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viernes, 13 de mayo de 2016

Ya sólo queremos Gaddis (una aproximación tangencial a ‘Su pasatiempo favorito’)

Hace unos días, en facebook:
«Yo sé que con Gaddis me pongo siempre muy pesado y sé también que las comparaciones, por lo general odiosas, que establezco, no lo son menos. Me refiero a esa…. desagradable, digamos, costumbre habitual mía de utilizar a Gaddis como vara de medir, como si ahora la masa humana pudiese mirar a los ojos al mismo Dios; costumbre que algunos escritores han utilizado en alguna ocasión para quitar hierro a una mala reseña de la que han sido o podrían llegar a ser objeto pero… Pero NADA. Sigo en mis trece. Llevo algo así como quinientas páginas de Su pasatiempo favorito y me reafirmo en la sospecha que ya pesaba en la trescientos: PUTA OBRA MAESTRA. Una vez más. Y van… Ya no es que Gaddis no defraude sino que es casi (CASI) el único escritor del mundo capaz de demostrar con hechos y no con palabras que el genio, el GENIO auténtico, no sabe de casualidades ni tiene amigos críticos o editores y que todo lo que no sea aceptar o reconocer esto son excusas de mierda y pobreza de espíritu y MEDIOCRIDAD. Que no pasa nada por ser mediocre, pero tampoco pasa nada por reconocerlo».
Y entonces unos que si no te pases por un lado (que qué cojones de obra maestra ni que ocho cuartos si mucho mejor jr si mucho mejor los reconocimientos) y otros que si por favor por dónde recomiendas empezar no menos de veinte veces y yo siempre lo mismo que si tienen que hacer el favor de interpretar mis palabras a los unos que si gótico carpintero tiene lo mejor del Gaddis que me más me gusta y se lee en suspiro y medio a los otros y todo por no decirle a los unos que sí que claro que puta obra maestra en comparación y a los otros que déjenseme de hostias y échenle lo que tienen que echarle y sumérjanse en jota erre, sumérjanse en lo puto mejor, que ya está bien de medias tintas y paños calientes, que la literatura debería ser una guerra y no este cachondeo padres de mesas de novedades, que ya nada más que ve uno novelitas de mierda y en los ojos ajenos el temor a ser comparado con deidades que un día también fueron nadies y gemiditos de escritor que se sabe clara, notable e insalvablemente INFERIOR.

Y eso un día y otro día o, no sé, tal vez el mismo (podría comprobarlo, pero mira: mínimo esfuerzo) alguien menta a alguien que también se ha leído la novela y ha subido una citas en su propio blog a modo de prueba fehaciente de lectura y la reseña en uno ajeno, reseña que leo y de la que salgo medio asombrado de puro ligera y evasiva. Y otra vez yo y otra vez no sé quién en Facebook, que es donde parece que acabará dando con sus bites esta medicina:
«Conozco el blog (he reseñado a B… en el pasado). Acabo de leer la reseña que en realidad publica en _.com y, bueno, no estoy muy de acuerdo con su interpretación. Dice B…: «¿Justicia? La justicia se encuentra en el otro mundo. En éste lo que hay son leyes. Tal declaración de intenciones será uno de los motores con los que funcione el relato: la sátira sobre el complejo y agotador mundillo de los entresijos judiciales, de las demandas y de las sentencias, sostenido por una red de personajes que sólo quieren denunciar a terceros para ganar dinero, circunstancia que en Estados Unidos es una moneda común: los abogados aconsejan demandar a otros siempre que haya oportunidad». Y no va mucho más allá, B…
Y sí, es cierto, entresijos judiciales, demandas y sentencias hay para aburrir, pero, en mi opinión, esta no es una novela que trate sobre la justicia más que como excusa, sino con algo que tiene mucho más que ver con la originalidad en el arte: qué robamos queriendo o sin querer, qué no es nuestro y qué sí es o qué puede considerarse realmente una aportación propia. Incluso las diferentes interpretaciones que hacemos del arte, del mismo modo que se interpretan las leyes que suponemos poco dadas a tal cosa, motivo por el que creo que es tan acertada la elección de eso que B… considera el “motor” de la novela, esto es, la justicia como argumento.
Pero da igual, cualquier cosa que yo o B… o quien sea digamos sólo servirá para simplificar algo que no lo merece; algo sobre lo que deberían estar corriendo ríos de tinta y que sin embargo parece condenado a caer en el mayor de los olvidos por culpa de tanta obra maestra de mierda que llena las estanterías de novedades».
Y esto en la página quinientos, cuando estaba yo medio en las nubes, que es una cosa muy normal cuando se lee a Gaddis, esa sensación de flotar, saben, de estar por encima de, de estar sacándole tanto partido al tiempo como es posible. Y doscientas páginas después, la confirmación: sobresaliente alto para Su pasatiempo favorito y la confirmación de laureles y gloria eterna para William Gaddis. Y más preguntas y convencimientos varios tipo venga va me leo a Gaddis empiezo por los reconocimientos o empiezo por jota erre o cómo empiezo y yo, que ya no sé, me rindo una vez más.
«Tengo que decir lo siguiente: creo que yo nunca he recomendado JOTA ERRE a nadie. He hablado mucho y muy bien de ella y he dicho millones de veces que es una de mis dos o tres novelas favoritas. Quienes me leen lo saben. El que ha querido tomar mis desmedidos elogios y mi pasión infantil como tal ha sido porque ha querido. Y no lo he hecho, es decir, no la he recomendado, porque creo que para leer JOTA ERRE hay que tener una disposición especial y sobre todo hay que llegar al libro como sea que uno llega a los libros que más le gustan (yo lo hice previa lectura de otro Gaddis y animado por un comentario casual de Juan Francisco Ferré no sé si en red social o en su blog mucho antes de su publicación en castellano), entre otras razones porque hablamos de una novela cuyo reparto está formado por unos 120 personajes que tendremos ir descubriendo a golpe de lupa y paciencia y tal vez alguna guía espirituosa y, bueno, las cosas como son, no todo el mundo está dispuesto a pasarse mil y pico páginas tirándose de los pelos y riendo a carcajada limpia mientras se corre de placer una y otra vez. Su pasatiempo favorito es mucho más fácil ya que habrá, como mucho, no sé, unos veinte personajes, no muchos más, de cierta relevancia, pero siempre y en todo momento estará presente uno de los dos protagonistas (una pareja de hermanastros, hijos del mismo padre, una figura mastodóntica que, sin tener una sólo línea de diálogo, es una presencia constante). Ahora bien, la experiencia de leer JOTA ERRE es difícilmente superable entre otras razones porque con JR (o con Su pasatiempo, qué coño) uno tiene la sensación de que la literatura está siendo aquello que debería ser siempre y todo momento (y que no es un poco porque no nos da la gana y otro poco porque ya no hay escritores como los de antes). Nos equivocamos cuando hablamos del género como literatura de evasión. Pero nos equivocamos no nos imaginamos cuánto. Es que… ¡valiente estupidez la nuestra! Literatura de evasión es JOTA ERRE o Su pasatiempo favorito o Gótico carpintero o o o… desde el momento en que el mundo (hipotecas y niños incluidos) desaparece, literal y literariamente, como ustedes prefieran, durante el tiempo que pasamos inmersos en su lectura.
O puedes leerte algún bosnio que recién ha descubierto la editorial independiente de turno».
Cuando leo a Jesús Carrasco o a Marina Enriquez no pasa nada de esto. Como mucho comentarios tipo no tienes ni puta idea y tal pero nada de mensajes privados ni ofertas de libros varios y desde luego nada de gente lanzándose a leer JR o Su pasatiempo o lo que tenga más a mano. Por eso nos gusta Gaddis, porque nos pone a todos muy cachondos. Y por eso nos gustan los lectores de Gaddis, porque los lectores de Gaddis son más guapos y más altos y con diferencia mejores lectores y mejores personas que el resto y desde luego tienen un gusto mucho más exquisito, así en general.

Es por ello que a partir de este momento en este blog en el que ya sólo queremos Gaddis, consideramos la no lectura de esta u otras novelas del escritor americano, un acto de COBARDÍA.


martes, 2 de diciembre de 2014

Saliendo de “Los reconocimientos” [o Leer a Gaddis] [dos]


Bueno, a ver, un tema: LOS RECONOCIMIENTOS. Hoy toca una no-reseña, que es un invento nuevo para evitar hablar de lo que hay que hablar.

Los reconocimientos es una cosa que pesa como setenta kilos y me ha dislocado un hombro, el derecho, y ahora, según haga así o asá, hace clic o clac. También es un libro, Los reconocimientos, pero sobre todo una prueba de esfuerzo. 

En Los reconocimientos encontramos (opino, con la experiencia que me da haber leído casi todas las novelas del autor (a excepción de Su pasatiempo favorito, que tengo a medio terminar desde hace un par de años, cuando supe de estas reediciones sextopisonianas)) un Gaddis casi en bruto, sin la experiencia que dan los años (contaba veintipocos, el chaval, cuando lo escribió) pero también un Gaddis desatado, descontrolado, que apuesta por el exceso en todas sus formas, incluida la escrita, y cuyo único objetivo parece ser volver loco al lector o directamente darle la vuelta a todo.

Es llamativo, por ejemplo, en Los reconocimientos, la cantidad de ruido que se genera, la gente que habla en fiestas o fuera de ellas. Ni un momento de silencio, de paz y tranquilidad. Es insoportable, gozosamente insoportable, diría (nadie, nadie, escribe unos diálogos como los de Gaddis, NADIE. Y nadie, nadie, organiza unas fiestas como las de Gaddis. NADIE). Es como si buscara saturar el ambiente; alimentar, como un remedio contra vagos y maleantes, el exceso con más exceso. Bien mirado, ¿cómo no iba esta novela a explotarle en las manos a los cincuenta y tantos críticos que, ávidos de cubrir su cuota semanal (de libros que se leen en dos o tres días, otro para la crítica y un largo fin de semana para descansar), debieron leer este libro con un ojo puesto en sus páginas y otro en la sección de novedades? Menudo atajo de vagos. O menudo trabajo de mierda, si lo piensan: leer el parto de un joven y presuntuoso escritor que no se atiene a ninguna regla no escrita, que desubica continuamente al lector y que prescinde casi por completo de cualquier asomo de línea narrativa o argumental. Que elige, de todos, el camino más tortuoso.

Y mira que lo advirtió, Gass, en el prólogo: despacio, people, sin prisa, relax, con toda la calma del mundo, que el libro no se va a escapar, que ha venido para quedarse. 

Qué puta manía de no hacer caso a la gente, de verdad.

«No hay por qué darse prisa; las páginas que tiene usted por delante pueden estar ahí todo el tiempo que usted quiera. Es perfectamente aceptable que algunas cosas no se entiendan desde el principio, y que haya referencias a cosas que usted no reconoce. Siga leyendo alegremente. No nos quedamos todo el día en la cama sólo por haber extraviado la agenda, ¿verdad? No, necesitamos entender este libro –disfrutar de su encanto, de su ingenio, de su ironía, de su erudición, de su sensual materialización- como entendemos a una pareja con la que hemos vivido y a la que hemos escuchado y amado durante muchos años, noche tras noche».

Ya, ya sé que el prólogo de Gass es posterior a la primera edición. Precisamente. Disfrutemos de esta ventaja: a día de hoy hemos tenido sesenta años de preparación para Los reconocimientos, esa eterna deuda pendiente; ese libro que antes o después te planteas leer; esa fábrica de excusas baratas: el año que viene, mejor, que este estoy liado con otras cosas; es que ahora me viene fatal, tengo muchas lecturas atrasadas; lo pongo en lista de espera pero que sepas que me apetece mucho leerlo; ahora necesito algo más ligero; pesa mucho; me la tengo que leer; júrame, júrame, júrame que vale la pena; Brian marked it as to-read.

Blablablabla. Anda, no me jodas. Cobardes. El que quiera garantías que se compre un lavadora.

Pero sí, es verdad, admitámoslo: leer a Gaddis, especialmente al Gaddis de Los reconocimientos, es una prueba de valor, un ejercicio de paciencia y voluntad en muchas ocasiones desalentador; es un esfuerzo agotador y exasperante que no se verá necesariamente recompensado en una primera lectura pero que, si se le presta la debida atención, hará más felices muchas de las horas que dediquemos a tamaña labor siempre que seamos capaces de olvidarnos de sus 1400 páginas plagadas de referencias irreconocibles, digresiones, personajes desquiciados y situaciones irritantes (cuando es precisamente eso, en mi humilde opinión, lo que más lo enriquece: esos personajes desquiciados, esas situaciones irritantes, ese viaje a ninguna parte, ese fondo de realidad alterada, de pose, de falsificación, de una realidad tan poco real). La recompensa: el placer de la lectura. ¿Acaso hay otra?

Venga, prueben. Arriésguense. Es algo diferente. ¿Qué pueden perder? ¿Un mes, dos? ¿Seis? Bah, será por meses. Y si no es Los reconocimientos que sea Jota Erre (sí, por favor, por favor, sí) o Gótico carpintero o Ágape se paga, pero lean a Gaddis, por el amor de Dios, lean a Gaddis y déjense de excusas -que, por otro lado, nadie se cree- de una puta vez.

«Por eso, casi todo lo que ahora se escribe, cuando lo lee van uno dos tres cuatro y te cuentan lo que ocurrió como reportajes periodísticos, sin adjetivos, sin frases largas, sin truco alguno en apariencia, y finalmente creen que creen realmente que la forma en que lo vieron es la forma en ocurrió, cuando en realidad…. […] Escriben para gente que lee con la superficie de su mente, gente con hábitos de lectura que les exigen lo mínimo, gente enseñada a leer en busca de hechos, que sabe lo que va a venir a continuación y quiere saber lo que viene a continuación, y se enfada con las sorpresas. La claridad es esencial, y el detalle, nada de falsos misticismos, los hechos son ya bastante malos. Pero nos desconcierta la gente que cuenta demasiado, y que lo cuenta sin sorprenderse». (Pág.187)

Háganse un favor: recuperen la perspectiva. Lean a Gaddis.


lunes, 1 de diciembre de 2014

Resumen de lecturas de NOVIEMBRE 2014

Esto, más que un post, debería parecer un tuit. Menos mal que tengo el don de la palabra.

Lo digo porque este mes han sido tres (¡tres!) los libros leídos. Razón: GADDIS, maldito Gaddis y sus 1376 páginas de reconocimientos. Y Stendhal, maldito Stendhal y sus seiscientos rojos y negros. Y Danielewski, maldito… bah, da igual, este no merece especial atención.

* * * * * *

El mes empezó fatal: La espada de los cincuenta años de Mark Z. Danielewski, una especie de novela que cuenta con su propia reseña (aquí) y en la que veníamos a decir (más o menos; con otras palabras) que no nos había gustado por varias razones entre las que se encontraba la promesa, veríamos que incumplida, de que íbamos a encontrarnos una novela de terror (cuando esto ni da miedo ni da hambre, que es solo un señor contando el cuento de cómo encontró una espada terrible y al señor, también terrible, que las hacía y de cómo cruzó montañas y valles para llegar allí, todo con sus dibujitos y sus historias, que es un poco Gerónimo Stilton y el vigésimoquinto viaje al Reino de la Fantasía pero sin ratas) y la promesa, incumplida también, como todas, de algo experimental. Se supone que ahora, en el tiempo presente, esta novela se lee en Halloween a viva voz a unos niños y que estos se asuntan. Se supone. Pero ya cualquiera se cree nada.

Dicen, quienes entienden o quienes aseguran entender o quienes actúan como si entendiesen, que son los que más, o en realidad se les deduce por el tono, que esto es Alta Literatura (lo juro, tendrían que ver qué de erecciones en la red) y de hecho son los mismos que a otras horas menos intempestiva defienden a Gaddis como Santo Patrón (olvidando o fingiendo olvidar o directamente no habiendo entendido que Gaddis ha sido siempre el azote de las vacuas novelas autocomplacientes tipo Novelita Danielewski) que es una cosa que yo nunca acabaré de entender si no es recordando que este patio literario se mueve por afinidades y amistades y cariños varios. El mapa de los afectos literarios es todo un mapa.


* * * * *


Segunda lectura de mes: atentos: Rojo y negro de Stendhal. Tela. La pregunta es: ¿en qué demonios estaba yo pensando para haber tardado tanto en leer esta maravilla? No hace falta que contesten. Tampoco pasa nada: vivo en el convencimiento de que cuanto mayor es uno, mayor es también el placer de la lectura. 

Pero hablábamos de Rojo y negro.

Alba ha reeditado, con esta portada tan fabulosa, la gran novela de Stendhal. Hay que reconocer que la edición es, por dentro y por fuera, excelente no, lo siguiente. A las ratas de biblioteca nos gustan las reediciones, especialmente las reediciones de calidad, porque nos recuerdan que todo o casi todo aquello que tenemos por leer, que es mucho y bueno, sigue ahí y sigue vivo y sigue conservando el atractivo y sigue siendo un reclamo relativamente efectivo. Y digo “relativamente” por algo; lo digo por esto: lo digo porque descubrí está edición de Rojo y negro no precisamente por la publicidad que se le hace, sino por uno de esos blogs que visito periódicamente y con los que tengo una deuda de gratitud, por estas cosillas, que nunca llegaré a pagar. En la librería, los ejemplares (el ejemplar, de hecho, un triste y único ejemplar irrecuperablemente maltratado, además, en el lomo) no ocupaba el espacio vital de la mesa de novedades, como era de esperar, no, sino la sección de clásicos, siempre la más difícil de localizar o la que más cerca está del baño y la que tiene menos luz. Esto es, a todas luces (valga la redundancia), intolerable porque Rojo y negro es, como he descubierto este mes: ABSOLUTAMENTE MARAVILLOSA, ABSOLUTAMENTE GENIAL, ABSOLUTAMENTE ABSOLUTA, que aunque es una expresión que no significa nada, es sin lugar a dudas absolutamente efectiva.

Rojo y negro, en su edición de Alba o no, pero sí, por qué no, debería ser lo que no ha sido: una de las grandes estrellas de la rentrée, que es como se han vendido las reediciones probablemente mucho menos dignas de Carrere o tantas o tantas piezas (ya ni me atrevo a llamarlas novelas) que, como ladrillos, sostienen tan masturbatoria industria.

Les digo lo siguiente, de Rojo y negro: si la han leído, relean; si no lo han hecho, si no la han leído, dejen de hacer el gilipollas. 

Lé-an-la, por favor, LÉ-AN-LA. O ahórquense.

* * * * *


Corría el 10 o el 12 de noviembre cuando llegó a mi casa un paquetito que contenía una cosa hermosa que, apenas una semana después, ya me había dislocado un hombro y roto la cabeza por diecisiete puntos diferentes: Los reconocimientos de William Gaddis, una novela indefinible, incatalogable, in-resumible e in-posible de olvidar. Las erratas son intencionadas. No entraré en mucho detalle porque la cosa pide a gritos una reseña pero sí haré un pequeño apunte todo lo ligerito que aquí se acostumbra.

Los reconocimientos dio lugar a un libro del que ya hace tiempo hablamos: Despidan a esos desgraciados, de Jack Green (reseña tongoyana aquí) un tipo que se autoimpuso la tarea de devolver… no, de devolver no, que nunca la había perdido, de dar a esta novela el prestigio que realmente merecía. En Despidan a esos desgraciados, Green ponía de vuelta y media a todos aquellos críticos que habían tachado a la novela de soez, infumable o imposible o de cualquier otro calificativa que rebajase su condición de obra maestra, que es lo que él reclamaba. En su momento, entusiasmados con su entusiasmo, muchos defendimos a capa y espada al bueno de Green y dimos, con nuestras reseñas, la razón a quien, al no haber leído la novela, no sabíamos si la tenía o no. La razón, digo. Esto fue hace casi tres años. Me hace inmensamente feliz saber que me he librado de esta espinita: ahora ya sé si Green tenía o no tenía razón; si eran todos unos desgraciados o lo era él.

Nos vemos en la reseña. 



DICIEMBRE

Hasta aquí noviembre. Para diciembre, Navidad., Feliz Navidad, no tenemos planes. O sí, un par. Este par: 

Dos libros dos de la editorial Sloper: Voladura controlada de Octavio Cortes, cien páginas de micros o monólogos de humor (desde lejos lo parecen) y La mala puta (Requiem por la literatura española), un libro que, en palabras de uno de los autores (a saber: Román Piña y el aquí citado Manuel Dalmau) aspira a «señalar unas situaciones abusivas que se producen también en el campo de la literatura, generadas desde la cúpula, y que afectan negativamente al escritor y su obra». Con lo que nos gustan aquí las conspiranoias, sospecho que nos reiremos un rato.

Convendría terminar, también, lo que se tiene entre manos: Trastorno de Thomas Bernhard (abandonado miserable e imperdonablemente por Gaddis) y El idioma materno de Fabio Morábito. 

Y ya, después, no sé... lo que sea, pero teniendo muy presente lo siguiente: La hoguera pública de Robert Coover, Centauros del desierto de Alan Le May; Olive Kitteridge, de Elisabeth Strout; Al límite, de Thomas Pynchon o, por qué no, si total ya han pasado cuatro meses desde la última vez que la leímos, Moby Dick de Melville aprovechando, como ocurrió con Rojo y negro, que Sexto Piso la ha reeditado en formato ilustrado de lujo, en una más que digna edición que incluye dibujitos de un Gabriel Pacheco que se sale.

O lo que se tercie.



miércoles, 12 de noviembre de 2014

Dentro de “Los reconocimientos” de William Gaddis [uno]

«Si uno quiere ser conocido dedicándose a la escritura, como los libros en sí mismo suelen tener una vida efímera, debe o bien cortejar a los medios y dejar que la publicidad actúe como su chulo, como hacía Truman Capote, o bien aferrarse como la hiedra a los muros de la academia, yendo de campus en campus como un canapé en una fiesta. Así, de un modo o de otro, uno puede aparecer en público con frecuencia y cosechar el aplauso de aquellos a quienes aplaudir no les cuesta nada porque no tienen otra cosa que hacer. Uno debe también leer su libro histriónicamente, o dar muestras de su trabajado ingenio y de su creciente comodidad, en programas de entrevistas televisivas. Y hacer reseñas. Sí, exacto, descender hasta las profundidades de los rivales, donde uno será considerado un tiburón más. Y participar en simposios, y dar entrevistas. Todo eso se va sumando a los textos escritos por uno y sobre uno que cualquier estudiante, crítico o estudioso debe consultar. Porque uno vale en función del número de entradas en que aparece su nombre en el catálogo de la biblioteca. Mientras tanto, también hay que enseñarles a los principiantes cómo ser un genio, apoyar profesionalmente a los alumnos más destacados e ir creando en torno a sí mismo, a lo largo de los años, un círculo de personas agradecidas cada vez mayor. De este modo, el prestigio de uno va creciendo con tanta firmeza como el tronco de un frondoso árbol.
William Gaddis, también conocido como Gibson, también conocido como Green, también conocido como Gass, no hizo ninguna de estas cosas que suelen hacerse para potenciar la propia carrera literaira, quedando, como dicen convenientemente los políticos cuando no quieren que algo los salpique, «al margen». Fuera de foco. A un lado. Tampoco se dedicó a escribir un nuevo libro cada quince días sólo para demostrar lo que fácil que es, ya que todos sabemos lo fácil que es, y lo deseable, puesto que de ese modo uno puede darla sus nuevos amigos lo que están acostumbrados a recibir e ir a las fiestas, e incluso a las juergas, que organizan los editores, pues ¿acaso no somos todos viejos amigos?, y sus libros reciben cada vez más y mejores críticas. No hay que olvidar que los mismos chapuceros que condenan también están dispuestos a elogiar, por un precio». (Pág.14-15)

Eso de arriba (las cursivas son mías) es un extracto del prólogo de Los reconocimientos de William Gaddis (Sexto Piso, 2014) en la edición que acaba de salir a la venta, que yo ya tengo y que leo con un ansia rayana en lo enfermizo desde el momento en que entró en mi casa. 

* * * * * * 

Pienso, leyendo ese fragmento de prólogo de Gass: qué bendita razón tiene. Qué duro, ser escritor hoy. Qué trabajo, figurar.

Y pienso: hagamos una revista: Escribir Hoy o Ser escritor hoy y vendámosla con el periódico equis, a todo color, los domingos o vísperas de festivo. Por descontado, la llenaríamos de noticias paraliterarias (nada de resúmenes de novedades ni dossiers de poetas muertos ni de sentidos homenajes a los clásicos populares): de noticias del corazón, el habitual cotilleo de quién está con quién, quién cena con quién, quién folla con quién; de parecidos razonables, de sopas de letras, de matrimonios de conveniencia: 

«Cuando se casaron, los dos querían escribir. Todo fue bien hasta que se publicaron los libros, entonces descubrieron que habían escrito el uno sobre el otro. Ésa es la única razón por la que ambos querían casarse, para estudiarse mutuamente. Se sentaban y se preguntaban el uno al otro por su infancia, y por toda clase de cosa, y ambos creían que el otro lo hacía por amor. Ahora se limitan a vigilar mutuamente sus ventas, y el que va por delante se pone toda la crema en el desayuno». (Pág.277)

Llenaríamos cada ejemplar con fotografías de presentaciones de libros, en las librerías de moda, a todo color: posados grupales, pasarela, photocall, vinos Don Simón en botellas rellenadas, gafapastas, lameculos. Los escritores asistirían en masa. Garantizado. Las salas/locales/librerías se llenarían de escritores [y] marujas, lectores [y] arrimados, oportunistas [y] curiosos. Alguno incluso hablaría de literatura. Alguno incluso compraría un ejemplar. Alguno incluso lo leería. Alguno incluso sabría leer. Incluiríamos entrevistas, en la revista, en las que la palabra libro no pudiese repetirse más de diez veces. En la sección de moda, posados con ropa de segunda mano, escritores jugando a modelos poniendo cara de malotes, de seres angelicales, de reyes del pop; algunos en estado de buena esperanza, abrazando su prominente tripa, a punto de parir un libro. Los poetas, sumidos en sus reflexiones habituales, pondrían la nota de humor: posarían travestidos y pálidos como vampiros adolescentes sin paga de fin de semana.

Las reseñas, que las habría, no las escribirían, como ocurre ahora, los amigos, sino todo lo contrario: los hijos del rencor, la envidia y la animadversión gratuita. 

«—¡Un éxito de ventas! El tipo que lo escribió lo presentó a una comisión que se lo dio a leer a una muestra representativa de lectores, el público lector. Y al público lector no le gustó el chapucero final, de modo que el tipo escribió el chapucero final que le sugirieron, y se publicó. Un éxito de ventas, por el amor de Dios.
—Estoy haciendo una reseña –dijo el hombre cargado de espaldas, y empezó a alejarse laboriosamente.
—¿Lo has leído?
—No —dijo por encima del hombro—, pero conozco al hijo de puta que lo escribió». (Pág.279-280)

No hará falta, para figurar, tener buena planta (no se espera, de semejante gremio), ni una gran cultura: bastará con haber leído a Marías, seguir las series de la HBO o con saber decir, con divina elegancia: sólidos de Uchelo.

«Todos hablan de pintura. Recuérdalo bien, diga lo que diga quien sea, tú simplemente haz un comentario sobre los sólidos de Uccello. Puedes decir que no te gustan o que son divinos. ¿Te acordarás de eso? Los sólidos de Uchelo, ¿sabes decir eso?». (Pág.274)


Para todo lo demás, William Gaddis. Para todo lo demás, LOS RECONOCIMIENTOS.



lunes, 3 de noviembre de 2014

Resumen de Lecturas OCTUBRE 2014 [Versión extendida] [4ª parte] [Incluye Bonus Track]

Esto se acaba; ya pueden dejar de odiarme. Última entrega. 


La fiesta de Boris / En la meta / El teatrero de Thomas Bernhard

Empecé esta pequeña reseña, esta píldora crítica, con la mejor de las intenciones. Pues tan buena era, la intención, que se me fue la mano hasta las ochocientas palabras pero tampoco era plan de meter, como resumen, ochocientas palabras, que tiene la gente mejores cosas que hacer que pasar la tarde leyendo esto. 

Este recopilatorio incluye tres obras de teatro de Thomas Benrhard. Lejos están, en conjunto, de contar entre lo mejor del escritor, pero de ley es reconocer que En la meta me ha parecido una obra estupenda.

Lo mejor, siempre, los personajes y ese odio, tan visceral, tan bernhardiano y esa maldad, tan natural e inevitable, tan de sentido común y justificada. Leyendo a Bernhard y escuchando los motivos de sus gritos se pregunta uno cómo es posible que no grite más. 

Yo no sé qué hacemos que no leemos todo el día a Bernhard. De verdad que no lo sé.


* * * * * * 


Butcher´s Crossing de John Williams

Sitúense: John Williams, ¿vale? John Williams es el autor de Stoner, la novela revelación del año en que se estrenó y del siguiente y del inmediato posterior, y así ad infinitum, dependiendo de cuándo sea leída. Habrá, claro, a quien no le guste (hay gente para todo), pero aquí hablamos de lectores con criterio.

Déjenme refrescarles la memoria, porque es importante: Stoner era una novela sobre un aburrido profesor universitario: sus miedos; sus aspiraciones; su matrimonio, fracasado todo él. La novela no iba de nada en particular pero sí de todo en general y lo que hacía que la tuviésemos en cuenta, era, entre otras cosas, la capacidad de Williams para hacer adictivo la anodino y vulgar. Williams se demostraba un narrador excepcional y Stoner una novela apasionante que se comía con patatas todos los prejuicios que uno pudiese sentir hacia las novelas que hablan de la vida de quienes no han hecho y ni harán nunca nada especial.

Bueno, pues ahora, atentos: Butcher´s Crossing trata sobre un joven que, a finales del siglo XIX, abandona Harvard para echarse a la pradera a matar bisontes justito en el momento en el que menos bisontes hay en la pradera. Apasionante, no me digan.

Pues mira, sí.


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El largo invierno chino de Carlos Palacios

A estas alturas ya deberíamos estar escarmentados del catálogo de Eutelequia pero se ve que a gilipollas no nos gana nadie en este blog. 

Esta novela trata de los chinos, que son esos señores con los ojos rasgados que quedan siempre con las mejores esquinas y venden paraguas de un único uso. La cosa no tiene mucha ciencia: los chinos toman el poder en Milán, ciudad a la que acaba de llegar un español a para dar clases. El otro protagonista es un chinito esclavizado que medrará a base de chupar pollas. Y no figuradamente.

Bueno, la novela se puede leer si uno tiene tiempo y ganas pero también se evitar, en la medida de lo posible, ya que aparte de recordarnos cómo funciona la micropolítica china de expansión internacional y de fantasear un poco con los detalles no es mucho más que una gamberrada con la que se supone que deberíamos reírnos. No ha sido el caso.


* * * * * * * 


El sí de los perros de Juan Vilá

Hablábamos de los chinos, ¿verdad? Pues ahora hablemos de los Pijos. Los pijos ya sabemos todos lo que son: clase media venida a más o clase alta ejerciendo de sí misma. Gente con pasta o gente que cree que tiene pasta o gente que finge que tiene pasta. Hay muchos matices y porque hay muchos matices es por lo que la novela de Juan Vilá tiene tantas páginas como 190. Tal vez no les parezcan tantas pero eso porque no se han leído ustedes la novela.

Esto es uno que va a una boda de alto copete y nos cuenta su vida y la de su vecina de mesa, también la de su primo y la de su cuñado y el primo del cuñado y la vecina del quinto. Nos cuenta sus impresiones, pareceres, fantasea un poco, se imagina lo que no sabe y supone todo lo más. Y probablemente no falle ni una. Él lo sabe. Nosotros lo sabemos. Y es por eso, porque todos sabemos todo, por lo que nos va quedando, a media que avanzamos, la sensación que a Javier Marías le ha crecido un brote en algún lado. 

Otra puta novela sobre la crisis, en realidad, (esta crisis, cualquier crisis) que demuestra lo que ya hace tanto que sabemos por la televisión: que los ricos también lloran.

Juan Vilá es mucho sarcasmo, pero ningún orgasmo. Como casi toda nuestra literatura. Qué bien que nos pilla confesados.


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“Aniversario de un lamento” de Tongoy

Y ahora me van a permitir un offtopic. Por favor, déjenme celebrar el aniversario de un lamento.

Ayer me acordé de algo. Casi, casi, casi se me pasa. Casi.

El 12 de octubre hizo exactamente un año de esto (siendo esto algo que el escritor Alberto Olmos publicó en su blog, justito antes de hacerlo de cobro):

«Parásito, me dice el editor [de Lengua de Trapo], en relación al, en efecto, sujeto que vive a costa de otro de distinta especie, alimentándose de él y depauperándolo sin llegar a matarlo, quizá antes -o quizá justamente después- de responder a mi pregunta -sobre qué publicará el sello el año que viene- con otra pregunta: ¿estaremos aquí el año que viene?, […] y será tan simpático, tan miserable, leer, el año que viene, las condolencias del sujeto que vive a costa de y del autor o de la autora que hace con el libro de todos lo que no haría con su propio libro, plañidos y quebrantos como ay-dios-mío-qué-pena otra editorial pequeña que cierra, ay-virgen-santa-qué-contrariedad otro sello independiente que desaparece, ay-ay cada vez se estrecha más el abanico de posibilidades para que publiquen los autores jóvenes y las voces experimentales y los escritores minoritarios, ay qué pena tan auténtica nos dan los caídos por la crisis económica; sí, amigos, qué simpático va a ser oírles, qué miserable».

Pues sí, ya ha pasado un año. Ya es “el año que viene”, el año en el que se esperaban los plañidos, los quebrantos, los ay-dios-mío-qué-pena-y-qué-contrariedad. Y míranos, aquí, otra vez, un año después, menos jóvenes pero tan guapos como siempre. Y Lengua de Trapo que sigue sin cerrar. Y yo que sigo sin llorar. Y que esto no puede ser. Que vaya mierda de pronóstico, que qué asco, otra editorial que sigue publicando autores jóvenes y voces experimentales y escritores minoritarios de los que no interesan a nadie; de los que no publican nada que tenga el mínimo de calidad exigible. Seguimos alimentando la máquina y la máquina que no se quiere morir, que no ve razón para ello cuando en realidad le sobran algo así como setenta razones. Y media.

Si es que no damos una.

A ver si hay más suerte con la Primitiva.


* * * * * * *


Y en noviembre…

…esto:



…y lo que se tercie. O no. O simplemente esto o simplemente NO. ¿No sería bonito? Simplemente NO.



lunes, 17 de febrero de 2014

“Jota Erre” de William Gaddis

«[…] Espero que a todos los lectores esta historia les sirva para estar prevenidos y hacer alguna aportación a las alas del tiempo, problema, joder, es que casi todos los lectores preferirían estar en el cine. Prestar atención, pensar algo, sacar una conclusión, problema, joder, es que casi todos los libros están escritos para lectores completamente satisfechos con lo que son, preferirían estar en el cine, llegan con las manos vacías y se van igual, joder, lo que le decía a Scharmm Bast. Si les pides que hagan un mínimo esfuerzo, joder, quieren que se lo den todo hecho, se levantan y se van al cine, […]» (Pág.446-447)



1

Maldades y malas elecciones aparte, no se me ocurre ninguna (y cuando digo ninguna quiero decir NINGUNA) razón por la que uno debería, podría o querría dejar pasar un libro como JOTA ERRE de William Gaddis, un libro tan actual y divertido, tan rematadamente bueno, tan jodidamente inteligente, sano y refrescante (y, en la misma media, delirante, desquiciante, exasperante), que no comprarlo o directamente robarlo o dejar de comer para tenerlo; que no perder el culo por leerlo, en definitiva, que no mandar las redes sociales al infierno de la estupidez; que no hacerlo (y sí hacer, en cambio, oídos sordos o excusarse en la necesidad de cierta superficialidad o en el peso del libraco o en la incomodidad de los asientos del metro o en esas dos docenas de libros pendientes o en qué sé yo) hacer todo eso, digo o dejar de hacerlo, ya no sé, no dice mucho de uno, no dice algo de uno, lo dice TODO.


2

En esta parte debería ir el argumento, pero no puedo. Si es que además no importa. Bueno, vale, estoy exagerando, pero no tanto como otras veces. No es exactamente que importe o deje de importar, es que pónganse ustedes a resumir mil doscientas páginas en las que aparecen unos 120 personajes diferentes; una novela en la que no existen puntos de apoyo desde el momento en que se compone de unas doscientas “secuencias” (diferentes personajes en diferentes lugares haciendo esto lo otro y lo de más allá) separadas por transiciones unas veces más claras que otras, unas veces más largas y otras más cortas, y en la que todo absolutamente todo es diálogo, y donde nunca, nunca, se pone en contexto al lector. Adivinar quién es quién, dónde está y con quien habla, si habla cara a cara o si coge el teléfono; poner de tu parte o irte a leer, no sé, a Javier Marías, por ejemplo. 

Voy a ser completamente sincero: en esta reseña —escrita, por razones que no vienen al caso, mucho tiempo después de haber leído la novela— dejaré en el tintero muchas cosas: dejaré referencias, millares de citas, un buen resumen del argumento; obviaré a Gibbs y su discurso sobre el arte y la mecanización, anticipo de “Agape se paga”… Que me dejaré muchas cosas, vaya (que, por otro lado, podrán encontrar fácilmente en la red) porque con esta reseña lo que quisiera es crear en ustedes una necesidad: quisiera convencerles de que deben deben deben leer esta novela. Si no lo hacen, si no la leen, si no logro convencerles, no habré fracasado yo, habrán fracasado ustedes. Pero sin rencores, eh.


3

JOTA ERRE —por aquello de darles una pista y sin que tenga, insista, mayor importancia— es un chaval de once años que, a lo largo de la novela, consigue montar un tinglado del demonio desde las cabinas telefónicas del colegio. Y cuando digo tinglado del demonio lo que quiero realmente decir es un imperio financiero de acciones más falso que Judas que, en mayor o menor media, afecta a todos cuantos personajes pululan por ese escenario en que se convierte la novela que, ya lo hemos dicho, son unos cuantos. 

-Vale, quién, ¿Tienes a alguien?, ¿eh? Porque, tío, te vas a meter en un lío si te dedicas a prestar dinero para los tenedores esos y eso, sólo porque te has leído todos esos libritos desde que fuimos al viaje de estudios ese, antes nos lo pasábamos bien canjeando cosas, tío, pero ahora todo se…

- ¡Vale, y qué quieres que haga! –dio una patada a un montón de hojas que había delante de él, se detuvo ahí para cambiar de brazo su carga—, o sea, ¿que me dedique a vender esas muestras cosméticas gratis, con las cajitas de cerillas esas, los zapatos esos que son enormes?, ¿o, o sea, la cosa esa que tengo en casa de una emocionante carreta trabajando en un motel o las importaciones y exportaciones en la intimidad de tu propia casa? O sea, los ratos divertidos esos, mi madre siempre está trabajando, cómo sé yo cuándo va a volver, o sea, es como lo de los bonos y las acciones esas, no ves a nadie, no conoces a nadie, sólo por correo y por teléfono, porque así es como lo hacen , nadie tiene que ver a nadie, puedes tener una pinta rarísima y vivir en un retrete, ellos qué saben, o sea, es como los tipos esos de la bolsa de valores donde se venden acciones unos a otros. No les importa una mierda de quién son, sólo venden y compran para una voz que se lo dice por teléfono, por qué les va a importar una mierda si tienes ciento cincuenta años, lo único que les… (pág.267)

Pero más allá de la historia —que ya de por sí, se pongan como se pongan, es absolutamente genial— está, como siempre, la marca de la casa y mi punto débil: la forma que tiene Gaddis de sumergirnos en la novela. Ese permanente estado de frenesí en el que se encuentran sus personajes (todos y cada uno de ellos) o cómo es capaz de crear el caos en una habitación apenas con un grifo que gotea y mucho desorden y después orientar al lector con algo tan ridículo como puede ser una bolsa de patatas fritas. 

Mención aparte, el humor. Las escenas que tienen lugar en lo que podríamos considerar las oficinas principales de ese emporio de papel creado por Jota Erre y que ocupan aproximadamente la parte central del libro, merecerían encabezar cualquier antología de humor. No estamos hablando, como hablábamos hace unos días, de hacer gracia a golpe de chistes o, digamos, microsátiras, como se les llama ahora. La cosa no funciona así. Demasiado fácil. Demasiado vulgar. El humor de Gaddis es de largo recorrido (de ahí la ausencia de citas) y requiere la complicidad del lector más allá de la que se pueda encontrar en los muros de alguna red social. 


4

Han pasado casi dos meses desde que terminé Jota Erre y desde entonces se ha convertido en una muy particular una vara de medir. No es que ahora todo lo demás parezca “deficiente”, es que realmente lo es. Puede que las comparaciones sean injustas, incluso exageradas u odiosas y sí, es cierto, seguramente sí, pero también necesarias. En ocasiones diría que imprescindibles, vista la especial querencia de muchos por hacer grandes a quienes poca cosa son a golpe de parecido razonable. Uno puede escribir como Carver, hacernos reír como Vonnegut; uno puede ser cortaziano de pro o digno heredero de un Borges furioso, uno puede tener más referentes que donde se fabrican; uno puede ser muchas cosas, pero uno nunca podrá ser como Gaddis de igual modo que una novela nunca podrá ser como Jota Erre. No hay huevos.

Hay novelas que suponen, para el lector, un antes y un después. JOTA ERRE —novela inmensa se mire por donde se mire— es una de ellas. Se lee o no se lee; todo lo demás son excusas.

¡O sea, eso es lo que le estoy diciendo! O sea, ¡por qué la gente va y roba, infringe la leyes para coger todo lo que pueden si siempre hay alguna ley, que puedes ser legal y cogerlo todo de todas formas! Así que, o sea, yo hago lo que se hace y así todo el mundo se… (Pág.1026)


martes, 13 de marzo de 2012

Autocrítica (y “¡Despidan a esos desgraciados!” de Jack Green)

Despidan a esos desgraciados” de Jack Green (Alpha Decay, 2012) es un libro con el que hay que tener mucho cuidado: es peligroso. Y lo es desde el momento en que puede darle a muchos la excusa perfecta para (tratar de) metérnosla doblada. Les voy a poner un ejemplo, pero antes, para los que no estén al corriente, aquí va un resumen de la película (esto es, del libro): 

Los reconocimientos” es una tochonovela de William Gaddis (“Mr. Difficult” para los enemigos) que cuando se publicó en 1955, recibió muchas (bastantes) reseñas negativas en periódicos y revistas y demás. A Jack Green, nuestro protagonista, la novela le gustó tanto tanto tanto que se dedicó en cuerpo y alma a desmontar todas y cada una de las críticas falsamente positivas y malintencionadamente negativas que se habían publicado sobre la novela de marras. En ellas había de todo: 

· Dos críticos admitieron que no habían terminado de leer el libro; 

· un crítico cometió siete pifias en una sola reseña, otros muchos dieron incorrectamente el número de páginas, año, precio, editorial, autor y título. A todo esto hay que añadir errores increíbles como confundir “diabético” con “adicto a los narcóticos”; 
· un crítico escribió su reseña copiando parte del texto de la faja de libro y parte de otra reseña, 
· otro dijo que el libro era “repugnante”, “malvado”, “soez” y que convenía que se le “lavara la boca con lejía” a su autor. Otros se mostraron despectivos o condescendientes, 
· de cincuenta y cinco reseñas, dos fueron acertadas. 
El resto eran chapuceras e incompetentes 
· por su incapacidad para reconocer la grandeza de esta obra, 
· al evidenciar su ineptitud para transmitir al lector cómo era el libro, cuáles eran sus cualidades esenciales; 
· por falsear esto último con idea estereotipadas (los clichés establecidos sobre cualquier libro que sea “ambicioso”, “erudito”, “negativo”, etcétera); 
· porque se valen de una jerga inhumana para fingir que están a la altura de su cometido; 
- Una sugerencia constructiva: ¡despidan a esos desgraciados! 

Básicamente esto, pero desarrollado, es el libro. Incluye prólogo de José Luis Amores que, por cierto, es quien de verdad te mete en el cuerpo las ganas de leer a Gaddis. Lo mejor, en todo caso, es el debate que surge de las preguntas que plantea esta venganza que es “¡Despidan a esos desgraciados!”: 

“¿Se reseñan libros que no se han leído? ¿Se escribe lo que de ninguna manera se opina? ¿Decimos que entendemos lo que no entendemos?” 

No tengo nada contra criticar al crítico; es más, considero que es un ejercicio sano, necesario y hasta divertido. Estoy incluso a favor de ejecuciones sumarias periódicas, tanto de críticos como de escritores (si se puede elegir me pido la guillotina). Lo que ya no me parece tan bien es que el libro de Green (esto es, sus argumentos) sea utilizado por cualquiera para defenderse de las “agresiones externas”. Personalmente creo que cualquier crítica debería levantar siempre sospechas, pero no porque lo haya dicho Green, sino porque lo dicta el sentido común. Se olvidan estos grandes cerebros de que Green, al tiempo que desmonta la malas (reseñas), también tira a matar contra las complacientes a las que acusa, con muy buen criterio, exactamente de lo mismo: de mentir, de ignorantes, de cobardes... y de qué sé yo cuántas cosas más. 

Pero les decía antes que tenía un ejemplo y es verdad, tengo un ejemplo. Parecerá un ataque frontal, pero no, es realidad es sólo un ejemplo (aunque cuentan ustedes con mi bendición si quieren ver en él cualquier otra cosa). Verán, hace un par de meses un ser humano, llamémosle X, publicó una novela muy moderna -moderna de morirte- que empecé y abandoné enseguida porque me pareció pesada, aburrida y porque tenía un poco bastante de todo-lo-que-no-soporto. Pues bien, el mismo día que salía a la venta, el autor publicaba en su blog una entrada en la que hacía referencia a este asunto (su estreno) algo que es, se mire como se mire, perfectamente natural. Menos natural era que junto con este título recomendaba también “¡Despidan a esos desgraciados!” de Jack Green. En ese post, en el texto que acompañaba la portada de su novela, explicaba que quería aprovechar la ocasión para recomendar “oportunistamente” el libro de Jack Green que, decía, era un manual de instrucciones de negligencias, vicios y errores que todos los críticos debería evitar. Un post francamente divertido.

Ahora, atención: la clave de este circo está en el reconocido oportunismo de la recomendación. Como no hace falta ser muy listo para pillarlo me voy a ahorrar la explicación del desternillante doble juego que ha sido lanzar una indirecta haciendo que parezca un chiste. Del mismo modo que Green se escuda en la defensa de “Los Reconocimientos” para atacar a la crítica (a los malos críticos), nuestro sujeto X parece escudarse en Green para defender su novela. Se trata, ni más ni menos, que de recordarle a la crítica que es precisamente con los libros difíciles (como el suyo, jaja) con los que más cuidado hay que tener; que siempre es mejor aplicar el criterio de prudencia que meter la pata hasta el fondo. “¿Recuerdan lo que pasó con Green? -parece decir- Pues no comentan ustedes el mismo el error” (ergo “o me hacen ustedes sitio en el Olimpo, caballeros, o me lo hago yo”.) 

Insisto es que esto es un ejemplo. No tengo la menor intención de pelearme con nadie (si evito los enlaces es precisamente por esa razón) pero tampoco quiero dejar de llamar la atención sobre los efectos contraproducentes de este interesante “ensayo”. ¡Claro que hay que alertar sobre los peligros de la crítica! El mismo asco da leer “este libro es una mierda (porque no lo entiendo)” que “este libro es genial de puro postmoderno (y el tipo que lo ha escrito me cae muy simpático)”. En cualquiera de los dos casos no se está libre de no tener ni puta idea. Pero volvamos al escritor: me parece cojonudo, y esto lo digo completamente en serio, que uno defienda su novela con uñas y dientes. Vamos, es que sólo faltaba…. Pero, por favor, no caigamos en el error de tomar al lector por gilipollas: si una novela es buena debería serlo por sí misma (y ser capaz de demostrarlo antes o después) y no porque hace 50 años un puñado de imbéciles no hubiesen sido capaces de leerse y/o disfrutar las casi 1000 páginas de “Los reconocimientos”. 




P.D.: Ya sabemos todos que la crítica (con mayúsculas) que se ejerce desde la blogosfera tiende ser, por lo general, bastante pobre (por no decir misérrima). Es fácil (y acertado) acusarla de carecer de aparato teórico, de no utilizar “referencias objetivas” y de enfangarse demasiado en el terreno de la apreciación personal, pero la otra, la "profesional”, la de los suplementos y revistas “especializadas” tampoco vale la mitad de las veces ni para limpiarse el culo en ella porque ser complaciente, "amiguista" o lameculos es pecar exactamente de lo mismo (aunque esto no le importe tanto a según quienes). Si queremos reseñar únicamente obras maestras, perfecto (nos ahorraremos un montón esfuerzo y papel), soy el primero en poner la cabeza en la picota; pero si los unos y los otros y los de más allá vamos a seguir reseñando toda cuanta mierda se publique entonces habrá que aceptar las reglas del juego que entre todos hemos ido estableciendo con los años (y que básicamente consiste en pasar un buen rato hablando de lo que más nos gusta) y no recurrir a odiosas comparaciones en un vergonzante intento de equipararse a Gaddis, Pynchon, Joyce o maría santísima. Porque no me jodan, las más de las veces, no-hay-color

miércoles, 7 de marzo de 2012

“Gótico Carpintero” de William Gaddis


- ¿Crees que por eso la gente escribe esas cosas? Novelas, digo.

- Por rabia… - relajó la pierna y la acercó a ella.

- No o quizá sólo por aburrimiento, o sea yo creo que por eso mi padre se inventaba todas esas cosas, porque estaba aburrido, leyéndole a una niña pequeña sentada sobre su regazo se aburría y por eso siempre estaban cerca de él… - su mano siguió adelante, se detuvo acariciando unos pelos en su perezoso avance-. Por lo que acabas de decir, sobre ser prisionero de las esperanzas de otro. Y sobre la decepción. O sea yo creo que la gente escribe porque esas cosas no salen como se supone que tienen que salir.
- O porque nosotros no salimos como suponíamos. No… -abrió las piernas para la yema de un dedo de ella que le rizaba los pelos-. No, todos quieren ser escritores. Crees que algo les ha sucedido es interesante porque les ha sucedido a ellos, oyen hablar del dinero que se gana escribiendo algo barato, cualquier cosa sentimental y vulgar sea un libro o una canción y están deseando convertirse en superventas.
- Ah. ¿Crees que es por eso? –su mano ahora había subido hasta la ingle de él, abierta, como para pesar lo que encontró allí-. Porque o sea yo no lo creo, o no creo que se conviertan en superventas –dijo, pesando la idea con la voz como si lo hiciera por primera vez-. O sea toda esa pobre gente que escribe libros malísimos y canciones horribles, y las canta. Creo que lo hacen lo mejor que pueden –su mano se cerró allí suavemente-. Por eso es tan triste.
- Sí –cambió de postura casi a hurtadillas, intentando librarse de los pantalones-. Tienes razón, ¿no?
- Y después cuando no les sale bien… -agarró con más fuerza ante la repentina hinchazón-. Cuando lo intentan y no les sale bien…
- Sí ese es el, cuando lo, eso es pero sí… -con el pulgar empujó la trabilla del cinturón hacia abajo con tanta prisa como había metido la pierna en la pernera-. Eso es, ¿no? Eso es lo peor sí, hacer mal algo que para empezar no valía la pena hacer, eso es… (1)

* * * * * * * * * * *

Mi problema con "Gótico Carpintero" -y más concretamente con Gaddis- es muy semejante al que tengo con Thomas Bernhard y pocos más: me cuesta horrores reflejar adecuadamente las buenas (buenísimas) impresiones que me producen las lecturas de cualquiera de sus obras. Esto ya quedó claro en la reseña que hace tiempo hice de “Agape se paga” (aquí), cuando me obligué a montarla a golpe de citas porque no me sentía capaz de hacerle justicia. Pues bien, puesto que ya he devuelto "Gótico...", no he tomado notas y tengo el día especialmente vago, voy a ser ejemplarmente breve y lo voy a dejar tan clarito a la primera que va a parecer mentira en mí: “Gótico carpintero” no sólo es una de las mejores novelas que he leído este año o el pasado o el anterior: "Gótico Carpintero" es una de las mejores novelas que he leído en mi puta vida. Grosso modo, esto. 

Lo único que había leído de Gaddis hasta el momento había sido el antes mencionado “Agape se paga”, un artefacto absolutamente genial que hasta hace unos días consideraba poco menos que insuperable. Quizá en mi “canon” particular lo siga siendo pero hoy estoy de noviazgo y sólo tengo ojos para mi Gótico. Puede que en unos meses, cuando se nos agote el amor, convenga hacer otra reflexión en torno a las pasiones desmedidas, el autocontrol y aquello de correrse antes de tiempo, pero ahora mismo todo esto da igual, porque ahora, insisto, mientras escribo estas palabras, todo son mariposas en el estómago y un henchirse de orgullo o felicidad o una mezcla de ambas o un no sé qué qué se yo

Sin saber qué razones dar para convencerles y sin tener citas que ofrecer no quiero dejar de comentarles alguna menudencia de la novela. Verán, Gótico Carpintero es absolutamente fascinante por muchas razones la primera de las cuales tiene que ver con el lenguaje y la asombrosa capacidad de transmitir sensaciones a través de él. Imagínense que alguien (Gaddis) les cubre los ojos con una gasa que les permita ver sombras difuminadas; les ata de pies y manos y les deja en el centro de una habitación que huele a miedo, a viejo, a humedad, a odio, a desesperación y a locura. Recuerden: no pueden moverse, no pueden hablar, apenas ven y nadie les ha explicado nada, no les han puesto sobre aviso de aquello a lo que se van a enfrentar. Escucharán sollozar a una mujer que vive en evasión permanentemente; los gritos de un hombre en continuo frenesí; les oirán hablar de traiciones, fraudes y engaños, también de hermanos ladrones, de políticos corruptos, de predicadores oportunistas y asesinos, de abogados hijos de puta. Tengan presente que despertarán (la novela nunca empieza: ya está ahí cuando llegamos) en el centro de un huracán y tendrán que montar el puzle ustedes solitos sin más ayuda que una atenta lectura. 

No voy a engañarles, pero tampoco quiero asustarles: no es tan complicado como estoy dando a entender aunque desde luego está lejos de ser una lectura fácil (siendo “fácil” un algo indefinible que tiene que ver con leer visitando a ratos el Facebook o con la televisión de fondo). Las piezas están ahí y las claves se las dará el propio libro a medida que vayan adentrándose en él como recompensa por el esfuerzo. Y prepárense: entrar en el libro es fácil, salir es casi imposible; se queda ahí, puede que a perpetuidad. 

Soy consciente de que con esto que he dicho no queda ni remotamente claro el argumento de la novela pero, honestamente, ¿importa? Es decir, ¿cambiaría algo el hecho de saberlo? ¿Les animaría saber que trata sobre el desmoronamiento; sobre las casas que se empiezan por el tejado? No, yo creo que no. Al menos a mí, personalmente -y al igual que me ocurre con Bernhard- me importa un rábano que Gaddis me cuente una historia de amor entre un hongo y una ameba porque hay ocasiones, y esta es una de ellas, en que la fuerza del lenguaje y los personajes y especialmente los diálogos (tendrían que ver qué pedazo de diálogos) valen más que la mejor historia que puedan imaginar. Quizá me está pasando. Puede ser. Pero... imaginen que no.  






(No quiero dejar de mencionar al traductor, Mariano Peyrou, que se ha tenido que dar una señora paliza y ante quien me quito el sombrero por el excelente resultado de su trabajo.) 



(1) La cita pertenece a “Gótico Carpintero”. La transcribí durante su lectura, hace un par de semanas, mientras preparaba otro post. Se me ocurrió que esta cita sería una buena forma de comenzarlo ya que el contenido sexual de la escena me permitía empezar con algún chiste soez -que es algo que suele gustar mucho- sin dejar de lado la calidad literaria que siempre acompaña a Gaddis. Por el bien de este otro post sacrifico esa genial (ya lo digo yo) “introducción” (valga la redundancia) y la dejo dónde siempre debió estar, esto es, aquí, en su propia entrada, aunque no venga, en realidad, a cuento de nada en particular. 

jueves, 18 de agosto de 2011

"Ágape se paga" de William Gaddis



Hay reseñas que se escriben solas (1). No soy amigo de recomendar lecturas a golpe de citas. A ver, no me importa poner algunas de vez en cuando pero por lo general es un sistema que, insisto, no me gusta demasiado y si recurro a ello es únicamente para tratar de demostrar algo que haya expuesto inmediatamente antes. Este no es uno de esos casos, sino el otro, el contrario. En esta ocasión las citas serán la reseña; por dos razones: uno, porque esta novela de Gaddis es demasiado potente y lo más probable es que cualquier cosa que dijese no le haría justicia y dos, porque me he reído mucho con ella y yo soy terriblemente malo contando los chistes de los demás.

De modo que aquí está: mis momentos favoritos (sin desmerecer el resto) de “Ágape se paga”. (Las negritas son mías.)

* * * * * *

1. El siguiente párrafo me parece un resumen perfecto de lo que es esta novela en lo que a estilo se refiere. Muy Bernhard, como verán; una influencia de la que Gaddis presume.
[…] no sé que me da que estoy mezclando un poco las cosas pero esto lo tengo que escribir lo tengo que escribir antes de que se me pierda, antes que me lo roben, se trata de poner en orden la secuencia, a ver qué viene después de qué, post hoc ergo este jueguecito en el que no se puede ganar porque no es ésa la razón de que se juegue se trata de cultivar toda esta ciénaga de caos y de azar, de paradoja y perversidad, de borrar del todo la idea misma de causa y efecto y, y, a ver si recupero el resuello antes que se me escape el, estos ventrílocuos y yoes extraíbles extraídos que se crían y se clonan para su reproducción porque ése es el meollo de la cuestión, es ahí donde se pierde lo individual, donde desaparece lo único, donde la autenticidad se pierde no sólo la autenticidad sino todo el concepto de autenticidad, ese amor por la belleza de la creación antes de ser creada que eso, ¿no era Chesterton? (Pág.58)


2. Esto es un resumen muy resumido de la idea de fondo del texto. La tecnología y arte no siempre son compatibles.
[…] recobrar el resuello evitar el estrés quitar de la cabeza el, vuelta a la pantomima y a los clones y a la mecanización de todo lo que a la vista está, el entretenimiento el ocio le llaman y el sistema binario y el ordenador del todo o nada que es de donde proviene toda esta tecnología de entrada. (Pág.64)


3. Este párrafo pertenece a mi particular catálogo de maldades: el silencio del escritor clásico frente a la excesiva exposición (voluntaria) del escritor actual, llámese contemporáneo, español o no.
[…] Ahí está Flaubert, eso es, “Todo el sueño de la democracia”, dice, “consiste en elevar al proletariado al mismo nivel de estupidez alcanzado por la burguesía”. ¿No querías la esencia misma del elitismo? Ahí la tienes, toda para ti, su idea del arte de que “el artista no debe aparecer en su obra tal como Dios no aparece en la naturaleza, el artista ha de ingeniárselas para que la posteridad crea que ni siquiera existió” Dios del cielo, a qué velocidad cambian las cosas, una generación viene a durar cuatro días a lo sumo, ¿qué posteridad? (Pág. 66)


4. Momento Tolstoi. Un extracto de sus diarios que habla por sí solo.
[…] Mi único impulso consiste en trabajar y olvidar”, dice Tolstoi, “aunque olvidar qué. No hay nada que olvidar” ¿y entonces? Ahí va el trozo de turno: “No escribiré más ficción”. Tiene unos treinta años. “La gente llora, muere, se casa, ¿y yo he de sentarme a escribir libros para decirles que “ella lo amaba”? ¡Es una vergüenza!” Y dónde más, si, aquí mismo lo tengo, “leer libros malos me ayuda a detectar mis propios fallos mejor que leer los buenos. Los buenos me reducen a la desesperación”, […] (Pág.67)


5. Otra maldad: una patada en toda la boca a las giras a las someten las editoriales a los escritores.
[…] Flaubert escribe a Georges Sand y le dice que “creo que la chusma, la masa, el rebaño, siempre será detestable. No hay nada que tenga importancia, salvo un pequeño grupo de intelectos que siempre son los mismos y que son los portadores de la antorcha”, trata de sentarte enderézate deja de temblar y sécate el intelecto está más claro que el agua, todo va encajando en su sitio a ver si lo apuntas todo antes que vuelvan los ventrílocuos con la muerte del autor, la empresa solitaria del artista con el lector individual del que hablaba Hawthorne horrorizado ante el éxito cosechado con el gusto del público, con la multitud, lo cual significaba que uno se había vendido, ¿y reenviar al autor de El fauno de mármol de gira promocional? ¿A dar lecturas públicas de fragmentos de El romance de Blithedale para entretener a esa chusma boquiabierta de personas al azar que buscan el placer, ese enorme mercado de los analfabetos funcionales y los analfabetos del todo que devorasen a los poetas que compusieran para complacer el mal gusto de la crítica y terminar con instrucciones de los unos a los otros, qué, si no, viene a ser esta gloriosa democracia de las artes? Anda, levántate y adelántate con eso que Hawthorne llamaba “la maldita chusma de las escritorzuelas” […] (Pág. 67-68)


6 y 7. Premios. Gaddis hablando por boca de su personaje de los premios es, no se lo pierdan, des-ter-ni-llan-te. Y real como la vida misma. El primer recorte es impagable: recurriré a ella en el futuro. El segundo corte es muy largo, pido disculpas por ello de antemano, pero creo que merecerá la pena el esfuerzo.
[…] olvidado en el estante olvidada la obra olvidados mis premios olvidados cuando un premio aún significaba algo ahora todo el mundo anda dando premios a diestro y siniestro premios que ni siquiera son para ganadores qué va somos todos comparsas de los que dan los premios, pantomimos de imitación de entretenimiento repitemonas para esa chusma supina de analfabetos funcionales y los analfabetos del todo que anda por ahí sueltos y a los que hay que leerles, es todo, Dios del cielo, ¿para qué habremos aprendido a leer, digo yo?[…] (Pág.70-71)

[…] ni que nuestro lenguaje literario no se amolde a ese rebaño común de millones de personas al azar que andan por ahí sueltas a lo mejor resulta que sí que inventan el suyo, ¿has ido últimamente al cine? ¿Has escuchado las letras, incluso de las canciones? Tío o sea ya menterao soplapollas de mierda chúpame el rabo joputa cada cual es su propio artista en este democracia de las artes en línea con Walt Whitman y su canto este cuerpo eléctrico ¿no es así? Un clásico norteamericano como Hojas de hierba dice que el mérito del poeta viene determinado por la multitud Dios del cielo, escribe lo que quieren y terminarás con un Premio Pulitzer que no te dejará a sol ni a sombra hasta que dé con tus huesos en la tumba. A lo mejor ganó la medalla de Honor la Cruz de George e incluso el Nobel pero una vez estigmatizado con el sello definitivo de la mediocridad en su necrológica se dirá Novelista galardonado con el Pulitzer muere a la edad que sea porque no es el ganador lo que se publicita ni mucho menos. No, es toda esta plaga de premios donde quiera que uno mire, son los que dotan los premios los que se promocionan solos, los que tratan de rescatar su profesión, completamente desacreditada, del periodismo.La prensa es una escuela que sirve para convertir a los hombres en bestias”, escribe Flaubert a George Sand, “porque les alivia de la tarea de pensar”. ¿Los premiados? No son más que aderezos, caricatos, periodistas deportivos, entendidos de la política, fotos en primera plana y cuanta más sangre mejor si en ese instante de fama que envuelto el pescado de mañana, Dios del cielo, ¿cuántos Premios Pulitzer andan por ahí sueltos? Mas de mil quinientas entradas, catorce categorías para periodistas porque si uno empieza su propia esclavitud ya ha hecho la mitad del camino, con toda la anda de patrocinadores, miembros del consorcio, miembros del jurado, Dios sabe qué más, que han sobrevivido al propio abismo de la desesperación y han salido a flote tanto que han llegado a la cima. Echa un vistazo al New York Times del día siguiente, una página tras otra llenas a reventar de autocongratulaciones, y siete categorías más para seguir dando la matraca, sobre la música, eso que se empeñan en llamar drama y, cómo no, libros en los que la Dama Gris si así llaman al propio periódico al final se sale con la suya y se lleva de calle a sus periodistas, que son los que hacen reseñas de libros, como si fuera una ingenua de ojo nublados, pero que se destruye a las escritoras y sólo por dárselas de justa atraviesa la frontera del género de algún asesinato de ocasión, ¡que le den a esa señora un Pulitzer con ramos de hojas de robre! Los libros candidatos al premio los lee un jurado cuyas decisiones son remitidas a los miembros del olímpico consorcio, que no pierden de vista los gustos de la multitud. Nosotros somos miles y ellos son millones, escribe la ficción que quieren o no escribas nada en absoluto […] (Pág.74-75)

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A buen entendedor “pocas palabras” (es un decir) bastan.




(1) Si obviamos el hecho de haber tenido que teclear cada línea por no disponer de la versión digital de la novela.