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lunes, 20 de agosto de 2018

20 de agosto 1968.50 años del fin de la Primavera de Praga. La muñeca rusa


Hoy hace 50 años de la entrada de los tanques soviéticos en Checoslovaquia.

LA MUÑECA RUSA.
CAPÍTULO 1.
Josef Koudelka, 1968
 


La noche en la que el ejército soviético entró en Checoslovaquia, Milos Meisner interpretaría el ruido de los tanques por las calles de Praga como la gran y estúpida ironía que definiría el resto de su vida a partir de ese momento. Le asaltó entonces el deseo angustioso de escapar de su pequeño piso de la calle Na Hrázi, del hospital psiquiátrico donde trabajaba como celador, de salir de Praga, de abandonar Checoslovaquia, de exiliarse de su vida, como si esa fuga pudiese darle la calma y el consuelo que, desde hacía varios años, creía necesitar. Se asomó despacio por la ventana y vio un tanque en su propia calle. Inmediatamente pensó en Irina, y el miedo que le asaltó hizo que volviera a oír en su cabeza las risas incontenibles de su amigo Pavel Sisak y del escritor Bohumil Hrabal cuando, un par de días antes, les contaba que se sentía culpable porque se había enamorado de una paciente rusa del hospital que decía ser hija de un cosmonauta ucraniano perdido en el espacio cuya vida había sido borrada por las autoridades soviéticas. Echaba de menos aquellas risas, la de Pavel como la de un grajo luminoso, la de Bohumil como la del hermano mayor que sabe cosas que nosotros nunca podremos saber. Se vio de nuevo rodeado de ellos; los tres ebrios, felices y asustados; él mirándoles y descubriendo en sus miradas ese fuego de los que no tienen miedo a nada y a la vez están aterrados por todo.
Estamos en 1968 y, por extraño que parezca, casi nadie imaginaba que la invasión de Checoslovaquia por parte de las fuerzas del Pacto de Varsovia realmente iba a ocurrir. Hacía más de un año que Irina Belokoneva había aparecido en el hospital mental de Praga y nueve meses desde que se habían iniciado las reformas democráticas de Dubček. La noche del 20 de agosto de 1968 se oyeron las explosiones de algunos obuses fortuitos a lo lejos, como si la brutalidad y la represión que se avecinaban quisieran entrar llamando a la puerta a pesar de no estar invitadas, tamborileando sobre el ruido de tanques, anunciando que, por muy cruel, injusto y desolador que pareciese, todo estaba a punto de terminar. 
Josef Koudelka, 1968
El día que entraron los tanques en Praga, Milos salió del hospital psiquiátrico Bohnice sintiéndose distinto, intentando no sucumbir al escepticismo, obligándose a creer en Irina, en la historia que Irina le contaba una y otra vez como una salmodia liberadora. Atardecía, las noches comenzaban a ser frescas y decidió caminar. Durante casi un año venía oyendo esa extraña historia, pero aquel día no pudo evitar sonreír sarcásticamente mientras la escuchaba, creyendo ver en todo aquello un ceniciento paralelismo hacia lo que se estaba viviendo en Checoslovaquia. Por todos lados se hablaba de reformas democráticas, se organizaban asambleas en cada barrio, en cada calle, en cada bloque; se hablaba de la abolición de la censura, de las libertades recuperadas, de todo por conseguir tras tantos años grises vividos con sorna y resignación. Sin embargo ese día sentía algo distinto, como si al alejarse de aquel sanatorio, de ese edificio mezquino y trovo, también se alejase de Irina más allá de lo puramente físico, como si la locura que él ayudaba a sobrellevar a los pacientes de aquel lugar, la fuese esparciendo por todos lados conforme entraba a Praga, dejándola entre los árboles, entre los estudiantes, las mujeres, los obreros, entre la gente que iba o volvía de las asambleas, de los restaurantes, de los bailes, de los centros culturales; desmenuzaba aquella cruel locura en la que trabajaba y la veía volverse invisible, igual que ondas de radio, rodeándolo todo como el papel de regalo de un porvenir sin la férrea sombra soviética. Pero el sonido de los obuses le hizo desear estar con ella. Aquel miedo, aquel ocultarse en una casa a oscuras, se tiñó de pronto de reservas, de escudos protectores, de cínicos prejuicios, convirtiéndolo en una especie de actor mediocre perdido en una escena clave que no sabe continuar sin leer el guión. Sentía que las explosiones le alejaban de ella, alimentando sospechas ante la  rocambolesca historia de Irina, viendo perecer la historia de su pueblo, vertiendo toda aquella marea a través de sus manos como un pez robusto y lunático. Durante meses había buscado por todos los medios sacar a Irina de ese sueño que la atormentaba, separarla de la Luna, de esa Luna que la había vuelto loca. Ahora, asomado imprudentemente a la ventana de su pequeño piso, lamentó comprobar que el destino de los checoslovacos estuviese ligado obligatoriamente al de los soviéticos. Una voz le inquirió desde abajo. Un kalashnikov apuntaba hacia su ventana. Asustado de verdad por primera vez, se agazapó y corrió las cortinas. Blasfemó con rabia y se maldijo a sí mismo por sentirse responsable del destino de Irina Belokoneva.

Josef Koudelka, 1968

Cuando por fin el cansancio empezó a vencerle, se quitó cuidadosamente la ropa. Al contemplarse desnudo en el reflejo del espejo del armario de su dormitorio, Milos se sintió de nuevo cerca de ella ignorando los miedos y las reservas. Al meterse al fin en la cama, buscó reírse de sí mismo, queriendo explotar como un abanico de amenazas, pero no lo consiguió. Sin embargo, en su cabeza surgió una pregunta: ¿Cómo es posible que me haya enamorado de una paciente diagnosticada de esquizofrenia paranoide que dice ser hija de un cosmonauta ruso desaparecido en el espacio tras un fracasado viaje a la Luna? ¿Cómo es posible que dude de la locura de una locuaz esquizofrénica ocasional, de una trovadora desquiciante martirizada por el recuerdo de un padre que imagina muerto, flotando inerte en el espacio, en una paradigmática imagen recurrente de película de ciencia ficción?
A pesar de todo eso, aquella noche Milos durmió plácidamente. Soñó con Irina, con cosmonautas, con caballos, con la cara oculta de la Luna y con el mar, un mar que nunca había tenido la posibilidad de ver y que creía necesitar. Soñó que escapaba, que se marchaba pero no se perdía, que amaba pero no amaba, que pisaba la Luna sin billete de vuelta y que respiraba extrañamente tranquilo bajo la escafandra de un planeta mutilado como un pez sin futuro, tal vez su país.
Todo esto yo lo sé porque Milos me lo ha contado un millón de veces, sentado en esta silla, frente a las estanterías de la sección de Literatura Hispanoamericana en una pequeña y ridícula librería de un pequeño y ridículo pueblo de la costa almeriense llamado Almarga. Hace muchos años de todo aquello y, por una razón que todavía desconozco, este lugar es el final de su viaje. Tal vez por eso haya decidido contarme su historia, una historia que en el fondo intuyo que ni es sobre él ni tampoco es suya. Lleva viviendo aquí dos años y aún tiene en su casa una maleta sin deshacer. Las veces que le he preguntado qué es lo que guarda ahí siempre me ha contestado lo mismo, ahí llevo lo único que me llevaría si tuviera que irme a otro lugar; el porqué la tengo hecha, o por qué no la he deshecho aún, es algo que vosotros nunca podríais entender del todo. ¿Quiénes?, pregunto. Y él responde, vosotros, mirándome como si le hubieran hecho la pregunta más tonta del mundo. Así que nunca vuelvo a insistir. Es entonces cuando Milos Meisner me sonríe, alza una de sus cejas y balancea levemente la cabeza, sumergiéndose de nuevo en todo aquello que lo atormenta y a la vez sé que le mantiene vivo.


domingo, 14 de octubre de 2012

300 entradas en el blog: "Entre nosotros ha habido muertos, ¿Qué diréis a vuestras madres cuando volváis a casa?" Pintada en una pared de Praga 23 de agosto de 1968.

Se supone que esta es la entrada número 300. Aunque quitemos todas esas dubitativas del principio y las que han sido simplemente citas de otros libros, son bastantes, al menos para mí La Historia de los dos últimos años de una librería, la historia de la salida de un laberinto extraño, los apuntes de un futuro negro, el dietario de unos días nuevos en los que aún me muevo algo perdido y la historia de la (auto)publicación de un libro llamado "La muñeca rusa".

¿Qué decir en la entrada 300? Nada. Estos días de cotidianeidad y sol, he intentado que la crisis se quede bajo los muebles o tras las puertas, no porque no quiera hacerme cargo de ella, saliendo a la calle, sino porque, como un Yuri Zhivago arruinado y torpe, aún estoy en la antesala del terror; mis impulsos jacobinos se limitan de momento a pensamientos privados, así como mi expectante deseo revolucionario está atenazado por la esperanza de que un pistoletazo de salida nos saque por fin del letargo y todos a una (cual carpetovetónica fuenteovejuna), reclamemos una justicia que, de momento, en mi fuero interno, siento como poco posible. Luego están las anarquistas e individualistas ganas de seguir tocando el violín, ajeno a todo, mientras este titanic feo y rancio se hunde poco a poco.

Andrew Smith: Moon Pool. http://www.andrewsmithart.com/art/water/moon-pool/
 Cosas que podría contar en la entrada número 300: 

1. La increíble sorpresa que me causó, así como la intensa vuelta de tuerca a todo lo vivido mientras escribía la novela de Milos Meisner, al descubrir que alguien con el que trato inténsamente una vez al año (lamentablemente) me confesaba que se encontraba en Praga cuando las fuerzas del Pacto de Varsovia entraban acorazados e infames a poner fin a la penúltima esperanza a finales de agosto de 1968. En una persona a la que admiro (y admiraría mucho más si la conociese mejor) y con la que, a pesar de la diferencia de edad, conecto intelectual y emocionalmente (literariamente intuyo que un poco menos, pero poco), aunque, como digo, nuestra "relación" se limita a una reunión colectiva y una cena una vez al año por motivos tan literarios como espurios. Normalmente la impotencia de querer saber más de esa persona es grande, pero, claro, esta última vez ha sido más evidente. Me pidió la novela, pero la reunión en la que estábamos le impidió hojearla siquiera; luego vi que leía la "sinopsis" de atrás mientras el secretario del jurado del concurso de relatos del que formamos parte terminaba de contar algo. Yo había llegado antes, y me dijeron que había preguntado por mí y que estaba en una terraza cercana tomando un café. Al encontrarnos, nos saludamos cordialmente y enseguida nos pusimos a hablar de cualquier cosa. Entremedias, él me preguntó pro la novela y, mientras seguíamos hablando de cualquier otra cosa, se la dí, la miró, sin dejar de hablar de cualquier otra cosa, intercalando un "qué bien editada está" y yo sin dejarle cambiar de conversación porque prefería seguir hablando de cualquier otra cosa antes que de mi novela con él ("cualquier cosa" debe leerse como "cosas personales y trivialmente normales que no vienen al caso"). Luego fuimos a la sala donde nos esperaban. Como estábamos sentado uno al lado del otro, se acercó a mí y me preguntó "pone que parte de la novela sucede en Praga, ¿has estado viviendo allí?". Viviendo no, solamente he estado una vez, le contesté a media voz, como si fuésemos dos colegiales cotilleando en mitad de una clase, pero creo que es mi ciudad preferida. "Yo estuve viviendo casualmente allí varios meses, fui invitado por la unión de escritores checos junto con Líster en junio o julio del 68, y estaba allí cuando entraron los tanques". Joder, dije (qué otra palabra podría haber dicho?), la novela empieza con la noche que entraron los rusos en Praga. "¿Sí? Qué casualidad -me dijo como si nada, como si ese tipo de casualidades fuesen normales- esa noche vino un tanque a buscarnos al hotel donde estábamos y en uno nos llevaron al Hotel Praga, que luego los checos llamaban el hotel de la mierda, que era donde estaba en mando soviético. Estuve escribiendo crónicas casi diarias que mandaba a París; debo tenerlas por algún sitio." Y acto seguido comenzamos a deliberar. Este año, por fin, cambiamos la manera de decidir el ganador, votando solamente al principio para luego deliberar   sobre los finalistas hasta que decidimos uno. Por fin. Todos los años anteriores el sistema de votación daba como ganador no al mejor (o al que yo creía el mejor) sino a ese mediocre que todos votamos porque hay que votar a tres y llevas como de reserva, pero, como digo, al menos este año yo salí mas contento. Tampoco pude articular mucho, teniendo en cuenta el bofetón emocional que acababa de recibir de Andrés Sorel (por fin digo su nombre, tampoco sé por qué motivo había evitado decirlo hasta ahora, quizá obligado por el estilo...). Al salir comenzamos a caminar juntos, como buscando ese momento a solas lejos de las convenciones sociales y, dando por sentado que nadie más se vendría con nosotros, dijimos al resto que ya nos veíamos en el restaurante en un rato. Yo intentaba por todos los medios articular algo para llevar la conversación a lo que necesitaba (es decir, yo no decir nada y limitarme a escuchar y que me contase), pero él no sabía de la importancia que yo le daba a la "confesión" que me acababa de hacer y buscaba una conversación más igualada. No recuerdo de qué hablamos exactamente, pero yo notaba que no quería profundizar mucho en él, como queriéndole quitar importancia, cosa que yo no acababa de entender (¿cómo no va a tener importancia una persona que, entre otras muchas cosas, tuvo que exiliarse España por presiones políticas (Fraga estuvo detrás), que conoció en París a Cortázar, que ha sido amigo íntimo de Saramago y de Dolores Ibárruri y que, así, sin yo esperarlo, me dice que estaba en Praga la noche que Milos Meisner empezó a tomar conciencia del fin de la esperanza?). Recuerdo que en un momento, cuando ya estábamos llegando al restaurante, me dijo, "muchas veces me han pedido que escriba mis memorias, pero no quiero hacerlo, no quiero parecer un abuelo contando batallitas". No creo que sean simples batallitas, le dije, e insistí un poco. Recuerdo que nos quedamos un momento callados, yo porque estaba maniobrando para aparcar y él tal vez queriendo encontrar las palabras para decir lo que quería decirme sin que llegase a sonar trágico o grandilocuente. "Tendría que dar cuenta de demasiadas derrotas y no creo que pudiese enfrentarme a eso", dijo al fin, y yo no dije nada más. Luego a cena se desarrolló como yo esperaba y pudimos hablar poco más. Espero que no tenga que esperar otro año para hablar con él. Se llevó la novela, pero la sola idea de que pueda ver toda esa historia como una basura sin sentido me llena de terror.

2. ¿Qué puedo contar después de esto?

Eduard Ovčáček, Čechy krásné, Češky mé/Beutiful Bohemia, my Czech gir.
http://www.image-identity.eu/artists_images_folder/czech/eduard-ovcacek

3. Al llegar a casa recuerdo que aunque era tarde cogí el maravilloso libro de Salvador López Arnal, "La destrucción de una esperanza. Manuel Sacristán y la Primavera de Praga: lecciones de una derrota", editado por Akal y busqué hasta que dí con la página 252: "Andrés Sorel, que casualmente se encontraba en Praga en el momento de la invasión en compañía de Enrique Líster, señalaba con preocupación en su contribución que, tras la ocupación militar, se estaba rehabilitando a los dirigentes más anclados en el pasado, a aquellos que habían sido separados de sus cargos tras en pleno de KSC de enero de 1968, y que también se estaba reforzando la centralización económica y política. La victoria de los represores dirigentes conservadores era casi absoluta en su opinión". Me di unos pocos cabezazos al no haber recordado eso, pero ya estaba todo hecho... Tal vez si hubiese reparado en ello con la importancia que tiene, "La muñeca rusa" nunca se hubiera escrito tal y como se ha hecho, o tal vez nunca se hubiera llegado a escribir... Sorel apuntó mi dirección postal en la primera página del libro que le dí, y me dijo que cuando lo leyera me escribiría. Alea jacta est, no puedo decir nada más...

4. ... ¿300 entradas? Tomando como excusa el título de un libro de Vila-Matas, quizá todo esto del caimán sincopado es sólo un dietario demasiado voluble...

5. El viernes 19 de octubre presento públicamente en la Biblioteca Pública de Manzanares "la muñeca rusa" y, sinceramente, estoy acojonado...

domingo, 20 de noviembre de 2011

Fragmento de HHhH, Laurent Binet, o Mendelssohn has left the building...

Vicios de un exlibrero...
 

HHhH. Laurent Binet. Ed Seix Barral, página 184, capítulo 125 .
"He leído un libro genial que tiene como trasfondo el atentado contra Heydrich. Es una novela escrita por un checo, Jirí Weil, que se titula "Mendelssohn está sobre el tejado".
La novela toma su título del primer capítulo que se lee casi como una historia divertida: unos obreros checos están sobre el tejado de la Ópera, en Praga, para desmontar una estatua del compositor Mendelssohn por ser judío. la orden proviene de Heydrich, experto en música clásica y nombrado recientemente protector de Bohemia-Moravia. Pero allá arriba hay toda una fila de estatuas y Heydrich no ha precisado cuál de ellas es la de Mendelssohn. Por lo visto, aparte de Heydrich, nadie, ni siquiera entre los alemanes, es capaz de reconocerla. Pero nadie se atrevería a molestar a Heydrich por eso. Un SS alemán que supervisa la operación decide entonces señalar a los obreros checos la estatua que tiene la nariz más grande, ya que buscan a un judío. ¡Pero, horror: empiezan a desmontar la de Wagner!
El desprecio será evitado de milagro, y, diez capítulos más tarde, la estatua de Mendelssohn será finalmente retirada. En sus esfuerzos para que no caiga al vacío, los obreros checos le rompen la mano al tumbarla. Esta divertida anécdota está basada en hechos reales: la estatua de Mendelssohn fue derribada en 1941 y, como en la novela, tenía una mano partida. Me pregunto si la mano fue pegada de nuevo más tarde. En todo caso, las peregrinaciones del pobre SS encargado del desmantelamiento, imaginadas por un hombre, Weil, que ha vivido en ese periodo, son una cumbre de lo burlesco, típico de la literatura checa, siempre impregnada de ese humor tan particular, zalamero y subversivo, cuyo santo patrón es Jaroslav Hasek, el inmortal autor de las aventuras del bravo soldado Schwejk."


No está traducido el libro de Weil, aunque es fácil localizarlo en inglés. En español sólo está "Moscú - Frontera", y me temo que caerá para fin de año. Enfrascado como estoy con el libro de Binet "HHhH", Himmlers Hirn heisst Heydrich (el cerebro de Himmler se llama Heydrich) ando de vuelta mental a Praga, feliz y contento, con un libro, el de Binet, que, si bien no he acabado, no dudo en recomendar. Me guardaré algunas divagaciones para cuando la acabe y escriba algo aquí, pero es una muy buena obra. Quizá, buscándole un parecido, leyéndola a menudo recuerdo "Soldados de Salamina" de Cercas, novelón que juega con las mismas cartas que las de Binet (y que tengo en una estima altísima por dos cosas, por la novela en sí y porque con ella descubrí a Roberto Bolaño), pero con desarrollos distintos, elaborando un decorado literario que da relumbrón a la literatura en general, y a la narrativa como género, bajo un prisma, lo histórico, que carga las tintas en la veracidad y en el juego literario por igual, es decir, en contar qué pasó pero a la vez contando cómo el "autor" (entre comillas) elaboró esa historia; una toma de partido brutalmente volcada hacia el escritor como catalizador, tomando distancia del mero escribidor de novela histórica, entendiendo éste como fabricante de ficción pura y dura, por mucho que "recree" hechos históricos. Esa toma de postura implica un constante cuestionamiento del quehacer literario, y esa es un tipo de lectura que yo disfruto como un loco. La historia es perfecta, la manera de contarla también, Praga está constantemente presente... me voy a acabarlo...
http://www.planetadelibros.com/hhhh-libro-50256.html#

Buscando el libro de Weil he dado con un corto de animación producido en 2010, de 14 minutos, escrito y dirigido por Jean-Jacques Prunès, basado en la novela de Jiři Weil, si alguien quiere ver una parte... que corte y pegue... http://www.filmsdelarlequin.com/img/courts/en/mendelssohn/engine/swf/player.swf?url=../../data/video/mendelssohn.flv&volume=100
La historia de Jiři Weil es tremenda: http://www.radio.cz/es/rubrica/legados/jiri-weil-escapo-en-moscu-a-la-horca-y-durante-la-ocupacion-nazi-vivio-con-la-muerte-en-los-talones

viernes, 27 de marzo de 2009

"Las margaritas" de Vera Chytilová, 1966

1966... Un pequeña joya...
"Esta película está dedicada a aquellas personas que solo se indignan ante una lechuga pisoteada..."
Eso escribió Vera Chytilová para cerrar su película. Hasta 1975 no pudo volver a rodar. Al contrario que contemporáneos suyos como Milos Forman, Vera se negó a abandonar Checoslovaquia tras su invasión por parte de las fuerzas militares del Telón de acero en 1968.
40 años después esta película sigue siendo increiblemente asombrosa, tal vez la ingesta de años y años de cine convencional (narrativa y visualmente) haga parecer su visionado como dificil, pero, quién no quiere aprender otras formas de mirar y descubrir que se disfruta con ello...

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