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lunes, 12 de enero de 2026

EL HIDALGO DE LOS MARES (Captain Horatio Hornblower, R.N. de Raoul Walsh, 1951)

Jack L. Warner no se lo pensó dos veces cuando compró los derechos de la trilogía de C.S. Forester en cuanto esta fue escrita en 1939 (“The Happy Return”, “Ship of the Line” y “Flying Colors”, números 6, 7 y 8 de la serie Hornblower), aunque luego se tardase más de una década en rodar la película. 


Gregory Peck, que siempre había querido interpretar a Horatio Hornblower, se tomó muy en serio su papel y se preparó a conciencia para ello: antes de empezar recibió clases de navegación y estudió a fondo la guerra naval del siglo diecinueve. Al finalizar el rodaje quedó tan satisfecho de su trabajo que propuso filmar una secuela, proyecto que por desgracia nunca se llevó a cabo. 

La historia que narra El hidalgo de los mares arranca en el Pacífico, en aguas de América Central, con la fragata inglesa “Lydia” bajo el mando de Horatio Hornblower (Gregory Peck). Las intenciones del capitán son entregar armas y municiones al líder mestizo “El Supremo”, aliado de Inglaterra y enemigo común de España. Hornblower cumple su misión y además captura el navío español “Natividad” que también entrega a su tiránico aliado. Lo que no sabe el oficial británico es que España e Inglaterra han firmado una alianza para unir sus fuerzas contra Francia y, por tanto, ahora urge recuperar el “Natividad” antes de que “El Supremo” cometa una barbaridad... 

El hecho de que el propio Forester comprimiese sus tres libros para hacer una sola película se nota demasiado en un guion desigual que se parte en dos: la primera parte, la que se desarrolla en el Pacífico, es mucho más entretenida, con el alto ritmo típico de los filmes de Raoul Walsh y con un desenlace que deja las cosas tan tranquilas que luego es muy difícil de remontar. La acción de la segunda parte se hace de rogar ya que el enamoramiento durante el viaje, la llegada a Inglaterra y el nuevo destino ocupan mucho metraje. La película de aventuras se transforma en un melodrama y el conjunto se resiente de ello.


Por si eso fuera poco, la historia de amor no encajaba con los libros de Forester. Virginia Mayo era demasiado sensual y de ello se quejó Gregory Peck. Walsh atendió las recomendaciones del actor y ordenó que se reescribiera el guion. Los problemas con el libreto no fueron nada comparados con los retrasos provocados por el mal tiempo. Walsh quiso rodar de la forma más realista posible y siempre que pudo embarcó a su equipo a bordo, pero eso tenía un coste en días de producción perdidos a causa de los temporales tan habituales en el mar del Norte. 

El combate naval más interesante de los que salen en la cinta es aquel que se desarrolla en el primer tercio del filme cuando se enfrentan la fragata “Lydia” de Hornblower contra el navío “Natividad” del cacique centroamericano. La secuencia se convierte en uno de los combates navales más bellos nunca dirigidos gracias a la combinación de agilidad en la acción y síntesis narrativa que siempre caracterizó a Raoul Walsh.

El mérito de Walsh es mayor si tenemos en cuenta que antes apenas había dirigido películas de ambiente naval. Destacan tan sólo un par de comedias en los años treinta. Desde luego no fueron estas cintas, sino El hidalgo de los mares la culpable de que Walsh le cogiera el gusto al cine del mar. De hecho, la aventura del capitán Hornblower resultó la antesala de una serie de cintas navales que realizó Walsh ya fuera de la Warner. Fue una trilogía que dirigió en poco más de un año y que arrancó con una de las obras importantes del género: El mundo en sus manos.




El post es un extracto corregido para la ocasión del capítulo dedicado a El hidalgo de los mares en mi libro: CINE Y NAVEGACIÓN. Los 7 mares en 70 películas





domingo, 21 de abril de 2024

EL AUTOREMAKE EN EL CINE. CAPÍTULO III (III)

La elección del elenco de Dama por un día no estuvo exenta de complicación, todo debido a la política de la Columbia de pedir prestado a los actores. El estudio quería a Marie Dressler para hacer de Annie, a James Cagney o a Robert Montgomery para el papel de Dandi, y a W.C. Fields para el de Juez. Los tres primeros procedían de la MGM y se descartaron por una experiencia negativa muy reciente de Capra con Irving Thalberg.[1] Como tampoco llegó a buen término la contratación de Fields, que estaba sujeto a la Paramount, decidieron tirar de la Warner como principal proveedora de artistas. Así, el protagonista de Lady for a Day (Warren William) y dos de los principales secundarios (Ned Sparks y Guy Kibbee) finalmente fueron suministrados por el estudio que regentaba Jack Warner.[2]

 

La decisión de Harry Cohn fue providencial porque los tres actores están estupendos. En ellos descansan los momentos más simpáticos de la película y de sus bocas salen las frases más ingeniosas de Riskin con la espontaneidad y naturalidad que requiere la comedia. Estamos de acuerdo con la opinión de Capra acerca del trabajo de Warren William (3.3) cuando dice que hace un Dandi demasiado “simpático”,[3] aunque eso no empaña su labor al manejar cada situación que se le presenta con la seriedad que se le supone al personaje, manteniendo siempre el control y gestionando su papel dignamente a lo largo de todo el metraje. 

La actuación de Ned Sparks es igual de correcta (3.4), la acidez de su personaje es un antecedente claro a los que brillarían en pantalla años después de la mano de Billy Wilder. Pero quizás, la sorpresa más agradable sea la de Guy Kibbee. El veterano actor se hace con un registro contrario al que solía interpretar en los musicales de la Warner cuando se mostraba nervioso y casi siempre sobreactuado. Ahora no nos imaginamos a otro “Juez” que a Kibbee. La serenidad que transmite al representar su papel especular (el actor que interpreta a un personaje que a su vez actúa) es de lo mejor del largometraje; y las dos secuencias donde juega al billar, la de su presentación y cuando se apuesta la dote de la novia, son de las destacadas del filme (3.5 y 3.6).

Gracias a la decisión de Capra y Harry Cohn de contratar a actores, digamos, con menos personalidad que los Cagney, Marie Dressler o W.C. Fields, la película funciona tan bien. Es una cinta sin un protagonista claro donde nadie destaca especialmente, donde la sinergia triunfa por encima de cualquier fuerte personalidad, tanto en la trama como en la forma de dirigir de Capra: “Sentíamos que todos, el equipo artístico y el equipo técnico, estábamos trabajando para la consecución de un film común. Mr. Capra nos sacó lo mejor de nosotros mismos. Creo que deberían nombrarle ‘director’ de las Naciones Unidas” (opinión de Jean Arthur citada en Moix 1996, p.1102, acerca del método de trabajo de Frank Capra).

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[1] La película se iba a llamar Soviet. Un proyecto que le acarreó más de un disgusto a Capra años después a causa de la “caza de brujas”. El director estuvo trabajando cuatro meses en él, justo antes de Dama por un día, hasta que finalmente fue desechado.

[2] Los tres habían participado ese mismo año en el excelente musical Vampiresas 1933 (Gold Diggers of 1933 de Mervyn LeRoy) con la famosa coreografía caleidoscópica de Busby Berkeley.

[3] Capra lo achacaba a la manía que tienen los actores de leer el final del guion y actuar todo el rato “como si estuvieran en la última escena” (McBride 2011, p.300).




domingo, 14 de mayo de 2023

2 X 1: "PRIVATE DETECTIVE 62" y "MATANDO EN LA SOMBRA" (Michael Curtiz) (II)

Private Detective 62 (1933) 

El gran director Michael Curtiz tuvo una de las filmografías más extensas y de mayor calidad del universo cinematográfico que ahora llamamos cine clásico. De todas sus películas destacan aquellas que dirigió en el seno de la Warner Brothers. De origen húngaro, Curtiz llamó la atención de Jack Warner allá por los años veinte cuando veía lo bien que se desenvolvía el realizador en Austria dirigiendo películas épicas (Esclava Reina, Sansón y Dalila, Sodoma y Gomorra, etc.). Cuando lo contrató, el productor seguramente ya tenía en mente encargarle El arca de Noé (Noah’s Ark, 1928), una cinta estilo DeMille con la que prácticamente se decía adiós al cine mudo.

Pero a Curtiz no solo se le daban bien las superproducciones, enseguida demostró su habilidad para todo tipo de estructuras narrativas. Se quedó en la Warner y ellos que salieron ganando. Dos ejemplos de aquellos filmes tan bien realizados son los policíacos que dirigió en los primeros años treinta con William Powell de protagonista:

En Private Detective 62, el primero de ellos, Powell es Donald Free, el detective privado del título. Después de haber caído en desgracia por haber sido declarado persona non grata en Francia, Free tampoco tiene demasiada suerte al asociarse con Dan Hogan, un colega con pocos escrúpulos, que sigue las instrucciones del dueño de un casino. Free reacciona cuando Hogan y el mafioso planean engañar a una joven a la que el segundo debe mucho dinero.

 

Entretenido filme, que Curtiz realiza sin muchos medios, al estilo de las películas de serie B, pero con un ritmo muy rápido, una narrativa casi perfecta y un dominio de las elipsis prodigioso. Así, Curtiz es capaz de pasar de un país a otro en pocas secuencias mientras el protagonista se mete en problemas, lo detienen, lo juzgan, viaja en un barco, escapa de él y busca trabajo. 

El caso de Curtiz no deja de ser curioso porque le sucedió lo contrario que a la mayoría de directores: de especialista en rodar largometrajes colosalistas, con grandes medios, superproducciones costosas del cine mudo, pasó a dirigir películas de escaso presupuesto, policíacos, dramas, comedias, cintas de aventuras, es decir, de cualquier género, pero siempre con su sello de realizador imaginativo, que manejaba ⸺y acaso inventaba⸺ todos los recursos cinematográficos para convertirse en uno de los que cambió el cine norteamericano para siempre.


Matando en la sombra (The Kennel Murder Case, 1933)

El segundo de los filmes que Curtiz dirigió en 1933 con William Powell al frente del reparto fue Matando en la sombra, adaptación para la gran pantalla de la novela homónima de S.S. Van Dine, creador del personaje protagonista, el detective Philo Vance:

Vance sospecha que el suicidio de un magnate y coleccionista de cerámica china es en realidad un asesinato. La lista de sospechosos (la sobrina, la amante, la pareja de la amante, el secretario, el cocinero chino, el mayordomo que no falte, el hermano, etc.) es extensa debido al mal carácter del finado y a sus chanchullos comerciales, pero la solución del caso se presenta complicada, ya que la víctima se hallaba en un cuarto cerrado por dentro.

Entretenida trama donde todos tenían motivos para matar a la víctima; donde un jarrón chino y una daga son las claves del misterio; y donde la policía se deja aconsejar ⸺y mandar⸺ por un detective famoso, al estilo de las novelas de Sherlock Holmes o Agatha Christie.

 

La cinta es un ejemplo del típico misterio locked-room o habitación cerrada, también llamado “crimen imposible”. Es, sin duda, la mejor de la larga serie de películas que se realizaron sobre la figura del detective Philo Vance ⸺en 1940 se hizo un remake titulado Calling Philo Vance (William Clemens)⸺; Matando en la sombra es la quinta de la saga, la cuarta y última protagonizada por William Powell, y la única dirigida por Michael Curtiz, con su acostumbrada maestría.

La película es un pre-noir donde ya hay algunos estilemas del género que se desarrollaría en los años cuarenta, con la presencia de William Powell ⸺y de Mary Astor, futura femme fatale⸺ un año antes del éxito La cena de los acusados (The Thin Man, W.S. Van Dyke, 1934), que iniciaría otra larga serie de películas inolvidables con Powell, Myrna Loy y el perrito Asta, que por cierto también actúa en Matando en la sombra.






domingo, 23 de enero de 2022

EL AUTOREMAKE EN EL CINE. CAPÍTULO V (VI)

5.1.2. Juntos hasta la muerte (Colorado Territory de Raoul Walsh, 1949).

 Si hubo un estudio especializado en remakes en la década de los cuarenta ese fue la Warner Brothers. Respaldados por antiguos éxitos de taquilla y obligados por la reducción de costes, los productores de la compañía solían encomendarse a viejas historias que habían dado resultado en el pasado.[1] En este ambiente de continuo revival participaban directores como Raoul Walsh, que solo querían trabajar y que se sentían parte del sistema de producción. No es de extrañar, por tanto, que el realizador aceptara el encargo de volver a filmar su éxito de 1941, La Pelirroja (Strawberry Blonde) pero en clave musical. La cinta se tituló One Sunday Afternoon (1948),[2] pero no consiguió, ni de lejos, igualar a su antecesora. La historia, muy querida por Walsh,[3] le permitía recrear el ambiente de su infancia, con el que tanto soñaba, y, sobre todo, recordar a su madre.

Si en la decisión de filmar One Sunday Afternoon no participó Walsh, no ocurrió lo mismo con Juntos hasta la muerte: Tras rodar Fighter Squadron (1948), película en la que debutaba un joven actor llamado Rock Hudson, Walsh estuvo a punto de implicarse en Montana.[4] Después de dirigir algunas escenas de acción, el cineasta abandonó la producción, pero no el deseo de realizar un western.

Walsh, habituado, como decimos, a la política de repetición sistemática del estudio se planteó volver a El último refugio, pero cambiando el género. Aprovechando que Jack Warner no hacía otra cosa que rechazar guiones, que  “estaba atascado, sin tener claro cuál sería el siguiente lanzamiento”, le propuso la idea y éste le contestó: “De acuerdo, empiezas mañana” (Moss 2011, p.283). 

Sin dudar de que las cosas sucediesen de esa forma, hay un hecho que pudo ser definitivo para que Warner tomara la decisión: ese mismo año, el estudio ya había probado con éxito la fórmula propuesta por Walsh de transformar una trama policíaca en una película del oeste. Nos referimos a South of St. Louis (Ray Enright, 1949), un western que retomaba la historia de gánsteres de Walsh, Los violentos años veinte (1939), y que también contaba con el protagonismo de Joel McCrea y Dorothy Malone. 

Demasiados puntos en común entre South of St. Louis y Juntos hasta la muerte para que en la determinación de filmar la segunda no hubiese intervenido la experiencia de la primera (de hecho, el primer título que se barajó para el remake de High Sierra fue el de North of the Rio Grande, sospechosamente parecido al del largometraje de Enright). Lo que no está claro es si Walsh también se dejó influenciar por South of St. Louis o si la propia historia de El último refugio, con un final tan afín a las películas del oeste, fue suficiente para sugerir el cambio de género.

En cualquier caso, la trama de Colorado Territory, que así se llamó definitivamente el remake (aquí se tituló Juntos hasta la muerte), es esencialmente la misma que la de El último refugio. John Twist y Edmund H. North fueron los encargados de reescribir el guion de Huston y Burnett para adaptarlo al nuevo género: El gánster Roy Earle se convierte ahora en el pistolero Wes McQueen (Joel McCrea). McQueen sale de la cárcel para dar el último golpe antes de retirarse. Se trata de un robo planeado por su viejo amigo Dave que se está muriendo. Para llevar a cabo el trabajo, Wes se alía con Duke y Reno, dos bandidos que se pelean por la mestiza Colorado (Virginia Mayo). Al tiempo que prepara el robo, Wes se enamora de Julie Anne (Dorothy Malone) la hija del colono Fred Winslow (Henry Hull).[5] Tanto el golpe como Julie Anne se tuercen. Wes huye con el botín y con Colorado hasta que los agentes de la ley los acorralan y acribillan en los aledaños de un poblado fantasma.

Como vemos, el argumento de Juntos hasta la muerte es calcado al del filme original. Digamos que el esqueleto, el armazón por el que se sustenta la cinta, es el de El último refugio, mientras que las diferencias se encuentran en el relleno.

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[1] Aparte de las cintas dirigidas por Raoul Walsh, hay multitud de ejemplos: Castle on the Hudson (1940) es un remake de Veinte mil años en Sing Sing (1932), Escape to the Desert (1945) es una versión de El bosque petrificado (1936), The Unfaithful (1947) repite la historia de La Carta (1940), etcétera.

[2] Ambos filmes, La Pelirroja y One Sunday Afternoon, se basan en la obra de teatro de James Hagan y son sendos remakes de La mujer preferida (One Sunday Afternoon de Stephen Roberts, 1933). Las dos películas de Walsh reúnen, por tanto, las condiciones para haber sido abordadas en el presente ensayo, sin embargo hemos preferido obviarlas al alejarse de la temática (películas de itinerario y de acción)  que relacionan a las cuatro cintas objeto de análisis en este capítulo.

[3] Walsh solía decir que La Pelirroja era su película preferida.

[4] Montana la finalizó Ray Enright y no se estrenó hasta 1950.

[5] Henry Hull, el veterano secundario, repite colaboración con Walsh, si bien, en Juntos hasta la muerte hace de colono y en El último refugio de doctor. Luego veremos que también actuó en Objetivo: Birmania.




miércoles, 27 de octubre de 2021

EL AUTOREMAKE EN EL CINE. CAPÍTULO V (V)

En el cine de Walsh la presencia de las mujeres es fundamental y en la mayoría de las ocasiones son decisivas en el devenir de la trama. Se puede decir que el éxito de la pareja es el gran tema en la filmografía del director. Como Fritz Lang o Nicholas Ray, Walsh ocupa mucho metraje en sus cintas en presentar las dificultades que atraviesan los amantes en un mundo hostil hacia ellos. Más optimista que sus colegas, Walsh suele rematar sus historias con finales felices donde el amor siempre sale triunfante. En High Sierra, sin embargo, el realizador se acerca más a Lang y a Ray gracias a un final tan trágico como romántico. Una conclusión que no gustó al director, pero que no tuvo más remedio que aceptar dado el rígido código de censura establecido que prohibía que el gánster se saliera con la suya.

Como Bogart, Ida Lupino da lo mejor de sí misma en un papel que incluso supera al de La pasión ciega. La relación entre ella y Bogart trascendió la pantalla para convertirse en rumor de romance, en un affaire que, a diferencia del que tuvo el actor con Lauren Bacall en Tener y no tener, nunca llegó a cuajar debido a la enemistad que surgió entre ellos en los últimos días de filmación. La vanidad fue la causa del enfrentamiento: Jack Warner quería que Ida Lupino encabezase los créditos y Bogart deseaba lo contrario.[1] Bogart sabía que llevaba las de perder y la tomó con ella: le hizo la vida imposible hasta que finalizó el rodaje. Tal fue el enfado de Lupino que prometió no volver a trabajar nunca más con Bogart.[2]

Hemos dicho que Walsh poco pudo hacer por variar el casting, sólo en el caso de Joan Leslie influyó algo cuando dirigió las pruebas que se le hicieron a la joven, en realidad una adolescente. Leslie cumplió perfectamente con su cometido interpretando a la egoísta Velma en sus dos vertientes, la de la frágil disminuida física de la primera parte y la de la desagradecida joven del final. Walsh protegió a Joan Leslie hasta el punto de no permitir que se dijeran palabrotas cuando la quinceañera,  “the young lady”, estaba presente (Moss 2011, p.192) y es que Walsh en aquel tiempo tenía una hija de la misma edad.

 A la principal virtud de la película, la gestión de unos caracteres que mantienen la complejidad, la poesía y el fatalismo de la obra de Burnett, se le suman el resto de elementos que hacen atractivo cualquier filme de Walsh. En especial, el vigor narrativo y el ritmo endiablado en las secuencias de acción; ambos muy bien secundados por la fotografía de Tony Gaudio. De la técnica de Gaudio destacan la focalización en los responsables de cada escena, manteniendo difuminado al resto; el elegante movimiento de cámara de lo general a lo particular, o al revés, una constante que se repite en el arranque de cada secuencia; y la estilizada colocación de las luces en ciertas secuencias claves (5.10), todo de acuerdo a las pautas del género. 

Aunque visualmente por lo que más se recuerda el largometraje es por las tomas de la persecución en la ascensión a Mount Whitney (5.11) y por los planos aéreos de la caza en la sierra. Allí, en la cima, la narración con imágenes mantiene la tensión que requiere la trama con la ayuda impagable del gigantesco decorado natural que acentúa la soledad del héroe. Nunca el paisaje fue tan determinante para enfatizar el tono dramático en un noir, algo que era más frecuente en el western. Para Walsh, enseguida veremos, ambos géneros no eran tan diferentes como en un principio puedan parecer.

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[1] Dos eran las razones que esgrimía Warner: lo bien que lo hizo Ida lupino en La pasión ciega, película de la que salió siendo una estrella; y las sospechas del aún tímido Comité de Actividades Antiamericanas acerca de Bogart y una supuesta pertenencia al partido comunista. Algo que se desmintió tras la comparecencia del actor, pero que provocó que Bogart, hasta ese momento poco activo políticamente, fuera con posterioridad simpatizante de los perjudicados por el senador McCarthy.

[2] Y cumplió su promesa, de hecho fue Ida Lupino la que propuso que Humphrey Bogart no participase en su siguiente policíaco: Out of the Fog (Anatole Litvak, 1941).






domingo, 16 de mayo de 2021

EL AUTOREMAKE EN EL CINE. CAPÍTULO V (II)

Los años treinta transcurrieron para Walsh entre irregulares comedias, flojos musicales y películas en su mayor parte para olvidar, realizadas para diferentes estudios. Todo cambió al final de la década, cuando la firma de un contrato para la Warner Bro­thers supuso el inicio de su mejor etapa como director, la que abarca los cuarenta y el inicio de los cincuenta, en la que nos vamos a centrar:

Como solía ser habitual en la Warner, Walsh fue uno de los últimos en unirse a la producción de High Sierra. El director llegó cuando la mayoría de las decisiones acerca del guion y del casting estaban ya tomadas por los responsables de los distintos departamentos. Todos supervisados en teoría por el “gran jefe”, Jack Warner y, en la práctica, por su mano derecha, Hal Wallis.[1]

La operación para hacerse con el copyright de la novela en la que se basa la película se inició mientras Walsh estaba rodando su filme anterior, La pasión ciega (They Drive by Night, 1940). El autor del texto, W.R. Burnett,[2] había conseguido en tan sólo dos semanas hacerse con el premio al libro del mes. Warner pensó que con la garantía del escritor de moda el éxito estaba asegurado siempre que encontrasen un guionista para llevarlo a cabo y un intérprete taquillero. Wallis asignó a Warren Duff para el libreto y eligió a la estrella del estudio, Paul Muni, para el papel protagonista. Ninguno de los dos acabarían trabajando en el proyecto. El primero, porque le puso tantas pegas a la historia[3] que acabó siendo sustituido por John Huston, por entonces guionista del estudio, gran admirador de la obra de Burnett y entusiasta con el proyecto. En sintonía con Huston se encontraba el que a la sazón sería productor asociado de High Sierra, Mark Hellinger, una adquisición personal de Jack Warner que siempre se sintió fascinado con el escritor desde el principio. 

Hellinger era un periodista que se conocía al dedillo el mundo del hampa y tenía la misma visión liberal que defendía la compañía, en consonancia con el New Deal de Roosevelt. Digamos que si Wallis era el ejecutivo, Hellinger era el alma, el promotor de la óptica de denuncia social de la que hacía gala el estudio. Además, conocía a Walsh con el que había trabajado en dos largometrajes: indirectamente en el debut —y primer éxito— del director en la Warner, Los violentos años veinte (The Roaring Twenties, 1939), cuyo argumento se basaba en una historia original de Hellinger; y más estrechamente en La pasión ciega, donde Hellinger ya ejercía de productor asociado. 

Las dificultades para conseguir el guionista se quedaron en nada en comparación con los problemas por los que tuvo que pasar Wallis para encontrar al actor principal. Paul Muni se aprovechó de su condición de estrella para hacer un trato con Jack Warner: él haría el papel si le garantizaban una película sobre Beethoven. Ambos aceptaron con la boca chica, porque ni Warner quería hacer el biopic ni Muni estaba para más gánsteres. El primero no pensaba cumplir su palabra, y el segundo boicoteaba una y otra vez los borradores que le presentaba Huston de tal forma que Wallis tuvo que contratar al mismísimo Burnett para colaborar en el guion. Cuando Muni se enteró de que el estudio pasaba de su propuesta sobre el músico, no sólo rechazó el papel sino que rescindió el contrato con la major.

El siguiente candidato para encarnar al  protagonista de High Sierra fue George Raft, un profesional menos importante que Muni, pero muy taquillero como lo había demostrado con La pasión ciega, donde daba la réplica a una excelente Ida Lupino. El deseo de Wallis de que la pareja repitiera éxito con el mismo equipo, es decir con Walsh de director y Hellinger de productor, se quedó pronto truncado cuando Raft, sorprendentemente, rechazó el papel. Ni siquiera la intervención directa de Walsh surtió efecto: el director fue a su casa para convencerlo de que cambiara de opinión, pero el actor no quería participar en una película en la que su personaje muriese al final.[4] 

Humphrey Bogart y George Raft en "La pasión ciega"

Al tiempo que se sucedían estas intrigas, el verdadero interesado, Humphrey Bogart, no hacía más que insistir en que era el adecuado para el papel. La multitud de telegramas y mensajes que Bogart puso a Wallis y a Warner, más el apoyo incondicional de Hellinger y de Huston,[5] fueron al final determinantes para que Bogart se alzara con el personaje y para que, definitivamente, arrancase su carrera como estrella de Hollywood. 

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[1] Jack Warner era el presidente de la compañía, un trabajador nato, pero, como dice Juan Luis Álvarez, “era consciente de sus inconmensurables lagunas culturales. Para rellenarlas estaba Hal Wallis, su jefe de producción. Listo como el hambre […]. Estaba al tanto de todo…” (2007, p.37). Para John Huston, Wallis era el hombre que realmente dirigía la Warner Brothers: “…no hay nadie que tenga su combinación de imaginación y capacidad directiva.” (1998, p.102).

[2] Walsh acababa de realizar un western basado en otra novela de Burnett: Mando siniestro (Dark Command, 1940). Antes de publicar “High Sierra”, Burnett había escrito varias novelas, entre ellas, “Little Caesar”, y había colaborado en varios guiones, como en el de Scarface. Ambas películas fueron llevadas a la gran pantalla por Mervyn LeRoy (1931) y Howard Hawks (1932), respectivamente, para convertirlas en dos obras maestras del cine de gangsters.

[3] Según Marilyn Ann Moss, Duff pensaba que la trama era absurda, que sólo se salvaba el último tercio y que el resto sería blanco fácil para los censores (2011, p.89).

[4] Sobre el rechazo de Raft hay varias teorías: en primer lugar, los que opinan que es una consecuencia directa de la intervención intencionada de Humphrey Bogart cuando el actor convenció a Raft de que el proyecto estaba “más que sobado, que sólo lo querían para salvar algo que ya estaba tocado y hundido” (Álvarez 2007, p.70). También los hay que abogan por la teoría de que Raft prefería seguir acumulando ganancias con la promoción de La pasión ciega (Moss 2011, p.191).

[5] A Hellinger le gustaban dos cosas en especial: “los gánsteres y Bogart” (Álvarez 2007, p.62). Para Hellinger, Bogart era el único actor que había captado la esencia de los gánsteres. Ambos habían entablado amistad en el rodaje de It All Came True (Lewis Seiler, 1940), donde Hellinger hacía de productor. Por su parte, Huston conoció a Bogart cuando coincidieron en The Amazing Dr. Clitterhouse (Anatole Litvak, 1938), aunque donde verdaderamente se hicieron amigos fue en High Sierra; una amistad que duró toda una vida.

 



viernes, 13 de septiembre de 2013

CONTRA EL IMPERIO DEL CRIMEN (G-Men de William Keighley, 1935)


En los albores del cine negro, rozando el cine de gangsters, la Warner Brothers se tomó un respiro para producir un policíaco, digamos convencional, con un guión más suave que sus precedentes en el género. Un filme con alguna sorpresa, ideal para rascar en él con el objetivo de descubrir algunos elementos atractivos, teñidos de oscuro, tan del gusto del cinéfilo amante del noir.





 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
G-Men fue la primera película dedicada al FBI (G-Men= Hombres del Gobierno), contó con la bendición del propio Edgar Hoover, fue realizada por el director especializado en aventuras, William Keighley, y protagonizada por James Cagney que, fuera de todo pronostico, se encuentra en esta ocasión en el lado correcto de la ley. Ambos, director y actor, bajo nómina de Jack Warner, colaboraron en multitud de largometrajes, muchos de ellos dentro de la serie de películas que hicieron juntos Cagney y, el casi siempre empalagoso, Pat O’Brien.

La cinta es una especie de reconstrucción histórica de los primeros años de los agentes especiales federales, cuando aún no les permitían llevar armas y cuando los delincuentes podían escapar con tan sólo cambiar de estado. Ambas limitaciones cambiaron con los años, pero en aquel momento les daba un aire romántico a los G-Men. Una circunstancia que supieron aprovechar Keighley, el guionista Seton I. Miller, responsable también del argumento, y los autores del prólogo que años después se añadió al filme con motivos puramente propagandisticos, con el objetivo de reclutar a nuevos agentes. La historia, nominada al Óscar, estaba en realidad basada en la novela “Public Enemy Nº 1” de, nada menos que, Darryl F. Zanuck (su nombre sería asociado a la Fox durante décadas como el brillante productor que fue, aunque hasta 1933 había trabajado en la Warner como guionista) y contenía algunas secuencias extraidas de casos reales.
 
 

Pero vayamos al cambio de rol de James Cagney, que seguramente sea lo más interesante de la película. Un cambio que no llega a ser total si tenemos en cuenta que su personaje, el agente especial “Brick” Davis, procede de los bajos fondos y ha sido criado entre gánsteres. Davis llega a confesar que se dedica a servir a la ley porque estaba harto de llevar esa vida entre delincuentes. Frase que se nos antoja un guiño al encasillamiento que el actor sufría en la realidad cuando la mayoría de los papeles que le ofrecían entonces eran de criminal. La ambigüedad en ciertas secuencias, cuando Davis se debate entre ayudar a sus antiguos compañeros o luchar contra ellos, es un loable intento —lástima, se queda sólo en eso— de inaugurar  antes de tiempo el ciclo negro.

En G-Men —inevitable—, Cagney se enfrenta a sus antiguos compañeros y se debate entre los favores de una cabaretera (Ann Dvorak), más propia del entorno de su infancia, prima segunda de las femme fatales que inundarán la pantalla en la década siguiente, y el amor de la hermana de su jefe en el FBI (Margaret Lindsay). La película resulta claramente moralizante: no sólo gana el FBI, sino que también la mujer "buena" se impone a la "mala". Tal estructura maniquea aleja el filme del noir y también de un mayor interés.

A pesar de todo, la dirección e interpretación de los actores es correcta. De los segundos destaca un joven Lloyd Nolan, notable secundario que debuta gestionando con efectividad su registro habitual de policía; si bien se encuentra, como el resto del elenco, ensombrecido por la figura de James Cagney. Y es que el no demasiado alto actor (1,65 de estatura), paradójicamente, inunda la pantalla, sobre todo cuando recurre a su característica crispación: atentos a esos gestos donde Cagney se resiente algo del papel de bueno cuando ofrece una sonrisa tan heladora que encajaría mejor con algún personaje del otro bando. No, no es cine negro, pero por momentos se le parece.


Trailer #1
'G' Men — MOVIECLIPS.com

Ver ficha de G-Men.



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