Mostrando entradas con la etiqueta Silex. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Silex. Mostrar todas las entradas

lunes, 13 de junio de 2016

‘Seré un anciano hermoso en un gran país’ de Manuel Astur

Hoy vamos a inaugurar una generación literaria. Me apetece. Lo echo de menos. Incluso le he buscado nombre: GENERACIÓN EMOCIONAL. ¿Les gusta? Ya verán como sí. 

Al lío.

[‘Lo emocional’, parte uno]: Seré un anciano hermoso en un gran país, se vende, desde la editorial y desde donde sea que ustedes miren, como un Ensayo Emocional, que es algo que yo nunca había escuchado antes –y si lo había hecho, maldito el caso− y que a poco que nos dejemos llevar le dedicamos una estantería en nuestra biblioteca. Para mí esto ha sido determinante. La etiqueta, digo. Porque si se inaugura un género (o subgénero o fusión de géneros, que está todavía por ver en qué queda la cosa) yo quiero estar ahí, y si no, también.

El caso es que antes de continuar creo que deberíamos aclarar qué demonios es esto de ensayo emocional, a dónde nos conduce y qué tiene de verdad verdadera. Y lo más importante: si es o no un valor añadido o si sólo se trata de buscar una etiqueta que llame la atención de las masas.

Les voy a poner en contexto, para que sepan a qué atenerse: 


[‘Lo emocional’, parte dos]: Seré un anciano… está escrito por Manuel Astur. A los que estén de paso y sean nuevos en el barrio les diré que Manuel Astur es uno de los padres fundadores del Nuevo Drama, aunque en esta ocasión no he visto por ninguna parte el logotipo que habitualmente estos señores (Juan Soto Ivars, Sergi Bellver y el amigo Astur) medio ocultan entre sus páginas como declaración de intenciones, por lo que supongo que, o bien Astur es ahora disidente o es que en esta ocasión vamos en plan experimental y tampoco es cuestión de desvirtuar de un plumazo lo imaginario del sello. Eso, o que la editorial pasa de gilipolleces. O no a todo.

Maldades aparte, decíamos que Seré un anciano… está escrito por Manuel Astur, un escritor ya-no-tan-joven nacido en los 80 que ha sido todo uno verse la primera cana y lanzarse a escribir sus memorias de pura nostalgia de sí. El resultado es una obra de unas doscientas páginas en las que el autor habla de sí mismo y sus circunstancias desde el origen de sus tiempos y cómo ha cambiado todo y qué bien se vivía siendo el niño de Aquellos maravillosos años y qué grande Asturies, madre.

Pero estoy divagando. Para que entiendan lo de Ensayo Emocional: hay una parte de este ensayo que tiene lugar, si no recuerdo mal, cerca del final, pero eso es algo que no tiene maldita importancia. El autor se acuerda de lo que ocurría en su casa, en el campo, cuando era niño, en las noches de tormenta. 

«Rugía la tormenta y la luz oscilaba unos instantes, como si fuera de gas. Entonces, mi madre me mandaba a buscar las velas y yo corría con gran regocijo a revolver en los cajones del salón hasta reunirlas todas. Siempre eran menos de las esperadas, pues había gastado algunas jugando a derramar cera en la palma de mi mano cuando nadie me veía. Después, se iba la luz durante unos segundos. Ese era el segundo aviso. Mis hermanas salían de sus habitaciones y venían al salón. Mi madre ponía el chocolate al fuego. Mi padre sacaba su linterna, era suya y de nadie más, ya que el niño de posguerra civil que fue considera algunos objetos, hoy comunes, sobre todo mecheros, navajitas y linternas, como auténticos tesoros para aventureros. La tormenta retumbaba y centelleaba fuera. La lluvia descargaba con furia y un río de agua bajaba por la calle. Algunas personas empapadas corrían a resguardarse en los portales, y corrían riéndose, como si les hubieran pillado haciendo una trastada. Nosotros mirábamos desde la ventana y también nos reíamos, y nos sentíamos tan protegidos, tan unidos, la pequeña tribu de homínidos en su confortable cueva. Finalmente, un gran trueno hacía temblar hasta los cimientos y se iba la luz, para no volver hasta dos o tres horas después. Ese era el momento de viajar en el tiempo. Encendíamos las velas y nos sentábamos a la mesa del salón a tomar una taza de chocolate, tan denso y cálido como la oscuridad redescubierta que nos rodeaba».

La narración se tira de cabeza en la nostalgia y los que hemos vivido aquellos larguísimos apagones (en los que, dicho sea de paso, a nadie se le ocurría llamar a la compañía eléctrica para exigirle una reparación inmediata ni reclamarle daños y prejuicios porque se nos fuesen a derretir los colajets) en los que también cenábamos y estudiábamos y padecíamos la tormenta sentados alrededor de aquellas ruidosas lámparas de gas, lloramos de la emoción. O casi. Eran otros tiempos. Ni peores ni mejores, si acaso lo segundo (infancias infelices aparte). Cuando Astur nos cuenta que su padre les decía que así se vivía antes, lo que está haciendo es encadenar una nostalgia con otra y demostrar que el hombre es un animal optimista que tiende a la infelicidad.

Resumiendo: Astur se hace mayor o, más bien, Astur siente que se hace mayor, porque a los treinta y cinco o treinta y seis no se puede ser mayor; se puede ser, en todo caso, una máquina de follar pero no mucho más. No hay necesidad. Porque una cosa es la crisis de los cuarenta, que es un cosa que podemos entender todos, hayamos o no sido escritores, y otra cosa muy diferente la necesidad de llamar la atención sobre un yogur que todavía no ha caducado. No sé si me explico. Cuando las personas normales, con oficio y beneficio, se acuerdan de las friegas que su santa madre les hacía en el lavadero para sacarles la roña del día, lo comentan frente a una cerveza y se ríen y alguno hasta se emociona. El resto escribe un libro.

Con todo, no está mal, se lee con cierto agrado. Astur está muy lejos de ser el abuelo cebolleta con sus batallitas y tampoco hace suya la frase cualquier tiempo pasado fue mejor (aunque en el fondo todos sepamos que así es exactamente como es) gracias seguramente a esa visión, ya hemos visto, optimista, a esa costumbre de ver siempre el lado bueno (o no exactamente “bueno” pero tampoco necesariamente malo) de las cosas o la vida o como quieran ustedes llamar a este desastre.


[‘Lo emocional’, parte tres]: Yo sé que sólo uno no hace generación por mucha nocilla que le ponga a la tostada pero visto con cierta perspectiva este desbarre de hoy tiene mucho más sentido del que parece. Porque si a la necesidad o el deseo o simplemente las ganas de dar un paso atrás en la narrativa que proponen los New "kids" on the block de la letras, también conocidos como los New Drama (Astur incluido, le pese lo que le pese), le sumas la sobrecarga emocional de los dos tomos dos del Yo fui a EGB (P&J), lo acompañas del Hit Emocional (emocional, ven) de Juanjo Saez (Sexto Piso) y lo rematas con la penúltima y originalísima idea de Miqui Otero consistente en escribir un Elige tu propia aventura para adultos (La cápsula del tiempo, Blackie Books); si sumas todo esto, decía, el resultado será (es) un grupito la mar de majo que lo mismo te anima un guateque en la parroquia que te escribe una obra maestra. Porque todos son de la quinta y todos miran al pasado con la misma mirada vidriosa y todos ocultan las primeras calvas o peinan las primeras canas, y todos hacen de la nostalgia una herramienta de promoción y de la emoción, su argumentario.