…si lo que es más preciado se esconde y lo más vil se deja expuesto,
¿acaso no es evidente que la sabiduría que se prohíbe ocultar es más vil que la locura que se manda esconder?
Erasmo, Elogio de la Locura
Mostrando entradas con la etiqueta infancia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta infancia. Mostrar todas las entradas

19 abr 2012

Los cosifluos y la teoría de la relatividad



Me apabulla tanto el paso del tiempo que ni siquiera puedo usarlo como debería.

Hoy no lograba escribir, así que perdí más tiempo mirando los millones de fotos que uno saca y guarda en la computadora. Encontré, entonces, estas figuras que había hecho Cande en el verano cuando le regalaron una cajita de plastilinas. 

Con concentración y velocidad apabullante, en menos de media hora, creó esta multitud de miniaturas, que después Diego bautizó como "cosifluos" en su álbum de fotos.







 




Es tristísimo ver a un caracol

que tenga el feo vicio del alcohol.
Tarda catorce meses
en ir haciendo eses,
desde un palo borracho hasta un farol.


(María Elena Walsh, Zoo loco, 1964.


23 dic 2011

Ceibos para Navidad






Que nuestras navidades en días calurosos, largos y llenos de sol del hemisferio sur mantengan la imaginería y hasta muchas costumbres importadas del hemisferio norte es, cuanto menos, extraño. Por no decir ridículo y hasta delirante.


Estamos tan acostumbrados que casi no lo notamos, es como algo naturalizado sobre lo que ni se piensa. 



Así es que nuestros chicos tardan en descubrir que toda la nieve, trineos y personajes abrigados que pueblan la ciudad por estas fechas sólo se explican por lo que se está viviendo en la otra parte del mundo y que aquí son sólo una pose. O una campaña de marketing envuelta en un halo de tradición, porque con la fiesta religiosa tampoco tienen nada que ver… 

Pero no importa, nieve por todos lados, navidad viene escrita con copos de nieve y hombres barbudos abrugadísimos en todos los negocios de la ciudad, aunque nos estemos calcinando a 35ºC y lo que se vendan sean bikinis, ojotas y juguetes de playa.



Lo mismo pasa con tantas lucecitas blancas y de colores que quedan muy lindas adornando balcones, techos y calles, pero que aquí recién empiezan a notarse y lucirse después de las 8 de la noche, cuando cae el sol. 

Sin duda que la costumbre de poner velas y luces de colores debe ayudar a sobrellevar las largas noches de invierno, que aquí también tenemos, claro, pero en el momento normal y adecuado para el invierno que –como todos saben– es a mitad del año: junio, julio, agosto… 

¿Cómo a alguien se le puede ocurrir poner el invierno a fin de año, justo cuando uno se está preparando para el solcito y se empiezan a vender jazmines en las florerías? 

¿No es el mundo una locura? 




En fin, no es que me quiera hacer la nac&pop justo ahora (¡Dios me libre!), ni quiera negar el antiguo simbolismo del tradicional árbol navideño, pero cuando veo estos ceibos floridos de combinación cromática tan europeamente navideña, no puedo dejar de pensar que serían un buen adorno para nuestras fiestas rioplatenses. 

Bien coloridos y más autóctonos (y auténticos) que esos pinos plásticos colmados de brillos y adornos artificiales.



Así es que, como regalo de fin de año, me gustaría compartir una receta infantil, quiero decir algo que me enseñaron de chica y en lo que pienso cada vez que veo una flor de ceibo: los patitos de ceibo. Aquí van, paso a paso.


Se toma una flor de ceibo, se le saca la vaina y ya queda listo el cuerpo y la cabeza del patito.


Luego se divide la vaina para formar las alas. A los costados del cuerpo se hacen dos incisiones (la uña del pulgar es el instrumento perfecto).


Se colocan las dos partes de la vaina como alas y queda ya listo un lindo patito que sabe flotar muy bien en aguas tranquilas y sirve para hacer carreras en aguas más movidas.   




El ángulo y lugar exacto donde se coloquen las alas permite cambiar el aspecto y personalidad de nuestra criatura.


 Ahora que lo pienso también podrían ser tortugas marinas ...



Sea como fuere, patito o tortuga, al fin y al cabo, quería que estas imágenes me sirvan para desear a todos una feliz Navidad, con calor, frío, plástico,  ceibos o el adorno y la compañía que más los ponga felices. 



 ¡Paz y amor, amistad y salud, y todos los mejores deseos para estas fiestas!

2 oct 2011

Parecidos

Nunca sabré si es por un exceso de "humanismo" o, por el contrario, a causa de mi fobia social, pero lo cierto es que no puedo dejar de hallar parecidos entre las cosas y los humanos. Y más de una vez los animales me parecen igualitos a personas conocidas. Así es que tuve un gato que era igual, igual, igual a Marcello Mastroiani... Lo juro.

Pero ahora no quiero hablar de gatos sino de casas. De una casa, en verdad. Queda en Parque Chas y apenas la vi pensé en un uniforme azul, en una tonada correntina y en un grito de "¡Desacatáus!". Era un recuerdo de mi infancia que tenía olvidado.



Habrá desalmados racionalistas que no lo entiendan, pero mírenla de cerca:



¡Esta casa es igual al comisario de Hijitus! Los bigotitos de costado son lo más característico.



Aquí aparece un poco antes del minuto 3:00. 


Muy poco políticamente correcto eso de llamar a la policía por un niño travieso. Muy "setentas", claro. Mis preferidas son las dos viejas del patronato: un retrato preciso. 

15 may 2011

Orgullo paterno



Algunos tips e instrucciones.



(A la fecha, once años y medio de experiencia la respaldan)



Las actividades artísticas suelen ser apreciadas por padres de fino sentido estético.






También enorgullece el interés por el bricolage a quienes saben hacer de todo en la casa y nunca les viene mal una mano extra de ayuda.






Destacarse en maniobras náuticas no es poca cosa para los padres navegantes.








Pero –entre muchas más cosas compartidas– en los últimos días la hija lectora colmó aún más de orgullo a este padre:





el estar tan entusiasmada con su primer acercamiento a Asimov, se lleva todas las palmas. 




(¡Cuánta ciencia ficción la está esperando en la biblioteca paterna!)

5 may 2011

Bicho-feo


Uno de mis pájaros preferidos de nuestra región es el benteveo. Es un ave bien común, nada de esas figuritas difíciles para los ornitólogos y que raras veces se ven. No, un pájaro que podemos encontrar en los parques de la ciudad, en los jardines de las afueras y cerca de los ríos y arroyos del Delta. Pero nunca me canso de buscarlos y mirarlos.

Me gustan porque me parece que tienen una gran personalidad, sus ojos con antifaz ya dan indicios: son audaces, decididos y muy valientes.

Lo que más disfruto es verlos cazando bichitos en un jardín, robándoles comida a los perros o haciendo vuelos rasantes en el agua para pescar larvas o migas de pan. También los he visto pelear con su mismo reflejo en los confusos vidrios de alguna ventana iluminada por el sol; sus picos duros golpeando con fuerza en el cristal una y otra vez con vuelos furtivos, como un blitz diurno y bastante poco letal.



Pero aún sin verlos, su canto me trae recuerdos de cuando era chica y pasaba veranos en la quinta que tenía mi abuela cerca de la ciudad de La Plata. Ella fue la que me enseñó a ponerle letra al canto del benteveo: “Bicho-feo, bicho-feo, ¡sacáte la gorra y ponéte el sombrero!”. 

(Otros ejemplos de cantos aquí y aquí...)

Ese canto y el de las chicharras hacen el verano. Los dos me transportan, claro está, en un agradable túnel del tiempo.


10 ene 2011

María Elena Walsh y la flor redonda

Hoy murió María Elena Walsh a los 80 años.

Liniers en su blog publicó una despedida preciosa que refleja el sentir de muchos.
En otras entradas di fiel testimonio de mi cariño y admiración hacia su obra (aquí y aquí).

Pero aquellas veces hablé especialmente de su música y canciones, por eso hoy me gustaría recordar uno de sus mejores cuentos. O al menos uno de mis preferidos. Es deliciosamente irónico y sentimental a un tiempo, gracioso y profundo y sin duda tiene una estructura perfecta.

Es "El país de la Geometría" que se publicó por primera vez en la colección de cuentos El diablo inglés de 1974. Después apareció contado por la misma autora en el disco Cuentopos con música de Oscar Cardozo Ocampo.

Aquí se puede escuchar (¡no sean tontos retontos, y no dejen de hacerlo!), a través de este sitio uruguayo.

Y a continuación el texto:

El país de la Geometría

Había una vez un amplio país blanco de papel. El Rey de este país era el Compás. ¿Por qué no?
El Compás. Aquí viene caminando con sus dos patitas flacas: una pincha y la otra no.

Jo jo jo jo jo, 
una pincha y la otra no.

El Rey Compás vivía en un gran palacio de cartulina en forma de icosaedro, con dieciocho ventanitas. 
Cualquiera de nosotros estaría contento en un palacio así, pero el Rey Compás no. Estaba siempre triste y preocupado.
Porque para ser feliz y rey completo le faltaba encontrar a la famosa Flor Redonda.

Jo jo jo jo jo, 
sin la Flor Redonda no.

El Rey Compás tenía un poderoso ejército de Rombos, una guardia de vistosos Triángulos, un escuadrón policial de forzudos Trapecios, un sindicato de elegantes Líneas Rectas, pero... le faltaba lo principal: ser dueño de la famosa Flor Redonda.
El Rey había plantado dos Verticales Paralelas en el patio, que le servían de atalaya. Las Paralelas crecían, crecían, crecían...
Muchas veces el Rey trepaba a ellas para otear el horizonte y ver si alguien le traía la Flor, pero no.
Había mandado cientos de expediciones en su búsqueda y nadie había podido encontrarla.
Un día el Capitán de los Rombos le preguntó:
–¿Y para que sirve esa flor, señor Rey?
–¡Tonto, retonto! –tronó el Rey–. ¡Solamente los tontos retontos preguntan para qué sirve una flor!
El Capitán Rombo, con miedo de que el Rey lo pinchara, salió despacito y de perfil por el marco de la puerta.
Otro día el Comandante de los Triángulos le preguntó:
–Hemos recorrido todos los ángulos de la comarca sin encontrarla, señor Rey. Casi creemos que no existe. ¿Puedo preguntarle para qué sirve esa flor?
–¡Tonto, retonto! –tronó el Rey–. ¡Solamente los tontos retontos preguntan para qué sirve una flor! 
El Comandante de los Triángulos, temeroso de que el Rey lo pinchara, salió despacito y de perfil por una de las dieciocho ventanas del palacio.
Otra tarde la Secretaria del sindicato de Líneas Rectas se presentó ante el Rey y tuvo la imprudencia de decirle:
–¿No le gustaría conseguir otra cosa más útil, señor Rey? Porque al fin y al cabo, ¿para qué sirve una flor?
–¡Tonta, retonta! –tronó el Rey–. ¡Solamente las tontas retontas preguntan para qué sirve una flor!
La pobre señorita Línea, temerosa de que el Rey la pinchara, se escurrió por un agujerito del piso.
Poco después llegaron los Trapecios, maltrechos y melancólicos después de una larga expedición.
–¿Y? ¿Encontraron a la Flor Redonda? –les preguntó el Rey, impaciente.
–Ni rastros, Majestad.
–¿Y qué diablos encontraron?
–Cubitos de hielo, tres dados, una regla y una cajita.
–¡Harrrto! ¡Estoy harrrto de ángulos y rectas y puntos! ¡Sois todos unos cuadrados! (Este insulto ofendió mucho a los Trapecios).
–¡Estoy harrrto y amarrrgado! ¡Quiero encontrar a la famosa Flor Redonda!
Y todos tuvieron que corear la canción que ya era el himno de la comarca: 

Sin la flor redonda no.
Jo jo jo jo jo.

Los súbditos del Rey, para distraerlo, decidieron organizar un partido de fútbol. Las tribunas estaban llenas de Puntos alborotados. Los Rombos desafiaban a los Triángulos.
En fin, ganaron los Triángulos por 1 a 0 (mérito singular si se tiene en cuenta que la pelota era un cubo). El Capitán de los Rombos fue a llorar su derrota en un rincón.
El Comandante de los Triángulos, cansado y victorioso, se acercó al Rey:
–¿Y? ¿Le gustó el partido, Majestad?
–¡Bah, bah!... –dijo el Rey, distraído, siempre con su idea fija–. No perdamos tiempo con partidos; mañana salimos todos de expedición.
–¿Mañana? Pero estamos muy cansados, señor Rey. El partido duró siete horas; usted no sabe cómo cansa jugar con una pelota en forma de cubo.
–Tonto, retonto, mañana partimos.
A la mañana tempranito el Rey pasó revista a sus tropas. Había decidido salir él mismo a la cabeza de la expedición. Rombos, Cuadrados, Triángulos, Trapecios y Líneas Rectas formaban fila, muertos de sueño y escoltados por unos cuantos Puntos enrolados como voluntarios.
Allá se van todos, en busca de la famosa, misteriosa y caprichosa Flor Redonda.
La expedición del Rey Compás atravesó páginas y cuadernos desolados, ríos de tinta china, espesas selvas de viruta de lápiz, cordilleras de gomas de borrar, buscando, siempre buscando a la dichosa flor.
Registraron todos los ángulos, todos los rincones, todos los vericuetos, bajo el viento, la lluvia, el granizo y la resolana.
–Me doy por vencido –dijo por fin el Rey. Quizás ustedes tenían razón y la dichosa Flor Redonda no exista. Quizá no eran tan retontos como yo pensaba. Volvamos a casita.
Cuando volvieron, el Rey se encerró en su cuarto, espantosamente triste y amargado.
Al rato entró la señora Línea a llevarle la sopita de tiza y se preocupó mucho al verlo tan triste. 
–Señor Rey –le dijo para consolarlo–, ¿no sabe usted que siempre es mejor cantar y bailar que amargarse?
Cuando la señorita Línea se hubo deslizado por debajo de la puerta, el Rey, que no era sordo a los consejos, dijo:
–Y bueno, probemos: la la la la... Y cantó y bailó un poquito.
Bailando, bailando, bailando, descubrió sorprendido que había dibujado una hermosa Flor Redonda sobre el piso de su cuarto. Y siguió bailando hasta dibujar flores y más flores redondas que pronto se convirtieron en un jardín.

Jo jo jo jo
y la Flor la dibujó.
María Elena Walsh. 



¿No es encantador? 

Me parecía perfecto además como despedida de alguien que debe haber buscado mucho durante su vida y más de una vez habrá descubierto que aquello que buscaba podía encontrarlo en sí misma.

8 jun 2010

El libro de Ruth y Ten Minutes Older

Hoy a las 18 horas en Sarmiento 2573 se presenta el último libro de Ruth Mehl, El teatro para niños y sus paradojas. Reflexiones desde la platea, Buenos Aires, Instituto Nacional del Teatro, 2010.



Hojeo ahora sus páginas y me reencuentro, entre otras cosas, con su preocupación constante sobre la recepción infantil del teatro. Su propia experiencia es un ejemplo encantador:
Para mí, cada ida al teatro es un ritual. Participo de la ceremonia de obtener mi entrada, mi pase, ingresar con la gente, percibir su respiración, seguir a un guía por un sendero delimitado –a veces alfombrado, a veces pintado de colores, a veces con lucecitas que marcan el camino o advierten sus desniveles– y llegar hasta mi asiento, que es mío por ese rato. Recibo una especie de certificado, una hoja de ruta, un recuerdo (que eso y muchas otras cosas es el programa), me siento, miro a mi alrededor, leo ese papel, escucho la música, los ruidos, la gente que llega y se acomoda, oigo las voces de los niños excitados, preguntando o pidiendo, percibo una especie de respiración, de latido animal de algo que me rodea y se va convirtiendo en una masa compacta que espera impaciente, una ciudad que, junto conmigo, en ese lugar mágico, ese altar, que está a oscuras o cerrado por una cortina que yo sé que se va a descorrer o levantar, o unos bultos o formas misteriosas y quietas que anticipan sin revelar. Entonces me llega el momento de entregar mi complicidad, y me relajo, suelto mis reservas y me preparo para lo que va a pasarme.
El espacio mágico que se crea en la sala para los niños debería hacerlos sentir que comienzan una aventura desde que se sientan en sus butacas. Pero como siempre nos tenía acostumbrados, sus observaciones tienen un alto componente de crítica, en el mejor y más completo de los sentidos: amonestación y guía. 
Por lo que he observado, en general, para los niños ir al teatro es participar de una fiesta. En la infancia los ritos son muy importantes. En el teatro, la ceremonia comienza en la puerta. Este momento suele ser ignorado, dando un mensaje equivocado, por muchas compañías que hacen esperar a los chicos en lugares incómodos, no respetan un orden y crean situaciones de malestar que los llevan inquietos o acelerados hasta el interior de la sala.
Me entero, por sus alabanzas, de la sala del titiritero Sergei Obratzov en Moscú y su concepción integral que ella tanto compartía:
Sergei Obratzov, el gran titiritero ruso, al hablar de cómo tenía su espectáculo montado en la sala de Moscú, destacaba la importancia que para él tenía la manera de recibir a los niños antes del comienzo de su espectáculo. El hall  de acceso era un jardín, con una inmensa pajarera, y una fuente. De ese modo, los niños esperaban en un lugar de fantasía lleno de detalles sugerentes que los iniciaba en la propuesta de aceptar la idea de un viaje mágico. Si bien en este caso era el Estado soviético quien hacía posible emprendimientos de este tenor al financiar la sala y sus producciones –exclusivamente dedicadas a los niños durante todo el año– lo que interesa señalar es la importancia que tiene la manera en que se recibe al espectador y la conciencia de que en los momentos previos a la función también hay códigos y mensajes que el niño procesa.
Y vuelvo a escuchar sus palabras tan acertadas y sabias sobre el niño espectador, cómo se involucra y cómo muestra su participación:
En la mayoría de los casos, cuando los niños disfrutan profundamente de una espectáculo se quedan en silencio rumiando. Es como si no quisieran despertar de la magia, para permanecer en el mundo encantado que se armó en el escenario. No saben lo que les pasa ni qué les gustó más, y menos aún, por qué. (...) La titiritera Mane Bernardo solía contar que en una de las primeras ediciones de la Feria del Libro de Buenos Aires (en esa época se hacía solamamente para adultos) se decidió ofrecer algunos espectáculos para niños y ella fue convocada. Durante una de las funciones, se presentó un ejecutivo de la comisión organizadora de la Feria. Mane cuenta que la sala, colmada, estaba en un silencio total. El buen señor se acercó y le susurró: "¿Pero dónde está la participación?". Y ella contestó: "¿Quiere más participación que este silencio?".
Así es que este primer acercamiento al libro de Ruth recordó inmediatamente el corto de Herz Frank que nos hizo conocer Santiago el año pasado. Allí un niño ruso, posiblemente sentado en una butaca del teatro de Obratzov, es un espectador modelo de una representación de títeres. Sólo vemos su cara, pero no se necesita más. 



¿Conocería Ruth este corto? Seguramente sí. Lamento no haber llegado a preguntárselo. 

21 may 2010

Druth

Así bautizó mi hija mayor a Ruth Mehl, la mamá de su tía postiza, Ximena. La "r" no le salía bien hasta pasados los cinco años, así que Ruth era Druth. Pero Trini bien que se enojaba cuando la imitábamos: "No se dice 'Druth' –sentenciaba– se dice 'Druth'", produciendo un imperceptibilísimo cambio de sonido que era más bien de tono.

Desde la panza la conoció a Ruth, porque por suerte yo me había cruzado con su hija en la facultad muchos años antes. Aunque la verdad sea dicha, a quien conocí primero –de nombre al menos– fue a Ruth. De Ximena me hice amiga sólo porque descubrí que era la hija de Ruth Mehl... Siempre leíamos con mucho gusto sus críticas de espectáculos infantiles en La Nación, por más que no hubiera todavía Trinis ni Candes en la mente de nadie. (De no haber sido por eso, "ya estaría yo aquí" siendo amiga de Ximena, ¡qué va...!)

Las críticas de Ruth eran complejas como ella. Llenas de percepciones sutiles, con ideas severas sobre la calidad que debe exigirse a los artistas y lo que se merecen los niños, pero también desbordantes de simpatía, calidez y humor. Gracias a Ruth, cuando sólo la leíamos y luego más aún cuando mutuamente nos adoptamos como familia, descubrimos tantas cosas valiosas: músicos, titiriteros, actores, ilustradores, libros para chicos, autores de ciencia ficción, películas, series.

No podríamos ahora llegar a contar tantos descubrimientos por su culpa, tantos gustos compartidos, tantas enseñanzas sobre gustos... Quizás de a poco lo podremos ir haciendo, pero no hoy porque todavía estamos demasiado conmovidos por el hecho de que no esté más aquí con nosotros. El 18 de mayo murió Ruth Mehl tras haber sido operada del corazón. Mantuvo su buen humor hasta antes de la operación y después ya no se despertó. También en el final, entonces, nos dejó un ejemplo de vida con esa envidiable presencia de espíritu.

Por eso, tal vez, lo que sí podemos hacer ahora es imitar su gesto difusor. En una mínima escala de lo que ella hizo y compartió con nosotros, podemos mostrarles uno de los libros que le regaló a Trini cuando andaba por los dos años. A ella se lo habían enviado como jurado del prestigioso concurso Hans Christian Andersen de literatura infantil y nos aseguraba que era precioso.

No se equivocaba, por supuesto. Ese libro fue desde entonces nuestro preferido. Así que ahora, esperando no enemistarme con nadie por cuestiones de copyright, lo comparto con ustedes.




El almacenero Tejón estaba haciendo la cuenta de la Señora Oveja.
–Tres y tres son seis, y dos son… ¡BUUUU! –y gritó BUUU tan fuerte que la pobre Señora Oveja estuvo a punto de morirse del susto. La Señora Ganso, que esperaba su turno, pegó un salto casi hasta el techo, y el almacenero Tejón no paraba de reirse:
–¡Es la tercera vez que te hago pegar un salto esta semana! –dijo.
Mientras tanto, la Señora Cerdo tendía alegremente la ropa y su esposo leía el diario sentado a su lado. De repente, desde detrás de los arbustos, apareció Benjamín Leopardo dando un brinco. Llevaba puesta una máscara y rugía estruendosamente: “¡¡BUUU!!” 
La Señora Cerdo pegó un salto y fue a caer encima de la ropa. El Señor Cerdo saltó de su hamaca derramando el té, mientras Benjamín Leopardo reía, más fuerte incluso que el almacenero Tejón.
Ese mismo día llegó el elefante al pueblo. Cuando los animales daban la bienvenida al nuevo vecino, la vaca gritó “¡BUUU!”, haciendo que el león pegase un salto, mientras todos los demás estallaban de la rida.
–Habrás querido decir muuuu, dijo el elefante, frunciendo el ceño.
–No…, es un juego nuestro –explicó con una risita la Señora Cerdo, se llama “Hacer saltar al otro”.
Ah! –dijo el elefante– Bueno, los elefantes nunca saltan.
–¿¡Nunca saltan!? –gritaron asombrados todos los animales.
–¡Nunca! –dijo el elefante– hay DOS cosas que nunca hacen los elefantes: nunca saltan y nunca olvidan.
Estas palabras excitaron mucho a los animales y en cuanto el elefante se alejó, decidieron organizar un concurso para ver quién conseguía hacer saltar al elefante.
Al día siguiente, el elefante estaba paseando cuando, desde detrás de una roca, el león pegó un salto dando un gran rugido, 
El rugido hizo que Carmen Cabra saltase de donde estaba escondida, esperando su turno para gritar: “¡BUUUU!”
–¿Estás bien? ¿Te pasa algo? –preguntó el elefante al león.
–Sí, sí, gracias –respondió el león, algo desconcertado– en realidad, estaba intentando hacerte saltar.
–Ya te lo dije –prosiguió el elefante– los elefantes nunca saltan!
  A lo largo de los días siguientes, todos los animales intentaron hacer saltar al elefante.
–Por favor –dijo el almacenero Tejón– no lo vayan a intentar dentro de la tienda. Si se pone a saltar aquí, será un desastre!
Pero él mismo se olvidó y gritó con fuerza “¡BUUU!”cuando el elefante fue a comprar unos maníes…
Afortunadamente, no funcionó.

Los animales dejaron de darse sustos unos a otros. Tenía que ser con el elefante o con nadie más; y no sólo lo intentaban de día…
Una noche cuando el elefante se disponía ya a apagar la luz para dormirse, aparecieron dos gallinas en su ventana. Chillaban y se agitaban como si fuesen fantasmas horribles.
–Los elefantes nunca saltan –dijo el elefante bostezando– y menos cuando están en la cama.
Entonces apagó la luz y las gallinas se sintieron muy muy ridículas con sus disfraces

A medida que pasaba el tiempo, y como a los animales no se les ocurrían nuevos trucos, los días fueron volviendo a la normalidad. Uno de esos días, el elefante y algunos animales más fueron a merendar cerca del río.
Él té estaba casi listo cuando se oyó un grito de “¡SOCOOORROOO!” procedente del agua. Los gemelos Tigre estaban jugando con una barca, pero la cuerda que servía de amarra se había desatado. Los animales corrieron hacia el río y vieron cómo la barca era arrastrada rápidamente por la corriente. Estaba ya tan cerca de la otra orilla, que ni siquiera la larga trompa del elefante podía llegar hasta ella.

Van directo a la cascada –gritó el almacenero Tejón– ¡Rápido, vayamos al puente! es la única manera de alcanzarlos.
–Están demasiado lejos ya… ¡No llegaremos a tiempo! –gritó la señora Cerdo mientras todos los animales corrían desesperadamente hacia el puente.
 El elefante fue el único que hizo algo distinto.

Mientras los demás corrían en dirección al puente, el elefante se alejó del río corriendo: se paró, dio media vuelta y corrió de nuevo hacia el agua lo más rápido que pudo. Entonces dio un salto fantástico que lo llevó por los aires hasta aterrizar al otro lado del río. Allí estiró la trompa y arrastró la barca con los gemelos hasta la orilla.
Cuando llegaron los demás animales, vieron que los gemelos estaban sanos y salvos junto al elefante .
–¿Cómo llegaron hasta aquí? –preguntó sorprendido el almacenero Tejón.
–¡Ha saltado, ha saltado!! –dijeron los gemelos con gran excitación– ¡¡Hemos ganado el concurso!! ¡¡Lo hemos hecho saltar!! –gritaban.
–Pero… –dijo el león– nos habías dicho que los elefantes nunca saltan…

–Lo sé –dijo tímidamente el elefante– pero se me olvidó.


 (cliquear en play para escuchar)
"La petaquita" - Teresa Usandivaras -  CD ¿Jugamos a cantar?


Queremos terminar esta entrada con la canción que Teresa Usandivaras y Julio Calvo, dos de Los Musiqueros le cantaron para despedirla. Siempre se las pedía, contaron y nos encantó cantarla con ellos y para ella.
La petaquita
(canción tradicional de Chile)

Tengo una petaquita
para ir guardando
las penas y penitas
que voy juntando

Pero algún día,
pero algún día,
abro la petaquita
y la encuentro vacía

Todas las chicas tienen
en sus vestidos
un letrero que dice
“Busco marido”.

Pero algún día,
pero algún día
abro la petaquita
y la encuentro vacía.

Todos los chicos llevan
en sus sombreros
un letrero que dice
“Casarme quiero”.

Pero algún día,
pero algún día
abro la petaquita
y la encuentro vacía.


Ruth se fue pero queda y quedará para siempre en nuestro recuerdo como en el de tanta gente que la quiso y la admiró. Que son muchos y eso no es poco para sentir que una vida fue completa.