Entre el disparate y la mediocridad

Fotograma de “La invasión de los ladrones de cuerpos” (1956)

Vivimos tiempos históricos. Posiblemente nunca antes en la historia de la humanidad hubo una sociedad más sumisa y obediente, con masas de gente deseando no destacar. El que se mueve no sale en la foto, así que mejor mantenerse calladito hasta que las narrativas oficiales, los chascarrillos de tal o cual presentador nos den la orden de hablar. Una vez obtenido el argumentario del gurú mediático de moda comienza la repetición; uno escucha la mismas frases por aquí, por allá, en la radio, en las conversaciones de cafetería, en las comidas familiares… La gente ya no tiene personalidad, son bots de twitter y whatsapp.

Una época así no puede dar genios, pero tampoco gente que, sin destacar por sus virtudes, pueda brillar con luz propia y originalidad. Lo que más se valora es la obediencia ciega a la masa, a la autoridad, a la Academia, al poder, al político de turno. Los obedientes son los que ascienden, el mérito y la capacidad los dejamos para otro día. Si hay que dar la turra a los niños con la agenda 3014, les damos la turra con la agenda 3014. ¿Cómo osar criticar los planes de estudio? Si hay que hablar mal del hombre de paja del mes, del maléfico del momento durante el minuto de odio diario, se hace sin rechistar. Toda la ira del pueblo debe ir dirigida hacia chivos expiatorios que pueden ir alternándose según el momento. A veces incluso pueden solaparse y en el podium de villanos puede haber varios a la vez. Otras veces, el santo pasa a demonio de un día para otro, quienes decían A ahora dicen B sin ningún rubor. ¿A quién tenemos que aplaudir hoy? ¿A quién toca apedrear? Da igual, el caso es crear masa, manada, crear pensamiento único y dirigir las flechas hacia el objetivo deseado.

Todo esto puede parecer un disparate, pero está pasando ante nuestros ojos. ¿El resultado? La gente brillante o simplemente espontanea, no estereotipada, se va quedando marginada, aislada, en el exilio interior. Efectivamente, nadie quiere quedarse solo pensando “diferente”, es algo innato en nuestra especie esa necesidad de pertenencia a un grupo.

Por otro lado, el perfecto ciudadano cumplenormas vive en un permanente autoengaño, realmente se cree las mentiras que le cuentan, que los malos son los otros, que la gente con ideas diferentes son los culpables de todo, los desobedientes, los disidentes, los que niegan a los nuevos dioses imperiales.

Una sociedad así solamente puede ir al desastre espiritual, moral y socioeconómico, está destinada al fracaso y la autodestrucción. La mediocridad solo sabe copiar, no inventar; es incompatible con la creatividad necesaria para buscar soluciones a los problemas. Si, además, los problemas son falsos o están mal planteados, con sesgos ideológicos, podríamos estar entrando en un círculo vicioso sin salida. Un pueblo de obedientes puede acabar despeñándose por el precipicio; una masa de ciudadanos que funciona a la caza de la subvención o el bono social, que dice lo que se espera que debe decir para conseguir un plato de arroz o una tarjeta con CBDC, es carne de cañón para cualquier disparate que pueda suceder. Y es que vamos de disparate en disparate, de emergencia en emergencia y tiro porque me toca.

Si las elites intelectuales, económicas y políticas piensan por un momento que todo se va a solucionar mediante el control total de la cartilla de racionamiento digital o renta básica universal están muy equivocados. En una sociedad mediocre no hay vencedores y, si el barco se hunde, nos hundimos todos. No hay refugios en el metaverso, ni bunker ni viaje a Marte que puedan servir para sobrevivir al desplome total de nuestra cultura y del individuo moderno.

Así que más nos vale pensar en un nuevo Renacimiento.

En primer lugar, rezar.

Resistir.

No envilecerse.

No corromperse.

No caer en la tentación.

Atarse al mástil cuando sea necesario.

Volver a los clásicos, a las fuentes originales y no a los refritos plagados de leyendas negras.

Conocer las fuentes, saber de dónde procedemos, saber cómo hemos llegado hasta aquí.

Apoyarnos en nuestros seres queridos, en los abrazos y besos, en el contacto físico real con nuestros semejantes, en la risa, el deporte y los bailes.

Ser integradores y transversales.

Decidir si vamos a enfrentarnos a la mediocridad o vamos a huir.

Si es momento de refugiarse o de salir del armario.

Si debemos ocultar, por el momento, que todavía seguimos siendo humanos.

Arrogancia desde la torre de control

Los adoradores de la Diosa de la Razón nos dicen que antes todo era oscuridad, que éramos ignorantes hasta que llegaron ellos y el método científico. Sin embargo, el ser humano sobrevivió en las peores condiciones sin su existencia. ¿Cómo se explica esta aparente paradoja?

Todos los días me sorprendo de la magia del cuerpo humano. ¿Cómo puede respirar sin que yo tenga que decírselo? ¿Cómo he podido gestar cuatro hijos y crear sus cuerpos sin tener que dar órdenes? Imaginen por un momento: ahora crea un cerebro, ahora una manita, ahora su corazón, ahora los ojos… Todo se fue creando como un automatismo milagroso, ajeno a mi voluntad consciente, ajeno a mis deseos, imparable, como en una especie de posesión. ¿Será algo divino? Debe de serlo, no puede haber otra explicación. Sé que la ciencia me podrá explicar el cómo, a un nivel superficial, pero no a un nivel más profundo. Mucho menos podrá decirme el por qué o el para qué de la vida.

La verdad es que podemos dar gracias a que llegamos hasta aquí gracias a conocimientos prácticos sobre la realidad, sobre la naturaleza: cómo cazar un bisonte, cómo hacer una cesta, cómo moldear cerámica, cómo plantar un huerto, cómo cuidar a un bebé… Ensayo y error, transmisión de saberes entre generaciones, confianza en los ancianos de la tribu, confianza en las madres…

Si mi supervivencia dependiera de acordarme de hacer latir mi corazón, seguramente ya habría muerto. Afortunadamente, late “solo” sin mi permiso. Sé que hay filosofías que me permitirán respirar más lento, relajar mi sistema nervioso o entrar en otras dimensiones de conciencia, pero la realidad es que, si vivimos, es porque hay una inteligencia superior que se nos escapa… Yo no sé cómo se pasó de lo inerte al primer microorganismo vivo, pero sé que una vez que la vida nació ya no hubo marcha atrás. Sin necesidad de ningún científico ni hombre de Razón. Ante este milagro solamente podemos sorprendernos y conmovernos, renunciar a nuestra arrogancia impertinente y disfrutar de lo sublime, de lo bello, de lo verdadero. Lo más probable sea que solo podamos arrodillarnos y rezar. ¿Arrodillarse? Ya no se lleva… ¿Cómo vamos a arrodillarnos en señal de respeto hacia algo tan inconmensurable y misterioso que no logramos comprender?

Somos ignorantes y lo seremos siempre, y cuanto más sabemos, más alejado nos parece que está el conocimiento global de cualquier materia. Y menos sabemos, como decía Sócrates. Pero el hombre actual no puede permitirse reconocerse ignorante y eso mismo le hace peligroso en sus decisiones. No es consciente de sus propios sesgos, incluso cuando más habla de sesgos a los demás.

Un mundo en el que todo funcione gracias a un señor que aprieta botones desde una torre de control o un panóptico no funcionará jamás, le pese a quien le pese, porque la complejidad es tanta, que habría de ser un Dios el que lo hiciera. Y precisamente Dios creó, pero permitió después que sus criaturas tuvieran libertad de acción, tanto consciente como inconsciente, tanto voluntaria como fruto de instintos que escapan a la razón, que están en los animales y también en los seres humanos, matizados por la cultura y la consciencia.

No minusvaloremos a las sociedades tradicionales que no conocen o no conocían el método científico. Ellas no tienen que demostrar nada, nuestra cultura sí. Ellas sobrevivieron durante milenios, la nuestra está por ver si sobrevivirá.

No desechemos tan pronto lo mamífero que hay en nosotros, lo instintivo, lo intuitivo, lo espontáneo y azaroso. Puede que algún día nos salve la vida.

Al final, no hace falta elegir entre el mundo de la razón y fe, la ciencia y lo sobrenatural, el milagro, Dios. Porque si Dios existe, también nos dio libertad y raciocinio para llegar en algún momento de la historia a la escritura, los números, las letras, la astronomía, las matemáticas en una suerte de inteligencia colectiva que se ha ido retroalimentando a lo largo de los siglos, con los encuentros entre civilizaciones y también en las conversaciones entre sabios y aprendices, entre padres e hijos.

Seamos menos arrogantes.