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viernes, 27 de marzo de 2015

TOPO, una historia al ritmo de la calle. Honestidad y tozudez en el país de los tuertos.


Gracias a la gente de Exile Magazine por sacar este artículo sobre Topo que ninguna "publicación seria" en papel ha querido publicar. De corazón, gracias. http://www.exileshmagazine.com/2015/03/topo-parte-i-una-historia-al-ritmo-de.html

TOPO, una historia al ritmo de la calle. Honestidad y tozudez en el país de los tuertos.
Por Juan Miguel Contreras 

PARTE 1.
Topo es una de las grandes formaciones de la historia del Rock Español. Hay cosas que cuanto antes se digan, mejor. También han sido uno de los grupos más ninguneados y con más mala suerte del negocio, algo que ha sido moneda común de la inmensa mayoría de las bandas de este país, pero Topo pertenece además al reducido grupo de los perseverantes, los tozudos y los seguros de sus capacidades… Como Burning, como Sex Museum, como… (sigan ustedes mismos). El problema con Topo es cómo se les considera cuando se les tiene en cuenta y en que categoría se les ubica.

Surgieron en 1978 como una escisión de Asfalto y durante un breve periodo de tiempo volaron muy alto, aunque nadie pareció darse cuenta. Topo es un gran grupo, con diferentes etapas, con altibajos, con éxitos y fracasos, con muchas de las miserias y con muchas más glorias (en forma de canciones) de eso del rock, pero sin duda es una banda merecedora de ser considerada de primer nivel y, por qué no decirlo, histórica. Sin embargo, si hay algo con lo que cargan sobre sus espaldas José Luís Jiménez y Lele Laina a la hora de observar su biografía musical son prejuicios. Se les englobó bajo esa indeterminada y maliciosa etiqueta del Rock Urbano, vaya uno a saber qué sea eso, e incluso ellos mismos en más de una canción han usado el adjetivo con convicción, pero también es cierto que, a la hora de acercarse a su trabajo, quizá esa denominación haya sido más una losa que una aclaración. Y si no tenían suficiente con la viciada forma de hacer las cosas del que fue su primer sello, Chapa Discos (un sello prototípico de la visión carpetovetónica del negocio del rock en este país, con más sombras que luces), se “apropió” de ellos todo un “capo” como Vicente Romero (ejemplo de integridad más entendida como cabezonería que como defensora de ciertos principios).


Básicamente Topo son José Luís Jiménez (1948) y Lele Laina (1952), aunque haya habido momentos en los que la nave la ha dirigido solamente Jiménez y por mucho que la llamada “formación clásica” sean ellos dos más los desaparecidos Terry Barrios (1952-1992) y Víctor Ruíz (1952-2005). Como se ha apuntado antes, Topo surgió en 1978 como una escisión de la mítica formación Asfalto, los cuales, en ese mismo año, habían publicado su disco debut tras un reseñable número de años pateándose escenarios y siendo grupo de apoyo de muchos otros como Vainica Doble, una obra con la que nadie del grupo quedó satisfecho y que Chapa ninguneo hasta que la canción “Capitán Trueno” comenzó a sonar en la radio. Para cuando esto último sucedió, Asfalto ya había roto peras; por un lado estaban los citados Jiménez y Laina y por otro Enrique Cajide (batería) y Julio Castejón (guitarra y voz). Ese primer disco de Asfalto, a pesar de la insatisfacción que provocó a sus autores, sigue siendo una obra más que disfrutable, conteniendo un conjunto de canciones sumamente memorables, tanto en composición como en ejecución. En él se conjugan como pocas veces en este país luminosas influencias beatlelianas, psicodelia, rock progresivo de altura y una lírica tan naif como preclara (en la, quizá, ficticia e ingenua distinción entre compositores con carga política o no, el caso de Laina y Jiménez aparece como totalmente banal, pues en su ADN siempre ha estado impreso cantar sobre y para la gente de dónde vienen). Entre toda esa mixtura, sobresalen ciertos aspectos que seguirán siendo señas de identidad posteriormente en Topo: una conjunción y arreglos vocales muy a tener en cuenta, y por los que nunca han sido suficientemente reconocidos, una destreza instrumental notabilísima y unas ambiciones compositivas tan clásicas como valiosas.

Presiones de la compañía hacen que Cajide y Castejón continúen bajo la nomenclatura original a pesar de tener nuevo nombre y nuevos compañeros. Por su lado, Jiménez y Laina, intérpretes vocales principales de las canciones más recordadas de dicho LP, deciden formar otro grupo y permiten el uso por parte de aquellos del nombre de Asfalto. Así pues, José Luis Jiménez (bajo y voz) y Lele Laina (guitarra y voz) se embarcan en la creación de Topo junto a Terry Barrios (Batería y voz) y Víctor Ruiz (Teclados). Rápidamente graban su primer plástico, de titulo homónimo, el cual, comparado con la obra seminal del que fuese su primer grupo, se muestra como una gloriosa evolución lógica. La inclusión del teclado de Ruiz hace que las nuevas composiciones adquieran músculo y fluyan densas, muy acordes con el rock progresivo de la época. Dicho álbum, producido brillantemente por Teddy Bautista en los estudios Kirios, incluye composiciones ilustres como "Vallekas 1996" o "Mis amigos dónde estarán". Es un disco difícil y a la vez naif. Difícil porque es progresivo, enrevesado y complejo, y naif por unas letras directas, cargadas de una marcada y sencilla pátina social, pero también con enjundia. Ecos de Traffic, Mott the Hoople (de Brain Capers) o Humble Pie resuenan en cada surco, aunque siempre primando su marcada personalidad. Abre el disco "Autorretrato", trepidante gema de riff con olor a clásico, un teclado llenándolo todo que parece robado directamente de Vanilla Fugde y un interludio acústico que muestra a unos compositores tan seguros como ambiciosos; le sigue "Abélica", otra joya progresiva con un nuevo juego de voces inmenso, y, cerrando la cara A, "La catedral", cuya lírica parece extraída de un guión de Moebius y que musicalmente es como si Pink Floyd estuviesen tocando un descarte del primer disco de King Crimson, esta vez bajo la voz principal de Terry Barrios, secundado por unos Jiménez y Laina poseídos por Crosby, Stills y Nash. Y si la cara A era asombrosa, la cara B es ya para llorar de placer; "Mis amigos dónde estarán" es uno de esos himnos sencillos y emotivos por los que no pasa el tiempo, y "Qué es esta vida" siempre me ha parecido el "Because" beatleliano patrio. "El periódico" es una composición tan sencilla como emotiva, antesala perfecta para que cierre el disco de nuevo un pletórico Terry Barrios a la voz principal con "Vallekas 1996" (o cómo incitar a la lectura de Orwell y Bradbury desde una canción). No sólo eran unos músicos arriesgados y virtuosos, sino que posiblemente hayan sido uno de los poquísimos grupos que en este país han cuidado las voces y las armonías vocales de una manera tan exquisita. Terry, José Luis y Lele se compenetraban de manera emocionante, y las armonías que se sacaban de la manga son de lo mejor que nunca nadie se ha dignado a reivindicar en este país. 

Lele Laina y José Luis Jiménez - Foto. Luis Sevillano

Un disco como ese hoy debería estar reseñado como la maravilla que es dentro de cualquier historia decente del rock español, y no como un Wally que nadie sabe dónde está, ninguneado por modernos y gafapastas cuyas carnes se abren ante productos contemporáneos de dicho disco que son presentadas como epítomes de lo más de lo más. Sin embargo Topo sufrió lo que sufrieron las otras bandas de su compañía, Chapa, que, lejos de apoyar incondicionalmente la música de su escudería, mostró con el tiempo que sólo buscaba formas de enriquecerse rápida y fácilmente, maltratado sin ningún problema cantera y catálogo, dando al traste con bandas mientras su propia ineptitud interna provocaba situaciones kafkianas tales como la grabación de discos claves que no eran mínimamente apoyados (como el de Mezquita, Mermelada o Cucharada) o cambios de imagen tan descorazonadoras como el que hicieron los propios Topo para su segundo disco. No hay que olvidar que esto es España y Topo se topó (perdón) con la Movida, entrando inmediatamente a formar parte de ese saco donde han acabado todos los grupos que, parafraseando a Tierno Galván, no estuvieron al loro, no se colocaron, se movieron y no salieron en la foto. No hablo de teorías conspiratorias, sino simple y llanamente de cutrerío patrio; aquí la música era considerada (y es) como un simple negocio de guapos y guapas manejables y no como una forma de arte comercializable, pero arte al fin y al cabo.

Con estas premisas, en 1980, Chapa les "anima" a realizar un disco "nuevaolero", al estilo de lo que funcionaba en Gran Bretaña, con un sonido próximo a The Police. Para estos cuatro proles curtidos durante años en el local de ensayo y en bolos infames, el caramelo no les pareció mal, pero, hablando mal y pronto, se la metieron doblada. Este intento de reformularlos, concretado en un disco llamado "Pret a portet", fracasa estrepitosamente y hace que Topo abandone la discográfica. Produce de nuevo Teddy Bautista, pero pocos rastros hay de la obra anterior. Visto en perspectiva no es un mal disco, tiene sus momentos, pero no era apropiado para un grupo como Topo. De hecho no parecían el mismo grupo. Una cosa es evolución y otra el triple salto mortal sin red estilístico que hicieron. De todos modos, hay que insistir en que no es un mal álbum (si lo hubiera firmado un grupo novel). Sobre él reposa la losa de ser un disco indigno, pero tras esa pátina sonora tan típica de la época, se esconden un puñado de composiciones que, con otra producción más orgánica y natural, hubieran hecho un trabajo menos sonrojante. A pesar de tener que echarle imaginación para ver que los huesos de esas canciones eran buenos, se mantienen muy a la luz la destreza instrumental y los arreglos vocales con enjundia. Perlas como “Inesperadamente”, la versión de Sam Cooke “Bring it on home to me” bautizada como “Trae a casa tu amor”, o “Te siento cerca”, siguen brillando debajo del lodo y la purpurina (aunque otras como “Extraterrestre” le hagan a uno llorar de espanto).

Para resarcirse grabaron su tercer disco intentando que las injerencias de la compañía fuesen las menos posibles. Con "Marea negra" pusieron las cosas en su sitio, volviendo a su sonido, sus riffs, sus juegos vocales y su teclado musculoso. Un disco magnífico grabado en Madrid y mezclado en Ámsterdam que con el tiempo se ha convertido en su obra más representativa. Fichan por Sony y produce Carlos Narea con la ayuda de Miguel Ríos. Terry Barrios catalizó las inquietudes del grupo y puso las cosas en orden (aparte de ser un batería contundente y preciso, tenía un sonido y una pegada muy característica, y en grabaciones posteriores se le echó en falta, lo cual es mucho decir a la hora de hablar de un batería). “Cantante urbano” abre el disco de una manera poderosa, abriendo el listado de nuevos clásicos de la banda, soberbia, auto afirmante y que expone la tónica de lo que vendrá, la de unos músicos en estado de gracia que confían en unas canciones de nuevo primorosas pero, esta vez sí, grabadas y producidas como desean. Desaparecen los restos progresivos más evidentes por mor de un rock más directo. “Guerra fría” mantiene el pulso sustentada por el piano de Víctor Ruiz, que encuentra más espacio para reclamar su importancia capital dejando que un pantagruélico Terry Barrios se haga con ella y la saque a flote y le de brillo. Sigue “El Blues del Dandy”, poderosa sátira deudora de unos Humble Pie incisivos y socarrones. “Marea negra” es un himno preclaro y trepidante donde todos brillan y a la vez les muestra compenetradísimos. Justo después Lele Laina imprime su raigambre beatle con la harrisoniana “Colores”, emocionante descripción sentimental de un trotamundos apátrida. La cara B se abre con “Los chicos están mal”, una nueva muesca en su lista de clásicos, y si cito todas las canciones del álbum es para reivindicar una obra que debería haber tenido mejor suerte en el imaginario colectivo rockero patrio. Jiménez de nuevo apabulla con su bajo, dirigiendo a un grupo que se gusta y disfruta. “Después del concierto” y “El apagón” se siguen con un José Luís Jiménez cantando pletórico y dibujando unas líneas de bajo imaginativas y contundentes que culminan en la última de las gemas del álbum, “Ciudadano universal”, cantada por Terry, la cual muestra sus restos progresivos en una composición acertada y adaptada al momento que viven.

PARTE 2.
A pesar de tener la certeza de haber firmado un magnífico disco y de gozar de la tutela de un Miguel Ríos que les lleva de teloneros, la compañía no hace nada por ubicarlos y sacarlos de ese cajón desastre del llamado rock urbano donde les es imposible romper los límites que su propio nombre impone (en radiodifusión y trasvase periodístico); la moral del grupo está en su peor momento y, a finales del 84, Terry, Lele y Víctor deciden tirar la toalla y abandonan, cansados de la compañía y con la sensación de que la mala suerte que siempre les ha acompañado nos les dará tregua por más que se esfuercen. Se queda solo José Luís Jiménez, que sobrevive alquilando su equipo de sonido y buscando nuevos músicos. Decide mantener el nombre y ficha a Luis Cruz (Guitarra), Kacho Casal (Batería) y Pablo Salinas (Guitarra, teclados). Esa formación grabará en 1986 "Ciudad de Músicos", editado a través del sello SNIF, compañía auto gestionada por los propios músicos donde también editan los igualmente tenaces Asfalto en su nueva reencarnación junto a Miguel Oñate. “Ciudad de músicos” es totalmente un producto de la época, delicioso y culposo a la vez. Muy influido por el rock metalizado de guitarristas corre mástiles gracias al ímpetu y talento de Cruz y Casal (hoy en Burning), el bajo y voz de Jiménez pivota sabiamente e intenta atar en corto a sus nuevos compañeros con unas composiciones que, tras los arreglos “hard-metálicos”, se vuelven a mostrar clásicas y preciosistas. A pesar del satisfactorio trabajo, éste vuelve a pasar totalmente desapercibido, lo cual, añadido a que José Luís Jiménez busca sonoridades más clásicas, precipita el fin del primer acto de Topo.
Como telón del mismo, en 1988 aparece "Mis amigos están vivos". Doble LP en directo editado por la  tenaz voluntad de José Luís Jiménez. Vista hoy en día es la muestra más evidente de la historia de Topo, es decir, un lujo perdido en el olvido de los medios (nunca se ha editado en CD, y sólo se encuentra ripeado en algunos blogs). Un disco doble en directo que tenía que haber puesto las cosas en su sitio, un disco que en cualquier otro lugar sería una pieza indiscutible pero que aquí se quedó en nada (salvo en el testamento del grupo hasta su vuelta en el 2000). El concierto se graba el 30 de octubre de 1987 en la sala Canciller, y en él Jiménez reúne a todos los músicos que habían pasado por la banda más numerosos invitados ligados a la historia de la misma. Sonaron todos sus “himnos”, plasmando el momento actual de Topo en ese momento y su historia. Quizá el baile de invitados diluya el resultado, pero es el mejor testamento posible (aunque no ratificado por su vuelta doce años después) de una banda que hubiera merecido mejor trato y proyección.

TOPO. Foto. Adán Cabello
A partir de ahí comienza un periodo caótico y silencioso. Reuniones de Asfalto, primero con Terry Barrios a la batería (“Sólo por dinero”, 1990, irregular trabajo, quizá demasiado autocomplaciente pero aún así con una joya como “Lo que el viento no se llevó”), cuyo concierto homenaje tras su fallecimiento provoca la reunión de los cuatro miembros originales de Asfalto, dando como resultado un más que reseñable álbum, “El planeta de los locos” (1994). Proyectos alimenticios y grupos de versiones (Rockorquesta, Black Dog) hacen que finalmente pase una década donde Topo desaparece completamente y se le da por finiquitado. Sin embargo, la aparición en el año 2000 de "La jaula del silencio" en el sello Pies, les vuelve a poner en marcha. Continúan Lele Laina y José Luís, no así Víctor Ruiz; lo sustituye Sergio Cisneros y en la batería se sienta Roger Castro. A pesar de ser un gran disco, pasó totalmente desapercibido (más incluso que obras anteriores). Lejos de ser un álbum anecdótico, “La jaula del silencio” se presenta orgulloso y lleno de canciones notables. Composiciones como “La vida” (emocionante), “Cruce de caminos” (brutal), “El bar”(emotiva) o “Soy una montaña” (preciosa), por citar sólo unas pocas, les muestran inspiradísimos y tan seguros como siempre. De nuevo el profundo bagaje de la pareja compositora y las raíces de las que siempre se han nutrido salen a la luz. Una brillante relectura de “I´m tired” de Savoy Brown pone la guinda a un loable trabajo de cuya existencia lamentablemente nadie se enteró.

Foto. Chema Pérez
De nuevo otro parón habida cuenta del silencio (profético título para un trabajo cuyos logros resultan inversamente proporcionales a su eco en los medios), los deja en barbecho, de vuelta a sus cuarteles de invierno, hastiados y con la sensación de estar perpetuamente comenzando y no siendo capaces de trascender el saco donde se les ha metido. Lele Laina entra a formar parte de una reencarnación de Los Brincos mientras no dejan de ensayar y componer,  hasta que el productor Ángel Romero les propone recuperar parte de su cancionero (de Topo y Asfalto) en formato acústico, publicando “Canciones básicas” en 2004 bajo sus propios nombres en formato trío (con Miguel Bullido a la batería) en una compañía integrada en el todopoderoso Grupo Prisa llamada El Diablo. El disco se vende bien (al menos para lo que están acostumbrados sus autores) pero no piensa así su compañía, que les da carta de libertad. Compaginan trabajos y bandas con esporádicas actuaciones (de gran nivel) hasta que casualmente se les une Luis Cruz en un ensayo y deciden recuperar Topo discográficamente, aunque para ello abandonen el teclado por una formación con dos guitarras (primando más la sintonía personal y musical que su original alineación). De todo ello surge “Prohibido mirar atrás” (2010), publicado por The Fish Factory, compañía que les da estabilidad y apoyo incondicional. Una más que asumida madurez compositiva da luz a unas canciones con su sello característico, las cuales, al carecer del personal sonido orgánico del teclado, les empareja más a la primigenia formación y espíritu de Asfalto. Una producción cristalina y cuidada de la mano de Jiménez y Laina es un aspecto también destacable de un álbum donde el continuismo de su guadianesca carrera se convierte una vez más en una orgullosa recopilación de canciones que van de lo auto afirmativo (“Cambios” o la que da título al disco) a lo amoroso (una joya como “Empezar”, que muestra que se pueden contar aún cosas sobre tan recurrente tema desde una visión propia y acorde con su evolución vital). También están presentes las típicas canciones suyas donde se narran historias cotidianas (“La guitarra del inglés”) y emociones tan mundanas como empáticas (la preciosa “Santo Grial”). En perspectiva resulta obvio que no es un trabajo redondo completamente, situándose un paso por detrás del reivindicable “La jaula del silencio”. Es como si la nueva formación se encontrara dubitativa en su conjunción, mostrándoles menos sutiles en algunos pasajes ante la ausencia del teclado, aunque bien es cierto que la producción es magnífica y los arreglos de las guitarras les hacen sonar primorosos pero no del todo ensamblados. Esto se constatará en directo, donde poco a poco se ve que Laina y Cruz cada vez están más seguros, doblándose con gusto (evocan muchísimas veces el espíritu de Thin Lizzy, sobre todo en la citada “Empezar”) tanto en los nuevos arreglos de su cancionero clásico como en las nuevas composiciones que pasan a formar parte del mismo. Aprovechan la presentación madrileña para grabar dicho concierto, el 14 de enero de 2011, y publicar un nuevo doble en directo. Vuelven a aparecer invitados ligados a su historia (destacando sobre todos ellos un Kacho Casal pletórico en “Todos a Bordo”). Editan “Cierta noche en Madrid” en doble cd y doble dvd. Mezcla y edita el audio el propio Lele Laina, aunque si bien eso siempre ha sido una garantía para el grupo, esta vez palidece en ciertos momentos, quizá por la ausencia total de overdubs y enmascaramientos posteriores, sonando a veces muy crudo y mate. Lo que se oye (y ve) es lo que son, para lo bueno y lo malo. El problema aparece en los extras, donde José Luís y Lele cuentan durante una hora lo que ha sido su historia musical y la de Topo. Siendo ésta como es una historia no sólo atractiva y disfrutable sino, sobre todo, paradigmática y fundamental, se echa en falta un trabajo de edición visual que dote de brillo al peso histórico que ambos tienen. Ese síndrome de haber empezado una y mil veces desde cero a base de perseverancia y lucidez quizá les hace descuidar esa ansiada entrevista. De todos modos, pecata minuta de cara a los fieles seguidores que durante años esperaban algo así.




Viendo que la nueva formación da y puede dar buenos resultados, esta vez no dejan que Topo languidezca como otras veces, y ante el abandono de Miguel Bullido, se hacen con un batería tan respetado como José Martos. En 2014 entran a grabar su noveno disco, perfectamente a gusto en su formación de dos guitarras, bajo y batería. En febrero de 2015 aparece “El ritmo de la calle”, flamante nuevo capítulo de una historia que se ha visto obligada a comenzar tantas veces ante la desidia de medios que sería una pena que terminara ahora. Como si el círculo se hubiese cerrado para Lele y José Luís dentro de ese uróboros particular en el que parecen estar inmersos, “El ritmo de la calle” constata la rabia por demostrar que su historia sigue vigente y también por evidenciar la importancia que tuvieron. De nuevo ofrecen un trabajo redondo, quizá uno de los mejores de su carrera. La tónica lírica es ya un marchamo personal: denuncia, historias, emociones, sentimientos. No sorprenden pero siguen siendo letras certeras y arrobadas. Musicalmente tampoco esperan sobresaltar a ninguno pero es tan alto el nivel que poco importa. Puede sonar a lugar común, pero reseñar un tema en detrimento de otro se torna difícil habida cuenta del nivel ofrecido. De igual modo, resulta sorprendente escuchar este disco a la luz de lo que ha sido su carrera. Desde la inicial y afilada “El ritmo de la calle” al rabioso final de tremebundo riff con “Policías y ladrones”, se reúnen 14 canciones que rallan lo notable, cuando no lo sobresaliente en algunos casos. El sonido de dos guitarras les hace incluso regresar al espíritu de aquel lejano y germinal primer disco de Asfalto (sobre todo en las preciosas “La dama y el juglar” y “La cosecha”, las cuales desprenden psicodelia beat por todos lados). Suenan contundentes gracias a la labor de José Martos tras la batería, el cual parece haberle inyectado un plus de energía a la ya trasmitida por la incorporación de Luís Cruz, pero también gracias a una sabiduría compositiva que, ayudada por unos arreglos distinguidos, elevan las canciones. Ejemplos como “Blues de cristal”, donde parecen darse cita unos Whishbone Ash secundados por Warren Haynes y sir Paul McCartney, o “El guitarrista de Hamelín”, que trae a la memoria un supervitaminado “(I´m not your) Steppin´Stone” de The Monkees, dan buena prueba de que la pareja compositiva Laina/Jiménez merece un respeto cuando no un altar. ¿Suena exagerado? Va a ser que no. La producción vuelve a recaer sobre la pareja fundadora, endureciendo el sonido donde es necesario y dejando respirar a las canciones cuando hace falta, en un resultado final meritorio y valiente, el cual debería romper no ya sólo el corsé público que les ignora sino las estúpidas etiquetas que hacen que no haya otros focos siguiendo sus pasos (Azkenza, Cazorla, Ruta66 o Efe Eme, por ejemplo). Sea o no el capítulo final de una historia tan heroica como reivindicable, habrá merecido la pena si finaliza así. Conociendo el camino que han recorrido y cómo lo han hecho, me temo que, afortunadamente, no lo será. 








jueves, 16 de diciembre de 2010

Los que nos acordamos de Topo, aunque esté "prohibido mirar atrás"


En varias entradas anteriores he hablado de la música que descubrí gracias, indirecta y directamente, a mi primo mayor. Por motivos varios, he vuelto a escuchar cosas que me hizo conocer él. Tener el ánimo tanguero responde no sólo a la pereza que me producen tan señaladas fechas sino también a ciclos internos de periodicidad variable. Llevo una temporada anclado a un pasado imperfecto que a veces me reconforta y otras me asquea, supongo que es una manera de "protegerme" de la fugacidad y el aluvión de los tiempos presentes, donde todo es de usar y tirar, donde los hábitos de lectura, información y visualización que provoca internet, los extrapolamos a la vida diaria y eso nos convierte poco más que en hiperactivos insatisfechos más cercanos a cobayas sobrestimuladas que a personas serenas con inquietudes varias. Cuando me harto de novedades musicales, literarias, cinematográficas o de series de TV que hoy por hoy son infinitamente mejores pero que me resultan dificilmente abarcables, me vuelvo un poco niño ostra, canturreo a Karina, y tiro de baúl de la Piquer, recordando ciertas cosas que como Miguelito de Mafalda, me recuperan (y dejo la angustia de Felipe aparcada un poco). Por edad, me tocan los ochenta, década que ha quedado para la posteridad musical como la de "La Movida Madrileña", bandas como Alaska Y Dinarama, Gabinete Caligari, Hombres G, Aviadro Dro, Nacha Pop, Radio Futura o Los Secretos aparecían cada sábado en La Bola De Cristal, así como en La Edad De Oro o Popgrama que apenas sí recuerdo (Rockopop era insufrible; Rápido en cambio tenía su aquel). Eso de La Movida es como la gran estafa musical de la cutre historia de la música patria, como diría Mariskal Romero, "la movida es la mejor ficción que Pedro Almodovar nunca filmó". La Movida recibió el apoyo de la oficialidad y según su historia leída desde nuestros días no existió otra cosa, o al menos no tan relevante para la música del país como aquellos quienes fueron apoyados porque ¿hay alguien que haya oído hablar de Asfalto, Ñu, Topo, Leño, Rosendo o Barón Rojo? Ah, que éstos eran melenudos y malhablados. O ya para qué nombrar por ejemplo a La Banda Trapera Del Río, La Polla Records, Cicatriz, Kortatu, Suburbano, Viceversa, 091, La Granja, Sex Museum, Los Enemigos... grupos de una repercusión ínfima (las cosas son como son) pero no (dejemos el sarcasmo de lado) por ello menos relevantes. No sé si otros países europeos han maltratado tanto su herencia musical como este país. De vez en cuando aparece algún iluminado que recupera como por arte de magia algún grupo y parece que se reescribirá la historia y algo quedará pero este país es como es y te das cuenta de que no aprenderemos nunca (hablo de la movida pero si miramos la década de los '90 uno también se puede echar a llorar, Superskunk, Sobrinus, La Vacazul, Los Marañones o alguno de los '80 que entró en los '90 con paso firme, firmando incluso alguno de sus mejores discos (Sex Museum y su Sparks, por ejemplo) por citar algunos a bote pronto).

He recibido como novedad flamante el libro de Jesús Ordovás, llamado "Los discos esenciales del Pop Español", y una vez leído a conciencia no diré que lo he tirado por la ventana pero sí que me ha parecido un truño considerable que baila al son de la oficiosidad más cutre y triste, sintomático de todo lo dicho anteriormente. Mientras Alaska sale citada relevantemente 13 veces, Los Enemigos sólo aparecen una (y es Ordovás, oiga, que no es cualquier mindundi). Smash, que siempre queda muy bien citarlos por eso de quedar pintón, aparecen citados seis veces, de Triana al menos sale un disco, como Smash, pero no te creas tu... Carlos Berlanga sale citado 13 veces, Nacho Canut, 12. Barón Rojo ni aparece y Asfalto tampoco. A mí que me lo expliquen... Tío, que es sobre Pop apañó, dirá alguno... Ya, pero es que salen Los Nikis, Sex Museum, Calamaro, El Omega de Morente, Rosendo, Pata Negra, Camarón, Burning (es que si no salen todos estos hubiera sido para matarlo)... ¿Pop? ¿De verdad? ¿Miguelito Bosé y un par de páginas después el "Loco por incordiar" de Rosendo? ¿Los discos esenciales del Pop español? ¿Are you talking to me? No entiendo nada... En serio, no estoy en plan abuelo cebolleta que ni con una enciclopedia de 5.000 páginas se hubiera quedado contento (soy una persona fácil, en serio). Me gusta pensar que en ciertas cosas soy como me exigía mi abuela, si te pones, te pones, pero para ponerte a medias no... Son 130 páginas... En estos días, con eso de la impresión digital y demás, añadirle 50 o 100 más no hubiera supuesto un descalabro comercial... y sin subirle el precio, señora... Pues no, 19,50 € el libro cuesta. Allá cada cual con su dinero. Si me pregunta alguna madre qué regalar a su chavalín del instituto que le gusta la música, lo mismo me lo quito del en medio y allá él, pero estando aún en la estantería la biografía de los Beatles de Hunter Davies, o "Londres 1960-1966. Los mods, los clubs, los grupos, la herencia", el delicioso libro de Ángel de la Iglesia, como que no. Hablo del libro de Ordovás porque es el último y porque le están dando bastante cancha, cosa que no pasó con libros similares anteriormente. Así y con todo,  por lo que a mí respecta, he recuperado un grupo de esos que me ponía mi primo en su habitación cuando yo era un canijo, TOPO, y no sólo por un acceso de nostalgia, que también, sino porque han sacado un disco nuevo.

Topo es una de las grandes formaciones de la historia del Rock Español. Surgió en 1978 como una escisión de Asfalto. Topo es una de las grandes formaciones de la historia del rock español; esta frase ya la he dicho pero no está de más repetirla. Topo es un gran grupo, con diferentes etapas, con altibajos, con éxitos y fracasos, con muchas de las miserias y con muchas más glorias de eso del rock, pero sin duda merecedora de ser considerada como una de las bandas de primer nivel en nuestro país, pero parece ser que no, salvo para cuatro flipaos como yo. Topo surgió en 1978 como una escisión de la mítica formación Asfalto, los cuales, en ese mismo año habían publicado su disco debut, dicho disco (que tampoco sale en el libro de Ordovás, y eso sí que no tiene perdón de Thor, lo mires por donde lo mires) obtiene gran éxito en listas, pero la grabación y el resultado final no satisfacen al grupo. Así pues, José Luis Jiménez (Bajo y voz) y Lele Láina (Guitarra y voz) se embarcan en la creación de otra banda junto a Terry Barrios (Batería) y Víctor Ruiz (Teclados). Rápidamente graban su primer plástico, de titulo homónimo al grupo, que contenía éxitos atemporales como "Vallekas 1996" o "Mis amigos dónde estarán". Con este disco se colocaron en la primera línea del rock nacional. Es un disco (para los tiernos oídos de hoy en día) difícil y a la vez naif. Difícil porque es progresivo, enrevesado, complejo, y naif por unas letras directas, cargadas a veces de una tal vez simple pátina social, pero con enjundia otras. "Autorretrato" es tan preciosa como difícil, "Abélica" es una joya progresiva con voces inmensas y cerrando la cara A, "La catedral", que es puritito Pink Crimson de altura. Si la cara A era asombrosa, la cara B es ya para llorar de placer, "Mis amigos dónde estarán" es uno de esos himnos sencillos y emotivos por el que no pasa el tiempo, y "Qué es esta vida" siempre me pareció el "Because" beatleliano patrio. "El periódico" me sigue emocionando cosa mala (ahora mismo no más) y cerrando el disco el gran Terry Barrios pone los pelos de punta con "Vallekas 1996" (el grupo que me hizo leer a Orwell y a Bradbury, y no mi profesor de literatura). No sólo eran unos músicos arriesgados y virtuosos, sino que posiblemente sean uno de los poquísimos grupos que en este país han cuidado las voces y las armonías vocales de una manera tan exquisita. Terry, José Luis y Lele se compenetrablan de manera emocionante, y las armonías que se sacaban de la manga son de lo mejor que yo nunca he oído.

Victor, José Luis, Lele y Terry
Topo sufrió lo que sufrieron las otras bandas de su compañía, Chapa, que, lejos de apoyar incondicionalmente la música de sus bandas, mostró con el tiempo que sólo buscaba formas de enriquecerse rápida y fácilmente. Un disco como ese hoy debería estar reseñado como la maravilla que es dentro de cualquier historia decente del rock español, y no como un Wally que nadie sabe dónde está, ninguneado por modernos y gafapastas cuyas carnes se abren ante cosas como la de los Planetas (nunca he entendido lo de este grupo, sorry) o que dicen Fangoria y se corren de gusto. Encuentro paralelismos entre ese disco de Topo y alguno de la Premiata Forneria Marconi, grupo italiano que en el país del latín y la Loren son tenidos como lo que son, un clásico del que se enorgullecen (visto por estos ojitos), pero como digo esto es España y Topo se topó (perdón) con la Movida, entrando a formar parte de ese saco donde metieron a todos los grupos que, parafraseando a Tierno Galván, no estuvieron al loro, no se colocaron, se movieron y no salieron en la foto. No hablo de teorías conspiratorias, sino de cutrerío patrio; aquí, simple y llanamente, la música era considerada (y es) como un simple negocio de guapos y guapas  manejables y no como una forma de arte comercializable, pero arte al fin y al cabo.

Terry Barrios y su batería
Respecto a Topo, con estas premisas, en 1980, Chapa les "anima" a realizar un disco "nuevaolero", al estilo de lo que funcionaba en Gran Bretaña, con un sonido próximo a "The Police". Para estos cuatro proles curtidos durante años en el local de ensayo y en bolos infames, el caramelo no les pareció mal, pero, hablando mal y pronto, se la metieron doblada. Este intento de reformularlos, concretado en un disco llamado "Pret a portet", fracasa estrepitosamente y hace que Topo abandone la discográfica. No es un mal disco, tiene sus momentos, pero no era apropiado para un grupo como Topo. Recuerdo cuando me sentaba frente al equipo de música de mi primo y pensaba, ¿son el mismo grupo? En serio, aquello era extraño de oír. Fascinado por "El periódico" o "Vallekas 1996", después escuchaba "Vudu Baby" y me quedaba a cuadros.

Para resarcirse grabaron su tercer disco, "Marea negra", intentando poner las cosas en su sitio, y vaya si lo consiguieron, un disco magnífico que con el tiempo se ha convertido en mi favorito, o casi. Terry Barrios catalizó las inquietudes del grupo y puso las cosas en orden (a parte de ser un batería contundente y preciso, tenía un sonido y una pegada muy característica, y en grabaciones posteriores se le echó en falta, lo cual es mucho decir a la hora de hablar de un batería). Durante un tiempo (finales de los '90) lo encontré en Madrid Rock a un precio irrisorio, y hubo unos meses que me dio por regalarlo a amigos; cuando iba a por algo para mí, siempre acababa cogiéndolo y regalándoselo a alguien (tantas veces que incluso me quedé yo sin él). A finales del 84 Terry, Lele y Víctor abandonan el grupo, y son sustituidos por Luis Cruz (Guitarra), Kacho Casal (Batería) y Pablo Salinas (Guitarra, teclados). Esa formación, junto a José Luís Jiménez, grabará en 1986 "Ciudad de Músicos", editado a través del sello SNIF. Un producto de la época, delicioso y sonrojante a la vez (y mucho mejor que Pret a Portet, de hecho fue el disco que en su día más me gustaba oír). Y llegó 1988, que fue cuando yo descubrí a Topo (diossss, qué triste...). Tenía catorce años y me tragaba lo que me daban, aunque algo de criterio iba teniendo (ya ves tu...), y un día mi primo me puso un disco en directo llamado "Mis amigos están vivos". Una obra mítica editada por la  tenáz voluntad de Jose Luís Jiménez, único componente original que quedaba, y vista hoy en día es la muestra más evidente de la historia de Topo (y de tantos otros), es decir, un lujo perdido en el olvido de los medios (nunca se ha editado en CD, y sólo se encuentra ripeado en algunos blogs). Un disco doble en directo que tenía que haber puesto las cosas en su sitio, un disco que en cualquier otro lugar sería una pieza indiscutible pero que aquí se quedó en nada. (salvo en el testamento del grupo hasta su vuelta en el 92 con "La jaula del silencio", gran disco ya sin Terry, que falleció ese mismo año). Cuando mi primo se compró ese disco en directo de Topo, nada más salir, se le veía entusiasmado. Entre otras cosas porque él estuvo en ese concierto, el 30 de octubre de 1987 en la sala Canciller, concierto en el que participaron todos los músicos que habían pasado por la banda y donde sonaron todos sus “himnos”, y también porque de algún modo mi primo se hizo muy amigo de Terry Barrios y tener ese disco le emocionaba. A mi me contaba esas cosas y yo flipaba (en Manzanares como mucho yo podía aspirar a charlar con el Jaro, batería de los Rurals y Malva). Mi primo trabajaba de botones en L'oreal y desayunaba casi todos los días en el mismo bar que Terry; una cosa llevó a otra y un simple saludo y unas palabras amables se convirtieron en una costumbre y unas charlas alrededor de un café y una tostada. Aún hoy me gusta cuando me cuenta cosas así. Creo que fue en el 2004 o 2005, cuando vinieron a tocar al Festival Lazarillo, no Topo, que en esos momentos no funcionaban como tal, sino Lele Láina y José Luís Jiménez (tocando canciones de Topo y Asfalto) junto al batería Miguel Bullido. De estrangis le pedí a la mujer de mi primo ese disco en directo de Topo para que me lo firmaran para él, incluso hice lo que pude para que vinieran pero no pudieron. Yo "trabajaba" en el festival de todo, lo mismo me entrevistaban en la radio comarcal en calidad de programador del festival que montaba una carpa a las diez, descargaba una escenografía a las doce, comía con los técnicos a las tres, montaba un infantil de calle a las ocho o me dormía rendido de cansancio y sueño en una butaca viendo un Brecht que ya había visto dos veces antes el quinto día del festival. Pero venían los Topo ese año, así que hice la planificación pertinente y delegué lo que pude para poder ayudar a montar ese concierto. Eso de la música en el festival de teatro estaba muy mal visto, como algo secundario y gratuito que se montaba para alargar el ambiente farandulero, pero para mí era igual de importante (e infinitamente más barato). Años anteriores me había pasado que había dejado de estar con alguno de los grupos que vino para atender a actores y compañías y al final me había arrepentido. Topo llegaron a media tarde; yo ya había avisado que conmigo no contaran más allá del curre físico, ni protocolo, ni tele municipal, ni delegado provincial ni leches, yo iba a montar el equipo de Topo con Iván, que la cara la pusiera otro, yo ya había montado por la mañana la obra de ese día y había organizado a los montadores dónde tenían que estar (esos días de talleres de niños, teatro de calle, teatro de sala y concierto en el mismo día, madre mía) así que yo montaba con Topo, punto. Uno siempre tiene miedo de cagarla con la gente que admira, pero nada más llegar se mostraron de lo más amable y agradecido, incluso flipaban de que allí (aquí) hubiera seguidores suyos, y descubrimos a unos perros viejos desencantados de la industria pero increiblemente cercanos y entusiasmados de poder seguir tocando. Les dije que los había visto en la plaza de las Vistillas ese mismo año, en las fiestas de San Isidro (ese concierto lo disfruté con mi primo como dios manda, como una de esas cuentas pendientes que la vida te deja saldar, asistiendo a un concierto tan memorable como entrañable), les pedí que me firmaran el disco, Lele me estrechó la mano y listo, camaradería rockera de la vieja escuela y todo sobre ruedas. Me quedé a la prueba de sonido, a pesar de que me esperaban las autoridades políticas de turno para hacer el paripé y se suponía que a eso no podía faltar (así me va); llamé, se encargó encantado alguien que disfrutaba mucho con esas cosas y me quedé con mi amigo Iván a  ver la prueba de sonido tras comprobar que llevaban tantos años montando su equipo sin ayuda que tener a dos tíos y al dueño del local a su disposición les parecía un lujo. Aquella prueba de sonido fue como un pase privado para nosotros, atardeciendo, cerveza en mano, solos, medio a oscuras, cinco canciones (cuando a la segunda ya estaba todo listo, les apeteció hacer tres más). Después los acompañamos al hotel y les dejamos tranquilos hasta el concierto. Por un par de personajillos autóctonos  de turno borrachos el bolo fue difícil, pero tuvo sus momentos, sus muy buenos momentos (mi hermana, que lo vio al lado del escenario de cara al público, dijo que molaba  ver las caras de la gente cantando).

Es una pena que la genialidad de gente como el propio José Luis Jiménez (un grandísimo bajista, si no uno de los mejores bajistas de rock de aquí),  Lele Láina, Víctor Ruiz o Terry Barrios nunca sea reconocida, ni siquiera por los supuestos profesionales de eso de la música. A veces fantaseo con la idea de qué hubiera sido de Asfalto o Topo con más apoyo comercial por parte de la prensa y por sus compañías discográficas, pero al menos ahí siguen. Acaban de sacar un disco nuevo "Prohibido mirar atrás" (José Luis Jiménez, Lele Laína, Miguel Bullido y  un rescatado Luis Cruz, optando por dos guitarras y sin teclados) y el 14 de enero tocan en la sala Heineken de Madrid. Por mi parte haré lo que pueda por ir. La verdad es que la canción que han elegido para presentarse de nuevo suena genial, letras típicas y terriblemente sinceras, voces, música... Topo...



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