Vivimos tiempos históricos. Posiblemente nunca antes en la historia de la humanidad hubo una sociedad más sumisa y obediente, con masas de gente deseando no destacar. El que se mueve no sale en la foto, así que mejor mantenerse calladito hasta que las narrativas oficiales, los chascarrillos de tal o cual presentador nos den la orden de hablar. Una vez obtenido el argumentario del gurú mediático de moda comienza la repetición; uno escucha la mismas frases por aquí, por allá, en la radio, en las conversaciones de cafetería, en las comidas familiares… La gente ya no tiene personalidad, son bots de twitter y whatsapp.
Una época así no puede dar genios, pero tampoco gente que, sin destacar por sus virtudes, pueda brillar con luz propia y originalidad. Lo que más se valora es la obediencia ciega a la masa, a la autoridad, a la Academia, al poder, al político de turno. Los obedientes son los que ascienden, el mérito y la capacidad los dejamos para otro día. Si hay que dar la turra a los niños con la agenda 3014, les damos la turra con la agenda 3014. ¿Cómo osar criticar los planes de estudio? Si hay que hablar mal del hombre de paja del mes, del maléfico del momento durante el minuto de odio diario, se hace sin rechistar. Toda la ira del pueblo debe ir dirigida hacia chivos expiatorios que pueden ir alternándose según el momento. A veces incluso pueden solaparse y en el podium de villanos puede haber varios a la vez. Otras veces, el santo pasa a demonio de un día para otro, quienes decían A ahora dicen B sin ningún rubor. ¿A quién tenemos que aplaudir hoy? ¿A quién toca apedrear? Da igual, el caso es crear masa, manada, crear pensamiento único y dirigir las flechas hacia el objetivo deseado.
Todo esto puede parecer un disparate, pero está pasando ante nuestros ojos. ¿El resultado? La gente brillante o simplemente espontanea, no estereotipada, se va quedando marginada, aislada, en el exilio interior. Efectivamente, nadie quiere quedarse solo pensando “diferente”, es algo innato en nuestra especie esa necesidad de pertenencia a un grupo.
Por otro lado, el perfecto ciudadano cumplenormas vive en un permanente autoengaño, realmente se cree las mentiras que le cuentan, que los malos son los otros, que la gente con ideas diferentes son los culpables de todo, los desobedientes, los disidentes, los que niegan a los nuevos dioses imperiales.
Una sociedad así solamente puede ir al desastre espiritual, moral y socioeconómico, está destinada al fracaso y la autodestrucción. La mediocridad solo sabe copiar, no inventar; es incompatible con la creatividad necesaria para buscar soluciones a los problemas. Si, además, los problemas son falsos o están mal planteados, con sesgos ideológicos, podríamos estar entrando en un círculo vicioso sin salida. Un pueblo de obedientes puede acabar despeñándose por el precipicio; una masa de ciudadanos que funciona a la caza de la subvención o el bono social, que dice lo que se espera que debe decir para conseguir un plato de arroz o una tarjeta con CBDC, es carne de cañón para cualquier disparate que pueda suceder. Y es que vamos de disparate en disparate, de emergencia en emergencia y tiro porque me toca.
Si las elites intelectuales, económicas y políticas piensan por un momento que todo se va a solucionar mediante el control total de la cartilla de racionamiento digital o renta básica universal están muy equivocados. En una sociedad mediocre no hay vencedores y, si el barco se hunde, nos hundimos todos. No hay refugios en el metaverso, ni bunker ni viaje a Marte que puedan servir para sobrevivir al desplome total de nuestra cultura y del individuo moderno.
Así que más nos vale pensar en un nuevo Renacimiento.
En primer lugar, rezar.
Resistir.
No envilecerse.
No corromperse.
No caer en la tentación.
Atarse al mástil cuando sea necesario.
Volver a los clásicos, a las fuentes originales y no a los refritos plagados de leyendas negras.
Conocer las fuentes, saber de dónde procedemos, saber cómo hemos llegado hasta aquí.
Apoyarnos en nuestros seres queridos, en los abrazos y besos, en el contacto físico real con nuestros semejantes, en la risa, el deporte y los bailes.
Ser integradores y transversales.
Decidir si vamos a enfrentarnos a la mediocridad o vamos a huir.
Si es momento de refugiarse o de salir del armario.
Si debemos ocultar, por el momento, que todavía seguimos siendo humanos.