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miércoles, 3 de mayo de 2023

Los intrusos

 

Cuando le preguntaban a Jacques Tourneur sobre sus películas predilectas dentro del género de terror, solía citar en primer lugar Los intrusos (The uninvited, 1944), de Lewis Allen, la primera producción hollywoodiense que planteó un relato de fantasmas, o de casa encantada, sin el filtro distanciador o la perspectiva del tratamiento humorístico, aunque el humor no deje de estar presente, en especial en el talante irónico, y en principio escéptico, de Roderick (Ray Milland), quien junto a su hermana, Pamela (Ruth Hussey) compran una casa junto a un acantilado en Irlanda. Si por un lado se puede contemplar el desarrollo de la narración como la evolución de la sonrisa escéptica a la gravedad de una desestabilizadora revelación ( hay abismos no entrevistos; como en paralelo se da la confrontación con los agrestes acantilados del sentimiento amoroso y el vértigo de la caída, de la atracción del vacío) también, por otro lado, como una singular progresión del lamento a la risa (liberadora). Martin Scorsese la situaba en cuarto lugar dentro de sus preferencias en el género. Una lista que encabezaba precisamente La casa encantada (The haunting, 1963), de Robert Wise, y en la que estaban incluidas otras obras de esa variante del género terrorífico, Suspense (1961), de Jack Clayton, El resplandor (1983), de Stanley Kubrick o Al final de la escalera (1979), de Peter Medak.

Quizá la obra de Allen no posea la densidad y complejidad dramática de las obras de Wise y Clayton, pero se puede entender por qué resultó una obra tan sugerente para Jacques Tourneur (de hecho, visualmente parece empaparse de los tenebristas trabajos lumínicos de Nicholas Musuraca con Tourneur). Por un lado, es una obra pletórica de sombras, en la que la negrura, la oscuridad, adquieren tal cuerpo, tal espesor, que se convierte en un personaje más, en un sumidero que puede ser habitado por lo inconcebible. Como esos lamentos que escuchan los hermanos, que viene de todas partes y de ninguna, la oscuridad parece haberse extendido, propagado, sedimentado en la casa. Una oscuridad que las velas hienden tímidamente con su luz, como si la negrura fuera una tela de araña. El trabajo de Charles B Lang es extraordinario, tanto en interiores como en fascinantes exteriores (de Estudio), caso el acantilado. Por otro, es una narración tramada sobre la sugerencia, sobre el fuera de campo, sobre lo no visible, que va dosificando con habilidad los aspectos sobrenaturales, las insinuaciones, las incógnitas y las revelaciones, y en donde la inclusión del humor, particularmente en su primer tramo, no deja de estar relacionada con esa misma distancia o indefinición con la que vive Roderick su vida, como si deslizara entre superficies, sin percatarse de que hay sombras y recovecos alrededor. La narración deriva en un último tramo en el que irrumpe la vibración siniestra del melodrama, ciertas corrientes envenenadas, otro tipo de sombras más escurridizas, como si se abriera un sótano con un aire largamente estancado que invade la narración, al manifestarse las turbias emociones enquistadas desde el pasado, veinte años atrás, con la entrada en escena de un nuevo personaje que introduce perspectivas que establecen vínculos con Rebeca (1941) de Alfred Hitchcock, cineasta al que Charles Brackett propuso, en principio, que fuera el dircector, pero no pudo aceptar por estar comprometido con otro proyecto.

Al mismo tiempo,se hila con delicadeza la atracción entre un peculiar héroe, con atributos de bufón, Roderick, y aquella sobre la que parece pender la amenaza de lo sobrenatural, Sheila (Gail Russell), la nieta del dueño de la casa, el rígido Beech (Donald Crisp). Una amenaza cuya razón permanece neblinosa hasta los últimos pasajes de la narración, aunque esté relacionada con la enmarañada relación de su madre (que se suicidó en el acantilado) con su padre y la amante, española, de éste. Los intrusos, adaptación de Uneasy freehold, una novela de Dorothy Macardle, publicada en 1942, convertida en guion por Dodie Smith, con aportaciones de Frank Partos y reescrituras del mismo Brackett, se revela como una muy sugerente sinfonía tenebrista, hilvanada con componentes que se han ido instituyendo como patrones: Animales, sean perros o gatos, que se muestran remisos a subir al segundo piso, o que directamente huyen de la casa, habitaciones recorridas por corrientes frías, escaleras sinuosas que parecen cortarse en las sombras, flores que se marchitan súbitamente, lamentos de mujer que se escuchan en plena noche hasta la llegada del amanecer, sesiones de espiritismo en donde lo imprevisto contraría los intentos de manipulación, visitas a sanatorios psiquiátricos, semblantes en trance que no saben cómo han llegado hasta el acantilado con disposición a lanzarse o que hablan en lengua española y neblinas difusas, en las que se perfilan vagamente los rasgos de un rostro, como si fueran la huella de unas emociones que han permanecido enquistadas con su ponzoña durante décadas, y a las que la risa parece desalojar cuando se revela lo que la conveniencia y los mezquinos orgullos (de clase) quisieron ocultar.

martes, 25 de agosto de 2015

Sean Connery vs Johnny Stompanato

Sean Connery trabajó con Lana Turner en 'Brumas de inquietud' (1958), de Lewis Allen, y estuvo a punto de ser asesinado por su marido, Johnny Stompanato. La actriz había perdido su contrato con la MGM en 1956, tras varios fracasos, y pensó que la relación con Johnny Stompanato, sicario del gangster Mickey Cohen a finales de los 40 (y personaje de James Ellroy en 'El gran desierto', o si alguien se acuerda del 'gag' en 'L.A Confidential', de Curtis Hanson), sería un buen apoyo para ella en los tiempos dificiles, reflejado en el brazalete que llevaba Stompanato con su nombre, 'Lanita'. Hasta que el 'brazalete' de su desorbitados celos y talante posesivo empezó más bien a asfixiarla, como cuando pensó que mantenía relaciones con Connery. Stompanato cogió un avión para Londres, e irrumpió en el rodaje pistola en mano. Connery, que no se amilanaba, y ya había adquirido fama de 'tipo duro' en su juventud en Edinburgo cuando se enfrentó a seis integrantes de una banda, no se amilanó, dobló su mano y le obligó a tirar la pistola. Stompanato sería deportado. Tras su muerte, un año después, acuchillado por la hija de Lana Turner, se rumoreó que un gangster de Los Ángeles responsabilizaba de su muerte a Connery, lo que determinó que el actor optara por ocultarse durante cierto tiempo.

martes, 30 de julio de 2013

Reto a la muerte

 photo 6818039082_085145eedb_opt_zps9d2260aa.jpg Goddard (Alan Ladd) es un detective del Servicio postal para quien una relación amorosa se restringe a que tu revolver tenga las balas necesarias cuando lo necesites. Para él el corazón es un músculo, y cuando un policía muere es que ha dejado de funcionar un mecanismo. Tampoco tiene una visión muy complaciente del género humano. No piensa que los delincuentes sean especímenes separados del ciudadano normal respetuoso de las leyes. Que todos ansíen tener más dinero y mejor trabajo propicia que haya quienes quieran tomarse un atajo realizando una acción criminal. Para alguien que es calificado por sus compañeros como menos sensible que una roca no deja de tener gracia que, en su nuevo caso, la investigación del asesinato de un inspector de correos, tenga que confrontarse con una monja, Sister Augustine (Phylis Calvert), la única testigo que puede reconocer a uno de los criminales, con la que no tiene complejos en sacar a colación, en una conversación, a Martin Lutero. Quizás porque sabe que puede desestabilizarla, a y los mecanismos les gustan tener el control de los engranajes de las relaciones.  photo ewlrshelohhpbig_opt_zpsed008f76.jpg  photo CLx4O_opt_zpsf60ed12f.png Pero, tras este singular comienzo, o presentación de un mecanismo con forma humana, 'Reto a la muerte' (Appointment with danger, 1951), de Lewis Allen, con guión de Richard L Breen ('Berlín occidente') y Warren Duff ('Perseguido', 'Noche en el alma', 'Un hombre acusa' y productor de 'Retorno al pasado') deriva hacia un terreno más ortodoxo, el territorio de la variante del fim noir, 'infiltrado en banda de criminales' combinada con ese subgénero que es la película de atracos.Como otra obra con representante de la ley infiltrado entre delincuentes, 'La calle sin nombre' (1949), de William Keighley, se presenta como otro ejemplo film noir procedural, con un prólogo que nos presenta las actividades del Servicio postal, y la historia que nos van a relatar como uno de sus casos presuntamente verídicos. Pero ahí terminan el vínculo con los modos semidocumentales. Un travelling desde una ventana abierta a una habitación en sombras en la que un hombre parece dormir hasta que la aparición en encuadre de dos hombres evidencia que acaban de matarlo, ya nos sitúa en el espacio de las tinieblas, de las sordidez moral, que culmina, poco después, con esos dos hombres dejando el cadáver en un callejón oscuro de la ciudad mientras la lluvia cae pesadamente.  photo OIR_resizeraspx_zps16927c35.jpg  photo 16080686_opt_zpse71ab000.png La obra casi se convierte en un mecanismo como el propio Goddard, aunque más preciso sería decir que en un vigoroso músculo, una eficiente y hábil narración en la que destaca la caracterización de los criminales, el jefe de la banda de atracadores, Boettiger (Paul Stewart), y el de Regas (Jack Webb), uno de los dos hombres que han asesinado al inspector. Su vesanía queda ejemplificada en la excelente secuencia en la que matan al cómplice que vio Sor Angelina, Soderquist (Harry Morgan). Tras que este hasta compartido cuánto ansía volver a ver a su hijo (al que no ve desde que era bebé), a la vez que les enseña sus fotos, para acabar negándose a abandonar la ciudad, Regas no tiene escrúpulo en golpearle con el recuerdo de piedra de las botitas de su bebé. No faltan situaciones tensas en las que Goddard está a punto de ser descubierto, alguna vibrante persecución entre fábricas abandonadas, y una curiosa secuencia de un partido de pelota vasca que acaba con un contundente puñetazo y una toalla con hielos lanzada a la cara del que yace desmayado. Y, como remate, el mecanismo, o sea Goddard, es descubierto porque la monja es incapaz de mentir, algo que desestabiliza más contundentemente que una frase de Lutero.

miércoles, 29 de mayo de 2013

Miles Davis - Stella by starlight

'Stella by starlight', la composición de Victor Young para 'Los intrusos' (1944), de Lewis Allen, fue interpretada, versionada, por varios cantantes (con la letra que escribió Ned Washington en 1946), como Dick Haymes, Frank Sinatra, Ray Charles, Tony Bennett, Ella Fitzgerald, entre otros, y músicos, como Stan Getz, Dexter Gordon o, como en este caso, Miles Davis, acompañado de otros grandes interpretes como Herbie Hancock, George Coleman.Ron Carter y Tony Williams, en una actuación en Nueva York, el 12 de febrero de 1964. La composición formó parte de su álbum 'Miles 1958'.

Victor Young - Los intrusos

Una esrupenda banda sonora de Victor Young para 'Los intrusos' (1944). Su composición 'Stella by starlight', en relación al personaje que interpreta Gail Russell, se convertiría, convertida en canción con letra de Ned Washington, en un éxito tres años después.

sábado, 1 de diciembre de 2012

Mary Astor, la actriz que no quiso ser estrella


 Mary Astor alcanzó su momento álgido en 1941 cuando consiguió el Oscar a la mejor actriz secundaria por La gran mentira (1941), de Edmund Goulding, e interpretó a su personaje más popular, o recordado, el de El halcón maltés (1941), de John Huston. Pero luego prefirió no convertirse en estrella, optó por personajes más bien secundarios porque no quería llevar sobre sus hombros el éxito o no de la una película, ser la primera figura de cartel que atrajera a los espectadores. Por eso prefirió una figura secundaria como la de la magnífica comedia Un marido rico (1942), de Preston Sturges, aunque, cuando firmara un contrato por siete años con la MGM le encasillaran en, como ella los calificaba, mediocres personajes maternales, desde Cita en San Luís (1944), de Vincente Minelli a Mujercitas (1949), de Mervyn LeRoy, pasando por La hija del pecado (1947), de Lewis Allen, con alguna excepción como la prostituta que encarna, magníficamente, en Acto de violencia (1948), de Fred Zinnemann. Quizá en esa negativa a no querer ser el principal reclamo de una película se debía a su minada resistencia tras, primero, sufrir el parasitismo de unos padres que, desde sus primeros triunfos, como estrella del cine mudo ya con 17 años, habían vivido a su costa, y a todo tren. Y después el publicitado conflicto del divorcio con su marido que en la batalla por la custodia legal por su hija de cuatro año la acusó de infidelidad recurrente, a mediados de los años 30. Ya entonces empezó a recurrir al alcohol, pero no interfirió en su trabajo, hasta finales de los 40, cuando decidió ser internada en un sanatorio. Dos años fue llevada a un hospital por una sobredosis de pastillas; el informe policial aludía a intento de suicidio, aunque ella dijo que fue un accidente. En 1954 retornaría, primero con trabajos en producciones televisivas, y ya después en películas como Un beso antes de morir (1956), de Gerd Oswald o La pícara edad (1958), de Blake Edwards. Sus últimas apariciones fueron en Una mujer espera (1964), de Delmer Daves y Canción de cuna para una cadáver (1964), de Robert Aldrich. También hay que reseñar otras obras suyas precedentes: Astucia de mujer (1931) de Gregory LaCava, Tierra de pasión (1932), de Jack Conway, Sólo con su amor (1932), de Marion Gering, Matando en la sombra (1933), de Michael Curtiz, El mundo cambia (1933), de Mervyn LeRoy, Desengaño (1936), de William Wyler, El prisionero de Zenda (1937), de John Cromwell, Medianoche (1939), de Mitchell Leisen o El hombre de la frontera (1940), de Henry Hathaway.