Antológico
western protagonizado por un muy acertado, prodigioso en su contención dramática
me atrevería a decir, Alan Ladd en
uno de los papeles que más éxito le dieron en su dilatada carrera como actor
(posee en su haber 98 títulos, en una época en la que podían realizarse en un
año hasta 3 o 4 películas, ahí es nada). Clint
Eastwood realizó un gran remake en el año 1985 titulado El jinete pálido, una mezcla equilibrada y efectiva, que resultó muy entretenida, entre
el clásico cine del Oeste y esa tendencia surgida en los 60 y 70 llamada
Spaghetti Western en la que un director como Sergio Leone era su mayor e indiscutible
valor.
Me
gusta todo de esta película dirigida por George Stevens, hasta esos momentos medio
ñoños que se dan en la relación entre el pistolero y el niño, hijo del
matrimonio dueño de la granja a la que va a parar Shane, el protagonista interpretado por Alan Ladd. Esa sensibilidad (que no sensiblería) es aceptada por la
gran admiración que siente Joey Starrett
(el niño rubito, tierno y simpático) por el nuevo y enigmático huésped que ha
hecho acto de aparición en la vida de su familia. A ese pasado oscuro que
acompaña a Shane, algo que no deja de
darle atractivo por la fuerza y misterio que desprende, se le añadirá nobleza y
ternura en los momentos necesarios, sobre todo en la relación de afecto que mantiene
con Joey y el compromiso con la
familia de éste acosada por un ganadero poco escrupuloso a la hora de intimidar
no sólo a ellos sino a otros granjeros del territorio a los que quiere
arrebatar sus tierras.
Una vez
tome partido por los, en teoría, más débiles, nuestro protagonista será uno más
entre la comunidad de granjeros que luchan por lo suyo.
Shane se querrá redimir de su pasado
violento. Esa lucha interior lo hará más querido entre sus nuevos amigos (y con
Joey) al haber en el hecho cierta tristeza
por un conflicto con el que sabe que puede perder, perturbador por ser Shane como es y no poder ser de otra
forma: la violencia y sus virtudes como pistolero forman parte de él mismo, y
esa naturaleza, aunque de buenos principios, siempre puede arrastrarlo a una
equivocación por una emoción que le pueda en una ocasión dada (la violencia
crea violencia y ésta no se puede controlar siempre que se quiera); además: la
razón no siempre está del lado de uno y esto puede hacer que se tome una
decisión inadecuada...algo similar ocurrirá con otros pistoleros conocidos y
plasmados en el cine, como con el Doc
Holliday de Pasión de los Fuertes, un personaje con el mismo halo
de misterio y temido cuando esconde hábilmente su parte más cálida y humana.
Del
personaje no se sabe nada anterior a lo que se cuenta, pero se intuye. La vida
de un pistolero es violenta, cruel, y no siempre se pudo haber actuado bien,
aunque se pretendiera, en un mundo con sus propios códigos en los que
sobreviven los más fuertes y las pistolas trabajan para el mejor postor. La
redención se busca por un supuesto pecado del pasado, algo en lo que muy bien
pudo haber caído Shane.
¿Arrepentimiento? Chris Calloway,
protagonizado por el conocido Ben Johnson,
estaba con los malos, pero se dio cuenta de su error. ¿No podía tener Shane un algo de Chris Calloway? ¿No se podía haber equivocado y haber actuado mal
por el motivo que fuese? En Calloway
el error es evidente y parece haberse perpetuado en él antes de su
encuentro-desencuentro con Shane; pero
en Shane tal vez el pecado fuese
inconsciente, mal calculado o producto de una emoción violenta…quién sabe, de
ahí ese hastío, esa tristeza.
Su
conflicto interior lo amargará por su fondo noble al surgir dudas morales;
puede que no merezca la pena seguir por el mismo camino, aunque sea para lo que
mejor sirva, pues la línea entre el bien y el mal en un mundo violento es a
veces demasiado fina, y el error más factible. Pero querer ser alguien
diferente sería otro error, una inautenticidad con la que no podría ser feliz
seguramente, con la que no viviría su propia vida sino otra. Ahora tendrá la
oportunidad de ayudar a gente buena que lo necesita y que es injustamente
atacada por un déspota, a un niño al que quiere dar un ejemplo de dignidad
humana, de amistad, de principios y fortaleza (no le importará enseñarle a
disparar y le dirá a su madre que una pistola no es mala en sí sino que podría
ser mala por la utilización que se hiciera de ella – este diálogo se podía
discutir mucho, y más con gran parte de la sociedad americana que estaría de
acuerdo con él. Algo que suelta Shane
para justificarse y darle algún sentido a su existencia -), junto a un padre
valiente y una madre modélica. Los padres de Joey le enseñarán lo que es el trabajo honrado y la civilización (a
pesar de que ésta sea primeriza y rudimentaria), la convivencia (a pesar de que
el padre actúe con contundencia cuando hay que hacerlo en una pelea tabernaria
inigualable... el padre le dará a su querido hijo un ejemplo de solidaridad y
amistad cuando ayuda a Shane en la
salvaje refriega que acontece en el bar del pueblo donde campan a sus anchas
los “antipáticos”).
En Raíces Profundas hay una iconografía
grandiosa. Imágenes del niño debajo de la puerta del bar con su perro viendo el
duelo final (¡Y qué duelo!), miradas que se echan Shane y el pistolero malo, el que actúa sólo por interés egoísta
sin importarle ningún tipo de causas, miradas mantenidas, congeladas en el
tiempo sin un débil pestañeo que haga perder reputaciones consolidadas, peleas
en el bar a puñetazo limpio y ese ceremonial de de intimidaciones y aguante que
acontece antes del posible estallido violento, al estilo Rio Bravo, con una exquisita puesta en escena y tomas matemáticas,
deslumbrantes en su ejecución; el trabajo que dan las raíces de un árbol que se
clavan en el suelo y parecen llegar hasta el mismo centro de la tierra, la
forma en la que Miriam (Jean Arthur en un papel hecho con la
nada despreciable edad de 52 o 53 años, muy bien llevados, no cabe duda) mira a
Shane, la atracción amorosa que
existe entre ambos, pero que no puede pasar de deseo porque sus caminos son
demasiado divergentes y uno de ellos demasiado espinoso como para arriesgar
todo lo más querido (junto a Shane);
todo tiene una fascinante presencia y una intensidad mágica, emocionante. El technicolor pocas
veces lució tanto, como ese cervatillo inocente que observa Joey entre unas ramas cerca de su casa,
y un pequeño perro nunca fue tan buen y cariñoso compañero, las pistolas
atraerán y se respetarán al mismo tiempo; Joey
sentirá fascinación por ese otro mundo oscuro que sabe que existe, pero que
sólo con algunos elegidos, con un componente maldito añadido con el que muchos
de ellos (como Shane) no se sienten a
gusto y sufren, se experimenta (o sobreviven a él).
El
poder visual de Raíces profundas no
es nada pretencioso, no hay adornos innecesarios, es sencillo a la hora de
verlo, si bien no a la hora de realizarlo, en la concepción: al parecer Stevens dirigió la película desde
múltiples ángulos y teniendo mucho material para cortar en el estudio de
montaje, algo que se hacía necesariamente imprescindible para concentrar la
acción y no dispersarse en aspectos más superfluos o reiterativos que hicieran
la película más pesada y no tan ágil como resulta. John Ford, sin embargo, hacía todo lo contrario, y el resultado era
el que era, con todo el relativismo que el hecho conlleva.
¿Maniqueísmo
en Raíces profundas? Los malos no
son tan malos y los buenos tienen sus pequeñas imperfecciones, o lados con alguna
que otra sombra, como la que se intuye en Shane.
Hay ambigüedades, pero también rotundidez maniquea para que el enfrentamiento
sea más peligroso, haya más heroicidad en la ayuda de Shane y en el coraje de los propios granjeros. Esa maldad
plenamente oscura, siniestra, casi terrorífica la representará, como no, el
pistolero Jack Wilson contratado por
el terrateniente (Un Jack Palance
sinuoso – no por tratar de ocultar sus propósitos, bastante claros, sino por su
estilo, por la manera de mirar, de estar, de moverse –, como una serpiente
venenosa)