CONTRIBUCIÓN A LA CRÍTICA DE LA RAZÓN LECTO-ESCRITORA
1. Escribir, publicar, vender. Los tres pasos canónicos del escritor occidental
1.1) Por escribir, un “enfermo”
Una lacería del alma, una miseria del espíritu, una podredumbre de la inteligencia y de la voluntad, una enfermedad insondable del ser lleva a escribir. En “Sobre la lectura”, lo denunciaba Marcel Proust, escritor compulsivo que no destacaba por mentir sobre sí mismo:
«Califico de malsano este gusto, esta especie de respeto fetichista por los libros (…). Aquellos a los que llamamos “la mentes preclaras” están tan contagiados como los demás de esta “enfermedad literaria” (…). Parece que la afición por los libros crece con la inteligencia, un poco por debajo de ella pero en el mismo tallo (…). El hecho de que las mentes superiores sean “librescas”, como suele decirse, no prueba en absoluto que ello no constituya un “defecto del ser” (…). Maeterlinck (…) nos previene contra los peligros de la erudición, a veces incluso de la “bibliofilia” (…). El silencio no lleva, como la palabra, la marca de nuestros defectos, de nuestros fingimientos. Es puro; es realmente una atmósfera».
El autor de En busca del tiempo perdido señalaba sin ambages el “peligro de la lectura”:
«La lectura se convierte en un peligro cuando, en vez de despertarnos a la vida personal del espíritu, tiende a suplantarla; cuando la verdad ya no se nos presenta como un ideal que está a nuestro alcance por el progreso íntimo de nuestro pensamiento y el esfuerzo de nuestra voluntad, sino como algo material, abandonado entre las hojas de los libros, tal un fruto madurado por otros y que no tenemos más que molestarnos en tomarlo de los estantes de las bibliotecas».
La Correspondencia entre Lou Salomé y Reiner María Rilke ilustra de un modo muy sugestivo esta relación entre la escritura y la enfermedad. Rilke se reconoce víctima de una dolencia corrosiva cuya matriz se halla justamente en su labor literaria:
«Desde ahora ya no dudo ni por un instante de que estoy enfermo, de una enfermedad que me ha corroído gravemente y cuyo foco se encuentra en lo que hasta entonces llamaba mi trabajo».
Y Lou Salomé, discípula de Freud, amiga íntima del poeta, consciente de que la escritura nace del dolor, de la herida, efectivamente de la enfermedad, lo disuade de acudir a psicoterapia. Lo relató P. Klossowski, quien prologó Correspondencia:
«La amiga más íntima de Rilke desde 1904 y discípula de Freud a partir de 1912, Lou Andreas-Salomé, practicaba el psicoanálisis (…). Ahora bien, lejos de encaminar a Rilke hacia un tratamiento analítico, lo apartó de este (…). Se fundamentaba en su convicción de que las fuerzas oscuras constituían la única fuente tanto de la curación como de la creación del poeta (…). Los gérmenes de lo que posteriormente se manifestaría en las Elegías, y cuya existencia ella conocía, hubieran sido extirpados por el análisis -era ahí donde ella veía el peligro y la razón de impedir el tratamiento por todos los medios (…). [En palabras de Lou]: “Estos métodos no se aplican sin un grave peligro en un artista realizado -según mi propio modo de ver, que sin embargo no coincide con el de Freud”».
Van Gogh, en sus Cartas a Theo, se expresó en el mismo sentido cuando el psiquiatra le prescribió no pintar, abandonar la creación:
«El molino ya no está, pero el viento sigue aún».
Con esta hazaña de la expresión, el “suicidado de la sociedad” refiere el punto de llegada de su periplo por las tierras áridas de la medicina política: sigue bajo esa enfermedad que le impulsaba a pintar y que llama “el viento”; pero, ahora, de su malestar existencial, de su angustia, ya no se desprende el arte -no hay “molino”.
Con frecuencia, esta afección característica de los escritores aboca a una curiosa síntesis de agresividad y elitismo pedagogista, explícita en E.M. Cioran y A. Artaud:
«En cierta ocasión, manifestó Cioran que, al escribir un libro, su idea no era otra que la de “despertar a alguien, azotarle”; y también que “un libro debe ser realmente una herida, debe trastornar de un modo o de otro la vida del lector”» (Esther Seligson, “Introducción” a La caída en el tiempo).
«Defender una cultura que jamás salvó a nadie de la preocupación de vivir mejor y no pasar hambre no me parece tan urgente como extraer de la llamada cultura ideas de una fuerza hiriente idéntica a la del hambre» (A. Artaud, El teatro y su doble).
En la base de esta desafección hacia la lecto-escritura se halla, entre otros, F. Nietzsche:
«Yo odio a los ociosos que leen (…). El leer corrompe a la larga no solo el escribir, sino también el pensar» (“Del leer y el escribir”, en Así habló Zaratustra).
1.2) Por publicar, un “fantasma”
Se puede escribir y no publicar. ¿Por qué se publica? ¿Por engreimiento? En El canto de amor y muerte del corneta Cristóbal Rilke, Rainer María Rilke nos da una pista… Un soldadito francés, marqués muy delicado, combate junto a Cristóbal Von Rilke, abanderado alemán. El corneta le pregunta si tiene novia:
«“Es rubia como vos”. Y callan nuevamente, hasta que el alemán exclama: “¿Pero por qué diablos os sentáis entonces en la montura y cabalgáis al encuentro de la jauría turca a través de estas comarcas envenenadas? El marqués sonríe: “Para regresar”».
Se emprende el viaje -o la guerra- del Publicar “para regresar” (por vanidad, narcisismo, dependencia de la opinión pública o del aplauso en un determinado círculo de amistad o de afecto, sed de fama, pretensión de éxito, tal un “fantasma”).
Cabe “regresar” al modo del soldadito francés de Rilke o a la manera necrófila de Mainlander: cuando por fin consigue publicar Filosofía de la Redención, con sus más de mil páginas, libro consagrado a la “voluntad de morir” -plagiado por Nietzsche en no desdeñable medida-, este escritor hace una pila con los manuscritos, se encarama a la cúspide y se ahorca. Era el 1 de abril de 1876, víspera de la tan ansiada impresión de su obra. Cabe sospechar que se suicida por egotismo, feliz de haber publicado, en homenaje a su ideario sepulcral, como un narcisista “inverso” y también como un fantasma.
1.3) Por vender, una “rata”
La mayor parte de los escritores son oprobiosos “hombres económicos”, seres en los que se ha encarnado la “razón instrumental”. Para ellos, escribir es “invertir” -tras publicar, se desviven por vender: presentaciones, ferias del libro, firma de ejemplares, campañas publicitarias… De este modo, la literatura se inserta en la “industria cultural”, otra excrecencia del Capitalismo y nueva prueba de la integración del discurso del Iluminismo.
Adorno y Horkheimer, en Dialéctica de la Ilustración y otras obras, denunciaron este proceso:
«[Al Proyecto Moderno de la Ilustración] le aconteció lo que siempre le acontece al pensamiento victorioso, el cual, apenas sale voluntariamente de su elemento crítico para convertirse en instrumento al servicio de una realidad, contribuye sin querer a transformar lo positivo en algo negativo y funesto (…). Es la metamorfosis de la crítica en aprobación».
Los conceptos reguladores de la lecto-escritura proceden de la Ilustración. Bajo ese marco filosófico y epistemológico “asimilado”, los creadores ya no pueden engañar a nadie, aunque conciban propuestas “radicales”, flirteando con el escándalo:
«Actualmente pueden fomentarse y presentarse por instituciones oficiales manifestaciones artísticas extremosas (…), no obstante denuncien lo institucional, lo oficial. Mientras el concepto de cultura sacrifica su relación posible con la “praxis”, se convierte en un momento de la organización» (T. W. Adorno, Cultura y Administración).
El elemento más visible de la “neutralización” de la escritura consiste en su venalización, que convierte al autor en un deplorable “homo aeconomicus”. Jacques Ellul, pastor protestante anarquista, y Lewis Mumford, crítico de la tecnología, caracterizaron muy bien esta expansiva modalidad de sujeto: primero se produjo su “individualización” y despúes su “reducción” productivista y consumista:
«Se desencadena [desde el siglo XVIII] una lucha sistemática contra todos los grupos naturales (…). No hay libertad de los grupos, sino solamente del individuo aislado (…). Tenemos una sociedad atomizada, que conlleva la peor de las esclavitudes (…). Se arranca al hombre de su medio, del campo, de sus relaciones, de su familia (…). En esta sociedad atomizada, frente a la persona no hay más que el Estado, que es fatalmente la autoridad suprema».
«El hombre se modifica lentamente bajo la presión, cada vez más intensa, del medio económico, hasta convertirse en este ser, de extremada delgadez, que el economista liberal hacía entrar en sus construcciones (…). El hombre no es sino una máquina de producir y consumir (…). Se le conceden ocios, pero estos ocios son solamente la parte del consumo en la vida» (Jacques Ellul, La Edad de la Técnica).
En la misma línea se expresó Lewis Mumford en Técnica y Civilización:
«Había nacido un nuevo tipo de personalidad, una abstracción ambulante: el Hombre Económico. Los hombres vivos imitaban a esta criatura del racionalismo puro. Estos nuevos hombres económicos sacrificarán su digestión, los intereses de paternidad, su vida sexual, su salud, la mayor parte de los normales placeres y deleites de la existencia civilizada, por la persecución sin trabas del poder y del dinero (…). Solo en un sentido muy limitado estaban mejor los grandes industriales que los obreros por ellos degradados: carcelero y prisionero eran ambos, por así decirlo, huéspedes de la misma Casa del Terror».
M. Horkheimer situó este fenómeno en el contexto del auge de la “razón instrumental”, que convierte a la persona en una herramienta: se le pide que sea obediente, “útil”, funcional; y no que piense y ejerza la crítica. Tal racionalidad instrumental, también llamada “estratégica”, se desdobla: presenta una vertiente burocrática, administrativa, y otra crematística, ambas involucradas en la elaboración del “hombre económico”. El escritor es un exudado de esa razón del Estado y del Capital.
Diversas tradiciones teoréticas redundaron en esta denuncia de la humanidad económica: el antiproductivismo de Baudrillard y la Escuela de Grenoble (Maffesoli, Girardin…); la llamada Teoría Francesa, con Foucault y Deleuze al frente; los epígonos de la Escuela de Frankfürt (Byung-Chul Han entre ellos); los nihilismos dispares (Cioran en primer lugar); etcétera.
2. La lecto-escritura como afección occidental altericida. La tarea de los soldados, los misioneros y los maestros
2.1) La figura del “escritor” como destilado cultural regional
Por fortuna, la lecto-escritura es un estigma meramente occidental. En otras culturas está ausente el perfil del “escritor”: había relatos, músicas, poemas…, que la comunidad forjaba y reelaboraba a lo largo del tiempo, obras “de todos y de nadie”, no firmadas, unas veces ligadas a “factorías colectivas” y otras a creadores fortuitos, ocasionales, siempre en la evitación de lo que aquí llamamos “autoría”. Y es que el “escritor” solo germina en “sociedades mercantiles” (Karl Polanyi), fracturadas y atomizadas, en las que el individuo ostenta la prevalencia ontológica, epistemológica, axiológica y hasta sociológica; sociedades que dejan sus puertas abiertas a la hipertrofia aberrante del “yo”.
2.2) Un poder etnocida y exterminador de la oralidad
De la mano de la colonización, el neo-imperialismo y la globalización capitalista (las tres fases del avasallamiento civilizatorio), la lecto-escritura se entregó a la liquidación de la oralidad y de los valores espirituales y existenciales que alentaba.
La oralidad… Aspecto capital desde el que se rebate en nuestros días el privilegio otorgado a la escritura. La oralidad no señala una imperfección o una carencia, sino una modalidad particular, en absoluto inferior, de elaboración y transmisión cultural. En este sentido, tantos pueblos originarios de América, de África o de Asia, los nómadas históricos de todos los conttinentes, los rural-marginales de Europa y de otras regiones, etcétera, no son “á-grafos”, “an-alfabetos” (¿por qué definir la singularidad en términos de una ausencia?): vivencian una “cultura de la oralidad”, en expresión de A. R. Luria, E. A. Havelock, W. Ong y otros. Queda así vindicada la dignidad de las culturas orales, tradicionalmente atendidas como sintomatología del déficit, de la reducción, del primitivismo. Al rebuzo de la occidentalización progresiva de todo el planeta, recurriendo a escuelas, misioneros y también balas, la lecto-escritura acabó con ellas…
A partir de los estudios de A. R. Luria en territorios remotos de la Unión Soviética, Walter Ong (capítulos III y IV de Oralidad y escritura) concluye que la oralidad responde a una psicodinámica propia, distinta; genera estructuras de pensamiento, de expresión y de la personalidad también privativas; y se manifiesta en un estilo de vida peculiar (“verbomotor”, en expresión de M. Jousse, 1925).
Sometiendo estas tesis a una “lectura creativa”, cabe ensayar una “crítica general de la alfabetización y de la escolarización como expedientes altericidas y uniformadores del paisaje humano”.
2.3) Aspectos fundamentales de la oralidad
A) La condición oral fortalece, antes que nada, los lazos comunitarios (exige al otro tanto en el acto del pensamiento como en el de la expresión) y cancela la primacía del “individuo”, con todas sus consecuencias sobre la organización social, el comportamiento político -o “antipolítico”- y la modalidad económica. W. Ong: “La comunicación oral une a la gente en grupos. Escribir y leer son actividades solitarias, que hacen a la psique concentrarse sobre sí misma”. La mencionada prevalencia ontológica, epistemológica, axiológica e incluso sociológica del “individuo” en las sociedades occidentales deriva de una “separación” del Sujeto y del Objeto, del Yo y del Mundo, desencadenada -o, al menos, acelerada-, según E. A. Havelock y el propio W. Ong, por la aparición de la escritura y por la alfabetización sistemática de las poblaciones. “Más que cualquier otra invención particular, la escritura ha transformado la consciencia” (W. Ong).
B) La oralidad determina, en segundo lugar, un pensamiento “operacional” y “situacional”, que restringe el uso de clasificaciones, divisiones, categorías, conceptos…, y no se aviene bien con la lógica pura, con los silogismos y las deducciones formales (A. R. Luria, J. Fernández), oponiendo así un dique a la expansión del pensamiento abstracto. En nombre de una u otra abstracción (Dios, Patria, Revolución, Humanidad, Democracia, Progreso, Estado de Derecho…) se han perpetrado todo tipo de masacres, genocidios, etnocidios -lo recordaba Bakunin. De ahí el pacifismo sustancial de las culturas de la oralidad.
En 1932, L. Mumford lamentaba así la postración del “pensamiento oral”:
«Con el hábito de usar la imprenta y el papel, el pensamiento perdió algo de su carácter fluyente, cuatridimensional, orgánico; y se convirtió en abstracto, categórico, estereotipado, contento con formulaciones puramente verbales».
W. Ong, recordando la composición oral de La Odisea, no se distanció mucho de las observaciones de Mumford: “Las culturas orales pueden organizar creaciones de pensamiento y experiencia asombrosamente complejas, inteligentes y bellas”.
A. R. Luria, tras sus investigaciones en Uzbekistán y Kirghizia (1931-1932), señaló los determinantes de la condición oral, contrapuestos a los que configuran el pensamiento escriturario (caligráfico o tipográfico). Al lado de los ya mencionados, ubica el repudio de los lenguajes simbólicos y dos rasgos muy significativos: el desinterés por la definición de los objetos y la renuncia casi absoluta al auto-análisis… En la década de los 80, J. Fernández, comentarista de los trabajos de M. Cole y S. Scribner en Liberia, corroboró este aspecto: las personas de cultura oral detestan los silogismos y se entusiasman ante las “adivinanzas” y los “acertijos”.
C) El pensamiento operacional suscita, por último, una atención preferente a “lo más cercano” -lo tangible y lo inmediato. De ahí la riqueza y el abigarramiento de las formas de ayuda mutua, de colaboración y cooperación, saturadoras de la vida cotidiana y estigmatizadas por el fundamentalismo mediático y escolar como “amiguismo”, “partidismo”, “favoritismo”, “nepotismo”…
2.4) Imperio de la Letra y reducción de la antropodiversidad
A) La eliminación del hombre oral
Contra esta cultura de la oralidad y los innegables valores que sustenta (auto-organización, rechazo del belicismo, apoyo mutuo, anhelo eco-homeostático…), las sociedades mayoritarias dispusieron con diligencia “programas de alfabetización” en sí mismos altericidas: suprimen modalidades de expresión, estructuras de pensamiento, conformaciones de la subjetividad, estilos de vida, clases o tipos de personas -antropodiversidad que, como apuntó W. Ong y lamentó E. M. Cioran, en modo alguno cabe ya restablecer. El hombre oral será borrado escrupulosamente de la faz de la Tierra, eliminado para siempre del “paisaje de los homínidos”, un paisaje uniformado y homogeneizado “a consciencia y hasta la indecencia”. Así iniciaba E. M. Cioran su Retrato del hombre civilizado:
«El encarnizamiento por borrar del paisaje humano lo irregular, lo imprevisto y lo diferente linda con la indecencia (…). Distinta me parece en extremo la situación de los analfabetas, considerable masa apegada a sus tradiciones y privaciones y a la que se la castiga con una injustificable virulencia. Pues, a fin de cuentas, ¿es un mal no saber leer ni escribir? Francamente, no lo creo. E incluso pienso que deberemos vestir luto por el hombre el día en que desaparezca el último iletrado».
B) Domesticación del hombre por el hombre
Con la supresión de la condición oral y con la hegemonía de la “littera” y de las instituciones escolares, se produce, según P. Sloterdijk, un afianzamiento del proyecto europeo de “domesticación del hombre por el hombre” -en el marco de las antropotécnicas modernas. Tales “técnicas del hombre” indujeron fenómenos desconocidos en el universo oral tradicional: jerarquía, elitismo, fractura social, subordinación económica… En sus palabras:
«La práctica de leer fue por cierto un poder de primer orden en la formación y domesticación del hombre, y lo sigue siendo hoy (…). Lecciones y selecciones tienen más que ver unas con otras de lo que algunos historiadores de la cultura querían y eran capaces de pensar (…). La cultura escrituraria mostró agudos efectos selectivos. Hendió profundamente a las sociedades (…). Se podría definir a los hombres de tiempos históricos como animales, de los cuales unos saben leer y escribir y otro no (…), unos crían y disciplinan a sus semejantes mientras que los otros son criados» (Crítica de la razón cínica).
3. Desenlaces
3.1) Tentación de no escribir y auto-aniquilación de las artes
Cunde entonces la “tentación de no escribir”, el deseo de retirarse de un ámbito lamentable y envilecedor. Las expresiones del desencanto y de la voluntad de deserción son hermosas: “Palabras que me ahogáis, dejadme, dejadme. Tengo sed de otra cosa” (G. Bataille, La experiencia interior); “El silencio no puede ocultar nada, las palabras sí”, “¿Para qué queremos hablar, si ya no podemos engañarnos?” (Steinbeck, La señorita Julia); “Hay libros que matan, o por los cuales los hombres matan” (U. Eco, en El nombre de la rosa, pensando quizás en La Biblia, La Torá, El Corán, Mi lucha, El Capital…).
La auto-denegación de los escritores se corresponde con el auto-criticismo de los cientíticos (Lévi-Leblond, Braunstein, Basaglia, Heller, Di Siena, Castell, Harvey, Viña…); con la “huelga de los operadores estéticos” en las artes plásticas (J. C. Argan), sancionada por el gesto definitivo de J. Beuys explicando sus obras a una liebre muerta; con la intra-demolición progresiva de la música clásica y posclásica, que halla su estación terminal en Cage y paradas intermedias en la dodecafonía y sus derivas (A. Berg, A. Weber, Boulez), en la fuga hacia lo popular (K. Weill, L. Berio, Béla Bartók, Fauré, A. Segovia, Gershwin…), en la decantación expresionista (Penderecki, Schoenberg) y en las rutas que llevan de lo serial a lo aleatorio y al silencio (Stockhauser, Penderecki y el propio Cage)…
En la teoría de la escritura, M. Blanchot, R. Barthes, J. Derrida y otros empezaron a minar el concepto de Obra Literaria, apostando por textos discontinuos, irregulares, fragmentarios, interrumpidos… Avalaban la idea de una “ausencia del libro” y en ocasiones apuntaban asimismo al silencio -“Necesidad de la palabra para poder callar”, nos dijo E. M. Cioran. También en filosofía se rechazaron los modos clásicos de exposición; y el pensamiento, desestimando la “voluntad de sistema”, tendió a hacerse puntual, local, sectorial, a veces casi minimalista.
Afectando a muy diversos campos, se trata de una “crítica interna”, desarrollada por los propios escritores, científicos, artistas plásticos, músicos… Desde el “exterior”, los comentaristas se expresarán en términos más tibios, como si todavía quisieran soñar futuros para el arte. Sloterdijk sostendrá que “el arte está en barbecho”, que “se repliega en sí mismo”. Y Argan se referirá a “el ocaso de las obras”, a “la huelga de los creadores”:
«¿Hasta qué punto la huelga a ultranza de los operadores estéticos priva a la sociedad opulenta de algo que quiere y necesita? ¿No se le niega, por el contrario, algo que no quiere y de lo que no sabría qué hacer?» (El arte moderno).
Tanto el alemán como el italiano, reconociendo las dimensiones de la crisis, todavía alientan una especie de “optimismo rebajado”: ¿En barbecho? ¿Huelga temporal? Hace tres cuartos de siglo, Adorno y Horkheimer, al modo de los augures antiguos, tuvieron menos contemplaciones y desvelaron males de fondo. En palabras de T. W. Adorno:
«La cultura, como aquello que apunta más allá del orden de la conservación de la especie, incluye un momento de crítica frente a todo lo existente, frente a todas las instituciones (…); protesta contra la integración de lo cualitativamente diferente, que sobreviene por doquier y con brutalidad, y en cierto modo contra la idea misma de unificación (…). Sin embargo, el concepto de cultura se ha neutralizado en gran medida (…) con el ascenso de la burguesía y de la Ilustración: se ha embotado su filo frente a lo establecido» (Cultura y Administración).
«No solo se dispone el espíritu a su propio tráfico y contraventa en el mercado, sino que, además, se va asemejando objetivamente a lo dominante (…). La consciencia individual tiene un ámbito cada vez más reducido, cada vez más profundamente preformado; y la posibilidad de la diferencia va quedando limitada hasta convertirse en un mero matiz en la uniformidad de la oferta. Al mismo tiempo, la apariencia de la libertad hace que la reflexión sobre la propia esclavitud sea mucho más difícil» (Prismas. La crítica de la cultura y de la sociedad).
M. Horkheimer, con un lenguaje más llano, redunda en las mismas ideas:
«Lo buscado y querido por el aparato social anónimo no es la persona que piensa, sino el funcionario (…). Actualmente, el acento descansa en lo instrumental, en todo lo que -como se dice-pertenece a la herramienta (…). Todo hombre amenaza convertirse en una herramienta: se le quiere seguro, eficaz. Más también en esta evolución actúa, subyacente, la Ilustración» (Responsabilidad y estudio).
«Afianzar en el interior de los sojuzgados la necesidad de una dominación de los hombres sobre los hombres (…) ha sido una de las funciones de todo el aparato cultural de las sucesivas épocas» (Teoría Crítica).
3.2) “Estrategia general de la deconstrucción” y relanzamiento de la “industria cultural”
La llamada “estrategia general de la deconstrucción” (J. Derrida) ha favorecido aquella “subsistencia bajo mínimos” de las prácticas culturales coetáneas, recordándonos el “optimismo rebajado” de Argan y Sloterdijk. En Posiciones, J. Derrida justificaba así el proyecto deconstructor:
«Sin duda, hay que transformar los conceptos, desplazarlos, volverlos contra sus presupuestos, reinscribirlos en otras cadenas, modificar poco a poco el terreno de trabajo y producir así nuevas configuraciones; pero no creo en las rupturas decisivas, en la unidad de un “corte epistemológico”, como se dice a menudo hoy día. Los cortes se reinscriben siempre, fatalmente, en un viejo tejido que hay que continuar destejiendo interminablemente. Esa interminabilidad (…) es esencial, sistemática y teórica».
Se trataría de esa “auto-referencialidad paradójica de la crítica”, de esa curvatura radical del análisis negativo, que permite a los escritores desacreditar el oficio literario en sus propias páginas, a los artistas esgrimir obras contra el arte (la rueda de bicicleta y el urinario de Duchamp, los pintores que destrozaban sus cuadros nada más exponerlos…), a los músicos desestructurar los códigos compositivos hegemónicos, a los filósofos auto-cuestionarse en cada texto…
¿Y en qué se ha resuelto todo esto? A la rotunda insumisión de los artistas críticos y auto-críticos, a la desesperada, abandonista y destructiva insurgencia de las vanguardias, a los gestos suicidas de los creadores que se derrocaban a sí mismos ha sucedido una irrelevante inmersión en las aguas negras de la “industria cultural”, cloacas del arte habitadas por las ratas del eclecticismo, del neoclasicismo, de este o aquel “revival” estético, del cálculo de beneficios, en ocasiones de la provocación exánime. Y tenemos autores desaprensivos capturados por la racionalidad económica y burocrática, componiendo para el Mercado y las Administraciones y solicitando su apoyo como mendigos a las puertas de la Iglesia -pero sin la dignidad del mendicante verdadero, por supuesto. Proliferan entonces intérpretes musicales más que compositores, profesores de filosofía en lugar de filósofos, críticos del arte incapaces de concebir un poema o pintar un cuadro, rebaños de “escribidores” rápidos y prolíficos en vez de escritores parsimoniosos conscientes de la dificultad de su labor…
Por todo ello, he hablado de “auto-aniquilación de las artes” y sostengo, desde hace años, que, también en el ámbito de la cultura, “Occidente es un cadáver a la intemperie”. Suscribo la temprana amargura de Adorno:
«En esta cárcel al aire libre en que se está convirtiendo el mundo, no se trata ya de preguntar qué depende de qué, hasta tal punto se ha hecho todo uno. Todos los fenómenos han cristalizado en signos de dominio absoluto» (Cultura y Administración).
Pedro García Olivo
Alto Juliana de Sesga, abril de 2025
www.pedrogarciaolivo.wordpress.com