Buen momento ahora que sale el sol después de permanecer escondido toda la mañana, para contaros algo sobre el delicioso concierto que dieron ayer en la Ciudad Condal, Joanna Newsom y Beach House. En ese marco tan incomparable que es el Pueblo Español pude disfrutar junto a mis apreciados Viktor y Atticus y con la presencia de los encantadores JM Hulme (os recomiendo fervientemente su magnifico blog 'Carretera 61 cortada', que podréis encontrar enlazado en la derecha de la pantalla), Julia y Vanessa, a los que tuve la gran fortuna de conocer ayer in person, de uno de los mejores conciertos del año. Que gran acierto de los organizadores del Primavera Sound este cartel y esta nueva propuesta que ha llevado por nombre 'Fly me to the moon', que además en la jornada anterior contó con The Suicide Of Western Culture y Animal Collective para abrir fuego (yo no pude asistir, pero puedo asegurar en boca de Viktor que estuvo muy bien y no defraudaron en absoluto ninguno de los dos grupos). Tras superar un ligero desajuste de horarios quedé con el par de majos en la plaza España y fuimos chino-chano dando un paseo sabedores de que llegábamos con tiempo, hasta que JM nos puso en alerta vía telefónica al decirnos que se había formado cola. Falsa alarma, porque era una mera cuestión de que todavía no había realizado la apertura de puertas, buena noticia al mismo tiempo porque de ese modo resultó muy fácil encontrar al trío maravillas. Una pequeña conversación, unas risas sobre música, sensación térmica, veraneo y fútbol, y con toda la gentileza del mundo nos guardaron un sitio a los tres acoplados para que nos pudiéramos ir a cenar un bocadillo reponedor de fuerzas. Única queja de la noche, ya que sinceramente, ese bocata de pinchos con el que engañé al estómago estaba más crudo que el retorno de Bojan Krkic a la disciplina azulgrana, es más, creo que si hubiera ido al matadero y le hubiera pegado un bocado a uno vivo habría salido ganando en cuanto a sabor, y que conste que hablo desde mi condición de experto, pues a mí del cerdo, ese entrañable animal, me gustan hasta los andares, pero en fin, que me desvío del tema...una divertida situación con un ave rencorosa a la que no le gustó que nos sentáramos en sus aposentos, nos hizo acelerar la degustación improvisada y volvimos de nuevo a completar el grupo, unas pocas anécdotas más que compartir y silencio absoluto, la dulce Joanna, acompañada de Neal Morgan, Ryan Francesconi y Katie Kresek comenzaba su recital. Que exquisitez de voz, que puesta en escena tan bella, ataviada ella con su vestido 'mantel de picnic' de diseño cincuentero, con que suavidad acaricia las cuerdas de su arpa, que buena comunicación con sus músicos y que humildad la suya a la hora de dirigirse al público con una amplia sonrisa, junto con su agradecida cantidad de parabienes hacía la banda titular, Beach House, a los que profesó su admiración en numerosas ocasiones, ella que tiene tanto nivel, que bonito gesto. Eso solo son añadidos porque lo que de verdad nos inundó el corazón de ternura fueron sus canciones, un remanso de paz folk que repasó sus tres discos de estudio publicados hasta la fecha, sonando desde la hipnótica "Cosmia" a "Bridges and balloons" (de este corte tengo por ahí una versión hecha por el genial Colin Meloy de The Decemberists, que recomendaría hasta la saciedad), pasando por "81", "The book of right on", "Sprout and the bean" o esa fantástica "Peach, plum, plear" con la que cerró un set corto que apenas alcanzó la hora de duración pero que nos dejó a todos cautivados. Un pequeño corro para comentar nuestras impresiones y tras veinte minutos de espera la mar de amenos por esa situación y por la oportunidad de acercarse a la barra a refrigerarse (yo con agua, quién me ha visto y quién me ve, pardiez! aunque tenía que pasar un gelocatil por mi garganta y era lo justo) y salida imponente del (ahora) trío de Baltimore (Maryland) esa oscura ciudad donde se desarrolla la trama de la genial serie 'The wire'. Que asombrosa iluminación, que atmósferas, esa estética ochentera de su seductora vocalista, oh! que indescriptibles sensaciones me produjo su concierto. Fue como introducirse en un mundo imaginario donde nuestras reflexiones cobran una vida paralela como si estuviéramos inmersos en pleno escenario de una carretera secundaria misteriosa de esas que tan bien refleja el genial cineasta David Lynch en sus filmes. Tenía muchísimas ganas de verles actuar desde que mi admirada Lapor (responsable de esa octava maravilla de la blogosfera llamada '(relatos agridulces) de cine y otras culturas') me habló de ellos a razón de su participación en el Primavera Sound '10, que me perdí por la agonía que me suponía tener que ver a Wilco desde donde Cristo perdió la zapatilla, y es que ya lo describía ella de fábula en un viejo post-crónica sobre aquel bolo con estas palabras 'Composiciones poéticas, etéreas, de una ensoñación casi orgánica...',' ...esos acordes tan adictivos, esa tan poco convencional elegancia' y es que no se puede describir mejor la primera sensación que te causa verles sobre las tablas. El eco de Slowdive flotando en el aire y un juego de luces tenues nos trasladaron a otra época, quizás aquellas que no vivimos en primera persona del todo, pero que recordamos en nuestra cara nostálgica inconsciente.
Fue tan especial que no es de justicia describirlo con palabras, lo cierto es que lo suyo es poder asistir y comprobarlo por uno mismo, pero el caso es que me alegró sentir la emoción de esa manera y olvidarme de esa queja infundada que suelo comentar con los amigos, de que no consigo derramar lágrimas con la música a pesar de ser mi pasión y que me da mucha envidia quién llega a ese extremo. Ayer tuve la constante corazonada de que me podía derrumbar y derramar unas cuantas y todo por la magia de canciones como "Silver soul", "Zebra", "Norway", "Walk in the park", "Gila", "Real love", "Better times", "Take care", entre otras que como podéis ver no halago individualmente porque tengo pensado comentarlas mañana en un post dedicado a su monumental 'Teen dream' (hoy dejo el magnifico 'Ys' de Joanna Newsom). En resumen una jornada magistral que continuo con unas cervezas, más dosis de risas, un sincero análisis de lo visto y disfrutado, y un viaje de vuelta final deplorable con un servidor cogiendo complejo de sardina al lado del conductor de un abarrotado autobús, mientras le oía gritar improperios contra el camión de la basura. Que dura es la vuelta a la realidad...habrá alguna forma de vivir a perpetuidad dentro de la sensación que dejan Beach House cuando estás abducido por su sonido?...