Diría que se trata de una
relectura pero no recordaba apenas nada de la obra puesto que la leí muy joven
y no sé si me caló su lectura. Leyendo una referencia a esta obra en el blog de
Aristos Veyrud decidí volverla a leer y
esta segunda lectura la he podido disfrutar con la distancia que ponen los
años. En el texto de Aristos hice una referencia a Richard Feynman que dice que hace falta un esfuerzo
mayor de la imaginación para comprender lo que existe que para comprender lo
que no existe.
Desde este punto de vista tiene lógica
que, entender la realidad de México, que emerge en la novela por sus muchos
poros, sea más difícil que comprender los fantasmas que hablan en Pedro Páramo.
La novela tiene 122 pág y
el título recoge al auténtico protagonista de esta novela, Juan Rulfo, al que
su hijo, Juan Preciado, va a buscar a un
pueblo fantasma, con un sin fin de personajes misteriosos.
Juan Rulfo nació en
Jalisco en 1917 y murió en 1986, la reputación de Rulfo se asienta en dos
pequeños libros: El Llano en llamas, diecisiete
pequeños relatos, publicado en 1953, y la novela que comento publicada en 1955.
En el año 1983 se le concedió el premio Príncipe de Asturias. Falleció en
México D.F. en 1986. La familia del novelista cambiaba con frecuencia de
residencia debido a la época violenta y revolucionaria que les tocó vivir. Su
padre fue asesinado en 1923, así como numerosos miembros de su familia. Su
propia escolarización se vio interrumpida en su inicio por la “guerra cristera”
y acabó yendo a una escuela de religiosas josefinas. En 1927 fue internado en
un orfelinato en Guadalajara al morir su madre. De todo esto se deduce que la
infancia de J. Rulfo fue muy atormentada y algo de esto se percibe en esta
novela.
La novela es breve y es un
continuo, sin capítulos, separada por espacios, pequeños descansos, que sirven
a veces para pasar de un personaje a otro o de una época a otra.
La obra tiene una
estructura discontinua, empieza cuando Juan Preciado, el hijo de Juan Páramo,
llega a Comala buscándolo. Parece que el tiempo no avanza y se produce la
impresión de un discurrir inmóvil o reversible que acentúa la sensación de
pisar un escenario (el atmosférico es siempre seco o con lluvias repentinas)
que solo está poblado de muertos.
Era
ese tiempo de la canícula, cuando el aire de agosto sopla caliente, envenenado
por el olor podrido de las saponarias (p. 17).
Coincide que he acabado de
leer a la vez esta obra y la Odisea
de Homero y me encuentro con que Luís Izquierdo, que hace el prólogo de Juan Páramo, señala que existe un
paralelismo (que también señaló Carlos Fuentes, en Valiente mundo nuevo) entre ambas obras. El motivo fundamental de
las dos novelas es el viaje que curte al héroe y plantea la búsqueda del hijo:
Juan Preciado, el hijo de Pedro Páramo al igual que Telémaco, busca a Ulises.
Juan Preciado asume el mito de Orfeo: va a contar y va a cantar mientras
desciende al infierno (permitiéndose breves gotas de ironía), pero a condición
de no mirar hacia atrás. Lo guía su madre, Doloritas.
Aquello
[Comala] está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con
decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan
por su cobija (p. 19).
De todas formas este trasfondo
de precedentes clásicos es solo un recurso. En Juan Páramo hay un acercamiento a la realidad de México desde lo
fantástico que permite conocer, con mayor profundidad que si se quedara en la
dimensión real, la dimensión colectiva de una comunidad. La denuncia de la
injusticia, el fanatismo de las supersticiones, el espectáculo de la miseria
humana a través del egoísmo del cacique que impone sin contemplaciones su poder
a través de la fuerza, la dura condición de las mujeres y los abusos a que son
sometidas, la inconsistencia de la revolución, etc. Nada que no siga sucediendo
en México ahora mismo.
Su prosa depurada, parca,
sencilla aparentemente, y la inmediatez de su discurso permiten al autor
eliminar recursos literarios y hacer una especie de atestado palpitante e
impasible de unos hechos que ni siquiera pasan, porque ya eran pasado.
Entonces
oyó el llanto. Eso lo despertó: un llanto suave, delgado, que quizá por delgado
pudo traspasar la maraña del sueño, llegando hasta el lugar donde anidan los
sobresaltos (p. 35).
Una obra única y
excepcional que merece una lectura, o dos, atentas.