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sábado, 4 de mayo de 2013

“El joven Nathaniel Hathorne” de Victor Sabaté

Me estreno con la editorial Rayo Verde con la novelita de Victor Sabaté. Ya le tenía yo ganas. A la editorial, digo. La primera noticia que tengo de la existencia del libro es a través de El Cultural, concretamente de la inefable Care Santos. Si yo algún día escribo algo, lo que sea (unas memorias literarias, por ejemplo, de fuerte contenido erótico-festivo) y me reseña Care Santos, primero mataré a quienes le hayan enviado el libro, tomaré a sus mujeres (si las hubiere), venderé a sus hijos (si los tuvieren) y luego me suicidaré (si quedáranme fuerzas). Me cortaré las venas y me dejare ir, desangrado, sobre mi vieja colección de El Cultural, restos de un Diógenes mal curado. 

Dice Care Santos: “Un delicioso libro sobre libros, sobre leerlos, sobre escribirlos, que proclama a gritos la finalidad -¿redentora?- de la literatura y nos descubre un autor a tener muy en cuenta.” Esta es la crítica que le hace. Esta y nada más. El resto de la reseña –por llamarla de alguna manera- es ella contando lo que está leyendo, hablando de las casualidades que pueblan su vida toda ella literaria y resumiendo el argumento de ésta. Lo he pensado mejor: yo de mayor quiero ser Care Santos y que me paguen los de El Mundo por hablar del caer de la hojas en el parque y del batir de las alas de las mariposas. 

Por lo demás, estamos en lo de siempre: una crítica, a la sazón escritora, que se prenda del libro de otro escritor, joven, por culpa de una novela que habla de escritores que no escriben y que está plagado de referencias literarias y de anécdotas curiosas. Que si Borges, que si tal, que si cual, que si la invención, que si la falsedad, que si el Hawthorne y un pacto con el diablo. ¿Cuándo aprenderemos a no dejarnos embaucar? ¿Cuándo nos libraremos de la crítica complaciente de escritor a escritor? ¿A qué santo encomendamos a Care Santos?

* * * * * * * 

El argumento, de ley es reconocerlo, tiene su gracia (y es en esta gracia dónde residen casi todas sus virtudes). La primera parte es un contarnos su vida el propio protagonista; el relato detallado de su fracaso en lo literario por culpa de su tendencia a la dispersión. La falta de disciplina y talento lo arrastra a un punto desde el que es incapaz de terminar, siquiera empezar, una novela. El típico escritor de boquilla. Pues bien, este muchacho se olvida un día el esbozo de un relato en una biblioteca de Nueva Inglaterra y tiempo después descubre que ha sido plagiado por el mismísimo Nathaniel Hawthorne. La segunda parte es la narración del Hawthorne y la explicación de cómo semejante cosa es posible. Los habituales pactos con el diablo y viajes en el tiempo de rigor. La tercera parte (son 100 páginas bien aprovechaditas, ya ven) es algo así como la continuación, la aceptación del plagio, la lectura de libros de Borges, la asociación de ideas con otros plagiadores magistrales: un anecdotario literario que, según se avanza en él, hace perder fuerza al conjunto. Que acaba cansando, vaya.

(Casi) todo esto -especialmente el principio- se lee con interés y con una sonrisa en la cara: qué bonito y que gracioso el homenaje, que bien resucitar a Hawthorne, que simpático todo. Pero ya. Es decir, dejando pasar el tiempo, semanas en mi caso, va quedando en el recuerdo nada más que una cosa medio simpática y ajena a lo magistral que tiene que ver con lo de siempre: joven escritor sobre fondo de color para despistar. El resultado es el habitual: una novelita curiosa que en realidad es un cuento largo que se hace demasiado largo para ser tan corto. Cuando uno acaba aburriendo en 100 páginas… malo. Quiero decir que esto, recortadita la última parte, y calzado como un relato más dentro de una colección de ellos (antología, preferentemente, de escritores con chaqueta de punto y gafas modelo hipster) estaría bien, se aceptaría encantado e incluso invitaría a pensar que Victor Sabaté es un joven escritor a tener en cuenta en el mundo del cuento fantástico, como si estuviésemos hablando de una carrera con futuro. Así, etiquetado, Sabaté está más guapo. Pero no es el caso. Sí la promesa (hoy me siento especialmente generoso), si el interés (¿ven?) pero no todo lo demás. Ahora que lo hemos pillado in fraganti pesa sobre él la sospecha del escritor que, una de dos, o rellena o no sabe frenar, que para el caso es lo mismo e igual de malo. 

Interesante y floja, ergo insuficiente. Con razón le gustó a Care Santos.