Esta es una de las películas favoritas de directores tan consagrados como Francis Ford Coppola o Martin Scorsese. Este último hace un homenaje de la película en New York New York que queda muy por debajo de la calidad cinematográfica- o sea: artística- de Las zapatillas rojas (hablamos de una obra de arte y, posiblemente, la película británica más famosa de la historia del cine junto con Lawrence de Arabia o Breve encuentro, la cual se realizó tres años antes de la película que nos ocupa. Es como si habláramos de Bienvenido Mr Marshall, Muerte de un ciclista, El Verdugo o Viridiana en España; La dolce vita, Roma, ciudad abierta o Alemania año 0 en Italia o Ciudadano Kane, Lo que el viento se llevó, Casablanca o El padrino en USA.
El virtuosismo de sus imágenes nos
impregna desde el elemento más sensible que sería el cromatismo del color: un
technicolor fotografiado por un tal Jack Cardiff, que hace un trabajo
prodigioso, hasta los encuadres elegantes y llenos de clasicismo, pasando por
una puesta en escena perfecta, llena de sentido y simbolismo (sobre todo en las
representaciones del ballet y en el mismo argumento de la película, obra del
clásico Andersen, ¡sí, el de los famosos cuentos!).
Coppola también le hace un homenaje claro en
su reciente película Tetro. En ella hay una escena calcada a Las
zapatillas rojas en la que en un paisaje, en el que bailan un hombre y una
mujer, se mezcla un mar con un suave oleaje con el mismo escenario donde se
representa el baile. Las dos escenas son de una fuerza visual apabullante,
parecen sacadas de un cuento fantástico donde todo fuera magia y felicidad, es
como un sueño del que no quisieras despertar. Aquí Coppola sacó todo su
virtuosismo y sí es un buen homenaje a Las zapatillas rojas, aunque
demasiado parecido en los elementos que salen ya mencionados
(el mar y el escenario)
(el mar y el escenario)
Las zapatillas rojas es un drama romántico, de una
amabilidad agridulce, sin demasiados fatalismos a excepción de un final muy
triste y desgarrador. Hay una dualidad en la que hay que elegir porque no valen
medias tintas si se quiere llegar a lo más grande en el mundo del arte, en este
caso en el mundo del ballet clásico, y este conflicto que surge, al tener que
elegir entre el amor o la grandeza que el arte puede proporcionar, lleva a la
desesperación y a un trágico final; no se pueden amar dos cosas con la misma
intensidad sin que una interfiera en la otra, y el tiránico productor Lermontov
no está dispuesto a que su gran y reciente estrella no piense en otra cosa que
no sea en su trabajo para así poder hacer de ella la mejor bailarina de todos
los tiempos; aquí Lermontov ejerce de pigmalión como lo hace el profesor
protagonista de My fair lady con Audrey Hepburn para convertirla
en una gran dama de la alta sociedad; sólo que en My fair lady el
profesor está enamorado de ella y ella de él, sin embargo en la película que
nos ocupa la bailarina está enamorada de un compositor del que se vale también Lermontov
para triunfar; Lermontov tiene buen ojo para saber quien tiene talento y
quien no lo tiene, pero ese es su mayor talento, valga la redundancia: utiliza
el genio que pueden tener otros para su triunfo personal; es un egocéntrico
redomado y un manipulador, aunque muy inteligente, así es como consigue todo lo
que se propone; además, y como síntoma al miedo que puede tener no controlarlo
todo, ni a todos, no consiente que sus estrellas puedan distraerse de lo que es
su dedicación exclusiva al ballet, por lo que prohíbe que el amor pueda tener
cabida en sus vidas: el amor podría ser más fuerte que el éxito que él puede
proporcionar y esto arruinaría su negocio.
Las
zapatillas rojas tiene mucha de la estética del Mago de Oz en la
puesta en escena de la obra, que ocupa unos 15 minutos de metraje y que es
sencillamente sublime (aunque suene cursi la palabrita); del Mago de Oz,
que es del 39 (la más antigua y muda es del 25), coge ciertos efectos visuales
que no chirrían en absoluto adaptándose a la perfección a la dinámica precisa
de la obra (me refiero a los 15 minutos que dura la representación de la obra Las
zapatillas rojas, no a la película en su totalidad). También encontré
estilos parecidos de esta película con Cantando bajo la lluvia en lo que
a las actuaciones musicales de ésta se refiere: son dinámicas, elegantes,
vivaces y con expresiones de los actores elocuentes de que están haciendo algo
grande, o viviéndolo.
La película pasa de una forma que pareces no enterarte porque es
precisa y huye de la paja que pueda hacernos abrir la boca. Su dinamismo es
redondo y su motor no deja de girar a un ritmo ideal, armónico, sin ningún tipo
de brusquedad; por eso no da la sensación de lentitud en ningún momento sino
todo lo contrario.
Por último añadir que el espectáculo de Las zapatillas rojas sería de un grado parecido al espectáculo que se muestra en Moulin Rouge (Nicole Kidman), pero de un corte diferente porque es puro clasicismo formal (Moulin Rouge es moderna, innovadora en algunas cosas… tiene poco de clasicismo, aunque tal vez dentro de 40 años sí se la considere más clásica); sin embargo creo que la intensidad de Las zapatillas rojas está por encima de Moulin Rouge con la que aún comparte más semejanzas como es historia de amor de dos artistas y un productor que trata de beneficiarse, o aprovecharse, de lo que puede ofrecer alguno de ellos; en el caso de Las zapatillas rojas el talento de la bailarina, y en el caso de Moulin Rouge “ la mujer de una pieza” (Nicole Kidman: su belleza y su gracia ya que de eso era de lo que vivían las mujeres que trabajaban en aquel cabaret)