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jueves, 2 de enero de 2014

“Sonata a Kreutzer” de Lev Tolstói

"Sonata a Keutzer" es una minúscula novela de Tolstoi que, al igual que “La felicidad conyugal” trata el espinoso asunto del matrimonio. En “La felicidad…” Tolstoi estaba soltero, que no entero, y quieras que no eso se nota. (Click para la reseña) En esta ocasión Tolstoi escribe la novela con sesenta años, varios hijos (muchos hijos) y una mujer que le ha acompañado la mitad de su vida. La sonata es, ya se podrán imaginar, una novela no sólo mucho mejor, más perfecta (y también menos divertida) sino infinitamente más creíble. La experiencia es un grado. 

La novela (que leí en julio) cuenta la historia de un hombre que ha matado a su mujer y, una vez exculpado, se dedica a ir contándolo ahí. El principio es este señor en un tren con cara de pocos amigos llorándole al vecino de enfrente la causa de su desgracia, aquello que lo llevó a cometer semejante atropello. (La cosa fue más o menos así: él era joven y un poco sátiro, un follador nato, un golfo a quién un día le da por el amor. Se prenda de una joven por culpa de su futura suegra, que malmete y malmete hasta que la criatura, tonta del bote, cae con todo el equipo. Llegando a la luna de miel el protagonista ya está hasta los cojoncillos de la muchacha porque en el fondo aquello que parecía amor no era más que un calentón y una vez follada lo que era un colmado de virtudes lo es ahora de defectos. Novela didáctica, pues. Y aquí la lección: en la cosa del amor puede mucho la flora intestinal, que es ingrediente fundamental del arrepentimiento. Cuando se necesita amar, nos cuenta la novela, cuando es realmente una necesidad perentoria, se rebajan a tal punto las expectativas que se puede amar lo mismo a un sujeto ejemplar que a un lobo con piel de cordero. Otro cantar, ya, sus manías personales: lo del desayuno según cómo o la comida de tal manera y a tal hora o quiero a mi madre siempre conmigo o tú que te has creído, gilipollas, por quién me has tomado. Castigado sin mojar. Esto lo mismo para él que para ella. La novela es aquello de que los problemas de convivencia tienden a ser peores cuanto menos se conocen los interfectos. No basta con decir te quiero desde la ventana o subirte al lomos de un corcel para garantizar un estado de felicidad (quisierase) permanente. No hay amor verdadero, en definitiva, que pueda nacer de un contacto fugaz si no es por azar. Pues esto es exactamente lo que ocurre: dos que se casan, dos que no aman, dos que no lo aguantan y un error fatal.)

Bromas aparte, esta novela de Tolstoi es una pequeña joya del realismo social descarnado, con todos esos detalles sobre la cosa matrimonial de celos, odios y problemas de entendimiento y un final liberador donde los haya. No se lo cuento porque soy muy buena gente pero sepan que ella se muere por una razón más grave que el haberle quemado la lengua al marido con la puta sopa. Novelón como la copa de un pino, con un Tolstoi demostrando lo que vale en cada página. Es empezar y no saber cómo parar.



sábado, 6 de octubre de 2012

“La felicidad conyugal” de Lev Tolstói

Hablemos de amor. “La felicidad conyugal” está narrada en primera persona. Esto lo digo para que vean el atrevimiento del joven Tolstoi. La protagonista es una acomodada jovencita de diecisiete años que vive con su hermana y la chacha en una aldea. Pues resulta que esta muchacha se prenda de un maromo veinte años mayor que ella que las visita de vez en cuando por motivos que no vienen al caso. Toda la primera parte de la novela es ella sintiendo cosas que no imaginaba pudieran existir y con las taquicardias propias de la presencia viril, un poco Blancanieves tras conocer al príncipe, bestiario de compañía y conejito juguetón incluido, y la primavera desatada en pleno invierno. Él insiste en las visitas y ella se frota los talones cada día un poco más hasta que cae en la cuenta de que las palpitaciones han de ser aquello que dicen Amor. Sabe con certeza que lo ama el día que lanza las bragas al aire y se quedan pegadas al techo. Más tarde él le pone la mano en el hombro mientras toca el piano, ella exclama ya eres mio y ya está. Como lo del maromo también lo es (no hay más que verlo de contento, a su edad que ya lo daba todo por perdido, pillando una de quince) pues se matrimonian ipso facto para irse a vivir con la suegra, que es una vieja un poco estrecha por culpa de lo cual les da cosa hacerlo a gritos. A ella el sacrificio no le importa de tan enamoradísima que está y a él, acostumbrado a los rigores de propios de la situación, le trae todo sin cuidado mientras tenga cosas que hacer en el campo. (La interpretación es algo libre, pero se aproxima bastante a las indicadas en el Manual Técnico de Cortejo, Desahogo y Matrimonialización en la Rusia del siglo XIX). 

Bueno, pues todo muy bien hasta que se van de vacaciones a Petersburgo. A él le gusta la vida tranquila del campo pero entiende que su gacelilla quiere trotar salones de baile. Tal cual. A medida que avanzan los días se va cumpliendo la predicción de la niña cayendo en la tontería. Tú no me entiendes, pascual, aquí soy feliz como una perdiz. Y él, Santa Abnegación, aguanta como puede hasta que un día revienta y le dice mira amor o te vienes o me voy. Y no. Al final se queda (lo de las tetas y las carretas, ya saben) por las putas apariencias, que son unas destrozahogares. En el último baile de su estancia en la ciudad conocen a un príncipe muy poco azul. Eso tensa la rama de la pasión que revienta cual purulenta espinilla dejándolo todo perdido de odios viscerales y arrepentimientos maritales. Y otra vez a ordeñar vacas. Pero ya nada es lo mismo, claro, después de haber visto las luces de la ciudad a nuestra Flora Poste no le interesa tanto el titilitar de las estrellas como el de los pies. 

Bueno, casi les voy a contar el final (spoiler, sí); total, para lo que queda… 

El resto es ella evidenciando el abismo entre ambos y escuchando el rugir de su furioso corazón, todavía joven, impetuoso y arrebatado. Sigue la boba tonteando con otros hombres hasta que, ya, por fin, La Madurez, que traducido al tolstiano quiere decir sumisa aceptación de la situación, suegra incluida. Ahora que te has cansado de hacer el memo, amor, vuelve a mis brazos y a esta nueva etapa de amor maduro, de cuidar los hijos, de cambiarle el agua a los peces. Gracias, calamarcito, por ser tan paciente -llora amargamente, ella, de sincero arrepentimiento- y que bien te lo has montao, pescao. Eran otros tiempos. 

* * * * * * 

Esta es una de las primeras novelas de un Tolstoi que estaba a puntito de liarse a escribir Guerra y Paz. Y no es que esté mal ni que a mí todo esto del amor -y las flores del estío y las gotas de rocío en el cabello o su mano en el talle o la caricia en la nuca- no me interese (que no) sino que quien mucho abarca poco aprieta y en mi opinión Tolstoi reduce el sentir de la mujer a cuatro pulsiones demasiado básicas: inexperiencia, ilusión, obcecación y resignación. Lo coge una feminista y le parte las piernas. Pasar de puntillas por la maternidad creyendo que es poco más que besar las piernas rollizas de los infantes tampoco ayuda (no digamos ya el estoicismo ante la suegra, algo a todas luces impropio del ser humano). Escrito, lo que se dice escrito, está muy bonito y por falta de interés no es, que para que yo me lea 172 páginas de orgasmos contenidos algo tiene que tener, pero de no olvidar tampoco. 


lunes, 22 de noviembre de 2010

"Los dos húsares", León Tolstói





19 de abril de 1856 

Un Tolstoi de 28 años escribe en su diario (“Diarios (1847-1894)”) que ha terminado su novela en curso (“Padre e Hijo”) a la que, siguiendo el consejo de su amigo y poeta Nekrasov (que por entonces era también codirector de la prestigiosa revista literaria rusa “El Contemporáneo” -primer lugar en qué se publicó esta novela corta-) cambia el título por el de “Los Dos Húsares”, nombre con el que se conocerá partir de ese momento. 


1968 

Este es el año en que se publica por primera vez en nuestro país. Lo hace de la mano de la Editorial Juventud (S.A.) bajo el título “Polikuska y Dos Húsares” (siendo “Polikushka” otro de esos relatos largos o novelas breves de los que nada se sabe pero que gustan de ser incluidos en recopilatorios de diversa índole). 



1993 

Compro en Círculo de Lectores el ensayo póstumo de Italo Calvino “Por qué leer los clásicos”. Se trata de una recopilación de críticas literarias de grandes y medianos clásicos, más o menos (des)conocidos; críticas que parecen llevar implícita la esperanza de invitar a su lectura a la vez que defender obras en desuso. En cierto modo esa compra es mi primer intento serio de acercarme a ellos: a los “clásicos”, quiero decir. Recuerdo, por aquel entonces haber afrontado sin mucho éxito lecturas como la “Metamorfosis” de Ovidio, las “Noches Blancas” de Dostoievski y muy probablemente también “Niétochka Nezvánova”, del mismo autor, si es que, tal como recuerdo, estaban compendiados en un tomo de coleccionable: aquellos publicitados como grandes obras de la literatura: encuadernados simulando piel y de tamaños diferentes, quizá con la intención de darle al comprador, por el mismo precio, la categoría de coleccionista de arte y (fraudulento) lector de culto. Creo recordar que hubo también un asomo –y subsiguiente susto- a “La Eneida” de Virgilio en una (extraviada) edición mucho más vulgar: blanca, de bolsillo: de auténtico lector de bajo presupuesto. Esperaba encontrar en el libro de Calvino una invitación que me hiciese atractiva la recuperación de estas obras. Vano intento pues erré de plano al afrontar su lectura de un modo lineal. Quiero decir con esto que debí ahorrarme paseos por latitudes literarias demasiado lejanas porque al fin y al cabo, ¿qué podía esperar mi yo de entonces del relato (“Anábasis”) de Jenofonte sobre una expedición de diez mil mercenarios griegos a Persia o las maravillas que se ocultan en “Las Mil y una noches”? ¿Qué me hizo pensar que aquella metamorfosis ovídica era un paso a la hora de afrontar obras más modernas y menos mitológicas? (esto me hace sospechar que fue el libro de Calvino lo que me influenció a la hora de llegar a Ovidio y no, como creí al iniciar este relato, mi incapacidad de enfrentar al segundo por lo que busqué al primero) o ¿de dónde saqué la ridícula idea de que la mejor forma de huir de “El Quijote” era refugiándome en “Tirant lo Blanc”?). Ahora sé que hubiera sido mejor acercarme sin tanto recelo al ecuador del libro porque a pesar de ser una zona también desconocida resultaba, por su realismo, mucho más accesible; estaba toda ella (la zona) empapelada de referencias a textos inéditos de Dickens (“Our mutual friend”), relatos de Flaubert (“Tres cuentos”) y otras obras que quizá por ignorancia consideraba entonces menores: “El hombre que corrompió a Hadleyburg” de Mark Twain, “Daisy Miller” de Henry James, “El pabellón de las dunas” de Robert Louis Stevenson y el motivo de este artículo: “Los dos Húsares” de Tolstoi. 



2007 

El diario El País reedita “Los dos húsares”: es un libro más entre los 30 que integran un coleccionable diario dedicado al relato breve de grandes autores. Recuerdo vagamente aquel coleccionable. Quizá pensé que era una forma un tanto extraña de aumentar las ventas; seguramente no: lo más probable es hubiese descartado su compra, no por no ser comprador habitual de periódico alguno (ya que no sería la primera vez que hiciese el esfuerzo por según qué colección) sino porque por aquel entonces me interesaba más la compra de clásicos modernos del cine en dvd. 



Octubre de 2010 

Descubro por casualidad, al caer la faja promocional de un libro que consulto un poco por azar en unos grandes almacenes, que estamos en el “Año Tolstoi”. No necesito investigar demasiado para darme cuenta de que es un homenaje que está pasando sin pena ni gloria, sin publicidad, sin esperanza de vender reediciones de libros que al fin y al cabo ocupan ya las estanterías de la gran mayoría de las casas, gastados en su mayoría de tanto no leerse: húmedos, carcomidos, suplicando un prólogo decente. Nadie ha tenido la genial idea de aprovechar el momento para reeditar sus obras completas en económicos fascículos quincenales, con formatos variables y falsas encuadernaciones en piel. ¡Qué poca iniciativa editorial! ¡Qué falta de visión comercial! ¡Qué lástima la sensación de ver pasar el año y no tener ni un triste calendario con foto que usar de marca páginas! Hacer coincidir este año con este homenaje no es casual; no ha sido el azar el que ha dictaminado tal cosa, ni hay intereses ocultos en esto. El 20 de noviembre de hace 100 años, con 82, moría Tolstoi de neumonía en la estación de ferrocarril de Astápovo, acompañado de su hija Alexandra y de su inseparable médico Makovitski con quienes había huido de Yasnaya Polyana, su hogar, y de su mujer, Sofia, para envejecer en soledad. Apuesto a que la estación estaba nevada y solitaria, como nos gusta a los nostálgicos que sean las estaciones rusas de hace 100 años; nevadas como aquellos parajes en los que vivían pobres y enamorados Yuri Zhivago y la dulce Lara. Muere Tolstoi dejando un legado de 180.000 páginas manuscritas entre las que se encuentran algunas de las obras cumbres de la literatura mundial. 




EPÍLOGO

Noviembre de 2010 

Resulta desalentador descubrir que aquella pequeña obra motivo de esta entrada, considerada por cierto sector de la crítica como la tercera mejor novela del autor, malvive en el anonimato. Todos mis intentos de encontrarla han sido inútiles. Inútil encontrarla y por extensión imposible leerla. Hubiese sido un bonito gesto que este año, aniversario de su muerte, alguna modesta editorial la hubiese rescatado del olvido. Me hubiese conformado con una edición sencilla, de bolsillo, ya fuese sola o recopilada conjuntamente con otras obras mayores, menores o insignificantes, cuentos o relatos, o restos de diarios como aquel que su mujer le encontró oculto en una bota. Pero no ha podido ser. Me quedan dos consuelos: por un lado la mastodóntica reedición que sacó el mes pasado la editorial El Aleph, que vuelve a traducir "Guerra y Paz" para presentarla con un excepcional formato y hacerle, esta vez sí, un justo homenaje a su figura, inmensa también; y por otro esa novela llamada "Sobre mi padre" traducida por la editorial Nortesur, que sirve para recoger los diarios escritos por los protagonistas de los últimos días de Tolstoi, en especial los de su hija y confidente Tatiana Tolstoi.