La Razón

“Disfruta sin obstáculos”. Fotografía de Cartier-Bresson.

Todavía resuenan en mi mente las palabras de Louis-Ferdinand Céline, en su libro Semmelweis (1936), sobre la vida del obstetra que descubrió la causa de la fiebre puerperal en los hospitales:

¡No creáis a esos poetas que van por ahí lamentándose de los rigores y de las sumisiones del pensamiento, o que maldicen las cadenas materiales que impiden, según pretenden, el admirable vuelo de los espíritus puros hacia el cielo! ¡Felices inconscientes! ¡Ingratos pretenciosos, más bien, que no conciben más que una pequeña y bonita esquina de esta libertad absoluta que pretenden desear! ¡Si se dieran cuenta, estos temerarios, de que el infierno comienza a las puertas de nuestra pesada Razón, tan detestada por ellos, esas puertas contra las que a veces, en una revuelta insensata, llegan al punto de romper sus liras! ¡Si ellos supieran! Con qué gratitud emocionada no cantarían la dulce impotencia de nuestros espíritus, esa feliz prisión de los sentidos que nos protege de una inteligencia infinita, de la que nuestra lucidez más sutil no es más que un minúsculo atisbo. Semmelweis se había evadido del cálido refugio de la razón, bajo el que la enorme y frágil potencia de nuestra especie se protege desde siempre del universo hostil.

Edicto de Diocleciano

Diocleciano y la tetrarquía – El Cuaderno

A partir de ahora voy a intentar centrarme en lo realmente importante, siempre teniendo en cuenta el paradigma de la complejidad en el que, evidentemente, los temas y las diferentes dimensiones del ser humano están conectados unos otros. También quiero rescatar fragmentos que me parezcan importantes de la Historia, la Filosofía y la Teología. En mi camino de búsqueda y formación, me he topado con el Edicto de Diocleciano y me ha parecido  muy interesante:

http://iham.institutos.filo.uba.ar/sites/iham.institutos.filo.uba.ar/files/Edicto%20Diocleciano%20sobre%20precios%20m%C3%A1ximos_2.pdf

Reproduzco el texto,  con traducción y notas de Marta Gesino de Arregui:

El emperador César Cayo Aurelio Valerio Diocleciano, pío, feliz, invicto, Augusto, pontífice máximo, Germánico máximo seis veces, Sarmático máximo cuatro veces, Pérsico máximo dos veces, Británico máximo, Cárpico máximo, (…) declaran:

La moral pública, la majestad y la dignidad romana exigen que la fortuna de nuestra república -a la que después de los dioses inmortales se debe dar gracias por el recuerdo de las guerras que hemos realizado victoriosamente, por el tranquilo estado del orbe, por haberlo colocado en el regazo de la más completa calma y por los bienes de la paz, a causa de la cual se ha trabajado con tan prolongado esfuerzo- sea destacada fielmente y honrada en forma decorosa; de modo que nosotros, que movidos por el benévolo favor de los númenes antes ya reprimimos el pillaje de los pueblos bárbaros derrotando a esas mismas naciones, debemos proteger la paz establecida para siempre con los medios de defensa obligados de la justicia. Pues, si algún sentido de moderación frenara esos excesos, con los que sin ningún límite para sí ni propósito se enardece la violenta avaricia que sin consideración por el género humano, no cada año, ni tampoco cada mes o cada día, sino de hora en hora y aun a cada momento se apresura a acrecentar y aumentar sus ganancias o si la riqueza común pudiese soportar con tranquilidad esta licencia desenfrenada, que en su desgracia cada día la lacera más hondamente, parecería acaso posible disimular y callar, mientras la paciencia de todos los ánimos atemperara la detestable enormidad y esta condición miseranda. Pero, por ser el desconocimiento de la necesidad común el único afán del furor indómito y como entre los inescrupulosos e incontinentes se tiene casi por dogma de la avaricia, que se infla y crece con fieras pasiones, el dejar de expoliar la riqueza de todos antes por necesidad que por su voluntad y como aquellos a los que los extremos de la indigencia llevaron a apreciar su misérrima situación no pueden disimularla más, conviene a nosotros previsores que somos los padres del género humano que la justicia intervenga como árbitro a fin de que lo tan largamente esperado, que la humanidad por sí misma no pudo lograr, sea proporcionado, para el mejoramiento de todos, por los remedios de nuestra previsión.

Y por ello, como el común sentir lo reconoce y los hechos mismos lo proclaman, nuestra medida para esta situación es casi tardía, pues ensayábamos nuevos expedientes o continuábamos empleando los remedios ya conocidos con la esperanza de que como debía esperarse de las leyes naturales- la propia humanidad, cogida en gravísimas faltas, se enmendara, porque consideramos mucho mejor que los estigmas de la expoliación soportada fueran quitados de las mentes de todos por el sentimiento y la voluntad de aquellos mismos hombres a los que, por precipitarse a diario en males cada vez peores o inclinarse por cierta ceguera del ánimo al crimen contra el estado, el grave delito los había convertido, rcos de atrocísima inhumanidad, en enemigos de cada uno y de todos. Nos apresuramos, pues, a adoptar los remedios que la necesidad de la situación ha mucho tiempo reclama, sin temor de que haya quejas de que la intervención de nuestro remedio pueda ser considerada intempestiva o superflua, o insignificante o de ningún valor entre los inescrupulosos que, aunque comprendían que nuestro silencio de tantos años era un precepto de mesura, sin embargo, no quisieron seguirlo. Quién, pues, de entendimiento tan obtuso o tan desprovisto de sentimiento de humanidad que pueda ignorar o mejor dicho que no advierta a propósito de las cosas venales que, tanto en el comercio que se realiza en los mercados como el que se trata en la conversación diaria de las ciudades, la licencia de los precios ha llegado a un grado tal que el desenfrenado deseo de rapiña no puede ser mitigado ni por la abundancia de bienes ni por los años fructíferos; de tal modo que, sin duda, los hombres a los que estos negocios tienen ansiosos siempre buscan captar los vientos y las tempestades por el movimiento de los astros y, a causa de su iniquidad, no pueden tolerar que los campos y felices labrantíos sean inundados por las lluvias de lo alto con la consiguiente esperanza de frutos futuros, ya que consideran un perjuicio para ellos que la abundancia provenga de la moderación de los elementos. Y quienes se empeñan siempre en convertir en perjuicio aun los beneficios divinos, en restringir la prosperidad general y hasta en traficar, a causa de la esterilidad del año, con la pérdida de las siembras y los servicios de los agentes, esos hombres, que poseen las más grandes riquezas que hubiesen podido satisfacer completamente hasta a naciones-, buscan el dinero y reclaman intereses lacerantes.

La consideración por la humanidad en general nos ha persuadido a poner un límite, provinciales nuestros, a la avaricia de tales hombres. Pero ya debemos explicar también las causas mismas euya urgencia nos compelió finalmente a abandonar la paciencia por demasiado tiempo demostrada, para que si bien es difícil poner en descubierto, en todo el orbe, a la cruel avaricia por un argumento especial o mejor por un hecho-, sin embargo, se considere más justa la institución del remedio, cuando los hombres inmoderadísimos sean obligados, por alguna marca o señal, a reconocer la indómita apetencia de sus espíritus. Quién ignora, pues, que la audacia enemiga de la utilidad pública- por doquier la salvación común requiera que nuestros ejércitos sean conducidos, no sólo en las aldeas, o en las ciudades, sino también en todos los caminos- se presenta al ánimo de los especuladores para aumentar los precios de las mercancías, no al cuádruplo o al óctuplo sino a tal punto que la razón de la lengua humana no puede describir o el precio o el hecho. Y, por último, que a veces el soldado en la compra de un artículo se ha visto despojado del donativo y del estipendio y que la contribución de todo el mundo al sostenimiento del ejército debió ceder ante las detestables ganancias de los ladrones, de modo que por ello nuestros soldados parecen entregar con sus propias manos toda la esperanza de su servicio y sus trabajos ya cumplidos a los agiotistas, por lo cual los depredadores del propio Imperio roban cada día más de lo que saben poseer.

Conmovidos justamente y con razón por todas estas cosas que más arriba han sido explicadas y como ya la propia humanidad parecía solicitarlo con instancias, hemos decidido establecer no los precios de los artículos para la venta porque esto se consideraría injusto cuando muchas provincias gozan eventualmente de la anhelada baratura y como de cierto privilegio de abundancia sino un máximo, de modo que donde surja una fuerte carestía que los dioses aparten tal calamidad- la avaricia, que como los campos dilatados no podía ser contenida a causa de su inmensidad, sea restringida por los límites de nuestro estatuto o por los términos de una ley moderadora. Es de nuestro agrado, pues, que los precios que se indican sucintamente más abajo sean respetados en todo nuestro orbe, de manera tal que todos comprendan que lo que se prohibe es la posibilidad de sobrepasarlos, pero que no se obstaculiza el bienestar del abaratamiento en aquellos lugares donde se ven afluir cosas en abundancia, a lo que principalmente se proveerá cuando la avaricia sea reprimida. Además, entre los vendedores y compradores que acostumbran a ir a los puertos y a recorrer las provincias extranjeras, este edicto deberá ser una moderación de tal manera que, cuando ellos mismos entiendan que en la necesidad de la carestía no pueden excederse los precios establecidos para las mercaderías, en el momento de la venta el cálculo del negocio no puede tomar en cuenta ni el lugar ni el transporte; por lo cual se verá que con justicia se quiso que en ninguna parte vendiesen más caro quienes transportan los artículos. Porque consta que aun en los tiempos de nuestros mayores ésta fue la causa de que se dictasen leyes: para que la audacia fuese reprimida por el miedo a la pena prescripta hasta qué punto es raro que una situación que beneficia a los hombres sea aceptada espontáneamente y siempre el miedo como preceptor resulta ser moderador justísimo de los deberes-; nos agrada, pues, que si alguien resistiere la forma de este estatuto sea sometido por su audacia a la pena capital.

Pero nadie piense que se decreta el rigor, pues a la vista está que el modo de apartar el peligro es el cumplimiento de la moderación. También estará sujeto al mismo castigo aquel que, en contra de este estatuto, por el ansia de comprar favoreciese la codicia del vendedor. Tampoco estará libre de pena aquel que posea los artículos necesarios para vivir y usar y considere que, a raíz de esta disposición moderadora, debe ocultarlos; pues más grave aún debe ser el castigo del que provoca la escasez que del que se agita contra lo estatuido. Apelamos, pues, a la devoción de todos para que la ley dictada en beneficio público se respete con benévola deferencia y debido celo, principalmente porque se ve que en este estatuto no se han tomado provisiones para cada ciudad o pueblo o provincia, sino para todo el orbe, en cuya ruina se sabe que se encruelecen unos pocos, cuya avaricia no han podido mitigar o saciar ni la abundancia de los tiempos ni las riquezas en procura de las cuales se han esforzado.
Los precios de los que nadie podrá excederse en la venta de cada artículo se indican más abajo.
I,
1 Trigo

(…)

Reseteando el reseteo

Se acaba el tiempo.

El Régimen de Woodstock, Stonewall y el Mayo Francés se caen a pedazos.

Los políticos aún no lo saben.

Los activistas tampoco.

Las ONG no entienden de qué hablo.

Y la gente común está a otra cosa.

Pero la realidad es tozuda.

La ley de la gravedad es terca.

Y lo que no es capaz de sostenerse termina cayendo.

No es sostenible,

porque es sujetado por pilares muy frágiles.

No es resiliente,

porque se puede estirar,

pero hay un momento en que se rompe.

¿Habrá una conexión entre el dinero creado de la nada,

respaldado por la coerción,

con el régimen moral

que es respaldado por la ausencia de límites?

¿Qué tendrá que ver el “techo de deuda” con el “prohibido prohibir”?

¿Existe una expansión cuantitativa del deseo?

¿Cuál es el coeficiente de caja del amor?

¿Puede una persona deber a otra un compromiso que no existe?

¿Por qué los impuestos no se rigen por autopercepciones?

Agosto de 1971 está cerca de mayo de 1968.