dado una transición desde la esfera de la necesidad (“originaria”) al ámbito de la pseudo-necesidad consumista e inhabilitante (“postulada”).

La “necesidad originaria” corresponde a los mundos de cierta escasez, “carencia” o precariedad (“dulce pobreza, humilde bienestar”, en los versos de F. Hölderlin). Brotan entonces los “deseos”, resueltos en una “libre satisfacción individual o comunitaria” de tales necesidades naturales. Supieron de ello históricamente los indígenas, los pastores, los campesinos… Esta prevalencia de la colectividad o del individuo autónomo -concebido asimismo como una “fibra de comunidad”- se expresó en el éxtasis de la ayuda mutua y del “don recíproco” (M. Mauss), de aquellos “contratos diádicos” referidos por G. Foster. Estaríamos ante sociedades “comunalistas” en lo económico, ahuyentadoras de la propiedad privada y del mercado, y “demoslógicas” en lo político (asamblearias, con prácticas de democracia directa o de base).

La “necesidad postulada” remite a nuestras sociedades de la abundancia, de la opulencia y del derroche (el “sucio bienestar, lamentable disfrute” denunciado por F. Nietzsche). En ellas los deseos son sustituidos por “reclamos”, que apelan a una satisfacción de dichas pseudo-necesidades por el Estado y por las “profesiones tiránicas”. Constituyen la norma en los entornos modernos, urbanos, industrializados… La consolidación del “individuo heterónomo” (preeminente a nivel ontológico, epistemológico, axiológico e incluso sociológico), cancelando las formas tradicionales de apoyo mutuo, abocó a la hipertrofia de un “consumo inducido” que polariza socialmente, ecodestructor e invalidante del ciudadano. De ahí esa extendida dependencia del Estado, una verdadera “toxicomanía”. Nos hallaríamos frente a un orden basado en la apropiación privada de los medios de producción, que conlleva la hegemonía de la lógica mercantil, y coronado en lo político por la falsa democracia representativa y el “gobierno de los expertos”.

Este tránsito desde el terreno de la “necesidad originaria” al de la “necesidad postulada”, vehiculado por el Estado, se manifiesta en los más diversos planos. La “necesidad natural” de Salud devino “necesidad artificial” de médicos y de hospitales, con el consumo correspondiente; la de un Cuidado de la Comunidad se transformó en solicitud de trabajadores sociales y oficinas para la asistencia; la de Tranquilidad en pseudo-necesidad de policías, jueces y cárceles; la de Seguridad en querencia de ejércitos y cuarteles; la de Opinión en demanda de periodistas y agencias de noticias; la de Movilidad en petición de transporte público; la de Vivienda, en reclamo de “unidades habitacionales”, con la exigencia de empresas constructoras, inmobiliarias, etcétera; la de Vestido, en un favorecimiento del sector textil comercial y de la moda; la de Alimentación, en dependencia de la industria alimentaria y del tráfico internacional; la apetencia de Labor desemboca en un requerimiento incontenible de empleo; etcétera. Las consecuencias de un tan lamentable pasaje las conocemos de sobra: consumo incesante de elaborados y servicios institucionales; impotencia psicológica y desvalimiento existencial de las poblaciones, “deshabilitadas” por la función pública; arrasamiento de todas las formas de “auto-organización de la comunidad”… En cierto sentido, el Estado del Bienestar se consagra como “la utopía del Capital”.

El discurso de I.Illich sobre los “derechos” y las “libertades” corre paralelo al de las “necesidades”. Cada “derecho” (concedido, sancionado, por el Estado) recorta una “libertad”: los derechos refuerzan a la Administración y las libertades tienden a disolverla. La libertad de autogestionar la propia Salud, confiando para las crisis graves en los saberes curativos comunitarios, tradicionales, cede ante el “derecho a la salud” tal obligación de permitir la medicalización sistemática de nuestro cuerpo; la libertad de Aprender sin encierro y sin profesores, así como se respira, queda anulada por un “derecho a la educación” que obliga al enclaustramiento intermitente de los menores y ratifica el monopolio formativo de la Escuela; la libertad de Defenderse personalmente y de contribuir a la tranquilidad de la comunidad es aplastada por un “derecho a la seguridad personal” que obliga a someterse a la vigilancia policial, jurídica y militar; la libertad de forjarse la propia Opinión, individualmente o en grupo, naufraga frente a un “derecho a la información” como obligación de aceptar la “doxa” escolar, universitaria, mediática; la libertad de Desplazarse por uno mismo, con la fuerza motriz del propio cuerpo (a pie o en bicicleta), casi se extingue ante un “derecho al transporte público” que consiste en la obligación de dejarse mover, llevar, conducir; la libertad de construirse el propio Habitáculo, con la ayuda de los compañeros, de forma “orgánica”, sin pagar a nadie por ello, sucumbe bajo un “derecho a la vivienda digna” que obliga a residir en una celda habitacional estandarizada, acabada de una vez, construida por técnicos separados y accesible solo a través del mercado; la libertad de ocupar el propio Tiempo en la producción de bienes de uso no mercantilizables, para uno y para la comunidad, de forma creativa, no reglada, autónoma, se ve saboteada por un “derecho al trabajo” definible como obligación de dejarse explotar para subsistir o consumir, creando bienes de cambio para el mercado, de manera disciplinada, alienada, heterónoma.

Como relevante efecto de estos dos procesos vinculados (“necesidades elaboradas” que suplantan a las “naturales” y “derechos” supresores de “libertades”), acontece lo que Illich designó “némesis médica”: expropiación administrativa de la salud, medicalización integral del cuerpo y contraproductividad de las prácticas sanitarias -que originan enfermedades, acaso más de las que curan. El Ciudadano-Robot es un fruto maduro de tal némesis…

B) “Crítica interna” y denegación filosófica de la cientificidad

La llamada “ciencia de los remedios” corrió la misma suerte que las demás especialidades desde los años sesenta del siglo XX. Por un lado, sobrevino la “crítica interna”, desarrollada por los propios científicos; y, por otro, emergió una denegación teórica, filosófica, “externa” pues.

Los especialistas científicos se revolvieron contra sus propias disciplinas, reprochándoles su servilismo político e ideológico, su esterilidad práctica y su sometimiento a la racionalidad económica. Destacaron N. Braunstein en psicología, F. Basaglia en psiquiatría, A. Heller en antropología, G. Di Siena en biología y etología, H. Newby en sociología rural, M. Castells en sociología urbana, D. Harvey en geografía, A. Viña en matemáticas, S. Latouche en lingüística, J. Robinson en economía y, muy particularmente, J. M. Lévy-Leblond (autor, junto a A. Jaubert, de Auto-crítica de las ciencias, 1973) en física.

El cuestionamiento filosófico de la cientificidad provino de diversas tradiciones teoréticas: la Escuela de Frankfürt, con T. W. Adorno y M. Horkheimer al frente; la llamada Teoría Francesa, deudora de M. Foucault y de G. Deleuze; la Escuela de Grenoble, con J. Baudrillard y M. Maffesoli en primer término; el antilogocentrismo de J. Derrida y otros; la Escuela de Cuernavaca, en torno I. Illich, etcétera. Autores inclasificables, como G. Bataille y E. Cioran, redundaron esta denegación.

2) ECOLOGISMO DE POSTAL

Ya en 1990, J. Dahl, en un pequeño ensayo titulado “La última ilusión”, difundió una tesis radical, que avanzaba en contra del “ecologismo de Estado”, del “ecologismo cientificista” y del “ecologismo de la protesta domesticada”: la quiebra ecológica global -manifestada en el cambio climático y en las oleadas víricas- no tiene solución dentro del sistema liberal-capitalista, pues su causa profunda y persistente radica en la lógica “productivista” y “consumista” sobre la que descansan las sociedades y desde la que edificamos nuestras vidas. El “Estado del Bienestar”, medioambientalmente insostenible, distintivo de los países “desarrollados” y basado en el malestar de las gentes de los territorios restantes, agudiza este problema.

Desde un punto de vista “lógico”, “abstracto”, puramente “racional”, sí hay una solución, pero queda descartada por la realidad histórica (socio-política y psico-cultural): abandonar este Capitalismo globalizado que la Biosfera ya no soporta y reinventar, inspirándonos en modos de organización económica subsistentes en otras culturas, una forma de vida por un lado “igualitaria” y por otro próxima a lo que hoy denominamos “pobreza”. Porque el “desarrollo sostenible” es un cuento (todo “crecimiento” resulta ya en sí mismo ecocida); y las propuestas “decrecentistas” se quedan muy cortas, absolutamente insuficientes, ya que están concebidas todavía desde el interior de la Ratio productivista, bajo el “principio de realidad” del Capitalismo.

Surgen entonces tres ámbitos para la engañifa: la invitación estatal y mediática a un compromiso medioambiental privado y familiar (separación de basuras, ahorro de agua y de electricidad, reciclaje, etc.) con efectos “inapreciables” frente a la envergadura de la contaminación industrial y derivada del sistema de producción y de transporte; los programas y las iniciativas procedentes de los ministerios, de los gobiernos, de las instituciones, que rayan siempre en el auto-engaño o en el cinismo; y la llamada “tecnología medioambiental”, vinculada a la Ciencia, que procura “reparar los daños recurriendo a los mismos medios que los provocan”.

Ante esta “última ilusión” de la Salvación del Planeta, solo queda retener, de un modo descreído, grávido de escepticismo y de desesperación, aquel ineficiente compromiso doméstico -como signo de rebeldía, de lucha residual, y por dignidad.

Pedro García Olivo

www.pedrogarciaolivo.wordpress.com

EN UN MUNDO PARTIDO EN DOS

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Sabiendo que todos los días mueren de hambre niños en Gaza y en otros muchos lugares, ¿quién querrá ir a cenar a un Restaurante? Evidentemente, nadie.

Bajo el conocimiento de los desplazamientos forzosos de las poblaciones, de las tremendas dificultades para escapar del sitio bombardeado en que se ha nacido, de la altísima cifra de los difuntos por no poder salir, moverse, evadirse, ¿quién va a desear obtener un billete de avión y organizar uno de esos tan tristes “viajes de placer”? Nadie, por supuesto, ni un solo ser humano.

Cuando miles de personas visten andrajos o incluso andan medio desnudas, ¿quién va a comprar ropas de marca, de moda o de consumo superfluo? Nadie. No cabe la menor duda de que eso nunca ocurrirá, pues la población no carece de alma y no es tan estúpida.

No pasa nada, salvo el Capitalismo necrófago.

“¿Para qué queremos hablar, si ya no podemos engañarnos?”, escribió Strindberg.

[Tomé las fotografías en Juan Pablo II, asentamiento viviendista (ilegal, invadido) de Guatemala, mientras cooperaba con la Coordinadora Nacional de Pobladores de Áreas Marginales]

www.pedrogarciaolivo.wordpress.com

EL IMPERIO DE LA LETRA

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CONTRIBUCIÓN A LA CRÍTICA DE LA RAZÓN LECTO-ESCRITORA

1. Escribir, publicar, vender. Los tres pasos canónicos del escritor occidental

1.1) Por escribir, un “enfermo”

Una lacería del alma, una miseria del espíritu, una podredumbre de la inteligencia y de la voluntad, una enfermedad insondable del ser lleva a escribir. En “Sobre la lectura”, lo denunciaba Marcel Proust, escritor compulsivo que no destacaba por mentir sobre sí mismo:

«Califico de malsano este gusto, esta especie de respeto fetichista por los libros (…). Aquellos a los que llamamos “la mentes preclaras” están tan contagiados como los demás de esta “enfermedad literaria” (…). Parece que la afición por los libros crece con la inteligencia, un poco por debajo de ella pero en el mismo tallo (…). El hecho de que las mentes superiores sean “librescas”, como suele decirse, no prueba en absoluto que ello no constituya un “defecto del ser” (…). Maeterlinck (…) nos previene contra los peligros de la erudición, a veces incluso de la “bibliofilia” (…). El silencio no lleva, como la palabra, la marca de nuestros defectos, de nuestros fingimientos. Es puro; es realmente una atmósfera».

El autor de En busca del tiempo perdido señalaba sin ambages el “peligro de la lectura”:

«La lectura se convierte en un peligro cuando, en vez de despertarnos a la vida personal del espíritu, tiende a suplantarla; cuando la verdad ya no se nos presenta como un ideal que está a nuestro alcance por el progreso íntimo de nuestro pensamiento y el esfuerzo de nuestra voluntad, sino como algo material, abandonado entre las hojas de los libros, tal un fruto madurado por otros y que no tenemos más que molestarnos en tomarlo de los estantes de las bibliotecas».

La Correspondencia entre Lou Salomé y Reiner María Rilke ilustra de un modo muy sugestivo esta relación entre la escritura y la enfermedad. Rilke se reconoce víctima de una dolencia corrosiva cuya matriz se halla justamente en su labor literaria:

«Desde ahora ya no dudo ni por un instante de que estoy enfermo, de una enfermedad que me ha corroído gravemente y cuyo foco se encuentra en lo que hasta entonces llamaba mi trabajo».

Y Lou Salomé, discípula de Freud, amiga íntima del poeta, consciente de que la escritura nace del dolor, de la herida, efectivamente de la enfermedad, lo disuade de acudir a psicoterapia. Lo relató P. Klossowski, quien prologó Correspondencia:

«La amiga más íntima de Rilke desde 1904 y discípula de Freud a partir de 1912, Lou Andreas-Salomé, practicaba el psicoanálisis (…). Ahora bien, lejos de encaminar a Rilke hacia un tratamiento analítico, lo apartó de este (…). Se fundamentaba en su convicción de que las fuerzas oscuras constituían la única fuente tanto de la curación como de la creación del poeta (…). Los gérmenes de lo que posteriormente se manifestaría en las Elegías, y cuya existencia ella conocía, hubieran sido extirpados por el análisis -era ahí donde ella veía el peligro y la razón de impedir el tratamiento por todos los medios (…). [En palabras de Lou]: “Estos métodos no se aplican sin un grave peligro en un artista realizado -según mi propio modo de ver, que sin embargo no coincide con el de Freud”».

Van Gogh, en sus Cartas a Theo, se expresó en el mismo sentido cuando el psiquiatra le prescribió no pintar, abandonar la creación:

«El molino ya no está, pero el viento sigue aún».

Con esta hazaña de la expresión, el “suicidado de la sociedad” refiere el punto de llegada de su periplo por las tierras áridas de la medicina política: sigue bajo esa enfermedad que le impulsaba a pintar y que llama “el viento”; pero, ahora, de su malestar existencial, de su angustia, ya no se desprende el arte -no hay “molino”.

Con frecuencia, esta afección característica de los escritores aboca a una curiosa síntesis de agresividad y elitismo pedagogista, explícita en E.M. Cioran y A. Artaud:

«En cierta ocasión, manifestó Cioran que, al escribir un libro, su idea no era otra que la de “despertar a alguien, azotarle”; y también que “un libro debe ser realmente una herida, debe trastornar de un modo o de otro la vida del lector”» (Esther Seligson, “Introducción” a La caída en el tiempo).

«Defender una cultura que jamás salvó a nadie de la preocupación de vivir mejor y no pasar hambre no me parece tan urgente como extraer de la llamada cultura ideas de una fuerza hiriente idéntica a la del hambre» (A. Artaud, El teatro y su doble).

En la base de esta desafección hacia la lecto-escritura se halla, entre otros, F. Nietzsche:

«Yo odio a los ociosos que leen (…). El leer corrompe a la larga no solo el escribir, sino también el pensar» (“Del leer y el escribir”, en Así habló Zaratustra).

1.2) Por publicar, un “fantasma”

Se puede escribir y no publicar. ¿Por qué se publica? ¿Por engreimiento? En El canto de amor y muerte del corneta Cristóbal Rilke, Rainer María Rilke nos da una pista… Un soldadito francés, marqués muy delicado, combate junto a Cristóbal Von Rilke, abanderado alemán. El corneta le pregunta si tiene novia:

«“Es rubia como vos”. Y callan nuevamente, hasta que el alemán exclama: “¿Pero por qué diablos os sentáis entonces en la montura y cabalgáis al encuentro de la jauría turca a través de estas comarcas envenenadas? El marqués sonríe: “Para regresar».

Se emprende el viaje -o la guerra- del Publicar “para regresar” (por vanidad, narcisismo, dependencia de la opinión pública o del aplauso en un determinado círculo de amistad o de afecto, sed de fama, pretensión de éxito, tal un “fantasma”).

Cabe “regresar” al modo del soldadito francés de Rilke o a la manera necrófila de Mainlander: cuando por fin consigue publicar Filosofía de la Redención, con sus más de mil páginas, libro consagrado a la “voluntad de morir” -plagiado por Nietzsche en no desdeñable medida-, este escritor hace una pila con los manuscritos, se encarama a la cúspide y se ahorca. Era el 1 de abril de 1876, víspera de la tan ansiada impresión de su obra. Cabe sospechar que se suicida por egotismo, feliz de haber publicado, en homenaje a su ideario sepulcral, como un narcisista “inverso” y también como un fantasma.

1.3) Por vender, una “rata”

La mayor parte de los escritores son oprobiosos “hombres económicos”, seres en los que se ha encarnado la “razón instrumental”. Para ellos, escribir es “invertir” -tras publicar, se desviven por vender: presentaciones, ferias del libro, firma de ejemplares, campañas publicitarias… De este modo, la literatura se inserta en la “industria cultural”, otra excrecencia del Capitalismo y nueva prueba de la integración del discurso del Iluminismo.

Adorno y Horkheimer, en Dialéctica de la Ilustración y otras obras, denunciaron este proceso:

«[Al Proyecto Moderno de la Ilustración] le aconteció lo que siempre le acontece al pensamiento victorioso, el cual, apenas sale voluntariamente de su elemento crítico para convertirse en instrumento al servicio de una realidad, contribuye sin querer a transformar lo positivo en algo negativo y funesto (…). Es la metamorfosis de la crítica en aprobación».

Los conceptos reguladores de la lecto-escritura proceden de la Ilustración. Bajo ese marco filosófico y epistemológico “asimilado”, los creadores ya no pueden engañar a nadie, aunque conciban propuestas “radicales”, flirteando con el escándalo:

«Actualmente pueden fomentarse y presentarse por instituciones oficiales manifestaciones artísticas extremosas (…), no obstante denuncien lo institucional, lo oficial. Mientras el concepto de cultura sacrifica su relación posible con la “praxis”, se convierte en un momento de la organización» (T. W. Adorno, Cultura y Administración).

El elemento más visible de la “neutralización” de la escritura consiste en su venalización, que convierte al autor en un deplorable “homo aeconomicus”. Jacques Ellul, pastor protestante anarquista, y Lewis Mumford, crítico de la tecnología, caracterizaron muy bien esta expansiva modalidad de sujeto: primero se produjo su “individualización” y despúes su “reducción” productivista y consumista:

«Se desencadena [desde el siglo XVIII] una lucha sistemática contra todos los grupos naturales (…). No hay libertad de los grupos, sino solamente del individuo aislado (…). Tenemos una sociedad atomizada, que conlleva la peor de las esclavitudes (…). Se arranca al hombre de su medio, del campo, de sus relaciones, de su familia (…). En esta sociedad atomizada, frente a la persona no hay más que el Estado, que es fatalmente la autoridad suprema».

«El hombre se modifica lentamente bajo la presión, cada vez más intensa, del medio económico, hasta convertirse en este ser, de extremada delgadez, que el economista liberal hacía entrar en sus construcciones (…). El hombre no es sino una máquina de producir y consumir (…). Se le conceden ocios, pero estos ocios son solamente la parte del consumo en la vida» (Jacques Ellul, La Edad de la Técnica).

En la misma línea se expresó Lewis Mumford en Técnica y Civilización:

«Había nacido un nuevo tipo de personalidad, una abstracción ambulante: el Hombre Económico. Los hombres vivos imitaban a esta criatura del racionalismo puro. Estos nuevos hombres económicos sacrificarán su digestión, los intereses de paternidad, su vida sexual, su salud, la mayor parte de los normales placeres y deleites de la existencia civilizada, por la persecución sin trabas del poder y del dinero (…). Solo en un sentido muy limitado estaban mejor los grandes industriales que los obreros por ellos degradados: carcelero y prisionero eran ambos, por así decirlo, huéspedes de la misma Casa del Terror».

M. Horkheimer situó este fenómeno en el contexto del auge de la “razón instrumental”, que convierte a la persona en una herramienta: se le pide que sea obediente, “útil”, funcional; y no que piense y ejerza la crítica. Tal racionalidad instrumental, también llamada “estratégica”, se desdobla: presenta una vertiente burocrática, administrativa, y otra crematística, ambas involucradas en la elaboración del “hombre económico”. El escritor es un exudado de esa razón del Estado y del Capital.

Diversas tradiciones teoréticas redundaron en esta denuncia de la humanidad económica: el antiproductivismo de Baudrillard y la Escuela de Grenoble (Maffesoli, Girardin…); la llamada Teoría Francesa, con Foucault y Deleuze al frente; los epígonos de la Escuela de Frankfürt (Byung-Chul Han entre ellos); los nihilismos dispares (Cioran en primer lugar); etcétera.

2. La lecto-escritura como afección occidental altericida. La tarea de los soldados, los misioneros y los maestros

2.1) La figura del “escritor” como destilado cultural regional

Por fortuna, la lecto-escritura es un estigma meramente occidental. En otras culturas está ausente el perfil del “escritor”: había relatos, músicas, poemas…, que la comunidad forjaba y reelaboraba a lo largo del tiempo, obras “de todos y de nadie”, no firmadas, unas veces ligadas a “factorías colectivas” y otras a creadores fortuitos, ocasionales, siempre en la evitación de lo que aquí llamamos “autoría”. Y es que el “escritor” solo germina en “sociedades mercantiles” (Karl Polanyi), fracturadas y atomizadas, en las que el individuo ostenta la prevalencia ontológica, epistemológica, axiológica y hasta sociológica; sociedades que dejan sus puertas abiertas a la hipertrofia aberrante del “yo”.

2.2) Un poder etnocida y exterminador de la oralidad

De la mano de la colonización, el neo-imperialismo y la globalización capitalista (las tres fases del avasallamiento civilizatorio), la lecto-escritura se entregó a la liquidación de la oralidad y de los valores espirituales y existenciales que alentaba.

La oralidad… Aspecto capital desde el que se rebate en nuestros días el privilegio otorgado a la escritura. La oralidad no señala una imperfección o una carencia, sino una modalidad particular, en absoluto inferior, de elaboración y transmisión cultural. En este sentido, tantos pueblos originarios de América, de África o de Asia, los nómadas históricos de todos los conttinentes, los rural-marginales de Europa y de otras regiones, etcétera, no son “á-grafos”, “an-alfabetos” (¿por qué definir la singularidad en términos de una ausencia?): vivencian una “cultura de la oralidad”, en expresión de A. R. Luria, E. A. Havelock, W. Ong y otros. Queda así vindicada la dignidad de las culturas orales, tradicionalmente atendidas como sintomatología del déficit, de la reducción, del primitivismo. Al rebuzo de la occidentalización progresiva de todo el planeta, recurriendo a escuelas, misioneros y también balas, la lecto-escritura acabó con ellas…

A partir de los estudios de A. R. Luria en territorios remotos de la Unión Soviética, Walter Ong (capítulos III y IV de Oralidad y escritura) concluye que la oralidad responde a una psicodinámica propia, distinta; genera estructuras de pensamiento, de expresión y de la personalidad también privativas; y se manifiesta en un estilo de vida peculiar (“verbomotor”, en expresión de M. Jousse, 1925).

Sometiendo estas tesis a una “lectura creativa”, cabe ensayar una “crítica general de la alfabetización y de la escolarización como expedientes altericidas y uniformadores del paisaje humano”.

2.3) Aspectos fundamentales de la oralidad

A) La condición oral fortalece, antes que nada, los lazos comunitarios (exige al otro tanto en el acto del pensamiento como en el de la expresión) y cancela la primacía del “individuo”, con todas sus consecuencias sobre la organización social, el comportamiento político -o “antipolítico”- y la modalidad económica. W. Ong: “La comunicación oral une a la gente en grupos. Escribir y leer son actividades solitarias, que hacen a la psique concentrarse sobre sí misma”. La mencionada prevalencia ontológica, epistemológica, axiológica e incluso sociológica del “individuo” en las sociedades occidentales deriva de una “separación” del Sujeto y del Objeto, del Yo y del Mundo, desencadenada -o, al menos, acelerada-, según E. A. Havelock y el propio W. Ong, por la aparición de la escritura y por la alfabetización sistemática de las poblaciones. “Más que cualquier otra invención particular, la escritura ha transformado la consciencia” (W. Ong).

B) La oralidad determina, en segundo lugar, un pensamiento “operacional” y “situacional”, que restringe el uso de clasificaciones, divisiones, categorías, conceptos…, y no se aviene bien con la lógica pura, con los silogismos y las deducciones formales (A. R. Luria, J. Fernández), oponiendo así un dique a la expansión del pensamiento abstracto. En nombre de una u otra abstracción (Dios, Patria, Revolución, Humanidad, Democracia, Progreso, Estado de Derecho…) se han perpetrado todo tipo de masacres, genocidios, etnocidios -lo recordaba Bakunin. De ahí el pacifismo sustancial de las culturas de la oralidad.

En 1932, L. Mumford lamentaba así la postración del “pensamiento oral”:

«Con el hábito de usar la imprenta y el papel, el pensamiento perdió algo de su carácter fluyente, cuatridimensional, orgánico; y se convirtió en abstracto, categórico, estereotipado, contento con formulaciones puramente verbales».

W. Ong, recordando la composición oral de La Odisea, no se distanció mucho de las observaciones de Mumford: “Las culturas orales pueden organizar creaciones de pensamiento y experiencia asombrosamente complejas, inteligentes y bellas”.

A. R. Luria, tras sus investigaciones en Uzbekistán y Kirghizia (1931-1932), señaló los determinantes de la condición oral, contrapuestos a los que configuran el pensamiento escriturario (caligráfico o tipográfico). Al lado de los ya mencionados, ubica el repudio de los lenguajes simbólicos y dos rasgos muy significativos: el desinterés por la definición de los objetos y la renuncia casi absoluta al auto-análisis… En la década de los 80, J. Fernández, comentarista de los trabajos de M. Cole y S. Scribner en Liberia, corroboró este aspecto: las personas de cultura oral detestan los silogismos y se entusiasman ante las “adivinanzas” y los “acertijos”.

C) El pensamiento operacional suscita, por último, una atención preferente a “lo más cercano” -lo tangible y lo inmediato. De ahí la riqueza y el abigarramiento de las formas de ayuda mutua, de colaboración y cooperación, saturadoras de la vida cotidiana y estigmatizadas por el fundamentalismo mediático y escolar como “amiguismo”, “partidismo”, “favoritismo”, “nepotismo”…

2.4) Imperio de la Letra y reducción de la antropodiversidad

A) La eliminación del hombre oral

Contra esta cultura de la oralidad y los innegables valores que sustenta (auto-organización, rechazo del belicismo, apoyo mutuo, anhelo eco-homeostático…), las sociedades mayoritarias dispusieron con diligencia “programas de alfabetización” en sí mismos altericidas: suprimen modalidades de expresión, estructuras de pensamiento, conformaciones de la subjetividad, estilos de vida, clases o tipos de personas -antropodiversidad que, como apuntó W. Ong y lamentó E. M. Cioran, en modo alguno cabe ya restablecer. El hombre oral será borrado escrupulosamente de la faz de la Tierra, eliminado para siempre del “paisaje de los homínidos”, un paisaje uniformado y homogeneizado “a consciencia y hasta la indecencia”. Así iniciaba E. M. Cioran su Retrato del hombre civilizado:

«El encarnizamiento por borrar del paisaje humano lo irregular, lo imprevisto y lo diferente linda con la indecencia (…). Distinta me parece en extremo la situación de los analfabetas, considerable masa apegada a sus tradiciones y privaciones y a la que se la castiga con una injustificable virulencia. Pues, a fin de cuentas, ¿es un mal no saber leer ni escribir? Francamente, no lo creo. E incluso pienso que deberemos vestir luto por el hombre el día en que desaparezca el último iletrado».

B) Domesticación del hombre por el hombre

Con la supresión de la condición oral y con la hegemonía de la “littera” y de las instituciones escolares, se produce, según P. Sloterdijk, un afianzamiento del proyecto europeo de “domesticación del hombre por el hombre” -en el marco de las antropotécnicas modernas. Tales “técnicas del hombre” indujeron fenómenos desconocidos en el universo oral tradicional: jerarquía, elitismo, fractura social, subordinación económica… En sus palabras:

«La práctica de leer fue por cierto un poder de primer orden en la formación y domesticación del hombre, y lo sigue siendo hoy (…). Lecciones y selecciones tienen más que ver unas con otras de lo que algunos historiadores de la cultura querían y eran capaces de pensar (…). La cultura escrituraria mostró agudos efectos selectivos. Hendió profundamente a las sociedades (…). Se podría definir a los hombres de tiempos históricos como animales, de los cuales unos saben leer y escribir y otro no (…), unos crían y disciplinan a sus semejantes mientras que los otros son criados» (Crítica de la razón cínica).

3. Desenlaces

3.1) Tentación de no escribir y auto-aniquilación de las artes

Cunde entonces la “tentación de no escribir”, el deseo de retirarse de un ámbito lamentable y envilecedor. Las expresiones del desencanto y de la voluntad de deserción son hermosas: “Palabras que me ahogáis, dejadme, dejadme. Tengo sed de otra cosa” (G. Bataille, La experiencia interior); “El silencio no puede ocultar nada, las palabras sí”, “¿Para qué queremos hablar, si ya no podemos engañarnos?” (Steinbeck, La señorita Julia); “Hay libros que matan, o por los cuales los hombres matan” (U. Eco, en El nombre de la rosa, pensando quizás en La Biblia, La Torá, El Corán, Mi lucha, El Capital…).

La auto-denegación de los escritores se corresponde con el auto-criticismo de los cientíticos (Lévi-Leblond, Braunstein, Basaglia, Heller, Di Siena, Castell, Harvey, Viña…); con la “huelga de los operadores estéticos” en las artes plásticas (J. C. Argan), sancionada por el gesto definitivo de J. Beuys explicando sus obras a una liebre muerta; con la intra-demolición progresiva de la música clásica y posclásica, que halla su estación terminal en Cage y paradas intermedias en la dodecafonía y sus derivas (A. Berg, A. Weber, Boulez), en la fuga hacia lo popular (K. Weill, L. Berio, Béla Bartók, Fauré, A. Segovia, Gershwin…), en la decantación expresionista (Penderecki, Schoenberg) y en las rutas que llevan de lo serial a lo aleatorio y al silencio (Stockhauser, Penderecki y el propio Cage)…

En la teoría de la escritura, M. Blanchot, R. Barthes, J. Derrida y otros empezaron a minar el concepto de Obra Literaria, apostando por textos discontinuos, irregulares, fragmentarios, interrumpidos… Avalaban la idea de una “ausencia del libro” y en ocasiones apuntaban asimismo al silencio -“Necesidad de la palabra para poder callar”, nos dijo E. M. Cioran. También en filosofía se rechazaron los modos clásicos de exposición; y el pensamiento, desestimando la “voluntad de sistema”, tendió a hacerse puntual, local, sectorial, a veces casi minimalista.

Afectando a muy diversos campos, se trata de una “crítica interna”, desarrollada por los propios escritores, científicos, artistas plásticos, músicos… Desde el “exterior”, los comentaristas se expresarán en términos más tibios, como si todavía quisieran soñar futuros para el arte. Sloterdijk sostendrá que “el arte está en barbecho”, que “se repliega en sí mismo”. Y Argan se referirá a “el ocaso de las obras”, a “la huelga de los creadores”:

«¿Hasta qué punto la huelga a ultranza de los operadores estéticos priva a la sociedad opulenta de algo que quiere y necesita? ¿No se le niega, por el contrario, algo que no quiere y de lo que no sabría qué hacer?» (El arte moderno).

Tanto el alemán como el italiano, reconociendo las dimensiones de la crisis, todavía alientan una especie de “optimismo rebajado”: ¿En barbecho? ¿Huelga temporal? Hace tres cuartos de siglo, Adorno y Horkheimer, al modo de los augures antiguos, tuvieron menos contemplaciones y desvelaron males de fondo. En palabras de T. W. Adorno:

«La cultura, como aquello que apunta más allá del orden de la conservación de la especie, incluye un momento de crítica frente a todo lo existente, frente a todas las instituciones (…); protesta contra la integración de lo cualitativamente diferente, que sobreviene por doquier y con brutalidad, y en cierto modo contra la idea misma de unificación (…). Sin embargo, el concepto de cultura se ha neutralizado en gran medida (…) con el ascenso de la burguesía y de la Ilustración: se ha embotado su filo frente a lo establecido» (Cultura y Administración).

«No solo se dispone el espíritu a su propio tráfico y contraventa en el mercado, sino que, además, se va asemejando objetivamente a lo dominante (…). La consciencia individual tiene un ámbito cada vez más reducido, cada vez más profundamente preformado; y la posibilidad de la diferencia va quedando limitada hasta convertirse en un mero matiz en la uniformidad de la oferta. Al mismo tiempo, la apariencia de la libertad hace que la reflexión sobre la propia esclavitud sea mucho más difícil» (Prismas. La crítica de la cultura y de la sociedad).

M. Horkheimer, con un lenguaje más llano, redunda en las mismas ideas:

«Lo buscado y querido por el aparato social anónimo no es la persona que piensa, sino el funcionario (…). Actualmente, el acento descansa en lo instrumental, en todo lo que -como se dice-pertenece a la herramienta (…). Todo hombre amenaza convertirse en una herramienta: se le quiere seguro, eficaz. Más también en esta evolución actúa, subyacente, la Ilustración» (Responsabilidad y estudio).

«Afianzar en el interior de los sojuzgados la necesidad de una dominación de los hombres sobre los hombres (…) ha sido una de las funciones de todo el aparato cultural de las sucesivas épocas» (Teoría Crítica).

3.2) “Estrategia general de la deconstrucción” y relanzamiento de la “industria cultural”

La llamada “estrategia general de la deconstrucción” (J. Derrida) ha favorecido aquella “subsistencia bajo mínimos” de las prácticas culturales coetáneas, recordándonos el “optimismo rebajado” de Argan y Sloterdijk. En Posiciones, J. Derrida justificaba así el proyecto deconstructor:

«Sin duda, hay que transformar los conceptos, desplazarlos, volverlos contra sus presupuestos, reinscribirlos en otras cadenas, modificar poco a poco el terreno de trabajo y producir así nuevas configuraciones; pero no creo en las rupturas decisivas, en la unidad de un “corte epistemológico”, como se dice a menudo hoy día. Los cortes se reinscriben siempre, fatalmente, en un viejo tejido que hay que continuar destejiendo interminablemente. Esa interminabilidad (…) es esencial, sistemática y teórica».

Se trataría de esa “auto-referencialidad paradójica de la crítica”, de esa curvatura radical del análisis negativo, que permite a los escritores desacreditar el oficio literario en sus propias páginas, a los artistas esgrimir obras contra el arte (la rueda de bicicleta y el urinario de Duchamp, los pintores que destrozaban sus cuadros nada más exponerlos…), a los músicos desestructurar los códigos compositivos hegemónicos, a los filósofos auto-cuestionarse en cada texto…

¿Y en qué se ha resuelto todo esto? A la rotunda insumisión de los artistas críticos y auto-críticos, a la desesperada, abandonista y destructiva insurgencia de las vanguardias, a los gestos suicidas de los creadores que se derrocaban a sí mismos ha sucedido una irrelevante inmersión en las aguas negras de la “industria cultural”, cloacas del arte habitadas por las ratas del eclecticismo, del neoclasicismo, de este o aquel “revival” estético, del cálculo de beneficios, en ocasiones de la provocación exánime. Y tenemos autores desaprensivos capturados por la racionalidad económica y burocrática, componiendo para el Mercado y las Administraciones y solicitando su apoyo como mendigos a las puertas de la Iglesia -pero sin la dignidad del mendicante verdadero, por supuesto. Proliferan entonces intérpretes musicales más que compositores, profesores de filosofía en lugar de filósofos, críticos del arte incapaces de concebir un poema o pintar un cuadro, rebaños de “escribidores” rápidos y prolíficos en vez de escritores parsimoniosos conscientes de la dificultad de su labor…

Por todo ello, he hablado de “auto-aniquilación de las artes” y sostengo, desde hace años, que, también en el ámbito de la cultura, “Occidente es un cadáver a la intemperie”. Suscribo la temprana amargura de Adorno:

«En esta cárcel al aire libre en que se está convirtiendo el mundo, no se trata ya de preguntar qué depende de qué, hasta tal punto se ha hecho todo uno. Todos los fenómenos han cristalizado en signos de dominio absoluto» (Cultura y Administración).

Pedro García Olivo

Alto Juliana de Sesga, abril de 2025

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ESCUELAS PARA ROBOTS

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ESCUELAS PARA ROBOTS

La Escuela pública surge en el siglo XIX para confrontar una juventud desobediente, no muy sumisa, poco adaptada a la disciplina de las fábricas y de los Estados. “Forjar lo antes posible empleados útiles y asegurarse de su docilidad incondicional”, en términos de Nietzsche, testigo de la irrupción y generalización de esta calamidad planetaria (lo anotó en “Sobre el porvenir de nuestras escuelas”, texto de 1870).

A esta función de domesticación social “interior” se añadió pronto una labor etnocida, altericida, esta vez “externa”, que perseguía con saña a las culturas de la oralidad y desestructuraba a las civilizaciones no-occidentales. Tenemos páginas bellísimas de R. Jaulin y P. Clastres en torno a este reclutamiento de la Escuela para la empresa imperialista europea.

Pasó el tiempo y el Capitalismo cambió gradualmente de facies. Las poblaciones bajo su control también fueron alteradas. Hoy la Escuela no se enfrenta a jóvenes díscolos, revoltosos, disconformes, salvo excepciones. Se desarrolla ante Robots… Lo inquietante no es que las máquinas se parezcan cada vez más a los humanos, sino que los humanos se comportan cada vez más como máquinas. Y la Escuela, bajo esta influencia, se ha hecho “otra”, todavía más perversa.

De esto conversaré con gentes de Brasil, Argentina, México, España y acaso otros países el día 14, a las 7 de la tarde, hora española, mediante un video-debate abierto, por Google Meet.

Por otro lado:

“Necesidad de la palabra para poder callar” (Cioran). “El silencio no puede ocultar nada, las palabras sí”. “¿Para qué queremos hablar, si ya no podemos engañarnos?” (Steinbeck). “Palabras, palabras que me ahogáis, dejadme. Tengo sed de otra cosa” (Bataille).

www.pedrogarciaolivo.wordpress.com

Alto Juliana de Sesga

EL HORROR DIFUSO

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Digresiones en torno a “Mientras el río fluye”, novela de Blas Valentín

I)

“El que no sabe qué hacer con su vida mientras vive necesita una de sus manos para desviar un poco la desesperación por su destino -y aún eso de modo imperfecto-, pero con la otra mano puede tomar nota de lo que ve por debajo de las ruinas, porque ve cosas diferentes y en más abundancia que los otros; es, sin duda, un muerto en vida y, a la vez, el único superviviente, lo cual no presupone que no necesite las dos manos, y más si las tuviera, para luchar contra la desesperación”. Estas palabras de Kafka definen muy bien al protagonista de la novela, Penalba. También le cabe la descripción que Milena Jessenská, muerta en el campo nazi de concentración de Ravensbruck, ofreció del escritor, con quien mantuvo una relación de amor: “Tímido, retraído, suave y amable, visionario, demasiado sabio para vivir, demasiado débil para luchar, de los que se someten al vencedor y acaban por avergonzarle”.

II)

Cuando la vida se encuentra con las palabras que la expresan, palidece. A través de sus personajes, Blas Valentín empalidece la vida. Señala las miserias cotidianas y espirituales, ya casi imperceptibles, que nos conforman. Como Meursault, el “extranjero” de Camus, Penalba bosqueja un cuadro desolador del mundo. Una existencia vacía. Un futuro sin porvenir. Muerto, el pasado. Y un presente que hemos convertido en la casa del horror…

III)

La estrategia literaria de Blas Valentín, a la hora de radiografiar la vida en nuestro tiempo y levantar un diagnóstico de enfermedad grave, acaso incurable, en nada se asemeja a la seguida por Valle-Inclán en “Luces de bohemia”, con Max Estrella como testigo y cronista excéntrico, lúcido hasta la locura, desgarrado. En su carácter y como compositor, Valentín tampoco recuerda a Alejandro Sawa, autor atormentado y denegador radical de la realidad social, en cuya vida dramática se inspiró Valle para caracterizar a su personaje. Con “Noche”, Sawa inaugura el “tremendismo”, antes de que se acuñara esa etiqueta, lanzando sobre el mundo una mirada abisalmente pesimista, desengañada y desesesperanzada. No, Penalba nada tiene que ver con Max y Blas Valentín no puede reconocerse en el perfíl psico-ideológico de Sawa…

IV)

Porque Penalba es un hombre “normal”, inquietante y peligrosamente normal. Ni héroe ni antihéroe, ni cobarde ni valiente, ni bueno ni malo, ni inteligente ni necio, ni inconsciente ni reflexivo. Recuerda al protagonista de “Apuntes del subsuelo”, quizas un trasunto del propio Dostoievski: “No solo no he podido hacerme malo, sino que tampoco ninguna otra cosa: ni malo, ni bueno, ni canalla, ni honrado, ni héroe ni insecto (…). Sin embargo, estoy firmemente convencido de que no solo la mucha consciencia, sino incluso cualquier consciencia es una enfermedad (…). Cuanto más consciencia tenía sobre el bien y todo lo Bello y Sublime, más hondo descendía en mi charca y más capaz era de hundirme en ella por completo”. Penalba es un ser adaptado y adaptable, al que se le podría aplicar el diagnóstico de los psicólogos Harry Stuck Sullivan y el americano Ralph K.White: Autoanestesiado, todo lo acepta: la insidia de lo de ‘afuera’ y la vergüenza de lo de ‘adentro’; las miserias de lo social y su propia miseria de ser casi vegetal, casi mineral, terroríficamente dócil. Todo lo admite, a todo se insensibiliza, como mucho con una “ligera mezcla de resignación, miedo, impotencia y fastidio” (Lifton).

V)

Conforme avanza en la novela, el lector va sintiendo que se adentra en el horror. Probablemente, el horror, y no Penalba, sea el verdadero protagonista del relato. Un horror difuso, disminuido, que quizás desmerecería de su propio nombre; pero que aparece como la sustancia de nuestros días, que satura la vida ordinaria estándar, horror que respiramos y que nos constituye, erigiéndonos, como anotó Emil Cioran, en “aspirantes taimados a la dignidad de monstruos”.

Horror en todo lo concerniente al Ejército y al desempeño militar. A este respecto, sobran las palabras… Pero Blas Valentín no las rehúye; y, con una gran frialdad narrativa, casi al modo de un documentalista, bucea en ese mundo como quien bucea en un pozo ciego. Horror en lo relativo a las relaciones sentimentales, con seres que trafican con sus cuerpos para lograr ascensos u otras prebendas, diseminando mentiras a veces grandes pero con más frecuencia pequeñas, en una imparable lógica interpersonal de la doblez y la utilización… El propio Penalba juega con dos mujeres, engañándolas, manipulándolas, como si fueran simplemente dos cartas a las que recurrir en la partida de la vida emocional. De tan profundamente “normalizado”, encarna los estigmas de la cultura patriarcal… Horror de ese salto entre dos ámbitos estructuralmente análogos, el Ejército y la Docencia. Como cuando era militar, Penalba se instala finalmente en una posición de mando y de subordinación, fundada en la jerárquía y en la autoridad, con poder sobre sus alumnos y, al mismo tiempo, bajo las coacciones de los reglamentos y los aparatos directivos e inspectoriales. Y horror de la escritura impresa, a la que se aferra este hombre, práctica turbia de obediencia narcisista, devaluada para siempre desde la consolidación de lo que Karl Polanyi nombró “sociedad mercantil”, de la que hace parte nuestra entristecedora “industria cultural”.

Se diría que los ojos de Penalba resbalan inanes sobre la infamia de lo externo, casi sin que se dilaten sus pupilas; y que, a veces, cuando se vuelven hacia adentro, se entornan o hasta se cierran.

VI)

Heidegger concibió la lectura como escritura, como acto en sí mismo poético. En esa línea, Derrida abogó por una lectura productiva, un rescate selectivo y re-forjador. En su aproximación a la pintura y las palabras de Van Gogh, Artaud se deshizo en una recreación, una re-invención artística. Este breve texto responde a ese espíritu: un ejercicio de lecto-escritura en torno a la novela de Blas Valentín.

“Mientras el río fluye” se podrá interpretar de muchas maneras, se dejará leer desde diferentes atriles. Pero me parece evidente que escapa a esa literatura de mercado que tanto nos cansa, aún cuando las obras reciban premios y sus autores o autoras alcancen un prestigio no menos dudoso que efímero. El libro de Blas Valentín no responde al “canon de composición” establecido para el negocio editorial. Desde hace años, buena parte de la novelística europea tiene más relación con la gastronomía que con la creatividad: mezcla de ingredientes dados (el amor, la violencia, el suspense, toques de un criticismo amortiguado, a veces exotismos culturales, el dolor y la muerte, etcétera) para elaborar un plato de consumo al gusto. En el proceso, se evaporaron de la narrativa comercial tanto la poesía como el aliento filosófico. Con “Mientras el río fluye”, y por usar una metáfora gastada, Blas Valentín se asemeja a un salmón, nadando contra la corriente. Es sabido que estos peces remontan las aguas para regresar al lugar donde nacieron y que allí acontecerán los apareamientos y las natividades, como en una ilustración del “eterno retorno” de Nietzsche…

He sido feliz de leer y estudiar esta obra, que considero importante. Se ha ganado mi estima.

VII)

Dedico a Penalba un poema de G. Bataille en el que me agrada recalar:

Digo esto amargamente:

palabras que me ahogáis,

dejadme,

dejadme,

tengo sed de otra cosa (…).

Odio

esta vida de instrumento;

busco una quiebra,

mi quiebra,

para estar roto.

Amo la lluvia,

el rayo,

el barro,

una vasta extensión de agua,

el fondo de la tierra,

pero no yo.

Pedro García Olivo

Alto Juliana de Sesga, noviembre de 2024

www.pedrogarciaolivo.wordpress.com

Auschwitz vive

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El Estado de Israel convirtió Gaza en un campo de concentración y de exterminio.

Lo inspira el Principio de Auschwitz: aniquilación de la Diferencia, de la Otredad Cultural, ocupación de territorios y rentabilización económica de la Masacre Etnocida.

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Alto Juliana de Sesga

EL FENÓMENO «KAPO» Y EL CIUDADANO-ECONOMISTA

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La “Policía Judía” operó en muchos campos de concentración nazis. En Alemania se la nombraba de otra manera: “Servicio de Orden Judío”. La constituían “kapos” que ejercían de carceleros, vigilando y castigando a los reclusos. Judíos que se prestaron a esa labor infame, organizada contra sus hermanos. Obtenían así prebendas, como mejoras en la alimentación y en el alojamiento. Primo Levi, que quizás los tuvo frente a frente en los tiempos de su internamiento en Auschwitz, nos habla de los carceleros que se desempeñaban en tales centros: “No encontré allí demonios, sino funcionarios”, “seres humanos medios, medianamente inteligentes, medianamente malvados: salvo excepciones, no eran monstruos. Tenían nuestro mismo rostro”. Guillo Pontecorvo, en su película “Kapo”, nos presenta a Edith, judía que ha perdido a toda su familia en el campo de exterminio y salva la vida trabajando para las autoridades carcelarias alemanas. Trata a los prisioneros de un modo despiadado, brutal, desalmado…

“Kapos” fueron los nativos de África y de Asia que colaboraron con los colonizadores europeos en el siglo XIX y facilitaron su labor etnocida, a cambio de recompensas materiales y políticas, como han corroborado sin cesar tantos historiadores y antropólogos modernos. Danielle Provansal detalló esa lógica fraticida para el caso de Argelia, en un capítulo de “Contra al fundamentalismo escolar”. Y Malinche ha sido interpretada así en muchos círculos de América Latina. Jean Genet es un “kapo” de excepción, un hombre del crimen y de los presidios delatando a sus compañeros y actuando como confidente de la policía. No es extraño que, aparte del reconocimiento literario, se ganara también la estima de las autoridades públicas de su tiempo…

Hasta cierto punto, el fenómeno “kapo” se ha reproducido en esos americanos de origen latino que han votado a Trump sabedores de sus planes aberrantes contra la inmigración. Muchos de ellos soñaron con ingresar en el Palacio del Mundo Libre y acabaron en una Chabola que, aún así, quieren cerrar con siete llaves para que no accedan sus semejantes.

Y, forzando acaso la expresión, “kapos” somos muchos de los occidentales, pues nos hemos vendido, bajo recompensas tácitas, a un Orden que ha estragado a una buena parte de la humanidad y lo continúa haciendo; oprimidos y explotados, como estamos y como somos, coadyuvamos no obstante a la persecución y exterminio de las gentes aferradas a otro concepto de la dignidad humana, a otro modo de entender la existencia, a otra filosofía de la vida.

Todos los “kapos” que en el mundo han sido comparten un rasgo identificador: son “economistas de la realidad”, ajustando los aspectos cardinales de sus días a un cálculo de riesgos y beneficios materiales, como quiere la razón económica y burocrática; y están, por ello, perfectamente preparados para obedecer. Exorcizando la solidaridad, el apoyo mutuo, el desinterés y lo gratuito, los “kapos” contemporáneos se han capacitado para subordinarse a un Sistema necrófago, tolerar guerras casi inconcebibles y votar a un depravado. Ciudadanos-economistas, pero no monstruos, seres humanos medios, ¿tienen nuestro mismo rostro?

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Alto Juliana de Sesga

Palabras que sólo sirven para huir

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Dos poemas y un texto breve en torno al etnocidio desatado por Israel y reforzado por Occidente

Requiem por ese “niño todos los niños” de Palestina

TRES LLUVIAS DESPUÉS
Elegía del Niño de Luto

Desencajada sonrisa de otro niño de luto,
perdido en la inmensidad de la tristeza
como un perro
encharcado
en medio de la noche.

El niño balbucea palabras de dolor enfermizo
mientras contempla atormentado
la mentira de su cuerpo
y la hipocresía de su cuerpo.

Por dos veces agachó su corpacho
dolorido
para arrojar piedras sin camino
a un camino
tan próximo como distante.

Por dos veces brillo su costado desnudo,
exhalando hedor a trabajo
en porquería.

Miró a un lado y a otro
en demanda de un pedazo
maldito
de pan, de ayuda o de aire puro,
pero sólo encontró el estiércol
de todas las horas,
en el mismo lugar de siempre,
con la amenaza de nunca.

Embarró sus pies
y embarró sus piernas
con la delicadeza de un cerdo sofocado,
y restregó por el muladar de su rostro
unas gotas brutales de agua
sucia.

Levantó la cara al sol de infierno
y cerró los ojos al peso del cansancio.
Quiso andar hacia alguna parte,
pero nada ni nadie le esperaba.

Lo comprendió al ver el salto
viejo
del gato
y se arrodilló descoyuntado para besar el suelo,
de donde lo recogieron
tres lluvias después
por enterrarlo. 

Occidente es un moribundo que mata. “Genocida” es un calificativo que se le queda muy corto. De la mano de Robert Jaulin y Pierre Clastres, antropólogos díscolos, se le podría definir como “un poder etnocida”. Las historias de la colonización y del imperialismo ya revelaron su eficacia a la hora de concebir y culminar operaciones de limpieza étnica. Como europeos, estamos siendo testigos, pero también partícipes, del etnocidio programado, sistemático, del pueblo palestino. El “principio de Auschwitz”, en tanto exterminio de la Diferencia, asiste en la actualidad al Estado de Israel.

Partícipes porque Occidente somos nosotros, todos y cada uno de nosotros, por nuestra infamia de asentir, de obedecer, de escolarizar, de comprar, de vender, de trabajar… Y todo ello a costa de las gentes que no se nos parecen y que explotamos. Se nos enrieló la vida; y sólo unas pocas personas, acaso excéntricas o en fuga, pugnaron valerosamente por descarrilar.

LA HORA DEL SUICIDIO ANTIGUO

Despiden los campos la tarde
con el ademán misterioso de todos los días
pero con un soplo de nostalgia nuevo.

Se recrea todavía el sol
vistiendo de sombras los árboles tan poco verdes
de las desgastadas lomas.

De lejos,
un resplandor rojizo
confunde nubes y cielos en los límites
de una imagen desfalleciente.

Tres pájaros aún descansan sobre el viejo tendido de la luz.

Bocanadas de aire cálido mueven graciosamente
las ropas casi secas de los cables.
Una mujer se dirige presurosa a retirarlas.

Dos perros esqueléticos cruzan cansinamente los bancales
-siempre en guardia.
Un zagal
les lanza piedras desde una esquina mal encalada.
Los perros huyen entonces, sin excesiva alarma,
esbozando los gestos de la rutina.

Ya sólo queda un pájaro sobre el tendido,
un pantalón oscuro sobre el cable,
una banda de sol sobre las lejanías melancólicas de las tierras.

La mujer regresa también con presteza,
buscando el abrazo de la casa.
El zagal abandona lentamente las piedras;
mueve la cabeza con desdén.

La noche empuja al día hacia otra parte.

Es la hora del suicidio antiguo,
sin rastro de náusea en los labios,
sin rastro de ira en el fondo de los ojos.

Pedro García Olivo
Alto Juliana en Aldea Sesga, Rincón de Ademuz

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Escribir es de turbios

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ESCRIBIR ES DE TURBIOS
(Cuando mi pensar y mi sentir no corren de la mano: ¿Estropear lectores?)

Lo que pienso…
En su “periplo”, el Fascismo Democrático euro-norteamericano ha contactado con la diferencia político-ideológica y con la otredad civilizatoria, y ha mostrado sin pudor una faceta que, en su “patria”, procuraba ocultar: su vocación altericida.

En su “tierra”, en su “casa”, veladamente, el Demofascismo desmanteló constelaciones culturales regionales y sectoriales, como la del pueblo gitano, como la del entorno rural-marginal, como la del lumpemproletariado de las ciudades,… Fuera de su “patria”, en su esfera de influencia y colonización, el fascio de las Democracias arrasa las culturas y las formas sociales y políticas de los pueblos originarios, de las comunidades indígenas; y contamina (desvirtúa) experiencias políticas que pretenden superar el eurocentrismo secular para forjar sus propios conceptos y su propia praxis -proyectos políticos e ideológicos que, de hecho, logra “asimilar”, re-fundar, demofascistizar.

El “sostén” del Demofascismo, su factor esencial de regeneración, su nutriente y su aliento, no se restringe a esos círculos sociales que en ocasiones se señalan con términos ambiguos y aún así simplistas, como “los poderosos”, “los de arriba”, “las élites”, “los ricos”,… Es también reductor estimar, con un lenguaje más elaborado, que el Demofascismo expresa y salvaguarda los intereses de la “clase dominante”, del “Capital nacional y multinacional”, de las “burguesías transcontinentales”, de la “Oligarquía mundial”,…

El “sostén” del Fascismo Democrático somos todos, todos los occidentales, sin duda “los más feos de los hombres”.

Máquinas de producir y de consumir, de trabajar o de desear trabajar, de obedecer y de votar, policías terminales de nosotros mismos, meros apéndices carnales del engranaje económico y político…, todos los días reproducimos, desde el empleo embrutecedor o desde su ansia, desde el hogar consuntivo y desde el mercado homicida, desde las venenosas escuelas y desde las universidades prostibularias, desde nuestra cotidianidad esclava, en fin, el orden del Capitalismo tardío que, a su vez, garantiza nuestra tan sucia auto-conservación.

De ahí que, en sus estertores, la razón para escribir alimente una aspiración turbia, sospechosa, forzosamente excesiva: estropear tales máquinas, estropear hombres, estropear lectores… 
Una aspiración “pedagógica”, lamentable. Pero escribo…

Lo que siento…
“¿Qué hacer?”: esa pregunta hermosa que Lenin echó a perder con su opúsculo… ¿Qué hago yo, no los demás, solo yo, con mis días? ¿Escribir, cuando toda escritura es “pedagógica” y, a lo sumo, pensando desde la ética, solo le cabe aspirar a “estropear gentes”? ¿Dejar de escribir?

“A veces tengo la sensación de no encontrarme en la verdadera vida, y el pensar que más valdría trabajar en la carne misma que en el yeso o en el lienzo”, me dice mi maestro Van Gogh. Mi maestro Cioran insiste en que debo escribir como si azotara, que cada libro mío debe ser una herida…

Sé que la escritura no pertenece a la “verdadera vida” y no es de mi naturaleza azotar a nadie o provocar deliberadamente heridas.
Pero me aterra pensar en una “vida verdadera” que colinda con el silencio. Y me temo que no estoy preparado para callarme.

No sé, no sé. Pero la duda me angustia.

Pedro García Olivo

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EL ESPÍRITU DE LA FUGA

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Blas Valentín, profesor de literatura, escritor y crítico literario, gran amigo sobre todo, ha reelaborado su reseña de «El espíritu de la fuga». Me ha gustado mucho el texto y el modo que ha tenido de husmear en mi obra, de escudriñar, de imaginar, algo más difícil que simplemente leer.

Alto Juliana, Aldea Sesga

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blablablás

EL ESPÍRITU DE LA FUGA: novela de antiayuda, desolación y desesperanza

Repelencia de escribir una novela, lo mismo que de obedecer. La escritura es obediencia. Qué bien entiendo ahora a Artaud, incapaz de escribir; y a Bataille, incapaz de razonar. Qué bien me entiendo, incapaz de obedecer.Pedro García Olivo

0. Pedro García Olivo

Pedro García Olivo es un filósofo y escritor cartagenero, promovedor de la antipedagogía y crítico radical de las sociedades democráticas occidentales. Nació en una familia humilde, estudió filosofía y se licenció en Geografía e Historia en la Universidad de Murcia.

Dejó la enseñanza y durante ocho años trabajó como pastor de cabras en las montañas del interior de Valencia. En octubre de 2010 renunció a la plaza. La publicación de El irresponsable (2000) suscitó una fuerte polémica por sus planteamientos antiescolares.

1. Filosofía y refugio

Leer El espíritu de la fuga de Pedro García Olivo es adentrarse en un terreno inhóspito, como visitar su refugio en Sesga. No es una novela convencional, igual que su refugio no es una casa acogedora. Su narrativa refleja la desolación y el abismo. La historia contiene alusiones al suicidio y la estructura misma del texto desafía la arquitectura de la novela tradicional.

Esta obra se siente más como la creación de un filósofo-poeta, con un espíritu huraño y contradictorio, comparable al de Artaud. No hay capítulos ordenados ni una narrativa que haga la vida más sencilla; lo que encontramos es una covacha literaria, un espacio mínimo que exige del lector un esfuerzo quijotesco para comprender su complejidad.

Nada de casas con arquitectos; su novela es una chabola desvencijada, sin esqueleto y hecha a retazos de desesperación, perdida en Alto Juliana, Sesga.

Una vez llegas a la lectura de su novela está tan llena de telarañas como el techo de su casa: una maraña inmisericorde y negra donde las arañas no permiten que las moscas y otros insectos molestos perturben su paz.

2. El Espíritu de la Fuga: libertad y contradicciones

Esta es la obra de un espíritu libre que no busca gustar a nadie, ni siquiera a sí mismo, blanco inmisericorde de las críticas más acerbas que se lanza a través de Figueroa. Pero es a través de su alter ego, Víctor Araya, muy parecido al Pedro García Olivo de la vida real, que se exalta indirectamente con el espíritu romántico de los grandes ególatras.

«Todo lo que he hecho a lo largo de mi vida ha sido perfectamente inútil; no espero otra cosa de mi escritura», afirma Araya. La mirada de Ernesto Figueroa califica su literatura de desierto y vacaciones de la inteligencia y la imaginación. Nadie normal puede acercarse a esta obra y leerla, sentencia.  

Porque abundan egos menesterosos, que buscan la aprobación, el aplauso del vulgo, el reconocimiento público con el que paliar su yo famélico y ruin. Sin embargo, Pedro, un ego inquietante, ha destruido el manual de instrucciones de la vida, creando su propia estatua solo para destruirla con morteros, publicando en silencio, consciente de que su obra es inaccesible para la mayoría.

3. Novela de desesperanza y antiayuda

La “fuga» es una desmitificación de la vida: no hay lugar para la esperanza, sí para el suicidio.

García Olivo no busca complacer al lector, ni siquiera en los aspectos más básicos de la narrativa convencional.

Encuentro concomitancias con las vanguardias o con las postvanguardias, y sobre todo con el espíritu de Antoni Artaud: es un Artaud ibérico y “sesgueño”, desesperado, desesperanzado o, como mucho, esperanzado de desesperanza, caleidoscopio de desorden pero siempre guiado por la luz de su sensibilidad poética y un desprecio profundo a lo dado.

La obra, al igual que su autor, reniega de las estructuras establecidas. El escritor García Olivo, como Víctor Araya, abandona su puesto de funcionario y se convierte en pastor de cabras en una aldea perdida del Rincón de Ademuz. Este acto de huida refleja su rechazo a la vida conformista. Al igual que El Quijote y La muerte de Iván Ilich, El espíritu de la fuga cuestiona la vida convencional. En su huida, García Olivo rechaza la vida conformista, buscando vivir antes de morir.

4. El suicidio como principio vital

Araya, alter ego de García Olivo, busca una libertad inalcanzable, una vida al margen de las convenciones, con el suicidio como su último baluarte. El suicidio es una obsesión constante para Araya, una salida inevitable en sus pensamientos, compartida también por sus personajes, atrapados en vidas frustradas y futuros inalcanzables.

El espíritu de la fuga no solo es un rechazo a la obediencia, sino una reflexión profunda sobre el absurdo de la existencia. En un pasaje notable, García Olivo cita a Deleuze: «Es posible que yo huya, pero a lo largo de toda mi huida busco un arma».

5. Nota final

Mi amigo catalán Marco Antonio Gordillo Rojas, catedrático de literatura española, leyó la reseña de El Espíritu de la fuga y compró, a raíz de ello, el libro de García Olivo. Al cabo de un mes, me escribió un email del cual reproduzco estas palabras literales:

«Cómo no agradecerte la lectura de El Espíritu de la fuga, ese juego de espejos de García Olivo en el que literatura y estilo, sensibilidad y sentido, pensamiento y convicción, se unen y, pese a las diferencias de opinión que uno pueda sentir que tiene con el autor, brindan una obra que cautiva y sacude. En la obra veo una calidad literaria de grandes dimensiones, más allá de la ideología e imbricada en ella. Además de ofrecer una antología de textos del mismo autor. Un regalo.
Además la leí en comunicación con Los genios de Jaime Bayly, sobre los dos autores hispanoamericanos cuyas andanzas tenían ciertas asociaciones con los «latinos» de Budapest o las inquietudes sandinistas del narrador y autor (en este libro casi en coincidencia perfecta)».





(La presente reseña es una reelaboración de la original publicada aquí y próximamente en Dialnet)

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VIVIR MATA

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Más de cuarenta mil asesinados en Gaza. También más de cuarenta mil muertos en Europa el año pasado por las olas de calor. En África las cifras se disparan y se hacen casi inconcebibles. Etcétera.


La causa de esta mortandad es el aliento necrófilo y necrófago del Capitalismo, un Sistema Vírico y Bélico, imperialista y eco-destructor desde su origen.
Pero esa organización criminal mata a través de nosotros y de nuestro modo de vivir.

Nosotros la sustentamos con nuestra manera de transitar los día.
Porque el Sistema Capitalista somos nosotros, en cada acto de consumo y también de producción, en cada momento de obediencia y asimismo de mando. Lo nutrimos en el tajo, en la oficina, bajo uniformes, ante la pantalla, en las tiendas, en estos penosos viajes veraniegos de dolor que nuestra hipocresía denomina «viajes de placer» – hay que estar herido para viajar de esa forma, herido de aburrimiento o herido de esclavitud.

No me cabe la menor duda de que vivir al estilo occidental mata a gran escala.

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Alto Juliana

HEDOR A CARNE EN DESCOMPOSICIÓN («EL HUSMO»)

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EL HUSMO. LOS FILOS RESEGUIDOS DEL DOLOR

“Y no acierto a columbrar qué pensara de mí, qué imagen se estará forjando de su desconocido interlocutor. Poco debo importarle… Me verá como un enigma sin mayor interés, sólo uno más. “Un extraño que, por algún motivo, a mí qué más me da, me habla y me pregunta”. Un día antes de este, tan ansiado, encuentro borrajeé, sombrío y maquinal, mi Diario. “Si le saco a mi dolor una página, ya me duele menos”, debí pensar.

25 de Febrero de 1993

Miércoles. La semana, herida de muerte; yo, peor… Los próximos sábado y domingo no confortan -les sigue un lunes, y un martes, y un… Las vacaciones de Semana Santa están aún lejos. Tampoco ayudan: después de ellas, todo sigue. El verano augura un nuevo curso. Presidiarios con licencia. Sólo pasan los años. Los cabellos, más blancos. Los ojos, más hundidos. Las ilusiones, que también envejecen, parecen aún más hartas de mí que yo de este gran cansancio. No me siento triste. La tristeza se me antoja todavía un sentimiento dichoso. No me asiste el privilegio de poder estar triste. La tristeza empieza y acaba, se distingue del estado de ánimo que la antecede y del que la sustituye. Yo vivo en un sentimiento que parece eterno, que no sé cuando empezó y que no quiere tener fin. Más triste que la tristeza, sin color ni sabor, ni negro ni amargo, hondo sí, áspero, recuerda el filo de una navaja resbalando sobre las venas del cuello. Pero no corta. Ni se va. Resbala, resbala.

Cada día me parece un secuestro, una ofensa. Cada día de trabajo, de no-libertad, de horario y de obligaciones, lo sufro como un ultraje. Mi dignidad disminuye, día a día. Yo disminuyo. De mi orgullo antiguo no queda ni la sombra, ni el humo; tampoco me es grato su recuerdo. Ya no quiero alimentar esperanzas. Me aflige la posibilidad misma de la esperanza. No estoy desesperado; caí de la desesperación, me hundí bajo su suelo. Sólo hallo un alivio en el relato de mi hundimiento -no mi caída, que ya es vieja, sino mi hundimiento más abajo del fondo de toda caída.

Me niego a pensar. Los pensamientos me asquean. Se parecen demasiado los unos a los otros. Siempre están celebrando alguna muerte. Y me espanta el aire de familia que sorprendo en sus rostros de barro y tedio. Aborrezco al sol cegador, al sol ciego, y solo y mudo y vano. Las noches dejaron de antojárseme bellas: cierran un día de servidumbre y anuncian la servidumbre del día siguiente. Si la noche fuera eterna, me daría igual.

Me han robado los deseos; y ya no deseo ni siquiera recuperarlos. Tampoco me abandono: no me esfuerzo en abandonarme, no me empeño en dejarme llevar. Más que perderme, me entrego a un gran cansancio -cansancio hasta del mismo reposo, el más desnudo de los cansancios.

Si es un dolor lo que me acosa, ese dolor se ceba en la cabeza. Del corazón yo no sé nada. Creo que huyó, o que nunca me avisó de su existencia. A lo mejor todavía habita en mi pecho; pero es como si jamás hubiera latido.

Hay muros contra los que necesito estrellarme una y otra vez… Quiero tropezar siempre, partirme en la piedra las sienes. Si me despejan la vía, no sé para qué andar, no sé hacia dónde. Yo voy, quiero ir, siempre hacia el muro. Pero ahora, sumiéndome en una postración huérfana de razones, lo han abatido. No me he extraviado. Nadie puede desencaminarme. Desbrujaron de una vez todos los muros, que aún es más cruel. Y ya no puedo romperme el cráneo, no puedo tropezar; sólo hundirme, hundirme y ni siquiera caer. Hundirme. Un gran cansancio. Harto de estar harto, agotado, derrotado, amarrado, humillado, azotado, callado. Lúgubre hastío de desear. Gran cansancio.

La compañía me mata. La soledad me entierra vivo. Donde hay tres, ahí está mi fosa. Donde hay dos, mi juez y mi verdugo. Donde uno, mi víctima. Y cuando estoy solo, algo peor que morir. Aún peor que sufrir. Casi no estar”.

“El husmo” trata del enigma de las luchas. Aborda el asunto de los maquis, cuando la dictadura franquista; la resistencia contra el régimen de Pinochet desde el exilio chileno; las aporías del tardocomunismo en la Europa del Este y la desaparición del anhelo de libertad en las sociedades democráticas occidentales. Sobre estas cuatro cuestiones, lo que se esgrime no coincide con lo que se ha contado y no encaja en ningún “verosímil político” establecido. Fluye, por debajo o por arriba, un relato existencial.

Blas Valentín, escritor, profesor y crítico literario publicó una reseña de este libro en su interesante blog: https://blogsaverroes.juntadeandalucia.es/blablablas/maquis-levante-basiliso/

“El husmo” se puede descargar libremente desde mi blog, como todas mis obras: www.pedrogarciaolivo.wordpress.com

Alto Juliana de Sesga

VIVIR CADA DÍA MÁS COMO PERROS

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“El siglo XVII ha sido el de las matemáticas, el XVIII el de las ciencias físicas y el XIX el de la biología. Nuestro siglo XX es el del miedo. El miedo no es una ciencia, se me dirá. Mas la ciencia es en algo responsable de ese miedo, puesto que sus más recientes progresos técnicos la ha conducido a negarse a sí misma y que sus perfeccionamientos prácticos amenazan con destruir por completo a la tierra. Además, si el miedo no puede, en sí mismo, ser considerado una ciencia, tampoco puede dudarse de que es una técnica.

En efecto, lo que más me llama la atención en el mundo en que vivimos es, en primer término y en general, que la mayoría de los humanos (excepto los creyentes de todas las suertes) carecen de porvenir. No hay vida verdadera sin porvenir, sin promesa de madurez y progreso. Pues bien, los hombres de mi generación, y los de la que entra hoy en los talleres y facultades, han vivido y viven más cada día como perros.

Naturalmente, no es la primera vez que unos hombres se hallan ante un porvenir materialmente vallado. Mas lograban superar el obstáculo gracias al verbo y a la rebeldía. Recurrían a nuevos valores en que depositaban sus esperanzas. Hoy nadie habla (salvo los que se repiten) porque el mundo nos parece conducido por fuerzas ciegas y sordas, incapaces de oír las voces de advertencia, los consejos y súplicas. Algo en nosotros se ha roto ante el espectáculo de los años que acabamos de vivir. Y ese algo es aquella eterna confianza del hombre en que podía obtener reacciones sensibles de uno de sus semejantes con solo hablarle el lenguaje de la humanidad.

Hemos visto mentir, envilecer, matar, deportar, torturar. Y, cada vez que esto ocurría, era imposible persuadir a los que lo hacían de no hacerlo, porque estaban muy seguros de sí mismos y porque no cabe persuadir de nada a una abstracción, es decir, al representante de una ideología.

El largo diálogo de las personas se ha interrumpido. Y, claro está, un hombre a quien es imposible persuadir es un ser que espanta”.

Lo escribió Albert Camús en 1958 (“La sangre de la libertad”, Buenos Aires, Americalee, pp. 85-86); pero pareciera que habla de nuestros días, habiendo sido redactado hoy.

[Texto extraído de “La trampa-engaño de la cultura”, obra de Mery Sananes, publicada en 2006 por la Cátedra Pio Tamayo, en Caracas, pp. 7-8]

http://www.pedrogarciaolivo.wordpress.com

¿Eres la noche?

Para perdidos y reinventados

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