Llevo casi los últimos 30 años de mi vida despotricando de la Iglesia Católica por “represiva”, “autoritaria”, por estar en contra de que la gente “sea feliz” con sus inclinaciones y deseos. Ahora soy consciente, con 44 años y 4 hijos, de que estaba equivocada y la Iglesia Católica tenía razón. Tenía razón con el divorcio, el aborto y la sexualidad humana. Ahora lo veo. Ahora, que veo cosas que cuando era una niña pensé que nunca sucederían como, por ejemplo, ministras incapaces de dar una definición de lo que es ser una mujer. O personas que compran el cuerpo de una mujer para gestar un bebé con el esperma de un hijo fallecido y el óvulo comprado a una desconocida. Ahora veo que la Iglesia tenía razón. Lo veo en las vidas de las personas que se han alejado de las enseñanzas de Dios y de la Iglesia: vidas rotas, fragmentadas, que no saben lo que es comprometerse en el amor para toda la vida y formar una familia, en lo bueno y en lo malo.
Mis hijos me han llevado hacia Dios y de vuelta hacia la Iglesia. Pido disculpas públicas por mi intención de apostatar (intención frustrada, menos mal) y por todos mis ataques. No basta con confesarse y ser perdonado. Debo intentar, con mis obras, arreglar el desaguisado que haya podido dejar con todas mis equivocaciones.
Sé que escribo poco ya en este blog porque estoy pasando una época con muy poco tiempo para dedicar a esta afición. Además, dado el estado del mundo actual, sé muy bien que internet cada vez va a estar más y más censurado por los mismos que decían defender la libertad de conciencia y pensamiento. Voy haciéndome mayor y veo más el alcance de las grandes mentiras culturales que nos enseñaron. Sin embargo, en este terreno de la palabra estandarizada que es este repositorio virtual de unos y ceros, hay que recordar de vez en cuando que el mundo real es el que está en el cuerpo y el alma de las personas, que respiran, que tocan, que tienen un corazón que late, que tienen músculos que se atrofian si no se les ejercita, que sienten hambre cuando les falta alimento, que sienten tristeza y alegría… Uno no puede enemistarse con la ley natural ni con la gravedad, ni con su propio cuerpo ni con la propia forma de transmitir la vida entre las generaciones. Cuando el enemigo es la realidad, hay poco que hacer. La realidad siempre gana. Y hay determinados proyectos de sociedad y de ser humano que no son funcionales ni sostenibles, por mucha voluntad, ideología, idealismo y empeño que se ponga.
Por cierto, que haya vuelto a la Iglesia no significa que me haya vuelto una pusilánime amante de las versiones eclesiásticas de guitarrita de los Beatles y Dylan que pretendían modernizar la liturgia y se han vuelto viejas al instante. Tampoco soy una experta en teología ni en el Concilio Vaticano II ni aprecio el gusto estético de las parroquias urbanas de frío ladrillo.
Solamente busco a Dios.