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miércoles, 1 de febrero de 2023

"El baile" de Irène Némirovsky

De no haber sido por El café de Mendel probablemente nunca hubiese leído esta novela, lo cual demuestra que en según qué casos soy más listo de lo que supongo. Deberían estar agradecidos de tenerme. El café de Mendel es un podcast, por cierto, por si no están al corriente, en el que dos señores, el uno editor de Trotalibros y el otro mero escritor experto en lo suyo, dedican un par de horas al mes un poco a ponerse al día en lecturas y quehaceres y otro poco a la autopromoción: el primero con su editorial y el segundo con sus talleres. Es un podscast peculiar. Ellos son como son pero se les acaba cogiendo cariño pese a las ocasionales boutades tipo esta de hoy.

En el último episodio (titulado no sé qué de una bruja) mencionan de pasada este libro, al que uno de ellos dedicará un taller, y no contentos con ello lo suben a un altar y ya a partir de aquí todo elogios desmedidos: que si qué delicioso, brillante o no sé qué y que qué tremendo final, qué magnífico cierre, qué menuda sorpresa, que puta maravilla. Qué puedo decir: a mí me ha parecido una chorrada como un piano, previsible a más no poder. Una novelita de casi cien páginas a la que le sobran más de la mitad, plagada de diálogos insustanciales y cuyo final se conoce desde la página veinte, poco más o menos. La típica novela que se escribe cuando no se sabe qué escribir o para cubrir un cupo o para quitarse una espinita, en ningún caso una novela que se escribe para brillar o encontrar reconocimiento. Ya que nos sinceramos, diré que me cuesta entender por qué alguien estaría dispuesto a malgastar ni medio minuto de su tiempo a escribir esta nadez que ni para hacer amigos vale. Más simple que un botijo, el único taller que este libro merece es uno de reparación.

miércoles, 5 de febrero de 2020

“1793” de Niklas Natt och Dag (Primera impresión)

Llevo algo así como mes oyendo hablar de esta novela. Que si Maravilla o no sé qué. Hablamos nada menos que de RENOVACIÓN del género histórico. Al menos es lo dicen por ahí no sé si las contras, las solapas, las fajas desatadas o directamente las malas lenguas. 

Yo, ya se lo adelanto, no me lo creo, un poco porque no y otro porque a estas alturas de mi vida ya no me creo NADA. El caso es que con todo y a pesar de todo y por el cariño que le tengo a según quien consideré que debía, por lo menos, intentarlo, y por no tirar un dinero que me podría gastar en Ibuprofeno se lo pedí a mi bibliotecaria favorita que me dijo sí claro escasos tres días antes de depositarlo dulcemente en mis manos. 

Tras dos semanas de permanente procrastinación lo empiezo esta misma mañana y esto es lo que me encuentro: 



La novela empieza con un hombre saliendo de un sueño (un fondo marino lleno de cadáveres, seguro que Cero Premonitorio) a golpe de grito infantil. Parece un hombre rudo, violento, la clase de hombre que al despertar pregunta “¿Qué diantre pasa aquí?”. Ese hombre. Está en la taberna, borracho, como siempre, porque se ve que eso, como decía el otro, “es lo que da calidad a una novela”. Ya ven que de momento todo MUY ORIGINAL y cinematográfico. «Hay un muerto en la orilla, cerca del agua», le dicen los niños. «¿Y yo qué tengo que ver?» (pregunta, CLARO, porque vamos a ver: por qué a él). «Por favor, GUARDIA» (ah, POR ESO) «no teníamos nadie más a quien acudir y sabíamos que usted estaba aquí» (vean que sutil refuerzo a la idea del borracho a punto de redimirse). 

Se masajea las sienes con la esperanza vana de aliviar el dolor palpitante, porque según el Manual de Novela Negra para Escritores Imberbes es lo que toca. Luego, cuando trate de sacar el cadáver del fango, también le va a doler el muñón del brazo que le falta («lo atenaza un dolor terrible, un dolor capaz de borrar el mundo entero, como si unas fauces de hierro le perforaran la carne, el cartílago y el hueso») posible herida de guerra o mierda similar, no sé si me apetece saberlo. Como no puede, porque no puede, claro, porque está con resaca, como siempre, y además es manco y además el fango le llega a las rodillas porque vive en una ciudad arruinada y sucia, una ciudad de mierda, decadente, que no tiene para un muelle en condiciones, le dirá a los niños (seguro que se acuerdan de ellos: los mismos que no sabían a quién más acudir) que corran ¡al puesto de noche para traerle un maldito casaca azul!, que deben ser los que llevan en secreto el Tema Cadáver en la zona. 

Cinco páginas y no es que no me guste, es que ME ABURRO, porque esto YA LO HE LEÍDO. ¡Y sólo son las ocho de la mañana! 

Hombre, no me jodas. 


jueves, 28 de diciembre de 2017

“El último encuentro” de Sándor Márai (Trad. Judit Xantus)

Leo mucho (bueno, o sea, mucho) por ahí que El último encuentro es una novela sobre la decadencia. La del imperio austro-húngaro, la de uno mismo, la de esto, lo otro y lo de más allá. No sé, lo que se le ocurre al de turno. Mentira. Una cosa es que esté ambientada en determinado momento (que será todo lo decadente que quieras o más) y otra cosa muy diferente que ese y no otro sea el tema de fondo. Esto va de lo que va y aquí el problema es que no va absolutamente de nada y nos tenemos que ir agarrando a clavos ardiendo, llámense decadencia, llámense como quiera que se llame.

Lo cierto es toda la obra se construye sobre una gran mentira: la de un autor prometiendo algo que nunca llega a cumplir, empezando por una buena novela y terminando por un secreto inconfesable que los personajes se quieren llevar a la tumba.

Les adelanto el argumento, les destripo la trama y hasta es posible que les desvele el final. Avisados quedan.

Esto va de un general ya retirado en su castillo que un día recibe la largamente esperada noticia de que un viejo amigo, al que no ve desde hace décadas, se pasará esa noche a hacerle una visita, momento que nuestro buen soldado aprovechará para saldar una cuenta pendiente (que bueno es este señor para guardar rencores). Pasa que ese amigo no parece tan amigo ahora como lo fue entonces por motivos que, claro, Márai nos irá desvelando poco a poco, demorando en lo posible todos los detalles no vaya a ser que dejemos el libro a medio terminar. 

La primera parte de la novela es el general recordado a mamá, papá y la chacha y su recién descubierta amistad con Konrad, el invitado, una amistad fuerte, prácticamente indestructible pese a la más que notable diferencia de clase entre ambos (de uno que lo tiene todo, léase el general, y otro que no ha tenido nunca nada, léase Konrad).

Pues bien, una vez sentadas las bases de esa amistad la segunda parte de la novela es el invitado recién llegado, sentado en una butaca aguantando como buenamente puede el monólogo (cero diálogo, ya se lo adelanto) insufrible y repetitivo de un general amargado que se ha pasado media vida esperando el momento de una venganza que no acaba de materializar no se sabe bien por qué.

«¿Qué venganza puede haber entre dos viejos a quienes ya sólo les espera la muerte?… Han muerto todos, ¿qué sentido tiene entonces la venganza?… Esto es lo que pregunta tu mirada. Y yo te respondo y te respondo así: sí, la venganza, contra todo y contra todos. Esto es lo que me ha mantenido con vida, en la paz y en la guerra, durante los últimos cuarenta y un años, y por eso no me he matado, y por eso no me han matado, y por eso no he matado a nadie, gracias a la vida. Y ahora la venganza ha llegado, como yo quería. La venganza se resume en esto: en que hayas venido a mi casa; a través de un mundo que está en guerra, a través de unos mares llenos de minas has venido hasta aquí, al escenario del crimen, para que me respondas, para que los dos conozcamos la verdad. Esta es la venganza. Y ahora me vas a responder».

De cual se deduce que Konrad ha debido ser un poquito cabrón. Se ve que en algún momento cometió una villanía contra su amigo motivo por el cual hubo de salir por piernas Destino El Trópico, un destino en aquel momento tan poco apetecible que inevitablemente nos lleva a pensar que la acusación no carece de fundamento.

Pues tal cual. Parece que Konrad sí fue un poquito cabrón, sí hizo bien en marcharse y qué bien que ha vuelto para responder a dos preguntas que mantienen la intriga durante toda, absolutamente toda, la novela. Preguntas que, ya se lo adelanto, jamás serán respondidas porque el general decide en algún momento durante su irritante monólogo que ya no quiere conocer la respuesta ni de la una ni de la otra. Que nos den. Que o bien se lo imagina o bien le trae sin cuidado. No llega nunca a quedar claro el motivo de tal decisión y no queda claro porque en realidad y pese a las doscientas páginas de intimidades, no sabemos gran cosa del general, ni de las razones de Konrad para volver, ni de la bella esposa y amante y ya fallecida Kriztina, tres personajes a los que se dota de la profundidad de un plato de sopa, tres personajes que, atormentados por una infidelidad mal llevada, viven vidas tristes propias de las novelitas de Sándor Márai.

Oh, ¿he dicho infidelidad? Vaya, se me ha escapado. Lo siento. Ahora ya lo saben todo, maldita sea. 

Pero no se apuren; no pasa nada. Ni por decirlo aquí, ni en la novela, ni en la plaza del pueblo, porque al final todo lo que uno saca de este último encuentro es un bella y elegante prosa y poco más, si acaso un inmenso vacío argumental y una cháchara de viejo, ahora sí, decadente.


martes, 16 de agosto de 2016

Fe de lectura: “Pureza” de Jonathan Franzen

Casi había olvidado lo que era leer sin cargar un blog a las espaldas, esto es, sin “subrayar” para después, tal vez (a pesar de que este santo blog sólo reseña un treinta por ciento de lo que lee), compartir; leer sin perpetrar un comentario despectivo cada dos páginas. Leer, en definitiva, sin una doble intención, por muy buena que ésta sea.

Pero detrás de esta ausencia total de presiones externas hay algo más que estas cada vez menos indefinidas vacaciones que me he sacado de la manga; detrás está, sin duda, el propio Jonathan Franzen. Porque leer a Franzen, como leer a Richard Ford o Philiph Roth o Thomas Bernhard y dos o tres más, es un placer que no acostumbro a compartir (pocas reseñas encontrarán de estos autores en el blog) por razones que nada tienen que ver con temores reverenciales o intereses editoriales sino más bien con el deseo, más que la necesidad, de… recuperar, digamos, la inocencia de ese lector que un día enfrentó y se maravilló con Las Correcciones o cualquier otra lectura que deviniera en descubrimiento.

De ahí que, no la reseña, sino la fe de lectura de hoy tenga más que ver con un intento de recuperar poco a poco (muy poco a poco) la actividad del blog que con un sincero interés en analizar una obra que, ya sólo por su autor, tiene toda mi atención, como debería tener la suya, especialmente la de aquellos que malgastan su tiempo con libros de amigos y vecinos, de colaboradores; libros casi siempre infumables; libros banales, ejercicios de becarios ociosos; literatura inofensiva, implosiva, las más de la veces nacional, partos íntimos, búsquedas del yo, y demás cutrerío postadolescente.

Pero hablábamos de Franzen. 

No voy a mentirles. Pureza está muy lejos de ser una obra maestra. Diría, incluso, que es más que probable que pase a la historia como una obra menor del autor. Con todo, una novela poco más que entretenida de Jonathan Franzen es, por norma general, entre veinte y setenta veces mejor que la obra maestra de turno que cada mes se anuncia en la redes, le pinten ustedes la nacionalidad que le pinten.

(Empecemos admitiendo que Pureza no es Las correcciones. Pero es que sólo Las correcciones es Las correcciones, a ver si nos enteramos. Sólo una vez se descubre un autor, como sólo una vez se toca el cielo. Al menos la mayoría. Franzen lo hizo y no importa cómo se ponga, no importa lo que mejore y octanos que suba porque publique lo que publique siempre llevará las de perder. Porque contra la nostalgia, el descubrimiento literario que un día hicimos tirados en el sillón, no hay nada que hacer. Pero eso significa que el resto no valga la pena. Quisieran muchos que sí, especialmente aquellos que temen ponerse en evidencia, pero NO).

Pues bien, en Pureza, esa obra menor que tantos venderían su alma por escribir, vuelve ese Franzen que tanto nos gusta a quienes nos gusta, esto es, a los valedores del buen gusto y el sentido crítico más exquisito. La historia, como ocurre siempre con las mejores historias, es prácticamente imposible de resumir pero para que se hagan una idea les diré que la cosa va de una joven que, tras dejar la universidad, busca su lugar en el mundo. Precariedad laboral, deudas impagables, una madre medio loca, un padre que no conoce… Pureza es Pip (Purity) buscando a su padre, básicamente. Esa búsqueda irá poco a poco ampliando considerablemente el microcosmos de la novela, dejándolo a un paso de reventar por exceso de una trama que tendrá como fondo (un fondo fondísimo me temo, que se podría haber explotado mucho más) el acceso o derecho a la información reservada.

Pureza probablemente sea, de todas las novelas de Franzen aquella a la que más se le ven las costuras por culpa de una estructura prácticamente infantil de puro repetitiva (bloques que presentan a dos personajes y su pasado) y sin embargo todo se le perdona gracias a la capacidad de Frazen de despertar y mantener el interés del lector (del lector común, no del lector minimalista acostumbrado personajes planos y un excesivo simplismo argumental) a lo largo de sus nada interminables 700 páginas.

Conviene tener claro antes de abrir la primera página que en esta novela tienen tanta importancia los hechos como los personajes, de ahí que esa obsesión de Franzen por entrar en los detalles más nimios sea confundida, en ocasiones, con una excesiva prolijidad, especialmente cuando olvidamos que muchas veces son esos nabokovianos detalles los que mejor hablan de nosotros y los que mejor nos definen en tanto nos adscriben a un espacio, a un momento y una clase social. 

«A última hora de la tarde se detuvo en la tienda de una gasolinera Toot’n Totum y compró una ensalada del chef envasada en una caja de polietileno. En la habitación del hotel, donde el ocupante anterior había estado fumando, mientras retiraba el precinto del bote de salsa para la ensalada tuvo la sensación de que aquel producto se dirigía exactamente a su sector demográfico: mujer solitaria de cincuenta años en busca de algo adecuado para comer. Le dio por pensar que la soledad que sentía no era de orden genérico.»

He disfrutado con Pureza como hacía tiempo que no disfrutaba con una novela. Porque le pese a quien le pese (y me consta que le pesa a mucha gente) Franzen es un magnífico narrador de historias modernas. Sabe hacerlas interesantes; sabe llegar al lector, sabe engatusarlo y crear personajes, sabe darles una voz y una personalidad a cada uno y sobre todo sabe qué hacer con ellos una vez que los enfrenta. Sabe llevarlos a su terreno y a nosotros con ellos.

En resumen, Franzen sigue siendo tan recomendable como siempre.



lunes, 22 de septiembre de 2014

“Galveston” de Nic Pizzolatto

Tal año como el año pasado Nic Pizzolato no era nadie. Entiéndanme, nadie especial. Desde luego no era más especial que cualquier otro guionista americano de tercera. De hecho, quitando haber escrito un par de episodios de The Killing, Pizzolatto era, hasta 2014 en IMDB, directamente invisible. Vamos, que no era.

Entonces, True Detective, HBO y tal. Se desata la locura y por alguna extraña razón la serie alcanza la categoría de mito en apenas ocho semanas que es casi la mitad de lo me llevó alcanzarla a mí. 

Y esta es la historia de cómo Pizzolatto pasó de mierdecilla a semidiós. 

En tal condición, lo inevitable: ¡Compro, compro! En el pack Pizzolatto (pronto verán los cajones, que llenitos estaban) venía Galveston, una novela, además, mira que afortunada casualidad, premiada con el Barnes & Noble al escritor novato, que entiendo que equivale a ser el talento Fnac de abril.

La más lista de clase: Salamandra, que parece que haya montado un sello (Salamandra Black) nada más que para lanzar esta novela. 

Entonces uno (no yo, que estoy por encima de todo esto) se compra Galveston pensando que el talento desperdiciado de True Detective (partiendo de la base de que hay verdadero talento en True Detective) tiene que venir de alguna parte y por qué no de aquí. Y uno lee Galveston con esa ilusión. 

Y claro, NO.

Y NO, por esto (siendo esto, el argumento):

Un brazo de hierro de los malotes (así, en abstracto) trata de ser asesinado. Él sospecha de su jefe. Más que sospecharlo, cree a pies juntillas que ha sido su jefe, que se ha cansado de él o que lo acusa injustamente de algo… qué sé yo, cosas de malos. El caso es que este terminator de pueblo, que para más inri acaba de descubrir que tiene los pulmones hechos mierda y que por tal razón se va a morir antes de lo previsto, sale corriendo por patas y echando pestes por su mala fortuna. Claro, entre el puteo y que todo le importa una mierda está la cosa para meterse con él. 

«Tenía mi pistola delante de las narices, encajada en la pretina del pantalón de aquel hombre. La saqué de un tirón, la levanté y, a través de la fuente de sangre, disparé al que se hallaba más cerca.
No tuve tiempo de apuntar, y además estaba medio cegado por el chorro arterial, pero le acerté en la garganta y el tipo dio una sacudida, disparó y cayó de espaldas.
Nunca en mi vida había disparado así».

Voy a entrar un poco más en detalle en el argumento. Así me ahorro la reseña. 

Por circunstancias que no vienen al caso (tampoco es plan de contarlo todo) acaba huyendo de no sabe bien qué hacía no sabe bien dónde con una criaja de 18 años en el coche. La niña, que está buena de morirte y es un poco puta, se las arregla para enchufarle al, recordemos, asesino frío y despiadado, a su hermanita pequeña, un ser dulce, encantador y temeroso de Dios y del cabrón de su padre o padrastro o tutor, ya no me acuerdo.

El caso que acaban los tres en la playa o en un hotel que está cerca de la playa. Ella lleva un bikini de infarto, él no puede mirar; rompen las olas con sus frágiles cuerpos de fracasados venidos a más. La niña ríe. Otra vez. Qué bien. Buscan trabajo. Lo pasan super, superbién. Él se afeita, se corta el pelo. Se hace un hombre.

Hasta aquí media novela. O casi. Y desde aquí (antes, incluso) un completo desastre. 

Porque resulta que, tal como estamos viendo, nuestro aguerrido héroe era en realidad un poco nenaza, con perdón, y no bien le van pasando estas cosas va brotando de su árido corazón la sensibilidad, el amor al prójimo y algo de mierda zen. Pronto llega ese terrible momento en el que descubrimos que esta no es la novela sobre el karma, la justicia, la venganza o, sin más, la violencia, que es un poco lo que veníamos buscando si veníamos de ver True Detective. No, esto va sobre amor y erecciones sin consumación con hija de por medio en un hotel de carretera con agradables vecinos y vistas al mar. También de la pesca del cangrejo, la reinserción laboral de jóvenes prostitutas y algo de indefensión infantil, que son tres temas que nunca pasan de moda.

«Cuando el agua salpicó a Rocky, la tela se le pegó a la piel como un pañuelo de papel húmedo y pude vislumbrar sus pezones y la hendidura del culo. Me saludó con la mano y permaneció allí con su hermana mientras las olas rompían contra ellas, cubriéndolas de destellos, y la niña no paraba de reír entre chillidos, y tras ellas las aguas azules y purpúreas se extendían de tal modo, entre pinceladas de espuma, que resultaba fácil imaginar un tiempo en que todo el planeta era tan sólo océano y cielo».

Y, por descontado, el efecto transformador del amor en los duros de corazón, que también.

«Podría huir, borrarme de aquí.
Pero el consuelo de pasear a Sage y recoger los cangrejos de mis trampas es un pequeño placer que no quiero perderme esta mañana».


Galveston (novela más mortecina que negra) se parece a True Detective lo que un cerdo a un calamar. Avisados quedan. Ya hace falta tener sentido del humor para no lamentar la inversión o el tiempo o lo que sea que se haya perdido. 

Si la han leído y les ha gustado, háganselo mirar. Dos veces.


lunes, 16 de junio de 2014

“Nos vemos allá arriba” de Pierre Lemaitre

En esta novela están todos: el papá millonario, viudo, protector; la niña, dulce, cándida, no especialmente atractiva (no físicamente, al menos); el pretendiente, ese canalla interesado… ah, no, un momento, que me estoy liando, eso es Washington Square…, no, no, está bien, es “Nos vemos allá arriba”. Bueno, a ver, empezamos:

Está el papá, empresario de éxito de avanzada edad, todo un auténtico tiburón de las finanzas. Está la hija, en edad de merecer, dónde va ya. Están dos amigos unidos muy a su pesar por la adversidad y las circunstancias, por esa guerra cabrona que todo lo destroza: uno, inocente como una amapola y pobre como una rata; el otro, hijode venido a menos y mariposa con alas. Y está el canalla, que no se puede ser más malo ni haciendo de nazi en una de judios. Y, por último, los secundarios: la criada, joven y guapa; el alcalde tonto del culo, manipulable, manipulado, una vulgar marioneta sin muchas luces y una niña, como refugio. Ah, y una cabeza de caballo. 

Y ya está.

Dramón, dramón, dramón, pero de los que hace tiempo que no se ven. Leen.

“Nos vemos allá arriba” viene a explicar porqué las telenovelas tienen el éxito que tienen: porque nos gusta, en el fondo, cualquier cosa. ¿Y quién no echa de menos Falcon Crest, eh? Pues eso.

Ahora en serio: lo mejor que tiene “Nos vemos allá arriba” es que es altamente adictiva. Confieso que me cogió por sorpresa. Uno espera, de un Goncourt (no lo he dicho, pero esta novela ganó el premio de marras), no sé, cierta espesura y no, como es el caso, una novela del siglo pasado.

Porque sí, lo parece.

El narrador, omnisciente todo él, salta de personaje en personaje, siendo estos tanto como tres. Todo empieza unos días antes de la Gran Guerra, mientras se libra —por razones que sí vendrían al caso si al contarlo no estropeásemos la diversión— una terrible batalla, la última, probablemente. Todo el rato pasan cosas terribles y el final de cada capítulo es peor que el final de un episodio de 24.

“Nos vemos allá arriba” se nutre de tópicos. No sólo habla de los males de la guerra sino de los malos de la guerra. Unos malos que son malísimos frente a unos buenos que son buenísimos; unos ricos que son riquísimos frente a unos pobres que son pobrísimos. Como en la vida misma, no hay héroes, sólo seres humanos encadenados y condenados a vivir vidas que no desean, a luchar por vidas que creen merecer o a disfrutar de las que les ha tocado vivir. Son los de arriba frente a los de abajo, la superioridad frente a los complejos. La desesperanza frente a la justicia. 

Y el gay dejando que una niña le pinte las uñas.

Lamaitre se lo ha montado bien: ha elegido un tema de rabiosa actualidad como puede ser (y de hecho es) la primera guerra mundial (ha estado listo, ahí, el chaval) y, utilizando un estilo clásico, formalmente exento de riesgo y con un argumento que no deja sin cerrar ni una sola de la puertas que previamente ha ido abriendo, ha construido una novela que no da respiro al lector gracias, entre otras razones, a que la trama, no especialmente compleja, sitúa a los personajes en situaciones, una vez más, muy actuales y con las que siempre resulta fácil identificarse. El Goncourt fue la puntilla: difícil encontrar mejor aval. 

A destacar dos cosas: una, que me ha gustado mucho, es la ausencia de héroes (a excepción de un secundario que, por respeto, callaré) y dos, que no me ha gustado nada, ese final tan… tan de videoclip, que sólo le falta la música de fondo y una mujer pegando gritos; esos personajes, en general, tantas y tantas veces vistos, tan humanos y previsibles, tan de novela barata venidos a más.

“Nos vemos allá arriba” es disfrutable en la medida que predecible; es ágil, entretenida, triste, tristísima. Es terrible. Es una serie de televisión, eso es. Al tiempo.





viernes, 28 de marzo de 2014

130 páginas de “Quemar los días” de James Salter

Aquí el típico libro que un buen día alguien recomienda y que yo, tras haberme metido en una conversación de Facebook (y fiándome porque sí del gusto del comentarista), anoto. Tardo menos de lo que vendría siendo media hora en ponerme con él. Y oye, muy bien. De hecho me preguntaron y dije que “oye, muy bien”.

Quemar los días es la autobiografía de James Salter, que es un señor que de repente, aprovechando que acaba de sacar nuevo libro después de no sé cuántos millones de años de silencio, está más de moda que manifestarse y no hay librero al que no se lo quiten de las manos ni suplemento que no lo saque a doble página aunque el físico no acompañe. Las contras, terribles: «La narración de Salter es un deslumbrante y en ocasiones devastador laberinto de amor y ambición […]»” (Salamandra dixit). Si no lo conocían, apréndanse el nombre y recomiéndenlo a la menor oportunidad si quieren estar a la última en el circuito de las tertulias parroquiales. 

La narración -no podía ser de otro modo- comienza siendo Salter un niño. El escritor nos habla de su familia (lo cierto es que Salter habla, en general, demasiado de los demás) que tampoco es que sea nada especial pero como vive en Manhattan pues mola mucho cuando te cuenta que nunca se ha bañado en el Hudson a pesar de cruzar no sé qué puente a diario y otras cosas de interés particular. 

Hasta aquí todo bien. Entretenido. Encantador. (Tal vez demasiado). Pero entonces mandan al chaval —que ya no es tan chaval— a West Point para acabar de hacerlo un nombre. Y ya se pueden ustedes poner cómodos porque a partir de aquí y durante un buen rato —porque después de West Point viene la Academia de Vuelo— son todo las batallitas del abuelo cebolleta sobre lo que hacen sus amigos al salir de clase o lo que tarda exactamente el muchacho en aprender a pilotar un cacharro. Salter es el típico soldado que prefiere celebrar la pascua militar acuartelado antes que ir de putas, que es lo que se espera de un soldado. Y claro, así no hay manera. 

Cuando se echa novia y quiere ponerse el uniforme para salir a pasear a la chavala para lucir palmito y bandera, me rendí. Sí, Salter es ESA clase de individuo. Yo no puedo, estas cosas me superan. Además, cualquiera que haya pasado por el ejército sabe o debería saber que a nadie (que no sea uno mismo o sus compañeros) le interesan las batallitas de la puta mili, que para eso están las cenas y los reencuentros y ahora también los grupos del whats app. Por esta experiencia hay que pasar rapidito y meter mucho la tijera.

Resumiendo: Salter es un muermazo. Y esto sí es imperdonable.

El caso es que estaba decidido a comprarme la nueva novela (“Todo lo que hay”). Como podrán imaginar, me lo voy a pensar dos veces.

Pero.

Pero al mismo tiempo se pregunta uno si detrás de todo esto habrá algo más, algo que valga la pena. Si no estaremos tirando la toalla demasiado pronto, dejándonos llevar por esa total falta de afinidad. Si precisamente ahora que va a terminar la guerra, que él dejará el ejército (he ojeado su biografía) y hará vida civil; si ahora que se hará escritor y tendrá algo más que hacer que limpiar las medatillas y dar lustre a los botines, se pregunta uno, decía, si no será precisamente este, de todos, el peor momento para rendirse.

El caso: que negándome a ser derrotado por prejuicios personales y viendo el aura de prestigio que parece acompañar a este señor, habrá que hacer de tripas corazón y darle otra oportunidad.

Quede este post como prueba de mi buena voluntad.

jueves, 27 de octubre de 2011

"Libertad" de Jonathan Franzen


Les pongo en antecedentes: de Franzen he leído tres libros: la novela “Las Correcciones”, la recopilación de ensayos “Cómo estar solo” y uno chiquitito llamado “Zona Templada” que es en realidad un pequeño relato autobiográfico excesivamente caro se mire por donde se mire. Sobre “Cómo estar solo” es un fenomenal conjunto de ensayos que merecía una reseña digna y de “Las Correcciones” jamás escribí nada porque lo leí hace ya demasiados años y en el recuerdo tiendo a idealizar ciertas lecturas a pesar de olvidar los detalles. Sí es verdad que se convirtió de inmediato en uno de mis libros favoritos aunque esto no fuera suficiente para "interesarme" por la obra anterior del escritor porque entonces yo creía que uno era tan bueno como lo último que escribía y que lo otro no era nada más que el medio para alcanzar el fin que es el presente nuestro de cada día. 

Esto lo digo para que se entienda el exceso de confianza y se conozca el nivel de las expectativas con que enfrenté la lectura de “Libertad”: la convicción de estar frente a un monumento más que ante un libro, una actitud a todas luces excesiva porque al fin y al cabo no dejaba de ser una novela más en su trayectoria y Franzen un ser humano común tirando a pelín zumbado a quien con el paso de los años he ido idealizando con manifiesta voluntad de que así fuese porque también quiere uno ilusionarse con algo de vez en cuando. 

El argumento es muy sencillo (por lo que tiene de común) aunque difícil de resumir (por lo que tiene de extenso). Quedémonos con la idea de un drama familiar moderno, esto es, donde el reto no es escapar del hambre o la guerra sino errar continuamente el camino que conduce a la felicidad, saberlo y no evitarlo. Los protagonistas son varios (novela coral, pues): Patty, un ser bastante odioso con el que sin embargo logramos simpatizar en varios momentos (“Ella era ya en sentido pleno aquello que en el resto de la calle no había hecho más que empezar” Pág.14); su marido, un tipo íntegro, leal y condenado a sufrir por amor (“Desde luego era muy paciente: tenía el metabolismo de un pez en invierno” Pág.28) y sus hijos, ella y el, dos elementos también de cuidado, más el segundo que la primera, una muchacha a quien Franzen obvia inexplicablemente. El quinto es discordia es el amigo bohemio, un tipo liberal e inteligente que nos las va a hacer muy felices a los lectores por la parte de culpa que tiene en el enredo huracanado en que esto se convertirá. Así es en general la estética de la novela: todo muy USA, muy de retrato familiar de la era Bush Junior: la pequeña gran novela americana –le pese a quien le pese- de la década inmediatamente anterior a esta. 

Lo grande de Franzen es lograr que lo anodino y vulgar que pueda tener ser una aburrida ama de casa del medio oeste sea el acontecimiento literario del año y encima tengamos que darle la razón porque no se trata de ver lo mal que cocina la buena de la mujer sino de entender porqué se le queman siempre las magdalenas. Figuradamente, claro. La escritura al servicio de la historia (por supuesto, hablamos de Franzen); de una exquisitez envidiable. No importa el argumento, de verdad que no (en el sentido en que no debería ser esta la razón para leerla o despreciarla) y en cierto modo eso la hace más interesante por la capacidad que tiene de atrapar desde la primera página -obviando el hecho de mi más que optimista predisposición inicial- y por lograr que nos importen las pajas mentales de unos y otros así como sus devenires por caminos trillados: una concentración de lo visto en televisión estos últimos diez años elevado a la enésima potencia, concentrado y servido en copa de lujo marca Franzen.