La sirenita, de Hans Christian Andersen

He realizado este audiolibro sobre este famoso cuento, en un proceso de autoformación y aprendizaje sobre el arte de locutar textos. Pero, sobre todo, he escogido esta obra porque creo que es fundamental en la época actual. Es un cuento que trata sobre el deseo y la represión del deseo en pos de un bien mayor. No voy a extenderme más por ahora en el análisis del texto y del autor, y de las versiones que se han realizado en los últimos años sobre esta obra, en la que se da un giro de 180º sobre el sentido original. En los tiempos actuales, no está de moda atarse al mástil ni la represión de ninguno de nuestros deseos. Sin embargo, la paradoja es que, bajo las apariencias de la sociedad de consumo, quizás no hayamos vivido una época en la que el nivel de represión en el ser humano haya sido mayor.

Entre el disparate y la mediocridad

Fotograma de “La invasión de los ladrones de cuerpos” (1956)

Vivimos tiempos históricos. Posiblemente nunca antes en la historia de la humanidad hubo una sociedad más sumisa y obediente, con masas de gente deseando no destacar. El que se mueve no sale en la foto, así que mejor mantenerse calladito hasta que las narrativas oficiales, los chascarrillos de tal o cual presentador nos den la orden de hablar. Una vez obtenido el argumentario del gurú mediático de moda comienza la repetición; uno escucha la mismas frases por aquí, por allá, en la radio, en las conversaciones de cafetería, en las comidas familiares… La gente ya no tiene personalidad, son bots de twitter y whatsapp.

Una época así no puede dar genios, pero tampoco gente que, sin destacar por sus virtudes, pueda brillar con luz propia y originalidad. Lo que más se valora es la obediencia ciega a la masa, a la autoridad, a la Academia, al poder, al político de turno. Los obedientes son los que ascienden, el mérito y la capacidad los dejamos para otro día. Si hay que dar la turra a los niños con la agenda 3014, les damos la turra con la agenda 3014. ¿Cómo osar criticar los planes de estudio? Si hay que hablar mal del hombre de paja del mes, del maléfico del momento durante el minuto de odio diario, se hace sin rechistar. Toda la ira del pueblo debe ir dirigida hacia chivos expiatorios que pueden ir alternándose según el momento. A veces incluso pueden solaparse y en el podium de villanos puede haber varios a la vez. Otras veces, el santo pasa a demonio de un día para otro, quienes decían A ahora dicen B sin ningún rubor. ¿A quién tenemos que aplaudir hoy? ¿A quién toca apedrear? Da igual, el caso es crear masa, manada, crear pensamiento único y dirigir las flechas hacia el objetivo deseado.

Todo esto puede parecer un disparate, pero está pasando ante nuestros ojos. ¿El resultado? La gente brillante o simplemente espontanea, no estereotipada, se va quedando marginada, aislada, en el exilio interior. Efectivamente, nadie quiere quedarse solo pensando “diferente”, es algo innato en nuestra especie esa necesidad de pertenencia a un grupo.

Por otro lado, el perfecto ciudadano cumplenormas vive en un permanente autoengaño, realmente se cree las mentiras que le cuentan, que los malos son los otros, que la gente con ideas diferentes son los culpables de todo, los desobedientes, los disidentes, los que niegan a los nuevos dioses imperiales.

Una sociedad así solamente puede ir al desastre espiritual, moral y socioeconómico, está destinada al fracaso y la autodestrucción. La mediocridad solo sabe copiar, no inventar; es incompatible con la creatividad necesaria para buscar soluciones a los problemas. Si, además, los problemas son falsos o están mal planteados, con sesgos ideológicos, podríamos estar entrando en un círculo vicioso sin salida. Un pueblo de obedientes puede acabar despeñándose por el precipicio; una masa de ciudadanos que funciona a la caza de la subvención o el bono social, que dice lo que se espera que debe decir para conseguir un plato de arroz o una tarjeta con CBDC, es carne de cañón para cualquier disparate que pueda suceder. Y es que vamos de disparate en disparate, de emergencia en emergencia y tiro porque me toca.

Si las elites intelectuales, económicas y políticas piensan por un momento que todo se va a solucionar mediante el control total de la cartilla de racionamiento digital o renta básica universal están muy equivocados. En una sociedad mediocre no hay vencedores y, si el barco se hunde, nos hundimos todos. No hay refugios en el metaverso, ni bunker ni viaje a Marte que puedan servir para sobrevivir al desplome total de nuestra cultura y del individuo moderno.

Así que más nos vale pensar en un nuevo Renacimiento.

En primer lugar, rezar.

Resistir.

No envilecerse.

No corromperse.

No caer en la tentación.

Atarse al mástil cuando sea necesario.

Volver a los clásicos, a las fuentes originales y no a los refritos plagados de leyendas negras.

Conocer las fuentes, saber de dónde procedemos, saber cómo hemos llegado hasta aquí.

Apoyarnos en nuestros seres queridos, en los abrazos y besos, en el contacto físico real con nuestros semejantes, en la risa, el deporte y los bailes.

Ser integradores y transversales.

Decidir si vamos a enfrentarnos a la mediocridad o vamos a huir.

Si es momento de refugiarse o de salir del armario.

Si debemos ocultar, por el momento, que todavía seguimos siendo humanos.

Arrogancia desde la torre de control

Los adoradores de la Diosa de la Razón nos dicen que antes todo era oscuridad, que éramos ignorantes hasta que llegaron ellos y el método científico. Sin embargo, el ser humano sobrevivió en las peores condiciones sin su existencia. ¿Cómo se explica esta aparente paradoja?

Todos los días me sorprendo de la magia del cuerpo humano. ¿Cómo puede respirar sin que yo tenga que decírselo? ¿Cómo he podido gestar cuatro hijos y crear sus cuerpos sin tener que dar órdenes? Imaginen por un momento: ahora crea un cerebro, ahora una manita, ahora su corazón, ahora los ojos… Todo se fue creando como un automatismo milagroso, ajeno a mi voluntad consciente, ajeno a mis deseos, imparable, como en una especie de posesión. ¿Será algo divino? Debe de serlo, no puede haber otra explicación. Sé que la ciencia me podrá explicar el cómo, a un nivel superficial, pero no a un nivel más profundo. Mucho menos podrá decirme el por qué o el para qué de la vida.

La verdad es que podemos dar gracias a que llegamos hasta aquí gracias a conocimientos prácticos sobre la realidad, sobre la naturaleza: cómo cazar un bisonte, cómo hacer una cesta, cómo moldear cerámica, cómo plantar un huerto, cómo cuidar a un bebé… Ensayo y error, transmisión de saberes entre generaciones, confianza en los ancianos de la tribu, confianza en las madres…

Si mi supervivencia dependiera de acordarme de hacer latir mi corazón, seguramente ya habría muerto. Afortunadamente, late “solo” sin mi permiso. Sé que hay filosofías que me permitirán respirar más lento, relajar mi sistema nervioso o entrar en otras dimensiones de conciencia, pero la realidad es que, si vivimos, es porque hay una inteligencia superior que se nos escapa… Yo no sé cómo se pasó de lo inerte al primer microorganismo vivo, pero sé que una vez que la vida nació ya no hubo marcha atrás. Sin necesidad de ningún científico ni hombre de Razón. Ante este milagro solamente podemos sorprendernos y conmovernos, renunciar a nuestra arrogancia impertinente y disfrutar de lo sublime, de lo bello, de lo verdadero. Lo más probable sea que solo podamos arrodillarnos y rezar. ¿Arrodillarse? Ya no se lleva… ¿Cómo vamos a arrodillarnos en señal de respeto hacia algo tan inconmensurable y misterioso que no logramos comprender?

Somos ignorantes y lo seremos siempre, y cuanto más sabemos, más alejado nos parece que está el conocimiento global de cualquier materia. Y menos sabemos, como decía Sócrates. Pero el hombre actual no puede permitirse reconocerse ignorante y eso mismo le hace peligroso en sus decisiones. No es consciente de sus propios sesgos, incluso cuando más habla de sesgos a los demás.

Un mundo en el que todo funcione gracias a un señor que aprieta botones desde una torre de control o un panóptico no funcionará jamás, le pese a quien le pese, porque la complejidad es tanta, que habría de ser un Dios el que lo hiciera. Y precisamente Dios creó, pero permitió después que sus criaturas tuvieran libertad de acción, tanto consciente como inconsciente, tanto voluntaria como fruto de instintos que escapan a la razón, que están en los animales y también en los seres humanos, matizados por la cultura y la consciencia.

No minusvaloremos a las sociedades tradicionales que no conocen o no conocían el método científico. Ellas no tienen que demostrar nada, nuestra cultura sí. Ellas sobrevivieron durante milenios, la nuestra está por ver si sobrevivirá.

No desechemos tan pronto lo mamífero que hay en nosotros, lo instintivo, lo intuitivo, lo espontáneo y azaroso. Puede que algún día nos salve la vida.

Al final, no hace falta elegir entre el mundo de la razón y fe, la ciencia y lo sobrenatural, el milagro, Dios. Porque si Dios existe, también nos dio libertad y raciocinio para llegar en algún momento de la historia a la escritura, los números, las letras, la astronomía, las matemáticas en una suerte de inteligencia colectiva que se ha ido retroalimentando a lo largo de los siglos, con los encuentros entre civilizaciones y también en las conversaciones entre sabios y aprendices, entre padres e hijos.

Seamos menos arrogantes.

“Cero hijos por mujer”

“Cero hijos por mujer”.

Y tú sigues hablándome de banderas.

“Cero hijos por mujer”.

Y nacen más contradicciones.

“Cero hijos por mujer”.

¡Y ni siquiera sabes lo que es una mujer!

“Cero hijos por mujer”.

Y pretendes apropiarte de los hijos de otras.

“Cero hijos por mujer”.

Y no está escrito en ninguna pancarta.

“Cero hijos por mujer”.

Ya no hay ni problema, ni solución.

“Cero hijos por mujer”.

Ya no habrá ni guerra, ni enfermedad.

“Cero hijos por mujer”.

¿La única realidad?

La única verdad:

La muerte.

Masculum et feminam creavit eos

Si algo tiene internet, que es fascinante, es que se puede usar para aprender o para perder el tiempo, se puede usar para visualizar porno o para cultivar el conocimiento. Desde hace un tiempo a esta parte soy una fanática total de la Biblioteca Nacional Digitalizada. Allí hay verdaderos tesoros para el que se atreva a buscarlos. Un ejemplo es la biblia políglota que promovió el Cardenal Cisneros publicada en griego, latín, hebreo y, algunas partes, en arameo (1502-1517): http://bdh.bne.es/bnesearch/detalle/bdh0000013439

En concreto, en la hoja 21, podemos leer aquello de “et creavit Deus hominem ad imaginem suam ad imaginem Dei creavit illum masculum et feminam creavit eos”, texto políticamente incorrecto hoy en día.

Ojalá pudiéramos guardar en papel todos esos libros que en un futuro próximo pudieran ser prohibidos por indigentes mentales que no saben valorar nada del pasado, que piensan en “trascender” la humanidad cuando ni siquiera saben quiénes son y desconocen las causas de por qué las cosas son como son, cuál ha sido su evolución. Intentan destruir un mundo que no conocen para construir algo, a modo experimental, sin entender nada. Por supuesto, nada bueno puede salir de ahí, como tantas y tantas veces ha ocurrido en la Historia. Cuando Luther Emmett Holt propone restringir la lactancia materna a tiempos definidos, es incapaz de sentarse a observar cómo era la lactancia materna en la vida real, tanto en el reino animal como en el caso concreto del ser humano, entre una madre y un bebé. Si lo hubiera hecho, se habría dado cuenta de su autorregulación y de los efectos de esa simbiosis en otras esferas.

El principio de precaución ha sido sustituido por el principio proactivo, del que nos habla el filósofo transhumanista Max More. Y dice Steve Fuller que esta división entre los que defienden un paradigma y el otro sustituirá a la clásica división de izquierdas y derechas.

Yo, que solo sé que no sé nada, intuyo que los riesgos asumidos por la “crisis sanitaria”, que nadie quiere recordar, fueron guiados por ese principio de “mejor hacer, que no hacer”; esto es algo que conocen bien los obstetras que practican lo que en los ámbitos de la lucha por el parto respetado se conoce como “cesáreas innecesarias”. Y todo ello disfrazado de un buenismo extremo bajo la faz del principio de precaución. Es decir, se tomaron medidas drásticas, radicales, extremistas, que nunca se habían tomado (un principio proactivo) ocultos en una pseudoprecaución. Es decir, ¡teníamos que ser proactivos como forma de precaución! La cuadratura del círculo.

Los científicos deben ser humildes, deben darse cuenta de toda la incertidumbre que rodea el conocimiento del mundo y su complejidad. En el caso de la lactancia materna, la ciencia ha tardado 100 años en dar marcha atrás y superar a Luther Emmett Holt y otros amigos. En el caso de Semmelweis otro tanto. Fue denigrado y negado, se rieron de él sus propios compañeros. Y no fue por oscuros intereses económicos y lobbies. Fue la tendencia innata a hacer las cosas como “siempre” se han hecho, que precisamente es un principio de precaución muy sano, siempre que se tenga en cuenta que esa aversión al cambio en realidad está defendiendo algo que antes no se hacía, que es una nueva “tradición” que a lo mejor tenía 20 o 10 años y no siglos. Y es que la mortalidad materna de los hospitales que horrorizaba a Semmelweis (con sus obstetras que no se lavaban las manos después de hacer autopsias) era peor que la que se daba en una tribu de cazadores-recolectores.

Por lo pronto, disfrutaremos de los viejos libros, aprenderemos del pasado antes de aventurarnos en experimentos insostenibles.

Si los hombres definen las situaciones como reales, ¿son reales en sus consecuencias?

Me compré este libro solamente para buscar este párrafo del sociólogo William Isaac Thomas en su libro “The child in America” (1928). El resultado me decepcionó, ya que pensaba que desarrollaría la idea mucho más, aún así aquí lo dejo (la traducción es mía):

Pg. 572:

Un documento elaborado por alguien que tiene un sentimiento de inferioridad o elabora un delirio de persecución está lo más alejado posible de la realidad objetiva, pero la visión del sujeto de la situación, cómo la ve, puede ser el elemento más importante de interpretación. Pues su comportamiento inmediato está íntimamente relacionado con su definición de la situación, que puede ser en términos de realidad objetiva o en términos de una apreciación subjetiva – “como si” fuera así. Muy a menudo es la gran discrepancia entre la situación que le parece a los demás y la situación que le parece al individuo lo que provoca la dificultad de conducta manifiesta. Para tomar un ejemplo extremo, el director de la prisión de Dannemora se negó recientemente a cumplir la orden del tribunal de enviar a un recluso fuera de los muros de la prisión con algún propósito específico. Se excusó alegando que el hombre era demasiado peligroso. Había matado a varias personas que tenían la mala costumbre de hablar solas por la calle. Por el movimiento de sus labios imaginaba que le estaban insultando, y se comportaba como si esto fuera cierto. Si los hombres definen las situaciones como reales, son reales en sus consecuencias.

 

La Razón

“Disfruta sin obstáculos”. Fotografía de Cartier-Bresson.

Todavía resuenan en mi mente las palabras de Louis-Ferdinand Céline, en su libro Semmelweis (1936), sobre la vida del obstetra que descubrió la causa de la fiebre puerperal en los hospitales:

¡No creáis a esos poetas que van por ahí lamentándose de los rigores y de las sumisiones del pensamiento, o que maldicen las cadenas materiales que impiden, según pretenden, el admirable vuelo de los espíritus puros hacia el cielo! ¡Felices inconscientes! ¡Ingratos pretenciosos, más bien, que no conciben más que una pequeña y bonita esquina de esta libertad absoluta que pretenden desear! ¡Si se dieran cuenta, estos temerarios, de que el infierno comienza a las puertas de nuestra pesada Razón, tan detestada por ellos, esas puertas contra las que a veces, en una revuelta insensata, llegan al punto de romper sus liras! ¡Si ellos supieran! Con qué gratitud emocionada no cantarían la dulce impotencia de nuestros espíritus, esa feliz prisión de los sentidos que nos protege de una inteligencia infinita, de la que nuestra lucidez más sutil no es más que un minúsculo atisbo. Semmelweis se había evadido del cálido refugio de la razón, bajo el que la enorme y frágil potencia de nuestra especie se protege desde siempre del universo hostil.

Edicto de Diocleciano

Diocleciano y la tetrarquía – El Cuaderno

A partir de ahora voy a intentar centrarme en lo realmente importante, siempre teniendo en cuenta el paradigma de la complejidad en el que, evidentemente, los temas y las diferentes dimensiones del ser humano están conectados unos otros. También quiero rescatar fragmentos que me parezcan importantes de la Historia, la Filosofía y la Teología. En mi camino de búsqueda y formación, me he topado con el Edicto de Diocleciano y me ha parecido  muy interesante:

http://iham.institutos.filo.uba.ar/sites/iham.institutos.filo.uba.ar/files/Edicto%20Diocleciano%20sobre%20precios%20m%C3%A1ximos_2.pdf

Reproduzco el texto,  con traducción y notas de Marta Gesino de Arregui:

El emperador César Cayo Aurelio Valerio Diocleciano, pío, feliz, invicto, Augusto, pontífice máximo, Germánico máximo seis veces, Sarmático máximo cuatro veces, Pérsico máximo dos veces, Británico máximo, Cárpico máximo, (…) declaran:

La moral pública, la majestad y la dignidad romana exigen que la fortuna de nuestra república -a la que después de los dioses inmortales se debe dar gracias por el recuerdo de las guerras que hemos realizado victoriosamente, por el tranquilo estado del orbe, por haberlo colocado en el regazo de la más completa calma y por los bienes de la paz, a causa de la cual se ha trabajado con tan prolongado esfuerzo- sea destacada fielmente y honrada en forma decorosa; de modo que nosotros, que movidos por el benévolo favor de los númenes antes ya reprimimos el pillaje de los pueblos bárbaros derrotando a esas mismas naciones, debemos proteger la paz establecida para siempre con los medios de defensa obligados de la justicia. Pues, si algún sentido de moderación frenara esos excesos, con los que sin ningún límite para sí ni propósito se enardece la violenta avaricia que sin consideración por el género humano, no cada año, ni tampoco cada mes o cada día, sino de hora en hora y aun a cada momento se apresura a acrecentar y aumentar sus ganancias o si la riqueza común pudiese soportar con tranquilidad esta licencia desenfrenada, que en su desgracia cada día la lacera más hondamente, parecería acaso posible disimular y callar, mientras la paciencia de todos los ánimos atemperara la detestable enormidad y esta condición miseranda. Pero, por ser el desconocimiento de la necesidad común el único afán del furor indómito y como entre los inescrupulosos e incontinentes se tiene casi por dogma de la avaricia, que se infla y crece con fieras pasiones, el dejar de expoliar la riqueza de todos antes por necesidad que por su voluntad y como aquellos a los que los extremos de la indigencia llevaron a apreciar su misérrima situación no pueden disimularla más, conviene a nosotros previsores que somos los padres del género humano que la justicia intervenga como árbitro a fin de que lo tan largamente esperado, que la humanidad por sí misma no pudo lograr, sea proporcionado, para el mejoramiento de todos, por los remedios de nuestra previsión.

Y por ello, como el común sentir lo reconoce y los hechos mismos lo proclaman, nuestra medida para esta situación es casi tardía, pues ensayábamos nuevos expedientes o continuábamos empleando los remedios ya conocidos con la esperanza de que como debía esperarse de las leyes naturales- la propia humanidad, cogida en gravísimas faltas, se enmendara, porque consideramos mucho mejor que los estigmas de la expoliación soportada fueran quitados de las mentes de todos por el sentimiento y la voluntad de aquellos mismos hombres a los que, por precipitarse a diario en males cada vez peores o inclinarse por cierta ceguera del ánimo al crimen contra el estado, el grave delito los había convertido, rcos de atrocísima inhumanidad, en enemigos de cada uno y de todos. Nos apresuramos, pues, a adoptar los remedios que la necesidad de la situación ha mucho tiempo reclama, sin temor de que haya quejas de que la intervención de nuestro remedio pueda ser considerada intempestiva o superflua, o insignificante o de ningún valor entre los inescrupulosos que, aunque comprendían que nuestro silencio de tantos años era un precepto de mesura, sin embargo, no quisieron seguirlo. Quién, pues, de entendimiento tan obtuso o tan desprovisto de sentimiento de humanidad que pueda ignorar o mejor dicho que no advierta a propósito de las cosas venales que, tanto en el comercio que se realiza en los mercados como el que se trata en la conversación diaria de las ciudades, la licencia de los precios ha llegado a un grado tal que el desenfrenado deseo de rapiña no puede ser mitigado ni por la abundancia de bienes ni por los años fructíferos; de tal modo que, sin duda, los hombres a los que estos negocios tienen ansiosos siempre buscan captar los vientos y las tempestades por el movimiento de los astros y, a causa de su iniquidad, no pueden tolerar que los campos y felices labrantíos sean inundados por las lluvias de lo alto con la consiguiente esperanza de frutos futuros, ya que consideran un perjuicio para ellos que la abundancia provenga de la moderación de los elementos. Y quienes se empeñan siempre en convertir en perjuicio aun los beneficios divinos, en restringir la prosperidad general y hasta en traficar, a causa de la esterilidad del año, con la pérdida de las siembras y los servicios de los agentes, esos hombres, que poseen las más grandes riquezas que hubiesen podido satisfacer completamente hasta a naciones-, buscan el dinero y reclaman intereses lacerantes.

La consideración por la humanidad en general nos ha persuadido a poner un límite, provinciales nuestros, a la avaricia de tales hombres. Pero ya debemos explicar también las causas mismas euya urgencia nos compelió finalmente a abandonar la paciencia por demasiado tiempo demostrada, para que si bien es difícil poner en descubierto, en todo el orbe, a la cruel avaricia por un argumento especial o mejor por un hecho-, sin embargo, se considere más justa la institución del remedio, cuando los hombres inmoderadísimos sean obligados, por alguna marca o señal, a reconocer la indómita apetencia de sus espíritus. Quién ignora, pues, que la audacia enemiga de la utilidad pública- por doquier la salvación común requiera que nuestros ejércitos sean conducidos, no sólo en las aldeas, o en las ciudades, sino también en todos los caminos- se presenta al ánimo de los especuladores para aumentar los precios de las mercancías, no al cuádruplo o al óctuplo sino a tal punto que la razón de la lengua humana no puede describir o el precio o el hecho. Y, por último, que a veces el soldado en la compra de un artículo se ha visto despojado del donativo y del estipendio y que la contribución de todo el mundo al sostenimiento del ejército debió ceder ante las detestables ganancias de los ladrones, de modo que por ello nuestros soldados parecen entregar con sus propias manos toda la esperanza de su servicio y sus trabajos ya cumplidos a los agiotistas, por lo cual los depredadores del propio Imperio roban cada día más de lo que saben poseer.

Conmovidos justamente y con razón por todas estas cosas que más arriba han sido explicadas y como ya la propia humanidad parecía solicitarlo con instancias, hemos decidido establecer no los precios de los artículos para la venta porque esto se consideraría injusto cuando muchas provincias gozan eventualmente de la anhelada baratura y como de cierto privilegio de abundancia sino un máximo, de modo que donde surja una fuerte carestía que los dioses aparten tal calamidad- la avaricia, que como los campos dilatados no podía ser contenida a causa de su inmensidad, sea restringida por los límites de nuestro estatuto o por los términos de una ley moderadora. Es de nuestro agrado, pues, que los precios que se indican sucintamente más abajo sean respetados en todo nuestro orbe, de manera tal que todos comprendan que lo que se prohibe es la posibilidad de sobrepasarlos, pero que no se obstaculiza el bienestar del abaratamiento en aquellos lugares donde se ven afluir cosas en abundancia, a lo que principalmente se proveerá cuando la avaricia sea reprimida. Además, entre los vendedores y compradores que acostumbran a ir a los puertos y a recorrer las provincias extranjeras, este edicto deberá ser una moderación de tal manera que, cuando ellos mismos entiendan que en la necesidad de la carestía no pueden excederse los precios establecidos para las mercaderías, en el momento de la venta el cálculo del negocio no puede tomar en cuenta ni el lugar ni el transporte; por lo cual se verá que con justicia se quiso que en ninguna parte vendiesen más caro quienes transportan los artículos. Porque consta que aun en los tiempos de nuestros mayores ésta fue la causa de que se dictasen leyes: para que la audacia fuese reprimida por el miedo a la pena prescripta hasta qué punto es raro que una situación que beneficia a los hombres sea aceptada espontáneamente y siempre el miedo como preceptor resulta ser moderador justísimo de los deberes-; nos agrada, pues, que si alguien resistiere la forma de este estatuto sea sometido por su audacia a la pena capital.

Pero nadie piense que se decreta el rigor, pues a la vista está que el modo de apartar el peligro es el cumplimiento de la moderación. También estará sujeto al mismo castigo aquel que, en contra de este estatuto, por el ansia de comprar favoreciese la codicia del vendedor. Tampoco estará libre de pena aquel que posea los artículos necesarios para vivir y usar y considere que, a raíz de esta disposición moderadora, debe ocultarlos; pues más grave aún debe ser el castigo del que provoca la escasez que del que se agita contra lo estatuido. Apelamos, pues, a la devoción de todos para que la ley dictada en beneficio público se respete con benévola deferencia y debido celo, principalmente porque se ve que en este estatuto no se han tomado provisiones para cada ciudad o pueblo o provincia, sino para todo el orbe, en cuya ruina se sabe que se encruelecen unos pocos, cuya avaricia no han podido mitigar o saciar ni la abundancia de los tiempos ni las riquezas en procura de las cuales se han esforzado.
Los precios de los que nadie podrá excederse en la venta de cada artículo se indican más abajo.
I,
1 Trigo

(…)

Reseteando el reseteo

Se acaba el tiempo.

El Régimen de Woodstock, Stonewall y el Mayo Francés se caen a pedazos.

Los políticos aún no lo saben.

Los activistas tampoco.

Las ONG no entienden de qué hablo.

Y la gente común está a otra cosa.

Pero la realidad es tozuda.

La ley de la gravedad es terca.

Y lo que no es capaz de sostenerse termina cayendo.

No es sostenible,

porque es sujetado por pilares muy frágiles.

No es resiliente,

porque se puede estirar,

pero hay un momento en que se rompe.

¿Habrá una conexión entre el dinero creado de la nada,

respaldado por la coerción,

con el régimen moral

que es respaldado por la ausencia de límites?

¿Qué tendrá que ver el “techo de deuda” con el “prohibido prohibir”?

¿Existe una expansión cuantitativa del deseo?

¿Cuál es el coeficiente de caja del amor?

¿Puede una persona deber a otra un compromiso que no existe?

¿Por qué los impuestos no se rigen por autopercepciones?

Agosto de 1971 está cerca de mayo de 1968.